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ReLaTo. TiO y SoBrInO, pArtE 4




La playa al atardecer

Era el tercer día de su nueva vida juntos, sin secretos ni terceros. Luis y Santi habían alquilado un coche y se escaparon a una cala semi-oculta al sur de la isla, lejos de las zonas turísticas más concurridas. La playa era pequeña, de arena dorada, rodeada de rocas y vegetación. A esa hora, casi al atardecer, estaba completamente desierta. Solo el sonido de las olas y el cielo tiñéndose de naranja y rosa los acompañaban.

Llegaron con una nevera pequeña, toallas y mucho deseo acumulado. Apenas extendieron las toallas cuando ya se estaban besando con urgencia. Luis sujetaba el rostro de Santi con ambas manos, devorándole la boca, mordiendo su labio inferior mientras sus lenguas se enredaban. Santi gemía bajito, apretando su cuerpo contra el de su tío.

—Aquí nadie nos va a molestar… —susurró Santi, quitándole la camiseta a Luis.

El torso maduro y velludo de Luis brillaba bajo la luz dorada del atardecer. Santi pasó las manos por su pecho, pellizcándole los pezones, bajando hasta el abdomen marcado. Luis le quitó la camiseta a su sobrino de un tirón, admirando el cuerpo joven y atlético: hombros anchos, abdomen plano y esa V que desaparecía bajo el bañador.

Se tumbaron en las toallas. Luis se colocó encima, besando el cuello de Santi, bajando por su pecho, lamiéndole los pezones hasta ponerlos duros. Siguió bajando, besando cada músculo del abdomen hasta llegar al bañador. Lo bajó lentamente, liberando la polla dura de Santi, que golpeó contra su vientre.

—Qué rica la tienes… —murmuró Luis antes de metérsela entera en la boca.

Chupó con hambre y experiencia. Su cabeza subía y bajaba, tragando hasta la base, mientras su lengua trabajaba la parte inferior del glande. Una mano masajeaba los huevos pesados de Santi y la otra le acariciaba el interior de los muslos. Santi arqueaba la espalda, gimiendo sin vergüenza, agarrando el cabello de su tío.

—Tío… joder, qué boca tienes…

Luis le levantó las piernas, exponiendo su culo. Escupió abundantemente y empezó a comerle el agujero con devoción. Lamía en círculos alrededor del borde, luego metía la lengua lo más profundo posible, follándolo con ella. Santi se retorcía de placer, empujando su culo contra la cara de Luis.

—Quiero que me folles aquí… —suplicó Santi—. Ahora.

Luis se incorporó. Su propia polla estaba durísima, gruesa, venosa y goteando precum. La frotó contra el agujero mojado de Santi, provocándolo. Luego empujó. Centímetro a centímetro, entró hasta el fondo en el culo caliente y apretado de su sobrino. Ambos gruñeron de placer.

Empezaron lento, disfrutando la sensación. Luis salía casi completamente y volvía a entrar con fuerza controlada. El sonido húmedo de sus cuerpos se mezclaba con las olas. Poco a poco aceleró. Las embestidas se volvieron más potentes, haciendo que las nalgas de Santi rebotaran.

—Más fuerte, Luis… Fóllame como si fuera tuyo —jadeó Santi.

—Es que eres mío —respondió Luis con voz ronca, agarrándole las caderas con fuerza y penetrándolo salvajemente.

El sol se hundía en el horizonte, tiñendo sus cuerpos sudorosos de tonos dorados. Luis follaba a Santi con todo: embestidas profundas que golpeaban su próstata una y otra vez. Cambiaron de posición. Santi se puso a cuatro patas en la toalla, ofreciendo su culo. Luis se arrodilló detrás y lo penetró de nuevo, más profundo en esta postura. Le daba nalgadas firmes que enrojecían la piel clara.

—Quiero correrme dentro —avisó Luis.

—Lléname, por favor… quiero sentir tu leche caliente.

Luis aceleró, gruñendo como un animal. Con un último empujón profundo se corrió violentamente, inundando el interior de Santi con chorros espesos y abundantes. Santi, sintiendo cómo lo llenaban, se masturbó rápido y se corrió también, salpicando la toalla con su semen.

Pero no habían terminado.

Se tumbaron de lado, aún conectados. Luis permaneció dentro de Santi mientras recuperaban el aliento, besándole la nuca y acariciándole el pecho. Su polla, aún semi-dura, se movía suavemente dentro del culo lleno de semen.

Minutos después, Santi se giró y se sentó encima de Luis. Cabalgó despacio al principio, disfrutando cada centímetro. Luego aceleró, saltando sobre la polla gruesa de su tío, que volvía a estar completamente dura. Sus nalgas chocaban contra los muslos de Luis con fuerza. La polla de Santi rebotaba, dejando hilos de precum.

—Quiero que me folles otra vez hasta que me corra sin tocarme —pidió Santi.

Luis lo sujetó por la cintura y empujó hacia arriba con potencia, follándolo desde abajo. El ángulo era perfecto para golpear la próstata. Santi gemía alto, perdido en el placer. El sol ya casi se había escondido cuando se corrió por segunda vez, su leche cayendo sobre el pecho y abdomen de Luis sin haber tocado su polla.

Luis lo giró, lo puso boca abajo sobre la toalla y lo penetró de nuevo, ahora con el culo resbaladizo por su propio semen. Lo folló con embestidas cortas y profundas, casi animal. Finalmente se corrió por segunda vez, añadiendo más leche al interior de Santi.

Quedaron tumbados, exhaustos y abrazados, con el sonido de las olas como única compañía. El semen de Luis salía lentamente del agujero abierto de Santi, manchando la toalla. Se besaron con ternura, acariciándose.

—Esto es lo que siempre quise —susurró Luis—. Estar contigo sin esconderme.

Santi sonrió, aún temblando de placer.

—Y yo contigo, tío. Para siempre.

Se quedaron allí hasta que la noche cayó completamente, bañados en sudor, semen y amor. Luego se dieron un baño en el mar para limpiarse, entre risas y besos, antes de volver al hotel para continuar la noche.


CuLoS











 

ReLaTo. TiO y SoBrInO, pArtE 3




Cinco años después

Habían pasado cinco años desde aquel verano que lo cambió todo. Santi tenía ahora 24 años, era un joven arquitecto técnico recién graduado, con el cuerpo más definido gracias al gimnasio y una madurez que le sentaba bien. Llevaba casi dos años con Marcos, su novio de 26, un chico simpático, deportista y cariñoso que lo trataba bien.

Luis, ya con 47 años, seguía viviendo en Gran Canaria con Pedro. Su relación había sido estable, llena de viajes, proyectos juntos y una vida sexual activa, pero con el tiempo se había vuelto más cómoda que apasionada. Pedro seguía siendo atractivo a sus 50 años, pero la chispa del principio se había calmado.

Cuando Santi llamó para decir que él y Marcos iban a pasar una semana de vacaciones en la isla y que les gustaría quedarse en su casa, Luis sintió un nudo en el estómago. Aceptó inmediatamente.

El reencuentro en el aeropuerto fue emotivo. Luis abrazó a Santi con fuerza, más tiempo del necesario. Sus cuerpos se reconocieron al instante. Pedro y Marcos se cayeron bien desde el primer momento.

La casa de Luis y Pedro era preciosa: amplia, con jardín, piscina y vistas al mar. Los primeros días fueron de puro cariño familiar y turismo. Por las mañanas visitaban playas, dunas de Maspalomas, paseos por Las Palmas. Santi y Luis se comportaban con normalidad: abrazos, risas, anécdotas. Marcos y Pedro cocinaban juntos y hablaban de deportes.

Pero donde hubo fuego, siempre quedan brasas.

La primera chispa saltó la tercera noche. Después de una cena con vino, Marcos y Pedro se fueron a dormir temprano. Santi y Luis se quedaron recogiendo la cocina. Un roce de manos, una mirada demasiado larga.

—Te ves increíble —murmuró Luis cuando Santi pasó a su lado.

—Tú también, tío… joder, sigues igual.

Se besaron. Fue repentino, hambriento. Luis empujó a Santi contra la encimera y metió la mano dentro de sus shorts, agarrando su polla ya dura. Santi gimió bajito.

—No podemos… —susurró, pero no lo detuvo.

Luis se arrodilló allí mismo, en la cocina, y le bajó los shorts. La polla de Santi, más gruesa y venosa que antes, saltó libre. Luis la chupó con devoción, tragándosela hasta el fondo, recordando exactamente cómo le gustaba a su sobrino. Santi le sujetaba la cabeza, follando su boca con movimientos cortos y desesperados. Se corrió en menos de tres minutos, llenando la garganta de Luis con leche espesa.

Luis se levantó, lo besó compartiendo su propio semen y se fue a la habitación con Pedro como si nada.

Al día siguiente, durante una siesta después de la playa, aprovecharon que Marcos y Pedro estaban en la piscina. Se metieron en la habitación de invitados. Esta vez fue más intenso.

Luis folló a Santi en la cama que compartía con Marcos. Lo puso boca abajo, le separó las nalgas y le comió el culo con ansia, metiendo la lengua lo más profundo posible. Santi mordía la almohada para no gritar.

—Te he echado tanto de menos… —gruñó Luis mientras alineaba su polla gruesa y entraba de un solo empujón.

Follaron duro. Luis lo taladraba con embestidas fuertes, agarrándole las caderas, dándole alguna nalgada que dejaba marca. Santi empujaba hacia atrás, pidiendo más.

—Más fuerte, tío… Fóllame como antes.

Luis lo puso a cuatro patas y lo penetró salvajemente, su pelvis chocando contra el culo firme de Santi. Cuando estaba a punto, lo giró, le levantó las piernas y lo folló en misionero, mirándolo a los ojos. Se corrieron casi juntos: Luis inundando el interior de Santi, y este corriéndose sobre su propio abdomen.

Limpiaron rápido y salieron como si nada. Marcos y Pedro no sospecharon.

Los días siguientes fueron un engaño constante y adictivo. Por las mañanas, mientras las parejas dormían, Santi se colaba en la habitación de Luis y Pedro (cuando Pedro estaba en la ducha o corriendo) y le hacía mamadas rápidas y profundas a su tío. Una tarde, en la piscina vacía, Luis se lo folló contra el bordillo, tapándole la boca mientras el agua chapoteaba. Otra noche, cuando Marcos y Pedro salieron a cenar solos, Santi y Luis se encerraron en el baño grande y follaron en la ducha durante casi una hora: Luis levantó a Santi contra la pared y lo penetró profundamente, corriéndose dos veces dentro de él.

El sexo era mejor que nunca. Más maduro, más desesperado. Santi ya no era el chico tímido; ahora pedía exactamente lo que quería.

—Quiero que me folles el culo hasta que no pueda caminar —le decía mientras Luis lo embestía.

Una tarde especialmente arriesgada, mientras Pedro y Marcos hacían la compra, Luis y Santi lo hicieron en el salón principal. Santi cabalgó la polla de su tío sentado en el sofá, moviendo las caderas en círculos perfectos, su polla dura golpeando el abdomen velludo de Luis. Se besaban con lengua, mordiéndose los labios, sudando. Santi se corrió primero, salpicando el pecho de Luis. Este lo sujetó fuerte y lo llenó de semen caliente, manteniéndolo sentado encima hasta que se ablandó.

Pero la culpa también crecía. Santi veía a Marcos, cariñoso y confiado, y se sentía mal. Luis miraba a Pedro y sentía que estaba traicionando años de relación.

La sexta noche todo explotó.

Después de una cena en la terraza con mucho vino, las dos parejas se retiraron. Santi y Luis no aguantaron más. Se encontraron en la habitación de invitados. Esta vez no fue solo sexo: fue pasión mezclada con sentimientos.

Se desnudaron lentamente, besándose por todo el cuerpo. Luis le comió el culo a Santi durante largos minutos, abriéndolo con dos y luego tres dedos. Luego lo penetró despacio, mirándolo a los ojos.

—Te sigo queriendo como el primer día —confesó Luis mientras entraba y salía con embestidas profundas y controladas.

—Y yo a ti, tío. Nunca he dejado de hacerlo.

Follaron durante casi una hora en diferentes posiciones: misionero, de lado, Santi encima cabalgándolo salvajemente. Luis se corrió dentro dos veces. Santi se corrió en la boca de su tío y luego otra vez mientras Luis lo follaba.

Después, tumbados y abrazados, sudorosos y con el semen de ambos entre sus cuerpos, hablaron de verdad.

—No puedo seguir así —dijo Santi—. Engañando a Marcos, viéndote con Pedro… Me está matando. Pero tampoco puedo estar lejos de ti.

Luis lo abrazó más fuerte.

—Yo tampoco. Estos días me han recordado lo que realmente quiero. Pedro es un buen hombre, pero contigo… contigo es fuego, es hogar, es todo. Quiero ser valiente. Quiero estar contigo, Santi. Solo nosotros dos.

Santi lloró de emoción y miedo.

—¿Y ellos?

—Les diremos la verdad. Mañana. Duele, pero es lo justo.

A la mañana siguiente, después de desayunar, Luis y Santi reunieron a Pedro y Marcos. Fue una conversación dura, llena de lágrimas. Pedro se sintió traicionado pero, en el fondo, no estaba sorprendido del todo. Marcos estaba destrozado. Hubo gritos, silencio, abrazos de despedida.

Pedro decidió quedarse en la casa. Les pidió a Luis y Santi unos días para procesarlo. Marcos volvió a Madrid en el primer vuelo disponible.

Luis y Santi se quedaron solos en un hotel cercano esa misma noche.

La primera noche como pareja oficial fue intensa y liberadora. No había prisa, no había que esconderse. Se desnudaron con calma. Santi se arrodilló y le hizo una mamada lenta y adoradora a Luis, saboreando cada centímetro. Luis lo levantó, lo tumbó en la cama y le devolvió el favor, chupándole la polla y comiéndole el culo hasta que Santi suplicaba.

Luego Luis lo penetró. Fue un polvo largo, romántico y salvaje al mismo tiempo. Lo folló en misionero, mirándolo a los ojos, diciéndole cuánto lo amaba. Cambiaron a perrito, donde Luis lo embestía con fuerza, agarrándole el pelo. Terminaron con Santi cabalgando, moviéndose como un experto, hasta que ambos se corrieron casi al unísono, gimiendo fuerte.

Los días siguientes en la isla fueron su verdadera luna de miel. Follaron en la playa al atardecer, en el coche alquilado, en todas las habitaciones del hotel. Santi quería probarlo todo: se dejó follar duro contra la pared, pidió doble penetración con un consolador mientras Luis lo follaba de verdad, se corrió incontables veces.

Una noche, en la terraza del hotel con vistas al mar, Santi se apoyó en la barandilla y Luis lo penetró por detrás, lento y profundo, mientras le masturbaba la polla. Se corrieron juntos mirando las estrellas.

—Eres mío ahora —susurró Luis corriéndose dentro.

—Y tú eres mío, tío… para siempre.

Cinco años después del primer verano, el círculo se cerraba. Luis y Santi eligieron ser valientes. Dejaron atrás las relaciones cómodas y abrazaron la pasión que nunca había muerto. Fue doloroso para los demás, sí, pero para ellos fue el comienzo de una historia auténtica, llena de amor, sexo intenso y complicidad total.

Ahora vivían juntos en Gran Canaria, construyendo una vida nueva. Y cada noche, cuando sus cuerpos se encontraban, recordaban que donde hubo fuego… siempre puede volver a arder con más fuerza.

25.7.26

OjEtE











 

ReLaTo. TiO y SoBrInO, pArtE 2

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ReLaTo. TiO y SoBrInO, pArtE 1




Era una tarde de verano calurosa en la casa familiar de las afueras. La familia se había reunido para celebrar el cumpleaños de la abuela, pero poco a poco todos se fueron yendo. Luis, de 42 años, se había ofrecido a quedarse para ayudar a cerrar la casa y asegurarse de que todo quedara en orden. Santi, su sobrino de 19 años, había decidido quedarse también. “Me quedo a echarte una mano, tío”, había dicho con esa sonrisa tímida que siempre desarmaba a Luis.

Santi era el hijo menor de su hermana. Alto, de cuerpo atlético por los años de natación, piel clara y cabello castaño que le caía desordenado sobre la frente. Tenía esa mezcla de juventud y madurez que hacía que Luis se sintiera culpable cada vez que lo miraba más de lo necesario. Luis, por su parte, era un hombre robusto, de hombros anchos, pecho velludo y brazos fuertes por las horas en el gimnasio y el trabajo manual. Siempre había sido el tío cercano, el que lo llevaba a entrenar, el que escuchaba sus problemas sin juzgar.

Aquella tarde, el calor era sofocante. Después de recoger todo, ambos se quedaron en la sala, sudados y cansados.

—Joder, qué calor —dijo Santi quitándose la camiseta sin pensarlo dos veces. Su espalda ancha y la curva de sus glúteos bajo los pantalones cortos quedaron a la vista. Luis tragó saliva.

—Sí… voy a darme una ducha rápida —respondió Luis, intentando sonar casual.

—Te acompaño, tío. La de arriba está rota, ¿verdad? Usemos la del pasillo.

No era del todo mentira, pero ambos sabían que había más. La tensión había estado creciendo durante meses: miradas que se alargaban, roces “accidentales”, conversaciones que se volvían más íntimas por las noches cuando se mandaban mensajes.

Se metieron juntos en el baño grande. El espejo ya estaba empañado por el vapor. Luis abrió el agua y se quitó la camisa. Santi se bajó los shorts, quedando solo en unos bóxers blancos ajustados que marcaban claramente su paquete. Luis no pudo evitar mirarlo. El chico era hermoso: piernas largas, culo redondo y firme, abdomen plano con los primeros trazos de definición.

—Puedes mirar, tío —dijo Santi en voz baja, con una sonrisa nerviosa pero sincera—. Sé que lo haces.

Luis se quedó congelado un segundo.

—Santi… no deberíamos…

—¿Por qué no? —El joven se acercó, entrando en la ducha con él. El agua caliente cayó sobre ambos—. Te quiero, Luis. Y sé que tú también me deseas. Llevo meses sintiéndolo. No es solo lujuria… es más. Eres la persona en quien más confío en el mundo.

Luis sintió que el corazón le latía con fuerza. Tomó el rostro de su sobrino entre las manos, mirándolo a los ojos. Eran ojos grandes, honestos, llenos de deseo y cariño.

—Te quiero como no debería quererte —confesó Luis con voz ronca—. Pero si vamos a hacer esto, quiero que sea bonito. Que sea entre nosotros, con respeto, con cariño. Sin prisas.

Santi asintió y se acercó más. Sus labios se encontraron en un beso suave al principio, casi tímido. Luego se volvió más profundo. La lengua de Santi buscó la de su tío, explorando con curiosidad y hambre. Sus cuerpos mojados se pegaron. Luis sintió la erección de su sobrino contra su muslo y la suya propia endureciéndose rápidamente.

Las manos de Luis bajaron por la espalda de Santi, acariciando su piel suave, llegando hasta sus glúteos firmes. Los apretó con ternura, separándolos ligeramente mientras el agua corría entre ellos. Santi gimió dentro de su boca.

—Quiero tocarte todo, tío —susurró Santi, bajando la mano hasta el bóxer de Luis. Lo bajó con cuidado y liberó su polla gruesa, ya completamente dura. Era grande, venosa, con el glande hinchado y brillante por el agua—. Joder… es aún más bonita de lo que imaginaba.

Santi se arrodilló bajo el agua y la tomó con ambas manos, mirándola con adoración. La besó primero en la punta, luego pasó la lengua por toda la longitud, saboreando el sabor limpio de la piel mojada. Luis gruñó de placer, apoyando una mano en la pared.

—Así, mi niño… despacio —murmuró Luis, acariciándole el cabello mojado.

Santi abrió la boca y se la metió poco a poco. Era grande, pero estaba decidido. Chupó con devoción, moviendo la cabeza, usando la lengua en la parte de abajo del glande. Sus ojos miraban hacia arriba, buscando la aprobación de su tío. Luis lo miraba con una mezcla de amor y lujuria intensa.

—Eres perfecto, Santi… Dios, qué boca tienes.

Después de varios minutos de mamada lenta y profunda, Luis lo levantó y lo besó con pasión. Ahora era su turno. Hizo girar a Santi, pegándolo contra la pared de azulejos. Se arrodilló detrás de él y separó sus glúteos con las manos grandes. El culo de Santi era precioso: redondo, suave, con un agujerito rosado y apretado que se contrajo cuando sintió el aliento caliente.

Luis lamió lentamente desde el perineo hasta arriba, saboreando cada centímetro. Santi jadeó fuerte.

—Tío… eso se siente tan bien…

Luis hundió la lengua en su agujero, comiéndoselo con hambre pero con cariño. Lo abrió con la lengua, lo chupó, lo besó. Introdujo un dedo mojado con saliva y lo movió suavemente, buscando la próstata. Cuando la encontró, Santi dio un grito de placer.

—Ahí… joder, justo ahí…

Luis añadió un segundo dedo, abriéndolo con paciencia mientras seguía lamiendo alrededor. Santi empujaba hacia atrás, follando los dedos de su tío.

Cuando estuvo suficientemente abierto y relajado, Luis se levantó. Su polla estaba durísima, goteando precum. La frotó entre las nalgas de Santi.

—¿Estás seguro? —preguntó Luis, besándole la nuca.

—Más que nunca. Quiero que me folles, tío. Quiero sentirte dentro.

Luis escupió en su mano y lubricó bien su polla. Colocó el glande en la entrada y empujó muy despacio. Santi respiraba profundamente, relajando el cuerpo. La gruesa verga de Luis entró en su sobrino. Era estrecho, caliente, perfecto.

—Dios… estás tan apretado, Santi… —gruñó Luis, abrazándolo por detrás, una mano en su pecho, la otra sosteniendo su cadera.

Cuando estuvo completamente enterrado, ambos se quedaron quietos, disfrutando la sensación de unión. Luis besaba el cuello y los hombros de su sobrino. Empezó a moverse con embestidas lentas y profundas. Cada vez que salía casi del todo y volvía a entrar, Santi gemía más alto.

La ducha seguía cayendo sobre ellos mientras Luis follaba a su sobrino con ritmo creciente. Sus cuerpos chocaban húmedos. La mano de Luis bajó y masturbó la polla dura de Santi al mismo tiempo.

—Te quiero, tío… Fóllame más fuerte —suplicó Santi.

Luis aceleró, dándole estocadas más potentes. El sonido de piel contra piel llenaba el baño. Santi se corrió primero, gritando el nombre de su tío mientras su leche salía en chorros contra los azulejos. Su culo se contrajo alrededor de la polla de Luis, llevándolo al borde.

—Voy a correrme dentro, mi amor… —avisó Luis.

—Sí, lléname, por favor.

Con un rugido profundo, Luis se corrió intensamente, inundando el interior de Santi con su semen caliente. Se quedó dentro un buen rato, abrazándolo fuerte, besándole la espalda.

Después de la ducha, se secaron y fueron a la habitación principal. La tarde se convirtió en noche y siguieron explorándose con calma y pasión.

En la cama grande, Santi se tumbó boca arriba, con las piernas abiertas. Luis se colocó entre ellas y volvió a entrar en él, esta vez cara a cara. Se miraban a los ojos mientras follaban. Era mucho más íntimo.

—Eres tan guapo… —susurraba Luis, moviéndose lento y profundo—. Mi Santi… mi chico.

Santi rodeaba la cintura de su tío con las piernas, atrayéndolo más adentro. Sus pollas se rozaban entre sus estómagos. Se besaban constantemente, lenguas enredadas, respiraciones compartidas.

Luis lo folló en varias posiciones: de lado, con Santi encima cabalgándolo, y finalmente en misionero otra vez, donde pudieron mirarse mientras se corrían juntos por segunda vez.

Horas después, exhaustos y felices, se quedaron abrazados. Luis acariciaba el cabello de Santi, que descansaba la cabeza en su pecho.

—No quiero que esto cambie nada entre nosotros —dijo Luis suavemente—. Sigues siendo mi sobrino, mi familia… pero ahora también eres mi amante. Si alguna vez quieres parar, solo dímelo.

Santi levantó la cabeza y lo besó.

—No quiero parar nunca, tío. Esto es lo más bonito que me ha pasado. Te amo, Luis. De verdad.

Se durmieron así, piel contra piel, con el olor a sexo y cariño llenando la habitación.

Los días siguientes fueron un descubrimiento constante. Se escapaban a ratos cuando la familia no estaba. En el garaje, Santi se arrodillaba y le hacía mamadas profundas mientras Luis le sujetaba la cabeza con ternura. En la piscina de noche, se masturbaban mutuamente bajo el agua. Una tarde, Luis lo folló sobre la mesa de la cocina, lento y romántico, susurrándole lo mucho que lo deseaba.

Una noche especialmente caliente, Santi quiso probar algo nuevo.

—Tío… quiero que me folles más duro hoy. Quiero sentirme tuyo completamente.

Luis lo preparó con paciencia: mucho lubricante, besos por todo el cuerpo, dedos abriéndolo hasta que Santi suplicaba. Luego lo puso a cuatro patas y lo penetró de un golpe profundo. Santi gritó de placer. Luis lo folló con fuerza, agarrándolo de las caderas, dándole nalgadas suaves que enrojecían su piel clara.

—Dime que eres mío —gruñó Luis.

—Soy tuyo, tío… Solo tuyo. Fóllame el culo como quieras.

Luis lo giró, lo puso de espaldas otra vez y le levantó las piernas sobre sus hombros. La polla entraba y salía completamente, golpeando la próstata con cada embestida. Santi se corrió sin tocarse, su leche salpicando hasta su propio pecho. Luis lo siguió poco después, llenándolo otra vez.

Después, limpiaron suavemente el cuerpo del otro con toallas húmedas, besándose y riendo bajito, compartiendo confidencias.

El amor entre ellos creció. No solo era sexo: eran conversaciones largas hasta la madrugada, Luis enseñándole a Santi cosas de la vida, Santi haciendo reír a su tío con su humor joven. Se cuidaban. Se respetaban. Y cuando follaban, lo hacían con la misma intensidad y cariño.

Una tarde de lluvia, se quedaron en la cama toda la tarde. Santi estaba encima, cabalgando despacio la polla gruesa de Luis, moviendo las caderas en círculos. Luis lo miraba embobado, acariciando su pecho, pellizcando sus pezones suaves.

—Eres lo más sexy que he visto —murmuró Luis.

Santi se inclinó y lo besó mientras aceleraba el ritmo. Sus culos chocaban contra los muslos de Luis. La polla de Santi se frotaba contra el abdomen velludo de su tío.

—Quiero que te corras dentro otra vez… Quiero sentir cómo me llenas.

Luis lo sujetó fuerte de las caderas y empujó hacia arriba, follándolo desde abajo. Santi gemía sin control. Se corrieron casi al mismo tiempo, besándose para ahogar los gritos.

Después, tumbados uno al lado del otro, Luis pasó los dedos por el agujero de Santi, sintiendo su propio semen saliendo lentamente. Lo besó allí con ternura, limpiándolo con la lengua. Santi se estremecía de placer sensible.

—Te amo, tío Luis.

—Y yo a ti, mi Santi. Siempre.

Su relación continuó en secreto, llena de respeto, cariño y un deseo que nunca se apagaba. Eran tío y sobrino, familia… y ahora también amantes. Un lazo especial, profundo y ardiente que los hacía más felices de lo que jamás habían imaginado.

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La playa al atardecer Era el tercer día de su nueva vida juntos, sin secretos ni terceros. Luis y Santi habían alquilado un coch...