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18.10.26
reLaTo. Desnudo x eL cAmPo
Eric tenía veintiséis años y una costumbre que guardaba como un secreto sagrado: andar desnudo por el campo. No era exhibicionismo. Era necesidad. Desde que descubrió, a los diecinueve, lo que sentía al quitarse toda la ropa en medio del bosque, nunca más había podido volver a caminar vestido de la misma manera. La tela le pesaba. El aire libre sobre la piel le resultaba adictivo. Y más adictivo aún era lo que venía después: tocarse, abrirse, meterse dentro del cuerpo lo que el bosque le ofrecía.
Aquella mañana eligió una ruta poco transitada, un sendero de tierra húmeda que serpenteaba entre eucaliptos altos y helechos enormes. Llevaba solo la mochila North Face, los calcetines negros y las zapatillas de trekking. Nada más. La polla le colgaba semi dura solo de pensar en lo que iba a hacer. El aire fresco le rozaba el culo, los muslos, la espalda. Cada paso hacía que las nalgas se movieran libremente. Se sentía vivo de una forma que en la ciudad nunca lograba.
Caminó casi una hora sin encontrarse a nadie. El bosque estaba en silencio, solo el crujido de las hojas bajo sus pies y el canto lejano de algún pájaro. Cuando llegó a un claro pequeño, rodeado de troncos caídos y musgo espeso, se detuvo. Se arrodilló en la tierra húmeda, exactamente como en la foto que se había hecho alguna vez para sí mismo: de espaldas, las rodillas abiertas, el culo expuesto al aire, la mochila todavía puesta. Respiró hondo. El olor a tierra, a hojas podridas, a humedad le excitaba casi tanto como el tacto del viento en el agujero.
Se pasó una mano por el pecho, bajó hasta la polla y se acarició despacio. Ya estaba completamente dura. La cabeza rosada brillaba con una gota de precum. Con la otra mano se separó una nalga y se tocó el culo con un dedo. Estaba limpio, preparado. Siempre se preparaba antes de salir. Se metió el dedo hasta el nudillo, gimiendo bajito. El bosque no tenía que escucharlo, pero a él le gustaba escucharse.
Después empezó a buscar.
Primero encontró una piedra lisa, redondeada por el agua de algún arroyo antiguo. La limpió con saliva y con cuidado. Se arrodilló más, abrió las piernas y se la fue introduciendo despacio en el ano. La sensación de lo frío y lo duro contra las paredes calientes le arrancó un gemido largo. Empujó hasta que la piedra desapareció casi por completo, solo dejaba un poco fuera para poder sacarla después. Se quedó así un momento, respirando, sintiendo el peso extraño y delicioso dentro de él. Con la mano libre se masturbaba despacio, sin prisa, disfrutando del contraste: el frío de la piedra y el calor de su propia mano.
Cuando el placer empezó a subir demasiado, sacó la piedra con un sonido húmedo y la dejó a un lado. Buscó otra cosa. Un trozo de rama suave, sin astillas, del grosor de dos dedos. La lubricó con saliva y precum y se la metió. Esta vez empujó más profundo. La madera le rozaba el punto exacto. Eric empezó a moverla dentro y fuera, follándose con ella mientras se masturbaba con la otra mano. Los gemidos ya no eran bajos. El bosque se llenaba de su voz.
—Joder… sí… así…
Se corrió por primera vez así, de rodillas, con la rama dentro y la polla palpitando en su puño. El semen salió a chorros sobre la tierra húmeda, sobre las hojas. El orgasmo le dobló la espalda. Se quedó temblando, la rama todavía clavada en él, respirando agitadamente.
No había terminado.
Después de recuperar el aliento, sacó la rama y buscó algo más grueso. Encontró un trozo de raíz curva, casi con forma de dildo natural. La limpio meticulosamente, la cubrió de saliva y se la fue introduciendo centímetro a centímetro. El estiramiento fue intenso. Soltó un gemido gutural cuando la cabeza gruesa pasó el anillo de músculo. Se la metió toda. Se quedó quieto un largo rato, solo sintiendo cómo su culo se adaptaba, cómo latía alrededor de aquel objeto del bosque. La polla, que se había ablandado un poco después del primer orgasmo, volvió a endurecerse con fuerza.
Eric se puso a cuatro patas. Empezó a empujar hacia atrás, follándose contra la raíz, mientras se masturbaba con movimientos cortos y rápidos. El sonido de su culo tragando y soltando la madera era obsceno. El aire le rozaba los huevos, la polla, el agujero estirado. Cada embestida hacia atrás le hacía gemir más alto.
—Más… más profundo… —susurraba para sí mismo, aunque no hubiera nadie.
Se corrió por segunda vez sin tocarse casi, solo con la presión interna y el roce del aire. El semen le cayó sobre el muslo y sobre la tierra. Las piernas le temblaban. Se dejó caer de lado, todavía con la raíz dentro, y se quedó mirando el dosel de hojas verdes sobre su cabeza mientras el orgasmo le recorría el cuerpo en oleadas.
Pasó casi una hora así, explorando. Se metió dedos cubiertos de musgo húmedo (el musgo era frío y resbaladizo, una sensación increíble). Se frotó la polla contra la corteza suave de un tronco caído. Se acostó de espaldas sobre un colchón de helechos y se masturbó mirando el cielo, con dos dedos dentro del culo y la mente llena de imágenes de lo que haría si alguien lo encontrara así: arrodillado, abierto, lleno de cosas del bosque.
Más tarde encontró un fruto pequeño y alargado, de piel lisa. Se lo introdujo entero. Luego otro. Luego un tercero. Se sentía lleno de una forma distinta, más blanda, más orgánica. Se masturbó despacio mientras los frutos se movían dentro de él con cada contracción. Cuando se corrió por tercera vez, el semen le salió tan fuerte que le salpicó hasta el pecho. Sacó los frutos uno a uno, gimiendo con cada extracción, y los dejó a un lado como ofrendas.
El sol se filtraba entre las hojas. El sudor le corría por la espalda, por el surco de las nalgas, por la polla todavía sensible. Eric se puso de rodillas otra vez, exactamente en la misma pose de la foto: espalda recta, culo expuesto, mochila todavía puesta, zapatillas y calcetines negros. Se miró por encima del hombro imaginario, como si alguien lo estuviera fotografiando. Se separó las nalgas con las dos manos y se mostró. El agujero estaba rojo, usado, brillante de saliva y precum y restos de lo que se había metido. Latía suavemente.
Se metió cuatro dedos de una vez. El estiramiento fue brutal y delicioso. Empujó hasta casi el final de la mano. Gimió alto, sin cuidarse. Se folló con la mano mientras se masturbaba con la otra, rápido, urgente. El cuarto orgasmo lo dejó sin aire. Se corrió tan fuerte que las piernas le fallaron y se quedó arrodillado, temblando, con los dedos todavía dentro y la polla latiendo vacía.
Después se quedó un buen rato en silencio, solo respirando. El bosque parecía haberlo aceptado. Ningún ruido extraño. Ninguna amenaza. Solo el viento en las hojas y el olor a sexo y a tierra.
Cuando por fin se levantó, las piernas le temblaban. Sacó con cuidado todo lo que todavía tenía dentro, se limpió lo mejor que pudo con hojas húmedas y un poco de agua de la cantimplora. La polla le dolía de tanto correrse. El culo le ardía de forma agradable, recordándole cada objeto, cada embestida, cada gemido.
Se quedó desnudo un rato más, caminando despacio por el claro, sintiendo el aire en todas partes. Se tocó una última vez, sin llegar a correrse, solo disfrutando de la sensibilidad extrema. Luego se puso la mochila mejor ajustada, se acomodó las zapatillas y empezó el camino de vuelta.
Mientras caminaba, todavía completamente desnudo, iba pensando en la próxima vez. En buscar un sitio con un arroyo para mojarse entero. En encontrar ramas más gruesas. En probar a quedarse toda la noche. En la fantasía recurrente de que alguien lo encontrara así, arrodillado, abierto, lleno de bosque, y en lugar de asustarse se arrodillara detrás y lo follara de verdad.
Eric sonrió para sí mismo. El campo era su amante más fiel. Nunca lo juzgaba. Nunca le pedía explicaciones. Solo le daba aire, tierra, objetos y silencio para que pudiera ser exactamente lo que era: un hombre que necesitaba sentirse abierto bajo el cielo, lleno de lo que la naturaleza le ofrecía, y correrme una y otra vez hasta que el cuerpo no diera más.
Y eso, para él, era la forma más pura de libertad.
(El relato continúa en su mente mientras baja el sendero: cada paso le recuerda el ardor del culo, cada brisa le roza la polla sensible, y la mochila le pesa como un recordatorio de que, aunque vuelva a la ciudad, una parte de él se queda siempre allí, desnudo, de rodillas, esperando la próxima vez que el bosque lo vuelva a recibir.)
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