Vive y Deja vivir
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5.9.26
ReLaTO. EnTRE aMIGoS
La casa de campo de Álvaro olía a pino húmedo, cerveza barata y ese olor a madera vieja que siempre les devolvía a los dieciséis años. Eran cinco. Siempre habían sido cinco. Álvaro, el anfitrión, alto, de hombros anchos y esa risa que llenaba habitaciones. Marcos, el más callado, con la barba de tres días y los ojos oscuros que lo miraban todo. Dani, el de las bromas imposibles, delgado, nervioso, con la polla que todos ya conocían de oídas pero nadie había visto en acción. Javi, el de las piernas eternas y la costumbre de ponerse rojo hasta las orejas. Y Leo, el más joven del grupo por apenas ocho meses, el que siempre llegaba tarde y se disculpaba con una sonrisa de mierda.
Llevaban desde las seis de la tarde bebiendo, comiendo empanadas y recordando historias de mierda. A las once, con la botella de whisky ya a medio camino y el fuego de la chimenea crepitando, Álvaro se levantó, se estiró y dijo:
—Os propongo un juego.
Los otros cuatro levantaron la vista. Conocían esa sonrisa. Era la misma de cuando tenían dieciocho y Álvaro decidió que todos se iban a afeitar el pubis “por solidaridad”.
—¿Otro de tus juegos de mierda? —preguntó Dani, aunque ya estaba sonriendo.
—Exacto. Nos desnudamos. Completamente. Nos la medimos en erección. El que la tenga más grande elige con quién quiere empezar. Luego el segundo elige entre los que quedan. Y así hasta el final. Sin excepciones. Sin “es que no estoy de humor”. Si te toca, te toca.
Hubo un silencio de tres segundos exactos. Luego Marcos soltó una risa baja.
—Estás loco.
—Estoy aburrido —corrigió Álvaro—. Y sé que todos vosotros también. Llevamos quince años viéndonos las caras y fingiendo que no nos miramos las pollas en el vestuario. Hoy se acaba.
Nadie se levantó para irse. Nadie dijo que no. Javi se pasó la lengua por el labio inferior. Leo se removió en el sofá. Dani se rió y se levantó la camiseta por encima de la cabeza.
—Vale. Pero si la mía es la más pequeña, quiero derecho a queja.
Se desnudaron en el salón. Ropa tirada en el suelo, calcetines enredados, el calor del fuego contra la piel. Al principio hubo risas nerviosas, comentarios tontos (“Joder, Marcos, ¿desde cuándo tienes el pecho tan peludo?”), pero en cuanto estuvieron todos en pelotas, el ambiente cambió. Cinco cuerpos adultos, conocidos y a la vez desconocidos. Pollas colgando, todavía blandas, cada una con su personalidad.
Álvaro se pasó la mano por la verga y la sacudió una vez.
—Bueno. A trabajar. Que se pongan duras.
No hizo falta mucho. La cercanía, el alcohol, el hecho de que todos se estuvieran mirando abiertamente… en menos de dos minutos ya había cinco erecciones apuntando en direcciones distintas. Algunas más rápidas que otras. La de Dani se levantó como si tuviera prisa. La de Javi creció más despacio, pero con determinación. La de Leo temblaba un poco en la base.
Álvaro fue a la cocina y volvió con una cinta métrica de sastre, de esas flexibles. Se la lanzó a Marcos.
—Tú mides. Yo no confío en mí mismo.
Marcos se arrodilló delante de ellos uno por uno, con una seriedad ridícula. Primero Álvaro. La cinta rodeó la base, luego midió de raíz a glande.
—Dieciocho y medio. Gruesa.
Álvaro sonrió como un cabrón.
Luego Dani. Diecisiete exactos, más delgada, con una curva suave hacia la izquierda.
Javi: dieciséis y un centímetro. Bonita, recta, con las venas marcadas.
Leo: quince y medio. Más corta, pero muy gruesa, casi del grosor de la de Álvaro.
Y por último Marcos se midió a sí mismo, con ayuda de Leo que se ofreció a sujetar la cinta.
—Diecinueve.
Un silencio.
—¿Diecinueve? —repitió Dani, incrédulo.
Marcos se encogió de hombros, la polla dura y pesada en la mano, la cabeza de un morado oscuro, el prepucio ya retraído del todo.
—Sí.
Álvaro soltó una carcajada.
—Pues ya tenemos ganador. Marcos elige primero.
Marcos se quedó de pie, mirándolos a todos. La polla le latía visiblemente. Se pasó la mano por el pecho, se rascó la barba y dijo, con esa voz baja que siempre usaba cuando estaba excitado:
—Leo.
Leo abrió los ojos.
—¿Yo?
—Tú. Quiero empezar contigo.
Leo se levantó del sofá. Estaba rojo hasta el pecho. Su polla gruesa y más corta se movió al caminar. Se acercó a Marcos y, sin que nadie dijera nada más, se arrodilló delante de él.
El salón se quedó en silencio excepto por el crepitar del fuego. Leo abrió la boca y tomó la cabeza de la polla de Marcos. Era gruesa, caliente, con un sabor a piel limpia y un poco de precum. Marcos soltó un suspiro largo y puso una mano en el pelo de Leo.
—Joder… así.
Leo chupó con ganas. No era un experto, pero tenía entusiasmo. La lengua rodeaba el glande, los labios se cerraban justo debajo de la corona, y bajaba lo que podía. Marcos no empujó. Dejó que Leo tomara el ritmo. Mientras tanto, los otros tres se quedaron mirando, cada uno tocándose la propia verga sin pudor.
Después de un rato, Marcos tiró suavemente del pelo de Leo y lo levantó.
—Ven aquí.
Lo besó. Un beso profundo, lento, con lengua. Las manos de Marcos bajaron por la espalda de Leo hasta agarrarle el culo con las dos manos y separarle las nalgas. Leo gimió dentro de la boca de Marcos.
—Quiero follarte —dijo Marcos contra sus labios—. ¿Quieres?
Leo asintió, casi sin voz.
Álvaro se levantó y fue a por el bote de lubricante que tenía en el baño “por si acaso”. Volvió y se lo lanzó a Marcos.
—Usa mucho. No queremos que se queje mañana.
Marcos rió. Hizo que Leo se apoyara en el respaldo del sofá, de espaldas a él, las piernas abiertas. Se arrodilló, le separó las nalgas y le pasó la lengua por el culo. Leo soltó un grito ahogado. Marcos lo lamió con calma, la lengua plana, luego la punta empujando hacia dentro. Mientras tanto, con una mano engrasada, se metió dos dedos en el culo de Leo y los movió despacio, abriéndolo.
Los otros tres ya no se tocaban solo a sí mismos. Dani se había acercado a Javi y le estaba masturbando la polla con la mano libre mientras miraba. Álvaro se había sentado en el sillón individual y se tocaba con calma, disfrutando del espectáculo.
Cuando Leo ya estaba jadeando y empujando hacia atrás contra los dedos, Marcos se levantó, se puso más lubricante en la verga y alineó la cabeza contra el agujero de Leo.
—Respira.
Empujó. Lento. La cabeza entró con un sonido húmedo. Leo soltó un gemido largo, las manos agarrando el sofá. Marcos siguió empujando centímetro a centímetro hasta que estuvo completamente dentro. Diecinueve centímetros enterrados en el culo de Leo. Se quedaron quietos un momento, respirando.
—Joder, qué apretado —murmuró Marcos.
Empezó a moverse. Empujones largos y profundos al principio, luego más rápidos. El sonido de piel contra piel llenó la habitación. Leo gemía sin parar, la polla gruesa balanceándose entre sus piernas, goteando. Marcos le agarró la cadera con una mano y con la otra le rodeó la verga, masturbándolo al mismo ritmo de las embestidas.
No tardó mucho. Leo se corrió primero, con un grito, salpicando el sofá y la mano de Marcos. Su culo se apretó alrededor de la polla de Marcos y eso fue suficiente. Marcos empujó hasta el fondo, se quedó quieto y se corrió dentro, con un gemido gutural, llenándolo.
Se separaron despacio. Leo se dejó caer de rodillas, respirando agitado, el semen de Marcos empezando a resbalarle por el muslo. Marcos se pasó la mano por la cara, sonriendo.
—Siguiente.
El segundo más grande era Álvaro. Dieciocho y medio.
Álvaro se levantó, la polla dura y brillante de precum.
—Dani.
Dani levantó una ceja.
—¿En serio?
—En serio. Quiero verte de rodillas y luego quiero follarte hasta que no puedas caminar derecho.
Dani se rió, pero se acercó. Se arrodilló delante de Álvaro y le tomó la polla con las dos manos. Era gruesa, venosa, con un glande grande y rosado. Dani la lamió de base a punta, luego se la metió entera en la boca de un solo movimiento. Álvaro soltó un “joder” y le agarró la cabeza con las dos manos.
—Eso… trágatela.
Dani lo hizo. Saliva cayendo por la barbilla, ojos llorosos, pero sin parar. Álvaro lo follaba la boca con empujones controlados. Mientras tanto, Marcos se había sentado en el sofá, todavía medio duro, y observaba. Leo se había acercado a Javi y le estaba besando el cuello, la mano bajando hacia su polla.
Cuando Álvaro decidió que ya había tenido suficiente boca, tiró de Dani hacia arriba y lo giró.
—Sofá. A cuatro patas.
Dani obedeció. Álvaro se arrodilló detrás, le separó las nalgas y le escupió en el culo. Luego lubricante. Dos dedos, tres. Dani se empujaba hacia atrás, impaciente.
—Métela ya, cabrón.
Álvaro se rió y empujó. Entró de un solo movimiento profundo. Dani gritó, mitad dolor, mitad placer. Álvaro no esperó. Empezó a follarlo con fuerza, las caderas golpeando el culo de Dani, las manos agarrándole la cintura. El sofá crujía. Dani gemía cada vez que Álvaro le daba en el punto exacto.
—Más fuerte —pidió Dani.
Álvaro obedeció. Folló más duro, más profundo. Con una mano le agarró la polla a Dani y se la masturbó rápido. Dani se corrió en menos de un minuto, salpicando el sofá otra vez. Álvaro siguió embistiéndolo unos segundos más y se corrió dentro, con un gruñido, las uñas clavándose en la piel de Dani.
Se separaron. Dani se dejó caer de lado, riendo y jadeando.
—Joder… eso ha sido…
—Ya lo sé —dijo Álvaro, satisfecho.
Tercero: Dani, con sus diecisiete centímetros.
Dani se limpió la boca con el dorso de la mano y miró a los dos que quedaban: Javi y Leo. Leo todavía tenía el semen de Marcos resbalándole por la pierna. Javi estaba duro como una piedra, tocándose despacio.
—Javi —dijo Dani—. Quiero esa polla bonita en mi boca y luego quiero que me folles tú a mí.
Javi se puso rojo hasta las orejas, pero se levantó. Dani se arrodilló delante de él y le tomó la verga con cuidado. Era más delgada que las anteriores, pero perfectamente recta y sensible. Dani la chupó con delicadeza al principio, luego con más ganas, mirando a Javi a los ojos. Javi tenía las manos temblando sobre los hombros de Dani.
Después de un rato, Dani se levantó, se subió al sofá a horcajadas sobre Javi y se guió la polla de Javi hacia su culo. Todavía estaba abierto y resbaladizo del semen de Álvaro. Bajó despacio, tomando cada centímetro, hasta que estuvo sentado completamente.
—Muévete —le dijo a Javi.
Javi empezó a empujar hacia arriba. Dani controlaba el ritmo, subiendo y bajando, usando los muslos. Se besaron. Fue el beso más tierno de la noche hasta ese momento. Lenguas lentas, manos en la cara, gemidos compartidos. Marcos y Álvaro se habían acercado y se tocaban mutuamente mientras miraban. Leo se había sentado en el suelo y se masturbaba mirándolos.
Dani se corrió otra vez, sin tocarse, solo con la polla de Javi rozándole la próstata. El semen le salió a chorros sobre el pecho de Javi. Javi lo siguió segundos después, enterrado hasta el fondo, llenando el culo de Dani por segunda vez esa noche.
Cuarto: Javi.
Javi se levantó, todavía temblando un poco del orgasmo, y miró a Leo, el único que quedaba sin haber elegido.
—Leo. Quiero devolverte un poco de lo que te han hecho.
Leo sonrió, cansado pero todavía duro. Se tumbaron en la alfombra frente a la chimenea. Javi se puso entre las piernas de Leo y le chupó la polla gruesa con lentitud, saboreándola. Luego le levantó las piernas, le pasó la lengua por el culo (todavía resbaladizo del semen de Marcos) y finalmente se colocó encima.
Entró despacio. Leo soltó un gemido largo y se agarró a los hombros de Javi. Follaron despacio, mirándose a los ojos. No había prisa. Las embestidas eran profundas y rítmicas. Javi le besaba el cuello, los pezones, la boca. Leo se corrió entre sus cuerpos, y Javi lo siguió poco después, con un gemido ahogado contra el hombro de Leo.
Cuando terminaron, los cinco estaban tirados por el salón, sudados, cubiertos de semen, respirando agitados. El fuego seguía crepitando. La cinta métrica estaba olvidada en el suelo.
Álvaro se rió primero.
—Bueno. ¿Repetimos la semana que viene?
Marcos, con la voz ronca, respondió:
—Solo si yo vuelvo a ganar.
Dani levantó un dedo desde el sofá.
—La próxima vez medimos después de beber menos. Que me duele el culo y todavía tengo ganas de más.
Leo se giró hacia él, sonriendo.
—Entonces deja de quejarte y ven aquí.
Y así, sin más reglas, sin más turnos, los cinco se enredaron otra vez. Manos, bocas, pollas, culos. Besos compartidos. Risas entre gemidos. Alguien se corrió otra vez. Luego otro. La noche se alargó hasta que el fuego se convirtió en brasas y el cielo empezó a clarear por las ventanas.
Ninguno de ellos volvió a fingir que no se miraban las pollas en el vestuario.
Y cada vez que se veían, la pregunta flotaba en el aire, divertida y explícita:
—¿Jugamos otra vez?
Siempre la respuesta era la misma.
Sí.
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