Vive y Deja vivir
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25.7.26
ReLaTo. TiO y SoBrInO, pArtE 2
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ReLaTo. TiO y SoBrInO, pArtE 1
Era una tarde de verano calurosa en la casa familiar de las afueras. La familia se había reunido para celebrar el cumpleaños de la abuela, pero poco a poco todos se fueron yendo. Luis, de 42 años, se había ofrecido a quedarse para ayudar a cerrar la casa y asegurarse de que todo quedara en orden. Santi, su sobrino de 19 años, había decidido quedarse también. “Me quedo a echarte una mano, tío”, había dicho con esa sonrisa tímida que siempre desarmaba a Luis.
Santi era el hijo menor de su hermana. Alto, de cuerpo atlético por los años de natación, piel clara y cabello castaño que le caía desordenado sobre la frente. Tenía esa mezcla de juventud y madurez que hacía que Luis se sintiera culpable cada vez que lo miraba más de lo necesario. Luis, por su parte, era un hombre robusto, de hombros anchos, pecho velludo y brazos fuertes por las horas en el gimnasio y el trabajo manual. Siempre había sido el tío cercano, el que lo llevaba a entrenar, el que escuchaba sus problemas sin juzgar.
Aquella tarde, el calor era sofocante. Después de recoger todo, ambos se quedaron en la sala, sudados y cansados.
—Joder, qué calor —dijo Santi quitándose la camiseta sin pensarlo dos veces. Su espalda ancha y la curva de sus glúteos bajo los pantalones cortos quedaron a la vista. Luis tragó saliva.
—Sí… voy a darme una ducha rápida —respondió Luis, intentando sonar casual.
—Te acompaño, tío. La de arriba está rota, ¿verdad? Usemos la del pasillo.
No era del todo mentira, pero ambos sabían que había más. La tensión había estado creciendo durante meses: miradas que se alargaban, roces “accidentales”, conversaciones que se volvían más íntimas por las noches cuando se mandaban mensajes.
Se metieron juntos en el baño grande. El espejo ya estaba empañado por el vapor. Luis abrió el agua y se quitó la camisa. Santi se bajó los shorts, quedando solo en unos bóxers blancos ajustados que marcaban claramente su paquete. Luis no pudo evitar mirarlo. El chico era hermoso: piernas largas, culo redondo y firme, abdomen plano con los primeros trazos de definición.
—Puedes mirar, tío —dijo Santi en voz baja, con una sonrisa nerviosa pero sincera—. Sé que lo haces.
Luis se quedó congelado un segundo.
—Santi… no deberíamos…
—¿Por qué no? —El joven se acercó, entrando en la ducha con él. El agua caliente cayó sobre ambos—. Te quiero, Luis. Y sé que tú también me deseas. Llevo meses sintiéndolo. No es solo lujuria… es más. Eres la persona en quien más confío en el mundo.
Luis sintió que el corazón le latía con fuerza. Tomó el rostro de su sobrino entre las manos, mirándolo a los ojos. Eran ojos grandes, honestos, llenos de deseo y cariño.
—Te quiero como no debería quererte —confesó Luis con voz ronca—. Pero si vamos a hacer esto, quiero que sea bonito. Que sea entre nosotros, con respeto, con cariño. Sin prisas.
Santi asintió y se acercó más. Sus labios se encontraron en un beso suave al principio, casi tímido. Luego se volvió más profundo. La lengua de Santi buscó la de su tío, explorando con curiosidad y hambre. Sus cuerpos mojados se pegaron. Luis sintió la erección de su sobrino contra su muslo y la suya propia endureciéndose rápidamente.
Las manos de Luis bajaron por la espalda de Santi, acariciando su piel suave, llegando hasta sus glúteos firmes. Los apretó con ternura, separándolos ligeramente mientras el agua corría entre ellos. Santi gimió dentro de su boca.
—Quiero tocarte todo, tío —susurró Santi, bajando la mano hasta el bóxer de Luis. Lo bajó con cuidado y liberó su polla gruesa, ya completamente dura. Era grande, venosa, con el glande hinchado y brillante por el agua—. Joder… es aún más bonita de lo que imaginaba.
Santi se arrodilló bajo el agua y la tomó con ambas manos, mirándola con adoración. La besó primero en la punta, luego pasó la lengua por toda la longitud, saboreando el sabor limpio de la piel mojada. Luis gruñó de placer, apoyando una mano en la pared.
—Así, mi niño… despacio —murmuró Luis, acariciándole el cabello mojado.
Santi abrió la boca y se la metió poco a poco. Era grande, pero estaba decidido. Chupó con devoción, moviendo la cabeza, usando la lengua en la parte de abajo del glande. Sus ojos miraban hacia arriba, buscando la aprobación de su tío. Luis lo miraba con una mezcla de amor y lujuria intensa.
—Eres perfecto, Santi… Dios, qué boca tienes.
Después de varios minutos de mamada lenta y profunda, Luis lo levantó y lo besó con pasión. Ahora era su turno. Hizo girar a Santi, pegándolo contra la pared de azulejos. Se arrodilló detrás de él y separó sus glúteos con las manos grandes. El culo de Santi era precioso: redondo, suave, con un agujerito rosado y apretado que se contrajo cuando sintió el aliento caliente.
Luis lamió lentamente desde el perineo hasta arriba, saboreando cada centímetro. Santi jadeó fuerte.
—Tío… eso se siente tan bien…
Luis hundió la lengua en su agujero, comiéndoselo con hambre pero con cariño. Lo abrió con la lengua, lo chupó, lo besó. Introdujo un dedo mojado con saliva y lo movió suavemente, buscando la próstata. Cuando la encontró, Santi dio un grito de placer.
—Ahí… joder, justo ahí…
Luis añadió un segundo dedo, abriéndolo con paciencia mientras seguía lamiendo alrededor. Santi empujaba hacia atrás, follando los dedos de su tío.
Cuando estuvo suficientemente abierto y relajado, Luis se levantó. Su polla estaba durísima, goteando precum. La frotó entre las nalgas de Santi.
—¿Estás seguro? —preguntó Luis, besándole la nuca.
—Más que nunca. Quiero que me folles, tío. Quiero sentirte dentro.
Luis escupió en su mano y lubricó bien su polla. Colocó el glande en la entrada y empujó muy despacio. Santi respiraba profundamente, relajando el cuerpo. La gruesa verga de Luis entró en su sobrino. Era estrecho, caliente, perfecto.
—Dios… estás tan apretado, Santi… —gruñó Luis, abrazándolo por detrás, una mano en su pecho, la otra sosteniendo su cadera.
Cuando estuvo completamente enterrado, ambos se quedaron quietos, disfrutando la sensación de unión. Luis besaba el cuello y los hombros de su sobrino. Empezó a moverse con embestidas lentas y profundas. Cada vez que salía casi del todo y volvía a entrar, Santi gemía más alto.
La ducha seguía cayendo sobre ellos mientras Luis follaba a su sobrino con ritmo creciente. Sus cuerpos chocaban húmedos. La mano de Luis bajó y masturbó la polla dura de Santi al mismo tiempo.
—Te quiero, tío… Fóllame más fuerte —suplicó Santi.
Luis aceleró, dándole estocadas más potentes. El sonido de piel contra piel llenaba el baño. Santi se corrió primero, gritando el nombre de su tío mientras su leche salía en chorros contra los azulejos. Su culo se contrajo alrededor de la polla de Luis, llevándolo al borde.
—Voy a correrme dentro, mi amor… —avisó Luis.
—Sí, lléname, por favor.
Con un rugido profundo, Luis se corrió intensamente, inundando el interior de Santi con su semen caliente. Se quedó dentro un buen rato, abrazándolo fuerte, besándole la espalda.
Después de la ducha, se secaron y fueron a la habitación principal. La tarde se convirtió en noche y siguieron explorándose con calma y pasión.
En la cama grande, Santi se tumbó boca arriba, con las piernas abiertas. Luis se colocó entre ellas y volvió a entrar en él, esta vez cara a cara. Se miraban a los ojos mientras follaban. Era mucho más íntimo.
—Eres tan guapo… —susurraba Luis, moviéndose lento y profundo—. Mi Santi… mi chico.
Santi rodeaba la cintura de su tío con las piernas, atrayéndolo más adentro. Sus pollas se rozaban entre sus estómagos. Se besaban constantemente, lenguas enredadas, respiraciones compartidas.
Luis lo folló en varias posiciones: de lado, con Santi encima cabalgándolo, y finalmente en misionero otra vez, donde pudieron mirarse mientras se corrían juntos por segunda vez.
Horas después, exhaustos y felices, se quedaron abrazados. Luis acariciaba el cabello de Santi, que descansaba la cabeza en su pecho.
—No quiero que esto cambie nada entre nosotros —dijo Luis suavemente—. Sigues siendo mi sobrino, mi familia… pero ahora también eres mi amante. Si alguna vez quieres parar, solo dímelo.
Santi levantó la cabeza y lo besó.
—No quiero parar nunca, tío. Esto es lo más bonito que me ha pasado. Te amo, Luis. De verdad.
Se durmieron así, piel contra piel, con el olor a sexo y cariño llenando la habitación.
Los días siguientes fueron un descubrimiento constante. Se escapaban a ratos cuando la familia no estaba. En el garaje, Santi se arrodillaba y le hacía mamadas profundas mientras Luis le sujetaba la cabeza con ternura. En la piscina de noche, se masturbaban mutuamente bajo el agua. Una tarde, Luis lo folló sobre la mesa de la cocina, lento y romántico, susurrándole lo mucho que lo deseaba.
Una noche especialmente caliente, Santi quiso probar algo nuevo.
—Tío… quiero que me folles más duro hoy. Quiero sentirme tuyo completamente.
Luis lo preparó con paciencia: mucho lubricante, besos por todo el cuerpo, dedos abriéndolo hasta que Santi suplicaba. Luego lo puso a cuatro patas y lo penetró de un golpe profundo. Santi gritó de placer. Luis lo folló con fuerza, agarrándolo de las caderas, dándole nalgadas suaves que enrojecían su piel clara.
—Dime que eres mío —gruñó Luis.
—Soy tuyo, tío… Solo tuyo. Fóllame el culo como quieras.
Luis lo giró, lo puso de espaldas otra vez y le levantó las piernas sobre sus hombros. La polla entraba y salía completamente, golpeando la próstata con cada embestida. Santi se corrió sin tocarse, su leche salpicando hasta su propio pecho. Luis lo siguió poco después, llenándolo otra vez.
Después, limpiaron suavemente el cuerpo del otro con toallas húmedas, besándose y riendo bajito, compartiendo confidencias.
El amor entre ellos creció. No solo era sexo: eran conversaciones largas hasta la madrugada, Luis enseñándole a Santi cosas de la vida, Santi haciendo reír a su tío con su humor joven. Se cuidaban. Se respetaban. Y cuando follaban, lo hacían con la misma intensidad y cariño.
Una tarde de lluvia, se quedaron en la cama toda la tarde. Santi estaba encima, cabalgando despacio la polla gruesa de Luis, moviendo las caderas en círculos. Luis lo miraba embobado, acariciando su pecho, pellizcando sus pezones suaves.
—Eres lo más sexy que he visto —murmuró Luis.
Santi se inclinó y lo besó mientras aceleraba el ritmo. Sus culos chocaban contra los muslos de Luis. La polla de Santi se frotaba contra el abdomen velludo de su tío.
—Quiero que te corras dentro otra vez… Quiero sentir cómo me llenas.
Luis lo sujetó fuerte de las caderas y empujó hacia arriba, follándolo desde abajo. Santi gemía sin control. Se corrieron casi al mismo tiempo, besándose para ahogar los gritos.
Después, tumbados uno al lado del otro, Luis pasó los dedos por el agujero de Santi, sintiendo su propio semen saliendo lentamente. Lo besó allí con ternura, limpiándolo con la lengua. Santi se estremecía de placer sensible.
—Te amo, tío Luis.
—Y yo a ti, mi Santi. Siempre.
Su relación continuó en secreto, llena de respeto, cariño y un deseo que nunca se apagaba. Eran tío y sobrino, familia… y ahora también amantes. Un lazo especial, profundo y ardiente que los hacía más felices de lo que jamás habían imaginado.
24.7.26
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