11.10.26

fLuidOS CoRPOraLes











 

rELaTO. iVAn eL mIRon



Me llamo Iván y aquella tarde de julio el sol me estaba asando vivo. Tenía veintisiete años, el pelo revuelto por el viento y una toalla azul descolorida extendida sobre la arena fina de una playa casi desierta a las afueras de Valencia. Era uno de esos días en los que el calor te pega en la nuca como una mano caliente y el mar parece un espejo brillante. Yo estaba tumbado boca abajo, leyendo un libro que no avanzaba porque me distraía cada dos páginas mirando a la gente. O, más bien, mirando a los tíos.

Llegó él hacia las cuatro. Lo vi de lejos: un chico de mi edad, quizás un poco más joven, con una gorra azul oscura, pantalones cortos grises y una camiseta blanca que se quitó en cuanto puso el pie en la arena. Caminaba con esa mezcla de seguridad y despiste que tienen algunos. Se acercó a unos metros de mí, extendió una toalla beige, se quitó las chanclas y se tumbó de lado, de espaldas a mí. En menos de cinco minutos ya estaba dormido. Se le veía el pecho suave, un poco de vello oscuro entre los pectorales, una cadena fina de oro que le brillaba con el sol, y los pantalones cortos subidos de forma que se le marcaba el culo y, por debajo, el elástico negro del bañador. Respiraba despacio. La gorra le tapaba media cara.

Yo lo miré. Una vez. Dos. Tres. Me dije que era de mala educación, que no se mira a la gente dormida. Pero seguí mirando. Tenía los labios entreabiertos, la mano izquierda apoyada junto a la cara, una pulsera roja en la muñeca. El sol le estaba poniendo la piel de un tono dorado. Se le veía un pezón, rosado, y el otro a medias. Me reí por dentro, como un idiota. “Iván, eres un mirón”, me dije. Y seguí mirando.

Pasaron las horas. El sol bajaba. Yo leía tres páginas y levantaba la vista. Él no se movía. Solo se removía un poco de vez en cuando, como si soñara algo agradable. En un momento, sin darme cuenta, saqué el móvil. No sé por qué. Quizá porque la luz era perfecta, o porque me daba miedo que se despertara y se fuera sin que yo hubiera guardado esa imagen. Hice la foto. Una sola. Él de lado, la gorra, el pecho, los pantalones un poco bajados dejando ver el bañador negro y el comienzo de las nalgas. Guardé el móvil como si hubiera robado algo. Me sentí un poco gilipollas y un poco emocionado a la vez.

Seguí ahí. Ya eran casi las siete cuando él se despertó. Se incorporó despacio, se quitó la gorra, se pasó la mano por el pelo oscuro y se giró. Nuestros ojos se encontraron. Yo estaba sentado, con las rodillas dobladas, fingiendo que miraba el mar. Él me miró. Yo le miré. Y los dos sonreímos como dos bobos. Una sonrisa tonta, amplia, de esas que te salen cuando te pillan en medio de un pensamiento vergonzoso.

—Hola —dije yo, porque alguien tenía que decir algo.

—Hola —respondió él. Tenía la voz ronca de haber dormido, un poco grave, con un acento que no supe situar del todo—. ¿Llevas mucho rato aquí?

—Desde las tres. Tú… te has quedado frito.

Se rió. Se rió con los ojos entrecerrados, pasándose la mano por la cara.

—Joder, sí. El sol me ha dejado K.O. Me llamo Roi.

—Iván.

Nos dimos la mano. La suya estaba caliente, un poco arenosa. Nos quedamos mirándonos otro segundo de más y volvimos a sonreír como idiotas.

Hablamos de tonterías. Del calor. De que la playa estaba casi vacía. De que el agua estaba todavía templada. Le dije que yo venía casi todos los días después del trabajo. Él me contó que estaba de vacaciones, que vivía en Barcelona pero había venido a ver a unos primos. Mientras hablábamos se sentó de frente, con las piernas cruzadas, y los pantalones cortos se le bajaron un poco más. Se le veía el bulto del bañador negro, no demasiado marcado, pero suficiente para que mi mirada bajara un segundo y subiera otra vez, culpable. Él se dio cuenta. No dijo nada. Solo sonrió de lado.

—¿Quieres bañarte? —preguntó de pronto—. Me muero de calor.

Nos levantamos. Él se quitó los pantalones cortos de un tirón y se quedó solo con el bañador negro, ceñido, que le marcaba el culo redondo y el comienzo de los muslos. Yo me quité la camiseta. Entramos en el agua. Estaba perfecta. Nadamos un poco, nos salpicamos como críos, nos reímos cuando una ola nos tumbó. En un momento, bajo el agua, su mano rozó mi cintura. Fue un segundo. Cuando salimos a la superficie los dos estábamos sonriendo otra vez como bobos.

—Perdona —dijo él, sin parecer muy arrepentido.

—No hay nada que perdonar.

Nos quedamos flotando cerca el uno del otro. El sol empezaba a ponerse. El cielo se volvía naranja. Roi se acercó un poco más.

—Oye… —empezó, y se mordió el labio inferior—. Antes… cuando dormía… ¿me has estado mirando?

Me puse colorado hasta las orejas. Él se rió.

—Tranquilo. Me pasa igual. Cuando me he despertado y te he visto… he pensado “joder, qué tío más guapo”.

Me quedé sin palabras. Solo pude sonreír como un tonto.

—Yo… te hice una foto —confesé, y me arrepentí en el mismo segundo.

Él abrió los ojos, sorprendido, y luego se partió de risa.

—¿En serio? ¿Me has fotografiado dormido como un puto stalker romántico?

—Sí. Perdona. Es que… la luz. Y tú. Y no sé.

—Enséñamela.

Saqué el móvil, todavía con las manos mojadas, y se la mostré. Él la miró, se rió otra vez y negó con la cabeza.

—Estoy hecho un cuadro. Y se me ve medio culo. Eres un pervertido, Iván.

—Un poco —admití.

—Me gusta.

Nos miramos. El agua nos llegaba al pecho. Roi se acercó hasta que nuestros cuerpos casi se tocaban. Su mano encontró mi cintura bajo el agua, los dedos resbaladizos de sal.

—¿Quieres… salir del agua y seguir hablando en la toalla? —preguntó en voz baja.

Asentí.

Volvimos a la arena. Nos tumbamos de lado, uno frente al otro, las toallas juntas. El sol ya casi se había escondido. Roi se quitó la gorra del todo y se pasó los dedos por el pelo húmedo. Yo no podía dejar de mirarle la boca.

—Nunca he hecho esto —dije, ingenuo, sincero—. Hablar con un tío en la playa y… sentir que me voy a morir si no le beso.

Él se acercó más. Nuestras rodillas se tocaron.

—Yo tampoco. Pero si no me besas en los próximos cinco segundos creo que me voy a tirar al mar otra vez de la vergüenza.

Me reí. Y le besé.

El primer beso fue torpe, salado, con sabor a mar y a nervios. Nuestros labios se encontraron, se separaron un segundo, volvieron a juntarse. Su lengua era suave, curiosa. Mi mano subió a su nuca. La suya bajó a mi espalda. Nos besamos como si lleváramos años esperando ese momento y a la vez como si fuera la primera vez que alguien nos tocaba. Cuando nos separamos, los dos respirábamos agitados y sonreíamos como bobos otra vez.

—Joder —susurró él—. Qué bien besas.

—Tú también.

Seguimos besándonos. Las manos empezaron a moverse. La mía bajó por su pecho, sintiendo el vello fino, el pezón que se endureció bajo mis dedos. La suya se coló bajo mi bañador, rozando el comienzo de mi culo. Me estremecí. Él se dio cuenta y sonrió contra mi boca.

—¿Te gusta?

—Mucho.

La playa estaba casi vacía. Solo se veían un par de siluetas lejanas. Roi miró alrededor y luego volvió a mirarme.

—¿Quieres que… sigamos aquí o buscamos un sitio más discreto?

—Aquí —dije, valiente de repente—. Pero despacio.

Él asintió. Se tumbaron de frente, cubiertos a medias por las toallas. Su mano bajó por mi pecho, por mi vientre, y se metió dentro de mi bañador. Me encontró ya medio duro. Sus dedos me rodearon con suavidad, subiendo y bajando despacio, explorando. Yo solté un suspiro contra su cuello.

—Estás caliente —murmuró, divertido—. Y duro.

—Tú también —respondí, metiendo la mano en su bañador. Lo encontré grueso, caliente, ya completamente erecto. La piel era suave, la cabeza un poco más gruesa. Lo acaricié con la misma lentitud con la que él me tocaba a mí.

Nos masturbamos el uno al otro allí, en la arena, bajo las toallas, besándonos entre gemidos bajos. El roce de su mano era perfecto: ni demasiado fuerte ni demasiado suave. De vez en cuando pasaba el pulgar por la punta, recogiendo el líquido que ya empezaba a salir, y lo usaba para lubricar. Yo hacía lo mismo con él. Nuestros cuerpos se pegaban, las caderas se movían solas. En un momento, Roi bajó la cabeza y me besó el pecho, lamiendo un pezón, chupándolo con suavidad. Me arqueé.

—Roi…

—Dime.

—Quiero chupártela.

Él se rió bajito, nervioso y excitado a la vez.

—Aquí… ¿en la playa?

—Sí. Tápame con la toalla.

Nos movimos. Él se tumbaron de espaldas, yo me coloqué entre sus piernas, cubierto por la toalla beige. Le bajé el bañador lo justo. Su pene saltó libre, grueso, con una vena marcada en el lado izquierdo, la punta brillante. Lo miré un segundo, fascinado, y luego lo tomé en la boca.

Sabía a mar y a piel limpia. Lo chupé despacio, saboreando, bajando todo lo que pude, subiendo, lamiendo la cabeza, jugando con la lengua. Roi soltó un gemido ahogado, una mano en mi pelo.

—Joder, Iván… qué bien lo haces.

Seguí. Más profundo. Más húmedo. Saliva resbalando. Él movía las caderas con cuidado, sin empujar demasiado. Yo le acariciaba los testículos con la mano libre, suaves, calientes. En un momento levanté la vista y lo vi mirándome, los ojos entrecerrados, la boca entreabierta, sonriendo como un idiota feliz.

—Voy a correrme si sigues así —advirtió.

Me aparté un poco.

—No todavía. Quiero… más.

Nos incorporamos. Roi me miró con esa sonrisa traviesa.

—¿Quieres que te folle aquí o preferimos buscar un sitio?

Miré alrededor. La playa seguía casi vacía. El sol ya se había escondido del todo. Solo quedaba la luz azulada del atardecer.

—Aquí. Pero rápido y callados.

Él asintió. Sacó un paquete de lubricante de un bolsillo de los pantalones (después me confesó que siempre llevaba uno “por si acaso”, y nos reímos durante cinco minutos). Me puso de lado, de espaldas a él. Me bajó el bañador hasta los muslos. Sus dedos, lubricados, me tocaron el culo con una ternura que me hizo temblar. Uno, despacio. Luego dos. Me preparó con paciencia, preguntándome todo el tiempo:

—¿Así está bien? ¿Te duele? ¿Quieres más?

—Más —susurré.

Cuando entró, lo hizo centímetro a centímetro. Era grueso. Me quemaba un poco al principio, pero el lubricante y su lentitud lo hicieron fácil. Cuando estuvo del todo dentro, nos quedamos quietos un momento, respirando. Su pecho pegado a mi espalda. Su boca en mi hombro.

—Dios, Iván… qué estrecho estás. Qué caliente.

Empezó a moverse. Despacio al principio. Luego un poco más rápido. Cada embestida me hacía morder la toalla para no gemir alto. Su mano rodeó mi pene y me masturbó al mismo ritmo. La arena se nos pegaba a la piel. El olor a mar y a sexo nos envolvía. En un momento se detuvo, me hizo girarme un poco y me besó mientras seguía follándome, profundo, constante.

—Me voy a correr —advirtió, la voz rota.

—Dentro —le dije, sin pensarlo—. Quiero sentirte.

Él gimió, aceleró un poco, y se corrió. Lo sentí latir dentro de mí, caliente, abundante. Eso me empujó a mí también. Me corrí en su mano, manchando la toalla, temblando, mordiéndole el hombro para no gritar.

Nos quedamos abrazados, todavía unidos, respirando agitados, riéndonos bajito como dos críos que han hecho una travesura.

—Eso… —dijo él al cabo de un rato—… ha sido la mejor siesta de mi vida.

Me reí tanto que se le salió el pene. Nos limpiamos como pudimos con la toalla, nos subimos los bañadores y nos quedamos tumbados mirando las estrellas que empezaban a salir.

Hablamos durante horas. De todo. De nuestros trabajos (yo diseñador gráfico, él profesor de educación física). De exnovios. De que los dos éramos un desastre con las apps de citas. De que ninguno de los dos había sentido nunca algo tan inmediato y tan tonto y tan intenso a la vez. Nos besamos cada dos minutos. Nos tocamos por encima de la ropa como adolescentes. En un momento, Roi se puso serio:

—Mañana me vuelvo a Barcelona. Pero… ¿podemos vernos otra vez?

—Claro que sí, idiota.

Al día siguiente, en cuanto llegué a casa, le envié la foto. El mensaje decía solo: “Para que no se te olvide cómo te conocí. El mirón de la playa”.

Él respondió en menos de un minuto con una foto suya, recién duchado, solo con una toalla a la cintura, sonriendo a cámara, y el texto: “Para que no se te olvide lo que me hiciste después. El dormilón de la gorra”.

Nos escribimos todos los días. Videollamadas que terminaban en masturbaciones mutuas, risas, confesiones. Tres semanas después cogí un tren a Barcelona. Él me esperaba en la estación con la misma gorra azul. Cuando nos vimos, nos abrazamos tan fuerte que casi nos caemos. Esa misma noche, en su piso pequeño de Gràcia, nos follamos en el sofá, en la cama, contra la pared de la ducha. Esta vez sin prisa. Esta vez pudiendo gemir todo lo alto que quisiéramos. Esta vez mirándonos a los ojos mientras él me entraba despacio y me decía:

—Desde aquella playa no he dejado de pensar en ti.

Yo, con las piernas alrededor de su cintura, solo pude responder:

—Yo tampoco. Y no pienso dejarlo.


La intimidad posterior

Aquella primera noche en el piso de Roi en Gràcia fue solo el principio. Después de follarnos en el sofá, en la cama y contra la pared de la ducha, nos quedamos tumbados en el colchón deshecho, sudorosos, con las sábanas hechas un ovillo a los pies. El aire olía a sexo, a gel de ducha de menta y a la cena a medias que habíamos abandonado en la cocina. Roi tenía la cabeza apoyada en mi pecho y yo le acariciaba el pelo todavía húmedo.

—Oye —murmuró él, con esa voz ronca que se le quedaba después de correrse—. ¿Te has dado cuenta de que no hemos parado de sonreír como idiotas desde que nos vimos en la estación?

Me reí. Él levantó la cara y me miró con esos ojos oscuros que se le entrecerraban cuando estaba contento.

—Es que eres un bobo —le dije—. Un bobo con un culo increíble y un pene que todavía está medio duro contra mi muslo.

Roi se rio bajito y se subió un poco hasta quedar a mi altura. Me besó despacio, sin prisas, saboreando. Su lengua jugaba con la mía, perezosa. La mano le bajó por mi pecho, rozó un pezón y siguió hasta mi vientre. Me encontró otra vez semierecto, sensible.

—¿Otra vez? —preguntó, fingiendo sorpresa.

—Tú tienes la culpa. Llevas tres semanas mandándome fotos de tu polla y ahora la tengo aquí de verdad.

Él sonrió contra mi boca y se colocó entre mis piernas. Me abrió los muslos con suavidad, me miró un segundo —esa mirada de “voy a comerte entero”— y bajó. Primero me lamió los testículos, despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Luego subió por el tronco, lamiendo la vena que se me marcaba, hasta llegar a la cabeza. Me la metió en la boca con una lentitud deliciosa. Chupaba con la lengua plana, subía y bajaba sin prisa, a veces deteniéndose solo para lamer el agujerito y saborear lo que ya empezaba a salir.

Yo tenía las manos en su pelo, sin empujar, solo acariciando. Gemía bajito, diciéndole lo bien que lo hacía, lo rico que se sentía. Roi levantaba la vista de vez en cuando, con la boca llena, y me miraba como si estuviera disfrutando tanto como yo. Cuando notó que me acercaba, se apartó, me dio un último lengüetazo y se subió otra vez.

—No todavía —susurró—. Quiero correrme contigo dentro.

Se estiró hasta la mesita, cogió el lubricante y se puso un poco en los dedos. Se arrodilló a horcajadas sobre mí, se abrió las nalgas con una mano y se introdujo primero un dedo, luego dos, preparándose mientras me miraba. Yo le acariciaba los muslos, el vientre, el pene que le colgaba pesado y ya otra vez duro.

—Estás precioso así —le dije, sincero, un poco tonto—. Abriéndote para mí.

Roi se sonrojó un poco, pero sonrió.

—Cállate y fóllame, Iván.

Se colocó, bajó despacio y me fue tragando centímetro a centímetro. Cuando estuvo del todo sentado, se quedó quieto un momento, respirando, con las manos apoyadas en mi pecho. Yo le sujetaba las caderas. Empezó a moverse. Subía hasta casi sacarme y bajaba de golpe, profundo. El sonido húmedo de nuestra piel chocando llenaba la habitación. Su pene rebotaba contra mi vientre cada vez que bajaba. Yo lo masturbaba al ritmo de sus movimientos.

—Más rápido —le pedí.

Obedeció. Se dejó caer con más fuerza, gimiendo cada vez que me enterraba hasta el fondo. En un momento se inclinó hacia delante y me besó, sin dejar de cabalgarme. Nos corrimos casi juntos: él primero, manchándome el pecho y el cuello, y yo justo después, agarrándole el culo con las dos manos y empujando hacia arriba mientras me vaciaba dentro de él.

Nos quedamos así, unidos, temblando, riéndonos bajito entre besos.

A partir de esa noche la intimidad se volvió nuestra rutina y nuestra fiesta a la vez. Al día siguiente nos despertamos tarde. Roi se levantó primero, desnudo, y fue a hacerse café. Yo me quedé mirándole el culo mientras se movía por la cocina. Cuando volvió con dos tazas, se sentó a horcajadas sobre mí otra vez, todavía blando, y me dio un beso con sabor a café.

—Buenos días, mirón.

—Buenos días, dormilón.

Nos follamos otra vez antes del desayuno. Esta vez fui yo quien se puso a cuatro patas en la cama. Roi me preparó con la lengua primero —esa lengua caliente y juguetona que me abría despacio, me lamió el agujero hasta que estuve temblando— y después me penetró con una lentitud casi cruel. Me follaba profundo, agarrándome de las caderas, inclinándose para besarme la espalda y susurrarme al oído lo apretado que estaba, lo mucho que le gustaba verme así. Cuando se corrió, se quedó dentro un rato, latiendo, y después me dio la vuelta y me chupó hasta hacerme correr en su boca.

Las semanas siguientes fueron un aprendizaje constante de los cuerpos del otro. Descubrimos que a Roi le gustaba que le mordiera suavemente los pezones mientras le follaba. Que a mí se me ponía la piel de gallina cuando me lamía el cuello justo detrás de la oreja. Que los dos éramos un desastre de risas cuando intentábamos posturas complicadas y terminábamos cayendo de la cama.

Una noche, después de una cena de pizza fría y cerveza, nos pusimos a vernos porno juntos en el sofá, desnudos, tocándonos sin prisa. Roi me miró de repente, serio:

—¿Alguna vez has pensado en… que te folle yo a ti y después tú a mí, el mismo día, sin parar?

Asentí. Esa misma noche lo hicimos. Primero me puso de lado, me abrió con los dedos y me penetró con esa mezcla de fuerza y cariño que solo él tenía. Me folló hasta que me corrí sin tocarme, solo con su pene dándome en el punto exacto. Después, sin apenas recuperarnos, me monté encima de él y le devolví el favor. Le cabalgué despacio, mirándole a los ojos, diciéndole lo mucho que me gustaba sentirlo dentro, lo rico que se ponía su cara cuando estaba a punto de correrme. Cuando se vació otra vez dentro de mí, nos abrazamos y nos reímos porque estábamos hechos un desastre de semen, sudor y amor.

Había mañanas en las que nos despertábamos ya duros, frotándonos el uno contra el otro bajo las sábanas, besándonos con aliento de dormidos, hasta corrernos juntos sin ni siquiera penetrarnos. Había tardes en las que Roi llegaba del trabajo, me encontraba cocinando en calzoncillos y me empujaba contra la encimera, me bajaba la ropa y me follaba allí mismo, con la sartén todavía al fuego. Había noches en las que solo nos masturbábamos el uno al otro, mirándonos, contándonos fantasías tontas y románticas a la vez: “Quiero llevarte otra vez a esa playa y follarte con la gente lejos, pero sabiendo que alguien podría vernos”. “Quiero que me despiertes chupándome la polla”. “Quiero dormirme todavía dentro de ti”.

Y siempre, siempre, entre embestida y embestida, entre gemido y risa, nos mirábamos con esa misma sonrisa de bobos del primer día en la playa. Como si no pudiéramos creer que aquello era real. Como si cada vez que uno se corría dentro del otro, o en su boca, o sobre su pecho, estuviéramos firmando otra vez el mismo pacto silencioso: ya no nos separamos.

Un domingo por la mañana, meses después, estábamos en la cama. Roi me tenía debajo, moviéndose con esa lentitud que me volvía loco, entrando y saliendo casi hasta el final. Me besaba los párpados, la punta de la nariz, los labios. Yo le acariciaba la espalda, el culo, el hueco detrás de las rodillas.

—Te quiero —dijo de pronto, sin dejar de moverse.

Yo sonreí, tonto, feliz, lleno de él.

—Y yo a ti, dormilón.

Él aceleró un poco, me agarró las manos, las entrecruzó con las suyas contra la almohada, y nos corrimos juntos, mirándonos, sin dejar de sonreír. Cuando terminó, se dejó caer sobre mí, todavía dentro, y susurró contra mi cuello:

—La próxima vez que vayamos a la playa… quiero que me hagas otra foto. Pero esta vez despierto. Y con tu polla en la boca.

Me reí hasta que me dolió la barriga. Y después lo volví a besar. Y después, cómo no, lo volvimos a hacer.

Porque con Roi la intimidad no era solo follar. Era reírse mientras te corrías. Era decir tonterías con la boca llena de semen. Era quedarse dormido todavía pegados y despertarse igual de enamorados. Era mirarse después de correros y pensar, una vez más: “Hostia, qué suerte hemos tenido de sonreírnos como bobos aquella tarde en la arena”.

Y así seguimos. Día tras día. Noche tras noche. Cuerpo contra cuerpo. Sonrisa contra sonrisa.

Al día siguiente nos despertamos abrazados, la sábana a los pies, el semen seco en la piel, las sonrisas de bobos todavía en la cara. Roi me miró, se rió y dijo:

—Creo que ya no me separo de ti.

Y no lo hizo.

Desde entonces hemos vuelto a esa playa cada verano. A veces nos tumbamos exactamente en el mismo sitio. A veces me pide que le haga otra foto mientras finge dormir. Y siempre, siempre, terminamos riéndonos como idiotas, besándonos con sabor a sal, y recordando el día en que un mirón y un dormilón se sonrieron como bobos y se follaron por primera vez bajo una toalla, sin saber que estaban empezando el resto de sus vidas.

Porque a veces el amor llega así: con una siesta, una foto robada, una sonrisa tonta y un “hola” que se convierte en para siempre.


La dinámica emocional

Al principio pensé que lo nuestro era solo química. Esa mezcla peligrosa de sol, arena, una foto robada y dos sonrisas de idiota. Creí que el deseo se agotaría cuando nos hubiéramos follado lo suficiente, cuando el misterio se desvaneciera y quedáramos solo dos tíos que se caían bien y se excitaban juntos. Me equivocaba por completo.
La primera vez que me di cuenta de que algo más grande estaba pasando fue la tercera noche en su piso. Habíamos follado dos veces ya. Estábamos en la cama, todavía sudorosos, y Roi tenía la cabeza apoyada en mi hombro. De pronto se quedó callado. Demasiado callado. Yo le acariciaba el pelo sin pensar y de repente noté que su respiración había cambiado.

—¿Pasa algo? —pregunté, bajito.

Él tardó un segundo en responder. Cuando habló, la voz le salió más pequeña de lo habitual.

—Es que… me da miedo.

Me giré un poco para mirarle. Tenía los ojos abiertos, mirando al techo.

—¿Miedo de qué?

—De lo bien que me siento contigo. De que esto sea demasiado rápido. De que dentro de dos semanas yo esté más enganchado que tú y tú ya no quieras saber nada. De que cuando vuelvas a Valencia me convierta en el típico tío que mira el móvil cada cinco minutos esperando un mensaje que no llega.

Me quedé quieto. El corazón me latía raro. No de excitación, sino de algo más frágil.

—Roi… —empecé, y se me trabó la lengua. Nunca se me había dado bien hablar de estas cosas—. Yo también tengo miedo. Desde que te vi dormido en la playa no he dejado de pensar en ti. Y no solo en follarte. En cómo te ríes. En cómo se te pone la voz cuando estás medio dormido. En que me gusta cuando te pones serio y de repente sonríes como un crío. Me da miedo que esto sea solo una historia de verano para ti y para mí se convierta en algo que me duela después.

Él se incorporó un poco. Me miró de verdad. Sin la sonrisa de siempre. Sin la capa de humor que usábamos los dos para no ponernos demasiado intensos.

—No es una historia de verano —dijo—. No quiero que lo sea.

Nos quedamos callados un rato. Luego él apoyó la frente contra la mía y susurró:

—Prométeme que si en algún momento dejas de sentirlo, me lo dirás. No me dejes en evidencia. No me hagas el típico “estoy liado con el trabajo” mientras en realidad ya no te apetezco.

—Te lo prometo —respondí—. Pero solo si tú me prometes lo mismo.

Nos besamos. No fue un beso de follar. Fue un beso de “hostia, esto va en serio”. Después nos abrazamos y nos dormimos así, pegados, sin follar otra vez. Esa noche sentí por primera vez que el cuerpo de Roi no era solo un sitio donde correrme. Era un sitio donde podía quedarme.

Las semanas siguientes la dinámica emocional se fue enredando con la sexual de una forma que me desarmaba. Había días en los que el deseo era urgente, casi salvaje: llegábamos a casa y nos tirábamos el uno al otro como si lleváramos meses sin vernos. Pero también había noches en las que el sexo se volvía lento y silencioso, casi solemne. Roi me miraba a los ojos mientras me penetraba y yo veía en su mirada algo que me hacía querer llorar de lo vulnerable que se ponía. Después, cuando nos corríamos, no nos reíamos siempre. A veces solo nos abrazábamos fuerte y nos quedábamos quietos, respirando el mismo aire, como si tuviéramos miedo de que al separarnos el momento se rompiera.

Una vez, después de una de esas folladas lentas, Roi se quedó tumbado sobre mí y empezó a hablar sin que yo le preguntara nada.

—Cuando era más joven me daba pánico que alguien me viera de verdad. No el cuerpo. El resto. Que se dieran cuenta de que a veces me siento pequeño. De que necesito que me digan que estoy bien. Contigo… no sé. Contigo se me olvida fingir.

Le acaricié la espalda. Notaba cómo se le erizaba la piel bajo mis dedos.

—A mí me pasa al revés —le confesé—. Yo siempre he sido el que hace reír. El que quita hierro. El que dice “no es para tanto”. Contigo se me olvida hacer el gracioso. Y me da un poco de vértigo. Porque si dejo de hacer el gracioso… ¿qué queda?

Roi levantó la cabeza y me miró.

—Quedas tú. El que me fotografió dormido como un stalker romántico. El que se puso colorado cuando le dije que me había gustado. El que me folló en la playa y después me mandó la foto al día siguiente con un mensaje tonto. Ese tío me gusta más que el que hace reír.

Me sonrojé. Él se rio bajito y me besó la punta de la nariz.

Había momentos de celos tontos, de inseguridades que salían sin avisar. Un día Roi mencionó de pasada a un ex que vivía cerca y se me puso cara de póker. Él se dio cuenta enseguida.

—Oye —dijo, tomándome la cara con las dos manos—. Ese tío es pasado. Tú eres el que está aquí. El que me hace venirme solo con mirarme de cierta forma. El que me ha visto llorar de risa y también de otras cosas. No compares.

Yo asentí, avergonzado de mi propia tontería. Después lo follé con una intensidad casi posesiva, como si quisiera marcarle por dentro. Él lo entendió. Me dejó. Me aguantó. Y cuando terminamos me susurró al oído:

—Estoy contigo. Solo contigo. Aunque te pongas celoso como un crío.

También había ternura absurda. Roi se había acostumbrado a dormirse abrazado a mí, con una pierna encima de las mías y la cara escondida en mi cuello. Si alguna noche yo me movía demasiado, él protestaba dormido y me volvía a atraer hacia sí. Yo, que siempre había sido de dormir estirado y sin que me tocaran, de pronto no podía conciliar el sueño si no sentía el peso de su cuerpo cerca. Me había vuelto adicto a su respiración. A la forma en que se le ablandaba la cara cuando estaba profundamente dormido. A veces me despertaba solo para mirarle unos minutos, igual que aquella tarde en la playa, y sentía una oleada de cariño tan grande que me daba miedo.

La distancia, cuando yo volvía a Valencia unos días, se volvía emocionalmente intensa. Las videollamadas empezaban con tonterías y terminaban en silencio, mirándonos a través de la pantalla, sin decir nada porque no hacía falta. Un día, después de tres noches separados, Roi me escribió a las dos de la madrugada:

“No puedo dormir. Echo de menos tu olor. Echo de menos correrme dentro de ti y quedarme ahí. Pero sobre todo echo de menos despertarme y que estés.”

Le respondí con la voz un poco rota aunque fuera por escrito:

“Yo también. Vengo mañana. No me esperes despierto. Métete en la cama y déjame llegar y meterme contigo.”

Cuando llegué, él estaba dormido. Me desnudé en silencio, me coloqué detrás de él y lo abracé. Se removió, reconoció mi cuerpo incluso dormido, y murmuró mi nombre. Esa noche no follamos. Solo nos pegamos el uno al otro como si el mundo fuera a terminarse si dejábamos un centímetro de aire entre nosotros.

Con el tiempo la dinámica se fue equilibrando. Aprendimos a pelearnos sin destruirnos. Aprendimos a pedir lo que necesitábamos sin sentirnos ridículos. Roi me enseñó que podía ser vulnerable sin que eso me hiciera menos. Yo le enseñé que podía necesitar sin que eso lo hiciera pesado. El sexo seguía siendo explícito, sucio a veces, juguetón siempre, pero cada vez estaba más cargado de algo que no sabíamos nombrar del todo. Cuando me corrían dentro de él y él me miraba con los ojos brillantes, yo sentía que no solo le estaba dando placer. Le estaba entregando una parte de mí que nadie más había tocado. Y cuando él me follaba despacio, agarrándome la cara para que no dejara de mirarle, yo entendía que no era solo mi culo lo que quería. Era mi atención. Mi confianza. Mi miedo y mi risa y mi forma de quedarme callado cuando algo me importaba demasiado.

Una madrugada, meses después de aquella playa, estábamos tumbados de frente. Roi me acariciaba la ceja con el dedo, distraído.

—¿Te acuerdas de cuando te dije que me daba miedo engancharme más que tú?
—Claro.

—Pues ya me he enganchado. Hasta el fondo. Y no me arrepiento.

Yo tragué saliva. El pecho me dolía de lo lleno que estaba.

—Yo también. Y si algún día esto se rompe… al menos habré sabido cómo se siente de verdad.

Roi negó con la cabeza, suave.

—No se va a romper. Estamos demasiado tontos el uno por el otro.

Me besó. Un beso lento, profundo, que sabía a promesa. Después se acomodó en mi pecho y susurró, ya casi dormido:

—Qué suerte que te durmieras mirándome aquella tarde.

Yo sonreí en la oscuridad, acariciándole el pelo, y pensé que sí. Qué suerte. Qué absurda, preciosa, aterradora suerte.

Porque la dinámica emocional con Roi no era un camino recto. Era un sube y baja de risas, de miedos confesados a media voz, de folladas que a veces eran solo sexo y otras veces eran una forma de decir “aquí estoy, no me voy”. Era aprender a quedarse. A no huir cuando el pecho se ponía demasiado apretado. A mirarse a los ojos después de correros y no tener que reírse siempre para disimular lo mucho que se sentía.

Y yo, que había llegado a aquella playa solo a tomar el sol y a mirar de reojo, me descubrí de pronto sosteniendo el corazón de otro hombre entre las manos… y dejando que él sostuviera el mío. Con torpeza. Con ternura. Con ganas. Con miedo. Y con una sonrisa de bobo que, al final, resultó ser la cosa más seria del mundo.


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