11.1.26

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Relato: Encuentro en el Aseo . 5°parte

Cinco años después

El sol abrasaba la arena de la playa nudista de Zahara de los Atunes, un rincón escondido en la costa de Cádiz donde el Atlántico rugía con una furia contenida. Las olas rompían con un ritmo hipnótico, y el aire salado se mezclaba con el aroma de los cuerpos bronceados que se movían libremente bajo la luz dorada. Jorge, Roberto y Juan habían planeado estas vacaciones durante meses, un escape de la rutina que los había unido en un amor poco convencional pero profundo durante los últimos cinco años. Su relación, un trío que desafiaba las normas, había resistido el paso del tiempo, fortalecida por noches de pasión, risas compartidas y una confianza que parecía inquebrantable. Pero algo en el aire esta vez se sentía diferente, como si las olas trajeran consigo un cambio que ninguno de ellos había anticipado.Jorge, ahora en sus treinta y tantos, estaba más definido que nunca, su cuerpo moldeado por años de gimnasio, la piel bronceada brillando bajo el sol. Roberto, cercano a los cuarenta, seguía siendo una presencia imponente, con músculos que parecían esculpidos en mármol y una barba recortada que añadía un aire de madurez seductora. Juan, el más joven, con treinta años recién cumplidos, tenía una energía vibrante, su piel morena reluciendo mientras caminaba descalzo por la arena, su cuerpo esbelto moviéndose con una gracia natural que atraía miradas.Habían alquilado una villa pequeña a pocos pasos de la playa, con vistas al mar y una terraza donde pasaban las noches bebiendo vino y perdiéndose en el cuerpo del otro. La primera noche en Zahara había sido una reafirmación de su conexión: una maratón de caricias, besos y gemidos que había dejado la cama deshecha y sus cuerpos exhaustos pero satisfechos. Jorge había tomado a Juan con una intensidad que lo hizo gritar su nombre, mientras Roberto, siempre el más dominante, guiaba sus movimientos, alternando entre los dos con una precisión que los llevaba al borde una y otra vez. Pero incluso en esos momentos de éxtasis, Juan había estado más callado de lo habitual, sus ojos perdiéndose a veces en el horizonte, como si buscara algo que no podía nombrar.El tercer día en la playa, mientras los tres descansaban en una sábana extendida sobre la arena, apareció Marco. Era un extraño, pero su presencia era imposible de ignorar. Alto, con una piel olivácea que brillaba bajo el sol, Marco tenía el cuerpo de un nadador: hombros anchos, cintura estrecha y una confianza que rozaba la arrogancia. Su cabello negro caía en rizos desordenados, y sus ojos, de un verde intenso, parecían perforar todo lo que miraban. Caminaba por la playa con una naturalidad que hacía que la desnudez pareciera un arte, y cuando sus ojos se posaron en Juan, hubo un destello de reconocimiento, como si ya se conocieran en otro plano.Juan, tumbado boca abajo, levantó la mirada y la sostuvo más tiempo del necesario. Jorge lo notó, un pinchazo de algo que no era exactamente celos, sino una alerta. Roberto, siempre más observador, también captó el intercambio, pero en lugar de intervenir, se limitó a sonreír, como si supiera que lo que venía era inevitable.—Voy a dar un paseo —dijo Juan, poniéndose de pie con una agilidad felina. Su cuerpo desnudo captaba la luz del sol, cada músculo definido moviéndose con una elegancia que hacía difícil apartar la vista. Jorge y Roberto lo observaron mientras se alejaba, su figura recortada contra el azul del mar, hasta que se detuvo cerca de Marco, quien estaba apoyado contra una roca, fumando un cigarrillo con una calma exasperante.—¿Crees que deberíamos preocuparnos? —preguntó Jorge, su voz baja, mientras acariciaba distraídamente el brazo de Roberto.Roberto se encogió de hombros, pero sus ojos no se apartaron de Juan. —Déjalo explorar. Siempre vuelve.Pero esta vez, algo en la forma en que Juan hablaba con Marco, en cómo sus cuerpos se inclinaban el uno hacia el otro, sugería que no sería tan sencillo.Esa noche, en la villa, la tensión era palpable. Habían cenado en la terraza, el aire cargado de sal y deseo no expresado. Juan estaba más animado, hablando de la playa, de las olas, pero sus ojos brillaban con una chispa nueva, una que Jorge y Roberto reconocían pero no querían nombrar. Cuando terminaron el vino, Juan propuso volver a la playa, esta vez bajo la luz de la luna. —Hay algo mágico en el agua de noche —dijo, su voz suave pero cargada de intención.Jorge y Roberto accedieron, intrigados, aunque el presentimiento de cambio pesaba en sus pechos. La playa estaba desierta, iluminada solo por la luna llena que pintaba el mar de plata. Los tres se desnudaron, dejando la ropa en la arena, y se adentraron en el agua, el frío inicial dando paso a una sensación de libertad absoluta. Nadaron, rieron, se salpicaron como niños, pero cuando Juan se acercó a Jorge, su beso fue diferente: más urgente, casi como una despedida.Roberto, siempre el primero en actuar, tiró de Juan hacia él, besándolo con una intensidad que era casi posesiva. Sus cuerpos desnudos chocaban en el agua, el roce de su piel amplificado por la frescura del mar. Jorge se unió, sus manos explorando el cuerpo de Juan mientras Roberto lo sostenía, un trío perfecto que había dominado este baile durante años. Pero cuando Juan se giró hacia Jorge, sus ojos se encontraron, y había una pregunta en ellos, una que ninguno estaba listo para responder.Volvieron a la villa empapados, la sal pegada a su piel. En el dormitorio, la dinámica cambió. Juan tomó la iniciativa, empujando a Jorge contra la cama con una ferocidad que no era habitual en él. Sus labios recorrieron el pecho de Jorge, mordiendo, lamiendo, mientras Roberto observaba, su propia excitación evidente en la tensión de su cuerpo. Juan desabrochó los pantalones de Jorge, liberándolo con una rapidez que hablaba de hambre, y cuando su boca lo envolvió, Jorge soltó un gemido que resonó en las paredes de la villa.Roberto no se quedó atrás. Se acercó por detrás de Juan, sus manos grandes explorando su cuerpo, preparando el camino con una paciencia que contrastaba con la urgencia de Juan. Cuando Roberto entró en él, lento pero firme, Juan jadeó contra Jorge, sus movimientos volviéndose más erráticos, más desesperados. Jorge, atrapado en el placer, se arqueó contra la cama, sus manos enredadas en el cabello de Juan, guiándolo.Pero incluso en ese frenesí, había una distancia en Juan, una parte de él que parecía estar en otro lugar. Cuando terminaron, exhaustos y sudorosos, Juan se quedó mirando el techo, su respiración aún agitada. —Conocí a alguien hoy —dijo finalmente, su voz apenas un susurro.Jorge y Roberto se tensaron, pero no hablaron. Sabían de quién se trataba.Al día siguiente, Marco apareció en la playa, invitado por Juan. La dinámica cambió con su presencia. Marco era magnético, sus movimientos seguros, su risa fácil. Hablaba con una mezcla de humor y sensualidad que atraía a todos, pero sus ojos siempre volvían a Juan. Jorge y Roberto, aunque inicialmente recelosos, no pudieron evitar sentirse atraídos por la energía de Marco. Había algo en él, una chispa que encendía algo nuevo en todos ellos.Esa noche, Marco se unió a ellos en la villa. El tequila fluyó, las risas llenaron el aire, y pronto las inhibiciones se desvanecieron. Estaban en la terraza, desnudos bajo la luz de la luna, cuando Marco se acercó a Juan, sus manos rozando su espalda con una familiaridad que debería haber sido incómoda pero no lo fue. Jorge y Roberto observaron, atrapados entre el deseo y la incertidumbre, mientras Marco besaba a Juan, un beso lento, profundo, que parecía reclamarlo.Juan respondió con una pasión que Jorge y Roberto reconocieron, pero que ahora estaba dirigida a otro. Sin embargo, Marco no los excluyó. Con una sonrisa, extendió una mano hacia Jorge, invitándolo a unirse. Jorge dudó solo un momento antes de acercarse, sus labios encontrando los de Marco en un beso que era nuevo, diferente, pero igual de ardiente. Roberto, siempre el más dominante, se unió, sus manos explorando el cuerpo de Marco, que parecía diseñado para el placer.Se trasladaron al dormitorio, un torbellino de cuerpos y deseo. Marco era un catalizador, moviéndose entre los tres con una facilidad que los desarmaba. Tomó a Juan primero, sus movimientos precisos, su cuerpo alineándose con el de Juan en una danza que era tanto posesión como rendición. Jorge, atrapado en el espectáculo, sintió una mezcla de celos y excitación mientras observaba, sus manos acariciando a Roberto, que gruñía bajo su toque.Luego, Marco se giró hacia Jorge, sus ojos verdes brillando con una promesa silenciosa. Preparó a Jorge con una paciencia que lo hizo temblar, sus dedos moviéndose con una destreza que hablaba de experiencia. Cuando Marco entró en él, Jorge se perdió en la sensación, su cuerpo arqueándose contra las sábanas, mientras Roberto, a su lado, besaba a Juan, manteniendo la conexión entre ellos.La noche se convirtió en una maratón de placer. Roberto tomó a Marco, sus movimientos poderosos, casi brutales, mientras Juan y Jorge observaban, sus manos y labios explorando mutuamente. Luego, Juan, en un arranque de deseo, tomó a Roberto, sus embestidas marcadas por una urgencia que parecía querer aferrarse a algo que se le escapaba. Cada clímax era una explosión, un momento de unión, pero también un recordatorio de que algo estaba cambiando.A la mañana siguiente, mientras el sol se filtraba por las cortinas, Juan habló. Estaban tumbados en la cama, los cuatro, sus cuerpos aún cálidos del frenesí de la noche. —Necesito algo diferente —dijo, su voz temblorosa pero decidida—. Marco... él me hace sentir algo que no puedo ignorar.Jorge y Roberto se miraron, el peso de sus palabras cayendo como una piedra. Habían sentido la distancia crecer, pero escucharlo era diferente. Marco, sentado al borde de la cama, permaneció en silencio, pero sus ojos estaban fijos en Juan, llenos de una intensidad que era imposible de ignorar.—No queremos perderte —dijo Jorge, su voz quebrándose ligeramente.—No es perder —respondió Juan, alcanzando sus manos—. Es... evolucionar. Los amo, siempre lo haré. Pero Marco... él es mi ahora.Roberto, siempre el más pragmático, asintió lentamente. —Si es lo que necesitas, no te detendremos. Pero esto no termina aquí. Somos más que esto.La despedida fue agridulce. Jorge y Roberto regresaron a la ciudad, mientras Juan y Marco se quedaron en Zahara, explorando su nueva conexión. Pero incluso en la separación, había un amor que no se desvanecía, solo se transformaba. Las olas seguían rompiendo en la playa, y los tres, cada uno a su manera, sabían que siempre llevarían un pedazo del otro consigo.

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