Pol y Eric
La carretera secundaria que bajaba hacia el pueblo estaba casi vacía a las once de la noche. Pol llevaba la ventanilla un poco bajada, el aire fresco de agosto entrando a rachas, y la radio puesta a bajo volumen. Iba solo, de vuelta de una cena con amigos en la ciudad, cuando los faros iluminaron una figura al borde del asfalto.
Al principio pensó que era un miraje. Un tío de pie, con el pulgar levantado, completamente desnudo.
Pol frenó en seco. El coche chirrió un poco. El tío no se movió. Solo bajó el brazo y sonrió, como si estar en bolas en mitad de la nada fuera lo más normal del mundo.
Pol bajó el cristal del copiloto.
—¿Estás bien? —preguntó, intentando no mirar demasiado hacia abajo.
El desnudo se acercó. Era alto, delgado pero definido, pelo castaño revuelto, unos veinticinco años como mucho. Tenía el cuerpo lleno de polvo de la cuneta y una sonrisa de medio lado que parecía decir “sí, ya sé lo que estás pensando”.
—Más o menos —contestó—. Me llamo Eric. ¿Me llevas? Aunque sea un par de kilómetros. Te juro que no muerdo… a no ser que me lo pidas.
Pol se rio a pesar suyo.
—Sube antes de que pase un camión y te convierta en recuerdo.
Eric abrió la puerta y se metió. El asiento de cuero crujió bajo su culo desnudo. Cerró la puerta y se acomodó como si llevara pantalones. La polla le colgaba pesada entre los muslos, semi-dura ya por el roce del aire o por la situación absurda. Pol arrancó, mirando de reojo.
—Vale —dijo después de unos segundos—. Tengo que preguntarlo. ¿Por qué coño estás desnudo en mitad de la carretera a estas horas?
Eric soltó una carcajada baja.
—Buena pregunta. Historia corta: quedé con unos colegas para hacer una ruta de noche por el monte. Uno de ellos, el listo del grupo, propuso un “reto de confianza”: dejar la ropa en el coche y caminar los últimos tres kilómetros desnudos hasta el mirador. Todo muy espiritual y liberador, ¿no? Resulta que cuando volvimos el coche no estaba. Se lo habían llevado. Con toda nuestra ropa, las llaves, los móviles… todo. Ellos decidieron quedarse a esperar a que amaneciera. Yo preferí intentar llegar al pueblo andando. Llevo casi una hora. Los pies me matan y las pelotas....
Pol se rio de verdad esta vez.
—Joder. Eres un caso. ¿Y no te da vergüenza?
—Un poco al principio. Después te acostumbras. Además —Eric se giró un poco en el asiento y lo miró directamente—, tú no pareces precisamente escandalizado. Me estás mirando la polla cada dos por tres.
Pol sintió cómo se le calentaba la cara, pero no apartó la vista de la carretera.
—Es difícil no mirar cuando la tienes ahí, a tan pocos centímetros, moviéndose cada vez que paso un bache.
—Puedo cubrirme si quieres.
—No hace falta —contestó Pol demasiado rápido—. Estamos bien así.
El silencio que siguió fue espeso y eléctrico. Eric no hizo ningún esfuerzo por cruzar las piernas. Al contrario: abrió un poco más los muslos y dejó que su polla descansara a la vista, cada vez más interesada. Pol notó cómo se le endurecía la suya dentro de los vaqueros.
—Vivo a unos diez minutos —dijo al cabo de un rato—. Puedo dejarte en el pueblo… o puedes subir a casa, ducharte, y te presto ropa. Y si quieres te quedas a dormir en el sofá. O en la cama. Como prefieras.
Eric sonrió despacio.
—Qué hospitalario. ¿Siempre recoges a tíos en pelotas y los invitas a tu cama?
—Es la primera vez. Pero estás haciendo que suene como una muy buena idea.
Llegaron a la casa de Pol, un chalet pequeño al final de un camino de tierra. Apenas apagó el motor, Eric bajó sin esperar. Caminó desnudo hasta la puerta principal como si fuera el dueño. Pol abrió, encendió la luz del salón y se giró.
Eric ya estaba encima. No de forma agresiva: solo se acercó, le puso una mano en el pecho y lo miró a los ojos.
—Desde que subí al coche tengo ganas de besarte —dijo con total naturalidad—. ¿Puedo?
Pol no contestó con palabras. Lo agarró por la nuca y lo besó. Fue un beso sucio desde el primer segundo: lenguas, dientes, saliva. Eric se frotó contra él, la polla dura rozando el muslo de Pol a través de la tela. Pol bajó las manos hasta el culo desnudo y lo apretó con ganas.
—Ducha primero —jadeó Pol cuando se separaron—. Estás lleno de polvo de carretera y me estás poniendo la polla como una piedra.
—Tú también —contestó Eric, metiéndole la mano entre las piernas y apretándole el bulto—. Pero vale. Ducha. Y después me follas como si me hubiera recogido solo para eso.
El baño era pequeño. Entraron los dos. Pol se quitó la ropa a toda prisa mientras el agua caliente empezaba a correr. Eric se metió primero bajo el chorro y se enjabonó el cuerpo sin pudor, pasando las manos por el pecho, por el vientre, por la polla ya completamente erecta. Pol se pegó a su espalda, le rodeó la cintura y le agarró el miembro con ambas manos, masturbándolo despacio mientras le mordía el cuello.
—Joder, qué bien huele tu jabón… y qué bien se siente esto —murmuró Eric, empujando la cadera hacia adelante.
Pol le dio la vuelta, lo empujó contra la pared de azulejos y se arrodilló. Se metió la polla de Eric en la boca de un solo movimiento. Era gruesa, caliente, con sabor a jabón y a piel limpia. Eric soltó un gemido largo y se agarró al pelo de Pol.
—Sí… así… cómetela entera…
Pol chupaba con ganas, saliva resbalándole por la barbilla, una mano en los huevos de Eric y la otra en su propio miembro, masturbándose al mismo tiempo. Cada vez que Eric empujaba un poco más profundo, Pol se ahogaba a propósito y gemía alrededor de la polla.
Cuando notó que Eric estaba cerca, se levantó, cerró el grifo y lo sacó de la ducha casi a empujones.
—Cama. Ahora.
La habitación estaba a oscuras excepto por la luz de la luna que entraba por la ventana. Eric se tiró de espaldas en el colchón, las piernas abiertas, la polla golpeándole el vientre. Pol se colocó encima y lo besó otra vez mientras frotaba sus pollas juntas, resbaladizas por el agua y el pre-semen.
—Quiero que me la metas —dijo Eric entre besos—. Llevo toda la puta noche desnudo y con la cabeza hecha un lío. Necesito que me folles hasta que se me olvide cómo llegué hasta aquí.
Pol abrió el cajón de la mesita, sacó un bote de lubricante y un condón. Eric le quitó el condón de las manos.
—Sin. Si estás limpio. Yo lo estoy. Quiero sentirte de verdad.
Pol lo miró un segundo, asintió, y se echó lubricante en los dedos. Se arrodilló entre las piernas de Eric y le metió primero uno, después dos, abriéndolo con paciencia mientras le chupaba la polla otra vez. Eric se retorcía, gemía, pedía más.
Cuando estuvo lo bastante abierto, Pol se colocó, apoyó la cabeza de su polla contra el agujero brillante y empujó. Entró despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo las paredes calientes lo apretaban. Eric arqueó la espalda y soltó un sonido gutural.
—Joder… qué grande… sí… todo…
Pol empezó a moverse. Primero lento, profundo, casi saliéndose del todo antes de volver a entrar hasta el fondo. Después más rápido. El sonido de piel contra piel llenó la habitación. Eric se agarraba a las sábanas, a los hombros de Pol, a lo que pillaba, empujando hacia atrás para encontrarse cada embestida.
—Más fuerte —pidió—. Quiero que me dejes marcado. Quiero acordarme mañana de por qué subí a tu puto coche.
Pol le agarró las piernas y se las puso sobre los hombros, cambiando el ángulo. Ahora entraba más profundo. Cada embestida arrancaba un gemido más alto de Eric. Pol se inclinó y lo besó, sucio, mientras lo follaba sin piedad.
Se corrió primero Eric, sin que nadie le tocara la polla: chorros calientes le salpicaron el pecho y el cuello. El culo se le cerró alrededor de Pol como un puño. Pol no aguantó mucho más. Se enterró hasta el final y se corrió dentro, gimiendo el nombre de Eric contra su boca.
Se quedaron así un rato, jadeando, sudados, con la polla de Pol todavía dentro. Cuando por fin se salió, un hilo de semen le siguió y resbaló por el culo de Eric hasta la sábana.
Eric soltó una risa cansada.
—Vaya forma de dar las gracias por el viaje.
—Todavía no has visto nada —contestó Pol, y se bajó a lamerle el semen del pecho, del vientre, y después del agujero todavía abierto y resbaladizo.
Eric se rio otra vez, más ronco.
—Eres un puto animal. Me gusta.
Se ducharon otra vez, más calmados, aunque las manos no dejaban de recorrerse. Después volvieron a la cama. Eric se tumbó de lado y Pol se pegó a su espalda, la polla ya otra vez interesada rozándole el culo.
—¿Te quedas a dormir? —preguntó Pol.
—Si me prometes que por la mañana me la vuelves a meter antes del desayuno, me quedo hasta el puto lunes.
Pol le mordió el hombro suavemente.
—Trato hecho.
A las tres de la madrugada se despertaron otra vez. Eric estaba montado a horcajadas sobre Pol, guiándole la polla hasta su agujero todavía sensible y bajando despacio. Cabalgó con movimientos largos y fluidos, las manos apoyadas en el pecho de Pol, la polla rebotándole contra el vientre. Pol le agarraba las caderas y empujaba hacia arriba cada vez que Eric bajaba.
—Me recogiste desnudo en la carretera… —jadeó Eric— y ahora estoy follándote como si te conociera de toda la vida. Qué puta locura.
—La mejor locura que me ha pasado en años —contestó Pol, y lo atrajo hacia abajo para besarlo mientras se corría otra vez dentro de él.
Eric se corrió segundos después, salpicándole la cara y el pelo a Pol. Se rio, se limpió con los dedos y se los ofreció. Pol los chupó sin dudar.
Se quedaron abrazados, el semen secándose entre ellos, el olor a sexo llenando la habitación.
—Oye —dijo Eric al cabo de un rato—. Cuando amanezca… ¿me prestas realmente ropa? O prefieres que me vaya igual de desnudo que llegué.
Pol se rio contra su cuello.
—Te presto ropa. Pero solo para que la gente no llame a la policía. En cuanto volvamos a estar a solas, te la vuelvo a quitar.
Eric le dio un beso torpe en la sien.
—Trato. Y la próxima vez que recojas a un autostopista en bolas… llámame. Me apunto a ser el copiloto.
Pol lo apretó más fuerte.
—No va a haber próxima vez. Ya tengo al que quiero.
Fuera, la noche seguía quieta. Dentro, dos extraños que se habían conocido hacía menos de tres horas dormían enredados, sudados, llenos el uno del otro, y con la certeza absurda y perfecta de que la carretera a veces regala cosas mucho mejores que un simple viaje a casa.
Amaneció con la luz filtrándose a través de las persianas a medio cerrar. Pol se despertó primero. Tenía el brazo entumecido porque Eric se lo había usado de almohada toda la noche. El cuerpo del otro seguía pegado al suyo, caliente, con olor a sexo secado y a jabón barato de la ducha. La sábana estaba hecha un desastre: manchas, arrugada, medio tirada al suelo.
Eric abrió un ojo.
—¿Sigues aquí o soy yo el que se ha quedado dormido en casa de un desconocido?
Pol soltó una risa ronca.
—Sigues en casa del desconocido. Y el desconocido tiene la polla otra vez dura gracias a que te has estado frotando contra mí como un puto koala.
Eric se rio contra su pecho y, sin previo aviso, le dio un lametón lento al pezón.
—Buenos días a ti también. ¿Desayuno o ronda tres?
—Ronda tres y después desayuno. Pero primero dime la verdad: ¿de verdad se llevaron el coche de tus colegas o era una historia inventada para que te recogiera?
Eric se incorporó un poco, apoyado en un codo, el pelo hecho un nido y la sonrisa de quien no se arrepiente de nada.
—Mitad y mitad. El coche sí desapareció. Pero yo ya iba desnudo desde antes. Me gusta hacerlo. Caminar así de noche, sentir el aire en todo el cuerpo… y ver la cara de la gente cuando te encuentra. La tuya fue la mejor hasta ahora. Parecías un santo a punto de pecar.
Pol le dio un manotazo suave en el culo.
—Pecador confeso. Y ahora que ya no eres un misterio de la carretera, ¿qué piensas hacer? ¿Llamar a tus colegas? ¿Desaparecer?
Eric se quedó callado unos segundos, mirándolo con esa calma rara que tenía.
—Depende. Si me dejas quedarme a desayunar y me prestas unos pantalones que no me queden ridículos, quizás no desaparezca tan rápido. Además… —bajó la mano y le rodeó la polla a Pol con los dedos, apretando justo como le gustaba— …aún no te he dado las gracias como es debido por no dejarme tirado en la cuneta.
Pol soltó un gemido bajo y le agarró la muñeca.
—Sigue así y el desayuno se va a convertir en comida.
—Me parece bien. Tengo hambre de las dos cosas.
Se besaron despacio, con sabor a boca dormida y a la noche anterior. Eric se subió a horcajadas otra vez, pero esta vez no hubo prisa. Se frotaron un rato, hablando entre besos:
—¿Siempre recoges a tíos en pelotas o soy especial?
—Eres el primero. Y probablemente el último, porque si mis amigos se enteran de que me follé a un autostopista desnudo me van a hacer un altar.
—Que lo hagan. Yo pongo la foto.
Pol se rio y le dio la vuelta, quedando encima. Le separó las piernas con las rodillas y le susurró al oído:
—Esta mañana te la voy a meter despacio. Quiero oírte hablar mientras te abro. Cuéntame qué se siente al estar completamente a merced de un desconocido que te recogió en la carretera.
Eric arqueó la espalda cuando sintió los dedos lubricados de Pol entrando en él otra vez.
—Se siente… joder… se siente como si hubiera ganado la lotería. Un tío guapo, una casa caliente, una polla que me llena justo como me gusta… y encima me habla sucio en la cama. No sé qué más pedir.
Pol empujó dentro de un solo movimiento lento y profundo. Eric soltó un gemido largo y se agarró a los hombros de Pol.
—Así… no pares… y sigue hablándome.
—Te recogí porque estabas desnudo y se te veía el culo perfecto a la luz de los faros —murmuró Pol mientras empezaba a moverse—. Te traje a casa porque quería follarte desde el segundo en que cerraste la puerta del coche. Y ahora te estoy follando porque me gusta cómo gritas mi nombre aunque apenas lo sepas.
Eric se rio entre gemidos.
—Pol… Pol… sí, así… más profundo… joder, qué bien me la metes para ser la primera vez que nos vemos.
Siguieron así un buen rato: embestidas lentas, conversación sucia entremezclada con risas, manos que se recorrían sin prisa. Cuando se corrieron —primero Eric, sin tocarse, solo con la polla de Pol dándole en el punto exacto; después Pol, llenándolo otra vez— se quedaron abrazados, sudando, con la respiración todavía agitada.
Eric le pasó los dedos por el pelo de Pol.
—Oye… en serio. Gracias por parar. Podrías haber seguido de largo y yo seguiría ahí abajo.
Pol le besó la frente, el gesto más tierno que había tenido en toda la noche.
—Gracias a ti por estar tan loco como para hacer autostop en bolas. Me has dado la mejor Noche de carretera de mi vida.
Se quedaron callados un momento. Fuera se oían pájaros. Dentro solo el sonido de sus respiraciones sincronizándose otra vez.
—¿Café? —preguntó Pol por fin.
—Café. Y después me enseñas dónde está la lavadora, porque estas sábanas son un crimen.
—Trato. Pero te aviso: si te pones mis pantalones y se te ve el culo otra vez, no respondo de mis actos.
Eric sonrió, esa misma sonrisa de la carretera.
—Cuento con ello.
Se levantaron despacio, todavía tocándose, todavía riéndose bajito de lo absurdo y perfecto que había sido todo. La conversación siguió en la cocina, desnudos otra vez, con el olor a café recién hecho mezclándose con el olor a sexo que aún llevaban encima. Hablaron de tonterías, de trabajos, de por qué a Eric le gustaba caminar desnudo y de por qué a Pol le había parecido la mejor idea del mundo recogerlo.
Y entre frase y frase, las manos volvían a buscarse. Porque, después de una noche así, era imposible que la mañana fuera solo café y ropa prestada.









