19.9.26

rElAtO. lA SeSioN de FoToS.



Carlos estaba de pie frente a la pared roja del pequeño estudio fotográfico, completamente desnudo salvo por los guantes de boxeo rojos que le cubrían las manos. Tenía 28 años, un cuerpo esculpido por años de entrenamiento: pecho ancho, abdominales marcados, brazos fuertes y piernas poderosas. Su piel brillaba ligeramente bajo las luces cálidas del estudio. Pepe, de 32 años, su amigo y fotógrafo de confianza, ajustaba la cámara con una sonrisa tranquila.

—Estás increíble, Carlos. Relájate y sé tú mismo —dijo Pepe con cariño—. Hoy tenemos el estudio solo para nosotros, así que tómate tu tiempo.

La sesión empezó suave. Pepe disparaba foto tras foto mientras Carlos adoptaba poses clásicas de boxeo: puños en guardia, torso ligeramente girado, mirada intensa a la cámara. El sonido del obturador llenaba el espacio.

—Muy bien… ahora baja un poco los guantes, que se vea el pecho —indicó Pepe.

Carlos obedeció, relajando los brazos. El flash iluminaba cada curva de sus músculos. Después de media hora, ambos empezaron a bromear.

—Oye, ¿no tienes calor con esos guantes? —preguntó Pepe riendo.

—Un poco, pero me hacen sentir poderoso —contestó Carlos con una sonrisa juguetona.

Pepe se acercó para ajustar la iluminación. Estaban solos, la música suave sonaba de fondo y el ambiente era cómodo y profesional… al principio.

Pasaron dos horas. Carlos había probado decenas de poses: de perfil, de espaldas mostrando la musculatura de la espalda, sentado en un banquito con las piernas abiertas, incluso simulando golpes al aire. Pepe no paraba de elogiarlo.

—Eres un modelo increíble. La luz te queda perfecta en los abdominales… —comentó mientras se acercaba para cambiar el ángulo.

En un momento, mientras Carlos levantaba los brazos para una pose de victoria, Pepe notó que su respiración se había vuelto un poco más profunda. El cuerpo de Carlos brillaba por el calor de las luces. Pepe tragó saliva y siguió fotografiando.

Tres horas y media. La sesión se había vuelto más íntima. Pepe pedía poses más relajadas: Carlos con una mano en la nuca, la otra bajando por su torso. El pene de Carlos, que hasta entonces había permanecido relajado, empezó a responder al ambiente cargado, al roce de los guantes contra su piel y a las miradas cada vez más prolongadas de Pepe.

—Carlos… estás… —Pepe bajó la cámara un segundo, notando la semierección—. ¿Estás cómodo? Podemos parar si quieres.

Carlos se miró a sí mismo y soltó una risa nerviosa pero sincera.

—No… sigue. Me siento bien. De hecho… me gusta que me mires así.

La atmósfera cambió. Pepe dejó la cámara en el trípode y se acercó más. Sus manos rozaron los hombros de Carlos para ajustar la postura.

—Eres hermoso, de verdad —susurró con respeto.

Carlos sintió un escalofrío. Su polla terminó de endurecerse por completo, gruesa y apuntando hacia arriba. Pepe la miró un instante y luego volvió a sus ojos.

—¿Puedo…? —preguntó con ternura.

Carlos asintió.

Pepe se arrodilló lentamente frente a él. Primero besó el vientre plano, luego bajó por la línea de vello hasta llegar a la base de la polla dura. La besó con cariño, lamiendo suavemente desde los huevos hasta la cabeza brillante.

—Qué rico… —gimió Carlos bajito, apoyando una mano enguantada en la cabeza de Pepe.

Pepe abrió la boca y la tomó con lentitud, saboreando cada centímetro. Chupaba con devoción, usando la lengua para recorrer las venas, succionando la cabeza y bajando hasta casi la garganta. Sus manos acariciaban los muslos fuertes y los glúteos de Carlos.

La sesión fotográfica quedó completamente olvidada. Ahora solo existían ellos dos.

Después de varios minutos de mamada lenta y profunda, Pepe se levantó y besó a Carlos en los labios por primera vez. Fue un beso suave que rápidamente se volvió apasionado. Sus lenguas se enredaron mientras sus cuerpos se pegaban. La polla dura de Carlos se frotaba contra el vientre de Pepe.

—Quiero hacerte sentir bien —susurró Pepe.

Lo llevó suavemente hasta una colchoneta que había en una esquina del estudio. Carlos se tumbó de espaldas, todavía con los guantes rojos puestos. Pepe se desnudó completamente, revelando su cuerpo atlético y su polla también dura.

Se colocó encima y empezaron a frotarse mutuamente. Polla contra polla, manos explorando músculos, besos por el cuello, el pecho y los pezones. Pepe bajó otra vez y le dio una mamada más intensa, usando la mano para masturbar la base mientras chupaba.

Carlos gemía y movía las caderas con suavidad.

—Quiero probarte yo también —dijo Carlos.

Se intercambiaron. Carlos, todavía con los guantes, se arrodilló y tomó la polla de Pepe en su boca. Aunque los guantes limitaban un poco el movimiento, la escena era increíblemente erótica. Pepe acariciaba su pelo y gemía de placer.

Después de un rato, se tumbaron de lado, uno frente al otro, y se masturbaron mutuamente mientras se besaban. Las manos subían y bajaban por las vergas duras, los pulgares rozando las cabezas sensibles y esparciendo el precum.

—Quiero sentirte dentro… si tú quieres —propuso Carlos mirándolo a los ojos.

Pepe asintió con cariño.

Usaron lubricante que Pepe guardaba en el estudio. Primero lo preparó con los dedos, entrando despacio, con mucho cuidado y besos constantes. Carlos gemía de placer, relajándose.

Cuando estuvo listo, Pepe se colocó entre sus piernas y entró muy lentamente. Ambos soltaron un gemido largo. Una vez dentro, se quedaron quietos un momento, besándose.

—Estás increíble… —susurró Pepe.

Empezó a moverse con ritmo suave y profundo. Carlos lo abrazaba con los brazos enguantados, sintiendo cada embestida placentera. Poco a poco el ritmo aumentó. Pepe follaba con más intensidad pero siempre atento a las reacciones de Carlos, besándolo y acariciándolo.

Cambaron de posición: Carlos encima, cabalgando despacio al principio y luego más rápido, moviendo las caderas mientras Pepe le masturbaba la polla.

—Qué rico se siente… —gemía Carlos.

Volvieron a la posición misionero. Pepe entraba y salía con embestidas firmes y cariñosas, rozando la próstata de Carlos una y otra vez. Los guantes rojos contrastaban contra la piel sudada.

Cuando el placer llegó al máximo, Carlos se corrió primero con fuerza, soltando chorros espesos sobre su propio abdomen y pecho. Su culo se contrajo alrededor de Pepe, que no tardó en correrse también, llenándolo con calor mientras gemía su nombre.

Se quedaron abrazados varios minutos, besándose suavemente y riendo bajito.

—Vaya sesión de fotos… —dijo Carlos con una sonrisa enorme.

—La mejor de mi vida —contestó Pepe, acariciándole la mejilla.

Se ducharon juntos, se abrazaron bajo el agua y siguieron besándose con cariño. La sesión fotográfica había durado casi cinco horas, pero el verdadero momento especial había empezado cuando dejaron de tomar fotos.


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Carlos estaba de pie frente a la pared roja del pequeño estudio fotográfico, completamente desnudo salvo por los guantes de boxe...