9.8.26

RelAtO. En El bARCO.




El sol de julio caía a plomo sobre el lago Michigan, convirtiendo el agua en un espejo de plata que reflejaba el cielo casi sin nubes. Desde la proa del pequeño yate privado, la silueta de Chicago se erguía como una promesa lejana: el Sears Tower, el Hancock, los edificios de cristal que brillaban con arrogancia. El viento suave movía el pelo rubio de Ethan y le hacía entrecerrar los ojos detrás de las gafas de sol. Estaba de rodillas sobre la toalla negra, las manos apoyadas en el borde acolchado del barco, el cuerpo tenso y abierto hacia el horizonte.

Detrás de él, Leo se arrodilló con la misma naturalidad con la que respiraba. Llevaba la gorra negra calada hasta las cejas —I LIKE GOOD BOYS— y nada más. La tinta negra de su brazo derecho se extendía como una enredadera viva: flores, hojas, serpientes que se enroscaban alrededor del bíceps y bajaban hasta el antebrazo. La otra mano, libre, se apoyó en la cadera de Ethan, el pulgar rozando la curva del glúteo con una posesión tranquila.

No habían hablado en los últimos diez minutos. No hacía falta. El motor del yate estaba apagado; solo se oía el chapoteo suave del agua contra el casco y el grito lejano de alguna gaviota. Habían salido del puerto de Burnham Harbor a media mañana, con la excusa de “dar una vuelta y tomar el sol”. Ethan había traído cervezas, Leo había traído la toalla negra y la certeza de lo que iba a pasar en cuanto estuvieran lo suficientemente lejos de la costa.

Ethan se arqueó un poco más, ofreciéndose. Su piel blanca, todavía pálida del invierno, contrastaba con la de Leo, más morena, más marcada por el sol y el gimnasio. El sexo de Ethan colgaba pesado entre sus muslos, semiduro ya solo por la anticipación y el roce del aire. Leo no lo tocó todavía. Primero inclinó el cuerpo hacia adelante y dejó que su pecho se pegara a la espalda de Ethan. El calor de la piel contra la piel fue como un golpe seco.

—Míralo —susurró Leo, la boca cerca de la oreja de Ethan—. Toda esa ciudad ahí delante… y nadie sabe que estás aquí, de rodillas, esperando que te folle.

Ethan soltó un sonido bajo, casi un gemido. Asintió. Sus dedos se cerraron con más fuerza sobre el borde del asiento. La toalla se había arrugado bajo sus rodillas; el sol le quemaba la nuca.

Leo bajó una mano y la pasó por la columna de Ethan, despacio, contando cada vértebra. Luego llegó a la base de la espalda, al hueco donde la piel se volvía más sensible, y siguió bajando. Con dos dedos separó las nalgas y sopló aire fresco sobre el agujero rosado que se contraía ante el contacto. Ethan tembló.

—Todavía estás abierto de anoche —dijo Leo, y la voz le salió ronca—. Te dejé marca.

Ethan no respondió con palabras. Empujó las caderas hacia atrás, buscando más. Leo sonrió contra su hombro y escupió. El sonido húmedo se perdió en el viento. Luego, sin más preámbulos, introdujo dos dedos. Ethan soltó un jadeo largo, la cabeza caída entre los hombros. Los dedos de Leo eran gruesos, conocían el camino; se curvaron hacia dentro y buscaron la próstata con precisión cruel. Ethan se sacudió.

—Ahí… joder, ahí.

Leo no tenía prisa. Movía los dedos con lentitud deliberada, abriéndolo, preparándolo, mientras su otra mano rodeaba la cintura de Ethan y bajaba hasta agarrarle la polla. Estaba completamente dura ahora, caliente, el glande ya brillante de líquido preseminal. Leo la apretó con firmeza y tiró hacia atrás, forzando a Ethan a arquearse más, a ofrecer el culo con más descaro.

El horizonte de Chicago seguía ahí, indiferente. Un velero pasaba a lo lejos, demasiado lejos para ver nada. Leo se preguntó, con una sonrisa torcida, qué pensaría alguien si pudiera verlos: dos cuerpos desnudos, uno montando al otro sobre la cubierta blanca, el sol brillando en la piel sudorosa, el brillo de la saliva y del lubricante que Leo acababa de sacar del bolsillo de la gorra (siempre llevaba uno, por si acaso).

Sacó los dedos. Ethan se quejó, un sonido de pérdida. Leo se alineó. Su polla era gruesa, pesada, la cabeza morada ya. Se escupió en la mano, se untó y empujó.

La entrada fue lenta. Ethan abrió la boca en un gemido silencioso mientras el glande se abría paso. Leo se detuvo a mitad de camino, respirando hondo, sintiendo cómo las paredes internas se cerraban alrededor de él como un puño caliente. Luego empujó el resto de una sola vez, hasta que sus caderas chocaron contra el culo de Ethan con un sonido húmedo y obsceno.

—Fóllame —pidió Ethan, la voz rota—. No te detengas.

Leo no se detuvo. Empezó a moverse con un ritmo profundo, casi perezoso al principio, cada embestida empujando a Ethan hacia adelante sobre la toalla. Las manos de Ethan resbalaban; tuvo que agarrarse mejor. Leo le sujetó las caderas con ambas manos, los dedos clavándose en la carne blanca, y aceleró.

El sonido de piel contra piel se mezcló con el chapoteo del agua. Ethan gemía sin control ahora, cada embestida sacándole un “ah” corto y desesperado. Su polla rebotaba contra su propio vientre, dejando hilos brillantes de líquido. Leo se inclinó sobre él, mordió el hombro, después la nuca, después la oreja.

—Eres mío aquí fuera —murmuró—. En medio del puto lago, con toda la ciudad mirando sin saberlo. Me voy a correr dentro y después te voy a hacer tragar lo que se salga.

Ethan solo pudo asentir, la frente apoyada en el antebrazo. El placer le subía desde el culo hasta la base del cráneo en oleadas. Cada vez que Leo le daba justo en la próstata, la visión se le nublaba un segundo. El sol le quemaba la espalda; el viento le secaba el sudor casi al instante. Se sentía expuesto, vulnerable, y eso solo lo excitaba más.

Leo cambió el ángulo. Se incorporó un poco, agarró a Ethan por el pelo rubio y tiró hacia atrás, obligándolo a arquear el pecho. Ahora la polla de Ethan colgaba libre, oscilando con cada embestida. Leo no la tocó. Quería que Ethan se corriera solo con el culo, como había hecho la noche anterior en el apartamento de River North, cuando Leo lo había tenido contra la ventana con las luces de la ciudad como único testigo.

—Córrete —ordenó Leo, la voz baja y dura—. Sin tocarte. Quiero sentir cómo te aprietas.

Ethan soltó un gemido largo, casi un sollozo. Su cuerpo se tensó. Las paredes internas se cerraron alrededor de la polla de Leo con una fuerza casi dolorosa. Un segundo después, el orgasmo lo atravesó. Chorros blancos salieron de su polla sin que nadie la tocara, cayendo sobre la toalla negra y sobre sus propios muslos. Se sacudió con cada espasmo, y Leo sintió cada uno de ellos como un abrazo interno.

No se detuvo. Siguió follándolo a través del orgasmo, más rápido ahora, más profundo, usando el cuerpo todavía sensible de Ethan para su propio placer. Ethan jadeaba, medio llorando de sobreestimulación, pero no pidió que parara. Al contrario: empujaba hacia atrás, buscando más.

Leo se corrió con un gruñido gutural. Enterró la polla hasta el fondo y se quedó quieto mientras el semen le salía a chorros, llenando a Ethan. Las caderas le temblaban. Se quedó dentro unos segundos largos, respirando contra la nuca sudorosa de Ethan, sintiendo cómo el líquido caliente empezaba a filtrarse alrededor de su polla.

Cuando por fin se retiró, un hilo grueso de semen cayó sobre la toalla. Ethan se quedó de rodillas, temblando, el culo abierto y brillante. Leo se sentó atrás, sobre sus talones, y observó. Luego pasó dos dedos por la rendija, recogió un poco del semen que se escapaba y se lo ofreció a Ethan.

Ethan giró la cabeza, todavía con las gafas de sol torcidas, y chupó los dedos sin dudar. El sabor salado y amargo le llenó la boca. Leo sonrió, satisfecho.

—Buen chico.

Se quedaron así un rato, recuperando el aliento. El yate se balanceaba suavemente. Chicago seguía ahí, imperfecta y hermosa bajo el sol de la tarde. Leo se quitó la gorra, se pasó la mano por el pelo rizado y se la volvió a poner. Después se inclinó y besó la espalda de Ethan, justo entre los omóplatos.

—Todavía no hemos terminado —dijo—. Quiero que te corras otra vez. Esta vez mirando la ciudad.

Ethan soltó una risa cansada, pero se incorporó. Se giró, todavía de rodillas, y se sentó de cara a Leo. Su polla empezaba a endurecerse otra vez, lenta pero segura. Leo lo miró de arriba abajo: el pecho pálido, los pezones rosados, el abdomen marcado, el semen todavía seco en los muslos.

—Ven aquí.

Ethan se subió a su regazo, de cara a él. Leo lo guió hasta que la polla todavía medio dura se hundió otra vez dentro del culo resbaladizo. Ethan soltó un gemido agudo y apoyó las manos en los hombros tatuados de Leo. Empezaron a moverse juntos, más lento esta vez, casi tierno. Leo le rodeó la cintura con los brazos y lo atrajo hacia sí hasta que los pechos se tocaron.

Se besaron. Fue un beso profundo, sucio, con sabor a semen y a cerveza. Ethan se movía en círculos, moliendo la polla de Leo contra su próstata. Leo le acariciaba la espalda, el culo, el pelo. De vez en cuando le daba un azote suave que hacía que Ethan se apretara alrededor de él.

El sol bajaba. Las sombras de los edificios de Chicago se alargaban sobre el agua. Ethan se corrió por segunda vez sin que nadie le tocara la polla, solo con el roce interno y el roce de sus vientres. El semen le salió a borbotones entre los dos cuerpos. Leo lo siguió casi de inmediato, llenándolo otra vez, más despacio, más profundo.

Se quedaron abrazados, todavía unidos, mientras el yate giraba lentamente con la corriente. Ethan apoyó la frente en el hombro de Leo y cerró los ojos.

—La próxima vez —murmuró— quiero que me folles en la proa, de pie, con la ciudad de fondo. Y quiero que me dejes marcas que duren una semana.

Leo sonrió contra su pelo.

—Lo que digas, good boy.

El viento sopló más fuerte. En algún lugar lejano, un barco de turismo pasaba, sus pasajeros ajenos por completo a los dos hombres desnudos que se abrazaban en la cubierta de un yate privado, el semen secándose en la piel, el horizonte de Chicago como único testigo.

Ethan levantó la cabeza y miró a Leo a los ojos. Había algo más que deseo ahí. Había confianza. Había la certeza de que esto no era solo sexo en un barco. Era la forma en que se encontraban, lejos de las calles, lejos de las expectativas, solo ellos y el agua y el cielo.

Leo le acarició la mejilla con el dorso de los dedos.

—Todavía nos quedan un par de horas de luz —dijo—. Y más cerveza en la nevera.

Ethan se rio, suave.

—Entonces no nos vayamos todavía.

Se separaron con cuidado. Ethan se tumbó de espaldas sobre la toalla, las piernas abiertas, el culo todavía sensible. Leo se colocó entre ellas y bajó la cabeza. Empezó a lamerlo, despacio, limpiando el semen que se escapaba, metiendo la lengua lo más profundo posible. Ethan se arqueó otra vez, una mano en el pelo de Leo, la otra agarrando el borde del barco.

El sol seguía bajando. Chicago brillaba cada vez más con las primeras luces de la tarde. Y en medio del lago, dos cuerpos seguían buscándose, sin prisa, sin testigos, solo el sonido del agua y el ritmo lento y profundo de dos hombres que sabían exactamente lo que querían el uno del otro.

Leo levantó la cabeza un momento, la boca brillante, y miró a Ethan.
—Otra vez —dijo—. Quiero oírte gritar mi nombre cuando te corras. Que se lo lleve el viento hasta la ciudad.

Ethan asintió, la mirada nublada de placer.

—Hazlo.

Y Leo volvió a bajar la cabeza, y el yate siguió balanceándose, y el relato de esa tarde se escribió solo con gemidos y el roce de la piel contra la piel, bajo el cielo abierto de julio, con el horizonte de Chicago como único marco.

PiES











 

RelAtO. La FaCuLtAd NuDiStA, paRtE 7




Quinto Año

David había cumplido ya cinco años en la Facultad Nudista. Cuatro como estudiante destacado y uno como profesor titular. A sus 24 años, su cuerpo seguía siendo atlético pero más maduro, con una presencia tranquila que inspiraba tanto respeto como deseo entre los alumnos. Ya no era el chico nervioso que llegó por primera vez; era uno de los referentes del campus. Sin embargo, ese quinto año trajo un cambio profundo.

Durante el segundo semestre conoció a Lucas y Mateo.

Lucas tenía 20 años, era un chico moreno de ojos castaños profundos, cuerpo esbelto pero definido por el deporte, con una polla bonita y una forma de besar que hacía que David se olvidara del mundo por unos segundos. Mateo tenía 21, rubio, piel clara, sonrisa fácil y un culo redondo y suave que parecía hecho para las caricias. Ambos eran alumnos de primer año que habían llegado con curiosidad y ganas de aprender.

Todo empezó en una de las clases de rimming. David estaba demostrando técnicas cuando Lucas se ofreció como voluntario. Mientras David le separaba las nalgas con cuidado y le explicaba cómo relajar el músculo, sintió una conexión distinta. Después de clase, Mateo se acercó a preguntar dudas y los tres terminaron charlando desnudos en uno de los bancos del campus. Esa misma tarde acabaron en la habitación de David.

No fue una orgía salvaje. Fue algo más íntimo. Se besaron los tres durante mucho rato, explorando bocas con calma. David se tumbó en el centro y dejó que Lucas y Mateo lo tocaran sin prisa: manos recorriendo su pecho, su polla, sus muslos. Lucas le comió el culo con una delicadeza que lo hizo gemir bajito, mientras Mateo le besaba el cuello y le masturbaba lentamente. Cuando David se corrió, fue con un suspiro largo y satisfecho, abrazando a los dos chicos después.

A partir de ahí, la relación creció de forma natural. Empezaron a pasar más tiempo juntos: paseos desnudos por el campus al atardecer, cenas compartidas, noches en las que dormían los tres enredados. El sexo era frecuente pero más suave y emocional: besos largos mientras uno penetraba al otro, sesiones de rimming tumbados en la cama, masturbaciones mutuas bajo la ducha. A David le gustaba especialmente ver cómo Lucas y Mateo se besaban entre ellos mientras él los observaba desde el lado.

Para el final del curso, ya eran una trieja. Los tres lo sentían claro. Había cariño, atracción y una complicidad que iba más allá del campus.

El Quinto Año como Profesor

Durante ese último año David siguió impartiendo sus clases con dedicación, pero con un tono más personal. Enseñaba masturbación, adoración de pies y rimming con paciencia, corrigiendo con las manos y con palabras suaves. Muchos alumnos notaban que estaba más sereno, menos frenético.

Los fines de semana, cuando podía, se escapaba con Lucas y Mateo a la playa nudista o a la cabaña del bosque. Allí compartían momentos tranquilos: caminar desnudos por la orilla, tumbarse al sol los tres juntos, hacer el amor con lentitud bajo las estrellas. David sentía que por fin encontraba un equilibrio.

La Decisión

Hacia el final del quinto año, llegó el momento de decidir. La facultad le ofreció quedarse como profesor permanente con buen sueldo y condiciones. David lo pensó mucho. Quería a ese lugar, le debía mucho. Pero cada noche, al dormir entre Lucas y Mateo, sentía que su futuro estaba con ellos.

Una noche, los tres desnudos en la cama después de hacer el amor con calma, lo hablaron abiertamente.

—No quiero irme… pero tampoco quiero seguir aquí indefinidamente —confesó David con la voz algo ronca—. Os quiero a vosotros dos. Quiero construir algo más estable.

Lucas y Mateo asintieron. A ellos también les gustaba la vida naturista, pero soñaban con algo más tranquilo. Habían oído hablar de Valle Verde, un pueblo naturista pequeño en las montañas, donde la gente vivía desnuda de forma habitual, con casas, huertos, un pequeño lago y una comunidad tranquila. No era una facultad llena de estudiantes jóvenes y hormonas; era un lugar para vivir de verdad.

Decidieron aceptarlo. David daría clases de verano por última vez y luego se irían los tres juntos a Valle Verde.

El Verano Final

El último verano como profesor fue especial. David impartió sus clases con cariño extra. En la última semana organizó sesiones más íntimas: grupos pequeños donde hablaba no solo de técnicas sexuales, sino de respeto, comunicación y placer compartido. Lucas y Mateo asistían a veces como “ayudantes”, y verlos participar con los nuevos alumnos le llenaba el pecho de algo cálido.

La despedida del campus fue emotiva. Hubo una fiesta nudista en su honor, pero nada excesivo. Mucha gente se acercó a abrazarlo, a darle las gracias, a besarlo con cariño. Esa noche durmió con Lucas y Mateo, los tres llorando un poco entre besos y caricias suaves. David sentía pena real: dejaba atrás años de crecimiento, amigos y una etapa muy importante de su vida.

La Mudanza

A finales de agosto cargaron el coche con sus pocas pertenencias (ropa casi no llevaban) y se fueron hacia las montañas. El viaje fue tranquilo, con paradas para estirar las piernas desnudos en áreas naturales.

Valle Verde era exactamente como lo imaginaban: un pueblo pequeño, casas bajas, mucha vegetación, un lago donde la gente nadaba desnuda y caminos donde se caminaba sin ropa como algo normal. Había unas 400 personas viviendo allí de forma permanente, la mayoría en parejas o grupos pequeños. El ambiente era pacífico, respetuoso y amable.

Encontraron una casa modesta de dos habitaciones con un pequeño jardín y vistas al valle. Los primeros días fueron de adaptación: conocer vecinos, aprender las normas comunitarias (principalmente respeto y limpieza), y disfrutar de la novedad de tener un hogar propio.

La vida allí era sencilla y sensual de forma natural. Por las mañanas desayunaban desnudos en el porche. David preparaba café mientras Lucas y Mateo se abrazaban. Después trabajaban un poco en el huerto comunitario o en sus respectivos proyectos (Lucas estudiaba online, Mateo ayudaba en una pequeña tienda del pueblo y David daba talleres ocasionales de bienestar y sexualidad consciente para parejas y triejas).

Las tardes solían ser tranquilas: caminatas por los senderos del valle, baños en el lago, siestas juntos. El sexo era frecuente pero íntimo y profundo. A David le encantaba tumbarse en la cama grande y sentir cómo Lucas y Mateo lo exploraban con calma: besos en el cuello, manos recorriendo su cuerpo, una boca en su polla mientras otra le comía el culo con lentitud. A veces hacían el amor los tres a la vez: David penetrando a Mateo mientras Lucas lo penetraba a él, moviéndose en un ritmo compartido, besándose los tres como podían.

Otras noches era más suave: masturbación mutua mientras se besaban, o largas sesiones de rimming y adoración de pies delante de la chimenea en invierno.

Vida en el Pueblo

Con el paso de los meses, se integraron bien. David empezó a dar talleres voluntarios los fines de semana: “Placer consciente en relaciones no monógamas” o “Exploración corporal sin prisas”. Eran sesiones suaves, con mucho respeto, donde la gente compartía experiencias.

Los tres formaban una trieja visible y aceptada. Caminaban de la mano por el pueblo, dormían juntos, se apoyaban. Había celos ocasionales, como en cualquier relación, pero hablaban mucho y resolvían las cosas con cariño y, a veces, con sexo reconciliador.

David seguía echando de menos el campus algunos días. La energía de los estudiantes, las clases, la comunidad grande. Pero al mirar a Lucas y Mateo, sabía que había tomado la decisión correcta. Había cerrado una etapa hermosa y abierto otra.

Por las noches, cuando los tres se acostaban desnudos, con las ventanas abiertas al valle silencioso, David pasaba las manos por sus cuerpos y sentía una paz profunda. El nudismo ya no era solo una forma de vivir la sexualidad; era simplemente su forma de vivir.

Y así, en Valle Verde, los tres construyeron su hogar.

CuLOs











 

8.8.26

RelAtO. La FaCuLtAd NuDiStA, paRtE 6



Rutina de fines de semana

Después de una semana intensa como profesor, David buscaba un ritmo más calmado los fines de semana. Seguía disfrutando del nudismo, pero con menos presión y más espacio para relajarse de verdad. El sexo seguía presente, pero de forma más natural, pausada y consentida, como parte del ambiente y no como una obligación constante.

Viernes por la tarde – Transición

Las clases terminaban hacia las 16:00-17:00. David solía cerrar la semana con una sesión corta y tranquila en el aula: unos pocos alumnos voluntarios practicando rimming o adoración de pies de manera relajada, sin prisas. Después se duchaba con calma, charlando con sus compañeros, y preparaba una pequeña mochila con toalla, protector solar y algo de comida.

Generalmente salía con un grupo reducido: Alex, Bruno, César y, a veces, Víctor o Raúl. Cuatro o cinco personas como máximo. Prefería la intimidad a las grandes multitudes.

Sábado – Playa nudista cercana

Una de las opciones favoritas era una playa nudista de guijarros y arena, a unos 50 minutos en coche, bastante tranquila durante el fin de semana.

Llegaban, se quitaban la poca ropa que llevaban y sentían el alivio inmediato del aire y el sol sobre la piel. David caminaba un rato por la orilla, dejando que el agua fría le rozara los pies y las piernas. Buscaban un rincón algo apartado, extendían las toallas y se tumbaban.

Por la mañana predominaba el relax: leer un libro, charlar sobre la semana, tomar el sol. David disfrutaba mucho que le aplicaran protector solar en la espalda y las nalgas con manos suaves y lentas. A veces surgían besos tranquilos, alguna mano que se deslizaba entre las piernas, o una mamada perezosa bajo la sombra de una roca. Nada frenético.

Al mediodía comían algo ligero. Después, si el ambiente se calentaba, podía haber momentos más íntimos: David tumbado boca abajo mientras Bruno le comía el culo con calma, lengua lenta y profunda, o Alex arrodillado chupándole los pies con dedicación. El placer llegaba de forma natural, sin prisas. Cuando se corría, era con gemidos bajos y satisfacción tranquila.

Por la tarde solían bañarse en el mar. El agua facilitaba roces, besos mojados y alguna penetración suave en el agua si había suficiente privacidad. Al atardecer recogían y volvían a la zona de las toallas para ver cómo se ponía el sol, a menudo con el cuerpo de alguien pegado al suyo.

Domingo – Cabaña o bosque nudista

Cuando querían más tranquilidad, alquilaban una cabaña pequeña en un área boscosa nudista. Allí el ambiente era aún más relajado.

Despertaban tarde, preparaban café desnudos en la terraza, escuchando los pájaros. David disfrutaba caminar por los senderos cercanos: el roce de las ramas, el sol filtrándose entre los árboles, el sudor natural en la piel. Paraban en algún claro para descansar, donde podían surgir besos largos, caricias o sexo oral sin prisa.

En la cabaña, las tardes eran para siestas, masajes mutuos y conversaciones. El sexo solía ser más pausado: David penetrando lentamente a uno de sus compañeros mientras se besaban con calma, o sesiones de rimming tumbados en la cama, con mucho contacto visual y respiraciones compartidas. Nada de maratones extremos; más bien placer prolongado y cariñoso.

Por la noche, junto a la chimenea o fuera mirando las estrellas, terminaban el día con una última ronda suave. David valoraba especialmente esos momentos de cercanía: cuerpos cálidos pegados, manos recorriendo piel, besos sin objetivo concreto.

Regreso al campus

El domingo por la tarde o lunes temprano volvían. David regresaba descansado, con la piel bronceada, los músculos relajados y la mente más clara. El nudismo le ayudaba a desconectar de la estructura de las clases, aunque nunca desaparecía del todo el deseo.

Estos fines de semana le recordaban por qué le gustaba tanto ese estilo de vida: la libertad de estar desnudo, el contacto natural con otros hombres y la posibilidad de disfrutar del sexo de forma más orgánica, sin horarios ni evaluaciones.

Era su forma de recargar energías antes de volver a la rutina docente del lunes.

OjEteS











 

RelAtO. La FaCuLtAd NuDiStA, paRtE 5




Rutina Diaria de David

David tenía una rutina diaria perfectamente diseñada para maximizar el placer, la enseñanza y el vicio constante en la Facultad Nudista. Como profesor titular de las asignaturas más prácticas, su día estaba lleno de carne joven, pollas duras, culos ansiosos, pies y anos listos para ser devorados. Aquí te detallo un día típico de su vida como instructor:

6:30 AM – Despertar y Folleo Matutino

David se despertaba en su gran cama de la residencia Omega, rodeado normalmente de 3 o 4 de sus alumnos favoritos que se habían quedado a “estudiar” por la noche. Esa mañana, por ejemplo, tenía a Alex (el delgado de polla larga) durmiendo con la cabeza sobre su pecho y a Bruno (el musculoso) abrazado a su espalda, con la polla gruesa todavía medio dentro de su culo.

Lo primero que hacía era despertar a sus “ayudantes” con besos profundos y saliva abundante. Lenguas enredadas, mordiscos en el cuello, mientras sus manos exploraban pollas mañaneras duras como piedra. Esa mañana empezó chupándole la polla a Alex: se la metía hasta la garganta, saboreando el precum salado del amanecer, mientras Bruno le comía el culo desde atrás con lengua experta.

—Buenos días, profesor… —gemía Bruno con la boca llena de ano.

David se corría primero casi siempre, llenando la boca de uno de ellos. Luego los follaba por turnos: primero a Alex en misionero, mirándolo a los ojos y besándolo mientras le metía la verga hasta los huevos; después a Bruno en perrito, agarrándole las caderas fuertes y embistiendo con fuerza hasta llenarle el culo de leche caliente. A las 7:00 AM ya estaba duchado (con mamadas colectivas bajo el agua) y listo para empezar el día.

7:30 AM – Desayuno Energético

En el comedor nudista, David desayunaba rodeado de alumnos de primer año. Fruta, huevos, avena… y mucha proteína líquida. Mientras comía, tenía a dos estudiantes debajo de la mesa: uno lamiéndole y chupándole los pies (adoración matutina) y otro mamándole la polla lentamente, manteniéndolo semi-duro todo el desayuno.

—Traga despacio, no te atragantes —decía David mientras le daba uvas a otro chico y le permitía lamerle los dedos.

Muchos días terminaba el desayuno corriéndose en la boca de algún novato, que luego compartía el semen con sus compañeros en un beso baboso.

8:30 AM – Primera Clase: Masturbación Avanzada (Grupo A)

En el aula grande. 25 alumnos desnudos sentados en semicírculo.

David empezaba con una demostración en vivo: se tumbaba en la plataforma, piernas abiertas, y se masturbaba lentamente mostrando todas las técnicas: edging, frenillo, presión en la próstata con dedos, uso de precum como lubricante. Los alumnos lo imitaban mientras él caminaba entre ellos corrigiendo agarres, velocidad y respiración.

Siempre terminaba la clase con una “práctica supervisada”: elegía a 4-5 alumnos y los llevaba al centro para una sesión grupal. Esa mañana pajeó a dos al mismo tiempo, besándolos alternadamente, mientras otros dos le comían los pies. La clase acababa con chorros de semen joven cayendo sobre su pecho y abdomen.

10:00 AM – Clase de Adoración y Comida de Pies

David se sentaba en un trono especial con los pies en alto. Los alumnos se arrodillaban por turnos.

—Oled primero. Respirad el aroma masculino —ordenaba.

Luego venía la lamida: lenguas entre los dedos, succionando cada uno, lamiendo plantas, mordiendo talones suavemente. David gemía y se pajeaba lentamente mientras 8-10 bocas trabajaban sus pies.

La parte práctica más divertida: él comía los pies de los alumnos. Elegía a los de pies más bonitos y los devoraba con hambre, metiéndose todos los dedos en la boca, lamiendo sudor, mientras los chicos se masturbaban y gemían. Muchos se corrían solo con esto.

11:30 AM – Clase de Rimming Profundo

La más intensa. David se ponía a cuatro patas o tumbado boca abajo con el culo en pompa.
—Mirad cómo se relaja el ano… —decía mientras separaba sus nalgas.

Los alumnos practicaban por turnos: besos suaves en las nalgas, lamidas largas desde los huevos hasta el coxis, penetración con la lengua, succionando, follando con la boca. David daba feedback constante:
—Más profundo, Bruno… mete esa lengua como si quisieras follarme el intestino… ¡Sí, joder!

Luego invertía: comía culos uno por uno. Metía la cara completa entre nalgas jóvenes, oliendo, lamiendo, penetrando con la lengua hasta que los chicos temblaban y se corrían sin tocarse.

13:00 PM – Almuerzo y Descanso Activo

Comida ligera (muchas proteínas) mientras recibía “tareas extras” de alumnos. A menudo comía sentado sobre la polla de algún estudiante, moviéndose lentamente mientras conversaba. Postre habitual: semen fresco de 2-3 alumnos.

14:30 PM – Deportes y Práctica Física

David impartía o participaba en deportes nudistas. Fútbol con placajes que terminaban en folladas rápidas en el césped, lucha donde terminaba comiendo culos sudorosos, natación con mamadas bajo el agua. Siempre combinaba con besos profundos y roces constantes.

16:00 PM – Clases Particulares y Tutorías

En su despacho: sesiones uno a uno o en grupos pequeños. Ahí era donde más follaba. Un alumno podía llegar “a consultar dudas” y terminar con la polla de David hasta el fondo del culo mientras le explicaba técnicas de edging. Otros días organizaba tríos o cuartetos: un chico comiéndole los pies, otro el culo, y él follando al tercero.

19:00 PM – Cena y Orgía Vespertina

Cena colectiva donde las mesas se convertían en escenarios. David solía estar en el centro: polla en una boca, lengua en su culo, pies en otras dos. La cena terminaba casi siempre en una orgía abierta con sus alumnos.

22:00 PM – Noche en Residencia Omega

Regresaba a su habitación donde lo esperaban sus favoritos o los Ocho Salvajes. Sesiones largas y salvajes: dobles penetraciones, rimming en cadena, adoración total de su cuerpo (pies, polla, culo, axilas, todo). Besos interminables mientras lo follaban, corridas múltiples dentro y fuera.

David se dormía alrededor de la 1:00 AM, normalmente con una polla todavía dentro o con la boca llena del sabor de algún alumno, exhausto, cubierto de fluidos y completamente satisfecho.

Esta era su rutina diaria: enseñanza, sexo, placer y más enseñanza. Como profesor, David no solo daba clases… vivía el currículo las 24 horas del día.


RelAtO. En El bARCO.

El sol de julio caía a plomo sobre el lago Michigan, convirtiendo el agua en un espejo de plata que reflejaba el cielo casi sin nube...