Vive y Deja vivir
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22.8.26
rElAtO. lA maÑaNA sIgUIeNTe
La luz de la mañana entraba sesgada por la ventana de la cocina, filtrada por las persianas a medio bajar. El aire olía a café recién hecho y a algo más íntimo: a sexo de la noche anterior, a sudor seco, a sábanas que todavía no habían sido cambiadas.
Iván fue el primero en levantarse. Tenía el pelo castaño revuelto, la boca un poco hinchada y una marca roja en el cuello que no recordaba haber pedido. Caminó desnudo hasta la cocina sin buscar ropa. No había pudor. Después de lo de anoche, la vergüenza se había quedado en algún lugar entre la puerta de entrada y la cama.
Oscar apareció dos minutos después. Rubio, más alto, con una cadena fina de plata que le colgaba del cuello y que la noche anterior había tintineado cada vez que se movía encima de Iván. También desnudo. La polla pesada, todavía un poco hinchada, balanceándose al caminar. Sonrió al ver a Iván apoyado en la encimera, sosteniendo un bol blanco con las dos manos.
—Buenos días —dijo Oscar con la voz ronca de quien ha gemido demasiado.
—Buenos días —respondió Iván, y le devolvió la sonrisa.
No se cubrieron. No se apartaron la mirada de los cuerpos. Se quedaron uno frente al otro, a un metro de distancia, desnudos bajo la luz fría de la cocina azul. Iván sostenía el bol con cereal y leche. Oscar tenía una taza de café entre las manos. El vapor subía entre ellos.
Durante unos segundos solo se miraron.
La polla de Iván era gruesa, de piel un poco más oscura, medio dura solo por la costumbre de la mañana y por tener a Oscar delante. La de Oscar era más larga, más pálida, con la cabeza rosada todavía sensible. El vello de ambos estaba revuelto, pegado en algunos sitios por restos secos de semen de la noche anterior.
Oscar dio un sorbo al café sin dejar de mirar el cuerpo de Iván.
—No te has lavado —observó.
—Tú tampoco —respondió Iván—. Me gusta. Hueles a mí. Y a ti. Y a lo que hicimos.
Oscar rio bajito. El sonido fue íntimo, casi privado.
—Anoche no pensé que me iba a despertar así. Tan… cómodo. Normalmente después de follar con alguien por primera vez siento la necesidad de ponerme los calzoncillos lo antes posible. Contigo no.
Iván dejó el bol en la encimera y se giró un poco más hacia él. La polla se le movió con el gesto.
—Yo igual. Me desperté y lo primero que hice fue mirarte dormir. Estabas de lado, con una pierna flexionada, y se te veía todo. La polla apoyada en el muslo, los huevos, el culo. Me quedé un rato solo mirando. Después me levanté y vine aquí. No se me ocurrió buscar ropa.
Se quedaron en silencio otro momento. El frigorífico zumbaba suavemente. Fuera se oía el tráfico lejano.
Oscar apoyó la cadera en la encimera contraria, la taza todavía en la mano. La cadena de plata le brillaba sobre el pecho.
—Cuéntame qué recuerdas de anoche —pidió—. Quiero oírlo en tu voz.
Iván inspiró despacio. La mirada bajó por el cuerpo de Oscar con deliberación: los hombros anchos, el pecho suave, los abdominales marcados sin exageración, el vello del vientre que bajaba hasta el pubis, la polla que empezaba a levantarse solo por la conversación.
—Recuerdo la puerta. Cómo me empujaste contra ella en cuanto entramos. Cómo me besaste como si llevaras semanas sin besar a nadie. Recuerdo que me bajaste los pantalones sin pedir permiso y que te arrodillaste ahí mismo, en el recibidor. Tu boca… joder, Oscar. Tu boca era caliente y húmeda y sabías exactamente cuánto apretar. Me chupaste hasta que casi me corro en menos de dos minutos. Después me llevaste a la cama. Me pusiste de rodillas y me follaste la boca con calma, sujetándome el pelo. Me gustó cómo gemías. Bajo, como si no quisieras que los vecinos oyeran pero al mismo tiempo te diera igual.
Oscar se pasó la lengua por el labio inferior. Su polla ya estaba completamente dura, apuntando ligeramente hacia la izquierda.
—Sigue.
—Después me diste la vuelta. Me abriste las piernas y me lamiste el culo durante un rato que se me hizo eterno. Tenías la lengua profunda. Me tenías temblando. Cuando por fin me follaste, entraste despacio, dejándome sentir cada centímetro. Me follaste primero de lado, después de rodillas, después boca arriba con mis piernas sobre tus hombros. Te corriste dentro de mí la primera vez. Lo sentí. Caliente. Después me hiciste correrme con la mano mientras seguías dentro, blando pero todavía ahí. Y más tarde, de madrugada, me despertaste otra vez y me dejaste follarte a mí. Fue más lento. Más profundo. Me corrí dentro de ti también.
Oscar cerró los ojos un segundo, como si estuviera reviviendo cada imagen.
—Me gustó cómo me mirabas mientras me follabas —dijo—. Como si no pudieras creer que te estuviera dejando. Y me gustó cómo se te ponía la voz cuando estabas cerca. Más grave. Más rota.
Iván dio un paso más cerca. Ahora solo los separaban sesenta centímetros. El calor de sus cuerpos empezaba a mezclarse.
—¿Qué descubriste de mí anoche que no esperabas? —preguntó Iván.
Oscar abrió los ojos. La mirada era directa, sin vergüenza.
—Que te gusta que te hablen sucio pero también que te hablen bajo. Que cuando te digo “qué rico estás” con voz normal se te pone más duro que cuando te llamo puta. Que tienes los pies sensibles. Anoche, cuando te los toqué por casualidad mientras te follaba, se te escapó un gemido distinto. Y que después de correrte te quedas muy quieto, mirando al techo, como si estuvieras guardando el momento dentro de la cabeza para no olvidarlo.
Iván sonrió, un poco sorprendido de lo preciso que era el recuerdo.
—Tú también tienes cosas. Descubrí que te gusta que te chupen los huevos mientras te masturban despacio. Que cuando estás a punto de correrte aprietas los muslos y echas la cabeza hacia atrás. Que tienes un lunar pequeño justo encima de la base de la polla, del lado izquierdo. Y que cuando te corres dentro se te suelta un sonido que parece casi de alivio, como si llevaras mucho tiempo aguantando algo.
Oscar dejó la taza en la encimera. Ahora tenía las dos manos libres. No tocó a Iván. Solo se quedó mirándolo, la polla dura, el pecho subiendo y bajando un poco más rápido.
—Ven aquí —dijo en voz baja—. Sin tocarme todavía. Solo acércate más.
Iván obedeció. Se situó frente a él, casi pecho con pecho, las pollas casi rozándose pero sin llegar a tocarse. El calor era intenso. Se miraron a los ojos.
—Ahora dime qué sientes —pidió Oscar—. Exactamente.
Iván tragó saliva.
—Siento el olor de tu cuerpo. Café, sexo, piel. Siento cómo se me pone más dura la polla solo de tenerla tan cerca de la tuya. Siento ganas de arrodillarme y chupártela aquí mismo, en la cocina, con la luz de la mañana y el ruido de la calle. Siento ganas de que me gires, me apoyes en la encimera y me folles otra vez, despacio, hasta que no pueda sostener el bol. Y siento… algo raro. Como si esto no fuera solo sexo de una noche. Como si me gustara verte desnudo en mi cocina más de lo que debería gustarme después de conocerte hace menos de doce horas.
Oscar asintió despacio.
—A mí me pasa igual. Me gusta cómo se te ve la polla ahora mismo. Hinchada, un poco brillante en la punta. Me gusta el vello de tu vientre. Me gusta que no te hayas limpiado del todo y todavía tengas restos secos de mi semen en el muslo interior. Me gusta que estemos hablando así, tan cerca, sin tocarnos todavía. El no tocarse durante un rato lo hace más denso.
Iván bajó la mirada entre sus cuerpos. Las dos pollas estaban completamente erectas, casi tocándose. Un hilo de pre-semen empezaba a formarse en la de Oscar.
—¿Puedo tocarte ya? —preguntó Iván.
—Sí —respondió Oscar—. Pero despacio. Quiero sentir cómo me descubres con las manos esta mañana, con luz, sin la urgencia de anoche.
Iván levantó una mano y la apoyó primero en el pecho de Oscar, sobre el pectoral izquierdo. Sintió el corazón latiendo rápido. Bajó los dedos despacio, rozando el pezón, el abdomen, el vello del vientre. Cuando llegó a la base de la polla, se detuvo un segundo. Después la envolvió con los dedos.
Estaba caliente. Más caliente de lo que recordaba. La piel se deslizaba suave sobre el tronco duro. Iván subió y bajó la mano una sola vez, lento, y Oscar soltó un suspiro profundo.
—Así —murmuró Oscar—. Justo así.
Oscar levantó sus propias manos y tocó a Iván. Primero los costados, después la cintura, después la polla. Se acariciaron el uno al otro al mismo ritmo, mirándose a los ojos, tan cerca que compartían el mismo aire.
—Anoche te follé —dijo Oscar en voz baja—. Esta mañana quiero hacer algo distinto. Quiero arrodillarme y chuparte hasta que te corras en mi boca. Quiero saborearte con luz de día. Después quiero que me lo hagas tú a mí. Y después… si todavía queremos, podemos follar otra vez. Pero despacio. Quiero escucharte. Quiero que me digas qué sientes cada vez que entro o salgo.
Iván asintió, la respiración ya irregular.
—Quiero eso. Y quiero algo más. Quiero que me dejes olerte. El cuello, la axila, la ingle. Anoche estaba demasiado oscuro y demasiado rápido. Ahora quiero memorizarte.
Oscar sonrió, suave.
—Entonces hazlo.
Iván se inclinó y apoyó la nariz en el cuello de Oscar, justo debajo de la oreja. Inspiró hondo. Olor a piel caliente, a resto de colonia de la noche anterior, a sueño. Bajó hasta la clavícula, después hasta la axila. El olor allí era más fuerte, más íntimo. Oscar se estremeció cuando la lengua de Iván rozó la piel sensible.
Mientras tanto las manos seguían moviéndose entre ellos, acariciando las pollas con lentitud deliberada.
Iván se arrodilló. El suelo de madera estaba frío bajo sus rodillas. Se quedó a la altura de la polla de Oscar y la miró de cerca. La cabeza estaba húmeda, el prepucio retraído, una gota transparente colgando. Iván la recogió con la lengua y después abrió la boca y se la llevó dentro.
Oscar soltó un gemido largo y apoyó una mano en el pelo de Iván, sin empujar, solo sosteniendo.
Iván chupó con calma. Lengua plana en la parte inferior, labios firmes, un poco de succión cada vez que subía. Con una mano acariciaba los huevos de Oscar, pesados y calientes. Con la otra se tocaba a sí mismo, al mismo ritmo.
—Joder, Iván… —la voz de Oscar era un hilo—. Se te da tan bien. Anoche también, pero ahora… ahora te estoy viendo. Te estoy viendo de rodillas en tu propia cocina, desnudo, chupándome la polla como si fuera lo único que quisieras hacer en la vida.
Iván gimió alrededor de la verga y el sonido vibró. Siguió un rato más, hasta que sintió que Oscar empezaba a tensarse. Entonces se apartó, un hilo de saliva conectando sus labios con la cabeza brillante.
—No todavía —dijo Iván—. Quiero que me folles primero.
Oscar lo levantó con suavidad y lo giró, apoyándolo de cara a la encimera. Iván abrió las piernas y apoyó los antebrazos en la madera. Oscar se arrodilló detrás un momento y le lamió el culo con la misma calma con la que Iván le había chupado la polla. Lengua caliente, profunda, sin prisa. Iván temblaba.
Cuando Oscar se puso de pie y empezó a entrar, lo hizo centímetro a centímetro. Iván sintió cómo se abría, cómo se llenaba, cómo el cuerpo de Oscar se pegaba al suyo por la espalda. La cadena de plata le rozaba la piel.
—Háblame —pidió Oscar, ya dentro del todo, sin moverse todavía—. Dime qué sientes.
—Te siento profundo —respondió Iván con voz rota—. Me estás llenando. Duele un poco, del bueno. Siento tus huevos contra los míos. Siento tu respiración en mi cuello. Quiero que te muevas. Pero despacio. Quiero sentir cada vez que sales y vuelves a entrar.
Oscar empezó a moverse. Embistes largas, profundas, casi lentas. La cocina se llenó del sonido húmedo de piel contra piel y de los gemidos bajos de los dos. Cada vez que Oscar entraba hasta el fondo, Iván apretaba la encimera. Cada vez que salía casi del todo, Iván gemía de necesidad.
—Más —pidió Iván—. Puedes ir un poco más rápido. Pero no del todo. Quiero que dure.
Oscar obedeció. Aceleró solo un poco. Una mano le rodeó la polla a Iván y lo masturbó al mismo ritmo de las embestidas. La otra mano le sujetaba la cadera.
Se corrieron casi juntos. Iván primero, el semen saliendo a chorros sobre el cajón azul de la cocina y la mano de Oscar. Las contracciones hicieron que Oscar se corriera dentro de él segundos después, con un gemido grave que se le escapó contra la nuca de Iván.
Se quedaron así un rato, unidos, respirando.
Cuando Oscar salió, el semen le resbaló por el muslo interior a Iván. Ninguno se movió para limpiarlo.
Se giraron el uno hacia el otro. Se miraron. Se rieron bajito, cansados, sorprendidos de lo fácil que se sentía todo.
Oscar recuperó su taza de café, ya tibia. Iván recuperó el bol. Se quedaron otra vez de pie, desnudos, bebiendo y comiendo en silencio durante unos minutos.
Después Oscar habló:
—¿Qué descubriste esta mañana que no descubriste anoche?
Iván pensó un momento.
—Que me gusta verte comer. Que me gusta cómo se te mueve la garganta cuando bebes. Que me gusta que no hayas intentado vestirte. Y que… que no quiero que te vayas todavía. Sé que es pronto. Sé que nos conocimos ayer. Pero no quiero que te pongas la ropa y salgas por esa puerta como si esto hubiera sido solo una follada de sábado por la noche.
Oscar dejó la taza y se acercó. Esta vez sí lo tocó: le apoyó la frente contra la de Iván y cerró los ojos.
—Yo tampoco quiero irme todavía. Quiero quedarme el día. Quiero que me folles en el sofá. Quiero que me chupes otra vez. Quiero cocinar contigo desnudos y mancharnos de aceite y reírnos. Quiero descubrir más cosas. Cómo suenas cuando te hago el amor despacio por la tarde. Cómo hueles después de ducharte. Cómo se te pone la cara cuando te corro en la boca y me miras mientras te tragas.
Iván asintió, la frente todavía apoyada en la de Oscar.
—Entonces quédate.
—Me quedo.
Se separaron solo lo suficiente para mirarse a los ojos otra vez. Las pollas, blandas ahora, colgaban entre ellos. El semen de Oscar seguía resbalando lento por la pierna de Iván. El café se enfriaba. El cereal se ablandaba en el bol.
Ninguno de los dos se movió para limpiarse ni para vestirse.
La mañana era larga. Y acababan de empezar a descubrirse de verdad.
21.8.26
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