11.10.26

fLuidOS CoRPOraLes











 

rELaTO. iVAn eL mIRon



Me llamo Iván y aquella tarde de julio el sol me estaba asando vivo. Tenía veintisiete años, el pelo revuelto por el viento y una toalla azul descolorida extendida sobre la arena fina de una playa casi desierta a las afueras de Valencia. Era uno de esos días en los que el calor te pega en la nuca como una mano caliente y el mar parece un espejo brillante. Yo estaba tumbado boca abajo, leyendo un libro que no avanzaba porque me distraía cada dos páginas mirando a la gente. O, más bien, mirando a los tíos.

Llegó él hacia las cuatro. Lo vi de lejos: un chico de mi edad, quizás un poco más joven, con una gorra azul oscura, pantalones cortos grises y una camiseta blanca que se quitó en cuanto puso el pie en la arena. Caminaba con esa mezcla de seguridad y despiste que tienen algunos. Se acercó a unos metros de mí, extendió una toalla beige, se quitó las chanclas y se tumbó de lado, de espaldas a mí. En menos de cinco minutos ya estaba dormido. Se le veía el pecho suave, un poco de vello oscuro entre los pectorales, una cadena fina de oro que le brillaba con el sol, y los pantalones cortos subidos de forma que se le marcaba el culo y, por debajo, el elástico negro del bañador. Respiraba despacio. La gorra le tapaba media cara.

Yo lo miré. Una vez. Dos. Tres. Me dije que era de mala educación, que no se mira a la gente dormida. Pero seguí mirando. Tenía los labios entreabiertos, la mano izquierda apoyada junto a la cara, una pulsera roja en la muñeca. El sol le estaba poniendo la piel de un tono dorado. Se le veía un pezón, rosado, y el otro a medias. Me reí por dentro, como un idiota. “Iván, eres un mirón”, me dije. Y seguí mirando.

Pasaron las horas. El sol bajaba. Yo leía tres páginas y levantaba la vista. Él no se movía. Solo se removía un poco de vez en cuando, como si soñara algo agradable. En un momento, sin darme cuenta, saqué el móvil. No sé por qué. Quizá porque la luz era perfecta, o porque me daba miedo que se despertara y se fuera sin que yo hubiera guardado esa imagen. Hice la foto. Una sola. Él de lado, la gorra, el pecho, los pantalones un poco bajados dejando ver el bañador negro y el comienzo de las nalgas. Guardé el móvil como si hubiera robado algo. Me sentí un poco gilipollas y un poco emocionado a la vez.

Seguí ahí. Ya eran casi las siete cuando él se despertó. Se incorporó despacio, se quitó la gorra, se pasó la mano por el pelo oscuro y se giró. Nuestros ojos se encontraron. Yo estaba sentado, con las rodillas dobladas, fingiendo que miraba el mar. Él me miró. Yo le miré. Y los dos sonreímos como dos bobos. Una sonrisa tonta, amplia, de esas que te salen cuando te pillan en medio de un pensamiento vergonzoso.

—Hola —dije yo, porque alguien tenía que decir algo.

—Hola —respondió él. Tenía la voz ronca de haber dormido, un poco grave, con un acento que no supe situar del todo—. ¿Llevas mucho rato aquí?

—Desde las tres. Tú… te has quedado frito.

Se rió. Se rió con los ojos entrecerrados, pasándose la mano por la cara.

—Joder, sí. El sol me ha dejado K.O. Me llamo Roi.

—Iván.

Nos dimos la mano. La suya estaba caliente, un poco arenosa. Nos quedamos mirándonos otro segundo de más y volvimos a sonreír como idiotas.

Hablamos de tonterías. Del calor. De que la playa estaba casi vacía. De que el agua estaba todavía templada. Le dije que yo venía casi todos los días después del trabajo. Él me contó que estaba de vacaciones, que vivía en Barcelona pero había venido a ver a unos primos. Mientras hablábamos se sentó de frente, con las piernas cruzadas, y los pantalones cortos se le bajaron un poco más. Se le veía el bulto del bañador negro, no demasiado marcado, pero suficiente para que mi mirada bajara un segundo y subiera otra vez, culpable. Él se dio cuenta. No dijo nada. Solo sonrió de lado.

—¿Quieres bañarte? —preguntó de pronto—. Me muero de calor.

Nos levantamos. Él se quitó los pantalones cortos de un tirón y se quedó solo con el bañador negro, ceñido, que le marcaba el culo redondo y el comienzo de los muslos. Yo me quité la camiseta. Entramos en el agua. Estaba perfecta. Nadamos un poco, nos salpicamos como críos, nos reímos cuando una ola nos tumbó. En un momento, bajo el agua, su mano rozó mi cintura. Fue un segundo. Cuando salimos a la superficie los dos estábamos sonriendo otra vez como bobos.

—Perdona —dijo él, sin parecer muy arrepentido.

—No hay nada que perdonar.

Nos quedamos flotando cerca el uno del otro. El sol empezaba a ponerse. El cielo se volvía naranja. Roi se acercó un poco más.

—Oye… —empezó, y se mordió el labio inferior—. Antes… cuando dormía… ¿me has estado mirando?

Me puse colorado hasta las orejas. Él se rió.

—Tranquilo. Me pasa igual. Cuando me he despertado y te he visto… he pensado “joder, qué tío más guapo”.

Me quedé sin palabras. Solo pude sonreír como un tonto.

—Yo… te hice una foto —confesé, y me arrepentí en el mismo segundo.

Él abrió los ojos, sorprendido, y luego se partió de risa.

—¿En serio? ¿Me has fotografiado dormido como un puto stalker romántico?

—Sí. Perdona. Es que… la luz. Y tú. Y no sé.

—Enséñamela.

Saqué el móvil, todavía con las manos mojadas, y se la mostré. Él la miró, se rió otra vez y negó con la cabeza.

—Estoy hecho un cuadro. Y se me ve medio culo. Eres un pervertido, Iván.

—Un poco —admití.

—Me gusta.

Nos miramos. El agua nos llegaba al pecho. Roi se acercó hasta que nuestros cuerpos casi se tocaban. Su mano encontró mi cintura bajo el agua, los dedos resbaladizos de sal.

—¿Quieres… salir del agua y seguir hablando en la toalla? —preguntó en voz baja.

Asentí.

Volvimos a la arena. Nos tumbamos de lado, uno frente al otro, las toallas juntas. El sol ya casi se había escondido. Roi se quitó la gorra del todo y se pasó los dedos por el pelo húmedo. Yo no podía dejar de mirarle la boca.

—Nunca he hecho esto —dije, ingenuo, sincero—. Hablar con un tío en la playa y… sentir que me voy a morir si no le beso.

Él se acercó más. Nuestras rodillas se tocaron.

—Yo tampoco. Pero si no me besas en los próximos cinco segundos creo que me voy a tirar al mar otra vez de la vergüenza.

Me reí. Y le besé.

El primer beso fue torpe, salado, con sabor a mar y a nervios. Nuestros labios se encontraron, se separaron un segundo, volvieron a juntarse. Su lengua era suave, curiosa. Mi mano subió a su nuca. La suya bajó a mi espalda. Nos besamos como si lleváramos años esperando ese momento y a la vez como si fuera la primera vez que alguien nos tocaba. Cuando nos separamos, los dos respirábamos agitados y sonreíamos como bobos otra vez.

—Joder —susurró él—. Qué bien besas.

—Tú también.

Seguimos besándonos. Las manos empezaron a moverse. La mía bajó por su pecho, sintiendo el vello fino, el pezón que se endureció bajo mis dedos. La suya se coló bajo mi bañador, rozando el comienzo de mi culo. Me estremecí. Él se dio cuenta y sonrió contra mi boca.

—¿Te gusta?

—Mucho.

La playa estaba casi vacía. Solo se veían un par de siluetas lejanas. Roi miró alrededor y luego volvió a mirarme.

—¿Quieres que… sigamos aquí o buscamos un sitio más discreto?

—Aquí —dije, valiente de repente—. Pero despacio.

Él asintió. Se tumbaron de frente, cubiertos a medias por las toallas. Su mano bajó por mi pecho, por mi vientre, y se metió dentro de mi bañador. Me encontró ya medio duro. Sus dedos me rodearon con suavidad, subiendo y bajando despacio, explorando. Yo solté un suspiro contra su cuello.

—Estás caliente —murmuró, divertido—. Y duro.

—Tú también —respondí, metiendo la mano en su bañador. Lo encontré grueso, caliente, ya completamente erecto. La piel era suave, la cabeza un poco más gruesa. Lo acaricié con la misma lentitud con la que él me tocaba a mí.

Nos masturbamos el uno al otro allí, en la arena, bajo las toallas, besándonos entre gemidos bajos. El roce de su mano era perfecto: ni demasiado fuerte ni demasiado suave. De vez en cuando pasaba el pulgar por la punta, recogiendo el líquido que ya empezaba a salir, y lo usaba para lubricar. Yo hacía lo mismo con él. Nuestros cuerpos se pegaban, las caderas se movían solas. En un momento, Roi bajó la cabeza y me besó el pecho, lamiendo un pezón, chupándolo con suavidad. Me arqueé.

—Roi…

—Dime.

—Quiero chupártela.

Él se rió bajito, nervioso y excitado a la vez.

—Aquí… ¿en la playa?

—Sí. Tápame con la toalla.

Nos movimos. Él se tumbaron de espaldas, yo me coloqué entre sus piernas, cubierto por la toalla beige. Le bajé el bañador lo justo. Su pene saltó libre, grueso, con una vena marcada en el lado izquierdo, la punta brillante. Lo miré un segundo, fascinado, y luego lo tomé en la boca.

Sabía a mar y a piel limpia. Lo chupé despacio, saboreando, bajando todo lo que pude, subiendo, lamiendo la cabeza, jugando con la lengua. Roi soltó un gemido ahogado, una mano en mi pelo.

—Joder, Iván… qué bien lo haces.

Seguí. Más profundo. Más húmedo. Saliva resbalando. Él movía las caderas con cuidado, sin empujar demasiado. Yo le acariciaba los testículos con la mano libre, suaves, calientes. En un momento levanté la vista y lo vi mirándome, los ojos entrecerrados, la boca entreabierta, sonriendo como un idiota feliz.

—Voy a correrme si sigues así —advirtió.

Me aparté un poco.

—No todavía. Quiero… más.

Nos incorporamos. Roi me miró con esa sonrisa traviesa.

—¿Quieres que te folle aquí o preferimos buscar un sitio?

Miré alrededor. La playa seguía casi vacía. El sol ya se había escondido del todo. Solo quedaba la luz azulada del atardecer.

—Aquí. Pero rápido y callados.

Él asintió. Sacó un paquete de lubricante de un bolsillo de los pantalones (después me confesó que siempre llevaba uno “por si acaso”, y nos reímos durante cinco minutos). Me puso de lado, de espaldas a él. Me bajó el bañador hasta los muslos. Sus dedos, lubricados, me tocaron el culo con una ternura que me hizo temblar. Uno, despacio. Luego dos. Me preparó con paciencia, preguntándome todo el tiempo:

—¿Así está bien? ¿Te duele? ¿Quieres más?

—Más —susurré.

Cuando entró, lo hizo centímetro a centímetro. Era grueso. Me quemaba un poco al principio, pero el lubricante y su lentitud lo hicieron fácil. Cuando estuvo del todo dentro, nos quedamos quietos un momento, respirando. Su pecho pegado a mi espalda. Su boca en mi hombro.

—Dios, Iván… qué estrecho estás. Qué caliente.

Empezó a moverse. Despacio al principio. Luego un poco más rápido. Cada embestida me hacía morder la toalla para no gemir alto. Su mano rodeó mi pene y me masturbó al mismo ritmo. La arena se nos pegaba a la piel. El olor a mar y a sexo nos envolvía. En un momento se detuvo, me hizo girarme un poco y me besó mientras seguía follándome, profundo, constante.

—Me voy a correr —advirtió, la voz rota.

—Dentro —le dije, sin pensarlo—. Quiero sentirte.

Él gimió, aceleró un poco, y se corrió. Lo sentí latir dentro de mí, caliente, abundante. Eso me empujó a mí también. Me corrí en su mano, manchando la toalla, temblando, mordiéndole el hombro para no gritar.

Nos quedamos abrazados, todavía unidos, respirando agitados, riéndonos bajito como dos críos que han hecho una travesura.

—Eso… —dijo él al cabo de un rato—… ha sido la mejor siesta de mi vida.

Me reí tanto que se le salió el pene. Nos limpiamos como pudimos con la toalla, nos subimos los bañadores y nos quedamos tumbados mirando las estrellas que empezaban a salir.

Hablamos durante horas. De todo. De nuestros trabajos (yo diseñador gráfico, él profesor de educación física). De exnovios. De que los dos éramos un desastre con las apps de citas. De que ninguno de los dos había sentido nunca algo tan inmediato y tan tonto y tan intenso a la vez. Nos besamos cada dos minutos. Nos tocamos por encima de la ropa como adolescentes. En un momento, Roi se puso serio:

—Mañana me vuelvo a Barcelona. Pero… ¿podemos vernos otra vez?

—Claro que sí, idiota.

Al día siguiente, en cuanto llegué a casa, le envié la foto. El mensaje decía solo: “Para que no se te olvide cómo te conocí. El mirón de la playa”.

Él respondió en menos de un minuto con una foto suya, recién duchado, solo con una toalla a la cintura, sonriendo a cámara, y el texto: “Para que no se te olvide lo que me hiciste después. El dormilón de la gorra”.

Nos escribimos todos los días. Videollamadas que terminaban en masturbaciones mutuas, risas, confesiones. Tres semanas después cogí un tren a Barcelona. Él me esperaba en la estación con la misma gorra azul. Cuando nos vimos, nos abrazamos tan fuerte que casi nos caemos. Esa misma noche, en su piso pequeño de Gràcia, nos follamos en el sofá, en la cama, contra la pared de la ducha. Esta vez sin prisa. Esta vez pudiendo gemir todo lo alto que quisiéramos. Esta vez mirándonos a los ojos mientras él me entraba despacio y me decía:

—Desde aquella playa no he dejado de pensar en ti.

Yo, con las piernas alrededor de su cintura, solo pude responder:

—Yo tampoco. Y no pienso dejarlo.


La intimidad posterior

Aquella primera noche en el piso de Roi en Gràcia fue solo el principio. Después de follarnos en el sofá, en la cama y contra la pared de la ducha, nos quedamos tumbados en el colchón deshecho, sudorosos, con las sábanas hechas un ovillo a los pies. El aire olía a sexo, a gel de ducha de menta y a la cena a medias que habíamos abandonado en la cocina. Roi tenía la cabeza apoyada en mi pecho y yo le acariciaba el pelo todavía húmedo.

—Oye —murmuró él, con esa voz ronca que se le quedaba después de correrse—. ¿Te has dado cuenta de que no hemos parado de sonreír como idiotas desde que nos vimos en la estación?

Me reí. Él levantó la cara y me miró con esos ojos oscuros que se le entrecerraban cuando estaba contento.

—Es que eres un bobo —le dije—. Un bobo con un culo increíble y un pene que todavía está medio duro contra mi muslo.

Roi se rio bajito y se subió un poco hasta quedar a mi altura. Me besó despacio, sin prisas, saboreando. Su lengua jugaba con la mía, perezosa. La mano le bajó por mi pecho, rozó un pezón y siguió hasta mi vientre. Me encontró otra vez semierecto, sensible.

—¿Otra vez? —preguntó, fingiendo sorpresa.

—Tú tienes la culpa. Llevas tres semanas mandándome fotos de tu polla y ahora la tengo aquí de verdad.

Él sonrió contra mi boca y se colocó entre mis piernas. Me abrió los muslos con suavidad, me miró un segundo —esa mirada de “voy a comerte entero”— y bajó. Primero me lamió los testículos, despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Luego subió por el tronco, lamiendo la vena que se me marcaba, hasta llegar a la cabeza. Me la metió en la boca con una lentitud deliciosa. Chupaba con la lengua plana, subía y bajaba sin prisa, a veces deteniéndose solo para lamer el agujerito y saborear lo que ya empezaba a salir.

Yo tenía las manos en su pelo, sin empujar, solo acariciando. Gemía bajito, diciéndole lo bien que lo hacía, lo rico que se sentía. Roi levantaba la vista de vez en cuando, con la boca llena, y me miraba como si estuviera disfrutando tanto como yo. Cuando notó que me acercaba, se apartó, me dio un último lengüetazo y se subió otra vez.

—No todavía —susurró—. Quiero correrme contigo dentro.

Se estiró hasta la mesita, cogió el lubricante y se puso un poco en los dedos. Se arrodilló a horcajadas sobre mí, se abrió las nalgas con una mano y se introdujo primero un dedo, luego dos, preparándose mientras me miraba. Yo le acariciaba los muslos, el vientre, el pene que le colgaba pesado y ya otra vez duro.

—Estás precioso así —le dije, sincero, un poco tonto—. Abriéndote para mí.

Roi se sonrojó un poco, pero sonrió.

—Cállate y fóllame, Iván.

Se colocó, bajó despacio y me fue tragando centímetro a centímetro. Cuando estuvo del todo sentado, se quedó quieto un momento, respirando, con las manos apoyadas en mi pecho. Yo le sujetaba las caderas. Empezó a moverse. Subía hasta casi sacarme y bajaba de golpe, profundo. El sonido húmedo de nuestra piel chocando llenaba la habitación. Su pene rebotaba contra mi vientre cada vez que bajaba. Yo lo masturbaba al ritmo de sus movimientos.

—Más rápido —le pedí.

Obedeció. Se dejó caer con más fuerza, gimiendo cada vez que me enterraba hasta el fondo. En un momento se inclinó hacia delante y me besó, sin dejar de cabalgarme. Nos corrimos casi juntos: él primero, manchándome el pecho y el cuello, y yo justo después, agarrándole el culo con las dos manos y empujando hacia arriba mientras me vaciaba dentro de él.

Nos quedamos así, unidos, temblando, riéndonos bajito entre besos.

A partir de esa noche la intimidad se volvió nuestra rutina y nuestra fiesta a la vez. Al día siguiente nos despertamos tarde. Roi se levantó primero, desnudo, y fue a hacerse café. Yo me quedé mirándole el culo mientras se movía por la cocina. Cuando volvió con dos tazas, se sentó a horcajadas sobre mí otra vez, todavía blando, y me dio un beso con sabor a café.

—Buenos días, mirón.

—Buenos días, dormilón.

Nos follamos otra vez antes del desayuno. Esta vez fui yo quien se puso a cuatro patas en la cama. Roi me preparó con la lengua primero —esa lengua caliente y juguetona que me abría despacio, me lamió el agujero hasta que estuve temblando— y después me penetró con una lentitud casi cruel. Me follaba profundo, agarrándome de las caderas, inclinándose para besarme la espalda y susurrarme al oído lo apretado que estaba, lo mucho que le gustaba verme así. Cuando se corrió, se quedó dentro un rato, latiendo, y después me dio la vuelta y me chupó hasta hacerme correr en su boca.

Las semanas siguientes fueron un aprendizaje constante de los cuerpos del otro. Descubrimos que a Roi le gustaba que le mordiera suavemente los pezones mientras le follaba. Que a mí se me ponía la piel de gallina cuando me lamía el cuello justo detrás de la oreja. Que los dos éramos un desastre de risas cuando intentábamos posturas complicadas y terminábamos cayendo de la cama.

Una noche, después de una cena de pizza fría y cerveza, nos pusimos a vernos porno juntos en el sofá, desnudos, tocándonos sin prisa. Roi me miró de repente, serio:

—¿Alguna vez has pensado en… que te folle yo a ti y después tú a mí, el mismo día, sin parar?

Asentí. Esa misma noche lo hicimos. Primero me puso de lado, me abrió con los dedos y me penetró con esa mezcla de fuerza y cariño que solo él tenía. Me folló hasta que me corrí sin tocarme, solo con su pene dándome en el punto exacto. Después, sin apenas recuperarnos, me monté encima de él y le devolví el favor. Le cabalgué despacio, mirándole a los ojos, diciéndole lo mucho que me gustaba sentirlo dentro, lo rico que se ponía su cara cuando estaba a punto de correrme. Cuando se vació otra vez dentro de mí, nos abrazamos y nos reímos porque estábamos hechos un desastre de semen, sudor y amor.

Había mañanas en las que nos despertábamos ya duros, frotándonos el uno contra el otro bajo las sábanas, besándonos con aliento de dormidos, hasta corrernos juntos sin ni siquiera penetrarnos. Había tardes en las que Roi llegaba del trabajo, me encontraba cocinando en calzoncillos y me empujaba contra la encimera, me bajaba la ropa y me follaba allí mismo, con la sartén todavía al fuego. Había noches en las que solo nos masturbábamos el uno al otro, mirándonos, contándonos fantasías tontas y románticas a la vez: “Quiero llevarte otra vez a esa playa y follarte con la gente lejos, pero sabiendo que alguien podría vernos”. “Quiero que me despiertes chupándome la polla”. “Quiero dormirme todavía dentro de ti”.

Y siempre, siempre, entre embestida y embestida, entre gemido y risa, nos mirábamos con esa misma sonrisa de bobos del primer día en la playa. Como si no pudiéramos creer que aquello era real. Como si cada vez que uno se corría dentro del otro, o en su boca, o sobre su pecho, estuviéramos firmando otra vez el mismo pacto silencioso: ya no nos separamos.

Un domingo por la mañana, meses después, estábamos en la cama. Roi me tenía debajo, moviéndose con esa lentitud que me volvía loco, entrando y saliendo casi hasta el final. Me besaba los párpados, la punta de la nariz, los labios. Yo le acariciaba la espalda, el culo, el hueco detrás de las rodillas.

—Te quiero —dijo de pronto, sin dejar de moverse.

Yo sonreí, tonto, feliz, lleno de él.

—Y yo a ti, dormilón.

Él aceleró un poco, me agarró las manos, las entrecruzó con las suyas contra la almohada, y nos corrimos juntos, mirándonos, sin dejar de sonreír. Cuando terminó, se dejó caer sobre mí, todavía dentro, y susurró contra mi cuello:

—La próxima vez que vayamos a la playa… quiero que me hagas otra foto. Pero esta vez despierto. Y con tu polla en la boca.

Me reí hasta que me dolió la barriga. Y después lo volví a besar. Y después, cómo no, lo volvimos a hacer.

Porque con Roi la intimidad no era solo follar. Era reírse mientras te corrías. Era decir tonterías con la boca llena de semen. Era quedarse dormido todavía pegados y despertarse igual de enamorados. Era mirarse después de correros y pensar, una vez más: “Hostia, qué suerte hemos tenido de sonreírnos como bobos aquella tarde en la arena”.

Y así seguimos. Día tras día. Noche tras noche. Cuerpo contra cuerpo. Sonrisa contra sonrisa.

Al día siguiente nos despertamos abrazados, la sábana a los pies, el semen seco en la piel, las sonrisas de bobos todavía en la cara. Roi me miró, se rió y dijo:

—Creo que ya no me separo de ti.

Y no lo hizo.

Desde entonces hemos vuelto a esa playa cada verano. A veces nos tumbamos exactamente en el mismo sitio. A veces me pide que le haga otra foto mientras finge dormir. Y siempre, siempre, terminamos riéndonos como idiotas, besándonos con sabor a sal, y recordando el día en que un mirón y un dormilón se sonrieron como bobos y se follaron por primera vez bajo una toalla, sin saber que estaban empezando el resto de sus vidas.

Porque a veces el amor llega así: con una siesta, una foto robada, una sonrisa tonta y un “hola” que se convierte en para siempre.


La dinámica emocional

Al principio pensé que lo nuestro era solo química. Esa mezcla peligrosa de sol, arena, una foto robada y dos sonrisas de idiota. Creí que el deseo se agotaría cuando nos hubiéramos follado lo suficiente, cuando el misterio se desvaneciera y quedáramos solo dos tíos que se caían bien y se excitaban juntos. Me equivocaba por completo.
La primera vez que me di cuenta de que algo más grande estaba pasando fue la tercera noche en su piso. Habíamos follado dos veces ya. Estábamos en la cama, todavía sudorosos, y Roi tenía la cabeza apoyada en mi hombro. De pronto se quedó callado. Demasiado callado. Yo le acariciaba el pelo sin pensar y de repente noté que su respiración había cambiado.

—¿Pasa algo? —pregunté, bajito.

Él tardó un segundo en responder. Cuando habló, la voz le salió más pequeña de lo habitual.

—Es que… me da miedo.

Me giré un poco para mirarle. Tenía los ojos abiertos, mirando al techo.

—¿Miedo de qué?

—De lo bien que me siento contigo. De que esto sea demasiado rápido. De que dentro de dos semanas yo esté más enganchado que tú y tú ya no quieras saber nada. De que cuando vuelvas a Valencia me convierta en el típico tío que mira el móvil cada cinco minutos esperando un mensaje que no llega.

Me quedé quieto. El corazón me latía raro. No de excitación, sino de algo más frágil.

—Roi… —empecé, y se me trabó la lengua. Nunca se me había dado bien hablar de estas cosas—. Yo también tengo miedo. Desde que te vi dormido en la playa no he dejado de pensar en ti. Y no solo en follarte. En cómo te ríes. En cómo se te pone la voz cuando estás medio dormido. En que me gusta cuando te pones serio y de repente sonríes como un crío. Me da miedo que esto sea solo una historia de verano para ti y para mí se convierta en algo que me duela después.

Él se incorporó un poco. Me miró de verdad. Sin la sonrisa de siempre. Sin la capa de humor que usábamos los dos para no ponernos demasiado intensos.

—No es una historia de verano —dijo—. No quiero que lo sea.

Nos quedamos callados un rato. Luego él apoyó la frente contra la mía y susurró:

—Prométeme que si en algún momento dejas de sentirlo, me lo dirás. No me dejes en evidencia. No me hagas el típico “estoy liado con el trabajo” mientras en realidad ya no te apetezco.

—Te lo prometo —respondí—. Pero solo si tú me prometes lo mismo.

Nos besamos. No fue un beso de follar. Fue un beso de “hostia, esto va en serio”. Después nos abrazamos y nos dormimos así, pegados, sin follar otra vez. Esa noche sentí por primera vez que el cuerpo de Roi no era solo un sitio donde correrme. Era un sitio donde podía quedarme.

Las semanas siguientes la dinámica emocional se fue enredando con la sexual de una forma que me desarmaba. Había días en los que el deseo era urgente, casi salvaje: llegábamos a casa y nos tirábamos el uno al otro como si lleváramos meses sin vernos. Pero también había noches en las que el sexo se volvía lento y silencioso, casi solemne. Roi me miraba a los ojos mientras me penetraba y yo veía en su mirada algo que me hacía querer llorar de lo vulnerable que se ponía. Después, cuando nos corríamos, no nos reíamos siempre. A veces solo nos abrazábamos fuerte y nos quedábamos quietos, respirando el mismo aire, como si tuviéramos miedo de que al separarnos el momento se rompiera.

Una vez, después de una de esas folladas lentas, Roi se quedó tumbado sobre mí y empezó a hablar sin que yo le preguntara nada.

—Cuando era más joven me daba pánico que alguien me viera de verdad. No el cuerpo. El resto. Que se dieran cuenta de que a veces me siento pequeño. De que necesito que me digan que estoy bien. Contigo… no sé. Contigo se me olvida fingir.

Le acaricié la espalda. Notaba cómo se le erizaba la piel bajo mis dedos.

—A mí me pasa al revés —le confesé—. Yo siempre he sido el que hace reír. El que quita hierro. El que dice “no es para tanto”. Contigo se me olvida hacer el gracioso. Y me da un poco de vértigo. Porque si dejo de hacer el gracioso… ¿qué queda?

Roi levantó la cabeza y me miró.

—Quedas tú. El que me fotografió dormido como un stalker romántico. El que se puso colorado cuando le dije que me había gustado. El que me folló en la playa y después me mandó la foto al día siguiente con un mensaje tonto. Ese tío me gusta más que el que hace reír.

Me sonrojé. Él se rio bajito y me besó la punta de la nariz.

Había momentos de celos tontos, de inseguridades que salían sin avisar. Un día Roi mencionó de pasada a un ex que vivía cerca y se me puso cara de póker. Él se dio cuenta enseguida.

—Oye —dijo, tomándome la cara con las dos manos—. Ese tío es pasado. Tú eres el que está aquí. El que me hace venirme solo con mirarme de cierta forma. El que me ha visto llorar de risa y también de otras cosas. No compares.

Yo asentí, avergonzado de mi propia tontería. Después lo follé con una intensidad casi posesiva, como si quisiera marcarle por dentro. Él lo entendió. Me dejó. Me aguantó. Y cuando terminamos me susurró al oído:

—Estoy contigo. Solo contigo. Aunque te pongas celoso como un crío.

También había ternura absurda. Roi se había acostumbrado a dormirse abrazado a mí, con una pierna encima de las mías y la cara escondida en mi cuello. Si alguna noche yo me movía demasiado, él protestaba dormido y me volvía a atraer hacia sí. Yo, que siempre había sido de dormir estirado y sin que me tocaran, de pronto no podía conciliar el sueño si no sentía el peso de su cuerpo cerca. Me había vuelto adicto a su respiración. A la forma en que se le ablandaba la cara cuando estaba profundamente dormido. A veces me despertaba solo para mirarle unos minutos, igual que aquella tarde en la playa, y sentía una oleada de cariño tan grande que me daba miedo.

La distancia, cuando yo volvía a Valencia unos días, se volvía emocionalmente intensa. Las videollamadas empezaban con tonterías y terminaban en silencio, mirándonos a través de la pantalla, sin decir nada porque no hacía falta. Un día, después de tres noches separados, Roi me escribió a las dos de la madrugada:

“No puedo dormir. Echo de menos tu olor. Echo de menos correrme dentro de ti y quedarme ahí. Pero sobre todo echo de menos despertarme y que estés.”

Le respondí con la voz un poco rota aunque fuera por escrito:

“Yo también. Vengo mañana. No me esperes despierto. Métete en la cama y déjame llegar y meterme contigo.”

Cuando llegué, él estaba dormido. Me desnudé en silencio, me coloqué detrás de él y lo abracé. Se removió, reconoció mi cuerpo incluso dormido, y murmuró mi nombre. Esa noche no follamos. Solo nos pegamos el uno al otro como si el mundo fuera a terminarse si dejábamos un centímetro de aire entre nosotros.

Con el tiempo la dinámica se fue equilibrando. Aprendimos a pelearnos sin destruirnos. Aprendimos a pedir lo que necesitábamos sin sentirnos ridículos. Roi me enseñó que podía ser vulnerable sin que eso me hiciera menos. Yo le enseñé que podía necesitar sin que eso lo hiciera pesado. El sexo seguía siendo explícito, sucio a veces, juguetón siempre, pero cada vez estaba más cargado de algo que no sabíamos nombrar del todo. Cuando me corrían dentro de él y él me miraba con los ojos brillantes, yo sentía que no solo le estaba dando placer. Le estaba entregando una parte de mí que nadie más había tocado. Y cuando él me follaba despacio, agarrándome la cara para que no dejara de mirarle, yo entendía que no era solo mi culo lo que quería. Era mi atención. Mi confianza. Mi miedo y mi risa y mi forma de quedarme callado cuando algo me importaba demasiado.

Una madrugada, meses después de aquella playa, estábamos tumbados de frente. Roi me acariciaba la ceja con el dedo, distraído.

—¿Te acuerdas de cuando te dije que me daba miedo engancharme más que tú?
—Claro.

—Pues ya me he enganchado. Hasta el fondo. Y no me arrepiento.

Yo tragué saliva. El pecho me dolía de lo lleno que estaba.

—Yo también. Y si algún día esto se rompe… al menos habré sabido cómo se siente de verdad.

Roi negó con la cabeza, suave.

—No se va a romper. Estamos demasiado tontos el uno por el otro.

Me besó. Un beso lento, profundo, que sabía a promesa. Después se acomodó en mi pecho y susurró, ya casi dormido:

—Qué suerte que te durmieras mirándome aquella tarde.

Yo sonreí en la oscuridad, acariciándole el pelo, y pensé que sí. Qué suerte. Qué absurda, preciosa, aterradora suerte.

Porque la dinámica emocional con Roi no era un camino recto. Era un sube y baja de risas, de miedos confesados a media voz, de folladas que a veces eran solo sexo y otras veces eran una forma de decir “aquí estoy, no me voy”. Era aprender a quedarse. A no huir cuando el pecho se ponía demasiado apretado. A mirarse a los ojos después de correros y no tener que reírse siempre para disimular lo mucho que se sentía.

Y yo, que había llegado a aquella playa solo a tomar el sol y a mirar de reojo, me descubrí de pronto sosteniendo el corazón de otro hombre entre las manos… y dejando que él sostuviera el mío. Con torpeza. Con ternura. Con ganas. Con miedo. Y con una sonrisa de bobo que, al final, resultó ser la cosa más seria del mundo.


FLacIdaS











 

10.10.26

MoSTRANdo

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RElATo. cUANDo LO Vi En La DuchA DE LA plaYa Nudista

 





Paul van Dijk tenía 22 años, el pelo rubio casi blanco, la piel de quien ha pasado demasiados inviernos en Ámsterdam y una sonrisa permanente de “esto no puede estar pasando”. Había llegado a España con la idea clásica de todo holandés de su edad: sol, cerveza barata, alguna discoteca y, si había suerte, una historia para contar en el bar de la universidad. Lo que no esperaba era que su compañero de piso español, un tal Rafa de Sevilla, le dijera el segundo día:

—Mañana vamos a la playa. Pero no a cualquiera. A la de verdad.

Paul pensó en chicas en bikini, en helados, en selfies. Rafa pensó en otra cosa.

A las once de la mañana del día siguiente estaban aparcando en un camino de tierra a las afueras de una cala escondida entre acantilados. El cartel decía “Playa nudista – Zona libre de ropa”. Paul se quedó mirándolo como si le hubieran escrito “Aquí se sacrifica a los rubios”.

—¿Nudista? —preguntó con la voz un poco más aguda de lo normal—. ¿Como… sin bañador?

Rafa se rio.

—Exacto. Sin nada. Bienvenido a España, hermano.

Paul se cambió en el coche con la torpeza de quien se quita la ropa por primera vez delante de alguien que no es su médico. Cuando bajó del vehículo solo llevaba las chanclas y una toalla enrollada en la mano como si fuera un escudo medieval. El sol le pegó en la piel blanca con la delicadeza de un soplete. Dio tres pasos y ya se sentía observado por el universo entero.

Y entonces lo vio.

Jorge tenía 22 años también, pero parecía de otro planeta. Moreno, de hombros anchos, pecho definido sin llegar a ser de gimnasio, y una forma de caminar por la arena como si la playa le perteneciera desde siempre. Estaba de pie bajo la ducha de metal al final de la playa, con la cabeza echada hacia atrás y el agua cayéndole por el cuello y el pecho. No llevaba absolutamente nada. Ni siquiera la vergüenza.

Paul se detuvo en seco. La toalla se le resbaló un poco de la mano. Jorge abrió los ojos, los bajó, y se encontró con la mirada del holandés. Sonrió. No una sonrisa de “hola, turista”, sino una de “vaya, mira lo que ha traído el viento”.

Rafa ya se había tirado de espaldas en la arena y estaba sacando cervezas de la nevera. Paul se acercó a la ducha como si se acercara a un altar.

—Hola —dijo Jorge, con acento andaluz suave—. Primera vez, ¿verdad?

Paul se puso rojo hasta las orejas.

—¿Se nota tanto?

—Tienes la cara del color de la arena de antes de que llegue la gente. Y estás sujetando la toalla como si te fuera a salvar la vida. Sí, se nota.

Jorge se apartó un poco de la ducha y le hizo un gesto.

—Ven. El agua está fría, pero ayuda. Sobre todo la primera vez.

Paul dudó. Luego se puso bajo el chorro. El agua le golpeó la nuca y le bajó por la espalda. Cerró los ojos. Cuando los abrió, Jorge estaba mirándolo con una mezcla de curiosidad y diversión.

—Soy Jorge.

—Paul. De Holanda.

—Lo sé. Se os nota a kilómetros. Bienvenido a la playa donde nadie finge que no mira.

Se rieron los dos. El hielo se rompió con el sonido del agua cayendo sobre la arena mojada.

Pasaron la mañana juntos casi sin darse cuenta. Jorge le explicó las reglas no escritas: no mirar demasiado fijamente al principio, no hacer comentarios sobre tamaños (aunque todo el mundo lo hacía en silencio), y sobre todo, no ponerse nervioso cuando el cuerpo reaccionara. Porque iba a reaccionar.

—El sol, el aire, la gente… —dijo Jorge mientras se tumbaban en las toallas—. El pene tiene memoria propia. No le importa si estás en una playa o en la ducha de casa. Solo sabe que está libre.

Paul se rio, nervioso.

—En Ámsterdam nunca me ha pasado esto en público.

—Porque en Ámsterdam llevas ropa. Aquí no. Aquí el aire te toca donde nunca te toca el aire.

Se miraron. Ambos estaban semi-erectos ya, sin que nadie hubiera hecho nada. Solo el roce de la brisa, el calor de la arena y la cercanía del otro. Paul se quedó mirando el miembro de Jorge, grueso, moreno, con una ligera curva hacia la izquierda, y luego levantó la vista. Jorge estaba mirando el suyo: más claro, más largo, con la piel fina y el glande que se asomaba un poco. Ninguno dijo nada. Solo se miraron a los ojos y sonrieron como dos cómplices de un delito que todavía no habían cometido.

Rafa, desde su toalla, levantó la cerveza.

—¡Eh, holandés! ¿Ya te has empalmado? ¡Bienvenido al club!

Paul se tapó la cara con las manos. Jorge se rio a carcajadas.

—Tu amigo es un cabrón, pero tiene razón. Aquí todos pasamos por eso el primer día.

Comieron juntos: jamón, queso, pan y más cerveza. Hablaron de todo. Paul contó que estudiaba arquitectura y que en Holanda el sol era un rumor. Jorge contó que era estudiante de educación física y que trabajaba los veranos en un chiringuito de la costa. Hablaron de fútbol, de series, de lo absurdo que era estar desnudos delante de cincuenta personas y que al mismo tiempo se sintiera más natural que llevar bañador.

Por la tarde el calor subió. Se metieron en el agua. Nadaron. Se empujaron. Se rieron cuando una ola les tumbó y salieron con la arena pegada en sitios que normalmente no se ven. Al salir, los dos estaban completamente duros. El agua fría no había servido de nada. O quizá había servido demasiado.

Se quedaron de pie en la orilla, mirándose.

—Mira —dijo Jorge en voz baja, casi como un secreto—. No hace falta tocarse. Solo… mirar. A veces es más intenso.

Paul tragó saliva. Asintió.

Se sentaron de nuevo en las toallas, uno frente al otro, con las piernas abiertas sin disimulo. El sol les secaba la piel. Las gotas de agua les bajaban por el pecho, por el abdomen, por el vello púbico. Ninguno se tocaba. Solo se miraban. Paul veía cómo el miembro de Jorge latía un poco con cada latido del corazón. Jorge veía cómo el de Paul se tensaba cada vez que el holandés contenía la respiración.

Pasaron casi una hora así. Hablando de tonterías, riendo, pero con la mirada bajando cada pocos segundos. Cuando alguien pasaba cerca, ambos se cubrían un poco con la toalla, pero en cuanto se iban, la quitaban otra vez. Era un juego. Un juego absurdo, excitante y muy, muy divertido.

—En mi país esto sería un escándalo —murmuró Paul.

—En el mío también, si lo haces en la plaza del pueblo. Aquí… aquí es solo martes.

Se rieron otra vez. La risa les hacía temblar el pecho y, de rebote, todo lo demás.

Cuando el sol empezó a bajar, la playa se fue quedando más vacía. Rafa se había ido a por más cerveza y no había vuelto. Solo quedaban ellos dos y un par de grupos lejos.

Jorge se levantó.

—Vamos a la ducha otra vez. Antes de que se ponga el sol.

Se pusieron bajo el chorro de metal. El agua estaba más fría ahora. Paul se echó la cabeza hacia atrás, exactamente como había visto hacer a Jorge por la mañana. El agua le caía por la cara, por el cuello, por el pecho. Abrió los ojos y se encontró con Jorge mirándolo fijamente.

Ambos estaban duros otra vez. Completamente. Sin tocarse. Solo el agua, el aire y la mirada del otro.

—Paul —dijo Jorge con la voz un poco ronca—. ¿Quieres…?

Paul entendió. No hacía falta decir más.

Se quedaron bajo la ducha, uno frente al otro, a menos de un metro de distancia. Ninguno levantó la mano. Solo se miraron. Paul empezó a mover las caderas muy despacio, casi imperceptible, frotándose contra el aire. Jorge hizo lo mismo. El agua les resbalaba por los cuerpos, por los vientres, por los miembros tensos. Las respiraciones se aceleraron. Las miradas no se separaban.

Paul veía cada detalle: la forma en que el glande de Jorge se hinchaba un poco más con cada latido, la manera en que el vello se pegaba a la piel mojada, la tensión en los músculos del abdomen. Jorge veía lo mismo en él: la longitud, el color más claro, la forma en que se curvaba ligeramente hacia arriba cuando se ponía más duro.

No se tocaron. Ni una sola vez. Solo se miraron mientras se masturbaban con la imaginación y con el movimiento mínimo de las caderas. El agua caía entre ellos como una cortina transparente. El sonido del mar de fondo. El sol poniéndose y pintando de naranja la piel de los dos.

Paul fue el primero en gemir, bajo, casi un suspiro. Jorge le contestó con otro. Se miraron a los ojos en el momento exacto en que ambos llegaban. El semen se mezcló con el agua de la ducha y cayó a la arena. Ninguno apartó la vista. Fue intenso, absurdo, ridículamente íntimo y al mismo tiempo limpio de cualquier contacto físico.

Cuando terminaron, se quedaron un rato más bajo el agua, respirando agitados, riendo suavemente.

—Joder —dijo Paul en holandés, y luego en español—. Joder.

Jorge se rio.

—Bienvenido a España, Paul. De verdad.

Se secaron con las toallas. Se vistieron despacio, casi con nostalgia. Mientras subían por el camino de tierra hacia el coche, Paul miró atrás una última vez a la playa que se quedaba vacía.

—¿Volvemos mañana? —preguntó.

Jorge le puso una mano en el hombro, esta vez sí, de forma amistosa.

—Mañana, pasado y el que quieras. Pero mañana trae más cerveza. Y menos vergüenza.

Paul sonrió. La vergüenza ya se la había dejado en la arena, junto a las huellas de dos tipos de 22 años que se habían mirado el uno al otro hasta el final, sin necesitar tocarse para sentir todo.

Y esa noche, en la habitación del apartamento, mientras Rafa roncaba en la otra cama, Paul se tocó otra vez recordando los ojos de Jorge bajo la ducha. Y, en algún lugar de la misma ciudad, Jorge hizo exactamente lo mismo.


Paul no había dormido casi nada. Cada vez que cerraba los ojos volvía la imagen de Jorge bajo la ducha: el agua resbalando por el pecho moreno, el miembro tenso, la mirada que no se apartaba. Se había corrido dos veces en la cama del apartamento, mordiendo la almohada para no despertar a Rafa, y aun así se despertó con la polla dura y la cabeza llena de Jorge.

A las diez de la mañana ya estaba en el coche. Rafa conducía con cara de resaca y gafas de sol.

—Oye, holandés… ayer te vi muy animado con el andaluz. ¿Va en serio o solo era calor de playa?

Paul se limitó a sonreír por la ventanilla.

—Ya veremos.

Cuando llegaron, Jorge estaba exactamente donde Paul había imaginado: bajo la ducha de metal, cabeza echada hacia atrás, agua cayéndole por el cuerpo. Solo que esta vez, en cuanto vio el coche, sonrió de una forma distinta. Más lenta. Más segura.

Paul bajó del vehículo sin toalla enrollada como escudo. Solo las chanclas y la piel blanca que ya empezaba a broncearse en algunas zonas. Se acercó directamente a la ducha.

—Buenos días —dijo Jorge, sin apartarse del chorro.

—Buenos días.

Paul se metió bajo el agua a su lado. El chorro era estrecho. Tuvieron que estar casi pegados. El hombro de Paul rozó el de Jorge. El codo. La cadera. Y entonces, como si fuera lo más natural del mundo, la mano de Jorge bajó y rozó con el dorso de los dedos el muslo interior de Paul. Un segundo. Dos. Suficiente para que la polla de Paul empezara a levantarse al instante.

Jorge no retiró la mano. La deslizó un poco más arriba, hasta rozar el huevo izquierdo con la yema de los dedos. Paul contuvo la respiración. Miró alrededor. Había gente, pero lejos. Rafa ya estaba tumbado con la nevera abierta, a unos veinte metros.

—Ayer no nos tocamos —susurró Jorge cerca de su oído—. Hoy… hoy sí, ¿no?

Paul asintió. No pudo decir nada. Solo asintió.

La mano de Jorge cerró los dedos alrededor de la polla de Paul con suavidad, apenas un apretón, y luego la soltó. Como si no hubiera pasado nada. Paul respondió igual: su mano bajó, encontró el miembro de Jorge ya semi-duro, lo rodeó un momento y lo soltó. El corazón le latía en la garganta.

Se secaron sin prisa. Caminaron hacia las toallas que Jorge había extendido un poco más apartadas, cerca de unas rocas que daban algo de privacidad. Se tumbaron de lado, uno frente al otro, a menos de un metro.

Durante los primeros minutos solo hablaron. De lo absurdo que era volver. De lo bien que se había corrido Paul anoche solo recordándolo. Jorge se rio en voz baja.

—Yo también. Dos veces. Pensando en tu cara cuando te salió el primer chorro.

Paul se puso rojo, pero esta vez no se tapó. Extendió la mano y posó los dedos en el pecho de Jorge, trazando el contorno del pectoral, bajando por las costillas, deteniéndose en el pezón. Jorge cerró los ojos un segundo. Luego hizo lo mismo: dedos en el pecho blanco de Paul, rozando el pezón ya duro, bajando por el abdomen plano hasta el vello rubio.

Las manos se movían despacio, como si exploraran un mapa nuevo. Paul acarició el vientre de Jorge, el comienzo del vello más oscuro, la base de la polla que ya estaba completamente dura. Jorge le correspondió: dedos rodeando el tronco de Paul, subiendo y bajando con una lentitud deliberada, sin llegar a masturbarlo del todo. Solo tocando. Solo sintiendo el calor y el peso.

Pasó media hora así. Caricias cada vez más atrevidas. Un dedo que rozaba el glande. Una uña que pasaba por debajo de los huevos. Respiraciones que se aceleraban y luego se forzaban a calmarse cuando alguien pasaba cerca.

Hasta que Jorge se incorporó un poco, se acercó y se sentó justo al lado de Paul, hombro con hombro, muslo con muslo. Abrió las piernas. Paul hizo lo mismo. Las dos pollas quedaron una junto a la otra, casi tocándose. La de Jorge un poco más gruesa, la de Paul un poco más larga. El sol les daba de lleno.

Jorge tomó la mano de Paul y la guió. Juntos, rodearon ambos miembros a la vez. La piel caliente contra la piel caliente. El roce de los dos prepucios, de los dos glandes. Paul soltó un gemido bajo que se perdió en el ruido del mar.

—Míralos —susurró Jorge—. Juntos quedan bien, ¿verdad?

Paul no pudo contestar. Solo apretó un poco más fuerte. Empezaron a mover las manos al unísono, subiendo y bajando los dos penes juntos, frotándolos uno contra el otro. El roce era eléctrico. Cada vez que los glandes se tocaban, ambos contenían la respiración.

Jorge inclinó la cabeza y besó el cuello de Paul. Un beso lento, abierto, con un poco de lengua. Paul gimió más alto. Giró la cara y se encontraron las bocas. El primer beso fue torpe, de dientes y de risas contenidas. El segundo ya no. Lenguas que se buscaban, saliva que se compartía, manos que no dejaban de bombear las dos pollas juntas.

Se besaron durante minutos enteros, sin soltarse. Las manos subían y bajaban, a veces más rápido, a veces casi paradas, solo apretando. Paul notaba el pulso de Jorge en la polla, el calor, la forma en que se hinchaba un poco más cada vez que la lengua de Jorge entraba más profundo en su boca.

Cuando se separaron para respirar, Jorge bajó la cabeza y lamió el pecho de Paul. Lengua plana sobre el pezón, chupándolo un momento, bajando por el centro del pecho, por el abdomen, deteniéndose justo encima del vello púbico. Paul arqueó la espalda. Jorge volvió a subir y le besó la boca otra vez, sabiendo a sal y a piel.

Paul no se quedó atrás. Empujó suavemente a Jorge para que se recostara un poco más y empezó a recorrerle el cuerpo con la boca. Cuello. Clavícula. Pezón. Costillas. El ombligo. La línea del vello hasta la base de la polla. Lamió el tronco de abajo arriba, lento, saboreando la piel salada. Jorge soltó un “joder…” que sonó como una oración.

Se turnaron. Uno lamiendo el pecho del otro, el vientre, los muslos interiores. Lenguas que dejaban rastros húmedos que el sol secaba en segundos. Manos que no paraban de acariciar. A veces volvían a juntar las dos pollas y las masturbaban juntas, frotando glande contra glande, sintiendo el líquido preseminal que ya los hacía resbaladizos.

El deseo era denso, casi visible. Cada vez que alguien pasaba a lo lejos, se quedaban quietos un segundo, respirando agitados, y en cuanto se alejaba volvían a tocarse con más hambre. No había prisa. Querían alargar aquello todo lo posible.

Jorge se puso de rodillas entre las piernas de Paul y le tomó la polla con las dos manos. La lamió entera, de la base al glande, varias veces, antes de meterla en la boca. Paul soltó un gemido que tuvo que ahogar con el dorso de la mano. La boca de Jorge era caliente, húmeda, y sabía exactamente cuánta presión poner. Subía y bajaba despacio, mirándolo a los ojos. Paul le acariciaba el pelo, el cuello, los hombros.

Cuando no pudo más, tiró de Jorge hacia arriba y le devolvió el favor. Se arrodilló, abrió la boca y se tragó la polla morena hasta donde pudo. Jorge le sujetó la cabeza con suavidad, sin empujar, solo acariciándole el pelo rubio. El sabor era a mar y a piel limpia. Paul chupó con ganas, con la lengua girando alrededor del glande, con la mano apretando la base.

Se alternaron así un buen rato: uno mamando, el otro gimiendo en voz baja; luego al revés. A veces se paraban solo para besarse otra vez, compartiendo el sabor del otro. Otras veces volvían a sentarse lado a lado, juntando las pollas y masturbándolas juntas mientras se besaban con lengua.

El calor del mediodía los tenía sudados. Las gotas de sudor bajaban por las sienes, por el pecho, por la espalda. Cada caricia dejaba la piel brillante. Paul lamió el sudor del cuello de Jorge. Jorge lamió el de la clavícula de Paul. Se rieron entre gemidos, porque era absurdo y perfecto a la vez.

Cuando sintieron que estaban cerca, se miraron.

—Juntos —dijo Jorge.

Se sentaron otra vez uno pegado al otro, piernas abiertas, pollas juntas. Las cuatro manos las rodearon. Empezaron a bombear más rápido, más firme. Se besaban entre jadeos. Las frentes juntas. Los ojos abiertos, mirándose.

Paul fue el primero. El orgasmo le subió desde los huevos como una ola. Se corrió con un gemido ahogado, chorros gruesos que salpicaron el vientre de los dos, la mano de Jorge, la propia polla. Jorge lo siguió dos segundos después, corriéndose también sobre las manos y las pollas todavía juntas, mezclando el semen de ambos.

Se quedaron temblando, respirando el uno contra el otro, las manos todavía envueltas alrededor de los miembros que latían. El semen resbalaba entre los dedos. Jorge se llevó un dedo a la boca y lo lamió, mirando a Paul. Paul hizo lo mismo. Se rieron, suaves, exhaustos.

Se limpiaron con la toalla lo mejor que pudieron. Se tumbaron de nuevo, uno contra el otro, las piernas enredadas. Las manos seguían acariciando, más suaves ahora: el pecho, la espalda, el culo. Besos lentos en la boca, en el cuello, en los hombros.

—Esto no se puede quedar aquí —murmuró Paul contra los labios de Jorge.

—No —respondió Jorge—. Tengo el chiringuito hasta el domingo. Después… puedo ir a Ámsterdam en septiembre. O tú vuelves en Navidad. O nos vemos en mitad de camino. Da igual. Pero esto… esto lo vamos a repetir.

Paul sonrió, todavía con la polla semi-dura contra el muslo de Jorge.

—Prométemelo.

Jorge le besó despacio.

—Te lo prometo. Y tú a mí.

Se quedaron así hasta que el sol empezó a bajar otra vez. Se tocaron una segunda vez, más lenta, más profunda: lenguas en los pezones, en los huevos, en el perineo; dedos que exploraban; bocas que se cerraban alrededor de las pollas hasta hacerlas volver a ponerse completamente duras. Se corrieron otra vez, esta vez uno dentro de la boca del otro, tragando, mirándose.

Cuando por fin se levantaron para irse, se vistieron con la misma lentitud del día anterior, pero ahora cada prenda que se ponían parecía una despedida temporal.

En el camino de vuelta al coche, Jorge le cogió la mano un segundo, a escondidas.

—Mañana otra vez. Y pasado. Y el que haga falta.

Paul apretó los dedos.

—Hasta que nos tengamos que ir. Y después también.

Rafa los miró desde el coche con una ceja levantada, pero no dijo nada. Solo arrancó el motor y puso música alta.

Paul miró por el retrovisor la playa que se alejaba. La ducha de metal brillaba al sol de la tarde. Sonrió.

Había llegado a España buscando sol y cerveza. Se iba a llevar algo mucho mejor: la promesa de un andaluz de 22 años que sabía exactamente cómo tocarlo, cómo besarlo, cómo mirarlo mientras se corrían juntos.

Y las dos pollas, una al lado de la otra, todavía recordaban el calor.


Paul llevaba el móvil en la mano como si fuera una bomba de relojería. Había pasado menos de diez minutos desde que Rafa arrancó el coche y la playa se quedó atrás cuando el WhatsApp vibró.

Jorge: ¿Quieres cenar, dormir, desayunar conmigo?

Paul se quedó mirando la pantalla con la boca abierta. Rafa, que conducía, levantó una ceja.

—¿Qué pasa, holandés? ¿Te ha escrito el andaluz?

Paul no contestó. Solo tecleó con el pulgar tembloroso:

Paul: SÍ

Mayúsculas. Sin puntos. Sin emojis. Solo la afirmación más grande que había escrito en su vida.

Tres minutos después llegó la dirección. Un piso pequeño en un edificio blanco a tres calles del paseo marítimo. Paul se la pasó a Rafa.

—Déjame ahí.

Rafa soltó una carcajada.

—Joder, hermano. Ayer os mirabais la polla y hoy ya te vas a dormir a su casa. España te está sentando de puta madre.

Una hora más tarde Paul estaba delante de la puerta del segundo piso, con el corazón latiéndole en las orejas y una bolsa de plástico con un cambio de ropa que había recogido a toda prisa del apartamento. Pulsó el timbre.

La puerta se abrió casi al instante. Jorge llevaba solo unos pantalones cortos de chándal grises, sin camiseta. El pelo todavía húmedo de la ducha. Sonreía con esa mezcla de nerviosismo y ganas que Paul ya reconocía.

—Has venido —dijo Jorge, como si no se lo creyera del todo.

—He venido —respondió Paul.

Se quedaron mirándose un segundo en el umbral. Luego Jorge se hizo a un lado y Paul entró. El piso era pequeño, luminoso, con olor a café y a detergente. Una mesa de cocina con dos platos ya puestos, una botella de vino tinto abierta y una ensalada que parecía hecha con más ilusión que habilidad.

—No sé cocinar muy bien —admitió Jorge mientras cerraba la puerta—. Pero he comprado pan bueno, jamón y queso. Y vino. Mucho vino.

Paul dejó la bolsa en el suelo y, sin pensarlo más, cerró la distancia y lo besó. No fue un beso de playa, a escondidas. Fue un beso de puerta cerrada, de lengua lenta, de manos que se agarraban a la cintura y a la nuca. Jorge respondió con un sonido bajo en la garganta y lo empujó suavemente contra la pared del pasillo. Se besaron hasta que se quedaron sin aire.

Cuando se separaron, ambos respiraban agitados y las pollas ya empujaban contra la tela.

—Primero cenamos —dijo Jorge con voz ronca—. Si no, no vamos a cenar nunca.

Se rieron. Se sentaron a la mesa. Comieron con las manos temblando un poco, robándose miradas, rozándose los pies bajo la mesa. Hablaron de tonterías: de cómo Paul había mentido a Rafa diciendo que se iba a ver a un primo inventado, de cómo Jorge había limpiado el piso en veinte minutos como un loco, de lo absurdo que era que dos tíos que se habían conocido desnudos en una playa ahora estuvieran comiendo jamón en un salón con la polla dura.

Después del segundo vaso de vino, Jorge se levantó, rodeó la mesa y se sentó a horcajadas sobre las piernas de Paul. Lo besó otra vez, más profundo. Las manos de Paul subieron por la espalda desnuda, bajaron hasta el culo cubierto solo por el chándal fino y lo apretaron. Jorge se frotó contra él, lento, dejando que las dos erecciones se notaran perfectamente.

—A la cama —susurró Paul.

El dormitorio era pequeño, con una cama de matrimonio que ocupaba casi todo el espacio y una ventana abierta por la que entraba el ruido lejano del mar. Jorge encendió solo una lámpara baja. Se quitaron la ropa sin prisas, mirándose. Cuando quedaron desnudos otra vez, se quedaron un momento de pie, frente a frente, como si volvieran a estar en la playa.

—Es la primera vez que hago esto con un chico —dijo Jorge, con una honestidad que le tembló un poco en la voz—. O sea… más allá de lo de la playa.

—Yo también —admitió Paul—. Nunca. Con nadie.

Se miraron. Luego se rieron, nerviosos y aliviados a la vez.

—Pues vamos a ir despacio —dijo Jorge—. Y si algo no te gusta, lo dices. Y yo igual.

—Igual.

Se tumbaron juntos. Empezaron por los besos otra vez, largos, húmedos, exploratorios. Las manos recorrieron pechos, vientres, muslos. Paul se puso encima un momento y bajó besando el cuello, la clavícula, el pecho. Lamió el pezón derecho de Jorge con la lengua plana, luego lo chupó suavemente. Jorge arqueó la espalda y soltó un gemido que hizo que a Paul se le pusiera todavía más dura.

Siguió bajando. Lengua en las costillas, en el ombligo, en la línea del vello. Cuando llegó a la polla, no la metió en la boca de inmediato. Primero la lamió entera, de la base al glande, saboreando la piel ya caliente. Luego bajó a los huevos. Los tomó uno a uno en la boca, suaves, calientes, y los chupó con cuidado mientras la mano subía y bajaba el tronco. Jorge tenía los ojos cerrados y la boca abierta, respirando por la nariz.

Paul bajó todavía más. Empujó suavemente las piernas de Jorge para que se abrieran más. Lamió el perineo, ese trozo de piel tensa entre los huevos y el ano. Jorge soltó un “joder, Paul…” que sonó a súplica. Paul siguió. La lengua llegó al ano. Primero solo un roce. Luego un círculo lento. Luego la punta de la lengua empujando un poco, probando. Jorge tembló entero.

—Nunca… nadie me había… —consiguió decir.

—¿Quieres que pare?

—Ni de coña.

Paul sonrió contra la piel y siguió lamiendo, más decidido. Lengua plana, lengua puntiaguda, círculos, presión suave. Al mismo tiempo, su mano no dejaba de acariciar la polla de Jorge, que goteaba ya. Cuando notó que Jorge estaba al borde, se detuvo y subió a besarlo otra vez, compartiendo el sabor.

Ahora le tocó el turno a Jorge. Lo empujó con suavidad hasta tumbarlo de espaldas y empezó el mismo camino: cuello, pecho, vientre. Cuando llegó a la polla de Paul la chupó con ganas, profunda, mirándolo a los ojos. Luego bajó a los huevos, los lamió, los chupó. Y después, con una mezcla de curiosidad y deseo que le brillaba en la cara, abrió más las piernas de Paul y bajó la cabeza.

La primera lamida en el ano de Paul fue tímida. La segunda ya no. Jorge se dedicó a ello con la misma atención con la que había mamado la polla: lento, húmedo, explorando cada reacción. Paul se agarró a las sábanas y soltó una risa ahogada entre gemidos.

—Joder, esto es… ilegalmente bueno.

Jorge se rio contra su culo y siguió. Cuando la lengua ya no le bastaba, levantó la cabeza y miró a Paul.

—¿Puedo… con el dedo? Solo un poco. Curiosidad.

Paul asintió, rojo hasta las orejas.

—Yo también quiero probar contigo.

Jorge se chupó el dedo índice, lo mojó bien, y lo rozó primero por fuera. Luego, muy despacio, empujó solo la yema. Paul contuvo la respiración. La sensación era extraña, intensa, nueva. Jorge lo miraba todo el tiempo, buscando cualquier gesto de incomodidad. Cuando vio que Paul asentía otra vez, entró un poco más, hasta el primer nudillo, y empezó a moverlo con suavidad, buscando.

Paul soltó un gemido grave cuando el dedo rozó algo dentro que le hizo ver estrellas. Jorge sonrió, orgulloso, y siguió acariciando ese punto mientras con la otra mano le masturbaba la polla. Paul se corrió en menos de un minuto, chorros potentes que le salpicaron el pecho y el de Jorge. Se quedó temblando, riendo, cubriéndose la cara.

—Eso… eso no me lo esperaba.

Jorge se quitó el dedo con cuidado, se lo limpió en la sábana y se tumbó a su lado, besándole la sien.

—Ahora tú.

Paul necesitaba un momento para recuperar el aire, pero en cuanto pudo se puso entre las piernas de Jorge. Se chupó dos dedos, los mojó bien, y empezó igual de despacio. Primero solo el exterior, círculos, presión. Luego la yema. Jorge estaba más tenso al principio, pero en cuanto Paul encontró el mismo punto mágico, se derritió. Paul lo masturbaba al mismo tiempo, lento, y lo besaba en la boca cada vez que Jorge gemía demasiado alto.

Jorge se corrió con el dedo de Paul dentro, apretando alrededor, mirándolo a los ojos. El semen le subió hasta el pecho. Paul lo recogió con los dedos y se los llevó a la boca, sin dejar de mirarlo. Jorge soltó una carcajada ronca.

—Eres un puto vicioso, holandés.

—Tú me has enseñado.

Se limpiaron con una toalla, se abrazaron y se quedaron un rato en silencio, solo acariciándose la espalda, el pelo, el culo. Luego volvieron a empezar. Esta vez más lentos, más juguetones. Se lamieron los pies: Paul se rió tanto cuando Jorge le chupó el dedo gordo del pie que casi se cae de la cama. Jorge le mordió suavemente el arco del pie y Paul le devolvió el favor. Se rieron hasta que les dolió la barriga y luego se besaron otra vez con sabor a piel y a sal.

Pasaron la noche entera explorándose. Se mamaron hasta quedarse sin fuerzas. Se metieron dedos otra vez, más seguros, más curiosos, siempre sin llegar a la penetración con la polla. Se lamieron el ano hasta que los dos temblaban. Se besaron entre risas cuando a Paul se le escapó un pedo nervioso justo cuando Jorge tenía la cara entre sus nalgas (“¡Perdón, joder, perdón!” gritó Paul, rojo como un tomate, mientras Jorge se reía tanto que se le saltaban las lágrimas). Se dijeron tonterías en dos idiomas. Paul le enseñó alguna palabra en holandés para “polla” y “culo” y Jorge se las aprendió al momento para usarla en los momentos más inoportunos.

Sobre las cuatro de la madrugada, agotados, se quedaron abrazados bajo la sábana fina. Paul tenía la cabeza apoyada en el pecho de Jorge y escuchaba el corazón todavía acelerado.

—Oye —dijo Jorge en voz baja—. Esto… no es solo follar, ¿verdad?

Paul levantó la cara.

—No. Para mí tampoco.

Jorge le acarició el pelo rubio.

—Porque yo… joder, Paul. Llevo dos días conociéndote y ya estoy jodido. Me gustas. Me gustas de una forma que me da un poco de miedo. Y no es solo la polla, aunque la polla también me gusta mucho. Es… todo. Cómo te ríes. Cómo te pones rojo. Cómo me mirabas en la playa sin tocarme. Cómo has venido esta noche sin pensártelo dos veces.

Paul sintió que se le apretaba el pecho.

—Yo igual. Desde ayer. Desde que te vi bajo la ducha. Y hoy… hoy ya no hay vuelta atrás. Aunque vivamos a dos mil kilómetros. Aunque el invierno sea una mierda en Ámsterdam y tú estés aquí con el sol. Yo… estoy enamorado de ti. Así de claro. Así de pronto. Y me da igual lo raro que suene.

Jorge se quedó callado un segundo. Luego sonrió de esa forma que le iluminaba toda la cara y lo besó con una ternura que no habían tenido todavía.

—Yo también estoy enamorado de ti, cabrón. Y no hay vuelta atrás. Ni con todos los kilómetros del mundo.

Se durmieron abrazados, las piernas enredadas, las pollas blandas y contentas entre ellos.


A la mañana siguiente el sol entraba a raudales por la ventana. Paul se despertó primero. Jorge dormía boca abajo, con una nalga descubierta y el pelo revuelto. Paul se quedó mirándolo un rato, sonriendo como idiota. Luego bajó la sábana y empezó a besarle la espalda, despacio, vértebra a vértebra. Cuando llegó al culo, lo separó suavemente con las manos y lamió el ano otra vez, lento, de buenos días. Jorge se despertó con un gemido y una risa ronca.

—Buenos días a ti también, cabrón.

Se dieron la vuelta. Se mamaron con calma, sin prisa, saboreando. Después se tumbaron de lado, uno frente al otro, y se metieron dedos a la vez, mirándose a los ojos, besándose entre gemidos, hasta correrse juntos otra vez, el semen mezclado en los vientres.

Desayunaron en la cama: café, tostadas con tomate y aceite, y más besos. Hablaban de todo y de nada. De cómo iban a hacer para verse. De videollamadas. De que Paul podía venir en octubre. De que Jorge podía ir a Ámsterdam en Navidad aunque se congelara el culo. De que el amor a esa distancia iba a ser una putada, pero que preferían la putada a no intentarlo.

A media mañana volvieron a la ducha juntos. Se jabonaron mutuamente con una lentitud deliberada. Jorge se arrodilló bajo el chorro y le chupó la polla a Paul hasta que se corrió en su boca. Paul le devolvió el favor contra la pared de azulejos. Después se secaron, se vistieron a medias y se tumbaron otra vez en la cama, simplemente abrazados, hablando en voz baja.

—Te quiero —dijo Paul de repente, probando las palabras en español.

Jorge se quedó quieto. Luego sonrió contra su cuello.

—Te quiero también. Y no pienso dejar de decírtelo aunque estés a mil putos kilómetros.

Se quedaron así hasta casi mediodía. Cuando Paul tuvo que irse (Rafa lo estaba llamando ya por tercera vez), se vistieron despacio. En la puerta se besaron como si no se fueran a ver en meses, aunque ambos sabían que se verían al día siguiente en la playa otra vez.

—Mañana —dijo Jorge.

—Mañana —respondió Paul—. Y pasado. Y el que haga falta. Y cuando me vaya… seguimos. Porque esto ya no se para.

Jorge le apretó la mano.

—No se para. Ni aunque el canal de la Mancha se ponga en medio.

Paul bajó las escaleras con la sonrisa más idiota del mundo y el cuerpo todavía oliendo a Jorge. En el bolsillo del pantalón, el móvil vibró.

Jorge: Ya te echo de menos, holandés de mierda. Te quiero.

Paul contestó mientras caminaba hacia el coche de Rafa:

Paul: Yo también. Y no hay vuelta atrás.

Y por primera vez en su vida, las palabras le pesaban exactamente lo que tenían que pesar: la verdad más absoluta, el amor más rápido e imposible y, al mismo tiempo, el más inevitable del mundo.

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