Vive y Deja vivir
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31.5.26
rElAtO.
El vapor flotaba denso como una cortina viva, envolviendo los azulejos blancos agrietados en una niebla caliente y pegajosa. El olor era inconfundible: jabón barato de pino, sudor fresco de partido ganado, metal húmedo de las tuberías viejas y ese aroma masculino, almizclado, que se intensificaba con el calor. El rugido constante del agua cayendo desde las duchas comunales del viejo gimnasio del Club Deportivo Unión Rugby amortiguaba cualquier ruido del exterior. Era pasada la medianoche de un viernes de victoria. El marcador final: 42-15. Los vestuarios estaban vacíos. Solo quedaban ellos tres.
Lucas estaba bajo el chorro principal, de espaldas a la entrada. El agua caliente golpeaba sus hombros anchos y caía en ríos brillantes por la profunda curva de su espalda, acumulándose en la base de su columna antes de deslizarse sobre sus glúteos firmes y musculosos. Tenía treinta y dos años, el pelo negro corto pegado a la nuca, y los ojos cerrados mientras dejaba que el calor penetrara en cada músculo dolorido. Era ala titular, rápido como un rayo y duro como el acero en las melés. Su cuerpo era un mapa de esfuerzo: hombros redondeados, trapecios marcados, brazos venosos y unas piernas que parecían talladas para devorar el campo.
No estaba solo.
A unos metros, apoyado contra la pared de baldosas, Raúl observaba.
Treinta y cuatro años, capitán del equipo, barba espesa y oscura todavía húmeda por el sudor del partido. Su torso era una pared de músculo denso: pectorales pesados que subían y bajaban con cada respiración, abdominales profundos, brazos gruesos cubiertos de vello oscuro. Completamente desnudo, su polla ya semierecta colgaba pesada entre sus piernas. Sus ojos verdes no se apartaban de la escena.
Frente a él, inclinado hacia adelante con las manos abiertas contra los azulejos fríos, estaba Mateo. El más joven de los tres, veintiocho años, fullback veloz y letal. Su espalda se estrechaba en una cintura estrecha, y su culo —redondo, firme, ligeramente levantado por la postura— brillaba bajo el agua. Raúl tenía una mano grande posada en él, los dedos extendidos, amasando la carne mojada con posesión tranquila. Su dedo medio presionaba ya contra la entrada resbaladiza de Mateo, entrando y saliendo lentamente, abriéndolo con paciencia experta. Mateo respiraba entrecortado, la frente apoyada contra la pared, el agua cayendo sobre su nuca y su pelo negro revuelto.
Lucas abrió los ojos y los vio a través del vapor. El corazón le dio un vuelco, pero no de sorpresa. Llevaba meses sintiendo esta tensión crecer como una tormenta.
—¿Vas a quedarte mirando toda la noche, Lucas? —preguntó Raúl con voz grave y ronca, sin apartar la vista de la espalda de Mateo ni dejar de mover su dedo.
Mateo giró ligeramente la cabeza, mejilla contra los azulejos, y miró a Lucas con ojos vidriosos de deseo.
—Ven… por favor —susurró.
Eso fue todo lo que necesitó.
Lucas salió del chorro principal. El agua seguía resbalando por su cuerpo mientras se acercaba. Su polla, gruesa y pesada, ya estaba completamente dura, balanceándose con cada paso. Se colocó primero detrás de Raúl, pegando su pecho mojado contra la espalda ancha del capitán. Sintió el calor de su piel, el latido fuerte de su corazón. Su polla se deslizó entre las nalgas firmes de Raúl, rozando su agujero sin penetrar todavía. Raúl gruñó bajo y empujó hacia atrás, invitándolo.
—Joder… por fin —murmuró Raúl.
Los tres cuerpos se conectaron en un triángulo de carne caliente, agua y vapor. Lucas besó el cuello de Raúl, mordiendo suavemente la piel húmeda justo debajo de la oreja. Raúl giró la cabeza y capturó la boca de Lucas en un beso feroz, lenguas luchando, dientes chocando. Su dedo seguía dentro de Mateo, ahora más profundo, curvándose para rozar ese punto que hacía que el joven temblara.
Lucas se arrodilló lentamente detrás de Mateo. El agua caía sobre su espalda mientras separaba aquellas nalgas perfectas con ambas manos. Bajó la cara y pasó la lengua plana por toda la hendidura, saboreando el jabón, el sudor y el sabor natural de Mateo. Este se estremeció violentamente, empujando hacia atrás contra su boca.
—Dios… Lucas… sí —jadeó Mateo, la voz rota.
Raúl se colocó delante, acariciando su polla gruesa y venosa. Se inclinó y besó a Lucas por encima de la espalda de Mateo, probando el sabor del joven en su lengua. Luego tomó la cabeza de Mateo con una mano y guio su polla hasta sus labios. Mateo abrió la boca con avidez y la tragó hasta la garganta, gimiendo alrededor de la carne gruesa mientras Lucas seguía comiéndole el culo con hambre.
El tiempo se detuvo en esa ducha. Solo existían el agua, el vapor y ellos tres.
El origen de la tormenta
Esta noche no era el principio. La tensión llevaba gestándose casi dos años.
Mateo había llegado al club procedente de un equipo del sur. Desde el primer entrenamiento, Lucas sintió un golpe en el pecho. Mateo no era solo guapo: era magnético. Pelo negro siempre revuelto, ojos castaños profundos que parecían guardar secretos, una sonrisa torcida que desarmaba. En el campo se movía como un felino: elegante en la carrera, brutal en el contacto. Lucas, que siempre se había considerado estrictamente heterosexual (o al menos eso se repetía), empezó a notar detalles: la forma en que el short se ajustaba a sus glúteos cuando corría, el sudor bajando por su cuello durante los estiramientos, su risa grave en el vestuario.
Raúl, el capitán inamovible, lo había notado también. Como líder, se encargaba de integrar a los nuevos. Nadie sospechaba que su método a veces incluía noches privadas. Raúl estaba casado desde hacía ocho años. Dos hijos. Una imagen impecable. Pero su matrimonio era una fachada vacía. Había descubierto su atracción por hombres en la universidad, en duchas parecidas a esta. Aprendió a ocultarlo con maestría. Hasta Mateo.
La primera chispa real ocurrió seis meses después de la llegada de Mateo. Un partido fuera de casa, tormenta terrible, hotel con sauna pequeña. Demasiado whisky. Raúl terminó con la polla de Mateo en la boca mientras Lucas, medio borracho y excitado como nunca, lo follaba por detrás. Fue caótico, rápido, casi violento. Gemidos ahogados, manos desesperadas, corridas intensas. Al día siguiente nadie habló. Pero las miradas cambiaron para siempre.
Desde entonces, los roces “accidentales” se multiplicaron: palmadas en el culo que duraban demasiado, masajes en el vestuario que se volvían peligrosamente íntimos, conversaciones en el bar que terminaban en silencios cargados. La amistad de los tres se volvió inseparable. Salidas, cenas, entrenamientos extras. Y siempre, debajo, esa corriente eléctrica lista para explotar.
La liberación
En la ducha, Lucas se levantó. Su polla estaba dura como el hierro, la cabeza brillante y morada. La colocó contra la entrada de Mateo y empujó. Sintiendo cómo el anillo de músculos cedía y lo envolvía en un calor apretado, sedoso y perfecto. Mateo soltó un gemido largo y ahogado alrededor de la polla de Raúl.
—Joder… qué apretado estás, Mateo —gruñó Lucas, agarrando sus caderas con fuerza.
Empezó a follarlo con embestidas largas y profundas. Cada vez que entraba hasta el fondo, sus huevos pesados chocaban contra los de Mateo. El sonido húmedo de carne contra carne se mezclaba con el agua cayendo. Raúl follaba la boca de Mateo con movimientos controlados, sujetándole el pelo mojado, viendo cómo Lucas lo penetraba.
—Más fuerte —pidió Raúl, mirando a Lucas a los ojos—. Quiero oír cómo lo destrozas.
Lucas aceleró. Sus caderas golpeaban con fuerza. Mateo temblaba entero, su propia polla dura y goteando pre-semen contra los azulejos. Raúl se arrodilló frente a él, tomó esa polla joven en su boca y chupó con hambre voraz mientras Lucas lo penetraba sin piedad.
El orgasmo de Mateo llegó como un relámpago. Gritó alrededor de la polla de Raúl, el cuerpo convulsionando, llenando la garganta del capitán con chorros calientes y abundantes. Eso desencadenó a Lucas, que se enterró hasta el fondo y se corrió con un rugido grave y animal, inundando el interior de Mateo con semen espeso y caliente.
Raúl se levantó, besó a Lucas con fuerza, compartiendo el sabor de Mateo. Luego besó al joven, que todavía temblaba. Sin darles descanso, colocó a Lucas contra la pared en la misma posición.
Ahora era su turno.
Raúl se alineó detrás de Lucas y entró de un solo empujón profundo. Lucas gruñó, apretando los dientes por la mezcla de dolor y placer. Mateo se arrodilló entre las piernas de Lucas, lamiendo sus huevos y la base de la polla de Raúl cada vez que esta salía casi por completo.
El ritmo se volvió salvaje. Raúl follaba como comandaba en el campo: dominante, preciso, implacable. Sus caderas golpeaban contra el culo de Lucas con fuerza. El agua seguía cayendo sobre los tres, lavando sudor y fluidos, pero creando más.
Cambios de posición. Lucas de rodillas chupando a Raúl mientras Mateo lo follaba desde atrás. Luego Mateo en el medio, penetrado por Lucas y chupando a Raúl. Besos a tres bandas. Dedos explorando. Lenguas por todas partes: pezones, cuellos, axilas, pollas, culos.
En un momento cumbre, los tres estaban de pie bajo el mismo chorro. Lucas en el centro. Raúl detrás, follándolo lentamente con embestidas profundas. Mateo delante, besándolo con lengua y masturbándolo con la mano. Sus pollas se frotaban contra vientres mojados, creando fricción resbaladiza. Manos por todas partes. Gemidos ahogados. Maldiciones.
Raúl fue el siguiente en correrse. Se enterró en Lucas y descargó con fuerza, gruñendo su nombre. Lucas eyaculó por segunda vez, pintando el pecho y abdomen de Mateo. Mateo, excitado más allá de lo soportable, se corrió por tercera vez mientras los otros dos lo besaban y tocaban.
Se quedaron abrazados bajo el agua durante largos minutos, respiraciones agitadas, corazones latiendo al unísono, besos más suaves, caricias perezosas. El vapor los envolvía como un secreto.
La casa de Raúl
No querían separarse. Raúl propuso ir a su casa. Los otros aceptaron sin dudar.
La casa estaba a las afueras, grande, con piscina climatizada y un sótano convertido en gimnasio privado. Apenas entraron, las ropas volvieron a caer. En la sala, sobre el sofá grande, continuaron. Esta vez más despacio, explorando.
Lucas descubrió que Mateo tenía los pezones extremadamente sensibles. Pasó minutos chupándolos y mordiéndolos mientras Raúl lo penetraba desde atrás. Raúl, por primera vez en mucho tiempo, se dejó follar. Lucas entró en él con cuidado, mientras Mateo le comía la polla con devoción. Los gemidos de Raúl fueron profundos, casi sorprendidos por su propia entrega.
Durmieron poco. Hablaron mucho. Raúl confesó sus años de ocultamiento, el miedo a perder a sus hijos, la presión de ser el capitán. Lucas habló de su divorcio, de cómo nunca había sentido con mujeres lo que sentía ahora. Mateo, más libre, admitió que siempre había sido fluido y que los deseaba a ambos desde el primer día.
Al amanecer, flotaban desnudos en la piscina climatizada. El agua tibia los envolvía. Se tocaban perezosamente, sin prisa. Besos suaves. Manos acariciando.
—No quiero que esto sea solo sexo —dijo Mateo, rompiendo el silencio.
—Ni yo —respondió Lucas.
Raúl sonrió, esa sonrisa de líder que resolvía todo.
—Entonces lo haremos funcionar. En secreto. Con cuidado. Pero lo haremos.
Meses después
La temporada continuó. Ganaron el campeonato regional. Nadie en el equipo sospechó nada. Las miradas en el vestuario se volvieron cómplices. Las duchas después de los partidos, cuando los demás se iban, se convirtieron en rituales sagrados.
Construyeron algo real. No sin dificultades. Hubo celos ocasionales (Lucas sintiéndose excluido una noche en que Raúl y Mateo entrenaron solos). Hubo miedos: un roce casi descubierto en un hotel. Hubo lágrimas y reconciliaciones.
Pero también hubo momentos de una intimidad profunda que ninguno había experimentado. Noches enteras en la casa de Raúl. Viajes donde compartían habitación triple. Fin de semana en una cabaña aislada donde pasaron tres días casi sin salir de la cama.
La fotografía que Raúl tomó esa primera noche —una imagen borrosa con el móvil desde la puerta de la ducha— se convirtió en su tesoro secreto. Tres cuerpos en la niebla: Lucas de espaldas bajo el agua, Mateo inclinado, Raúl conectándolos. Cada vez que la miraban, el deseo regresaba con fuerza.
Una noche, seis meses después, en la misma ducha del club (ya vacía después de otro partido), repitieron la escena casi exactamente. Pero esta vez había algo más: amor mezclado con la lujuria. Besos más largos. Miradas que decían “te quiero” sin palabras. Corridas más intensas porque ya no era solo deseo, sino entrega total.
Y así, en el vapor de aquella ducha vieja, tres hombres encontraron algo que ninguno buscaba: una conexión que trascendía el campo, el género y las expectativas sociales.
El agua seguía cayendo, testigo silencioso de su historia.
30.5.26
ReLaTo. MeOs y otras cosas guarras, 5ªparte.
Habían pasado casi cuatro años desde aquel primer fin de semana salvaje en el camping nudista. Alex y Marcos ya no eran solo dos amigos que se ponían cachondos meando juntos en un callejón. Eran pareja consolidada: vivían juntos, habían enfrentado mudanzas, discusiones, éxitos laborales y, sobre todo, habían convertido su sexualidad en un lenguaje propio, profundo y sin tabúes. Marcos seguía jugando al waterpolo, ahora como capitán del equipo amateur. Alex había ascendido en su trabajo y tenía más libertad para escapadas.
El equipo había organizado de nuevo el retiro anual al mismo camping junto al lago. Esta vez, Alex y Marcos llegaron como pareja oficial. Aparcaron el coche bajo los pinos y se desnudaron nada más bajar, como mandaba la tradición del lugar. Sus cuerpos habían madurado juntos: Alex seguía teniendo aquella verga larga y ligeramente curvada hacia arriba, el culo redondo y firme. Marcos conservaba su polla más gruesa, sus hombros anchos y unas piernas potentes de tanto entrenar.
—Cuatro años, tío… —dijo Marcos, abrazándolo por detrás y besándole el cuello mientras sus pollas se rozaban—. Y sigo poniéndome como una piedra solo con verte desnudo.
Alex sonrió, girándose para besarlo en la boca con calma, metiendo la lengua despacio.
—Te quiero, cabrón. Vamos a disfrutar estos tres días como nunca.
El equipo los recibió con abrazos fuertes, palmadas en la espalda y alguna caricia más intencionada en el culo o la polla, pero siempre con respeto. Raúl, Pablo, Diego y los demás seguían siendo los mismos: atléticos, abiertos y felices de verlos juntos.
Instalaron la tienda grande que compartían con dos parejas más del equipo. Apenas terminaron de clavar las estacas, Marcos empujó a Alex contra un árbol cercano, fuera de la vista directa pero sin importarle demasiado si los veían. Le separó las nalgas con las dos manos y le enterró la cara entre ellas.
—Joder, cómo echaba de menos este culo —gruñó, lamiendo con lengua plana desde los huevos hasta el ano. Chupaba, besaba y metía la punta de la lengua dentro, saboreando el sabor natural de su hombre después del viaje.
Alex se agarró al tronco, gimiendo bajito.
—Cómemelo bien… ponme cachondo para todo el fin de semana.
Marcos lo comió durante varios minutos, metiendo dos dedos mientras le chupaba los huevos. Cuando Alex estaba jadeando y su polla larga soltaba hilos de precum, Marcos se levantó, escupió en su mano y le metió la polla gruesa de un solo empujón hasta los huevos.
—Ahhh… sí… lléname —gimió Alex, empujando hacia atrás.
Marcos lo folló contra el árbol con embestidas profundas y controladas, agarrándole las caderas. Cada vez que entraba del todo, sus huevos chocaban contra las nalgas de Alex. El sonido húmedo de carne contra carne se mezclaba con los pájaros y el viento entre los pinos.
—No te corras aún —susurró Marcos—. Quiero guardarte para luego.
Sacó la polla, todavía dura y brillante, y le dio un azote cariñoso. Se dirigieron al lago con el resto del grupo.
Por la tarde jugaron al waterpolo desnudos. Cada roce bajo el agua era eléctrico. Manos que agarraban pollas “por accidente”, cuerpos que se pegaban, risas. Al salir, todos estaban semierectos o completamente duros. Se tumbaron en la hierba.
Alex se tumbó sobre Marcos y empezaron a besarse despacio, sin prisa. Sus pollas se frotaban, dejando rastros de precum. Raúl se acercó con una sonrisa.
—¿Os importa si miramos? Hacéis una pareja preciosa.
—Mirad todo lo que queráis —respondió Alex—. Hoy y mañana somos de todos un poco… pero él es mío y yo soy suyo.
Marcos le levantó las piernas a Alex allí mismo, delante del grupo, y le volvió a comer el culo con devoción. Lengua profunda, dedos, saliva chorreando. Luego lo penetró en misionero sobre la toalla. Follaban con ritmo lento y profundo, mirándose a los ojos, susurrándose “te quiero” entre gemido y gemido.
Los demás se masturbaban alrededor, respetando el espacio de la pareja pero excitados por el espectáculo. Pablo se acercó y le ofreció su polla a Alex, que la chupó con ganas mientras era follado. Marcos aceleró, embistiendo más fuerte.
—Quiero mearte dentro —pidió Marcos.
—Hazlo, amor.
Marcos se concentró y soltó un chorro potente y caliente directamente en el recto de Alex mientras seguía follándolo. El pis salía alrededor de su polla gruesa, mojando las nalgas y la toalla. Alex gemía alto, pajeándose rápido. Cuando Marcos terminó de mear, folló con más fuerza y se corrió dentro con varios chorros espesos, gruñendo el nombre de Alex.
Alex se corrió segundos después, pintando su propio abdomen y el pecho de Marcos. Se besaron largo rato bajo las miradas cariñosas del equipo.
Por la noche, después de la barbacoa y unas cervezas, volvieron a la tienda. Alex y Marcos se metieron en su rincón con una manta fina. Follaron otra vez, esta vez Alex cabalgando sobre Marcos: subía y bajaba despacio, girando las caderas, apretando su ano alrededor de la verga gruesa. Se corrieron besándose, en silencio, solo con respiraciones agitadas y gemidos ahogados.
Amanecieron abrazados, pollas pegadas y semierectas. Se ducharon juntos en las duchas al aire libre. Alex se arrodilló bajo el chorro de agua y le meó a Marcos en la polla y el pecho. Marcos le devolvió el favor, apuntando a la boca abierta de Alex, que tragó parte mientras se pajeaba.
Desayunaron desnudos y luego hicieron una caminata ligera por el bosque. En un claro apartado, se tumbaron y follaron con calma. Marcos se puso encima en misionero, entrando y saliendo muy despacio, saboreando cada centímetro.
Hablaban mientras follaban:
—Cuatro años y sigo enamorado de cómo me miras cuando te corro dentro —susurraba Marcos.
—Y yo de cómo me llenas… de cómo me cuidas después —respondía Alex, clavándole las uñas en la espalda.
Se corrieron juntos, abrazados fuerte.
Por la tarde el grupo organizó una sesión más colectiva. Alex y Marcos se colocaron en el centro de una gran manta circular. Uno a uno, los miembros del equipo se acercaron. Alex chupaba pollas mientras Marcos lo follaba. Raúl le metió su verga gruesa en la boca a Alex. Diego y Pablo se dejaban pajear. El ambiente era de celebración, risas y placer compartido.
Marcos folló a Alex en cuatro patas mientras este chupaba a Raúl. Luego cambiaron: Alex folló a Marcos por primera vez delante de todos. Entró despacio en el culo musculoso de su novio, embistiendo con amor y fuerza. Marcos gemía alto, pidiendo más.
—Fóllame, amor… lléname.
Alex se corrió dentro de él con un gruñido, y Marcos se corrió sobre la manta sin tocarse. Los demás descargaron sobre las espaldas y caras de la pareja, chorros calientes de semen que les corrían por la piel.
Más tarde, en el lago, hicieron watersports más intensos. Marcos meó dentro de Alex mientras flotaban abrazados en el agua. Alex meó sobre la polla de Marcos mientras este lo masturbaba. El sol, el agua fresca y el calor de sus cuerpos los tenían en un estado constante de excitación.
Por la noche, en la tienda, tuvieron su momento más íntimo. Alex tumbó a Marcos boca abajo y le dedicó casi una hora a comerle el culo: lengua, dedos, saliva, besos en las nalgas. Luego lo penetró despacio, tumbado sobre él, mordiéndole el cuello.
—Eres mi hombre… mi todo —le susurraba Alex al oído mientras lo follaba profundo.
Marcos se corrió frotándose contra la manta. Alex lo llenó de semen y se quedaron conectados, polla blanda aún dentro, hablando de futuro, de planes, de cuánto se querían.
El último día fue una mezcla de melancolía y deseo salvaje. Por la mañana follaron en la ducha: Marcos levantó a Alex contra los azulejos y lo folló de pie, con embestidas fuertes. El agua caliente caía sobre ellos mientras se besaban y gemían.
Por la tarde, el equipo completo se reunió para una sesión final. Alex y Marcos se tumbaron en el centro. Durante más de dos horas recibieron y dieron placer. Pollas en la boca, en el culo, manos por todas partes. Marcos folló a Alex mientras tres pollas le rodeaban la cara. Alex se corrió dos veces: una en la boca de Pablo, otra dentro de Marcos cuando los cambiaron.
Hubo meo colectivo: todos orinaron sobre la pareja mientras estos se besaban y follaban. El pis caliente corría por sus cuerpos, mezclándose con sudor y semen. Alex tragó de varios, excitadisimo. Marcos meó dentro del culo de Alex mientras Raúl lo follaba.
La culminación fue épica: Alex y Marcos se pusieron de rodillas, uno frente al otro, pajeándose mientras todo el equipo los rodeaba. Uno a uno, los jugadores se corrieron sobre ellos. Chorros espesos les cubrieron la cara, el pecho, la polla y el pelo. Cuando solo quedaron ellos, se miraron a los ojos y se corrieron mutuamente, mezclando su leche con la de los demás.
Se ducharon todos juntos, lavándose con cariño. Hubo abrazos, risas y promesas de repetir el año siguiente.
Por la noche, antes de marcharse, Alex y Marcos se escaparon solos al embarcadero. Se tumbaron desnudos bajo las estrellas y follaron por última vez en el camping: lento, profundo, lleno de amor. Marcos entró en Alex y se movió con ternura, besándole cada centímetro de piel que alcanzaba.
—Gracias por estos años —susurró Marcos.
—Gracias por ser mi casa —respondió Alex.
Se corrieron abrazados, con las pollas palpitando y los corazones latiendo al unísono. Se quedaron un rato más, pegajosos, oliendo a sexo, pis, lago y bosque, sabiendo que su relación seguía más fuerte que nunca.
De vuelta en el coche, ya vestidos para el regreso, Alex puso la mano en el muslo de Marcos.
—¿En casa seguimos?
Marcos sonrió y le besó los nudillos.
—Siempre.
29.5.26
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