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30.10.26

rELaTo. aMIGOs, aMaNTes, NOvios.



 Se llamaban Dani y Álex. Llevaban siendo “mejores amigos” desde los quince, lo cual en la práctica significaba que se conocían el uno al otro mejor que a sus propias madres, se prestaban dinero sin preguntar y se enviaban memes de pollas a las tres de la mañana. También significaba que, de vez en cuando, se follaban. No de forma oficial. No con flores ni desayunos en la cama. Más bien con un “ostras, qué calor, ¿no?” seguido de manos metidas donde no debían y gemidos que después fingían no recordar.

Ahora tenían veintiocho. Dani era el de la espalda ancha, el culo que parecía diseñado por un comité de expertos en estética masculina y una polla que, según Álex, “tenía más personalidad que la mitad de tus ex”. Álex era más delgado, más rápido de lengua (en todos los sentidos) y poseía la molesta costumbre de convertir cualquier situación incómoda en un monólogo sarcástico digno de un stand-up.

Estaban de vacaciones en una cala perdida de Cerdeña. Agua tan clara que parecía de anuncio de agua mineral. Sol. Arena blanca. Y cero testigos adultos responsables.

—Esto es ridículo —dijo Álex mientras se quitaba el bañador con la elegancia de quien se quita un calcetín sudado—. Dos tíos adultos pagando un dineral por estar en un sitio donde el principal entretenimiento es mirarse las pelotas bajo el agua.

Dani ya estaba desnudo. Su polla colgaba pesada, balanceándose con cada paso hacia el agua.

—Quejas menos y métete. El agua está perfecta. Y tus pelotas también, por cierto. Muy simétricas hoy.

—Gracias, crítico de arte genital. Me alegra que mi escroto te inspire confianza.

Se metieron. El agua estaba fresca al principio, luego se volvió tibia y perfecta. Nadaron hacia el centro de la cala, donde el fondo bajaba y la luz se filtraba en rayos dorados. Fue ahí donde la “amistad con derechos” decidió que los derechos necesitaban una revisión urgente.

Dani se sumergió primero. Álex lo siguió. Bajo el agua el mundo se volvía silencioso, azul, irreal. Las burbujas subían como pensamientos tontos. Dani se giró, lo miró, y sin más preámbulos lo agarró de la cintura y lo atrajo hacia sí.

Álex, que tenía la costumbre de hablar hasta debajo del agua (aunque solo salieran burbujas), pensó algo del estilo: “Claro, porque lo más lógico después de quince años de amistad es empezar a practicarte reanimación boca a boca con lengua incluida”.

Se besaron. Bajo el agua. Con la torpeza inevitable de dos tíos que intentan follar y no ahogarse al mismo tiempo. Las manos de Dani bajaron hasta el culo de Álex, lo apretaron, lo separaron. La polla de Álex, que ya iba a medio gas, se puso completamente dura en tres segundos. La de Dani no se quedó atrás: gruesa, caliente, presionando contra el vientre de su “amigo”.

Subieron a la superficie jadeando.

—Eres un peligro público —dijo Álex, escupiendo agua y sonriendo como idiota—. Un día de estos me vas a matar de un subidón y van a tener que poner en mi lápida “murió haciendo lo que amaba: ahogarse con la polla de su mejor amigo en la boca”.

—Dramático. Te queda bien el papel de viuda trágica. Ahora baja otra vez.

Volvieron a sumergirse. Esta vez Dani no se anduvo con rodeos. Agarró a Álex por los muslos, lo levantó como si no pesara nada (mentira, pesaba, pero el agua ayuda) y le hizo rodearle la cintura con las piernas. Exactamente la pose de la foto que alguien, en un universo paralelo, estaría haciendo pasar por “arte contemporáneo”.

Álex se agarró a los hombros de Dani. Sus pollas quedaron atrapadas entre los dos cuerpos, rozándose con cada leve movimiento de las corrientes. El roce era obsceno. Piel caliente contra piel caliente, agua fría alrededor, y la sensación de que el mundo entero se había reducido a dos pollas duras y un par de agujeros que ya estaban pidiendo guerra.

Dani se inclinó y le mordió el cuello. Álex soltó un gemido que se convirtió en una nube de burbujas.

Subieron otra vez.

—Si seguimos así —jadeó Álex—, vamos a tener que inventarnos una historia para cuando nos encuentren flotando con las caras de placer y las pollas todavía dentro. “Señor agente, estábamos practicando apnea erótica avanzada”.

—Cállate y bésame.

Se besaron otra vez, esta vez en la superficie, con menos elegancia y más lengua. Las manos de Álex bajaron y agarraron la polla de Dani con ambas manos, masturbándola bajo el agua con movimientos lentos y deliberados. Dani gruñó contra su boca.

—Así… joder, así.

—Mira quién se ha vuelto elocuente. Dos frases y ya no puedes formar oraciones complejas. Qué talento.

Dani no contestó con palabras. Simplemente lo giró, lo puso de espaldas contra su pecho y le metió dos dedos en el culo sin pedir permiso. El agua hacía de lubricante improvisado. Álex arqueó la espalda y soltó una carcajada ahogada que se transformó en gemido.

—Aviso legal: si me haces correrme aquí, las medusas van a tener una experiencia que no olvidarán.

—Que se jodan las medusas.

Los dedos de Dani trabajaban con precisión cruel. Entraban, salían, se curvaban. La polla de Álex rebotaba con cada movimiento, dura como una roca, goteando líquido preseminal que se diluía inmediatamente en el agua azul.

Cuando Dani consideró que estaba lo bastante abierto, alineó su polla y empujó.

Entrar bajo el agua tiene su ciencia. Hay que empujar con calma, dejar que el agua y el deseo hagan el resto. La cabeza de la polla de Dani abrió a Álex con una presión deliciosa y un leve ardor. Álex apretó los dientes y soltó un “hijo de puta” cargado de cariño.

Dani avanzó centímetro a centímetro hasta que estuvo completamente dentro. Se quedaron así un momento, flotando, unidos, respirando el uno contra el cuello del otro.

—Te cabe entera —murmuró Dani, con esa voz grave que usaba solo cuando estaba profundamente metido en el culo de alguien—. Siempre te cabe.

—No empieces con el discurso de “mi polla y tu culo, una historia de amor”. Muévete, cabrón.

Dani se movió. Embestidas lentas al principio, profundas, sacando casi toda la longitud antes de volver a enterrarla. El agua amortiguaba el sonido de la piel contra la piel, pero no la sensación. Cada embestida hacía que la polla de Álex se frotara contra el antebrazo de Dani, que lo sujetaba por la cintura.

Subían a tomar aire cada cierto tiempo, jadeando, riéndose, insultándose con cariño.

—Más fuerte —pidió Álex en una de las emergidas—. Si me vas a follar como si fuera tu novio oficial, al menos hazlo bien.

—Novio oficial. Qué romántico. ¿Quieres anillo también o te conformas con que te deje el culo hecho un poema?

—Anillo no. Pero un segundo orgasmo sí, por favor. Soy exigente.

Dani aceleró. Las embestidas se volvieron más cortas, más precisas, buscando ese ángulo que hacía que Álex perdiera temporalmente la capacidad de ser sarcástico. Lo consiguió. Álex se quedó con la boca abierta, emitiendo sonidos que no eran palabras ni gemidos del todo, sino una mezcla obscena de ambos.

Cuando Álex se corrió, lo hizo sin tocarse. El semen salió a chorros, blanco y espeso, flotando un segundo antes de dispersarse. Las contracciones de su culo fueron lo que empujó a Dani al límite. Se enterró hasta el fondo, se quedó quieto y se vació dentro de él con un gruñido largo y bajo.

Se separaron lentamente. El semen de Dani se escapó del culo de Álex en un hilo blanco que se disolvió en el azul. Ambos flotaron de espaldas un momento, mirando el cielo, respirando como si hubieran corrido una maratón.

—Bueno —dijo Álex después de un rato—. Eso fue… notablemente menos desastroso que la última vez en el jacuzzi de tu primo.

—La última vez en el jacuzzi de mi primo casi nos pillan y tú te dedicaste a hacer chistes sobre “terapia de pareja acuática”.

—Y funcionó. Nadie sospechó. Todos pensaron que éramos dos heteros muy unidos. El poder de la negación es hermoso.

Dani se giró y lo miró. El sol le hacía brillar las gotas de agua en las pestañas.

—Oye.

—Qué.

—¿Y si dejamos de fingir que esto es solo “amigos que se follan cuando no hay nada mejor que hacer”?

Álex levantó una ceja. El gesto le salió empapado y ridículo.

—¿Estás proponiéndome algo, Daniel? Porque si es una declaración formal bajo el agua después de correrme, voy a necesitar un momento para procesar la falta de romanticismo.

—Es una propuesta. Novios. Oficiales. Con derecho a follar en cualquier masa de agua disponible y a reírnos de lo idiotas que somos.

Álex se quedó callado tres segundos. Luego sonrió, esa sonrisa de quien acaba de ganar una apuesta que ni siquiera sabía que había hecho.

—Trato. Pero con condiciones.

—Dime.

—Uno: sigues siendo mi mejor amigo. Dos: me dejas seguir haciendo chistes sobre tu polla. Tres: la próxima vez me dejas a mí follarte a ti, porque esto de ser siempre el receptáculo empieza a parecerse a un patrón patriarcal y no estamos para esas cosas.

Dani rio, se acercó y lo besó otra vez. Esta vez más despacio. Más seguro.

—Trato cerrado. Ahora cállate y vuelve a bajar. Quiero que me chupes la polla antes de que se me baje del todo.

—Romántico hasta la médula —murmuró Álex mientras se sumergía otra vez—. Justo como me gusta.

Bajo el agua, las burbujas volvieron a subir. Las manos volvieron a buscar. Las bocas volvieron a abrirse. Y la cala, testigo silencioso y azul, guardó el secreto de dos tíos que habían decidido que la amistad, el sexo y el sarcasmo podían convivir perfectamente… siempre y cuando hubiera suficiente agua para no morir ahogados en el intento.

Y así, entre embestidas, risas y amenazas de medusas traumatizadas, Dani y Álex dejaron de ser solo amigos.

Se convirtieron en algo mucho peor:

novios.

Con todos los derechos.

Y todas las obligaciones.

Incluida la de follar como si el mundo se fuera a acabar…

o como si, al menos, el agua se fuera a enfriar.




Tres años después de aquella cala de Cerdeña donde decidieron que “amigos que se follan” sonaba demasiado a excusa de cobardes, Dani y Álex seguían juntos. Oficialmente. Con llaves de la misma casa, cuenta compartida de Netflix y la costumbre de discutir por el termostato como si fuera un tema de Estado.

Vivían en un piso alto de Barcelona con terraza, pero ese fin de semana de noviembre habían huido. Alquilado un chalet de madera en el Pirineo, rodeado de nieve, con vistas a un valle blanco y un jacuzzi exterior que prometía “experiencia termal de lujo”. La publicidad no mentía del todo: el jacuzzi funcionaba. El resto era madera crujiente, calefacción que tardaba una eternidad y un silencio de montaña que solo se rompía cuando Álex abría la boca.

Estaban metidos hasta el cuello en el agua caliente. Fuera nevaba con esa elegancia lenta de las películas. Dentro del jacuzzi, el vapor subía y se mezclaba con el aliento de los dos. Dani tenía el brazo apoyado en el borde, la cabeza echada hacia atrás, los ojos cerrados. Su polla flotaba semi-dura bajo el agua, porque el cuerpo de Álex estaba pegado al suyo desde hacía veinte minutos y la biología no entiende de “vamos a relajarnos un rato”.

Álex, por su parte, estaba sentado a horcajadas sobre los muslos de Dani, de espaldas a él, como si el jacuzzi fuera un trono y él el rey sarcástico del mismo.

—Tres años —dijo Álex, moviendo las caderas con una lentitud deliberada que hacía que el agua se arremolinara—. Tres años de noviazgo oficial y seguimos follando como si tuviéramos que devolver el local antes de que cierren. ¿No se supone que a estas alturas deberíamos estar en la fase de “sexo rutinario los martes y jueves”?

Dani abrió un ojo.

—Habla por ti. Yo sigo teniendo erecciones de adolescente cada vez que te agachas a recoger algo. Es un problema médico. Debería consultar.

—Consulta con mi culo. Está abierto a segunda opinión.

Álex se levantó un poco, guió la polla de Dani con una mano y se la volvió a meter despacio. El agua caliente hacía que todo resbalara de una forma obscena. Entró hasta el fondo, soltó un suspiro exagerado y se dejó caer hacia atrás, apoyando la cabeza en el hombro de Dani.

—Mira qué romántico —murmuró—. Nieve, vapor, mi novio dentro de mí… y yo pensando en que mañana hay que bajar a comprar pan porque se nos ha acabado el café. La vida adulta es una estafa.

Dani le mordió el lóbulo de la oreja.

—Cállate y muévete. O te muevo yo.

—Amenazas vacías. Llevas tres años amenazándome y al final siempre acabo yo encima, debajo o a cuatro patas. Tienes un patrón, Daniel. Un patrón muy predecible y muy de mi agrado.

Álex empezó a moverse de verdad. Subía y bajaba con un ritmo lento, haciendo que el agua salpicara fuera del jacuzzi. Cada vez que bajaba del todo, la polla de Dani le golpeaba ese punto que le hacía perder momentáneamente el hilo de los chistes. Dani le agarró las caderas con las dos manos y empezó a empujar hacia arriba, encontrándose con él a mitad de camino.

El contraste era brutal: el aire gélido de la montaña en la cara y el cuello, el agua a cuarenta grados envolviéndoles la cintura para abajo, y dentro, el calor denso y apretado del cuerpo del otro. La nieve caía sobre sus hombros y se derretía al instante.

—Joder… —gruñó Dani cuando Álex apretó los músculos internos a propósito—. Eso es trampa.

—Todo es trampa. El matrimonio es una trampa. El capitalismo es una trampa. Mi culo es una trampa especialmente bien diseñada. Acéptalo.

Se rieron los dos, el sonido ahogado por el burbujeo del jacuzzi. Luego Dani se cansó de la posición. Se levantó con Álex todavía ensartado, lo giró y lo puso de espaldas contra el borde de madera. El cambio de ángulo hizo que Álex soltara un gemido mucho menos elegante.

Dani empezó a follarlo en serio. Embestidas profundas, constantes, el agua salpicando con cada golpe de cadera. Álex se agarraba al borde con las dos manos, la cabeza echada hacia atrás, la boca abierta. La nieve le caía en la cara y él la sacudía con un movimiento de cabeza que resultaba ridículamente erótico.

—Más… ahí… no, un poco más a la izquierda… ¡ahí, cabrón, ahí!

—Instrucciones de GPS en plena follada. Eres insoportable.

—Y tú me tienes el culo lleno y todavía te quejas. Prioridades, amor.

Dani le tapó la boca con una mano, no para callarlo del todo, sino para sentir cómo gemía contra la palma. Con la otra mano le masturbó la polla al mismo ritmo de las embestidas. El agua caliente hacía que el deslizamiento fuera perfecto. Álex se corrió primero, con el cuerpo tensándose y un gemido largo que se perdió en el vapor. El semen salió blanco y espeso, flotando un segundo en la superficie antes de diluirse.

Las contracciones de su culo fueron suficientes para llevar a Dani al límite. Se enterró hasta las bolas, se quedó quieto y se vació dentro de él con un gruñido bajo, casi animal. Se quedaron así, unidos, respirando agitados, mientras la nieve seguía cayendo como si nada hubiera pasado.

Álex fue el primero en hablar, todavía con la voz ronca.

—Nota mental: el sexo en jacuzzi con nieve es excelente… hasta que tienes que salir. Porque ahora mismo mis piernas son gelatina y el camino hasta la casa parece la retirada de Rusia.

—Te cargo.

—Me cargas y mañana me duelen las lumbares. Ya conocemos el procedimiento.

Dani se rio, se separó con cuidado y ayudó a Álex a salir del agua. Los dos estaban rojos, brillantes de vapor y con las pollas todavía semiduras, colgando pesadas. Corrieron los pocos metros hasta la puerta del chalet, desnudos, pisando nieve con los pies que se quejaban en silencio. Dentro, la calefacción por fin había hecho su trabajo. El aire olía a madera y a sexo diluido.

No llegaron a la ducha. Ni siquiera al dormitorio. Álex empujó a Dani contra la pared del recibidor y se dejó caer de rodillas. Le tomó la polla en la boca todavía manchada de agua y de su propio semen. La chupó con ganas, sin elegancia, solo con hambre. Dani se pasó los dedos por el pelo mojado de Álex y dejó que la cabeza le cayera hacia atrás contra la pared.

—Tres años y sigues chupándomela como si tuvieras que demostrar algo —murmuró.

Álex se separó solo lo suficiente para hablar, un hilo de saliva uniendo sus labios a la cabeza de la polla.

—Tengo que demostrar que todavía me merezco el puesto. Hay mucha competencia ahí fuera. Pollas más jóvenes, más firmes, con menos tendencia a quedarse dormidas viendo documentales de ballenas.

—Las ballenas son fascinantes.

—Las ballenas no te follan el culo los viernes por la noche. Yo sí. Prioridades otra vez.

Volvió a la carga. Esta vez más profundo, hasta que la nariz le rozó el vello púbico. Dani soltó un sonido gutural y empujó un poco con las caderas. Álex se lo tomó todo, ojos entrecerrados, una mano masturbando lo que no le cabía en la boca.

Cuando Dani estuvo otra vez completamente duro, Álex se levantó, se giró y se apoyó con las manos en la consola del recibidor.

—Ahora tú. Quiero sentirte y quiero que sea ya.

Dani no necesitaba más invitación. Escupió en su mano, se untó y entró de un solo empuje. El gemido que soltó Álex fue puro y sin filtros. Empezaron a follar de pie, brusco, el sonido de la piel contra la piel llenando el chalet. Cada embestida hacía que Álex se inclinara un poco más hacia adelante. Dani le agarró del pelo, tiró hacia atrás y le habló al oído:

—Sigue siendo el mismo culo de hace tres años. Igual de puta. Igual de mío.

—Qué poesía. Deberías escribir tarjetas de San Valentín.

—Cállate.

—Hazme callar tú.

Dani le metió dos dedos en la boca. Álex los chupó con la misma dedicación con la que había chupado la polla minutos antes. El ritmo se volvió más salvaje. El recibidor olía a sexo, a nieve derretida y a madera caliente. Cuando Dani sintió que se acercaba otra vez, se retiró, giró a Álex y lo levantó. Las piernas de Álex rodearon su cintura por reflejo. Dani lo cargó hasta el sofá del salón y lo tumbó de espaldas.

Allí el sexo se volvió más lento, más profundo. Dani se la metió otra vez y empezó a moverse con embestidas largas, mirándolo a los ojos. Álex le acarició la cara, le pasó el pulgar por el labio inferior y sonrió con esa mezcla de cariño y maldad que solo él sabía hacer.

—Te quiero, idiota —dijo de pronto.

Dani se detuvo un segundo, todavía dentro.

—Vaya. Declaraciones de amor en plena follada. Qué clásico.

—Cállate y córrete dentro. Quiero sentirlo.

Dani obedeció. Aceleró, buscó el ángulo exacto y se vació otra vez, profundo, mientras Álex se masturbaba a sí mismo y se corría entre los dos cuerpos, el semen caliente salpicando sus abdómenes.

Se quedaron tumbados en el sofá, enredados, sudorosos, con el semen enfriándose entre ellos y la nieve cayendo fuera de los ventanales.

Álex fue el primero en romper el silencio, como siempre.

—Nota de los tres años: seguimos siendo unos cerdos. Seguimos riéndonos en los momentos menos apropiados. Y seguimos follando como si tuviéramos que demostrar que el contrato sigue vigente.

Dani le besó la sien.

—El contrato está más que vigente. Renovación automática. Con cláusula de sexo en cualquier superficie disponible.

—Incluido el jacuzzi helado a las siete de la mañana si se me antoja.

—Incluido eso. Aunque me queje.

Álex sonrió contra su pecho.

—Perfecto. Porque mañana, cuando el sol salga y la nieve brille como en las postales, te voy a sentar en el borde de ese jacuzzi y te voy a chupar la polla hasta que se te olvide cómo se llama el pueblo más cercano.

Dani soltó una risa baja.

—Trato. Pero primero… ducha. Huele a sexo y a cloro de jacuzzi. No es la mejor combinación del mundo.

—Romántico hasta la médula, como siempre.

Se levantaron. Caminaron hacia el baño desnudos, dejando un rastro de huellas mojadas sobre la madera. Afuera seguía nevando. Adentro, el agua de la ducha empezó a correr y, con ella, las manos volvieron a buscarse.

Porque tres años después, la única cosa que no había cambiado era esta:
mientras uno de los dos tuviera aliento para hacer un chiste y el otro tuviera ganas de callárselo con la boca, el sexo —y todo lo demás— seguiría siendo exactamente igual de desastroso, igual de divertido e igual de necesario.

Y el Pirineo, testigo silencioso y blanco, no dijo ni una palabra.
Solo siguió nevando.

25.10.26

RelATo. 1984

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reLAto. El SotANO




El sótano de la casa de Leo olía a madera vieja, metal caliente y un leve rastro de colonia barata. Las paredes rosa desvaído y los espejos grandes multiplicaban cada cuerpo. Habían quedado, como casi todas las semanas, para entrenar. Mancuernas, barras, esterillas, toallas… el mismo ritual de siempre. Solo que esta noche algo había cambiado.

Desde hacía más de un año se reunían allí. Leo, el dueño de la casa, abría la puerta del sótano, ponía música baja y los cuatro bajaban las escaleras con la ropa de deporte ya puesta. Hacían press de banca, sentadillas, remo, abdominales, se reían, se empujaban, se secaban el sudor con la misma toalla a veces. Después subían, se duchaban por turnos o juntos si había prisa, y se iban. Nunca habían entrenado desnudos. Nunca se habían quedado mirando demasiado tiempo.

Hasta esta noche.

Todo empezó de forma casi accidental. Habían terminado la última serie de peso muerto. Leo se quitó la camiseta empapada y la tiró a un lado. Nico, el de espalda ancha y culo redondo, hizo lo mismo. Marco se rió y se sacó también la suya. Dani, el más delgado, se quedó mirándolos un segundo y terminó imitando el gesto. Entonces Leo, todavía con la respiración agitada, se bajó los pantalones cortos y los calzoncillos de un solo movimiento y los dejó caer al suelo.

Se quedó de pie, completamente desnudo, la polla gruesa y pesada entre las piernas, el tatuaje del bíceps brillando de sudor. Miró a los otros tres con esa sonrisa fácil que siempre usaba cuando estaba a gusto.

—¿Y si esta vez lo hacemos así? —dijo, como quien propone cambiar el orden de los ejercicios—. Primera vez. Nadie más va a bajar. Si os da vergüenza, nos vestimos y punto.

Hubo un silencio de tres segundos.

Luego Nico se bajó los pantalones y se quedó igual de desnudo, de espaldas primero, mostrando el culo redondo mientras se inclinaba a recoger la ropa, y después de frente, con la polla ya semi-erecta. Marco se quitó lo que le quedaba sin decir nada, solo con una sonrisa tranquila. Dani fue el último, pero no dudó. En menos de un minuto los cuatro estaban completamente desnudos en el sótano donde tantas veces habían entrenado con ropa.

Leo se pasó una mano por el pecho, todavía sudado.

—Joder… se siente raro. Y bien.

Nico se acercó un paso y le dio un suave empujón con el hombro.

—Raro y bien. Llevo un año mirándote el paquete por el rabillo del ojo y ahora lo tengo delante. No sé qué hacer primero.

Marco soltó una risa baja y se pasó la mano por el pecho velludo, rozando un pezón que ya se había endurecido.

—Yo tampoco. Especialmente cuando Nico se inclinaba a recoger las pesas. Ese culo… y ahora está aquí, sin nada encima.

Dani se acercó por el otro lado y dejó que su hombro rozara el de Marco.

—Y yo no me he perdido ni una. Los tres tenéis unos cuerpos que dan ganas de tocar. Y esta es la primera vez que puedo hacerlo sin fingir que estoy mirando el espejo.

Los cuatro se rieron, un sonido suave que rebotó en los espejos. No había tensión rara, solo deseo acumulado de meses y la confianza de haber compartido ese espacio tantas veces. Ahora, por fin, sin ropa.

Leo se acercó a Marco, le puso una mano en la cintura y lo atrajo hacia sí. Sus cuerpos se tocaron de pecho a muslo, piel caliente y sudada contra piel caliente. La polla de Leo, ya casi completamente dura, rozó la de Marco, que respondió hinchándose más.

—¿Puedo besarte? —preguntó Leo, cerca de la boca de Marco, sin presionar—. Primera vez que te lo pido aquí abajo.

Marco asintió. El beso fue lento al principio, labios suaves, lenguas explorándose con curiosidad. Nico y Dani los observaban desde los lados, cada uno tocándose con movimientos lentos, disfrutando del espectáculo sin sentirse fuera. Era la primera vez que veían a los otros así, completamente desnudos y tocándose, y ninguno quería precipitarse.

Cuando Leo y Marco se separaron, ambos respiraban un poco más rápido. Leo giró la cabeza hacia Nico y Dani y les tendió las manos.

—Venid aquí, los dos. Que sea la primera vez de los cuatro.

Nico y Dani se acercaron. En segundos formaron un círculo torpe y cálido, frotándose suavemente, disfrutando del simple contacto de piel con piel. Las manos viajaban por pechos, espalda, culos, pollas. Nadie tenía prisa. Era la primera vez que se tocaban de esa forma y querían memorizarlo todo.

Nico fue el primero en arrodillarse. Lo hizo con naturalidad y se situó frente a las tres pollas que ya apuntaban hacia arriba. Miró primero a Leo, luego a Marco y a Dani, y sonrió.

—¿Os importa si empiezo yo? Primera vez que os chupo aquí abajo… quiero hacerlo bien.

—Para nada —dijo Leo, pasando una mano por el pelo de Nico—. Todo tuyo.

Nico abrió la boca y tomó la cabeza de la polla de Leo entre los labios. La succionó con cuidado, saboreando el sabor limpio de sudor y piel. Leo soltó un gemido bajo. Después de un rato, Nico soltó la polla de Leo con un sonido húmedo y se giró hacia Marco, tomándolo más profundo. Luego pasó a Dani, que echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos.

Los otros dos se arrodillaron también. Pronto había tres bocas trabajando, turnándose, compartiendo, lamiendo testículos, besándose entre sí alrededor de las pollas. El sótano se llenó del sonido húmedo de chupadas y de respiraciones agitadas. Era la primera vez que los cuatro se daban placer de esa forma y se notaba en cada gemido, en cada mirada que se cruzaba.

Cuando Dani estuvo a punto de correrme, les avisó en voz baja:

—Voy a… si seguís así…

Nico se separó y le dio un beso suave en el muslo interior.

—Todavía no. Quiero que te corras más tarde, cuando estés dentro de alguien… o cuando alguien esté dentro de ti. Como prefieras. Primera vez, hay que aprovecharla.

Se levantaron los cuatro. Leo se quedó de pie y abrió un poco las piernas. Marco se situó detrás de él y le pasó los brazos por la cintura, frotando su polla dura contra el culo de Leo. Nico se arrodilló delante y empezó a lamer los testículos de Leo mientras Dani le besaba el cuello desde un lado.

—¿Quieres que te prepare? —susurró Marco al oído de Leo—. Primera vez que te toco así… dime si algo no te gusta.

Leo asintió. Marco escupió en sus dedos y, con cuidado, le rodeó el agujero con la yema, haciendo círculos lentos, empujando solo un poco cuando Leo empujó hacia atrás pidiendo más. Un dedo entró, luego dos. Leo gemía contra el hombro de Dani.

Cuando Marco consideró que Leo estaba listo, se separó un momento para buscar el pequeño tubo de lubricante que Leo siempre tenía en un cajón del sótano “por si acaso”. Nunca lo habían usado para esto. Hasta ahora. Volvió, se echó un poco en la mano y se lo pasó por la polla, luego más entre las nalgas de Leo.

—Dime si algo no te gusta —repitió Marco, alineándose—. Quiero que lo disfrutes.

Leo se inclinó hacia delante, apoyando las manos en los muslos de Dani, y abrió las piernas. Marco empujó despacio. La cabeza de su polla abrió el agujero de Leo, entró un centímetro, se detuvo, esperó. Leo respiró hondo y empujó hacia atrás. Marco entró más, centímetro a centímetro, hasta que estuvo completamente dentro. Se quedaron quietos un momento, sintiendo el calor, el pulso, la presión. Era la primera vez que Leo sentía a Marco así, y la primera vez que Marco entraba en alguien en ese sótano.

Nico se arrodilló delante de Leo y le tomó la polla en la boca, chupando al ritmo que Marco empezaba a marcar con embestidas lentas y profundas. Dani se situó al lado y se besaba con Leo, acariciándole el pecho.

Después de un rato cambiaron. Ahora era Nico quien estaba inclinado sobre el banco de pesas, y Leo quien se colocaba detrás de él. Marco se arrodilló delante de Nico y le chupaba la polla mientras Leo lo preparaba con los dedos, con el mismo cuidado. Cuando Nico estuvo listo, Leo entró en él con embestidas suaves al principio, luego más firmes cuando Nico empezó a empujar hacia atrás pidiendo más.

Dani se levantó, se situó al lado de Leo y lo besó mientras follaba a Nico. Las manos de los cuatro se movían por todas partes: acariciando pechos, apretando culos, tirando suavemente de cabellos, tocándose las pollas cuando podían alcanzarlas. Cada posición era nueva. Cada gemido era la primera vez que lo oían en ese espacio.

En un momento dado se tumbaron los cuatro en las esterillas del suelo, formando un montón de cuerpos sudados y excitados. Leo estaba de espaldas, Marco montado a horcajadas sobre su cara, follándole la boca con movimientos lentos, mientras Nico montaba la polla de Leo y Dani se colocaba a horcajadas sobre el pecho de Leo para que este pudiera chuparlo también.

Cambios de posición constantes, siempre preguntando, siempre cuidando. Nadie mandaba, nadie obedecía; simplemente se turnaban el placer. A veces tres chupaban a uno, a veces uno follaba a otro mientras los otros dos los miraban y se tocaban, a veces los cuatro se frotaban las pollas juntas en un nudo húmedo de manos y pre-semen. Era la primera vez que entrenaban desnudos… y la primera vez que se corrían juntos en ese sótano.

El tiempo se dilató. El reloj de la pared marcaba casi las once cuando Leo, que estaba dentro de Nico en ese momento, con Marco chupándole los testículos desde abajo y Dani besándole la boca, sintió que se acercaba el orgasmo.

—Nico… me voy a correr…

Nico apretó el culo alrededor de la polla de Leo y asintió, sin dejar de gemir.

—Dentro. Quiero sentirte. Primera vez que te corro dentro…

Leo empujó unas cuantas veces más y se corrió con un gemido profundo, llenando a Nico. El calor del semen empujó a Nico también; se corrió sobre el pecho de Leo, chorros blancos que se esparcieron por la piel sudada. Marco, que había estado masturbándose mientras los miraba, se corrió segundos después, salpicando el vientre de Nico y el de Leo. Dani fue el último, corríendose en la boca de Leo mientras este lo chupaba hasta el final.
Se quedaron así un rato, respirando juntos, acariciándose con manos perezosas. Luego se levantaron con lentitud, se limpiaron con toallas y se miraron, sonriendo.

—Eso… —dijo Dani, todavía un poco sin aliento— ha sido lo mejor que me ha pasado en este sótano. Y pensar que llevamos un año viniendo aquí con ropa…

Leo se rió y le dio un beso en la sien.

—Podemos repetirlo cuando queráis. Solo avisar con tiempo para que nadie se cuelgue la toalla. Aunque… ahora que lo hemos hecho desnudos una vez, no sé si voy a querer volver a ponerme la ropa para entrenar.

Nico se estiró, completamente relajado, y miró a los tres.

—La próxima vez traigo más lubricante. Y quizás cerramos la puerta con llave desde el principio. Primera vez… pero no la última.

Marco asintió, todavía sonriendo.

—Y la próxima vez que diga “vamos a entrenar un rato”, ya sabéis a qué me refiero. Ropa opcional. Muy opcional.

Los cuatro se rieron otra vez. Se vistieron sin prisas, se dieron un último abrazo colectivo —desnudos todavía bajo las camisetas y los pantalones cortos— y subieron las escaleras juntos, el aire de la casa más fresca golpeándoles la piel todavía caliente.

En la puerta de la calle se detuvieron un segundo. Leo miró a los otros tres.

—Oye… gracias. De verdad. Por atreveros. Por ser la primera vez juntos.

Nico le apretó el hombro.

—Gracias a ti por atreverte a bajar los calzoncillos primero.

Marco y Dani asintieron, sonriendo.

—Y gracias a los tres por no dejar a nadie fuera. Ahora ya sabemos cómo se siente entrenar… y terminar… completamente desnudos.

Se separaron en la acera, cada uno hacia su casa, pero todos sabían que aquello no había sido solo una noche. Había sido el principio de algo más: amistad, deseo, confianza y cuerpos que se conocían ya de una forma nueva y mucho más íntima.


Habían pasado exactamente siete días.

El sótano de Leo olía otra vez a madera, metal y un poco de colonia. Las mancuernas estaban en su sitio, las esterillas enrolladas en una esquina, el espejo grande reflejaba la escalera. Era el mismo día, la misma hora, el mismo ritual de siempre… solo que esta vez ninguno de los cuatro se molestó en fingir.

Leo abrió la puerta del sótano y bajó primero. Se quitó la camiseta mientras todavía bajaba el último escalón y la tiró a un lado. Cuando llegó al suelo ya iba desabrochándose los pantalones cortos. Nico entró justo detrás, se rio por lo bajo y se sacó la camiseta de un tirón. Marco y Dani bajaron juntos, mirándose de reojo, y en menos de un minuto los cuatro estaban otra vez completamente desnudos en el mismo espacio donde la semana anterior se habían corrido por primera vez.

Nadie dijo “vamos a entrenar un rato”. Nadie preguntó si debían empezar por press de banca o por sentadillas. Simplemente se miraron, se sonrieron y dejaron que la ropa se quedara en el suelo.

Leo se pasó una mano por el pecho, todavía fresco del aire de arriba
.
—Supongo que esta vez no vamos a fingir que venimos a levantar hierro.

Nico se acercó y le dio un suave empujón con el hombro, su polla ya semi-erecta rozando el muslo de Leo.

—Ni de coña. Llevo siete días pensando en cómo se sintió tu polla dentro de mí. No tengo ninguna intención de hacer ni una puta repetición antes de volver a sentirla.

Marco se rio y se pasó la mano por el pecho velludo, los dedos rozando un pezón que ya se había endurecido.

—Yo igual. He estado masturbándome todas las noches recordando cómo sabía la boca de Dani y cómo se sentía el culo de Leo apretándome. Así que… ¿empezamos donde lo dejamos?

Dani se acercó por el otro lado, se puso de puntillas y le dio un beso rápido en la comisura de los labios a Marco.

—Empezamos donde lo dejamos… y esta vez no paramos hasta que los cuatro estemos hechos un desastre.

Los cuatro se rieron, un sonido suave y cargado de ganas. No había tensión rara, solo el deseo acumulado de una semana y la certeza de que esta vez nadie iba a contenerse.

Leo atrajo a Marco por la cintura y lo besó sin pedir permiso. El beso fue más profundo que la vez anterior, lenguas que se buscaban con hambre. Nico se situó detrás de Leo y le pasó los brazos por debajo de las axilas, las manos abiertas sobre el pecho de Leo, los dedos apretando los pezones mientras frotaba su polla dura contra el culo de Leo. Dani se arrodilló delante de los tres y empezó a lamer y chupar las tres pollas por turnos, pasando de una a otra con la lengua, salivando, dejando hilos de saliva que brillaban bajo la luz.

El sótano se llenó rápido del sonido húmedo de chupadas y de gemidos bajos. Dani tomaba la polla de Leo hasta casi la base, luego la soltaba con un sonido obsceno y pasaba a la de Marco, más gruesa, más venosa. Después a la de Nico, que ya goteaba pre-semen. Cada vez que cambiaba, los otros dos se inclinaban para besarse o para chupar el cuello del que estaba de pie.

Después de varios minutos, Dani se levantó. Los labios le brillaban y la voz le salió un poco ronca.

—Quiero que me folleis. Los tres. Por turnos o juntos, como queráis. 

Leo lo miró con los ojos oscuros de deseo.

—¿Estás seguro?

—Más que seguro. Llevo una semana tocándome el culo pensando en esto.

Nico se agachó, recogió el tubo de lubricante que Leo había dejado a propósito sobre el banco de pesas y se lo pasó a Marco.

—Entonces preparémoslo bien. Primera ronda de la noche.

Marco abrió el tubo, se echó una generosa cantidad en los dedos y se situó detrás de Dani. Lo hizo inclinarse sobre el banco de pesas, el pecho contra el cuero gastado, el culo en alto. Con dos dedos empezó a abrirlo con paciencia, haciendo círculos, empujando despacio, buscando el punto exacto que hacía que Dani temblara y empujara hacia atrás. Leo se arrodilló delante y le metió la polla en la boca para distraerlo del leve escozor inicial. Nico se situó al lado y le acariciaba la espalda, los muslos, los testículos.

Cuando Dani estuvo lo bastante abierto y relajado, Marco se alineó y empujó. La cabeza de su polla abrió el agujero, entró un centímetro, se detuvo, esperó. Dani respiró hondo y empujó hacia atrás. Marco entró más, centímetro a centímetro, hasta que estuvo completamente dentro. Se quedaron quietos un momento, sintiendo el calor, el pulso, la presión.

—Joder… —susurró Dani, la voz temblando—. Se siente… tan grande.

Marco empezó a moverse con embestidas lentas y profundas. Cada vez que entraba hasta el fondo, Dani gemía alrededor de la polla de Leo. Nico se situó al lado de Marco y le besaba el cuello mientras le acariciaba el culo, a veces metiendo un dedo junto a la polla de Marco para hacerlo aún más estrecho.

Después de un rato cambiaron. Ahora era Leo quien follaba a Dani, con embestidas más fuertes, más profundas. Marco se arrodilló delante y le chupaba la polla a Dani al mismo tiempo. Nico se situó detrás de Leo y le preparó el culo con dos dedos lubricados, empujando despacio hasta que Leo gimió y abrió las piernas un poco más. Cuando estuvo listo, Nico entró en Leo mientras Leo follaba a Dani. El ritmo se volvió una cadena de empujones: Nico empujaba a Leo, Leo empujaba a Dani, y Dani chupaba a Marco que se había levantado para ofrecerle la polla.

Los cuatro se movían como un solo organismo sudado y jadeante. El banco de pesas crujía. El espejo reflejaba ocho cuerpos en lugar de cuatro. El aire olía a sexo, a lubricante y a sudor limpio.

Cuando Dani estuvo cerca de correrme, les avisó con la voz rota:

—Me voy a… joder, me voy a correr…

Leo no se detuvo. Empujó más fuerte, más profundo, y Dani se corrió con un grito ahogado, chorros blancos salpicando el banco y el pecho de Marco. El orgasmo lo hizo apretar el culo alrededor de la polla de Leo, y eso empujó a Leo también. Se corrió dentro de Dani con un gemido profundo, llenándolo. Nico, que seguía follando a Leo, sintió cómo el culo de Leo se contraía alrededor de él y se corrió segundos después, llenando a Leo. Marco se masturbó rápido y se corrió en la boca abierta de Dani, que lo recibió con la lengua fuera.

Se quedaron un momento así, temblando, respirando, todavía unidos. Luego se separaron con lentitud, el semen resbalando por los muslos, y se miraron, sonriendo como idiotas felices.

—Ronda uno… completada —dijo Nico, todavía sin aliento—. ¿Alguien quiere agua o vamos directo a la dos?

Leo se rio y se limpió el pecho con una toalla.

—Agua. Y después quiero que me folleis el culo los tres. Por turnos. 

Marco levantó una ceja, divertido.

—Ambicioso.

—Llevo una semana pensando en esto. No voy a desperdiciar la noche.

Se pasaron una botella de agua entre ellos, se limpiaron un poco y volvieron a tocarse. Esta vez Nico se tumbió de espaldas en las esterillas. Leo se montó a horcajadas sobre su cara y bajó el culo hasta que la lengua de Nico empezó a lamerle el agujero todavía sensible y lleno de semen. Marco se situó detrás de Leo y lo preparó otra vez con los dedos, aunque ya estaba abierto. Dani se arrodilló al lado y le chupaba la polla a Leo mientras lo preparaban.

Cuando Leo estuvo listo, Marco entró en él con una embestida lenta y profunda. Leo gimió contra el aire y empujó hacia atrás. Nico seguía lamiendo alrededor de la polla de Marco, saboreando el lubricante y el semen anterior. Dani se levantó, se situó delante de Leo y le metió la polla en la boca. El ritmo se volvió otra vez una cadena de placer: Marco follaba a Leo, Leo chupaba a Dani, Nico lamiaba y chupaba lo que podía alcanzar.

Después de un rato cambiaron. Ahora era Dani quien follaba a Leo, con embestidas más rápidas, más urgentes. Marco se situó delante y le ofrecía la polla a Leo. Nico se colocó detrás de Dani y lo preparó con dos dedos, empujando hasta que Dani gimió y abrió las piernas. Cuando estuvo listo, Nico entró en Dani mientras Dani follaba a Leo. Otra cadena. Otro ritmo. Más gemidos. Más sudor.

Leo se corrió por segunda vez sin que nadie le tocara la polla, solo con la estimulación de ser follado y de chupar. El orgasmo lo hizo apretar el culo alrededor de Dani, y Dani se corrió dentro de él. Nico, que seguía follando a Dani, se corrió poco después, llenándolo. Marco se masturbó y se corrió en la cara de Leo, que recibió los chorros con la boca abierta y la lengua fuera.

Se derrumbaron los cuatro en las esterillas, un montón de cuerpos sudados, semies, respirando como si hubieran corrido una maratón. Durante varios minutos solo se oyeron respiraciones y algún que otro suspiro de placer residual.

Luego Leo se rio, todavía tumbado.

—Ronda dos… también completada. ¿Alguien tiene fuerzas para una tercera o paramos aquí?

Nico se incorporó sobre un codo y lo miró con una sonrisa pícara.

—Yo tengo fuerzas. Y además… traje algo.

Se levantó, fue hasta su mochila y sacó un pequeño estuche negro. Dentro había un plug de silicona de tamaño medio, un anillo para la base de la polla y un tubo de lubricante extra. Los dejó sobre la esterilla.

—Pensé que podíamos… experimentar un poco más.

Marco silbó bajo.

—Mira quién vino preparado.

Dani se rio y se estiró, todavía con el semen resbalándole por el muslo.

—La próxima semana yo traigo los míos. Tengo un dildo que os va a volver locos.

Leo se incorporó también, los ojos brillantes.

—Entonces… ¿queda oficial? Cada semana aquí. Siempre desnudos. Y cada uno se encarga de traer lubricante y algún juguete nuevo.

Los tres asintieron al mismo tiempo.

Nico se acercó, se arrodilló entre las piernas de Leo y le puso el anillo en la base de la polla, apretándolo con cuidado. Luego lubrificó el plug y se lo introdujo despacio en el culo de Leo, que ya estaba abierto y sensible. Leo gimió y dejó caer la cabeza hacia atrás.

—Joder… se siente… lleno.

—Eso es solo el principio —dijo Nico—. Ahora vamos a follarte otra vez mientras lo llevas puesto.

Y así lo hicieron.

Durante la siguiente hora los cuatro se turnaron otra vez. Leo fue follado por Marco mientras llevaba el plug, el anillo haciendo que su polla se pusiera todavía más dura y oscura. Después fue Dani quien lo folló, y después otra vez Nico. Entre medias se chuparon, se lamieron, se besaron, se masturbaron unos a otros. En un momento dado Marco se puso el plug y dejó que los otros tres se turnaran para follarlo. Luego Dani. Luego Nico. Cada uno terminó al menos una vez más, algunos dos. El suelo de las esterillas quedó brillante de semen, lubricante y sudor.

Cuando por fin se detuvieron, el reloj de la pared marcaba casi la una de la madrugada. Los cuatro estaban agotados, satisfechos y sonriendo como idiotas. Se limpiaron con toallas, se pasaron otra botella de agua y se tumbaron un rato más, acariciándose con manos perezosas.

Leo fue el primero en hablar, la voz ronca de tanto gemir.

—Esto… no puede ser solo esta noche. Ni la de la semana pasada. Quiero que sigamos. Todas las semanas. Aquí. Desnudos. Sin pretender que venimos a entrenar.

Nico se apoyó en un codo y lo miró.

—De acuerdo. Todas las semanas. Siempre desnudos. Y cada uno trae lubricante y al menos un juguete nuevo. Así nunca se vuelve aburrido.

Marco asintió, todavía con el pecho subiendo y bajando.

—Yo me apunto. Y si algún día uno de nosotros no puede, los otros tres igual se reúnen. Pero la idea es que estemos los cuatro.

Dani se rio suavemente y se estiró como un gato.

—Perfecto. Entonces queda oficial. Cada semana. Siempre desnudos. Lubricante y juguetes a cargo de cada uno por turnos. Y si alguien se olvida… se queda sin correrme esa noche.

Los cuatro se rieron. Se levantaron con lentitud, se dieron un último abrazo colectivo —desnudos, sudados, pegajosos— y empezaron a recoger la ropa sin ninguna prisa.

Antes de subir las escaleras, Leo se detuvo y miró a los otros tres.

—Oye… gracias. Otra vez. Por venir. Por no fingir. Por querer seguir.

Nico le apretó el hombro.

—Gracias a ti por abrir el sótano. Y por bajar los calzoncillos el primero la semana pasada.

Marco y Dani asintieron, sonriendo.

—Y gracias a los tres por hacer que esta sea la mejor puta rutina de entrenamiento del mundo.

Subieron juntos. En la puerta de la calle se despidieron con besos lentos, manos que se quedaban un segundo de más en la cintura o en el culo, y la promesa clara y firme de volver a verse exactamente dentro de siete días.

Y cuando se separaron en la acera, cada uno hacia su casa, todos sabían que aquello ya no era solo sexo. Era una cita semanal. Una rutina. Un acuerdo. Y la mejor decisión que habían tomado en mucho tiempo.



24.10.26

reLaTO. fOtOGRAfiA ExPLicitA


 El encargo parecía sencillo. Un reportaje fotográfico de desnudos artísticos masculinos en aguas naturales. El cliente, una revista europea de fotografía de autor, quería imágenes de cuerpos fuertes flotando en un lago de montaña de aguas cristalinas, casi turquesas. Luz natural, composición limpia, nada de poses vulgares. Solo la belleza del cuerpo humano suspendido en el agua.

El fotógrafo se llamaba Marco. Treinta y dos años, cámara en mano, reputación sólida. Había contratado a tres modelos a través de una agencia especializada en desnudos artísticos. Los tres llegaron el mismo día al remoto lago de los Alpes italianos.

Leo era el más joven, veinticuatro años, piel clara, espalda ancha, glúteos firmes y una polla gruesa que, incluso flácida, tenía peso. Cabello corto castaño, mandíbula marcada. Se movía con la naturalidad de alguien acostumbrado a estar desnudo frente a objetivos.

Nico, veintisiete, era más oscuro de piel, con barba recortada y un torso esculpido que parecía tallado en piedra. Su polla era larga, de cabeza ancha, y el vello púbico le crecía espeso hasta casi unirse con el de la línea del vientre. Tenía una forma de mirar que ya en el primer encuentro hizo que Marco se removiera incómodo en los pantalones.

Y luego estaba Viktor. Treinta años, calvo, cuerpo de luchador, hombros enormes, pecho velludo y unas nalgas redondas y potentes. Su polla era gruesa en la base, con venas marcadas, y cuando se puso en ropa interior por primera vez frente a Marco, el bulto era imposible de ignorar.

El primer día fue profesional. Marco les explicó las poses: flotación libre, brazos extendidos, piernas abiertas o cerradas según la composición. El agua estaba fría al principio, pero el sol de mediodía la calentaba en la superficie. Los tres hombres se desnudaron sin ceremonia. Se metieron en el lago. Marco, desde una plataforma elevada y también desde el agua con una cámara subacuática protegida, empezó a disparar.

Las primeras horas fueron de trabajo puro. Leo flotaba de espaldas, brazos abiertos, polla relajada contra el vientre. Nico se giraba de lado, una mano en el pecho, la otra extendida. Viktor se hundía un poco más, el cuerpo muscular creando sombras bajo la superficie. El agua era tan clara que se veía todo: la curva del glúteo, la línea de la ingle, el peso de los testículos, el leve movimiento de las pollas con las corrientes.

Marco iba dando instrucciones:

—Leo, sube un poco más la cadera… eso. Nico, gira la cabeza hacia la luz. Viktor, abre un poco más las piernas.

El clic de la cámara se mezclaba con el chapoteo suave. El sol bajaba. Las sombras se alargaban. Y el ambiente empezó a cambiar.

Fue Leo quien lo notó primero. Estaba flotando de espaldas cuando sintió que la corriente, o tal vez la cercanía de los otros dos cuerpos, le rozaba la polla. Abrió los ojos y vio que Nico estaba más cerca de lo necesario. La mano de Nico, que debía estar extendida para la composición, había bajado y ahora flotaba a pocos centímetros de su muslo.

—Un poco más juntos —dijo Marco desde la orilla, sin darse cuenta todavía—. Quiero que se toquen las manos. Como si flotaran en el mismo sueño.

Nico extendió el brazo. Sus dedos rozaron los de Leo. El contacto fue eléctrico. Leo sintió que su polla se removía bajo el agua, hinchándose lentamente. El frío del lago ya no era suficiente para contenerla.

Viktor, desde abajo, observaba. Su propia polla había empezado a engordar. El agua transparente no perdonaba. Se veía perfectamente cómo el miembro se levantaba, pesado, apuntando hacia la superficie.

Marco bajó al agua con la cámara. Quería planos más cercanos. Se acercó nadando hasta quedar a un metro de los tres cuerpos entrelazados.

—Perfecto… ahora, Leo, pon la mano en el pecho de Nico. Nico, toca el hombro de Viktor. Viktor, sube la pierna un poco…

Las manos empezaron a moverse. Lo que debía ser un toque artístico se prolongó. La palma de Leo se deslizó más abajo del pecho de Nico, rozando el pezón duro. Nico soltó un sonido bajo, casi un gruñido, y su mano bajó por la espalda de Leo hasta posarse en la curva del glúteo.

Marco siguió disparando. El obturador no paraba. Pero sus ojos ya no miraban solo la composición. Miraban la polla de Leo, ahora completamente dura, flotando gruesa y oscura contra el vientre pálido. Miraban cómo la de Nico se había puesto rígida, la cabeza rosada emergiendo del prepucio. Miraban el miembro de Viktor, grueso y venoso, que se balanceaba con cada movimiento del agua.

—Sigan… —dijo Marco, y su voz sonó más grave—. Más cerca.

Las manos ya no fingían. Nico agarró la polla de Leo bajo el agua. El contacto fue directo, sin disimulo. Leo arqueó la espalda y soltó un gemido que se perdió en el eco del lago. Viktor se acercó por detrás de Leo, pasó un brazo por su cintura y con la otra mano rodeó la polla de Nico. Los tres formaban un triángulo de cuerpos mojados, piel resbaladiza, respiraciones agitadas.

Marco bajó la cámara un segundo. El agua le llegaba al pecho. Su propia polla estaba dura dentro del bañador. Se lo bajó sin pensarlo. La polla saltó libre, gruesa, ya goteando.

—No pares —ordenó, ahora sin pretender profesionalismo—. Quiero ver cómo se la chupan.

Leo no necesitó más invitación. Se giró en el agua, hundió la cabeza y tomó la polla de Nico en la boca. El sabor era a lago y a piel caliente. Chupó con ganas, hundiendo la cabeza hasta que la nariz rozó el vello púbico mojado. Nico gruñó y agarró el cabello de Leo, empujándolo más abajo. Burbujas subieron a la superficie.

Viktor se colocó detrás de Leo. Separó las nalgas firmes con ambas manos y presionó la cabeza de su polla contra el agujero cerrado. Escupió en la mano, se untó, y empujó. El agua hacía que todo resbalara. Entró lento, centímetro a centímetro, mientras Leo gemía alrededor de la polla de Nico. Cuando estuvo completamente dentro, empezó a follar con embestidas profundas y fluidas, el agua amortiguando el sonido pero no la fuerza.

Marco nadó hasta ellos. Se situó al lado de Nico y le ofreció su propia polla. Nico la tomó con la mano libre y se la metió en la boca sin dudar. Ahora había cuatro cuerpos. El fotógrafo y los tres modelos. El reportaje había muerto. Solo quedaba el sexo.

El agua se movía con ellos. Cada embestida de Viktor sacudía el cuerpo de Leo, haciendo que su boca se hundiera más en la polla de Nico. Marco follaba la boca de Nico con movimientos cortos y precisos, mirando cómo la saliva y el agua se mezclaban en la barbilla del modelo. De vez en cuando sacaba la polla y se la restregaba por la cara de Nico, dejando rastros brillantes.

Cuando Leo necesitó aire, subió a la superficie jadeando. Viktor no dejó de follarlo. Lo mantuvo agarrado de las caderas, embistiendo fuerte, la polla gruesa abriéndolo una y otra vez. Leo giró la cabeza y buscó la boca de Nico. Se besaron con violencia, lenguas entrelazadas, mientras Marco se masturbaba mirándolos.

—Cámbien —dijo Marco, con la voz ronca—. Quiero ver a Viktor comiendo culo.

Se reorganizaron. Ahora Leo flotaba de espaldas, las piernas abiertas y sostenidas por Nico. Viktor se hundió entre ellas y hundió la cara en el culo de Leo. La lengua entró sin ceremonias, lamiendo el agujero todavía abierto y resbaladizo de semen y agua. Leo soltó un grito que resonó en las rocas. Nico aprovechó para montarse a horcajadas sobre el pecho de Leo y meterle la polla en la boca otra vez.

Marco se colocó detrás de Viktor. Separó las nalgas musculosas del calvo y le escupió en el agujero. Luego empujó. Viktor gruñó contra el culo de Leo pero no se apartó. Al contrario, empujó hacia atrás, pidiendo más. Marco se la enterró entera de un solo empuje y empezó a follarlo con fuerza, las caderas chocando contra las nalgas mojadas de Viktor.

El lago se había convertido en una cama líquida. Los cuatro cuerpos se enredaban, se separaban, se volvían a unir. A veces dos chupaban al mismo tiempo la misma polla. Otras veces uno follaba mientras otro le follaba a él. El agua estaba tibia por el sol y por el calor de la fricción. El olor a sexo flotaba sobre la superficie: semen, saliva, sudor diluido.

En un momento, los tres modelos formaron una cadena. Leo de rodillas en el fondo poco profundo cerca de la orilla, el culo en alto. Nico se la metió por detrás. Viktor se colocó delante de Leo y le llenó la boca. Marco se situó detrás de Nico y se la metió a él. Cada embestida se transmitía a través de los cuerpos. El ritmo se volvió brutal. El agua salpicaba. Los gemidos se mezclaban con el chapoteo.

Cuando Nico se corrió, lo hizo dentro de Leo, llenándolo con chorros calientes que se escaparon alrededor de su polla y se diluyeron en el lago. Leo se corrió sin tocarse, solo con la estimulación interna y la polla de Viktor en la garganta. El semen le salió a borbotones, flotando blanco sobre el agua azul. Viktor se corrió en la boca de Leo segundos después, obligándolo a tragar mientras Marco seguía follando a Nico con embestidas profundas.

No terminaron ahí. Se movieron a la orilla rocosa, todavía mojados. Allí, fuera del agua, el sexo se volvió más animal. Leo se tendió de espaldas sobre una roca plana y caliente. Nico se sentó sobre su cara, ofreciéndole el culo todavía resbaladizo de semen. Leo lamió y chupó con ganas mientras Viktor le follaba el culo a Leo y Marco se la metía en la boca a Viktor.

Cambios de posición constantes. Doble penetración. Leo aguantó a Nico y a Viktor al mismo tiempo, uno en el culo y otro en la boca, mientras Marco se masturbaba encima de ellos y les venía en la cara. El semen se mezclaba con el agua que todavía goteaba de sus cuerpos. Se lamían unos a otros, se limpiaban con la lengua, se volvían a endurecer.

Al caer la tarde, el sol teñía el lago de naranja. Los cuatro estaban exhaustos, tumbados en las rocas, respirando agitados. Las pollas semiduras, los agujeros abiertos y rojos, la piel marcada de chupetones y dedos.

Marco miró la cámara que había dejado a un lado. Todavía tenía memoria. Muchas de las fotos del “reportaje” capturaban ya no solo cuerpos flotando, sino manos agarrando pollas, bocas abiertas, caras de placer.

Sonrió, todavía jadeante.

—Creo que el cliente va a querer una versión extendida del reportaje.

Nico rio, bajo, y se acercó a la polla de Marco, todavía manchada de semen. La tomó en la boca una vez más, lenta, saboreando.

—Entonces habrá que seguir rodando —murmuró contra la carne caliente—. Toda la noche si hace falta.

El agua del lago reflejaba los últimos rayos del sol. Los cuerpos se movieron otra vez. El sexo no había terminado. Solo había cambiado de escenario.

Y bajo la superficie, o sobre las rocas, o en cualquier rincón de aquella orilla escondida, el desenfreno continuó hasta que la oscuridad los cubrió por completo.

ByN