Vive y Deja vivir
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15.2.26
rElAtO. eL dEPeNdIeNTE Y El POliCIA.
El aire en el Zara del centro de Madrid estaba cargado de frenesí esa tarde. Las luces brillantes resaltaban los colores de la ropa, pero Bruno, de 21 años, destacaba aún más detrás del mostrador. Su cabello castaño, ligeramente despeinado, caía sobre sus ojos color avellana, que brillaban con un destello travieso. Su cuerpo delgado pero definido se movía con una gracia natural, y la camiseta ajustada de la tienda marcaba su pecho y cintura, dejando entrever la curva sutil de sus músculos. Bruno sabía cómo manejar a los clientes con su sonrisa coqueta, pero ese día, un cliente iracundo estaba poniendo a prueba su paciencia.
Borja, de 24 años, entró en la tienda como una tormenta contenida. Su uniforme de policía se adhería a su cuerpo como una segunda piel, resaltando sus hombros anchos, sus bíceps marcados y la fuerza de sus muslos. Sus ojos oscuros escanearon la escena con autoridad, y su mandíbula cuadrada se tensó mientras se acercaba al altercado. El cliente, un hombre corpulento que gritaba sobre una devolución, se quedó en silencio al verlo.
—Basta ya —ordenó Borja, su voz grave resonando como un trueno suave. El cliente retrocedió, murmurando, y la situación se disipó rápidamente. Bruno, desde el mostrador, no podía apartar los ojos de Borja. La forma en que el uniforme abrazaba su torso, la manera en que sus manos fuertes descansaban en su cinturón, con dedos largos y firmes, encendió algo en él. Sus labios se curvaron en una sonrisa mientras procesaba el calor que subía por su pecho. Borja, al terminar el reporte, se acercó a Bruno para tomar su declaración. Sus ojos se encontraron, y por un instante, el mundo pareció detenerse. Bruno inclinó la cabeza, dejando que un mechón de cabello cayera sobre su frente.
—Gracias por salvar el día, agente… Borja —dijo, su voz baja, casi un susurro provocador, mientras leía la placa en el pecho del policía.
Borja lo miró fijamente, notando la curva de los labios de Bruno, carnosos y ligeramente entreabiertos.
—Solo hago mi trabajo —respondió, pero su tono tenía un matiz ronco, y sus ojos se detuvieron en el cuello de Bruno, donde una vena latía suavemente bajo la piel. La conversación fluyó más allá de lo necesario. Bruno, con su descaro habitual, dejó caer un comentario subido de tono:
—No todos los días un policía como tú entra aquí… ¿Siempre luces tan bien en ese uniforme?
Borja soltó una risa baja, sus ojos oscureciéndose con un brillo que hizo que Bruno sintiera un cosquilleo en la base de la columna.
—Cuidado, dependiente. Podría arrestarte por esa lengua —bromeó Borja, pero su mirada era puro fuego.
Esa noche, Bruno no pudo dormir. La imagen de Borja —sus hombros, su voz, la forma en que el uniforme marcaba cada centímetro de su cuerpo— lo perseguía. En un impulso, lo buscó en redes sociales y le envió un mensaje atrevido. Borja respondió casi de inmediato, y tras un intercambio de mensajes cargados de insinuaciones, acordaron verse al día siguiente en un bar discreto del barrio.
La cita fue como encender una mecha. Borja llegó sin uniforme, con una camiseta negra que se ceñía a su torso como si estuviera moldeada para él, dejando ver cada músculo de su pecho y abdomen. Sus vaqueros oscuros marcaban sus muslos poderosos, y una sombra de barba incipiente le daba un aire aún más seductor.
Bruno, no menos provocador, llevaba una camisa ajustada de botones entreabiertos, revelando un atisbo de su piel suave, y unos pantalones que abrazaban sus caderas y resaltaban la curva de su trasero. Sentados en una mesa apartada, las cervezas eran solo una excusa. Bruno rozó deliberadamente la pierna de Borja bajo la mesa, su rodilla presionando contra la suya.
—¿Siempre eres tan serio, agente? —preguntó, inclinándose hacia él, dejando que su aliento cálido rozara el espacio entre ellos.
Borja lo miró, sus ojos recorriendo el rostro de Bruno, deteniéndose en sus labios.
—Solo hasta que me das una razón para no serlo —respondió, su mano deslizándose bajo la mesa para apretar brevemente el muslo de Bruno, un toque firme que hizo que el chico contuviera un jadeo. La tensión era insoportable. No pasó mucho tiempo antes de que Bruno, con una sonrisa cargada de intenciones, propusiera ir a su apartamento. Borja no necesitó que se lo pidieran dos veces.
La puerta del apartamento de Bruno se cerró con un golpe, y en un instante, Borja lo tenía contra la pared. Sus labios se encontraron en un beso feroz, hambriento, sus lenguas entrelazándose con una urgencia que los consumía. Las manos de Borja recorrieron la cintura de Bruno, deslizándose bajo su camisa para sentir la piel cálida y suave. Bruno gimió contra su boca, sus dedos enredándose en el cabello oscuro de Borja, tirando suavemente para acercarlo más.
—Llevo todo el día imaginando esto —susurró Bruno, su voz entrecortada mientras Borja mordisqueaba la piel sensible de su cuello, dejando un rastro de calor húmedo que lo hacía temblar.
Borja lo levantó sin esfuerzo, sus manos fuertes sujetando las caderas de Bruno mientras lo llevaba al sofá. Lo dejó caer con suavidad, pero sus ojos eran puro deseo. Se quitó la camiseta en un movimiento fluido, revelando un torso esculpido, con músculos definidos y una línea de vello oscuro que descendía desde su pecho hasta perderse bajo la cintura de sus vaqueros. Bruno se mordió el labio, su respiración acelerándose mientras observaba cada detalle: las venas marcadas en los antebrazos de Borja, la forma en que su abdomen se tensaba con cada movimiento.
Bruno se incorporó, sus manos ansiosas desabrochando los botones de su propia camisa, dejándola caer para exponer su piel suave, con un leve bronceado que resaltaba bajo la luz tenue. Borja se arrodilló frente a él, sus manos grandes y cálidas recorriendo los muslos de Bruno, desabrochando lentamente sus pantalones. Cada roce era deliberado, torturante, haciendo que Bruno arqueara la espalda, su cuerpo suplicando más.
—Eres un maldito peligro —gruñó Borja, su voz grave mientras sus labios rozaban la piel expuesta del abdomen de Bruno, descendiendo con una lentitud que era casi cruel. Sus dedos trazaron círculos en la parte interna de los muslos de Bruno, acercándose peligrosamente a su entrepierna, donde la tela de los bóxers apenas contenía su excitación. Bruno dejó escapar un gemido, sus manos aferrándose al respaldo del sofá mientras Borja deslizaba los pantalones hacia abajo, dejando un rastro de besos húmedos por su piel. La boca de Borja encontró el borde de los bóxers, y con una mirada que prometía todo, los bajó lentamente, liberando la erección de Bruno. El chico jadeó, sus caderas moviéndose instintivamente hacia adelante mientras Borja lo tomaba con una mezcla de firmeza y ternura, sus labios y lengua explorando con una destreza que arrancó gemidos cada vez más desesperados de Bruno.
—Borja… por dios… —susurró Bruno, sus uñas clavándose en los hombros del policía mientras olas de placer lo atravesaban. Borja respondió con un gruñido bajo, su propia excitación evidente en la forma en que sus vaqueros se tensaban. Se incorporó, desabrochando su cinturón con una urgencia.
—Borja… —jadeó Bruno, sus uñas clavándose en la espalda del policía mientras una oleada de placer lo atravesaba. Borja respondió con un gruñido bajo, sus movimientos volviéndose más intensos, más urgentes, hasta que ambos se perdieron en un clímax que los dejó temblando, abrazados en el desorden de las sábanas.
A la mañana siguiente, la luz del sol se filtraba por las cortinas. Bruno despertó con la cabeza apoyada en el pecho de Borja, que aún dormía, su brazo fuerte rodeándolo protectoramente. Sonrió, trazando con los dedos las líneas de los músculos de Borja. Lo que había comenzado como un encuentro casual en una tienda se había convertido en algo mucho más profundo, más adictivo.
—Despierta, agente —susurró Bruno, besando suavemente el cuello de Borja.
Borja abrió los ojos, una sonrisa perezosa curvando sus labios.
—¿Ya quieres más problemas, Bruno? —bromeó, atrayéndolo para un beso lento, prometedor. Y así, entre risas, caricias y una conexión que ninguno de los dos esperaba, Borja y Bruno comenzaron algo que ninguno estaba dispuesto a soltar. El uniforme de policía y la etiqueta de Zara quedaron atrás; ahora, solo eran ellos, dos cuerpos y dos almas que se habían encontrado en el caos y no pensaban separarse.
14.2.26
relato. SaUnA final
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VIERNES Tras no sé cuantos días nos vestimos. Los dos nos miramos y nos sentimos raros. No me gusta estar vestido.- me dice Miguel poniend...




















































