21.2.26

rElAtO. Aseos Discoteca



La discoteca vibraba bajo el pulso ensordecedor de la música electrónica, un latido que parecía sincronizarse con los corazones de quienes llenaban la pista de baile. Las luces estroboscópicas cortaban la penumbra, pintando destellos de neón sobre los rostros sudorosos y los cuerpos que se movían al ritmo de la noche. Raúl, de 25 años, se abrió paso entre la multitud, sintiendo el calor de los cuerpos a su alrededor, el roce ocasional de una mano desconocida, el aroma mezclado de perfumes, alcohol y deseo. Su camiseta negra se adhería a su torso, marcando los contornos de su cuerpo esbelto pero definido, mientras su cabello oscuro, ligeramente desordenado, caía sobre su frente. Había salido esa noche sin expectativas, solo con la intención de perderse en la música y dejar atrás una semana agotadora. Pero algo en el aire, algo intangible, le decía que esta noche sería diferente.


En el otro extremo de la discoteca, Jorge, de 27 años, apoyaba un codo en la barra, observando la escena con una mezcla de curiosidad y desapego. Su presencia era magnética: alto, con una mandíbula marcada y ojos oscuros que parecían absorber la luz. Llevaba una camisa blanca con las mangas remangadas, dejando a la vista unos antebrazos fuertes, y unos vaqueros ajustados que insinuaban la musculatura de sus piernas. Jorge no era de los que buscaban atención, pero la conseguía sin esfuerzo. Había ido con un par de amigos, pero ellos ya se habían perdido en la pista, dejándolo solo con su cerveza y sus pensamientos.


Raúl sintió la urgencia de un descanso y se dirigió hacia los aseos, esquivando cuerpos y sonrisas fugaces. El pasillo que llevaba a los baños era más tranquilo, un refugio momentáneo del caos de la discoteca. Al entrar, el olor a desinfectante mezclado con el sudor y el alcohol lo golpeó, pero no le importó. Se acercó a uno de los urinarios, desabrochándose los vaqueros con un movimiento rápido. Mientras dejaba que la tensión del momento se disipara, notó que alguien se colocaba a su lado. No le dio importancia al principio, pero algo en la energía de esa presencia lo hizo girar la cabeza.


Jorge estaba allí, a apenas un metro de distancia. Sus manos manejaban con calma el cierre de sus vaqueros, y Raúl no pudo evitar que su mirada se desviara, solo por un instante, hacia abajo. Fue un reflejo, un impulso inconsciente, pero lo que vio lo dejó sin aliento. La curiosidad se transformó en un calor que le subió por el pecho, y cuando levantó la vista, se encontró con los ojos de Jorge, que lo miraban directamente. No había reproche en esa mirada, sino algo más: una chispa de diversión, de desafío, de invitación.


—¿Te gusta lo que ves? —dijo Jorge, su voz baja, con un tono juguetón que contrastaba con la intensidad de sus ojos.


Raúl sintió que el aire se volvía más denso. Su corazón dio un vuelco, pero en lugar de avergonzarse, decidió seguirle el juego.


Sonrió, ladeando la cabeza.—Podría decirse que sí —respondió, su voz más segura de lo que esperaba.


Jorge soltó una risa suave, casi inaudible bajo el eco de la música que se filtraba desde la sala principal. Terminó de abrocharse los vaqueros y dio un paso hacia Raúl, reduciendo la distancia entre ellos. El espacio del aseo parecía encogerse, como si el mundo exterior se desvaneciera.


—¿Tienes nombre, curioso? —preguntó Jorge, inclinándose ligeramente, su aliento cálido rozando el aire cerca de Raúl.


—Raúl —respondió, sosteniendo la mirada—. ¿Y tú?


—Jorge. —Hizo una pausa, dejando que el nombre colgara en el aire como una promesa—. ¿Quieres seguir hablando aquí o...?


Raúl no necesitó más. Con un gesto rápido, señaló una de las cabinas al fondo del aseo. Jorge arqueó una ceja, pero no dudó. Caminó hacia la cabina, y Raúl lo siguió, sintiendo la adrenalina correr por sus venas. La puerta se cerró tras ellos con un clic, aislándolos del resto del mundo.


El espacio era estrecho, apenas iluminado por una luz tenue que se colaba desde el techo. El olor a desinfectante seguía presente, pero ahora se mezclaba con el aroma de la colonia de Jorge, algo amaderado y fresco que hacía que Raúl quisiera acercarse más. Se miraron en silencio por un instante, evaluándose, midiendo la tensión que crepitaba entre ellos.


—¿Y ahora qué? —preguntó Raúl, su voz un susurro, como si temiera romper el hechizo.


Jorge no respondió con palabras. En cambio, dio un paso adelante, acortando la distancia hasta que sus cuerpos casi se tocaban. Sus dedos encontraron el borde de la camiseta de Raúl, rozando la piel de su cintura con una suavidad que contrastaba con la intensidad de su mirada. Raúl sintió un escalofrío, pero no se apartó. En lugar de eso, levantó una mano y la colocó en el pecho de Jorge, sintiendo el calor de su piel a través de la camisa.


—¿Esto está bien? —preguntó Jorge, su voz baja, asegurándose de que Raúl estuviera cómodo.


Raúl asintió, su respiración ya más rápida.


—Más que bien.


Eso fue todo lo que Jorge necesitó. Con un movimiento lento pero decidido, levantó la camiseta de Raúl, deslizándola por su torso hasta quitársela por completo. La prenda cayó al suelo, olvidada. Raúl sintió el aire frío contra su piel, pero el calor de las manos de Jorge, que ahora exploraban su pecho, lo compensaba con creces. Sus dedos trazaban líneas suaves, deteniéndose en los contornos de sus músculos, como si quisiera memorizar cada detalle.


Raúl no se quedó atrás. Sus manos encontraron los botones de la camisa de Jorge, desabrochándolos uno a uno con una mezcla de urgencia y cuidado. La tela se abrió, revelando un torso fuerte, con una ligera capa de vello que descendía desde el pecho hasta el abdomen. Raúl dejó que sus dedos recorrieran esa línea, sintiendo la firmeza de la piel bajo sus yemas. Jorge soltó un suspiro, un sonido que era mitad placer, mitad anticipación.


—Eres rápido —murmuró Jorge, con una sonrisa torcida.


—Solo sigo el ritmo —respondió Raúl, inclinándose para besar el hueco de su clavícula.


El contacto de sus labios contra la piel de Jorge fue eléctrico. Jorge inclinó la cabeza hacia atrás, dejando que Raúl explorara con besos lentos, cada uno más atrevido que el anterior. Sus manos se deslizaron hacia la cintura de Raúl, desabrochando sus vaqueros con una facilidad que delataba experiencia. Raúl hizo lo mismo, y pronto ambos estaban en ropa interior, sus cuerpos separados solo por una fina barrera de tela.


El aire en la cabina era cálido, cargado de deseo. Jorge empujó a Raúl suavemente contra la pared, sus manos apoyadas a ambos lados de su cabeza, encerrándolo en un espacio donde solo existían ellos dos. Sus labios se encontraron en un beso profundo, hambriento, que sabía a cerveza y a algo más dulce, algo que ninguno de los dos podía nombrar. Las lenguas se entrelazaron, explorando, probando, mientras sus manos recorrían cada centímetro de piel expuesta.


Raúl deslizó una mano por la espalda de Jorge, sintiendo la tensión de sus músculos, la curva de su columna. Jorge respondió apretándose más contra él, dejando que sus cuerpos se alinearan, piel contra piel. La fricción era exquisita, un tormento delicioso que los hacía jadear entre besos. Raúl sintió el calor de Jorge, su dureza evidente a través de la tela, y un gemido escapó de sus labios antes de que pudiera contenerlo.


—Shh —susurró Jorge contra su boca, aunque su propia voz temblaba de deseo—. No queremos que nos descubran... todavía.


Raúl rió suavemente, un sonido que se perdió en otro beso. Sus manos encontraron el borde de la ropa interior de Jorge, y con un movimiento lento, la deslizó hacia abajo. Jorge hizo lo mismo con Raúl, y pronto no quedó nada entre ellos, solo piel, calor y la urgencia de estar más cerca.


El tiempo parecía detenerse en esa cabina, como si el mundo exterior hubiera dejado de existir. Jorge tomó el control, guiando a Raúl con una mezcla de firmeza y ternura. Sus manos eran expertas, sabiendo exactamente dónde tocar, dónde presionar, dónde demorarse para arrancarle un suspiro. Raúl se dejó llevar, entregándose al placer de ser explorado, de ser deseado. Cada roce, cada beso, era una chispa que alimentaba el fuego que crecía entre ellos.


Jorge se arrodilló, sus labios trazando un camino descendente por el torso de Raúl, deteniéndose en cada centímetro de piel como si quisiera grabarlo en su memoria. Raúl apoyó una mano en la pared para mantenerse en pie, la otra enredada en el cabello de Jorge, guiándolo, animándolo. La sensación de su boca, cálida y húmeda, era casi demasiado, un placer que lo hacía temblar.


—Jorge... —susurró Raúl, su voz rota por la intensidad.


Jorge levantó la vista, sus ojos oscuros brillando con una mezcla de deseo y ternura. No dijo nada, pero su mirada lo decía todo. Se puso de pie, volviendo a besarlo, esta vez con una urgencia que hablaba de un clímax inminente. Sus cuerpos se movieron juntos, un ritmo instintivo que no necesitaba palabras. Las manos de Jorge se deslizaron por las caderas de Raúl, guiándolo, mientras Raúl se aferraba a sus hombros, perdiéndose en la sensación.


El clímax llegó como una ola, arrasándolos a ambos. Raúl sintió que el mundo se desvanecía, reducido a la intensidad de ese momento, al calor de Jorge contra él, a los sonidos entrecortados que llenaban el pequeño espacio. Jorge lo sostuvo, sus brazos fuertes rodeándolo mientras ambos recuperaban el aliento, sus frentes apoyadas una contra la otra.


Por un momento, solo se escucharon sus respiraciones, el latido de sus corazones calmándose poco a poco. Raúl fue el primero en romper el silencio, riendo suavemente.


—Esto no estaba en mis planes para esta noche —dijo, su voz aún ronca.


Jorge sonrió, besando su frente con una ternura que contrastaba con la pasión de minutos antes.


—A veces, las mejores cosas no se planean.


Se vistieron lentamente, compartiendo miradas y sonrisas que decían más que cualquier palabra. Había algo en la forma en que se movían, en la forma en que sus manos se rozaban al pasarse la ropa, que hablaba de una conexión más profunda que el deseo físico.


Antes de salir de la cabina, Jorge sacó su teléfono. —Dame tu número —dijo, su tono firme pero cálido—. Esto no termina aquí.


Raúl sintió un calor en el pecho, una mezcla de alivio y emoción. Tecleó su número en el teléfono de Jorge, y luego hizo lo mismo con el suyo. —No pienso dejarte escapar tan fácil —bromeó, aunque sus ojos decían que lo decía en serio.


Salieron del aseo uno por uno, asegurándose de no levantar sospechas. La discoteca seguía vibrando, ajena a lo que había pasado en esa cabina. Pero antes de volver a la pista, Jorge tomó a Raúl de la mano y lo atrajo hacia él, besándolo una última vez, un beso largo y profundo que prometía más noches, más momentos, más de ellos.


—Nos vemos pronto, Raúl —dijo Jorge, su voz llena de certeza.


Raúl sonrió, sintiendo que algo nuevo comenzaba.


—Muy pronto.




UncuT











 

rElAtO. Aseos Discoteca

La discoteca vibraba bajo el pulso ensordecedor de la música electrónica, un latido que parecía sincronizarse con los corazones de quienes l...