4.4.26

GuStOs pErsOnAlES

 





















ReLaTo. Mi culo virgen y sus dos enormes pollas. ParTE 1




Leo tenía veinte años y vivía en Santa Agua, el pueblo flotante rodeado de agua por todas partes. El lago era tan grande que parecía un océano encerrado. El calor de agosto era brutal, pegajoso, y Leo solo pensaba en una cosa: desnudarse y meterse en el agua de su cala secreta.

Se quitó la camiseta blanca empapada de sudor, los shorts cortos y los calzoncillos negros. Su polla de veinte centímetros saltó libre, ya medio dura, con el prepucio cubriendo apenas el glande rosado y brillante. Las bolas pesadas colgaban bajas por el calor. Caminó desnudo hasta la orilla, sintiendo las piedrecitas calientes bajo los pies. El agua tibia le acarició los tobillos, luego las pantorrillas, y finalmente le rodeó las nalgas duras y redondas. Se enjabonó con la pastilla casera: primero los pectorales firmes, luego los abdominales marcados, y por último agarró su polla gruesa con las dos manos. Subía y bajaba el prepucio despacio, dejando que la espuma blanca resbalara por el tronco venoso. Un gemido bajo se le escapó cuando metió dos dedos enjabonados en su culo virgen, abriéndolo en círculos lentos, sintiendo cómo el agujero se contraía alrededor de sus falanges.

A unos metros, escondido tras una roca, Pedro observaba. Tenía treinta y ocho años, barba salpicada de canas, pecho ancho y peludo, y una polla que ya estaba dura como piedra dentro del pantalón: veintidós centímetros de carne gruesa, venas saltadas y un glande morado enorme que goteaba precum. Venía de vacaciones con su mejor amigo Raúl, pero había salido solo a explorar. Ahora no podía apartar la vista del culo perfecto de Leo.

De repente apareció Raúl caminando por el sendero. Veintiocho años, piel morena, músculos definidos de gimnasio, cabello corto negro y una sonrisa peligrosa. Su polla de 24 cm ya estaba hinchada solo de oír los gemidos lejanos. Pedro le hizo una seña silenciosa y Raúl se quedó petrificado al ver al chico de veinte años desnudo, enjabonándose el culo.

—Joder, Pedro… ¿eso es real? —susurró Raúl.

—Calla y mira —contestó Pedro, sacándose ya la polla.

Leo seguía de espaldas, ajeno a todo. Separó más las piernas y metió tres dedos, follándose el culo con ellos mientras su polla goteaba precum al agua. El sonido húmedo de sus dedos entrando y saliendo era obsceno.

Pedro y Raúl salieron de su escondite al mismo tiempo.

Leo se giró de golpe, con los dedos aún dentro del culo y la polla apuntando al cielo.

—¿Qué coño…?

Pedro sonrió.

—Tranquilo, Leo. Somos Pedro y Raúl. Estamos de vacaciones. Y tú… joder, eres la puta cosa más rica que hemos visto en años.

Raúl se quitó la camiseta y el pantalón en un segundo. Su polla saltó libre: 24 cm de puro grosor, más oscura, con venas gruesas como cuerdas y un glande tan grande que parecía una ciruela. Las bolas peludas y pesadas colgaban.

Leo se quedó mirando las dos pollas enormes, su propio agujero contrayéndose alrededor de sus dedos.

—No… no os vayáis —susurró, rojo de vergüenza y excitación.

Pedro entró al agua primero. Lo agarró por la nuca y le metió la lengua hasta la garganta. Mientras se besaban, Raúl se colocó detrás y le sacó los dedos del culo. Escupió directamente en el agujero rosa y virgen y metió su lengua gruesa, lamiendo profundo, saboreando el jabón y el sudor del chico. Leo gritó dentro de la boca de Pedro.

—Sabe a virgen desesperado —gruñó Raúl, sacando la lengua y metiendo dos dedos gruesos de golpe.

Pedro sacó su polla del pantalón y la frotó contra la de Leo bajo el agua. Las dos pollas jóvenes y duras se restregaban, dejando hilos de precum mezclados.

Salieron del agua y los dos hombres mayores tumbaron a Leo sobre la manta grande que habían traído. Pedro se arrodilló sobre su cara.

—Chúpame las bolas primero.

Leo abrió la boca y metió las bolas peludas de Pedro, chupando y lamiendo el sudor salado. Raúl, mientras tanto, se puso entre las piernas de Leo y le abrió el culo con las dos manos. Escupió tres veces seguidas y metió la lengua hasta el fondo, follándolo con ella como si fuera una polla pequeña. El sonido era húmedo, chorreante: slurp, slurp, slurp.

Luego Raúl se incorporó y colocó su glande enorme contra el agujero.

—Voy a abrirte, niño.

Empujó. El glande de 24 cm entró con un “pop” brutal. Leo gritó, pero Pedro le metió la polla hasta la garganta al mismo tiempo, silenciándolo. Raúl siguió empujando: 10 cm, 15, 18… hasta que las bolas peludas chocaron contra las de Leo. El culo de Leo estaba completamente dilatado, la piel del ano estirada al límite alrededor de la polla monstruosa.

—Dios… me estás rompiendo… —gimió Leo cuando Pedro sacó la polla de su boca un segundo.

Pedro volvió a meterla, follándole la garganta sin piedad mientras Raúl empezaba a bombear el culo. El ritmo era perfecto: cada vez que Raúl sacaba casi todo, Pedro metía hasta las bolas en la boca. La saliva de Leo corría por su barbilla y goteaba sobre su propio pecho.

Raúl le agarró las caderas y lo taladró más fuerte. El sonido de carne contra carne resonaba: clap-clap-clap-clap. Cada embestida hacía que la polla de Leo saltara y soltara chorros de precum que salpicaban su abdomen.

—Quiero probar su culo yo también —dijo Pedro.

Raúl sacó la polla brillante de saliva y semen del culo de Leo. Un hilo grueso de precum quedó colgando del agujero abierto. Pedro se colocó y metió su polla de 22 cm de un solo empujón hasta el fondo. Mientras Pedro follaba, Raúl se sentó sobre la cara de Leo.

—Lame mi culo.

Leo sacó la lengua y lamió el agujero peludo y sudoroso de Raúl, penetrándolo, saboreando el gusto amargo y masculino. Raúl se pajeaba encima de su cara, dejando que el precum cayera directamente en la boca abierta de Leo.

Cambiaron posiciones. Ahora Leo estaba a cuatro patas. Raúl le follaba el culo por detrás mientras Pedro le follaba la boca por delante. Luego se pusieron de lado: Raúl debajo, follando el culo de Leo en misionero, y Pedro encima, metiendo su polla al lado de la de Raúl. Doble penetración.

Leo gritó de placer y dolor cuando las dos pollas enormes entraron al mismo tiempo. El ano se estiró hasta el límite, la piel blanca brillante de saliva y precum. Las dos pollas se frotaban dentro de él, venas contra venas, glande contra glande. El sonido era asquerosamente húmedo: squelch, squelch, squelch.

—Estáis… rompiéndome el culo… —sollozó Leo, pero su polla estaba más dura que nunca.

Pedro y Raúl empezaron a follar al unísono. Cada embestida sincronizada hacía que Leo se corriera sin tocarse. El primer orgasmo fue brutal: chorros espesos y blancos salieron disparados hasta su propia cara, llenándole la boca abierta. Pedro y Raúl siguieron follándolo mientras se corría, prolongando el placer hasta que Leo temblaba.

Raúl se corrió primero dentro. Ocho chorros calientes, densos, llenaron el culo de Leo hasta rebosar. Cuando sacó la polla, el semen blanco y espeso salió a borbotones, corriendo por las bolas de Leo y goteando al suelo.

Pedro sacó también y se corrió sobre la cara de Leo. Chorros largos y potentes: uno en cada ojo, tres en la boca, varios en el pelo. Leo tragó lo que pudo, tosiendo semen.

Pero no habían terminado.Raúl se tumbó de espaldas y Leo se sentó encima de su polla de 24 cm, cabalgándolo como un loco. Subía y bajaba, haciendo que la polla entrara y saliera completa, el agujero haciendo ruidos obscenos de succión. Pedro se colocó detrás y metió su polla otra vez junto a la de Raúl. Doble penetración otra vez, pero ahora Leo controlaba el ritmo.

Leo se corrió por segunda vez, pintando el pecho musculoso de Raúl con otro orgasmo abundante. Raúl le metió los dedos en la boca para que chupara su propia corrida.

Después lo llevaron al agua. Allí, flotando, Raúl le comió el culo mientras Pedro le follaba la garganta bajo el agua. Leo se corrió por tercera vez dentro del lago, su semen mezclándose con el agua tibia.

Ya de noche, volvieron a la casa que Pedro y Raúl habían alquilado. La cama era enorme. Allí la orgía continuó durante horas.

Primero ataron a Leo con las manos por encima de la cabeza. Raúl le metió un dildo de 28 cm que habían traído, follándolo lento mientras Pedro le chupaba la polla hasta la garganta. Leo se corrió cuatro veces seguidas, cada orgasmo más intenso, hasta que lloraba de placer.

Luego Raúl le enseñó el fisting suave: lubricó su mano con aceite y metió primero cuatro dedos, luego el puño entero hasta la muñeca. Leo gritaba y gemía, su polla soltando precum constante. Mientras Raúl le fistaba, Pedro le follaba la boca sin parar.

Después doble penetración otra vez, pero ahora con Raúl en el culo y Pedro en la boca, cambiando cada quince minutos. Leo tragó tres corridas completas de cada uno.

A medianoche lo pusieron de rodillas en el suelo. Los dos hombres se pajeaban frente a su cara. Primero Raúl descargó: doce chorros potentes que cubrieron toda la cara de Leo, el pelo, los ojos cerrados, la lengua extendida. Luego Pedro: otros diez chorros espesos que se mezclaron con los de Raúl. Leo quedó convertido en una máscara de semen blanco y brillante. Abrió la boca y tragó todo lo que pudo, tosiendo y gimiendo.

Raúl le limpió la cara con la polla, metiéndosela otra vez hasta la garganta para que limpiara los restos.

La última sesión fue en la ducha exterior. Los tres bajo el agua caliente. Leo de rodillas chupando las dos pollas al mismo tiempo, intentando meter las dos puntas en la boca. Luego Pedro lo levantó, lo empaló en su polla y Raúl entró por detrás. Doble penetración de pie, el agua cayendo sobre sus cuerpos sudorosos y llenos de semen.

Leo se corrió por séptima vez esa noche, su polla disparando chorros débiles ya, pero intensos. Pedro y Raúl se corrieron dentro de él al mismo tiempo, llenándole el culo hasta que el semen salía a presión alrededor de sus pollas.

Cuando terminaron, Leo estaba destrozado, feliz, con el culo permanentemente abierto, rojo e hinchado, lleno de semen que no paraba de escurrir por sus muslos. Los tres se metieron en la cama, Leo en medio, con una polla de cada lado descansando contra sus nalgas.

Pero eso fue solo la primera noche.

Durante los siguientes doce días la rutina fue salvaje:



Día 2: 

El sol de mediodía caía a plomo sobre el lago, convirtiendo el agua en una lámina de metal caliente. La barca vieja se balanceaba sola en el centro, sin rumbo, sin nadie que la vigilara desde la orilla. Leo estaba desnudo, atado con cuerdas ásperas a la proa: muñecas sujetas a los postes, piernas abiertas y amarradas a los bancos, el cuerpo forzado en una curva expuesta que no dejaba opción a esconderse. El sudor le corría por la espalda, por los abdominales tensos, y se acumulaba entre las nalgas duras, haciendo que la piel brillara. Su polla colgaba pesada entre las piernas, semierecta por el calor y el roce constante de la cuerda contra los muslos, goteando un hilo fino y transparente que caía sobre la madera reseca y formaba charcos pequeños y pegajosos.

Raúl se había quitado el pantalón corto sin ceremonia. Su polla de veinticuatro centímetros estaba dura, venosa, el glande morado hinchado y brillante de sudor. Se arrodilló detrás sin decir nada, le abrió las nalgas con las dos manos y escupió seco sobre el agujero. No hubo besos, no hubo caricias previas. Solo el sonido húmedo del escupitajo cayendo y el ano de Leo contrayéndose por instinto.

Empujó de golpe. El glande entró con un chasquido sordo, estirando la piel al límite. Leo soltó un gruñido ahogado, los dientes apretados, la cabeza echada hacia atrás. Raúl no se detuvo: metió todo de una embestida larga y brutal hasta que las bolas chocaron contra las de Leo. Empezó a follar sin ritmo suave, solo fuerza cruda: salía casi entero y volvía a clavarse hasta el fondo, haciendo que la barca se sacudiera con violencia, las olas golpeando el casco como palmadas secas.

Pedro estaba sentado en el banco del medio, caña en mano, bañador ajustado marcando la erección que no se molestaba en disimular. No miraba a Leo con ternura. Solo esperaba el tirón del sedal. Cuando llegó, se levantó sin prisa, se bajó el bañador y se acercó a la cara de Leo.

— Abre —dijo seco.

Metió la polla de veintidós centímetros hasta la garganta sin preámbulos. Leo tosió, los ojos se le llenaron de lágrimas por el reflejo, la saliva espesa saliendo por las comisuras y goteando por la barbilla. Pedro follaba la boca con movimientos cortos y profundos, agarrándole el pelo mojado como si fuera un asa, mientras Raúl seguía taladrando el culo desde atrás. El sonido era obsceno y mecánico: clap-clap-clap-clap de nalgas contra caderas, glug-glug-glug de la garganta siendo follada.Pedro sacó un pez plateado con un tirón seco.

—Bien —murmuró, sin emoción.

Sin soltar la caña, volvió a meter la polla hasta el fondo, follándole la boca con más fuerza mientras Raúl aceleraba. Leo gemía alrededor de la carne, el cuerpo temblando por la doble invasión. La polla gruesa de Raúl rozaba la próstata sin piedad en cada embestida, haciendo que su propia polla saltara y soltara chorros de precum que salpicaban la madera.Raúl le clavó las uñas en las caderas.

—Se va a correr —dijo plano.

Leo no aguantó. Su polla explotó sin control: chorros espesos y blancos salieron disparados, cinco, seis, siete, formando un charco grande y brillante en la cubierta. El orgasmo fue violento, el cuerpo convulsionando contra las cuerdas, el agujero apretando la polla de Raúl en espasmos involuntarios.

Raúl gruñó y se corrió dentro: chorros calientes y densos llenaron el interior hasta que el semen empezó a rebosar, escurriendo por los muslos de Leo y goteando sobre la madera. Pedro sacó la polla de la boca y se corrió sobre la cara: tres chorros largos cayeron en las mejillas, en la nariz, en los labios entreabiertos. Leo no tragó; solo dejó que corriera.

Raúl salió despacio. El agujero quedó abierto, rojo, hinchado, con semen blanco saliendo en hilos lentos. Pedro y Raúl se miraron un segundo, sin palabras. Se arrodillaron delante del charco de corrida de Leo y lamieron. Lenguas ásperas recorriendo la madera caliente, recogiendo el semen espeso y salado sin placer compartido, solo instinto. Se besaron después, cortante, intercambiando el sabor sin cariño, solo para terminar el acto.Leo, aún atado, respiraba agitado, el cuerpo flojo, el culo goteando, la polla colgando flácida y dolorida. No dijo nada. Solo miró el lago, el sol quemándole la piel.

Raúl se limpió la boca con el dorso de la mano y le dio una palmada seca en una nalga.

—Todavía quedan días.

Pedro volvió a sentarse, caña en mano, polla semierecta sobre el muslo.

La barca siguió meciéndose. El aire olía a sudor rancio, semen y madera caliente. Nadie habló más.



Día 3: La cala secreta otra vez

El atardecer teñía la cala secreta de tonos rojizos y naranjas, el agua quieta reflejando el cielo como un espejo roto. Leo estaba de rodillas sobre la arena húmeda, desnudo, el cuerpo aún marcado por las cuerdas del día anterior: leves rozaduras rosadas en muñecas y tobillos. El sudor le corría por la espalda, acumulándose en la curva de las nalgas. Pedro y Raúl se habían quitado toda la ropa sin prisa; sus pollas colgaban pesadas, semierectas por el calor residual del día.

Pedro se tumbó boca arriba sobre la manta grande, piernas abiertas, rodillas flexionadas. Su culo peludo y firme quedó expuesto. Sin palabras, agarró a Leo por el pelo mojado y tiró de su cabeza hacia abajo.

—Baja y lame —ordenó seco.

Leo obedeció. Apoyó las manos en los muslos peludos de Pedro y hundió la cara entre las nalgas. Sacó la lengua y la pasó plana por el agujero arrugado, saboreando el sudor salado y el olor masculino crudo. Empezó a lamer en círculos lentos, presionando la punta contra el esfínter, metiéndola poco a poco. Pedro soltó un gruñido bajo, agarrándole la nuca con más fuerza para que profundizara. La lengua de Leo entraba y salía, follándolo con movimientos rítmicos, saliva resbalando por el perineo y goteando sobre la manta.

Mientras tanto, Raúl se colocó detrás de Leo. Le separó las nalgas con las dos manos grandes y escupió directamente sobre el agujero ya algo flojo de las sesiones anteriores. Bajó la cabeza y metió la lengua sin preámbulos: larga, gruesa, áspera. La clavó hasta el fondo, girándola dentro, lamiendo las paredes internas con hambre mecánica. Leo gimió contra el culo de Pedro, el sonido amortiguado y húmedo. El triple rimming era perfecto: Leo comiendo a Pedro, Raúl comiendo a Leo, sus respiraciones sincronizadas en jadeos cortos y ásperos.

Raúl sacó la lengua y escupió otra vez. Metió dos dedos, luego tres, abriendo el agujero con movimientos en tijera. Leo se tensó, pero no se resistió. Raúl lubricó la mano entera con saliva y aceite que había traído en un frasco pequeño. Primero cuatro dedos, empujando despacio hasta que los nudillos rozaron la entrada. Luego, con un movimiento firme pero controlado, metió el puño entero hasta la muñeca. El ano de Leo se estiró al máximo alrededor de la muñeca gruesa, piel brillante y tensa.

Raúl empezó a mover la mano: dentro y fuera apenas unos centímetros, girando ligeramente para rozar la próstata hinchada. Leo temblaba entero, la polla colgando dura y goteando precum en hilos largos sobre la arena. No necesitaba tocarse. El fisting era suficiente. Cada presión interna lo llevaba más cerca. Su respiración se volvió entrecortada, los gemidos ahogados contra el culo de Pedro.

De repente, el cuerpo de Leo se convulsionó. La polla saltó sin control y eyaculó: chorros espesos y blancos salieron disparados hacia adelante, salpicando la manta y la arena en arcos violentos. Cinco, seis disparos potentes, el semen cayendo en charcos calientes mientras Raúl seguía moviendo el puño despacio, prolongando el orgasmo hasta que Leo se quedó temblando, exhausto, el agujero palpitando alrededor de la muñeca.

Raúl sacó la mano lentamente, el ano quedando abierto como un túnel rojo e hinchado, contrayéndose en vacío. Pedro se incorporó, la polla dura ahora, y miró el desastre sin expresión.

—Suficiente por ahora —dijo.

Se levantaron los tres. Leo se quedó de rodillas, respirando agitado, semen goteando de su polla flácida, el culo vacío y sensible. El sol se hundía tras las rocas, dejando la cala en penumbra. Nadie habló más. Solo el sonido del agua lamiendo la orilla.



Día 5: El plug en el pueblo

Raúl había traído el plug anal de 7 cm de diámetro en una bolsa discreta: negro, cónico, con base ancha de silicona flexible y un asa para extraerlo. Lo untaron generosamente con lubricante frío antes de salir de la casa. Leo se quedó en calzoncillos y pantalón corto holgado; nada más. Se inclinó sobre la mesa del comedor, piernas separadas. Raúl le separó las nalgas con una mano y presionó la punta del plug contra el agujero ya sensible de días anteriores. Empujó despacio pero firme. El diámetro máximo estiró el anillo muscular hasta el límite; Leo soltó un gemido corto y ahogado, las rodillas temblando. Cuando la base encajó, el plug quedó alojado por completo, llenándolo hasta el fondo, la presión constante contra la próstata haciendo que su polla se hinchara dentro del pantalón.

Salieron al pueblo como si nada. Caminaron por las calles empedradas, compraron pan en la panadería, tomaron café en la plaza. Cada paso hacía que el plug se moviera ligeramente dentro, rozando paredes internas, enviando oleadas de calor al bajo vientre. Leo caminaba con las piernas un poco más abiertas, la cara roja, intentando disimular. Cuando se sentaron en el banco de la plaza, el peso del cuerpo empujó el plug más adentro de golpe. Leo jadeó, agarrándose el borde del asiento, la polla dura presionando contra la tela, un manchón húmedo de precum apareciendo en el pantalón. Pedro y Raúl conversaban tranquilos, como si no notaran cómo Leo se retorcía sutilmente, el ano contrayéndose alrededor del intruso grueso.

Todo el día así: subir escaleras, sentarse en el muelle a mirar el lago, caminar de vuelta. Cada movimiento era una tortura lenta y constante. La próstata hinchada goteaba sin parar; Leo sentía el interior empapado, el plug resbaladizo pero firme.Por la noche, ya en la casa, cerraron la puerta. Leo se quitó la ropa temblando. Se puso a cuatro patas en la cama. Raúl agarró la base y tiró despacio. El plug salió con un sonido húmedo y succionante; el agujero quedó abierto como un túnel rojo e hinchado, bordes evertidos, goteando lubricante y fluidos internos. No hubo pausa. Pedro se colocó primero: metió su polla de 22 cm de un empujón hasta las bolas. El interior estaba flojo, caliente, resbaladizo; entró sin resistencia. Empezó a bombear fuerte, clap-clap-clap resonando en la habitación.

Raúl esperó su turno. Cuando Pedro se corrió dentro, llenándolo de semen espeso que rebosó al instante, Raúl entró sin limpiar. Su polla más gruesa estiró aún más el agujero ya dilatado. Follaron sin descanso: Pedro otra vez, luego Raúl, cambiando cada pocos minutos. Leo gemía continuamente, la polla colgando dura pero sin tocarla; se corrió dos veces solo por la fricción interna, chorros débiles cayendo sobre las sábanas. El semen de los dos hombres se mezclaba dentro, saliendo a borbotones cada vez que cambiaban. El agujero palpitaba, abierto permanentemente, incapaz de cerrarse del todo.

Terminaron exhaustos. Leo se quedó boca abajo, culo en pompa, semen blanco escurriendo sin parar por los muslos. Nadie habló. Solo respiraciones pesadas y el olor denso de sexo en el aire quieto.



Día 7: Bukkake total

La habitación estaba cerrada, las persianas bajadas, solo una lámpara tenue iluminando la cama grande. Leo se tumbó boca arriba, completamente desnudo, brazos a los lados, piernas ligeramente abiertas. El cuerpo ya marcado por días de uso: rojeces en las caderas, el agujero aún algo flojo del plug anterior. Pedro y Raúl se colocaron de pie a ambos lados de la cama, pollas duras en la mano, lubricadas con saliva y aceite. No hubo preliminares largos. Empezaron a pajearse con ritmo constante, mirándolo fijamente.

Primera corrida de Pedro: tres chorros espesos cayeron sobre el pecho de Leo, blancos y calientes, resbalando hacia los abdominales. Raúl siguió: cuatro disparos potentes cubrieron la cara, uno en cada ojo, otro en la boca abierta. Leo tragó lo que entró, el resto goteando por las mejillas y el cuello.

Siguieron sin pausa. Segunda, tercera, cuarta… Cada uno se corría cada diez o quince minutos, recuperándose rápido por la excitación acumulada. El semen se acumulaba: en el pelo empapado, en la frente, en los pectorales, bajando por los costados, llenando el ombligo, cubriendo la polla y las bolas de Leo, escurriendo por los muslos hasta las rodillas y los pies. Al llegar a la octava corrida de cada uno, Leo estaba cubierto de una capa gruesa y brillante: dieciséis descargas en total, el cuerpo entero pegajoso, el olor denso y salado llenando el aire. Semen corría por todas partes, formando charcos en la sábana debajo de él.

Leo agarró su propia polla, resbaladiza por la mezcla de corridas ajenas. Se masturbó despacio al principio, usando el semen como lubricante espeso: la mano subía y bajaba, haciendo sonidos húmedos y viscosos. Aceleró, el cuerpo temblando bajo el peso de la capa blanca. Cuando llegó al clímax, eyaculó fuerte: chorros nuevos se mezclaron con los anteriores, salpicando su propio abdomen y pecho, cayendo sobre la corrida ya seca en algunas zonas. Se corrió encima de su propia corrida, el semen fresco goteando y uniéndose al resto.

Quedó allí jadeando, inmóvil, cubierto de pies a cabeza, la piel brillante y pegajosa. Pedro y Raúl se limpiaron con una toalla sin decir nada. El silencio solo roto por la respiración pesada de Leo y el goteo lento del semen cayendo al suelo. 



Día 10: Doble creampie

La habitación olía a sudor y lubricante acumulado de días anteriores. Leo se puso a cuatro patas en la cama, culo elevado, agujero ya flojo y rosado por el uso constante. Raúl se colocó detrás primero, polla de 24 cm dura y venosa. Escupió en la entrada y empujó de golpe hasta el fondo. Follaron con ritmo seco y constante: embestidas profundas que hacían temblar las nalgas de Leo. Raúl aceleró, gruñendo bajo, y se corrió dentro: chorros calientes y espesos llenaron el interior, ocho disparos densos que rebosaron al instante, semen blanco goteando por los muslos.

Sin sacar, Pedro se acercó. Metió su polla de 22 cm directamente en el agujero ya lleno. El semen de Raúl actuó como lubricante espeso; entró sin resistencia, chapoteando dentro con cada movimiento. Pedro folló fuerte, mezclando todo: semen ajeno y propio, el interior resbaladizo y caliente. Se corrió también, añadiendo sus chorros al desastre, el culo de Leo rebosando ahora por ambos lados, semen blanco escurriendo en hilos gruesos.Leo se giró exhausto. Pedro se tumbó boca arriba. Leo se sentó en su cara, culo abierto goteando sobre la boca de Pedro. Pedro sacó la lengua y lamió profundo, comiendo el creampie mezclado: sabor salado, denso, caliente. Mientras, Raúl se puso de pie frente a Leo y le metió la polla en la boca. Follaron la garganta sin piedad: Pedro comiendo el semen de abajo, Raúl follando la boca arriba. Leo tragó lo que pudo, tosiendo, el cuerpo temblando entre las dos invasiones.

Terminaron en silencio, Leo jadeando, culo y boca llenos de restos, semen goteando por todas partes.

La última noche, antes de que Pedro y Raúl se fueran, organizaron la sesión final de tres horas. Leo fue follado en todas las posiciones posibles: perrito, cowboy, cowboy inverso, de lado, contra la pared, en el aire. Doble penetración seis veces. Fisting completo dos veces. Leo tragó once corridas y recibió otras quince sobre el cuerpo y dentro del culo.

Cuando Pedro y Raúl se marcharon al amanecer, Leo se quedó en la cama, con el culo abierto como un túnel, semen escurriendo sin parar, la polla dolorida de tanto correrse y una sonrisa permanente.

—Volved pronto… —susurró al vacío—. Mi culo os pertenece.

Y cada verano, cuando el calor volvía, Leo esperaba desnudo en la misma cala. Porque sabía que Pedro y Raúl regresarían… y traerían más amigos.

ArtE gAy






















 

GuStOs pErsOnAlES