2.5.26

RelAtO. PiEs Y ANo, Parte 1



El vestuario olía a sudor viejo, goma quemada de zapatillas y desodorante barato que ya había perdido la batalla hacía horas. Las luces fluorescentes zumbaban por encima como insectos moribundos. Solo quedaban ellos dos en todo el pabellón anexo; el resto del equipo se había marchado hacía rato rumbo a cervezas y pizzas. Oscar y Alberto habían jugado el último partido de la eliminatoria —un dobles larguísimo y brutal que ganaron en el tercer set por 7-5 en el tie-break después de salvar cuatro bolas de partido—. Habían sudado tanto que las camisetas se podían escurrir. Ahora estaban desnudos, sentados en el banco de madera frente a las taquillas abiertas, con las toallas tiradas a un lado porque todavía hacía demasiado calor para envolverse.

Oscar, con el pelo negro todavía pegado a la frente, se inclinó hacia delante y cogió uno de sus propios calcetines blancos de tenis —antes impolutos, ahora grises y empapados—. Lo acercó a la nariz sin ningún disimulo y aspiró profundamente, cerrando los ojos. El olor era denso, ácido, salado, con ese matiz dulzón-ferroso que tiene el sudor de pies después de tres horas de desplazamientos laterales y arranques explosivos.

Alberto, que estaba secándose el pecho con la toalla, se quedó paralizado.

—¿Qué coño haces?

Oscar abrió los ojos despacio, sin soltar el calcetín. Sonrió de lado, esa sonrisa torcida que siempre ponía cuando estaba a punto de cruzar una línea que los demás ni siquiera veían.

—Huele a victoria… y a mí. —Volvió a inhalar, más lento esta vez, dejando que el aroma le llenara los pulmones—. ¿Nunca lo has hecho?

Alberto soltó una risa corta, incrédula.

—Joder, Óscar… estás fatal.

Pero no apartó la mirada. Sus ojos bajaron al calcetín arrugado entre los dedos de Oscar, luego subieron al rostro enrojecido por el partido y la vergüenza que no sentía del todo, y después —inevitablemente— bajaron más: al pecho lampiño todavía brillante, a los abdominales que se contraían con cada respiración profunda, al pene semierecto que colgaba pesado entre los muslos abiertos. Alberto tragó saliva. Su propia polla dio un salto visible.

Oscar lo notó.—¿Quieres oler los tuyos? —preguntó con voz ronca, casi inocente.

Alberto se quedó callado un segundo eterno. Luego, sin decir nada, se agachó y recogió sus propios calcetines negros con ribetes blancos, ahora empapados y con las marcas de los dedos de los pies perfectamente dibujadas en la tela—. Los acercó a su cara, dudando solo un instante antes de inspirar.

El olor le golpeó como un puñetazo. Más fuerte que el de Oscar, más animal. Alberto cerró los ojos y dejó escapar un gemido bajito, casi inaudible.

—Joder… —susurró.

Oscar se acercó un palmo, gateando sobre el banco hasta quedar a horcajadas frente a él, rodilla contra rodilla

.—¿Te gusta?

Alberto abrió los ojos. Los tenía oscuros, dilatados.

—No debería.

—Pero te gusta.

Silencio. Solo el zumbido de los fluorescentes y el goteo lejano de una ducha mal cerrada.

Alberto levantó la vista.

—¿Desde cuándo haces esto?

Oscar se encogió de hombros, todavía con el calcetín en la mano.

—Desde hace tiempo. Al principio solo después de entrenar solo… luego empecé a guardarlos en la bolsa para olerlos en casa. Y hace unos meses… —bajó la voz— empecé a pensar en cómo olerían los tuyos.

Alberto sintió que algo se rompía dentro del pecho. Llevaban tres años jugando juntos, viajando juntos, compartiendo habitación en torneos, duchándose a menos de un metro el uno del otro. Tres años de miradas que duraban un segundo de más, de roces “accidentales” en el vestuario, de bromas con doble sentido que nunca cruzaban del todo la línea. Tres años de amor reprimido y deseo que ninguno se atrevía a nombrar.

Hasta ahora.

Alberto soltó el calcetín y puso la mano en la nuca de Oscar, tirando de él con fuerza. Sus bocas chocaron torpemente al principio, dientes contra dientes, pero enseguida encontraron el ritmo. Lengua contra lengua, saliva caliente, gemidos ahogados. Oscar sabía a Gatorade de limón y sudor; Alberto a menta del chicle que había estado mascando durante el partido.

Se besaron como si se estuvieran peleando. Manos en todas partes: en el pelo mojado, en la nuca, en los pectorales, bajando por los costados hasta las caderas. Oscar mordió el labio inferior de Alberto hasta sacarle sangre; Alberto respondió apretando los glúteos de Oscar con tanta fuerza que dejaría marcas.

—Quítate… —jadeó Alberto contra su boca—. Quiero olerte entero.

Oscar se separó lo justo para sentarse de nuevo en el banco, abrió las piernas al máximo y levantó un pie hasta ponerlo sobre el muslo de Alberto.

—Empieza por aquí.

Alberto no dudó. Cogió el pie de Oscar con las dos manos, lo acercó a su cara y hundió la nariz entre los dedos. El olor era más concentrado ahí, más crudo. Lamio la planta sudorosa, desde el talón hasta la base de los dedos. Oscar soltó un gemido largo, gutural.

—Joder, Alberto…

Alberto chupó cada dedo, uno por uno, saboreando la sal y la suciedad del partido. Cuando terminó con un pie pasó al otro. Oscar ya estaba completamente duro, la polla roja y brillante apuntando al techo, goteando.

—Tu turno —dijo Oscar con voz temblorosa.

Alberto se tumbó de espaldas en el banco largo, cabeza apoyada en la taquilla. Oscar se subió encima, a horcajadas sobre su pecho, y fue subiendo hasta que sus huevos quedaron justo encima de la boca de Alberto.

—Huele primero —ordenó.

Alberto inspiró profundamente. El olor era abrumador: sudor, piel caliente, el leve rastro almizclado de la entrepierna después de horas de movimiento. Sacó la lengua y lamió desde el perineo hasta la base de la polla. Oscar tembló entero.

—Más abajo —susurró.

Alberto obedeció. Separó los glúteos de Oscar con las manos y hundió la cara entre ellos. La lengua encontró el ano sudoroso, lo rodeó, lo lamió en círculos lentos y luego empujó hacia dentro. Oscar gritó, apoyó las manos en la taquilla para no caerse y empezó a frotarse contra la cara de Alberto, embadurnándolo de sudor y saliva.

—Pídemelo —jadeó Alberto, la voz amortiguada.

—Chúpame el culo… por favor… más profundo…

Alberto empujó la lengua todo lo que pudo, follándolo con ella mientras su propia polla palpitaba contra su abdomen, dejando un reguero brillante. Oscar se masturbaba despacio, sin prisa, disfrutando cada roce.

Después de varios minutos Oscar se bajó, se arrodilló entre las piernas abiertas de Alberto y se inclinó hacia su entrepierna.

—Ahora tú.

Cogió la polla de Alberto con la mano —más gruesa que la suya, venosa, el glande oscuro y brillante— y la olió desde la base hasta la punta. Aspiró el olor fuerte de la ingle, del prepucio que todavía conservaba un leve rastro de esmegma del día anterior porque no se había duchado bien después del entrenamiento. Le encantó. Metió la lengua bajo el prepucio, limpiándolo, saboreándolo. Alberto arqueó la espalda y soltó un «¡joder!» ronco.

Oscar se la metió entera en la boca de un solo movimiento. Hasta la garganta. Se atragantó un poco, pero no paró. Subía y bajaba, dejando mucha saliva, haciendo ruido obsceno. Alberto le agarró el pelo y empezó a follarle la boca con movimientos cortos y duros.

—Te voy a correr en la garganta si sigues así…Oscar se apartó de golpe, jadeando.

—No todavía. Quiero que me folles primero.

Se giró, se puso a cuatro patas sobre el banco, culo en pompa, y separó los glúteos con las manos.

—Mírame.

Alberto se incorporó. El ano de Oscar estaba rosado, brillante de saliva, ligeramente abierto por la lengua de antes. Alberto escupió en su propia mano, se lubricó la polla y colocó el glande justo en la entrada.

—¿Estás seguro?

—Llevo tres putos años soñando con esto. Métemela de una vez.

Alberto empujó. Entró despacio al principio, solo la cabeza. Oscar siseó, apretó los dientes. Alberto se quedó quieto.

—¿Duele?

—Sigue… no pares…

Alberto empujó más. Centímetro a centímetro hasta que sus huevos quedaron pegados a los de Oscar. Los dos temblaban. Se quedaron así unos segundos, solo respirando, sintiendo cómo el cuerpo del otro se adaptaba.

Luego Alberto empezó a moverse. Primero lento, casi sacándola del todo y volviendo a entrar hasta el fondo. Cada embestida hacía que Oscar soltara un gemido grave. Pronto el ritmo aumentó. El sonido de piel contra piel resonaba en el vestuario vacío. Alberto agarró las caderas de Oscar con fuerza, clavándole los dedos.

—Más fuerte… —suplicó Oscar—. Fóllame como si me odiaras.

Alberto obedeció. Embestidas brutales, profundas, haciendo que el banco crujiera. Oscar se masturbaba al mismo tiempo, la mano volando sobre su polla. El sudor volvía a correrles por la espalda.

—Te quiero… joder… te quiero tanto… —soltó Alberto de pronto, sin filtro, mientras seguía clavándosela.

Oscar giró la cabeza, los ojos brillantes.—Y yo a ti… desde el primer día… no pares…

Alberto se inclinó sobre él, pecho contra espalda, y lo besó en el cuello, mordiendo. Cambió el ángulo y empezó a darle justo en la próstata. Oscar gritó.

—¡Ahí! ¡Joder, ahí!

Alberto aceleró, implacable. Oscar se corrió sin tocarse casi. El semen salió a chorros, salpicando el banco, el suelo, sus propios muslos. Su ano se contrajo alrededor de la polla de Alberto en espasmos violentos.

Eso fue demasiado. Alberto empujó una última vez, profundo, y se corrió dentro. Chorros calientes, abundantes. Sintió cómo su propio semen resbalaba hacia fuera mientras seguía moviéndose despacio, prolongando el orgasmo.

Se quedaron así, pegados, jadeando. Alberto salió despacio. Un hilo blanco grueso goteó del ano abierto de Oscar y cayó al suelo.

Se tumbaron en el banco, uno al lado del otro, piernas entrelazadas. Oscar apoyó la cabeza en el pecho de Alberto. Escuchaba su corazón todavía desbocado.

—¿Y ahora qué? —preguntó Alberto en voz baja.

Oscar levantó la mirada.

—Ahora seguimos. Pero ya no nos escondemos. Ni de nosotros… ni del equipo… ni de nadie.

Alberto sonrió, cansado pero feliz.

—Van a flipar.

—Que flipen. —Oscar se acercó y lo besó despacio, con lengua suave esta vez—. Mientras pueda olerte después de cada partido… me da igual todo lo demás.

Se quedaron en silencio un rato, acariciándose perezosamente. Luego Oscar se incorporó un poco.

—¿Sabes qué?

—¿Qué?

—Todavía no he olido tus sobacos.

Alberto soltó una carcajada.

—Estás loco.

—Loco por ti.

Y sin esperar respuesta, se inclinó y hundió la cara en la axila sudorosa de Alberto. Aspiró profundamente. El olor era intenso, masculino, perfecto.

Alberto cerró los ojos y suspiró.

—Joder… te amo.

—Y yo a ti —respondió Oscar contra su piel—. Ahora ven… vamos a la ducha. Quiero lavarte… y luego ensuciarte otra vez.

Se levantaron, tomados de la mano, desnudos y sin vergüenza. Caminaron hacia las duchas comunes. El agua caliente empezó a caer sobre ellos mientras se besaban bajo el chorro.

No fue el final.

Fue el comienzo.

Al AiRe

 











RelAtO. PiEs Y ANo, Parte 1

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