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25.4.26
RelAtO. Mi GeMeLo y Yo. PArtE 3
A los 25 años, Elías y Ethan llevaban siete años viviendo su amor en secreto, un secreto que ardía con más fuerza cada día. Habían regresado de Praga hacía unos meses, instalados de nuevo en su apartamento en la ciudad, donde las noches seguían siendo un torbellino de cuerpos entrelazados, gemidos ahogados y promesas susurradas al amanecer. Pero el peso de la ocultación empezaba a pesarles. No solo por el miedo al rechazo familiar, sino porque su amor, tan intenso y completo, parecía pedir expansión, como si el universo conspirara para que no se quedara solo en dos.
Su primo Lucas era el único familiar cercano de su edad que aún vivía en la misma ciudad. Lucas tenía 24 años, hijo de la tía materna de los gemelos. Era alto como ellos, pero con el pelo castaño oscuro, ojos verdes intensos y una mandíbula más cuadrada que le daba un aire ligeramente más rudo. Desde niños habían sido inseparables: Lucas pasaba los veranos en su casa, jugaban al fútbol hasta el anochecer, compartían literas en campamentos familiares. Siempre hubo una química natural entre los tres; Lucas bromeaba diciendo que los gemelos eran “sus hermanos extras”. Pero en la adolescencia, cuando Elías y Ethan empezaron a descubrir su atracción mutua, se distanciaron un poco de Lucas para proteger su secreto. Lucas, ajeno a todo, siguió viéndolos como los primos perfectos, guapos, exitosos y siempre juntos.
Todo cambió una tarde de finales de verano, cuando Lucas los invitó a su nuevo apartamento —un loft pequeño pero moderno que acababa de alquilar tras terminar su máster—. Había comprado cervezas artesanales y quería celebrar que por fin tenía un lugar propio. Los gemelos llegaron juntos, como siempre, con esa aura de complicidad que Lucas siempre había admirado.
La noche empezó inocente: risas, anécdotas de la universidad, recuerdos de infancia. Pero el alcohol soltó lenguas y miradas. Lucas, sentado en el sofá entre los dos, notó cómo Elías apoyaba la mano en el muslo de Ethan de forma demasiado prolongada, cómo Ethan le devolvía una caricia disimulada en la nuca. Al principio pensó que eran imaginaciones suyas. Luego vio cómo se miraban: no como hermanos, sino como amantes. Un beso robado en la cocina cuando creyeron que no los veía —rápido, pero cargado de deseo— lo confirmó.
Lucas no dijo nada esa noche. Se despidieron con abrazos fuertes, como siempre. Pero al día siguiente mandó un mensaje al grupo de WhatsApp de los tres:
“Chicos, necesito hablar con vosotros. Venid a casa esta noche. Sin excusas. Es importante.”
Elías y Ethan llegaron nerviosos. Sabían que algo había cambiado. Lucas los recibió con una expresión seria pero no enfadada. Los hizo sentar en el sofá, él en la butaca de enfrente.
“Os vi anoche”, dijo sin rodeos. “En la cocina. Y no es la primera vez que noto cosas raras entre vosotros. Quiero la verdad. ¿Estáis juntos? ¿Como pareja?”
Silencio pesado. Ethan miró a Elías, que asintió lentamente.
“Sí”, respondió Elías con voz firme. “Desde los 18. Nos amamos. No como primos o hermanos. Como hombres que se eligen cada día.”
Lucas exhaló largo, como si hubiera estado conteniendo el aire años.
“Joder… No os voy a juzgar. Nunca. Sois mis primos, mis mejores amigos. Pero… duele un poco que me lo hayáis ocultado tanto tiempo.”
Ethan se inclinó hacia adelante.
“Teníamos miedo. Miedo de que nos rechazaras, de perderte. Eres familia. Eres… importante.”
Lucas los miró a los ojos, primero a uno, luego al otro.
“¿Y cómo es? ¿Cómo es estar con tu gemelo? ¿Cómo es follar con alguien que es literalmente tu espejo?”
La pregunta fue cruda, directa. Elías sonrió levemente, sin vergüenza.
“Es como tocarte a ti mismo, pero mejor. Porque sientes lo que el otro siente al mismo tiempo. Cada caricia, cada embestida… lo vivimos doble. Es adictivo.”
Lucas tragó saliva. Sus mejillas se tiñeron de rojo.
“Siempre os he mirado y pensado… joder, qué guapos son. Cuando éramos adolescentes, en las duchas del gimnasio, os veía y… no sé. Sentía cosas. Pensaba que era envidia. Pero quizás no lo era solo eso.”
Ethan y Elías intercambiaron una mirada. El aire se cargó de electricidad.
“¿Quieres saberlo de verdad?”, preguntó Ethan en voz baja. “¿Quieres probarlo?”
Lucas dudó solo un segundo. Luego asintió.“Sí. Quiero saber qué se siente.”
Esa noche, los tres cruzaron la línea sin retorno.
Empezó lento, casi con reverencia. Se quitaron las camisetas en el salón, bajo la luz tenue de una lámpara. Los cuerpos eran similares pero distintos: los gemelos, idénticos en cada músculo, cada vena; Lucas, un poco más ancho de hombros, con vello oscuro en el pecho que bajaba hasta el ombligo. Se miraron, se tocaron con curiosidad. Manos en pectorales, dedos trazando abdominales, respiraciones aceleradas.
Lucas fue el primero en besar a Elías. Un beso tentativo, labios suaves contra labios suaves. Elías respondió, lengua explorando, y pronto Ethan se unió, besando el cuello de Lucas desde atrás. Tres bocas, tres lenguas, un enredo de suspiros.
Se trasladaron al dormitorio. La cama king size de Lucas era perfecta. Se desnudaron por completo. Tres pollas duras, erectas: las de los gemelos casi idénticas —largas, rectas, cabezas rosadas goteando—, la de Lucas un poco más gruesa, curvada hacia arriba, venas marcadas.
Se tumbaron. Lucas en el centro. Elías y Ethan a cada lado, como alas simétricas.
Ethan empezó besando el pecho de Lucas, chupando un pezón mientras su mano bajaba a acariciar la polla del primo. Lucas gimió alto cuando Ethan la envolvió y empezó a masturbarlo despacio.
“Joder… qué bien”, jadeó Lucas.
Elías se colocó entre las piernas de Lucas, abrió la boca y tomó su polla entera. Chupó con hambre, lengua girando alrededor del glande, bajando hasta la base mientras sus mejillas se hundían. Lucas agarró el pelo de Elías, caderas moviéndose instintivamente.Ethan, mientras tanto, besaba a Lucas en la boca, profundo, posesivo. Luego bajó, lamiendo el cuello, el pecho, uniéndose a Elías en la felación. Dos lenguas en la polla de Lucas: una lamiendo el tronco, la otra chupando los huevos. Lucas temblaba, al borde.
“No… aún no”, suplicó. “Quiero más.”
Se reorganizó. Lucas se puso de rodillas en el centro de la cama. Elías delante, Ethan detrás.
Lucas tomó la polla de Elías en la boca por primera vez. La saboreó, nervioso al principio, luego con más confianza: chupando, tragando saliva, intentando meterla más profundo. Elías gemía, manos en la cabeza de Lucas.Ethan, lubricado con saliva y el gel que Lucas tenía en la mesita, colocó la punta en la entrada de Lucas.
“Respira. Relájate”, susurró.
Entró despacio. Lucas gruñó contra la polla de Elías, pero no se apartó. Ethan empujó centímetro a centímetro hasta estar completamente dentro. El calor apretado lo hizo jadear.
“Joder… estás tan apretado”, murmuró Ethan.
Empezó a moverse, lento al principio, luego más rápido. Cada embestida hacía que Lucas empujara la boca hacia adelante, tragando más de Elías.
Los gemelos se miraban por encima de Lucas, ojos brillantes de lujuria y amor. Elías se inclinó y besó a Ethan por encima del primo, lenguas entrelazadas mientras follaban a Lucas desde ambos lados.
Cambio de posición. Lucas tumbado boca arriba, piernas abiertas. Elías se montó sobre su cara, sentándose para que Lucas le comiera el culo. Lengua de Lucas explorando el agujero de Elías, lamiendo profundo mientras gemía por las embestidas de Ethan, que ahora lo follaba con más fuerza.
Ethan aceleró, bolas golpeando contra las de Lucas.
“Me voy a correr… ¿dónde?”
“Dentro”, jadeó Lucas. “Quiero sentirlo.”
Ethan se derramó con un grito ahogado, llenando a Lucas de semen caliente. El orgasmo desencadenó el de Lucas: su polla explotó sin tocarla, chorros gruesos salpicando su abdomen mientras lamía el culo de Elías con desesperación.Elías, aún no corrido, se bajó de la cara de Lucas y se colocó entre sus piernas. Entró en el agujero ya lubricado por el semen de Ethan. Empujó profundo, sintiendo el calor y la humedad mezclados.
“Es como follarme a mí mismo… pero con tu semen dentro”, gruñó Elías.
Folló a Lucas con fuerza, besándolo al mismo tiempo. Ethan, recuperándose, se unió: masturbando a Lucas mientras lamía los huevos de su hermano.
Lucas llegó de nuevo, segunda oleada, semen salpicando entre sus cuerpos. Elías se corrió dentro, añadiendo su carga al de Ethan, el agujero de Lucas rebosando.
Se derrumbaron los tres, sudorosos, jadeantes, semen por todas partes.
Pero no terminó ahí.
Después de unos minutos de caricias suaves, besos lánguidos, volvieron a excitarse. Esta vez fue más lento, más emotivo.
Lucas entre los gemelos. Ethan detrás de él, entrando despacio mientras Elías lo besaba y masturbaba. Movimientos sincronizados: cuando Ethan empujaba, Elías apretaba la mano. Lucas en el centro, sintiendo dos cuerpos idénticos adorándolo.
Luego probaron doble penetración. Lucas de rodillas, Elías debajo, penetrándolo desde abajo. Ethan encima, entrando con cuidado junto a su hermano. Los dos dentro al mismo tiempo, estirando a Lucas al límite.
“Dios… me vais a romper”, gimió Lucas, pero su polla palpitaba dura.
Se movieron despacio al principio, luego más rápido. El roce de polla contra polla dentro del mismo agujero los volvía locos. Llegaron casi juntos: primero Lucas, eyaculando sobre el abdomen de Elías; luego los gemelos, llenándolo hasta que el semen goteaba por sus muslos.
Se quedaron abrazados horas. Tres cuerpos entrelazados, respiraciones calmándose.
“Esto no cambia nada entre nosotros”, murmuró Lucas al final, voz ronca. “Solo… lo hace más grande.”
Elías besó su frente. Ethan besó su nuca.
“Ahora somos tres”, dijo Ethan.
Y así empezó. Lucas se convirtió en parte integral de su relación. Noches de tríos apasionados: a veces uno dominaba a los dos, a veces se turnaban, a veces follaban en cadena —Ethan follando a Lucas mientras Lucas chupaba a Elías, o variaciones infinitas—.
Emocionalmente, el lazo se profundizó. Compartían cenas, viajes, confidencias. Lucas entendió el amor único de los gemelos y se sintió honrado de ser incluido. Ellos, a su vez, descubrieron que amar a dos no disminuía el amor mutuo; lo multiplicaba.
En la terraza de Praga, años después, volverían a hacerse fotos: ahora tres, abrazados bajo el atardecer, cuerpos semidesnudos, sonrisas cómplices. Un secreto que ya no era solo de dos.
Su amor, prohibido y ardiente, había encontrado su tercera pieza. Y juntos, eran invencibles.
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RelAtO. Mi GeMeLo y Yo. PArtE 4
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