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RelAtO. PiEs Y ANo, Parte 3




Confesiones en la Oscuridad

Oscar y Alberto yacían en la cama king-size del hotel, el aire acondicionado zumbando suavemente como un ronroneo constante. Habían llegado exhaustos después del partido y lo que había sucedido en el vestuario, pero en lugar de dormir, se habían duchado juntos —una ducha larga, llena de besos y caricias perezosas bajo el agua caliente— y ahora estaban desnudos bajo las sábanas arrugadas, cuerpos entrelazados. La habitación olía a jabón, sudor residual y el leve aroma almizclado de su sexo reciente. Oscar tenía la cabeza apoyada en el pecho de Alberto, escuchando los latidos de su corazón, que aún no se habían calmado del todo. Alberto le acariciaba el pelo negro con dedos suaves, trazando patrones invisibles en su cuero cabelludo.

Era pasada la medianoche. El neón del cartel del hotel parpadeaba intermitentemente a través de las cortinas mal cerradas, proyectando sombras intermitentes sobre sus pieles desnudas. Ninguno de los dos quería dormir. Era como si, después de tres años de silencio, ahora no pudieran parar de hablar, de tocarse, de confesarse todo lo que habían guardado en el fondo de sus mentes.

Alberto rompió el silencio primero, su voz ronca por el cansancio y los gemidos de antes.

—Oye… lo de los calcetines. ¿De dónde viene eso? No es que me queje —añadió con una risa baja, recordando cómo Oscar había hundido la nariz en su propio calcetín empapado y luego en los suyos—. Fue jodidamente caliente. Pero… ¿cómo empezó?

Oscar levantó la cabeza ligeramente, sus ojos negros encontrando los de Alberto en la penumbra. Sonrió de lado, esa sonrisa torcida que siempre hacía que Alberto sintiera un tirón en la entrepierna. Se incorporó un poco, apoyándose en el codo, y su mano bajó distraídamente por el abdomen de Alberto, rozando el vello púbico todavía húmedo.

—Vale, te lo cuento. Pero prométeme que no te vas a reír. O sí, ríete si quieres. Ahora que estamos aquí… joder, me da igual todo.

Alberto asintió, su mano bajando para cubrir la de Oscar, guiándola más abajo hasta su polla semierecta. Oscar la apretó suavemente, sintiendo cómo empezaba a endurecerse de nuevo bajo su palma.

—Prometido. Cuéntamelo todo. Quiero saberlo.

Oscar respiró hondo, su mirada vagando por la habitación como si estuviera recordando. Empezó a hablar con voz baja, sincera, sin filtros, mientras su mano seguía moviéndose despacio sobre la polla de Alberto, un ritmo perezoso que hacía que el otro se mordiera el labio para no gemir todavía.

—Empezó cuando tenía como dieciséis. Jugaba al fútbol en el instituto, no tenis todavía. Después de los entrenamientos, los vestuarios eran un caos: tíos sudados, calcetines tirados por todos lados, el olor ese denso a pies y sudor que te golpea como un muro. Al principio me daba asco, como a todo el mundo. Pero un día, no sé por qué, me quedé solo. Había olvidado algo en la taquilla y volví. El suelo estaba lleno de calcetines abandonados —los míos, los de los demás—. Cogí uno mío por curiosidad, lo acerqué a la nariz… y joder, Alberto, fue como si algo se encendiera dentro de mí.

Hizo una pausa, su mano apretando un poco más la polla de Alberto, que ahora estaba completamente dura, goteando un poco de precum en su palma. Alberto soltó un suspiro bajo, arqueando las caderas ligeramente para animarlo a seguir.

—¿Qué sentiste? —preguntó Alberto, su voz entrecortada.

Era… intenso. Ácido, salado, con ese matiz como a cuero viejo y hierba pisada. Me puse duro al instante. Me senté en el banco y me masturbé oliéndolo, imaginando que era el de otro tío. Me corrí tan fuerte que casi me caigo. Desde entonces, se volvió una obsesión. Empecé a guardar mis calcetines usados en la bolsa, a olerlos en casa cuando me tocaba. Me imaginaba oler los de mis compañeros, lamerles los pies después de un partido. Era como un secreto sucio que me excitaba más porque nadie lo sabía.

Oscar se inclinó y besó el pecho de Alberto, lamiendo un pezón endurecido antes de continuar.

—Cuando empecé con el tenis, a los dieciocho, fue peor. Los partidos son más largos, sudas más. Después de entrenar, me duchaba último para poder oler mis calcetines sin que nadie me viera. A veces robaba uno de otro jugador —nada serio, solo lo olía un rato y lo devolvía—. Pero contigo… joder, contigo fue diferente desde el principio.

Alberto gemía ahora abiertamente, su mano en la nuca de Oscar, tirando de él para que bajara más. Oscar obedeció, besando el abdomen, el ombligo, hasta que su boca quedó cerca de la polla erecta.

—Cuéntame eso —susurró Alberto—. Sobre mí.

Oscar levantó la vista, ojos brillantes.

—Desde el primer torneo juntos. ¿Te acuerdas? Ese en Barcelona, cuando compartimos habitación por primera vez. Te vi quitándote los calcetines después del partido, y el olor llegó hasta mí. Era más fuerte que el mío, más… masculino. Me pasé la noche despierto, oliendo los míos pero imaginando los tuyos. Al día siguiente, cuando te duchaste, cogí uno tuyo de la bolsa. Lo olí durante minutos enteros. Me masturbé en el baño con él pegado a la cara, lamiéndolo, saboreando tu sudor. Me corrí pensando en arrodillarme frente a ti y chuparte los pies enteros.

Alberto soltó un gemido ronco, su polla saltando en la mano de Oscar.

—Joder, Oscar… ¿por qué no me lo dijiste?

—Tenía miedo. Miedo de que me llamaras loco, de que me rechazaras. Así que lo reprimí. Pero cada vez que jugábamos, cada vez que te veía sudado, con los pies rojos de tanto correr, se me ponía dura. Me imaginaba oliéndote los pies, lamiéndote entre los dedos, chupándote el talón hasta que me pidieras que te follara. Era una tortura. Tres años de eso, Alberto. Tres putos años masturbándome con tu olor en la cabeza.

Oscar se inclinó del todo y tomó la polla de Alberto en la boca, chupando despacio, saboreando el precum salado. Alberto arqueó la espalda, agarrándole el pelo.

—Sigue… hablando… —jadeó.

Oscar se apartó un momento, la saliva conectando su boca con el glande.

—Llegó un punto en que empecé a oler otras partes mías para simularte. Mis sobacos, mis huevos, incluso mi culo después de un día largo. Pero nada se comparaba con la idea de ti. Quería olerte entero: tus pies, tus calcetines, tu entrepierna sudorosa. Quería que te me sentaras en la cara y me obligaras a lamerte los pies hasta que te corrieras solo de eso.

Volvió a chupar, más profundo esta vez, hasta la garganta. Alberto empujaba las caderas, follándole la boca con movimientos cortos.

—Dios… me encanta que seas así de sucio —dijo Alberto entre gemidos—. Sigue, no pares.

Oscar se apartó de nuevo, jadeando, y se subió a horcajadas sobre Alberto, frotando su propia polla dura contra la de él.

—Y hoy… cuando lo hice delante de ti… fue como si todo explotara. Verte oler los tuyos, sorprenderte pero no apartarte… joder, fue el momento más caliente de mi vida. Ahora quiero olerte siempre. Después de cada partido, quiero que me des tus calcetines usados, que me dejes lamerte los pies hasta que estén limpios. Quiero que sea nuestro ritual.

Alberto lo besó con fuerza, lenguas enredadas, saboreando su propio sabor en la boca de Oscar.

—Te los daré. Todos los días. Pero ahora es mi turno de confesarte algo.

Oscar se detuvo, curioso, su polla todavía frotándose contra la de Alberto en un ritmo lento y tortuoso.

—¿Qué?

Alberto lo miró fijamente, sin vergüenza.

—Mi obsesión por los anos. Por el tuyo, específicamente. Pero empecemos por el principio, como tú.

Oscar sonrió, excitado ya por la idea.

—Cuéntame. Todo.




Alberto lo giró con facilidad —era más fuerte, más alto— hasta que Oscar quedó debajo de él, piernas abiertas. Alberto se arrodilló entre ellas, levantando las rodillas de Oscar hasta que su culo quedó expuesto. Besó el interior de un muslo, lamiendo el sudor residual.

—Empezó en la uni, a los diecinueve. Salía con una chica entonces, pero experimenté con un tío en una fiesta. Fue torpe, borracho, pero me dejó lamerle el culo. Fue… revelador. El sabor, la textura, cómo se contraía bajo mi lengua. Me obsesioné. Empecé a ver porno de rimming, de tíos comiéndose el culo mutuamente. Me masturbaba imaginando hacerlo, ser hecho.

Bajó la cabeza y lamió el perineo de Oscar, justo debajo de los huevos. Oscar gimió, abriéndose más.

—Sigue… —suplicó.

Alberto levantó la vista, ojos oscuros.

—Con el tiempo, se volvió específico. Me gustaba la idea de un culo sudoroso, no limpio del todo. Ese olor natural, almizclado, un poco sucio. Me imaginaba enterrando la cara entre glúteos firmes, lamiendo el ano hasta que se abriera para mí. Chupando profundo, follándolo con la lengua. Y cuando te conocí… joder, Oscar, tu culo me volvió loco desde el día uno.

Lamió más arriba, rodeando el ano con la lengua en círculos lentos. Oscar temblaba, su polla goteando sobre su abdomen.

—¿Mi culo? —preguntó con voz entrecortada.

Alberto empujó la lengua dentro, solo la punta, saboreando el interior caliente y apretado.

—Sí. Lo vi la primera vez en el vestuario. Redondo, firme, con ese vello fino alrededor del ano. Cada vez que te duchabas, me quedaba mirando cómo el agua corría por ahí. Me masturbaba en la habitación pensando en separarte los glúteos y lamerte hasta que gritaras. Quería olerte ahí, saborear tu sudor después de un partido, meter la lengua lo más profundo posible mientras te masturbabas.

Sacó la lengua y escupió en el ano, luego empujó un dedo dentro, despacio.

—Tres años, Oscar. Tres años imaginando esto. Follarte con la lengua hasta que te corrieras sin tocarte. Verte abierto para mí, goteando saliva y precum. Quería que te me sentaras en la cara y te frotaras contra mi boca hasta asfixiarme.

Añadió un segundo dedo, curvándolos para rozar la próstata. Oscar gritó, arqueando la espalda.

—Joder… hazlo ahora. Cuéntame más mientras me comes.

Alberto obedeció. Hundió la cara entre los glúteos, lengua lamiendo con hambre, chupando el ano como si fuera una boca. Oscar se masturbaba furiosamente, la mano volando sobre su polla.

—Soñaba con tu sabor —continuó Alberto, voz amortiguada—. Salado, amargo, perfecto. Quería que me dijeras cosas sucias mientras te lo hacía: “más profundo”, “chúpame el culo”, “soy tuyo”. Me corrí tantas veces pensando en correrme dentro de ti después de lamerte, sintiendo cómo tu ano se contraía alrededor de mi polla.

Empujó la lengua más adentro, follándolo con ella en embestidas rápidas. Oscar jadeaba, cerca del orgasmo.

—Y hoy… cuando te lo hice en el vestuario… fue mejor que cualquier fantasía. Verte a cuatro patas, abierto para mí… joder, casi me corro solo de lamerte.

Oscar se corrió entonces, semen salpicando su pecho y abdomen en chorros calientes. Alberto no paró, lamiendo hasta que los espasmos cesaron. Luego subió, besando a Oscar con la boca todavía húmeda de saliva y sabor a él.

—Te amo por esto —susurró Oscar—. Por ser tan sincero.

Alberto sonrió, su polla dura presionando contra el muslo de Oscar.

—Y yo a ti. Ahora déjame correrme en tu boca mientras te cuento más.

Oscar se arrodilló ansioso, tomando la polla de Alberto entera. Alberto siguió hablando, voz temblorosa.

—Mi obsesión va más allá. Quiero explorarte entero: meter dedos, juguetes, mi polla. Quiero que me lamas el mío también, que nos comamos mutuamente hasta que no podamos más. Quiero que sea parte de nosotros, como tus calcetines.

Oscar chupaba con avidez, garganta profunda, manos en los huevos de Alberto.

—Y quiero que me folles el culo algún día —añadió Alberto—. Que me abras con tu lengua primero, que me prepares. Soy virgen ahí, pero por ti… lo quiero todo.

Eso fue demasiado. Alberto empujó profundo y se corrió, llenando la boca de Oscar con semen caliente y espeso. Oscar lo tragó todo, lamiendo hasta la última gota.

Se tumbaron de nuevo, exhaustos pero satisfechos, abrazados.

—Gracias por contármelo —dijo Oscar.

—Y a ti. Ahora somos libres.

Y en esa libertad, durmieron al fin, soñando con más confesiones, más toques, más amor sucio y real.

En lA PisCI












 

RelAtO. PiEs Y ANo, Parte 2




Los años que no se tocaron

Oscar se despertó a las cuatro de la mañana, como le pasaba casi todas las noches desde hacía un año. El hotel era de esos baratos de carretera, con paredes finas y aire acondicionado que sonaba como un avión viejo. Alberto dormía de lado, dándole la espalda, la sábana bajada hasta las caderas. La luz azulada de un neón lejano entraba por la persiana rota y dibujaba una línea irregular sobre la curva de su culo. Oscar no se movió. Se quedó mirando esa línea como si fuera la primera vez que veía la piel de otro hombre.Tres años y medio. Mil doscientos días aproximadamente. Los había contado una vez, borracho, en la habitación de un Airbnb en Valencia después de perder en semifinales. Mil doscientos días de miradas que se desviaban un segundo tarde, de risas que tapaban el silencio incómodo, de duchas compartidas donde el vapor ocultaba la erección que ninguno mencionaba jamás.

Al principio pensó que era solo admiración. Alberto tenía el cuerpo que él nunca tendría: hombros anchos de nadador, culo redondo y firme, piernas largas que parecían talladas para el movimiento. Cuando jugaban dobles, Oscar se quedaba hipnotizado viendo cómo se flexionaban esos gemelos cada vez que Alberto se lanzaba a por una bola imposible. Luego empezó a fijarse en detalles más pequeños: la forma en que se mordía el labio inferior cuando estaba concentrado, el mechón de pelo castaño que siempre le caía sobre los ojos después de un saque, el olor que dejaba en la habitación cuando se quitaba la camiseta empapada y la tiraba al suelo.

Y el deseo llegó como una enfermedad lenta.

La primera vez que se masturbó pensando en él fue después de un entrenamiento en invierno. Habían quedado solos en el club porque el monitor se había ido antes. Alberto se duchó primero. Oscar se quedó fuera, sentado en el banco, escuchando el agua. Cuando Alberto salió con la toalla en la cintura, el vaho todavía pegado a su pecho, le dijo “tu turno” con esa voz grave que tenía cuando estaba cansado. Oscar entró en la ducha todavía caliente, cerró los ojos y se masturbó con furia bajo el chorro, imaginando que era la mano de Alberto la que le agarraba la polla, que era su boca la que le lamía el cuello. Se corrió en menos de un minuto, apoyando la frente contra los azulejos fríos, mordiéndose el puño para no gemir su nombre.

A partir de ahí todo se volvió una tortura exquisita.

Cada vez que Alberto se cambiaba a su lado, Oscar tenía que girarse para que no viera cómo se le ponía dura solo con oler su desodorante mezclado con sudor. Cada vez que compartían habitación, Oscar se quedaba despierto hasta que la respiración de Alberto se volvía profunda y lenta, y entonces se tocaba despacio bajo las sábanas, mirando la silueta del cuerpo dormido a un metro de distancia. Se corría pensando en cómo sería meter la lengua entre esos glúteos, en cómo sabría su semen caliente en la boca, en cómo se sentiría tenerlo dentro, moviéndose despacio, susurrándole al oído que lo quería desde siempre.

Pero nunca cruzaban la línea. Porque tenían miedo. Miedo al rechazo, miedo a romper el equipo, miedo a que el otro dijera “qué coño estás diciendo” y todo se acabara. Así que se conformaban con roces “accidentales”: una mano que se quedaba un segundo de más en la cintura al celebrar un punto, un abrazo demasiado largo después de ganar un partido importante, una mirada fija en los labios cuando el otro hablaba.

Alberto también lo llevaba mal. Peor, quizás.

Él se despertaba con erecciones matutinas dolorosas, la polla dura contra el colchón, y lo primero que hacía era girarse para comprobar si Oscar seguía dormido. Muchas veces lo estaba. Otras no. Y en esas ocasiones fingía seguir durmiendo mientras Alberto se levantaba con cuidado, entraba al baño y se masturbaba en silencio, apoyado en el lavabo, mirando su propio reflejo y pensando en la boca de Oscar, en cómo sería sentir esa lengua recorriéndole el cuerpo desde los pies hasta la nuca.

Alberto se odiaba por desearlo tanto. Se decía que era solo lujuria, que pasaría, que era normal fantasear con el compañero de dobles cuando pasas tantas horas juntos. Pero no pasaba. Al contrario. Cada mes que pasaba el deseo se volvía más específico, más doloroso. Soñaba con Oscar de rodillas, con la cara enterrada entre sus piernas, chupándole los huevos mientras lo miraba desde abajo con esos ojos negros enormes. Se despertaba empapado en sudor y semen, con el nombre de Oscar atascado en la garganta.

Y luego estaba la culpa.

La culpa de mirar a Oscar cuando se agachaba a recoger una pelota y se le marcaba todo bajo el short. La culpa de excitarse cuando Oscar se quejaba de agujetas y le pedía que le masajeara el muslo “solo un poco, porfa”. La culpa de masturbarse en la ducha del vestuario mientras Oscar esperaba fuera, sabiendo que en cualquier momento podía entrar y verlo todo. La culpa de no atreverse a decir “te quiero” cuando Oscar le pasaba el brazo por los hombros después de un partido y se quedaba ahí, pegado, respirando contra su cuello.

Los dos vivieron esos años como si estuvieran bajo agua. Todo era lento, amortiguado, ahogado. Se tocaban con los ojos, se follaban con la imaginación, se besaban en sueños. Y en la vida real solo se daban palmadas en la espalda, bromas subidas de tono que nunca llegaban a nada, y silencios que pesaban toneladas.

Hasta aquella tarde en el vestuario.

Cuando Oscar olió su calcetín y Alberto no pudo apartar la mirada.

Cuando se besaron por primera vez y todo el dique se rompió.

Después de la primera vez, cuando ya habían follado hasta quedarse sin voz, cuando Alberto se había corrido dentro de Oscar y Oscar había llorado de alivio contra su pecho, se quedaron hablando hasta el amanecer.

—¿Sabes cuántas veces me he corrido pensando en ti? —preguntó Alberto en voz baja, acariciándole el pelo mojado.

Oscar levantó la cara, todavía enrojecida.—¿Muchas?

—Todas. Cada puta vez que me masturbaba solo. Siempre eras tú. Siempre.

Oscar cerró los ojos.

—Yo también. Me imaginaba que me follabas en la pista, después de que todos se fueran. Que me ponías contra la red y me la metías despacio mientras me tapabas la boca con la mano para que no gritara.

Alberto soltó una risa suave, casi triste.

—¿Y ahora?

—Ahora quiero todo eso —susurró Oscar—. Pero también quiero lo demás. Quiero despertarme contigo. Quiero que me mires cuando estoy dormido. Quiero que me digas que me quieres aunque estemos perdiendo 0-6. Quiero que no tengamos que escondernos nunca más.

Alberto lo besó en la frente.

—Ya no nos escondemos.

Los años reprimidos no desaparecieron. Seguían ahí, en cada caricia lenta, en cada mirada larga, en cada vez que uno de los dos se detenía un segundo antes de tocar al otro, como si todavía no se creyeran que era real.

Pero ahora esos años ya no dolían.

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