Era una tarde de verano en Madrid, de esas que el calor se pega a la piel como una promesa húmeda. El Parque del Retiro estaba casi vacío a esa hora, el sol ya bajo, tiñendo todo de naranja y dorado. Juan, 23 años, moreno, 1,85 m, cuerpo de gimnasio pero sin exagerar —pecho marcado, abdominales que se intuían bajo la camiseta ajustada, brazos fuertes y una polla que ya llevaba rato medio dura solo de pensar en lo que venía— caminaba por el sendero conocido. Llevaba pantalones cortos vaqueros que le marcaban el culo prieto y una camiseta blanca que se le pegaba al torso por el sudor. Estaba cachondo perdido. Había quedado con las bolas llenas después de una semana de exámenes y necesitaba descargar, sentir una boca desconocida, un culo apretado, algo rápido y sucio.
Berto, 24 años, rubio, ojos verdes, 1,80 m, más fibroso que voluminoso, con un culo redondo y duro de correr y una polla gruesa que siempre se le marcaba cuando se excitaba, estaba sentado en un banco apartado, cerca de los arbustos donde todo el mundo sabía que pasaba. Llevaba una camiseta de tirantes gris que dejaba ver los pezones oscuros y duros por la brisa, y unos shorts deportivos que apenas contenían el bulto. Se tocaba disimuladamente por encima de la tela, mirando a los que pasaban, buscando esa mirada que dice “te voy a follar o me vas a follar”.
Sus ojos se encontraron.
Juan sintió un chispazo en la boca del estómago. No era la mirada habitual de cruising, esa de “vamos al grano”. Era algo más hondo, más peligroso. Berto también lo sintió. Se levantó despacio, sin dejar de mirarlo, y caminó hacia él como si el parque entero se hubiera quedado en silencio.
—¿Buscas lo mismo que yo? —preguntó Berto con la voz ronca, ya cerca, tan cerca que Juan olió su sudor mezclado con colonia barata y algo más… deseo puro.
Juan tragó saliva. La polla se le puso tiesa al instante, marcándose obscenamente en los pantalones.
—Depende de lo que tú busques —respondió, mirándole la boca, los labios carnosos, la barba de tres días.
Berto sonrió de medio lado, dio un paso más y le puso la mano en la cintura, rozándole apenas la piel por encima de la camiseta.
—Yo busco una boca que me coma la polla hasta el fondo. Y luego quiero que me folles este culo hasta que no pueda andar derecho mañana.
Juan soltó el aire despacio. Normalmente ya estaría de rodillas en los arbustos. Pero algo en la forma en que Berto lo miraba —como si quisiera devorarlo y a la vez protegerlo— le frenó.
—¿Y si en vez de ir directo… damos una vuelta? —propuso Juan, sorprendiéndose él mismo.
Berto arqueó una ceja, divertido.
—¿Una vuelta? ¿Con las pollas así de duras?
—Precisamente por eso. Quiero verte bien antes de metértela hasta el fondo.
Berto se rio, bajo, gutural. Le gustó el desafío.
—Vale. Pero si en diez minutos no me has besado, me voy con el siguiente.
Empezaron a caminar por el sendero, hombro con hombro. Al principio en silencio, solo el roce ocasional de los brazos, las miradas de reojo. Juan no podía dejar de mirar el culo de Berto cuando iba un paso por delante. Redondo, duro, moviéndose con cada zancada. Berto, por su parte, se giraba a veces para pillarlo mirando y le guiñaba un ojo.
—¿Cuántos años tienes? —preguntó Berto de pronto.
—23. Tú?
—24. ¿Primera vez en el Retiro?
—No. Pero nunca me había parado a hablar con nadie. Normalmente es mamada rápida y adiós.
Berto asintió.
—Yo igual. Pero contigo… no sé. Me gustas demasiado para solo una paja.
Juan sintió que se le calentaba la cara… y la polla otra vez.
Se metieron por un sendero más apartado, donde los árboles formaban un túnel verde. Allí, por fin, Berto se paró, lo empujó suavemente contra un tronco y lo besó.
No fue un beso suave. Fue hambre pura. Lenguas enredadas, dientes chocando, manos por todas partes. Juan le metió la mano por debajo de la camiseta, le pellizcó un pezón duro y Berto gimió dentro de su boca. Berto le agarró el culo con fuerza, lo apretó contra su propia erección.
—Joder, qué dura la tienes —susurró Berto contra sus labios.
—Tú tampoco te quedas atrás —respondió Juan, metiendo la mano dentro de los shorts de Berto sin pedir permiso.
La polla de Berto era gruesa, venosa, la cabeza ya mojada de precum. Juan la sacó, le dio una larga caricia desde la base hasta la punta, recogiendo el líquido con el pulgar y llevándoselo a la boca.
—Salada —dijo, mirándolo a los ojos—. Me encanta.
Berto se rio, jadeante.
—Luego te doy más.
Siguieron caminando, pero ya no podían estar sin tocarse. Manos entrelazadas, dedos que se rozaban los bultos, besos robados detrás de cada árbol. Llegaron a una zona más escondida, un claro rodeado de arbustos altos donde nadie pasaba.
Allí se desataron.
Berto empujó a Juan contra el suelo, sobre la hierba seca, y se puso encima. Le quitó la camiseta de un tirón, le lamió el cuello, los pezones, el abdomen. Juan arqueó la espalda cuando Berto le mordió suavemente el pezón izquierdo.
—Quiero comerte entero —gruñó Berto.
—Hazlo.
Berto bajó los pantalones de Juan de un tirón. La polla salió disparada, dura, recta, la cabeza brillante. 18 centímetros de carne dura, venosa, con una gota gorda de precum en la punta.
—Joder, qué bonita —dijo Berto, y sin más se la metió hasta la garganta.
Juan gritó de placer. La boca de Berto era caliente, húmeda, experta. Subía y bajaba, lengua girando alrededor del glande, succionando fuerte. Juan le agarró el pelo rubio, le folló la boca despacio al principio, luego más fuerte.
—Así… joder, así… me voy a correr ya si sigues…
Berto se apartó un segundo, saliva chorreando por la barbilla.
—Aún no. Quiero que me folles primero.
Se quitó los shorts. Debajo no llevaba nada. El culo perfecto, depilado, prieto. Se dio la vuelta, se puso a cuatro patas sobre la hierba, arqueando la espalda.
—Fóllame, Juan. Quiero sentirte dentro.
Juan se arrodilló detrás. Escupió en la mano, se lubricó la polla, luego escupió directamente en el agujero de Berto. Lo abrió con dos dedos, lo encontró ya húmedo, relajado.
—¿Traes condón? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta por la mirada.
—Siempre. En el bolsillo.
Juan sacó el condón, se lo puso con manos temblorosas. Se colocó en la entrada, empujó despacio.
El gemido de Berto fue animal. Juan entró centímetro a centímetro, sintiendo cómo el culo se abría, lo apretaba, lo succionaba.
—Joder… estás tan apretado…
—Muévete, hostia… fóllame fuerte.
Y Juan obedeció. Empezó despacio, largas embestidas que hacían que las bolas chocaran contra el culo de Berto. Luego más rápido, más profundo. Agarró las caderas, lo clavó contra sí con cada embestida. Berto se tocaba la polla debajo, gimiendo sin control.
—Mira cómo me pones… me vas a hacer correrse sin tocarme casi…
Juan se inclinó sobre su espalda, le mordió el hombro, le metió la lengua en la oreja.
—Córrete para mí, Berto. Quiero sentir cómo te corres con mi polla dentro.
Berto gritó, el culo se le contrajo alrededor de la polla de Juan en espasmos largos, leche caliente salpicando la hierba. Juan no aguantó más. Se corrió con un rugido, clavándose hasta el fondo, llenando el condón de leche espesa.
Se quedaron así un rato, jadeando, sudorosos, pegados.
Después se tumbaron en la hierba, desnudos, uno al lado del otro, mirando el cielo que ya se oscurecía.
—Joder… —dijo Berto—. Eso ha sido…
—Lo mejor que me ha pasado nunca en cruising —terminó Juan.
Se miraron. Se rieron.
—No quiero que esto solo sexo —dijo Berto de pronto, serio—. Me gustas. Mucho. No solo tu polla, que también, sino… tú.
Juan sintió algo en el pecho. Algo grande.
—A mí también. No sé qué coño me has hecho, pero… quiero verte otra vez. Y otra. Y otra.
Berto se giró, le acarició la mejilla.
—Quiero conocerte. Saber qué te gusta aparte de follar como un animal. Qué música escuchas. Qué te hace reír. Qué te da miedo.
Juan tragó saliva.
—Yo también. Quiero despertarme contigo. Hacerte el desayuno después de follarte toda la noche. Quiero… algo más.
—¿Amor? —preguntó Berto, sin ironía.
—Quizás. O al menos la posibilidad de que lo sea.
Berto sonrió, le besó suave.
—Yo creo en el sexo sin mentiras. En decir lo que uno quiere. Hoy quería que me follaras el culo hasta romperme. Y tú lo hiciste perfecto. Pero también quiero que me cojas de la mano en la calle. Que me presentes a tus amigos. Que nos enfademos y nos reconciliemos follando o hablando, da igual.
Juan asintió.
—Yo quiero respeto. Que si un día no quiero follar, me abraces igual. Que si quiero follar tres veces al día, estés ahí. Que seamos amigos además de amantes. Que podamos contarnos todo.
Berto le pasó un dedo por el pecho, bajando hasta el abdomen, rozando la polla que ya volvía a endurecerse.
—Quiero eso. Todo eso. Contigo.
Se besaron otra vez, esta vez lento, profundo, sin prisa.
Cuando se separaron, Berto dijo:
—¿Te vienes a mi casa? Vivo a diez minutos. Quiero que me folles en una cama. Despacio. Toda la noche. Y mañana desayunamos juntos.
Juan sonrió, los ojos brillantes.
—Vamos.
Se vistieron entre risas y besos robados. Salieron del parque de la mano, sin esconderse.
En la calle, bajo las farolas, Berto le pasó un brazo por la cintura.
—¿Sabes qué es lo mejor?
—Dime.
—Que hemos empezado por el final: nos hemos follado como animales… y ahora vamos a hacer el principio: conocernos de verdad.
Juan se rio.
—Y yo que pensaba que solo venía a una mamada rápida…—Y yo. Pero te encontré a ti.
Se besaron en medio de la acera, sin importarles quién mirara.
Y así empezó todo.