7.6.26

ReLaTo. Miguel. ParTE 3.




Un año había pasado desde aquella tarde en el río, y el pueblo ya no era el mismo para Leonardo y Adrián. El Roble Viejo seguía siendo el corazón del valle, con su barra de madera oscura, las lámparas ámbar y el olor eterno a café y vino tinto. Pero ahora, cuando cerraban las puertas a medianoche, ya no había secretos entre las mesas. Todo el mundo lo sabía. Primero fueron los murmullos: 
“¿Has visto cómo se miran Leo y el chico nuevo?”. Luego las sonrisas cómplices de las señoras que jugaban al dominó los jueves. Finalmente, la aceptación total. El alcalde mismo, en la fiesta de la vendimia del otoño pasado, les había dado una palmada en la espalda a los dos y había dicho: 
“Mientras sirváis buenas las cañas, aquí sois bienvenidos como siempre”. Nadie les dio la espalda. Nadie les señaló. El amor, en un pueblo pequeño rodeado de robles y montañas, simplemente se integró como una nueva costumbre más.

Leonardo tenía ahora veintiséis años. El pelo un poco más largo, la barba más espesa, el cuerpo aún más marcado por el trabajo diario. Adrián, veinticuatro, se había convertido en el alma del bar: rápido con las bebidas, encantador con los clientes, y por las noches, cuando subían a la habitación de arriba, seguía siendo el mismo fuego que había encendido todo. Vivían juntos oficialmente. La habitación de Adrián ya no era de “invitado”; era de los dos. Habían pintado las paredes de un verde suave, habían puesto fotos de sus escapadas al río, y habían convertido el pequeño balcón en un rincón donde desayunaban desnudos cuando el verano lo permitía.

Y entonces apareció Miguel.

Miguel acababa de cumplir dieciocho años hacía exactamente dos semanas. Era el hijo menor de la familia que regentaba la panadería al otro lado de la plaza. Desde niño había correteado por el bar: ayudando a recoger vasos cuando era un crío, robando aceitunas de los platillos, y mirando a Leonardo con unos ojos que, incluso entonces, brillaban demasiado. Leonardo siempre lo había tratado como a un hermano pequeño: le daba propinas extras, le enseñaba a tirar cañas perfectas, le prestaba libros. Pero Miguel… Miguel llevaba enamorado de él toda su vida. Un amor silencioso, doloroso, que había crecido con él. A los catorce ya soñaba con sus manos. A los dieciséis se masturbaba pensando en la curva de su espalda cuando Leo cargaba barriles. A los diecisiete había llorado en secreto la primera vez que vio a Adrián entrar en el bar y supo, por la forma en que Leo lo miraba, que ya no tenía ninguna oportunidad.

Cuando se enteró de lo suyo —porque todo el pueblo lo sabía—, Miguel sintió un nudo en el estómago que era mitad alegría y mitad celos devoradores. Alegría porque Leonardo parecía feliz de verdad, con esa sonrisa tranquila que nunca había tenido antes. Celos porque Adrián ocupaba el lugar que él había soñado durante años. Pero Miguel era bueno. Era noble. Así que sonrió, felicitó a los dos en público, les llevó una tarta el día de su “aniversario” (el día que se besaron por primera vez en el río), y se convirtió en el amigo perfecto. Ayudaba en el bar los fines de semana, servía mesas, charlaba con los clientes. Pero por dentro ardía.

La fiesta de la noche del sábado fue la de siempre: fin de verano, gente del pueblo y algunos turistas, música baja, risas altas, barriles que se vaciaban uno tras otro. Miguel había bebido más de lo habitual. Tres cervezas, dos chupitos de orujo casero. Llevaba una camiseta negra ajustada que marcaba su cuerpo joven y atlético —había empezado a entrenar en el gimnasio del pueblo vecino—, vaqueros oscuros y el pelo castaño claro revuelto. A las once y media, cuando el bar estaba en su punto más alto, Adrián pasó por su lado llevando una bandeja vacía. Miguel lo detuvo con una mano en el brazo.

—Estás muy guapo esta noche —dijo Miguel, la voz un poco pastosa por el alcohol.

Adrián rio, sin darle importancia.

—Tú también, chaval.

Lo miró. Y en un impulso se inclinó y lo besó. No fue un beso suave. Fue directo: labios contra labios, lengua buscando entrada, una mano en la nuca de Adrián para sujetarlo. Adrián se quedó paralizado medio segundo, sorprendido, pero no se apartó inmediatamente. El beso duró tres, cuatro segundos eternos.

Leonardo lo vio desde el otro extremo de la barra. Todo se detuvo para él. El ruido del bar se convirtió en un zumbido lejano. Vio la mano de Miguel en la nuca de su novio, vio cómo Adrián tardaba en reaccionar, vio el cuerpo joven de Miguel pegado al de Adrián. No sintió rabia. Sintió algo mucho más complicado: sorpresa, un pinchazo de celos, y debajo de todo eso… calor. Un calor que le subió desde el vientre y le endureció el sexo al instante.

Cuando Miguel se separó, Adrián miró a Leonardo al otro lado del local. Sus ojos se encontraron. Adrián levantó las cejas, como diciendo “¿qué coño ha pasado?”. Leonardo solo sonrió. Una sonrisa lenta, oscura, que prometía muchas cosas.

La fiesta continuó. Nadie más se dio cuenta. Miguel se quedó rojo, nervioso, y se escabulló a ayudar en la cocina un rato. A las dos y media de la madrugada, el último cliente se fue. Cerraron la puerta con llave. El bar quedó en penumbra, solo iluminado por las lámparas ámbar sobre la barra y la luz tenue del cartel de “Abierto” que ya estaba apagado.

Adrián y Leonardo recogían en silencio. Miguel se había quedado para ayudar, como siempre. Los tres moviéndose entre mesas, apilando sillas, limpiando vasos. El aire estaba cargado.

Fue Adrián quien habló primero, apoyado en la barra.

—Miguel… lo del beso… ha sido el alcohol, ¿verdad?

Miguel dejó el trapo sobre una mesa y se giró hacia ellos. Tenía los ojos brillantes, las mejillas aún sonrosadas.

—No —dijo con voz clara—. No ha sido solo el alcohol. Llevo enamorado de Leo desde que tengo uso de razón. Desde que era un crío y venía aquí a robarle aceitunas. Cuando me enteré de lo vuestro… me alegré. De verdad. Porque Leo parece feliz como nunca. Pero también me puse celoso. Jodidamente celoso. Y esta noche… no pude más. Te besé a ti porque sabía que si besaba a Leo, todo se rompería. Pero quería… quería probar algo de lo que él tiene.

Leonardo dejó el vaso que estaba secando. Caminó despacio hasta quedar frente a Miguel. Lo miró de arriba abajo: el chico de dieciocho años, alto ya casi como ellos, cuerpo firme, labios hinchados.

—¿Y qué sientes ahora? —preguntó Leo, la voz baja y ronca.

Miguel tragó saliva.

—Sigo celoso. Pero también… excitado. Mucho.

Adrián se acercó por el otro lado. Los tres formaban un triángulo cerrado junto a la barra.

—¿Y si te decimos que no nos importa? —dijo Adrián, mirando a Leo de reojo—. ¿Que podemos compartir esto… de vez en cuando?Leonardo asintió lentamente. Sus ojos verdes brillaban con un deseo nuevo, oscuro.

—Siempre y cuando quede claro que Adrián y yo seguimos juntos. Esto sería… extra. Ocasional. Pero si tú quieres, Miguel… si de verdad quieres formar parte esta noche… podemos empezar ahora.

Miguel los miró a los dos. Tenía la respiración agitada. Asintió sin decir nada.

Leonardo fue el primero en moverse. Tomó la cara de Miguel entre sus manos y lo besó. Fue un beso profundo, lento, posesivo. La boca de Miguel sabía a orujo y a juventud. Leonardo lamió su labio inferior, entró con la lengua, exploró cada rincón mientras Adrián observaba, apoyado en la barra, ya con la mano dentro de sus vaqueros acariciándose por encima de la tela.

Cuando Leo se separó, Miguel jadeaba. Adrián se acercó entonces. Besó a Miguel también, más urgente, más hambriento, recordando el beso de antes pero ahora con permiso. Mientras se besaban, Leonardo empezó a desvestir a Miguel: le sacó la camiseta negra por la cabeza, revelando un torso joven, lampiño casi por completo, pectorales definidos, abdominales marcados por el gimnasio. Bajó las manos y desabrochó los vaqueros. Los dejó caer. Miguel llevaba bóxers grises que ya marcaban una erección impresionante para su edad: larga, gruesa, la punta asomando por encima de la goma.

Adrián y Leonardo se desnudaron al mismo tiempo. Camisetas fuera, vaqueros al suelo. Los tres quedaron en ropa interior un segundo, mirándose. Luego los bóxers también cayeron.

Los cuerpos se encontraron junto a la barra. Leonardo besaba a Miguel mientras Adrián besaba el cuello de Leo desde atrás. Manos por todas partes. Leo agarró el sexo de Miguel: era más largo que el suyo, más recto, venoso, con una gota de presemen ya brillando en la punta. Lo masturbó despacio, sintiendo cómo palpitaba. Miguel gemía contra su boca.

Adrián se arrodilló primero. Se metió el miembro de Miguel en la boca sin preámbulos. Lo chupó profundo, con hambre, mientras Leonardo seguía besando al chico y le pellizcaba los pezones. Miguel temblaba entero, las manos en el pelo de Adrián.

—Joder… Adrián… tu boca…

Leonardo sonrió y se arrodilló también. Los dos compartieron el sexo de Miguel: lenguas lamiendo a ambos lados, labios encontrándose alrededor del glande, saliva resbalando. Miguel tuvo que agarrarse a la barra para no caerse. Sus gemidos llenaban el bar vacío.

Luego cambiaron. Miguel se arrodilló. Primero tomó el sexo de Leonardo —el que había soñado tantos años— y lo devoró con devoción: lamió los testículos, subió por la vena gruesa, se lo metió hasta la garganta. Luego hizo lo mismo con Adrián, alternando, gimiendo mientras los dos le sujetaban la cabeza con cariño.

Se tumbaron sobre la barra misma. Habían limpiado todo, así que la madera estaba fresca. Miguel boca arriba. Leonardo se colocó a horcajadas sobre su cara. Miguel lamió su entrada sin dudar: lengua ávida, profunda, abriéndolo mientras Leo se masturbaba despacio. Adrián, mientras tanto, se colocó entre las piernas de Miguel y le levantó las rodillas. Untó saliva y presemen en su propio sexo y entró en Miguel despacio. Miguel soltó un gemido ahogado contra el culo de Leo.

—Dios… Adrián… eres enorme…

Adrián empezó a follarlo con ritmo lento pero profundo. Cada embestida hacía que Miguel lamiera más fuerte la entrada de Leo. El bar se llenó de sonidos húmedos: carne contra carne, lenguas, gemidos.

Leonardo se bajó de la cara de Miguel y se colocó detrás de Adrián. Mientras Adrián follaba a Miguel, Leo entró en Adrián. Los tres conectados en cadena. Leo follaba a Adrián, Adrián follaba a Miguel. Un ritmo perfecto, sincronizado. La barra crujía bajo ellos. Sudor, saliva, presemen lo manchaba todo.

Cambios de posición. Miguel a cuatro patas sobre una mesa. Leo lo folló primero: entró con cuidado, pero Miguel empujó hacia atrás pidiendo más. Adrián se metió en la boca de Miguel al mismo tiempo. Luego cambiaron: Adrián follando a Miguel por detrás mientras Leo recibía una mamada profunda. Luego Miguel encima de Leo, cabalgándolo despacio, mientras Adrián lo penetraba a él desde atrás. Doble penetración suave, cuidadosa, llena de besos y susurros.

—Eres tan apretado… —jadeaba Leo dentro de Miguel.

—Os quiero a los dos… joder… —gemía Miguel.

Adrián besaba a Leo por encima del hombro de Miguel, lenguas enredadas mientras follaban al chico.

Los orgasmos llegaron en oleadas. Primero Miguel: se corrió sin tocarse, solo con Leo dentro y Adrián follándolo, chorros largos y blancos salpicando su propio abdomen y el pecho de Leo. Luego Adrián, vaciándose dentro de Miguel con un gruñido ronco. Finalmente Leo, sacando su miembro y corriéndose sobre la espalda de Miguel y el culo de Adrián, mezclando todo.

Se quedaron abrazados sobre la barra y las mesas, sudorosos, pegajosos, respiraciones agitadas. Miguel entre los dos hombres, besando a uno y luego al otro.

Leonardo acarició el pelo de Miguel.

—Esto… puede pasar de vez en cuando —dijo en voz baja—. Cuando los tres queramos. Pero Adrián y yo seguimos siendo nosotros. ¿Entiendes?

Miguel asintió, aún jadeando.

—Entiendo. Y es más de lo que nunca soñé.

Adrián besó la sien de Miguel, luego la boca de Leo.

—Entonces… bienvenido al club, chaval.

Se ducharon juntos arriba, en la habitación de los dos. Se metieron en la cama grande. Miguel durmió en medio esa noche, rodeado de brazos y piernas. Al día siguiente desayunaron desnudos en el balcón, riendo, tocándose sin prisa. El pueblo seguía abajo, ajeno a lo que había pasado en el bar cerrado.

Leonardo y Adrián seguían siendo la pareja principal. Se besaban en público sin miedo. Se querían con la misma intensidad de siempre. Pero ahora, de vez en cuando, cuando Miguel aparecía con esa mirada hambrienta, bajaban las persianas del bar después de cerrar, apagaban las luces ámbar y dejaban que los tres cuerpos se encontraran otra vez sobre la misma madera donde servían cañas.

¿El pueblo se enteraria de esos momentos extra?.

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