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6.1.26
Relato: Encuentro en el Aseo .3ªparte
Habían pasado cuatro meses desde aquella noche en el apartamento de Jorge, cuatro meses de mensajes subidos de tono, encuentros furtivos y noches que se alargaban hasta el amanecer. Jorge y Roberto habían encontrado un ritmo, una química que los mantenía volviendo el uno al otro, como imanes incapaces de resistir la atracción. Pero esa tarde, el destino los llevó de vuelta al lugar donde todo comenzó: los aseos del centro comercial, con sus azulejos blancos y su aire cargado de desinfectante.
Jorge entró primero, con una camiseta negra que se adhería a su torso y unos vaqueros que marcaban cada curva de sus piernas. Había ido al centro comercial por un recado, pero la idea de repetir el escenario original lo había tentado a mandar un mensaje a Roberto. Este no tardó en responder, y ahora estaba allí, entrando con esa seguridad que hacía que todas las cabezas se giraran. Llevaba una camisa azul oscuro, los primeros botones abiertos, dejando entrever el pecho bronceado que Jorge conocía tan bien.
Se encontraron frente a los urinarios, como la primera vez, pero ahora con una familiaridad que hacía que cada mirada fuera más audaz, más cargada. Jorge dejó que sus ojos bajaran, descarado, y Roberto respondió con una sonrisa ladeada, dejando que su propia mirada recorriera a Jorge sin disimulo. El aire entre ellos vibraba, pero no estaban solos. Un tercer hombre, Juan, estaba a pocos pasos, joven, quizás de veintitantos, con una piel morena y un cuerpo esbelto que se adivinaba bajo una camiseta ajustada. Sus ojos, oscuros y curiosos, captaron el intercambio entre Jorge y Roberto, y no se apartaron.
—Vaya, parece que este lugar nunca decepciona —dijo Roberto, rompiendo el silencio con su voz grave, mientras se ajustaba los vaqueros con un movimiento lento, casi provocador. Miró a Juan de reojo, incluyendo al desconocido en la conversación.
Jorge soltó una risa baja, sintiendo el calor subir por su pecho. —Eso parece. —Sus ojos se encontraron con los de Juan, que no se inmutó. En cambio, el joven dio un paso hacia ellos, su postura relajada pero alerta, como un felino evaluando una oportunidad.
—Soy Juan —dijo, con una voz suave pero segura, mientras terminaba y se acercaba al lavabo. Sus movimientos eran fluidos, y había algo en su forma de mirarlos, directa y sin vergüenza, que hizo que el pulso de Jorge se acelerara.
—Jorge —respondió este, secándose las manos lentamente, dejando que sus dedos rozaran los de Roberto al pasar—. Y él es Roberto.
El aire en el aseo se volvió denso, casi tangible. Los tres se miraron, evaluándose, la tensión creciendo como una cuerda a punto de romperse. Juan sonrió, un destello de dientes blancos que contrastaba con su piel. —¿Siempre es tan... interesante este lugar? —preguntó, inclinándose ligeramente hacia ellos, el tono de su voz cargado de insinuación.
Roberto fue el primero en moverse. —Depende de con quién te encuentres —dijo, repitiendo las palabras que había usado con Jorge meses atrás. Dio un paso hacia la cabina del fondo, la misma donde todo había comenzado, y miró a Jorge y a Juan con una ceja levantada. —Si quieren seguir charlando, hay más privacidad ahí.
Jorge no dudó. Con un gesto de cabeza invitó a Juan a seguirlos, y los tres entraron en la cabina, el espacio estrecho amplificando la cercanía de sus cuerpos. La puerta se cerró con un clic, y el silencio que siguió fue roto por la respiración pesada de los tres. Roberto fue el primero en actuar, empujando a Jorge contra la pared con un beso feroz, sus manos deslizándose bajo la camiseta de Jorge para acariciar su piel. Juan, sin perder tiempo, se acercó por detrás, sus manos encontrando las caderas de Roberto, presionándose contra él.
—Joder, esto es nuevo —susurró Jorge, su voz entrecortada mientras Roberto mordía su cuello, dejando marcas que ardían deliciosamente. Juan rió suavemente, sus labios rozando la nuca de Roberto mientras sus manos desabrochaban los vaqueros de este con una destreza sorprendente.
La ropa comenzó a caer, un frenesí de manos y dedos que desabrochaban, tiraban, liberaban. Jorge se encontró entre los dos, su cuerpo atrapado en un torbellino de sensaciones. Roberto, frente a él, lo besaba con una intensidad que lo hacía jadear, mientras Juan, detrás, exploraba el cuerpo de Roberto con una mezcla de curiosidad y deseo. Las manos de Juan encontraron a Jorge, acariciándolo con una presión firme que lo hizo arquearse, un gemido escapando de sus labios.
Roberto se giró, capturando la boca de Juan en un beso que era puro fuego, mientras Jorge aprovechaba para deslizarse hacia abajo, sus labios trazando un camino por el pecho de Roberto hasta llegar a su entrepierna. La dureza de Roberto era familiar, pero no por eso menos excitante, y Jorge no perdió tiempo, tomándolo con una lentitud que arrancó un gruñido de su garganta. Juan, mientras tanto, se ocupó de Jorge, sus manos y boca explorando con una precisión que hablaba de experiencia.
El espacio reducido de la cabina amplificaba cada sonido: el roce de la piel, los jadeos, los gemidos bajos. Roberto, con una mano en el cabello de Jorge, lo guiaba, mientras con la otra alcanzaba a Juan, tirando de él para compartir un beso a tres bandas, desordenado, hambriento. Luego, en un movimiento fluido, Roberto se apartó, empujando a Jorge hacia Juan. —Tu turno —susurró, su voz ronca de deseo.
Juan no necesitó más invitación. Con un condón en la mano, preparado con la rapidez de quien había anticipado el momento, se acercó a Jorge, sus cuerpos alineándose. La sensación de Juan entrando en él, lenta pero implacable, hizo que Jorge se aferrara a los hombros de Roberto, que lo besaba con una intensidad que lo mantenía anclado. Cada embestida de Juan era precisa, arrancándole gemidos que resonaban en el pequeño espacio.
Pero Jorge no estaba dispuesto a ser el único. Con un movimiento decidido, giró la dinámica, empujando a Roberto contra la pared. Preparó a Roberto con cuidado, sus dedos moviéndose con una mezcla de firmeza y reverencia, mientras Juan observaba, su respiración pesada. Cuando Jorge se deslizó dentro de Roberto, el gruñido que este soltó fue suficiente para hacer que el calor en el cuerpo de Jorge se intensificara. Juan, no dispuesto a quedar fuera, se acercó, sus manos y labios alternando entre los dos, creando un circuito de placer que los tenía a todos al borde.
El clímax llegó en una explosión de sensaciones, primero para Jorge, que se perdió en el calor de Roberto, luego para Juan, que se dejó ir con un gemido ahogado, y finalmente para Roberto, cuyo cuerpo tembló bajo el peso de los dos. Se sostuvieron mutuamente, respirando con dificultad, el sudor brillando en sus pieles.
Cuando finalmente se separaron, ajustándose la ropa en el silencio cargado de la cabina, Juan sonrió, un brillo travieso en sus ojos. —¿Saben? Creo que este centro comercial acaba de convertirse en mi lugar favorito.
Jorge y Roberto rieron, todavía jadeando. —Tal vez nos volvamos a cruzar —dijo Roberto, guiñándole un ojo a Juan mientras salían, uno por uno, al bullicio indiferente del centro comercial.
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PuBIS
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