Era un sábado de verano intenso, el sol ya quemaba a las diez de la mañana cuando el complejo privado abrió sus puertas solo para el evento anual: “Día de hombres desnudos”. Treinta tipos, de veinticinco a cuarenta y cinco años, todos adultos, todos enterados de las reglas. Nada de fotos, nada de presión, solo consentimiento verbal y amabilidad constante. Si alguien decía “para” o se alejaba, se respetaba al instante. El ambiente era de camaradería, risas y excitación compartida.
La piscina era rectangular, de un azul luminoso, con el borde marcado “1.2 M”. Toallas azul turquesa, vasos de plástico blanco y un bar improvisado con cerveza fría y agua. La gente llegó, se desvistió en los vestuarios sin drama y salió ya desnuda. Cuerpos de todo tipo: delgados, musculados, peludos, afeitados, con panza, con abs, con cicatrices, con tatuajes. Penes flácidos al principio, algunos medio hinchados por la anticipación. Nadie se miraba de reojo de forma agresiva; se miraban con curiosidad abierta y sonrisas.
El primero en meterse al agua fue Marcos, treinta y dos años, alto, pecho peludo, barba corta y gafas de sol en la cabeza. Se sentó en el borde con las piernas abiertas, el agua le llegaba a los muslos. Su polla gruesa y ligeramente curva descansaba sobre un huevo. A su lado, Tomás, cuarenta y uno, más bajo, cuerpo compacto, gafas de lectura y una sonrisa cálida, se acercó nadando.
—¿Puedo? —preguntó Tomás, señalando el borde junto a Marcos.
—Claro, hermano.
Tomás se sentó. Sus muslos rozaron los de Marcos. La conversación empezó trivial: trabajo, el calor, el evento del año pasado. Mientras hablaban, la mano de Tomás bajó despacio y tocó la rodilla de Marcos. Este asintió con la cabeza. La mano subió por el muslo interior, acariciando el vello húmedo, hasta envolver la polla que ya empezaba a endurecerse. Marcos exhaló y se inclinó un poco hacia adelante.
—Está bien —susurró.
Tomás masturbó con calma, el pulgar rozando el frenillo, el resto de los dedos cerrados alrededor del tronco. Marcos se puso duro en menos de un minuto. La cabeza rosa se hinchó y una gota de precum brilló en la punta. Tomás se inclinó y lamió esa gota. Marcos soltó un gemido bajo.
Alrededor, otros hombres miraban sin invadir. Un tipo pelirrojo, David, de veintiocho, se acercó por el agua y se apoyó en el borde al otro lado de Marcos.
—¿Puedo unirme? Solo mirar primero.
—Sí —dijo Marcos.
David se sentó y empezó a tocarse a sí mismo, la polla larga y delgada ya erecta. Tomás siguió chupando a Marcos, ahora con más profundidad, la cabeza entrando y saliendo de su boca, la lengua girando. Marcos puso una mano en la nuca de Tomás y le acarició el pelo. Cuando Tomás se separó, la polla de Marcos brillaba de saliva y estaba completamente dura, venas marcadas.
—Quiero correrme en tu cara —dijo Marcos, amable, casi preguntando.
—Hazlo —respondió Tomás, abriendo la boca y sacando la lengua.
Marcos se masturbó rápido, la mano resbaladiza por el agua y la saliva. En menos de un minuto, los chorros blancos salieron con fuerza. El primero pegó en la lengua de Tomás, el segundo en la mejilla, el tercero en la frente. Tomás se quedó quieto, recibiendo, tragando lo que caía en su boca y dejando que el resto le escurriera por la barba. David, a un lado, se corrió también, sin tocar a nadie, solo mirando: un chorro largo que cayó al agua y se diluyó.
Se rieron. Tomás se limpió con la mano y se metió al agua a nadar un poco. Marcos se quedó sentado, recuperando el aliento, la polla todavía semi dura.
En el otro extremo de la piscina, un grupo de seis hombres había formado un círculo espontáneo. El más alto, Luis, de treinta y cinco, cuerpo de gimnasio, pecho liso y polla gruesa, estaba de pie en el agua hasta la cintura. Los otros cinco se turnaban para chupársela. Uno se arrodillaba en el borde, otro se acercaba nadando y le lamió los huevos, un tercero le acariciaba el culo con dos dedos mojados mientras le chupaba. Luis gemía abiertamente, las manos apoyadas en hombros ajenos.
—Más profundo —pedía, y el que lo chupaba se hundía hasta la base, la nariz contra el vello púbico.
Cuando Luis se corrió, lo hizo dentro de la boca de un tipo llamado Andrés, de cuarenta años, calvo y con barba gruesa. Andrés se quedó con la boca llena, se separó y escupió parte del semen al agua, pero se tragó el resto. Luego se levantó y ofreció su propia polla a quien quisiera. Dos hombres se pusieron de rodillas a la vez, uno chupando el tronco y el otro lamiendo los huevos. Andrés se corrió en menos de dos minutos, chorros espesos que cayeron sobre las lenguas y las caras de ambos. Uno de ellos se pasó el semen por los labios y se lo ofreció al otro para que lo chupara de su boca. Lo hicieron con risas y un beso abierto, saliva y semen mezclados.
El agua de la piscina empezaba a tener un leve sabor salado y un brillo lechoso en la superficie cerca de los grupos. Nadie se quejaba. Al contrario, varios se metían las manos al agua y se tocaban con más libertad.
En el centro de la piscina, tres hombres se masturbaban juntos, de pie, hombros rozándose. El del medio, un tipo de veintinueve llamado Nico, tenía la polla curva hacia arriba y se la frotaba contra las de los otros dos. Se turnaban para apretar las tres juntas con una sola mano y bombear. Cuando Nico se corrió, el chorro salió tan fuerte que alcanzó el pecho del de la derecha. Este se rió, se pasó el semen por el pezón y se lo ofreció a Nico para que lo lamiara. Nico lo hizo, y luego se arrodilló en el agua para chupar la polla del otro hasta que también se corrió en su boca. El tercero se corrió en la espalda de Nico, el semen blanco resbalando por la columna hasta el culo.
Mientras tanto, en el borde opuesto, un hombre mayor, de cuarenta y tres, llamado Roberto, se había sentado con las piernas muy abiertas. Dos tipos más jóvenes le comían el culo a la vez. Uno le apartaba una nalga y le lamiaba el agujero con la lengua plana, el otro le chupaba los huevos y le masturbaba la polla gruesa. Roberto gemía sin parar, las manos en las cabezas de ambos.
—Más dentro… sí, así…
Uno de los jóvenes metió dos dedos y buscó la próstata. Roberto se arqueó y se corrió sin que nadie le tocara la polla en ese momento: chorros que salieron solos y cayeron sobre su propio vientre y sobre la cabeza del que le comía el culo. Este se levantó, se pasó el semen por la cara y se lo ofreció al otro para que lo lamiera. Luego se besaron encima de Roberto, quien todavía temblaba.
El ambiente se volvía más denso. El olor a cloro se mezclaba con el de semen, sudor y piel mojada. Algunos hombres se secaban un momento en las toallas, se masturbaban viendo a los demás y volvían al agua. Otros se quedaban en el borde, piernas colgando, dejando que cualquiera se acercara a chuparlos.
Un grupo de cuatro formó una cadena. El primero estaba sentado en el borde, el segundo de rodillas chupándole la polla, el tercero detrás del segundo comiéndole el culo, y el cuarto de pie, metiendo su polla en la boca del tercero. Se movían con ritmo lento, casi hipnótico. Cuando el primero se corrió, el segundo se tragó todo y se levantó para besar al tercero, pasándole el semen de boca a boca. El cuarto se corrió en la cara del tercero, que se quedó con los ojos cerrados recibiendo los chorros, luego se limpió con los dedos y se los ofreció al resto para que los chuparan.
En otro rincón, dos hombres se follaban de pie en el agua. El de atrás, un tipo musculoso llamado Pablo, tenía la polla gruesa y bien lubricada con saliva y un poco de aceite que alguien había traído (solo para uso externo y con consentimiento). El de delante, un chico delgado de veintiséis llamado Mateo, se agarraba al borde de la piscina y empujaba hacia atrás. Pablo entraba despacio, preguntando cada pocos centímetros:
—¿Está bien?
—Sí… más…
Cuando estuvo del todo dentro, empezó a moverse con embestidas profundas. El agua salpicaba. Mateo gemía alto. Alrededor, tres hombres se acercaron y se masturbaban viéndolos. Uno se arrodilló y le chupó los huevos a Pablo mientras este follaba. Otro le ofreció su polla a Mateo, quien la tomó en la boca sin dejar de ser penetrado. El tercero se corrió en la espalda de Pablo, el semen blanco resbalando por los músculos hasta el punto donde su polla entraba y salía del culo de Mateo.
Pablo se corrió primero, profundo, y se quedó dentro un momento, respirando. Luego se retiró despacio. Mateo se giró, todavía duro, y se masturbó hasta correrse sobre el pecho de Pablo. Se abrazaron un segundo, se rieron, y se separaron para que otros pudieran acercarse.
El día avanzaba. El sol estaba alto. Algunos hombres se habían corrido dos o tres veces ya. Otros recién empezaban. Un tipo de treinta y ocho, calvo y con una gran panza, se sentó en el borde y abrió las piernas. Cinco hombres se turnaron para chuparle la polla corta y gruesa. Cada vez que uno se cansaba, otro tomaba el relevo. Cuando se corrió, lo hizo con fuerza: el semen salió en chorros espesos que cayeron sobre tres caras a la vez. Los tres se besaron entre ellos, compartiendo el sabor, mientras el hombre se reclinaba hacia atrás, sonriendo, agotado y feliz.
En el agua, un círculo de ocho hombres se formó espontáneamente. Todos de pie, las pollas erectas apuntando hacia el centro. Se masturbaban a sí mismos y a los vecinos, manos cruzadas, dedos tocando varios troncos a la vez. Algunos se inclinaban para chupar un momento y volvían a la posición. Cuando el primero se corrió, el chorro cayó sobre varias manos y sobre el agua. El siguiente se corrió casi al mismo tiempo, y luego otro. En menos de cinco minutos, el centro del círculo estaba lleno de semen blanco flotando y diluyéndose. Algunos se inclinaron y lamiaron de las manos ajenas. Otros se frotaron el semen por el pecho y el vientre.
Un hombre de cuarenta y dos, llamado Sergio, se había acostado de espaldas en una de las tumbonas, las piernas abiertas colgando. Tres tipos se turnaban para sentarse en su cara y que les comiera el culo, mientras otros dos le chupaban la polla y los huevos. Sergio gemía con la boca llena, la lengua trabajando sin parar. Cuando se corrió, lo hizo en la boca de uno de ellos, que se tragó todo y luego se levantó para besar a los que estaban sentados en la cara de Sergio, pasándoles el sabor.
El agua de la piscina ya no estaba completamente clara. Había zonas con un brillo lechoso, y el olor a sexo era inconfundible. Nadie se quejaba. Al contrario, varios hombres se metían las manos al agua y se tocaban con más libertad, riendo cuando tocaban una polla ajena por accidente.
Cerca del final de la tarde, un último gran grupo se formó en el extremo poco profundo. Quince hombres se apiñaron. Algunos de pie, otros de rodillas en el borde, otros sentados. Había bocas en pollas, lenguas en culos, manos masturbando, dedos penetrando. El ruido era una mezcla de gemidos, chapoteos y risas bajas. Un hombre se corría y otro recogía el semen con los dedos para comérselo o para usarlo como lubricante en el culo de alguien más. Otro se corría en la espalda de un tercero, y este se giraba para que le lamiaran el semen.
Marcos, el primero que se había sentado en el borde, ahora estaba de rodillas en el agua, chupando a dos pollas a la vez, una en cada mejilla, mientras alguien detrás le metía dos dedos en el culo. Se corrió sin tocarse, solo por la estimulación. El semen salió en chorros cortos que cayeron al agua. Se levantó, sonriendo, y ofreció su boca a quien quisiera.
Tomás, el de las gafas, estaba sentado en el borde otra vez, las piernas abiertas. Tres hombres se turnaban para follarlo. Cada uno entraba, daba unas embestidas profundas, se corría dentro o fuera, y se retiraba para que el siguiente entrara. Tomás gemía, la polla dura y goteando, y se masturbaba mientras lo follaban. Cuando el tercero se corrió dentro, Tomás se empujó hacia atrás y se corrió también, chorros que alcanzaron su propio pecho y la cara del que lo estaba penetrando.
David, el pelirrojo, se había subido a una de las tumbonas y estaba de cuatro. Dos hombres le follaban la boca y el culo a la vez, coordinando el ritmo. Cuando el de atrás se corrió, se retiró y otro tomó su lugar. David se tragaba todo lo que le daban en la boca y gemía alrededor de la polla.
El sol empezaba a bajar. Algunos hombres se habían corrido cuatro o cinco veces. Otros se habían quedado flácidos y solo miraban, tocándose de vez en cuando, disfrutando del espectáculo. El agua estaba tibia y tenía un leve sabor a semen. Las toallas estaban manchadas. Los vasos de plástico flotaban o estaban tirados en el borde.
Nadie se había forzado a nada. Cada toque, cada chupada, cada embestida había sido precedida de una mirada, una pregunta o un asentimiento. Cuando alguien se cansaba, se alejaba, se secaba y volvía más tarde o simplemente se quedaba mirando. Había abrazos, risas, palmadas en la espalda, y más de un “gracias, hermano” después de corridas compartidas.
Cuando el organizador anunció que el evento terminaba en media hora, el grupo se dispersó poco a poco. Algunos se dieron una última mamada rápida. Otros se masturbaron juntos una vez más, corriendo sobre el agua o sobre las piernas ajenas. Un último círculo de seis hombres se formó y se corrieron casi al unísono, los chorros cruzándose en el aire y cayendo sobre pechos y caras.
Se secaron. Se vistieron sin prisa. Algunos se intercambiaron números. Otros se abrazaron y se despidieron con una sonrisa cómplice. La piscina quedó vacía, el agua todavía con restos de semen diluido, las toallas mojadas y manchadas, los vasos tirados.
Había sido un día de cuerpos desnudos, de pollas duras y blandas, de bocas, de culos, de manos, de semen por todas partes: en caras, en pechos, en el agua, en las manos, en las lenguas. Todo consentido. Todo amable. Treinta hombres que, por un día, habían compartido el placer sin vergüenza y sin prisa.
Y cuando el sol se puso del todo, el complejo cerró las puertas, y cada uno se fue a casa con el cuerpo cansado, el sabor todavía en la boca y la certeza de que el próximo año volverían.







































