23.8.26

ReLATo. De FEsTivAL




El festival estaba a tope. Filas interminables en todos los baños, gente empujando, risas y gritos por todas partes. Jorge llevaba casi una hora aguantándose. Cuando por fin encontró el bloque de urinarios, casi todos estaban ocupados. Solo quedaba uno libre… y al lado de él estaba el hombre de la gorra beige, con el torso desnudo, los pantalones bajados hasta mitad de muslo y los tatuajes negros subiendo por el brazo. Roberto —aunque Jorge no sabía su nombre— también se estaba meando de ganas.

Jorge se colocó a su lado sin pensarlo demasiado. Bajó los pantalones junto al calzonzillo dejando los gluteos al aire, sacó el miembro y empezó a orinar. El chorro fuerte y largo se mezcló con el del otro. El sonido era constante, casi relajante en medio del caos del festival. El hombre de la gorra no se giró de inmediato. Solo inclinó un poco la cabeza, como si hubiera notado la presencia.

—Perdona —dijo Jorge en voz baja, casi para sí mismo.

El otro soltó una risa suave, sin burla.

—Tranquilo, esta bien… yo ya no aguantaba más.

Siguieron orinando juntos. El de la gorra terminó primero, pero no se movió. Se quedó allí, el miembro todavía fuera, sosteniéndolo con una mano, mirando de reojo cómo Jorge terminaba el suyo. Cuando el último hilo cayó, Jorge sacudió con naturalidad. El hombre de la gorra lo observó sin disimulo, una sonrisa pequeña y tranquila en los labios.

—Bonito —murmuró, la voz ronca y baja.

Jorge sintió un calor subir por el pecho. No respondió con palabras. Solo se quedó quieto, el miembro todavía expuesto. El otro dio un paso lateral y se colocó casi pegado a él. La cadera le rozó la suya. El olor a sol, a piel limpia y a un toque de sudor fresco se mezcló entre los dos.

El hombre de la gorra levantó la mano libre y la posó en la cadera de Jorge, apenas un contacto. Jorge no se apartó. Giró el cuerpo hacia él. Ahora estaban frente a frente, tan cerca que podían sentir el aliento del otro. El de la gorra bajó la mirada hacia el miembro de Jorge, que empezaba a endurecerse, y luego volvió a subir los ojos.

—¿Puedo…? —preguntó con suavidad.

Jorge asintió.

La mano se cerró alrededor de él con firmeza y cariño. Acarició despacio, desde la base hasta la punta, esparciendo la humedad residual. Jorge soltó un suspiro y apoyó la frente en el hombro del otro. El tatuaje de la hoja de ginkgo le rozaba la mejilla. El hombre de la gorra continuó el movimiento lento, casi reverente, mientras su propio miembro se endurecía contra el muslo de Jorge.

Se besaron. Fue un beso profundo, sin prisa, con labios que se abrían y se cerraban con cuidado. Las lenguas se encontraron, explorando, saboreando. Jorge pasó los brazos alrededor de la espalda ancha, sintiendo los músculos firmes bajo la piel caliente. El otro soltó el miembro de Jorge solo para tomar ambos juntos, acariciándolos uno contra el otro. La fricción era deliciosa: piel caliente, venas palpables, la humedad que empezaba a brotar de las puntas.

—Así… más despacio —susurró el de la gorra contra su boca.

Jorge obedeció, reduciendo el ritmo de sus propias caderas. El calor entre ellos crecía. El sonido lejano del festival y el zumbido de las luces eran el único fondo.

El hombre de la gorra se inclinó y besó el cuello de Jorge, bajó por la clavícula y llegó al pezón. Lo tomó entre los labios con suavidad, lo chupó despacio, lo rodeó con la lengua. Jorge arqueó la espalda y soltó un suspiro más profundo. El otro pasó al otro pezón, lamiendo, succionando con cuidado, mientras su mano seguía acariciando el miembro de Jorge con movimientos firmes y lentos.

Luego subió un poco más. Enterró la nariz en la axila de Jorge, inhaló el olor a sol y a sudor limpio, y pasó la lengua por la piel sensible. Jorge tembló. El hombre de la gorra chupó con delicadeza, saboreando, mientras su mano libre bajaba por el torso de Jorge hasta llegar otra vez al miembro.

Jorge correspondió. Se inclinó y tomó el pezón del otro entre los labios, lo chupó con la misma suavidad, sintiendo cómo se endurecía bajo su lengua. Luego bajó un poco más y se arrodilló. Tomó el miembro del hombre de la gorra con ambas manos, lo acarició y lo llevó a su boca. El sabor era limpio, salado, cálido. Abrió los labios y lo recibió con cuidado, dejando que la lengua rodeara la cabeza, que los labios se cerraran con suavidad. Subió y bajó despacio, saboreando cada centímetro.

El hombre de la gorra apoyó una mano en su nuca, no para empujar, sino para mantener el contacto. Su otra mano se posó en el hombro de Jorge, apretando con cariño.

—Estás haciéndolo tan bien… —murmuró, la voz rota de placer.

Jorge sonrió alrededor del miembro y aceleró un poco, usando una mano para acariciar los testículos. Luego se levantó solo un momento, se giró ligeramente y ofreció su propia axila. El hombre de la gorra se inclinó de inmediato, inhaló y pasó la lengua por la piel, chupando con suavidad mientras su mano seguía acariciando el miembro de Jorge. El contraste entre la lengua cálida en la axila y la mano firme abajo era intenso.

Después Jorge volvió a arrodillarse y retomó el miembro del otro con la boca. Esta vez más profundo, más rítmico. El hombre de la gorra temblaba ligeramente. Cuando sintió que estaba cerca, avisó con un susurro:
—Voy a…

Jorge no se apartó. Continuó, más suave ahora, hasta que el otro se derramó en su boca con un gemido bajo y largo. Jorge lo recibió todo, tragó con cuidado y siguió lamiendo despacio hasta que los espasmos terminaron.

Se levantó. El hombre de la gorra lo miró con ojos brillantes y se inclinó para besarlo, saboreando su propio sabor en los labios de Jorge. Luego se arrodilló él. Tomó el miembro de Jorge con ambas manos y lo llevó a su boca. La lengua cálida, los labios firmes, el ritmo lento y profundo. Jorge apoyó una mano en la gorra del otro, sin quitársela, solo acariciando el cabello corto bajo la visera.

El hombre de la gorra chupó con dedicación, alternando con caricias en los testículos y, de vez en cuando, subiendo a lamer un pezón de Jorge o a besar el vientre. Cuando Jorge sintió que estaba al borde, avisó con un susurro. El otro no se apartó. Lo recibió todo, tragó y siguió lamiendo con suavidad hasta que Jorge dejó de temblar.

Se quedaron de pie, abrazados un momento, pecho contra pecho, respirando juntos. Se besaron una vez más, más suave ahora, casi agradecido.

Se limpiaron en silencio. El hombre de la gorra se subió los pantalones, ajustó la visera. Jorge hizo lo mismo. Antes de separarse, se miraron a los ojos.

—Gracias —dijo el de la gorra, con una sonrisa pequeña y sincera.

—Gracias a ti —respondió Jorge.

Salieron por separado. Uno a la izquierda, el otro a la derecha. No se dijeron los nombres. No se pidieron verse de nuevo. El ruido del festival los envolvió otra vez, y cada uno siguió su camino, llevando consigo la memoria de un encuentro breve, intenso y lleno de pasión. 

CuLOs











 

ReLaTo. El SOFa




El departamento olía a humedad vieja, a cerveza barata y a algo más indefinible: a cuerpos que habían sudado demasiado tiempo bajo el mismo techo sin atreverse a tocarse. La luz de la tarde entraba torcida por la ventana sucia, tiñendo todo de un dorado polvoriento. El sofá amarillo, desfondado y manchado, ocupaba casi todo el espacio. Encima de él, dos hombres desnudos se miraban como si el mundo se hubiera reducido a ese metro cuadrado de tela gastada.

Marcus llevaba la gorra blanca calada hasta las cejas, la barba corta todavía húmeda de la ducha rápida que se había dado en el baño compartido del edificio. El pecho le brillaba con una fina capa de sudor; las líneas negras de los tatuajes se extendían por los brazos y el torso como un mapa de decisiones antiguas. Tenía las piernas abiertas, los pies apoyados en el suelo frío, y la polla gruesa y dura se alzaba contra el vientre. Su mano derecha, grande y callosa, no estaba en su propia carne. Estaba cerrada alrededor de la de Noah.

Noah sentía el pulso de esa mano como un segundo corazón. Su propio pecho —más limpio, solo marcado por el nudo celta sobre el pectoral izquierdo— subía y bajaba con respiraciones cortas. Tenía el pelo oscuro peinado hacia atrás, la mandíbula tensa, y los ojos fijos en el rostro de Marcus. No había mirado hacia abajo todavía. Si lo hacía, sabía que se iba a romper.

Habían llegado a ese momento por un camino largo y torcido.

Todo empezó tres semanas antes, en el gimnasio del sótano del edificio. Marcus entrenaba solo, siempre con auriculares y la gorra puesta, levantando más peso del que cualquiera debería levantar sin supervisión. Noah lo observaba desde la esquina, fingiendo estirar los isquiotibiales. La primera vez que se cruzaron las miradas, Marcus no sonrió. Solo inclinó la cabeza un milímetro, como reconociendo algo que todavía no tenía nombre.

Luego vinieron los encuentros en la lavandería. Noah olvidando deliberadamente su ropa en la secadora. Marcus ofreciéndole una cerveza cuando se cruzaban en el pasillo. Una noche de lluvia en la que el ascensor se averió y se quedaron atrapados entre el segundo y el tercer piso durante cuarenta minutos. Hablaron de todo menos de lo evidente: del trabajo de Marcus en la obra, de los turnos nocturnos de Noah en el bar, de los exes que no merecían ser recordados, de lo jodido que estaba el alquiler en esa zona.

Nunca dijeron “me gustas”. Nunca dijeron “quiero follarte”. Pero la tensión se acumulaba como electricidad estática. Cada roce de hombros en el pasillo era una chispa. Cada vez que Marcus se quitaba la camiseta sudada frente a la nevera abierta, Noah sentía un tirón bajo el ombligo.

La noche anterior a esa tarde en el sofá, todo se había quebrado.

Noah había subido a pedir una llave de repuesto. Marcus lo invitó a entrar. Había dos cervezas abiertas sobre la mesita, una película de acción en la tele a volumen bajo, y el sofá amarillo esperando. Hablaron hasta las tres de la mañana. En algún momento Marcus se había quitado la camiseta. En algún otro momento Noah se había sentado más cerca. Cuando las manos se tocaron al alcanzar la misma botella, ninguno la retiró.

Marcus había dicho, con la voz baja y ronca:
—Si te quedas esta noche… no sé si voy a poder fingir que solo somos vecinos.

Noah había respondido con un silencio que duró cinco segundos enteros. Después se inclinó y lo besó.

Fue un beso torpe al principio. Dientes chocando, respiraciones entrecortadas. Luego se profundizó. Marcus lo empujó contra el respaldo del sofá, una rodilla entre las piernas de Noah, y le mordió el labio inferior con una posesión que hizo que Noah soltara un gemido que no había planeado. Se separaron jadeando. Marcus apoyó la frente contra la de él.

—Nunca he estado con un hombre —admitió, la voz apenas un susurro—. No así. No de verdad.

Noah cerró los ojos. Él tampoco. Había besado a un chico en la universidad, una vez, borracho y confuso, pero nunca había llegado más lejos. Nunca había sentido ese tirón visceral, esa necesidad de abrirse y de abrir al mismo tiempo.

—Yo tampoco —dijo.

Se quedaron abrazados esa noche, todavía vestidos, con la tele de fondo y el miedo compartido como una tercera presencia. No se tocaron más allá de los besos lentos y de las manos que se deslizaban bajo las camisetas. Cuando se durmieron, lo hicieron espalda contra pecho, el brazo de Marcus rodeando la cintura de Noah como si tuviera miedo de que se escapara.

A la mañana siguiente, la luz del mediodía los encontró todavía allí. Marcus se levantó primero, se duchó, y cuando regresó solo llevaba la gorra y una toalla alrededor de la cintura. Noah lo miró desde el sofá, el corazón latiéndole en la garganta. Sin decir nada, se levantó, se quitó la camiseta y los pantalones, y se quedó en calzoncillos. Marcus dejó caer la toalla.

Se miraron desnudos por primera vez.

No hubo risas nerviosas. No hubo comentarios tontos. Solo el peso de la realidad: dos cuerpos masculinos, duros, peludos, excitados, enfrentados en un departamento que olía a humedad y a posibilidad.

Marcus fue el primero en moverse. Se sentó en el sofá, las piernas abiertas, y extendió la mano. Noah se acercó. Se arrodilló entre ellas un segundo, solo para mirar de cerca. La polla de Marcus era gruesa, venosa, con la cabeza ya brillante. Noah la tocó con la yema de los dedos, casi con reverencia. Marcus soltó un sonido bajo, gutural.

—No tienes que…

—Quiero —respondió Noah.

Se levantó y se sentó a su lado, copiando la postura. Piernas abiertas, espalda contra el respaldo desfondado. Sus muslos se tocaron. El calor era inmediato. Marcus giró la cabeza y lo miró. Después, sin decir nada más, extendió la mano y cerró los dedos alrededor de la polla de Noah.

El contacto fue como un cortocircuito. Noah arqueó la espalda, un gemido escapándosele de la garganta. Su propia mano buscó a Marcus de forma instintiva. Se encontraron a mitad de camino. Dos manos grandes, callosas, rodeando dos pollas duras, moviéndose al mismo ritmo torpe al principio, luego más seguro.

Se miraban a los ojos. No bajaban la vista. Era más íntimo así. Más aterrador. Más real.

Marcus empezó a mover la muñeca con más decisión, el pulgar rozando la ranura húmeda de Noah. Noah correspondió, apretando un poco más, sintiendo cómo la polla de Marcus se contraía en su agarre. El sofá crujía bajo ellos. La luz dorada dibujaba sombras en los músculos tensos, en los tatuajes, en el vello del pecho.

—Joder —susurró Marcus—. Se siente… diferente. Mejor.

Noah asintió, incapaz de formar palabras. Su cadera se movía sola, empujando hacia la mano de Marcus. El placer subía lento, denso, como si el cuerpo todavía estuviera aprendiendo el lenguaje. Cada vez que el pulgar de Marcus pasaba por el frenillo, una descarga le subía por la columna. Cada vez que él apretaba la base de la polla de Marcus, este soltaba un jadeo que le removía las entrañas.

Se inclinaron el uno hacia el otro al mismo tiempo. El beso fue más profundo que los de la noche anterior. Lenguas lentas, respiraciones compartidas, el sabor a pasta de dientes barata y a deseo acumulado. Mientras se besaban, las manos no se detuvieron. El ritmo se aceleró. El sonido húmedo de la piel contra la piel llenó el cuarto.

Marcus fue el primero en gemir contra la boca de Noah. Su mano se apretó con más fuerza. Noah sintió el temblor que le recorría el brazo, el modo en que los músculos del abdomen se contraían. Se separó solo lo suficiente para hablar:
—Voy a correrme…

—Hazlo —respondió Noah, la voz rota—. Quiero verte.

Marcus cerró los ojos un segundo, luego los abrió de nuevo, fijos en los de Noah. Su mano se movió más rápido, más errática. Noah lo imitó, apretando, tirando, sintiendo cómo la polla de Marcus latía contra su palma. El orgasmo llegó como una ola pesada. Marcus se arqueó, la boca abierta en un gemido largo y bajo, y el semen salió a chorros calientes, salpicando el vientre de Noah, los dedos de ambos, el sofá amarillo. Se sacudió varias veces, la mano todavía cerrada alrededor de Noah, como si no quisiera soltarlo ni en medio del placer.

Noah no aguantó mucho más. Ver a Marcus corrérsele en la mano, sentir el calor del semen, oír ese gemido… fue demasiado. Empujó las caderas hacia arriba, la espalda clavada en el respaldo, y se corrió con un grito ahogado. El semen le salió fuerte, manchando el pecho de Marcus, el nudo celta, los tatuajes del brazo. Las contracciones le duraron varios segundos; cada una le arrancaba un jadeo.

Se quedaron así, respirando agitados, las manos todavía envueltas alrededor de las pollas ahora sensibles, el semen mezclado en los dedos y en la piel. La luz de la tarde seguía entrando, indiferente. Afuera, alguien gritaba en la calle. Adentro, solo se oía el latido de dos corazones que intentaban bajar de revoluciones.

Marcus soltó una risa baja, casi incrédula.

—Eso… fue la primera vez.

Noah giró la cabeza y lo miró. Tenía una gota de semen en la barba. Sin pensarlo, se inclinó y la lamió. Marcus soltó un sonido sorprendido, luego otro más profundo cuando Noah siguió lamiendo, limpiando el pecho, el abdomen, hasta llegar a la polla todavía semidura.

—Otra vez —pidió Noah, la voz ronca—. Quiero hacerlo otra vez. Más despacio. Quiero aprenderte.

Marcus le acarició el pelo con la mano limpia.

—Entonces ven aquí.

Se reacomodaron. Marcus se recostó contra el brazo del sofá, las piernas abiertas. Noah se colocó entre ellas, de rodillas en el suelo frío. Miró la polla de Marcus de cerca: gruesa, todavía brillante de semen y saliva, las venas marcadas. La tomó con ambas manos y la acercó a la boca. El olor era intenso, masculino, a sudor limpio y a sexo reciente. Sacó la lengua y lamió desde la base hasta la cabeza, despacio, saboreando. Marcus soltó un gemido largo y dejó caer la cabeza hacia atrás.

Noah abrió la boca y tomó la cabeza. Era más gruesa de lo que esperaba; le costó un poco. Bajó despacio, sintiendo cómo se le llenaba la boca, cómo la saliva se acumulaba. Subió y bajó, aprendiendo el ritmo, usando la lengua, las manos en lo que no cabía. Marcus le acariciaba el pelo, sin empujar, solo guiando.

—Así… joder, así —susurró.

Noah se entregó al acto. Chupar a otro hombre por primera vez era extraño y adictivo al mismo tiempo. El peso en la lengua, el sabor salado, los sonidos que salían de la garganta de Marcus… todo lo excitaba de nuevo. Su propia polla se endureció otra vez, colgando pesada entre las piernas. De vez en cuando se tocaba a sí mismo, pero la mayor parte de su atención estaba en el cuerpo de Marcus.

Después de un rato, Marcus lo detuvo con suavidad.

—Sube. Quiero probarte a ti también.

Se cambiaron de posición. Ahora era Marcus quien se arrodillaba entre las piernas de Noah. Su técnica era más torpe al principio —nunca había hecho esto—, pero compensaba con entusiasmo. Tomó la polla de Noah casi hasta la base en el primer intento, atragantándose un poco, y luego se adaptó. Noah se arqueó, una mano en la gorra de Marcus, la otra agarrando el borde del sofá. El calor húmedo de esa boca era diferente a cualquier cosa que hubiera sentido. Más íntimo. Más vulnerable.

Se turnaron así un buen rato: boca y manos, manos y boca, aprendiendo los puntos sensibles del otro. Descubrieron que Marcus gemía más fuerte cuando le rozaban los testículos. Que Noah se sacudía cuando le chupaban con fuerza la cabeza. Que ambos se volvían incoherentes cuando se miraban a los ojos mientras lo hacían.

Cuando el placer volvió a acumularse demasiado, Marcus se levantó y empujó a Noah suavemente hasta que quedó recostado a lo largo del sofá. Se subió encima, las rodillas a ambos lados de las caderas de Noah, y se frotó contra él. Las dos pollas, duras otra vez, se rozaban entre sus vientres. Marcus se inclinó y lo besó, profundo, sucio, mientras movía las caderas.

—Quiero estar dentro de ti —dijo contra su boca—. O que estés dentro de mí. No sé. Quiero las dos cosas. Pero hoy… hoy solo quiero sentir más de esto.

Noah asintió. Todavía no estaban listos para penetrarse. El miedo y la emoción de la primera vez eran suficientes. En cambio, Marcus escupió en su mano, la pasó entre ambos, y empezó a masturbarlos juntos. Las dos pollas apretadas una contra la otra, la mano grande de Marcus moviéndose arriba y abajo, el roce de la piel, el calor compartido.

Noah envolvió su propia mano sobre la de Marcus, sumando presión. Se movían juntos, jadeando, sudando, el sofá crujiendo bajo el peso. El semen anterior se había secado en sus cuerpos; ahora se mezclaba con el nuevo líquido preseminal. El olor a sexo llenaba el cuarto.

Marcus se corrió primero otra vez, con un gruñido que pareció salir desde lo más profundo del pecho. El semen le salió entre los dedos, caliente, abundante. Noah lo siguió segundos después, empujando las caderas hacia arriba, el orgasmo tan intenso que le nubló la vista un momento.

Se derrumbaron juntos sobre el sofá, cuerpos pegajosos, respiraciones agitadas, piernas enredadas. Marcus se quitó la gorra y la tiró al suelo. Apoyó la frente en el hombro de Noah.

—Eso fue… —empezó, y se rio suavemente—. No tengo palabras.

Noah le acarició la espalda, siguiendo las líneas de los tatuajes con los dedos.

—Tampoco yo.

Se quedaron en silencio un buen rato. Afuera, el día seguía su curso. Adentro, el tiempo parecía haberse detenido. Eventualmente Marcus se levantó, fue a la cocina y regresó con un trapo húmedo y dos vasos de agua. Limpiaron los cuerpos con ternura, sin prisa. Después se volvieron a tumbar, ahora de lado, frente a frente.

—¿Qué pasa ahora? —preguntó Noah en voz baja.

Marcus le acarició la mejilla con el dorso de los dedos.

—Ahora… ahora aprendemos. Despacio. Sin prisa. Y la próxima vez que te quedes, trae ropa de cambio. Porque no pienso dejarte ir tan fácil.

Noah sonrió. Era una sonrisa pequeña, cansada, pero real.

—Trato hecho.

La luz de la tarde se iba volviendo más densa, más dorada. El sofá amarillo crujió cuando se acomodaron mejor. Marcus pasó un brazo alrededor de la cintura de Noah y lo atrajo hacia sí. Se besaron otra vez, lento, sin la urgencia de antes. Solo labios y respiraciones compartidas.

Fuera, la ciudad seguía ruidosa e indiferente. Dentro de ese departamento destartalado, dos hombres que nunca habían estado con otro hombre se habían encontrado en el lugar más improbable: un sofá viejo, una luz sucia, y el coraje de decir sí por primera vez.

Y aunque todavía no lo sabían del todo, esa tarde no iba a ser la última.

Se durmieron así, pegados, el semen seco todavía en la piel, el olor a sexo y a cerveza flotando en el aire. Cuando despertaron, horas después, la noche ya había caído. Marcus se levantó para cerrar la ventana. Noah lo observó desde el sofá: la espalda ancha, los tatuajes, el culo firme, la polla colgando pesada entre las piernas. Sintió el deseo volver a despertar, más lento, más profundo.

Marcus se giró y lo miró. Sonrió.

—¿Otra ronda?

Noah se incorporó, el corazón latiéndole otra vez con fuerza.

—Sí. Pero esta vez… quiero probar algo más.

Marcus levantó una ceja, intrigado.

—¿Qué?

Noah se levantó, se acercó, y lo empujó suavemente hasta que quedó sentado otra vez en el sofá. Se arrodilló entre sus piernas, miró hacia arriba, y dijo:
—Quiero que me folles la boca hasta que te corras. Y después quiero que me hagas lo mismo a mí. Y después… hablamos de lo otro.

Marcus soltó una risa baja, oscura, llena de promesas.

—Como digas.

Y la noche apenas comenzaba.

(Continuaron hasta bien entrada la madrugada. Aprendieron el sabor del otro, el ritmo, los puntos exactos que hacían temblar las piernas. Se corrieron más veces de las que podían contar. Hablaron en susurros entre orgasmo y orgasmo: de miedos, de curiosidad, de lo mucho que habían esperado sin saber que lo esperaban. Cuando por fin se quedaron sin fuerzas, se ducharon juntos bajo el agua tibia del baño minúsculo, lavándose el uno al otro con una ternura que ninguno de los dos había experimentado antes. Después volvieron al sofá, se cubrieron con la manta deshilachada, y se durmieron otra vez, esta vez sabiendo que la mañana siguiente no iba a traer arrepentimiento, sino ganas de más.)

Al amanecer, la luz entró otra vez por la ventana sucia. Marcus despertó primero. Miró a Noah dormido contra su pecho, el pelo revuelto, la boca entreabierta, y sintió algo más profundo que el deseo. Algo que se parecía peligrosamente a la posibilidad de quedarse.

Se inclinó y le besó la frente.

Noah abrió los ojos.

—Buenos días —dijo, la voz ronca de tanto gemir.

—Buenos días —respondió Marcus—. ¿Café?

—Café. Y después… más de esto.

Marcus sonrió, la misma sonrisa torcida de siempre, pero más suave.

—Trato hecho.

Y en ese departamento destartalado, sobre un sofá amarillo manchado de semen y de primeras veces, dos hombres empezaron a escribir una historia que ninguno de los dos había planeado, pero que ambos, por fin, estaban listos para vivir.

22.8.26

OjEteS











 

rElAtO. lA maÑaNA sIgUIeNTe



La luz de la mañana entraba sesgada por la ventana de la cocina, filtrada por las persianas a medio bajar. El aire olía a café recién hecho y a algo más íntimo: a sexo de la noche anterior, a sudor seco, a sábanas que todavía no habían sido cambiadas.

Iván fue el primero en levantarse. Tenía el pelo castaño revuelto, la boca un poco hinchada y una marca roja en el cuello que no recordaba haber pedido. Caminó desnudo hasta la cocina sin buscar ropa. No había pudor. Después de lo de anoche, la vergüenza se había quedado en algún lugar entre la puerta de entrada y la cama.

Oscar apareció dos minutos después. Rubio, más alto, con una cadena fina de plata que le colgaba del cuello y que la noche anterior había tintineado cada vez que se movía encima de Iván. También desnudo. La polla pesada, todavía un poco hinchada, balanceándose al caminar. Sonrió al ver a Iván apoyado en la encimera, sosteniendo un bol blanco con las dos manos.

—Buenos días —dijo Oscar con la voz ronca de quien ha gemido demasiado.

—Buenos días —respondió Iván, y le devolvió la sonrisa.

No se cubrieron. No se apartaron la mirada de los cuerpos. Se quedaron uno frente al otro, a un metro de distancia, desnudos bajo la luz fría de la cocina azul. Iván sostenía el bol con cereal y leche. Oscar tenía una taza de café entre las manos. El vapor subía entre ellos.

Durante unos segundos solo se miraron.

La polla de Iván era gruesa, de piel un poco más oscura, medio dura solo por la costumbre de la mañana y por tener a Oscar delante. La de Oscar era más larga, más pálida, con la cabeza rosada todavía sensible. El vello de ambos estaba revuelto, pegado en algunos sitios por restos secos de semen de la noche anterior.

Oscar dio un sorbo al café sin dejar de mirar el cuerpo de Iván.

—No te has lavado —observó.

—Tú tampoco —respondió Iván—. Me gusta. Hueles a mí. Y a ti. Y a lo que hicimos.

Oscar rio bajito. El sonido fue íntimo, casi privado.

—Anoche no pensé que me iba a despertar así. Tan… cómodo. Normalmente después de follar con alguien por primera vez siento la necesidad de ponerme los calzoncillos lo antes posible. Contigo no.

Iván dejó el bol en la encimera y se giró un poco más hacia él. La polla se le movió con el gesto.

—Yo igual. Me desperté y lo primero que hice fue mirarte dormir. Estabas de lado, con una pierna flexionada, y se te veía todo. La polla apoyada en el muslo, los huevos, el culo. Me quedé un rato solo mirando. Después me levanté y vine aquí. No se me ocurrió buscar ropa.

Se quedaron en silencio otro momento. El frigorífico zumbaba suavemente. Fuera se oía el tráfico lejano.

Oscar apoyó la cadera en la encimera contraria, la taza todavía en la mano. La cadena de plata le brillaba sobre el pecho.

—Cuéntame qué recuerdas de anoche —pidió—. Quiero oírlo en tu voz.

Iván inspiró despacio. La mirada bajó por el cuerpo de Oscar con deliberación: los hombros anchos, el pecho suave, los abdominales marcados sin exageración, el vello del vientre que bajaba hasta el pubis, la polla que empezaba a levantarse solo por la conversación.

—Recuerdo la puerta. Cómo me empujaste contra ella en cuanto entramos. Cómo me besaste como si llevaras semanas sin besar a nadie. Recuerdo que me bajaste los pantalones sin pedir permiso y que te arrodillaste ahí mismo, en el recibidor. Tu boca… joder, Oscar. Tu boca era caliente y húmeda y sabías exactamente cuánto apretar. Me chupaste hasta que casi me corro en menos de dos minutos. Después me llevaste a la cama. Me pusiste de rodillas y me follaste la boca con calma, sujetándome el pelo. Me gustó cómo gemías. Bajo, como si no quisieras que los vecinos oyeran pero al mismo tiempo te diera igual.

Oscar se pasó la lengua por el labio inferior. Su polla ya estaba completamente dura, apuntando ligeramente hacia la izquierda.

—Sigue.

—Después me diste la vuelta. Me abriste las piernas y me lamiste el culo durante un rato que se me hizo eterno. Tenías la lengua profunda. Me tenías temblando. Cuando por fin me follaste, entraste despacio, dejándome sentir cada centímetro. Me follaste primero de lado, después de rodillas, después boca arriba con mis piernas sobre tus hombros. Te corriste dentro de mí la primera vez. Lo sentí. Caliente. Después me hiciste correrme con la mano mientras seguías dentro, blando pero todavía ahí. Y más tarde, de madrugada, me despertaste otra vez y me dejaste follarte a mí. Fue más lento. Más profundo. Me corrí dentro de ti también.

Oscar cerró los ojos un segundo, como si estuviera reviviendo cada imagen.

—Me gustó cómo me mirabas mientras me follabas —dijo—. Como si no pudieras creer que te estuviera dejando. Y me gustó cómo se te ponía la voz cuando estabas cerca. Más grave. Más rota.

Iván dio un paso más cerca. Ahora solo los separaban sesenta centímetros. El calor de sus cuerpos empezaba a mezclarse.

—¿Qué descubriste de mí anoche que no esperabas? —preguntó Iván.

Oscar abrió los ojos. La mirada era directa, sin vergüenza.

—Que te gusta que te hablen sucio pero también que te hablen bajo. Que cuando te digo “qué rico estás” con voz normal se te pone más duro que cuando te llamo puta. Que tienes los pies sensibles. Anoche, cuando te los toqué por casualidad mientras te follaba, se te escapó un gemido distinto. Y que después de correrte te quedas muy quieto, mirando al techo, como si estuvieras guardando el momento dentro de la cabeza para no olvidarlo.

Iván sonrió, un poco sorprendido de lo preciso que era el recuerdo.

—Tú también tienes cosas. Descubrí que te gusta que te chupen los huevos mientras te masturban despacio. Que cuando estás a punto de correrte aprietas los muslos y echas la cabeza hacia atrás. Que tienes un lunar pequeño justo encima de la base de la polla, del lado izquierdo. Y que cuando te corres dentro se te suelta un sonido que parece casi de alivio, como si llevaras mucho tiempo aguantando algo.

Oscar dejó la taza en la encimera. Ahora tenía las dos manos libres. No tocó a Iván. Solo se quedó mirándolo, la polla dura, el pecho subiendo y bajando un poco más rápido.

—Ven aquí —dijo en voz baja—. Sin tocarme todavía. Solo acércate más.

Iván obedeció. Se situó frente a él, casi pecho con pecho, las pollas casi rozándose pero sin llegar a tocarse. El calor era intenso. Se miraron a los ojos.

—Ahora dime qué sientes —pidió Oscar—. Exactamente.

Iván tragó saliva.

—Siento el olor de tu cuerpo. Café, sexo, piel. Siento cómo se me pone más dura la polla solo de tenerla tan cerca de la tuya. Siento ganas de arrodillarme y chupártela aquí mismo, en la cocina, con la luz de la mañana y el ruido de la calle. Siento ganas de que me gires, me apoyes en la encimera y me folles otra vez, despacio, hasta que no pueda sostener el bol. Y siento… algo raro. Como si esto no fuera solo sexo de una noche. Como si me gustara verte desnudo en mi cocina más de lo que debería gustarme después de conocerte hace menos de doce horas.

Oscar asintió despacio.

—A mí me pasa igual. Me gusta cómo se te ve la polla ahora mismo. Hinchada, un poco brillante en la punta. Me gusta el vello de tu vientre. Me gusta que no te hayas limpiado del todo y todavía tengas restos secos de mi semen en el muslo interior. Me gusta que estemos hablando así, tan cerca, sin tocarnos todavía. El no tocarse durante un rato lo hace más denso.

Iván bajó la mirada entre sus cuerpos. Las dos pollas estaban completamente erectas, casi tocándose. Un hilo de pre-semen empezaba a formarse en la de Oscar.

—¿Puedo tocarte ya? —preguntó Iván.

—Sí —respondió Oscar—. Pero despacio. Quiero sentir cómo me descubres con las manos esta mañana, con luz, sin la urgencia de anoche.

Iván levantó una mano y la apoyó primero en el pecho de Oscar, sobre el pectoral izquierdo. Sintió el corazón latiendo rápido. Bajó los dedos despacio, rozando el pezón, el abdomen, el vello del vientre. Cuando llegó a la base de la polla, se detuvo un segundo. Después la envolvió con los dedos.

Estaba caliente. Más caliente de lo que recordaba. La piel se deslizaba suave sobre el tronco duro. Iván subió y bajó la mano una sola vez, lento, y Oscar soltó un suspiro profundo.

—Así —murmuró Oscar—. Justo así.

Oscar levantó sus propias manos y tocó a Iván. Primero los costados, después la cintura, después la polla. Se acariciaron el uno al otro al mismo ritmo, mirándose a los ojos, tan cerca que compartían el mismo aire.

—Anoche te follé —dijo Oscar en voz baja—. Esta mañana quiero hacer algo distinto. Quiero arrodillarme y chuparte hasta que te corras en mi boca. Quiero saborearte con luz de día. Después quiero que me lo hagas tú a mí. Y después… si todavía queremos, podemos follar otra vez. Pero despacio. Quiero escucharte. Quiero que me digas qué sientes cada vez que entro o salgo.

Iván asintió, la respiración ya irregular.

—Quiero eso. Y quiero algo más. Quiero que me dejes olerte. El cuello, la axila, la ingle. Anoche estaba demasiado oscuro y demasiado rápido. Ahora quiero memorizarte.

Oscar sonrió, suave.

—Entonces hazlo.

Iván se inclinó y apoyó la nariz en el cuello de Oscar, justo debajo de la oreja. Inspiró hondo. Olor a piel caliente, a resto de colonia de la noche anterior, a sueño. Bajó hasta la clavícula, después hasta la axila. El olor allí era más fuerte, más íntimo. Oscar se estremeció cuando la lengua de Iván rozó la piel sensible.

Mientras tanto las manos seguían moviéndose entre ellos, acariciando las pollas con lentitud deliberada.

Iván se arrodilló. El suelo de madera estaba frío bajo sus rodillas. Se quedó a la altura de la polla de Oscar y la miró de cerca. La cabeza estaba húmeda, el prepucio retraído, una gota transparente colgando. Iván la recogió con la lengua y después abrió la boca y se la llevó dentro.

Oscar soltó un gemido largo y apoyó una mano en el pelo de Iván, sin empujar, solo sosteniendo.

Iván chupó con calma. Lengua plana en la parte inferior, labios firmes, un poco de succión cada vez que subía. Con una mano acariciaba los huevos de Oscar, pesados y calientes. Con la otra se tocaba a sí mismo, al mismo ritmo.

—Joder, Iván… —la voz de Oscar era un hilo—. Se te da tan bien. Anoche también, pero ahora… ahora te estoy viendo. Te estoy viendo de rodillas en tu propia cocina, desnudo, chupándome la polla como si fuera lo único que quisieras hacer en la vida.

Iván gimió alrededor de la verga y el sonido vibró. Siguió un rato más, hasta que sintió que Oscar empezaba a tensarse. Entonces se apartó, un hilo de saliva conectando sus labios con la cabeza brillante.

—No todavía —dijo Iván—. Quiero que me folles primero.

Oscar lo levantó con suavidad y lo giró, apoyándolo de cara a la encimera. Iván abrió las piernas y apoyó los antebrazos en la madera. Oscar se arrodilló detrás un momento y le lamió el culo con la misma calma con la que Iván le había chupado la polla. Lengua caliente, profunda, sin prisa. Iván temblaba.

Cuando Oscar se puso de pie y empezó a entrar, lo hizo centímetro a centímetro. Iván sintió cómo se abría, cómo se llenaba, cómo el cuerpo de Oscar se pegaba al suyo por la espalda. La cadena de plata le rozaba la piel.

—Háblame —pidió Oscar, ya dentro del todo, sin moverse todavía—. Dime qué sientes.

—Te siento profundo —respondió Iván con voz rota—. Me estás llenando. Duele un poco, del bueno. Siento tus huevos contra los míos. Siento tu respiración en mi cuello. Quiero que te muevas. Pero despacio. Quiero sentir cada vez que sales y vuelves a entrar.

Oscar empezó a moverse. Embistes largas, profundas, casi lentas. La cocina se llenó del sonido húmedo de piel contra piel y de los gemidos bajos de los dos. Cada vez que Oscar entraba hasta el fondo, Iván apretaba la encimera. Cada vez que salía casi del todo, Iván gemía de necesidad.

—Más —pidió Iván—. Puedes ir un poco más rápido. Pero no del todo. Quiero que dure.

Oscar obedeció. Aceleró solo un poco. Una mano le rodeó la polla a Iván y lo masturbó al mismo ritmo de las embestidas. La otra mano le sujetaba la cadera.

Se corrieron casi juntos. Iván primero, el semen saliendo a chorros sobre el cajón azul de la cocina y la mano de Oscar. Las contracciones hicieron que Oscar se corriera dentro de él segundos después, con un gemido grave que se le escapó contra la nuca de Iván.

Se quedaron así un rato, unidos, respirando.

Cuando Oscar salió, el semen le resbaló por el muslo interior a Iván. Ninguno se movió para limpiarlo.

Se giraron el uno hacia el otro. Se miraron. Se rieron bajito, cansados, sorprendidos de lo fácil que se sentía todo.

Oscar recuperó su taza de café, ya tibia. Iván recuperó el bol. Se quedaron otra vez de pie, desnudos, bebiendo y comiendo en silencio durante unos minutos.

Después Oscar habló:
—¿Qué descubriste esta mañana que no descubriste anoche?

Iván pensó un momento.

—Que me gusta verte comer. Que me gusta cómo se te mueve la garganta cuando bebes. Que me gusta que no hayas intentado vestirte. Y que… que no quiero que te vayas todavía. Sé que es pronto. Sé que nos conocimos ayer. Pero no quiero que te pongas la ropa y salgas por esa puerta como si esto hubiera sido solo una follada de sábado por la noche.

Oscar dejó la taza y se acercó. Esta vez sí lo tocó: le apoyó la frente contra la de Iván y cerró los ojos.

—Yo tampoco quiero irme todavía. Quiero quedarme el día. Quiero que me folles en el sofá. Quiero que me chupes otra vez. Quiero cocinar contigo desnudos y mancharnos de aceite y reírnos. Quiero descubrir más cosas. Cómo suenas cuando te hago el amor despacio por la tarde. Cómo hueles después de ducharte. Cómo se te pone la cara cuando te corro en la boca y me miras mientras te tragas.

Iván asintió, la frente todavía apoyada en la de Oscar.

—Entonces quédate.

—Me quedo.

Se separaron solo lo suficiente para mirarse a los ojos otra vez. Las pollas, blandas ahora, colgaban entre ellos. El semen de Oscar seguía resbalando lento por la pierna de Iván. El café se enfriaba. El cereal se ablandaba en el bol.

Ninguno de los dos se movió para limpiarse ni para vestirse.

La mañana era larga. Y acababan de empezar a descubrirse de verdad.




Con AlGo de RopA











 

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El festival estaba a tope. Filas interminables en todos los baños, gente empujando, risas y gritos por todas partes. Jorge lleva...