El sol de julio quemaba la colina como una lengua caliente. El aire olía a hierba seca, a tierra caliente y a sudor joven. Abajo, en el valle, las líneas eléctricas temblaban con el calor. Arriba, en la cresta, dos cuerpos desnudos brillaban bajo el cielo interminable.
Andrei tenía diecinueve años y el cuerpo de alguien que había trabajado en el campo desde que tenía memoria: hombros anchos, pecho marcado, abdomen plano que se hundía en una V profunda hacia la ingle. El sol le había bronceado la piel hasta la línea de los pantalones, dejando una franja blanca y sensible justo encima del vello oscuro. Su polla colgaba pesada entre las piernas, medio dura ya solo por la proximidad de su amigo.
Dima, un año mayor, era más delgado, con la cara todavía un poco de niño y una sonrisa que nunca se apagaba del todo. Llevaba un cordón negro al cuello con un medallón barato. Su polla era más gruesa en la base, con la cabeza rosada y el prepucio semi-retraído. El vello púbico le crecía espeso y negro, contrastando con la piel clara de sus muslos.
Habían subido hasta allí después de nadar en el río. Las toallas quedaron olvidadas en la hierba. No había nadie en kilómetros a la redonda. Solo el viento, el zumbido de los insectos y el latido acelerado de dos corazones.
Andrei se rió primero. Una risa baja, casi nerviosa, mientras miraba hacia abajo.
—Tengo que mear —dijo, y su voz sonó más grave de lo habitual.
Dima no contestó con palabras. Simplemente se acercó. Su mano izquierda se posó en la cadera de Andrei, los dedos hundidos en la carne firme. Con la derecha, sin pedir permiso, rodeó la base de la polla de su amigo. El contraste de temperaturas fue inmediato: la mano de Dima estaba caliente, la polla de Andrei todavía fresca por el aire.
—Déjame —murmuró Dima, y su aliento rozó la oreja de Andrei.
Andrei no se apartó. Al contrario, abrió un poco más las piernas y empujó las caderas hacia adelante. La mano de Dima se cerró con más fuerza, no para apretar, sino para orientar. El chorro salió potente, dorado, caliente, dibujando un arco brillante en el aire antes de caer sobre las hojas secas. El sonido fue obsceno: un chisporroteo continuo, líquido, animal.
Dima no apartó la mirada. Observaba fascinado cómo el líquido salía del meato, cómo la polla de Andrei se contraía ligeramente con cada pulsación de la vejiga. El chorro era grueso al principio, luego se volvía más fino, más preciso. Algunas gotas salpicaron los dedos de Dima. Él no las limpió. Las dejó resbalar por su piel.
—Joder… —susurró Andrei, y su risa se quebró en un gemido bajo cuando Dima movió el pulgar, rozando justo debajo de la cabeza.
El chorro se interrumpió un segundo. Andrei apretó los músculos del abdomen, intentando controlarlo, pero Dima no se lo permitió. Con un movimiento lento y deliberado, inclinó la polla de su amigo hacia un lado y luego hacia el otro, haciendo que el líquido dibujara patrones en el suelo. El olor se volvió más intenso: amoniaco dulce, orina joven, mezclado con el aroma a piel caliente y a hierba aplastada.
Cuando el chorro empezó a debilitarse, Dima no soltó. Esperó hasta la última gota. Entonces, con una naturalidad brutal, se agachó un poco y pasó la lengua por el meato todavía húmedo. El sabor era amargo, salado, caliente. Andrei soltó un sonido gutural y sus dedos se cerraron en el hombro de Dima.
—Tú también —dijo Andrei, con la voz ronca.
Dima se enderezó. Su propia polla ya estaba completamente dura, apuntando hacia arriba, la cabeza brillante de líquido preseminal. Andrei no esperó. Tomó la polla de su amigo con ambas manos, una en la base, otra más arriba, y la dirigió hacia afuera. El chorro de Dima salió casi al instante, más fuerte, más impaciente. Andrei lo sostuvo con firmeza, sintiendo las venas latir bajo sus dedos, sintiendo cómo el líquido caliente pasaba por el conducto y salía en un chorro potente que se extendía varios metros.
No se limitó a sostenerlo. Movió la muñeca en círculos lentos, haciendo que el chorro girara, que salpicara las piernas de ambos, que manchara el vello de sus muslos. Algunas gotas llegaron hasta el abdomen de Andrei. Él las miró un segundo y luego bajó la cabeza, lamiéndolas con la lengua plana, saboreando la orina de Dima mezclada con su propio sudor.
Cuando el chorro de Dima se acabó, ninguno de los dos se movió. Se quedaron allí, de pie, desnudos, con las pollas todavía goteando, las manos del otro aún envueltas en la carne húmeda. El sol les quemaba la espalda. El viento les secaba la piel a manchas.
Andrei fue el primero en romper el silencio. Se inclinó hacia adelante y capturó la boca de Dima en un beso profundo, sucio, lleno de lengua y de dientes. Sabían a orina y a saliva. Se besaron como si quisieran devorarse. Las manos de Dima bajaron hasta el culo de Andrei, apretando las nalgas firmes, separándolas un poco para que el aire fresco rozara el agujero todavía cerrado.
—Quiero follarte aquí —susurró Dima contra los labios de Andrei—. Quiero que me mees encima mientras te la meto.
Andrei soltó una risa baja, oscura.
—Hazlo.
Se arrodillaron en la hierba seca. Andrei se puso a cuatro patas, el culo en alto, las piernas abiertas. Dima se colocó detrás. Escupió en su propia mano, se untó la polla con saliva y orina residual, y luego presionó la cabeza contra el agujero de Andrei. No hubo preparación larga. Solo presión constante, lenta, hasta que el anillo de músculo cedió y la polla gruesa de Dima empezó a entrar.
Andrei gruñó. El ardor fue intenso al principio, luego se transformó en calor profundo. Dima avanzó centímetro a centímetro, sintiendo cómo las paredes internas se cerraban alrededor de él, calientes, apretadas. Cuando estuvo completamente dentro, se quedó quieto un momento, respirando contra la nuca de Andrei.
—Muévete —pidió Andrei.
Dima empezó a embestir. Primero lento, profundo, sacando casi toda la longitud antes de volver a enterrarla hasta las bolas. El sonido de la piel contra la piel era húmedo, obsceno. Cada embestida empujaba a Andrei hacia adelante, haciendo que su propia polla colgara y se balanceara, goteando todavía un poco de orina y ahora también de líquido preseminal.
Después de un rato, Dima cambió el ritmo. Empezó a follarlo más fuerte, más rápido, agarrándolo de las caderas con fuerza suficiente para dejar marcas. Andrei gemía sin control, empujando hacia atrás para encontrarse con cada embestida. El sudor les resbalaba por la espalda, por el pecho, por las piernas. El olor a sexo y a orina se mezclaba con el de la tierra caliente.
En un momento dado, Dima se inclinó completamente sobre la espalda de Andrei, metió una mano por debajo y rodeó la polla de su amigo. La masturbó al ritmo de las embestidas, apretando justo debajo de la cabeza, pasando el pulgar por el meato todavía sensible.
—Méame —ordenó Dima, con la voz rota—. Quiero sentir cómo me meás mientras te follo.
Andrei no pudo contenerse. El chorro salió de nuevo, más débil esta vez, pero constante. La orina caliente resbaló por los dedos de Dima, por la polla de Andrei, y cayó al suelo entre sus rodillas. Dima no soltó. Siguió masturbándolo mientras follaba, sintiendo el líquido caliente empaparle la mano, sintiendo cómo el agujero de Andrei se contraía alrededor de su polla cada vez que el chorro pulsaba.
Cuando Andrei se corrió, lo hizo con un grito ahogado. El semen salió espeso, blanco, mezclándose con la orina en la hierba. Las contracciones de su culo fueron lo que empujó a Dima al borde. Se enterró hasta el fondo, se quedó quieto, y se corrió dentro de él, llenándolo con chorros calientes y densos.
Se quedaron así un rato, unidos, jadeando. El sol seguía quemando. El viento secaba el sudor de sus espaldas. Cuando Dima se retiró, un hilo de semen y orina resbaló por el muslo de Andrei. Dima se inclinó y lo lamió, lento, saboreando la mezcla.
Se giraron el uno hacia el otro. Se besaron otra vez, más suaves ahora, pero todavía con hambre. Las manos exploraban cuerpos ya conocidos y al mismo tiempo nuevos. Andrei empujó a Dima hasta que quedó tumbado de espaldas en la hierba. Se subió encima, alineó su polla todavía semidura con la de Dima, y empezó a frotarse contra él, polla contra polla, piel resbaladiza de fluidos.
Frotaron durante minutos, empujando, deslizando, gimiendo en la boca del otro. Cuando Dima volvió a ponerse completamente duro, Andrei se levantó un poco, tomó la polla de su amigo y se la metió otra vez, esta vez de frente, mirándolo a los ojos mientras se sentaba hasta el fondo.
Cabalgó lento al principio, subiendo y bajando, sintiendo cada centímetro. Luego más rápido. Las manos de Dima se clavaron en sus muslos, guiándolo. El sonido de la carne húmeda chocando llenaba el aire. Andrei se inclinó hacia adelante, apoyó las manos en el pecho de Dima y se corrió por segunda vez, sin tocarse, solo con la fricción interna y la visión de la cara de su amigo contorsionada de placer.
Dima lo siguió casi inmediatamente, llenándolo otra vez.
Cuando por fin se separaron, estaban exhaustos, cubiertos de sudor, semen y restos de orina. Se tumbaron lado a lado en la hierba, mirando el cielo. Las nubes pasaban lentas. El valle se extendía abajo, indiferente.
Andrei giró la cabeza y sonrió, la misma sonrisa de la fotografía, pero ahora más oscura, más saciada.
—Otra vez —dijo simplemente.
Dima rio, bajo, y se incorporó sobre un codo. Su mano volvió a buscar la polla de Andrei, ya otra vez interesada.
—Toda la tarde —respondió—. Toda la puta tarde.
Y el sol siguió quemando mientras ellos volvían a empezar.

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