24.10.26

reLaTO. fOtOGRAfiA ExPLicitA


 El encargo parecía sencillo. Un reportaje fotográfico de desnudos artísticos masculinos en aguas naturales. El cliente, una revista europea de fotografía de autor, quería imágenes de cuerpos fuertes flotando en un lago de montaña de aguas cristalinas, casi turquesas. Luz natural, composición limpia, nada de poses vulgares. Solo la belleza del cuerpo humano suspendido en el agua.

El fotógrafo se llamaba Marco. Treinta y dos años, cámara en mano, reputación sólida. Había contratado a tres modelos a través de una agencia especializada en desnudos artísticos. Los tres llegaron el mismo día al remoto lago de los Alpes italianos.

Leo era el más joven, veinticuatro años, piel clara, espalda ancha, glúteos firmes y una polla gruesa que, incluso flácida, tenía peso. Cabello corto castaño, mandíbula marcada. Se movía con la naturalidad de alguien acostumbrado a estar desnudo frente a objetivos.

Nico, veintisiete, era más oscuro de piel, con barba recortada y un torso esculpido que parecía tallado en piedra. Su polla era larga, de cabeza ancha, y el vello púbico le crecía espeso hasta casi unirse con el de la línea del vientre. Tenía una forma de mirar que ya en el primer encuentro hizo que Marco se removiera incómodo en los pantalones.

Y luego estaba Viktor. Treinta años, calvo, cuerpo de luchador, hombros enormes, pecho velludo y unas nalgas redondas y potentes. Su polla era gruesa en la base, con venas marcadas, y cuando se puso en ropa interior por primera vez frente a Marco, el bulto era imposible de ignorar.

El primer día fue profesional. Marco les explicó las poses: flotación libre, brazos extendidos, piernas abiertas o cerradas según la composición. El agua estaba fría al principio, pero el sol de mediodía la calentaba en la superficie. Los tres hombres se desnudaron sin ceremonia. Se metieron en el lago. Marco, desde una plataforma elevada y también desde el agua con una cámara subacuática protegida, empezó a disparar.

Las primeras horas fueron de trabajo puro. Leo flotaba de espaldas, brazos abiertos, polla relajada contra el vientre. Nico se giraba de lado, una mano en el pecho, la otra extendida. Viktor se hundía un poco más, el cuerpo muscular creando sombras bajo la superficie. El agua era tan clara que se veía todo: la curva del glúteo, la línea de la ingle, el peso de los testículos, el leve movimiento de las pollas con las corrientes.

Marco iba dando instrucciones:

—Leo, sube un poco más la cadera… eso. Nico, gira la cabeza hacia la luz. Viktor, abre un poco más las piernas.

El clic de la cámara se mezclaba con el chapoteo suave. El sol bajaba. Las sombras se alargaban. Y el ambiente empezó a cambiar.

Fue Leo quien lo notó primero. Estaba flotando de espaldas cuando sintió que la corriente, o tal vez la cercanía de los otros dos cuerpos, le rozaba la polla. Abrió los ojos y vio que Nico estaba más cerca de lo necesario. La mano de Nico, que debía estar extendida para la composición, había bajado y ahora flotaba a pocos centímetros de su muslo.

—Un poco más juntos —dijo Marco desde la orilla, sin darse cuenta todavía—. Quiero que se toquen las manos. Como si flotaran en el mismo sueño.

Nico extendió el brazo. Sus dedos rozaron los de Leo. El contacto fue eléctrico. Leo sintió que su polla se removía bajo el agua, hinchándose lentamente. El frío del lago ya no era suficiente para contenerla.

Viktor, desde abajo, observaba. Su propia polla había empezado a engordar. El agua transparente no perdonaba. Se veía perfectamente cómo el miembro se levantaba, pesado, apuntando hacia la superficie.

Marco bajó al agua con la cámara. Quería planos más cercanos. Se acercó nadando hasta quedar a un metro de los tres cuerpos entrelazados.

—Perfecto… ahora, Leo, pon la mano en el pecho de Nico. Nico, toca el hombro de Viktor. Viktor, sube la pierna un poco…

Las manos empezaron a moverse. Lo que debía ser un toque artístico se prolongó. La palma de Leo se deslizó más abajo del pecho de Nico, rozando el pezón duro. Nico soltó un sonido bajo, casi un gruñido, y su mano bajó por la espalda de Leo hasta posarse en la curva del glúteo.

Marco siguió disparando. El obturador no paraba. Pero sus ojos ya no miraban solo la composición. Miraban la polla de Leo, ahora completamente dura, flotando gruesa y oscura contra el vientre pálido. Miraban cómo la de Nico se había puesto rígida, la cabeza rosada emergiendo del prepucio. Miraban el miembro de Viktor, grueso y venoso, que se balanceaba con cada movimiento del agua.

—Sigan… —dijo Marco, y su voz sonó más grave—. Más cerca.

Las manos ya no fingían. Nico agarró la polla de Leo bajo el agua. El contacto fue directo, sin disimulo. Leo arqueó la espalda y soltó un gemido que se perdió en el eco del lago. Viktor se acercó por detrás de Leo, pasó un brazo por su cintura y con la otra mano rodeó la polla de Nico. Los tres formaban un triángulo de cuerpos mojados, piel resbaladiza, respiraciones agitadas.

Marco bajó la cámara un segundo. El agua le llegaba al pecho. Su propia polla estaba dura dentro del bañador. Se lo bajó sin pensarlo. La polla saltó libre, gruesa, ya goteando.

—No pares —ordenó, ahora sin pretender profesionalismo—. Quiero ver cómo se la chupan.

Leo no necesitó más invitación. Se giró en el agua, hundió la cabeza y tomó la polla de Nico en la boca. El sabor era a lago y a piel caliente. Chupó con ganas, hundiendo la cabeza hasta que la nariz rozó el vello púbico mojado. Nico gruñó y agarró el cabello de Leo, empujándolo más abajo. Burbujas subieron a la superficie.

Viktor se colocó detrás de Leo. Separó las nalgas firmes con ambas manos y presionó la cabeza de su polla contra el agujero cerrado. Escupió en la mano, se untó, y empujó. El agua hacía que todo resbalara. Entró lento, centímetro a centímetro, mientras Leo gemía alrededor de la polla de Nico. Cuando estuvo completamente dentro, empezó a follar con embestidas profundas y fluidas, el agua amortiguando el sonido pero no la fuerza.

Marco nadó hasta ellos. Se situó al lado de Nico y le ofreció su propia polla. Nico la tomó con la mano libre y se la metió en la boca sin dudar. Ahora había cuatro cuerpos. El fotógrafo y los tres modelos. El reportaje había muerto. Solo quedaba el sexo.

El agua se movía con ellos. Cada embestida de Viktor sacudía el cuerpo de Leo, haciendo que su boca se hundiera más en la polla de Nico. Marco follaba la boca de Nico con movimientos cortos y precisos, mirando cómo la saliva y el agua se mezclaban en la barbilla del modelo. De vez en cuando sacaba la polla y se la restregaba por la cara de Nico, dejando rastros brillantes.

Cuando Leo necesitó aire, subió a la superficie jadeando. Viktor no dejó de follarlo. Lo mantuvo agarrado de las caderas, embistiendo fuerte, la polla gruesa abriéndolo una y otra vez. Leo giró la cabeza y buscó la boca de Nico. Se besaron con violencia, lenguas entrelazadas, mientras Marco se masturbaba mirándolos.

—Cámbien —dijo Marco, con la voz ronca—. Quiero ver a Viktor comiendo culo.

Se reorganizaron. Ahora Leo flotaba de espaldas, las piernas abiertas y sostenidas por Nico. Viktor se hundió entre ellas y hundió la cara en el culo de Leo. La lengua entró sin ceremonias, lamiendo el agujero todavía abierto y resbaladizo de semen y agua. Leo soltó un grito que resonó en las rocas. Nico aprovechó para montarse a horcajadas sobre el pecho de Leo y meterle la polla en la boca otra vez.

Marco se colocó detrás de Viktor. Separó las nalgas musculosas del calvo y le escupió en el agujero. Luego empujó. Viktor gruñó contra el culo de Leo pero no se apartó. Al contrario, empujó hacia atrás, pidiendo más. Marco se la enterró entera de un solo empuje y empezó a follarlo con fuerza, las caderas chocando contra las nalgas mojadas de Viktor.

El lago se había convertido en una cama líquida. Los cuatro cuerpos se enredaban, se separaban, se volvían a unir. A veces dos chupaban al mismo tiempo la misma polla. Otras veces uno follaba mientras otro le follaba a él. El agua estaba tibia por el sol y por el calor de la fricción. El olor a sexo flotaba sobre la superficie: semen, saliva, sudor diluido.

En un momento, los tres modelos formaron una cadena. Leo de rodillas en el fondo poco profundo cerca de la orilla, el culo en alto. Nico se la metió por detrás. Viktor se colocó delante de Leo y le llenó la boca. Marco se situó detrás de Nico y se la metió a él. Cada embestida se transmitía a través de los cuerpos. El ritmo se volvió brutal. El agua salpicaba. Los gemidos se mezclaban con el chapoteo.

Cuando Nico se corrió, lo hizo dentro de Leo, llenándolo con chorros calientes que se escaparon alrededor de su polla y se diluyeron en el lago. Leo se corrió sin tocarse, solo con la estimulación interna y la polla de Viktor en la garganta. El semen le salió a borbotones, flotando blanco sobre el agua azul. Viktor se corrió en la boca de Leo segundos después, obligándolo a tragar mientras Marco seguía follando a Nico con embestidas profundas.

No terminaron ahí. Se movieron a la orilla rocosa, todavía mojados. Allí, fuera del agua, el sexo se volvió más animal. Leo se tendió de espaldas sobre una roca plana y caliente. Nico se sentó sobre su cara, ofreciéndole el culo todavía resbaladizo de semen. Leo lamió y chupó con ganas mientras Viktor le follaba el culo a Leo y Marco se la metía en la boca a Viktor.

Cambios de posición constantes. Doble penetración. Leo aguantó a Nico y a Viktor al mismo tiempo, uno en el culo y otro en la boca, mientras Marco se masturbaba encima de ellos y les venía en la cara. El semen se mezclaba con el agua que todavía goteaba de sus cuerpos. Se lamían unos a otros, se limpiaban con la lengua, se volvían a endurecer.

Al caer la tarde, el sol teñía el lago de naranja. Los cuatro estaban exhaustos, tumbados en las rocas, respirando agitados. Las pollas semiduras, los agujeros abiertos y rojos, la piel marcada de chupetones y dedos.

Marco miró la cámara que había dejado a un lado. Todavía tenía memoria. Muchas de las fotos del “reportaje” capturaban ya no solo cuerpos flotando, sino manos agarrando pollas, bocas abiertas, caras de placer.

Sonrió, todavía jadeante.

—Creo que el cliente va a querer una versión extendida del reportaje.

Nico rio, bajo, y se acercó a la polla de Marco, todavía manchada de semen. La tomó en la boca una vez más, lenta, saboreando.

—Entonces habrá que seguir rodando —murmuró contra la carne caliente—. Toda la noche si hace falta.

El agua del lago reflejaba los últimos rayos del sol. Los cuerpos se movieron otra vez. El sexo no había terminado. Solo había cambiado de escenario.

Y bajo la superficie, o sobre las rocas, o en cualquier rincón de aquella orilla escondida, el desenfreno continuó hasta que la oscuridad los cubrió por completo.

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