16.8.26

FlAcIDaS











 

REllAtO. sIN tocARse



El sofá azul ocupaba casi todo el espacio frente a las estanterías. Libros apilados sin orden, discos de David Bowie, una figura negra de un dios antiguo, latas vacías de cerveza y el olor a madera y a ropa usada. La luz era baja, cálida, de una lámpara de pie que dejaba sombras largas sobre los cuerpos.

Leo y Adrián llevaban tres años con la misma regla no escrita.

Se desnudaban de cintura para abajo en cuanto entraban en aquella habitación. Camisetas puestas, calcetines a veces puestos, a veces no. Pollas al aire. Piernas abiertas. Y nunca, bajo ninguna circunstancia, se tocaban el uno al otro.

Esa noche no fue distinta.

Habían vuelto de un bar cercano. La conversación había empezado en la calle, borrosa por la cerveza, y se había vuelto más clara al cerrar la puerta. Leo se quitó los vaqueros de un tirón y los dejó caer sobre la chaqueta vaquera que ya estaba en el respaldo. Se quedó en camiseta blanca y gorra negra Nike. Adrián hizo lo mismo: pantalones al suelo, camiseta blanca con la etiqueta naranja de “APT 1205” todavía pegada, barba espesa, piernas abiertas sobre el sofá. Ambos velludos, ambos semiduros solo por el hecho de estar así, expuestos el uno frente al otro.

Leo se sentó primero. Levantó una pierna, apoyó el tobillo sobre el muslo contrario y se quedó mirando su propia polla, que pesaba contra el vientre. Luego agarró el calcetín negro que se había quitado al entrar y se lo llevó a la nariz.

Adrián lo observó en silencio un momento.

—Otra vez el calcetín —dijo con voz baja, casi cariñosa—. ¿Es el de hoy o el de ayer?

—El de ayer —respondió Leo sin apartar la tela de la cara—. Lo dejé en la mochila a propósito. Huele más fuerte.

Inspiró hondo. El olor era denso: sal, tela gastada, el leve rastro de su propio pie después de un día entero. Se le endureció del todo. La polla se levantó, gruesa, velluda, la cabeza ya brillante. Con la mano libre empezó a acariciarse despacio, solo el glande al principio, el pulgar pasando una y otra vez por el frenillo.

Adrián no apartó la mirada. Se acomodó mejor, una pierna flexionada sobre el sofá, la otra extendida. Su propia polla ya estaba dura, más larga que la de Leo, curva ligeramente hacia la izquierda, los testículos pesados y cubiertos de vello oscuro. Se tocó el muslo primero, luego subió y se envolvió la verga con los dedos, sin prisa.

—Me gusta verte así —dijo Adrián—. Con la gorra puesta, oliendo tu propio calcetín y tocándote. Pareces… privado. Como si yo no estuviera, aunque sepas que te estoy mirando.

Leo soltó una risa corta contra la tela.

—Porque no estás. No del todo. Estás ahí, pero no me tocas. Esa es la gracia.

Guardaron silencio unos segundos. Solo se oía el roce húmedo de las manos sobre la piel y la respiración de Leo contra el calcetín.

Adrián habló primero, la voz más grave:
—A veces pienso en lo fácil que sería romper la regla. Estirar la mano y agarrarte la polla. O ponerte de rodillas y metértela en la boca. O simplemente apoyar la frente en tu hombro mientras te corres. Pero cada vez que lo imagino… se me baja un poco. Como si el deseo se diluyera en cuanto hay contacto.

Leo asintió, todavía con el calcetín en la nariz. Ahora lo tenía medio dentro de la boca, chupando la punta, la lengua rozando la tela húmeda de saliva y del olor viejo.

—Yo también. El día que casi lo hicimos, en el viaje a Barcelona, me corrí más rápido solo de pensar que ibas a tocarme. Y después me sentí… vacío. Como si hubiera perdido algo. Prefiero esto. Prefería quedarme con las ganas de tocarte y follarme la mano mirándote.

Adrián aceleró un poco el ritmo de su mano. El sonido se volvió más húmedo, más obsceno. Pre-semen le brillaba entre los dedos.

—Cuéntame qué sientes ahora —pidió—. Exactamente. Sin suavizarlo.

Leo cerró los ojos un momento. Inspiró otra vez el calcetín y habló con la voz pastosa:
—Siento el olor entrando por la nariz y bajándome directo a la polla. Es mi olor, pero convertido en algo sucio. Me gusta que sea mío y que tú lo sepas. Me gusta que me veas chupar el calcetín como si fuera una polla. Me gusta que mi mano esté llena de mi propia verga y que la tuya esté llena de la tuya, y que no se crucen. Estoy duro hasta que duele un poco. Los huevos me pesan. Cada vez que aprieto la cabeza siento que se me va a escapar el semen, pero lo freno. Quiero alargarlo. Quiero que me veas al borde durante rato.

Adrián tragó saliva. Su mano no se detuvo.

—Yo estoy pensando en tu boca alrededor de ese calcetín. En cómo se te hunden las mejillas. En el vello de tu ingle, más oscuro que el de las piernas. En cómo se te levanta la camiseta un poco y se te ve la línea del vientre. Estoy imaginando que ese calcetín es mi pie. Que me estás chupando los dedos mientras yo me toco. Y que nunca voy a acercar el pie de verdad, porque si lo hiciera se rompería todo.

Leo abrió los ojos y lo miró. La gorra le hacía sombra en la frente, pero la mirada era directa, sincera.

—¿Te da miedo que se rompa?

—Sí —admitió Adrián sin dudar—. Me da miedo que si un día nos tocamos, esto deje de ser sagrado. Que se convierta en sexo normal. Y el sexo normal… ya lo he tenido. Con otras personas. Esto no. Esto es solo nuestro. Dos tíos que se desnudan, se miran, se hablan y se corren sin cruzar la línea. Es absurdo y es lo más íntimo que he sentido nunca.

Leo se pasó el calcetín por los labios, lento, y luego lo volvió a oler.

—A mí también me da miedo. A veces me despierto de madrugada con la polla dura y pienso en llamarte y decirte que vengas, que esta vez sí, que te folle o que me folles. Y después me toco solo, oliendo otro calcetín, y se me pasa. Porque sé que si lo hiciéramos perderíamos esto. La costumbre. La espera. El hecho de que cada gota de semen que se me sale es solo mía, y cada una de las tuyas es solo tuya, pero las estamos compartiendo con la mirada.

Adrián bajó la mirada a la polla de Leo. La observó con detenimiento, casi clínico y al mismo tiempo hambriento.

—Estás goteando. Se te está formando un hilo. Me gusta. Me gusta ver cómo se te pone más roja la cabeza cuando aprietas. Cuéntame qué harías si yo no estuviera aquí. Si estuvieras solo.

Leo sonrió contra el calcetín.

—Me pondría de rodillas en el suelo, frente al espejo del pasillo. Me metería los dos calcetines en la boca a la vez y me follaría la mano mirándome. Me insultaría en voz alta. Me diría puta, cerdo, que solo sirvo para oler mierda de pies y correrme solo. Y cuando estuviera a punto, me pararía. Me quedaría jadeando, con la polla palpitando, hasta que se me bajara un poco. Y luego otra vez. Hasta que no pudiera más y me corriera en el suelo, de rodillas, con los calcetines todavía en la boca.

Adrián soltó un gemido bajo. Su mano se movía más rápido ahora, el sonido obsceno llenando el espacio entre ellos.

—Joder, Leo…

—Ahora tú —pidió Leo—. Dime qué estás sintiendo. Sin filtro.

Adrián respiró hondo. La voz le salió más rota:
—Siento el peso de mi polla en la mano. Está caliente. El vello se me pega un poco por el sudor. Cada vez que subo hasta la cabeza siento un cosquilleo que me sube por la columna. Estoy mirando tu boca y el calcetín y se me hace agua la boca. Quiero oler ese mismo calcetín. Quiero que me lo pases sin que nuestras manos se toquen. Que lo dejes en el cojín y yo lo coja. Quiero olerte a ti a través de la tela mientras me toco. Y quiero decirte cosas que nunca le he dicho a nadie.

Leo asintió y, con cuidado, dejó el calcetín negro sobre el cojín que había entre ellos. No lo lanzó. Lo colocó. Adrián lo cogió sin que los dedos se rozaran.

Se lo llevó a la nariz. Inspiró.

—Huele a ti —murmuró—. A tu pie, a tu día, a tu verga aunque no haya estado cerca. Me gusta. Me gusta que sea tuyo y que ahora esté en mi cara mientras me toco.

Siguió oliéndolo, a veces rozándolo con los labios, a veces metiendo un poco de tela en la boca. Su mano no paraba. Pre-semen le resbalaba por los dedos hasta el vello de la ingle.

Leo lo miraba sin pestañear, masturbándose al mismo ritmo, más lento, más deliberado.

—Dime las cosas que nunca le has dicho a nadie —pidió.

Adrián tragó. La voz le tembló un poco:
—Que a veces me corro pensando solo en tu olor. No en tu polla, no en tu culo, no en tu boca. Solo en el olor de tu cuerpo después de un día largo. Que me gusta más verte tocarte que cualquier porno. Que cuando estamos así, desnudos de cintura para abajo, hablando, siento que eres la persona más cercana que he tenido nunca… precisamente porque no te toco. Que tengo miedo de enamorarme de verdad de esto y que un día tú quieras romper la regla y yo no pueda seguirte. Que me gusta ser tu testigo. Que me gusta que me uses con la mirada mientras te corres.

Leo se quedó callado unos segundos. Su mano se había detenido en la base de la polla, apretando para no correrme todavía.

—Yo también tengo miedo —dijo al fin—. Miedo de que esto sea lo más intenso que voy a sentir nunca y de que el día que nos toquemos se acabe. Miedo de que te canses de solo mirar. Miedo de que un día llegue alguien que sí te toque y que yo me quede aquí, solo, oliendo calcetines y recordando cómo se te ponía la polla cuando me mirabas.

Adrián sacó el calcetín de la boca y lo volvió a oler.

—No me voy a cansar. No mientras tú sigas queriéndolo así. Y si algún día llega alguien… que llegue. Pero esto… esto se queda entre nosotros. Aunque ya no lo hagamos. Aunque solo sea un recuerdo. Preferiría perder el sexo normal que perder esto.

Leo asintió. Reanudó el movimiento de la mano, más rápido ahora. El glande se le veía hinchado, brillante, a punto.

—Me voy a correr —avisó con voz tensa—. Quiero que me mires. Quiero que veas cómo se me sale. No digas nada. Solo míra.

Adrián no dijo nada. Se quedó con el calcetín pegado a la nariz, la mano moviéndose al mismo ritmo frenético, los ojos fijos en la polla de Leo.

Leo se corrió primero. El semen salió en chorros espesos, salpicando su propia camiseta, el vello del vientre, los dedos. Algunos hilos cayeron sobre el sofá azul. Gritó bajo, la boca abierta, la gorra torcida. La polla le palpitaba en la mano mientras seguía ordeñándola, sacando las últimas gotas.

Adrián lo siguió segundos después. Se corrió con un gemido largo, el calcetín todavía en la cara, el semen cayéndole sobre el muslo y el cojín. La mano no se detuvo hasta que ya no salió nada más. Se quedó jadeando, la cabeza echada hacia atrás, el cuello tenso.

El silencio que siguió fue denso, íntimo. Solo respiraciones y el olor a sexo fresco mezclado con el olor del calcetín.

Leo habló primero, la voz ronca:
—No te acerques.

—No me acerco —respondió Adrián.

Se quedaron así varios minutos. Cada uno mirando el semen del otro, las pollas que se iban ablandando, las camisetas manchadas, las piernas abiertas.

Al final Adrián dejó el calcetín otra vez en el cojín, en el mismo sitio.

—¿Lo guardamos para la próxima? —preguntó.

Leo sonrió, cansado, sincero.

—Sí. Para la próxima. Y la siguiente. Y todas las que hagan falta.

Ninguno se movió para vestirse. Se quedaron desnudos de cintura para abajo, hablando en voz baja sobre el miedo, sobre el deseo, sobre por qué el no tocarse se había convertido en la forma más profunda de tocarse que conocían. Cada cierto tiempo una mano volvía a la propia polla, suave, solo para sentirla, solo para recordar que seguía ahí, dura o blanda, pero siempre vista por el otro.

La noche avanzó. Las estanterías vigilaban en silencio. El sofá azul absorbió el calor de dos cuerpos que se deseaban con una intensidad que no necesitaba contacto para ser real.

Y cuando por fin se levantaron, mucho más tarde, se vistieron sin mirarse las caras demasiado de cerca. Se despidieron en la puerta con un gesto de cabeza.

—Hasta la próxima —dijo Leo.

—Hasta la próxima —respondió Adrián.

Ambos sabían que la próxima sería igual: camisetas puestas, pantalones en el suelo, calcetines en la cara, manos en las propias vergas, palabras honestas y ninguna caricia compartida.
Y ambos sabían que, de algún modo extraño y perfecto, eso era exactamente lo que querían.



UN TIEMPO MAS TARDE

El sol se estaba muriendo detrás de las dunas. La luz era de ese color naranja sucio que solo existe al final del día, cuando el calor todavía pega en la piel pero ya no quema. La playa nudista estaba casi vacía. Solo quedaban las huellas de quienes se habían ido y el sonido lejano de las olas que llegaban perezosas.

Leo y Adrián llevaban más de una hora allí.

Habían llegado cuando todavía había gente. Se habían desnudado sin prisas, como siempre: primero la ropa de arriba, después la de abajo, todo doblado sobre la toalla grande de color azul oscuro. Ninguno llevaba calcetines. Los pies descalzos se hundían en la arena todavía caliente. Se sentaron con las piernas abiertas, las pollas al aire, y empezaron a hablar en voz baja mientras el resto de bañistas se iba marchando uno a uno.

Cuando el último grupo recogió sus cosas y desapareció detrás de las dunas, el silencio se volvió casi completo.

—Creo que estamos solos —dijo Leo.

Adrián miró a izquierda y derecha. Solo arena, mar y el cielo que se iba poniendo violeta.

—Sí. Por fin.

Se quedaron un rato sin hablar. Leo tenía la polla semidura solo por el hecho de estar desnudo y saber que Adrián lo miraba. Adrián estaba igual: la verga pesada sobre el muslo, el vello de la ingle todavía con granos de arena. Ninguno se tocaba todavía. Esa era otra de las reglas no escritas cuando estaban al aire libre: esperar. Dejar que el deseo se acumulara.

Leo habló primero, la voz baja:
—A veces pienso que esto es más intenso aquí que en el sofá. Allí hay paredes. Aquí cualquiera podría aparecer. Y aun así seguimos sin tocarnos.

Adrián asintió. Se pasó una mano por la barba, quitándose un poco de arena.

—Porque el riesgo lo hace más nuestro. Si alguien nos viera y no entendiera las reglas, se asustaría o se excitaría de la forma incorrecta. Pero nosotros sabemos exactamente qué estamos haciendo.

Leo se recostó sobre los codos. La polla se le levantó un poco más con el movimiento.

—Empieza tú hoy —pidió—. Cuéntame qué sientes ahora mismo, con el viento en la piel y la certeza de que nadie nos mira… o eso creemos.

Adrián respiró hondo. El aire olía a sal y a algas.

—Siento la arena pegada en los huevos. Me gusta. Me gusta que sea incómoda. Siento cómo se me endurece la polla solo de saber que tú estás igual de expuesto. Estoy pensando en tu olor. Aunque aquí no hay calcetines, sigo oliéndote. El sudor de tu ingle, el de tus pies después de caminar por la arena caliente. Me estoy imaginando que me pasas un calcetín invisible y que me lo pongo en la cara mientras me toco. Y me estoy conteniendo para no agarrarme la verga todavía, porque quiero que el deseo me duela un poco más.

Leo sonrió, lento.

—Me gusta cuando te duele. A mí también me está doliendo. Tengo la polla tan dura que se me levanta sola cada vez que el viento me roza. Estoy mirando la tuya y se me hace la boca agua, pero no voy a acercarme. Nunca. Prefiero quedarme con las ganas y correrme solo, sabiendo que tú haces exactamente lo mismo.

Se quedaron en silencio otro rato. El sol bajaba. Las sombras de las dunas se alargaban. Entonces Leo vio el movimiento.

Al principio pensó que era un perro o una figura lejana. Pero la figura se acercaba caminando por la orilla, desnuda, con una toalla enrollada bajo el brazo. Un hombre. Más alto que ellos dos, cuerpo trabajado pero no exagerado, barba corta, pelo oscuro mojado por el mar. Debía de haber estado nadando más lejos y ahora regresaba.

Leo y Adrián se miraron.

—Mierda —susurró Adrián.

—Quédate quieto —respondió Leo—. A ver qué hace.

El hombre se detuvo a unos quince metros. Los miró. Vio las toallas, los cuerpos desnudos, las pollas ya claramente duras. No apartó la vista. Tampoco se cubrió. Se quedó de pie, la toalla todavía bajo el brazo, y después de unos segundos levantó una mano en un saludo breve, casi tímido.

Leo respondió con un gesto de cabeza.

El hombre se acercó más. Se detuvo a unos cinco metros.

—Perdonad —dijo con voz grave, tranquila—. Creía que la playa estaba vacía. Puedo irme si queréis estar solos.

Adrián miró a Leo. Leo miró al desconocido. La polla del hombre estaba en reposo, pero no del todo: se notaba el peso, el interés contenido.

Leo habló:
—No hace falta que te vayas. Pero tenemos reglas.

El hombre inclinó la cabeza, curioso.

—¿Qué tipo de reglas?

—Nosotros no nos tocamos —explicó Leo con claridad—. Nunca. Nos desnudamos, nos miramos, hablamos, nos tocamos a nosotros mismos si queremos… pero no cruzamos la línea. No hay contacto físico entre nosotros. Si te quedas, tienes que aceptar lo mismo. Puedes mirar. Puedes tocarte. Puedes hablar. Pero no nos tocas y nosotros no te tocamos.

El hombre se quedó en silencio unos segundos. Después sonrió, una sonrisa pequeña, sincera.

—De acuerdo. Me parece… interesante. Me quedo.

Se extendió la toalla a una distancia prudente, unos tres metros, formando un triángulo imperfecto con las de ellos. Se sentó. Tenía la polla más gruesa que la de Adrián, un poco más corta que la de Leo, y el vello del pubis era denso y oscuro. Se quedó con las piernas semiabiertas, sin tocarse todavía.

—Me llamo Marcos —dijo.

—Leo.

—Adrián.

Hubo un silencio cargado. El viento traía el sonido de las olas.

Marcos habló primero:
—Llevo años viniendo a esta playa. Nunca me había encontrado con alguien que tuviera reglas tan claras. ¿Por qué lo hacéis así?

Adrián respondió, la voz tranquila pero profunda:
—Porque el deseo se vuelve más limpio. Cuando te tocas a ti mismo mientras alguien te mira y te habla, no hay confusión. No hay “¿qué significa esto?”. Solo hay el cuerpo, la mirada y las palabras. Nosotros dos llevamos años así. Empezó casi sin querer y se convirtió en lo más íntimo que tenemos.

Leo añadió:
—Y porque nos da miedo que si un día nos tocamos, se rompa. Preferimos quedarnos siempre al borde. El borde es más ancho de lo que la gente cree.

Marcos asintió despacio. Su polla había empezado a endurecerse solo de escucharlos.

—Entiendo el miedo. Yo… he tenido sexo con mucha gente. Buenos, malos, intensos. Pero nunca me he quedado solo mirando y tocándome mientras otro hacía lo mismo. Siempre había manos cruzadas, bocas, penetración. Esto es… nuevo.

Se quedó callado un momento y después preguntó:
—¿Puedo empezar a tocarme?

Leo sonrió.

—Claro. Nosotros también.

Los tres se tocaron al mismo tiempo, casi como si se hubieran puesto de acuerdo. Leo se envolvió la polla con la mano derecha, lento, de base a cabeza. Adrián hizo lo mismo, el pulgar pasando por el glande ya húmedo. Marcos los imitó, la mano grande rodeando su verga gruesa, el ritmo pausado.

El sonido de tres manos masturbándose se mezcló con el de las olas.
Marcos habló mientras se tocaba:
—Contadme más. ¿Qué sentís ahora mismo, conmigo aquí?

Leo inspiró el aire salado.

—Siento que el riesgo aumentó. Antes éramos dos. Ahora somos tres y la regla sigue en pie. Eso me pone más duro. Estoy mirando tu polla y la de Adrián y se me hace imposible decidir cuál me gusta más ver. Me gusta que las tres estén al aire, que las tres se estén tocando sin tocarse entre ellas. Estoy pensando en el olor que tendrían vuestros pies si hubiéramos caminado más. En cómo olería tu sudor si te acercaras lo suficiente… pero no te vas a acercar.

Adrián tomó la palabra, la voz un poco más rota:
—Yo siento envidia y alivio a la vez. Envidia porque me gustaría oleros a los dos. Alivio porque sé que no va a pasar. Me estoy tocando más despacio de lo que quiero porque quiero escucharos. Me gusta tu voz, Marcos. Me gusta cómo miras sin pedir permiso para tocar. Estoy goteando. Se me está resbalando el pre-semen por los dedos y se me pega la arena. Duele un poco. Me gusta que duela.
Marcos cerró los ojos un segundo y los abrió de nuevo.

—Yo siento que estoy en un territorio que no conocía. Mi polla está tan dura que me duele el bajo vientre. Estoy mirando cómo se os mueve la mano a cada uno y se me hace la boca agua. Quiero deciros cosas sinceras. ¿Puedo?

—Por eso estamos aquí —dijo Leo.

Marcos tragó saliva. La mano no se detuvo.

—Llevo meses sin follar. No porque no pueda, sino porque me aburrí. Todo se parecía. Entrar, salir, correrse, vestirse. Esta tarde estaba nadando y pensé en volver a casa y tocarme solo otra vez. Entonces os vi. Dos tíos desnudos, duros, hablando en voz baja como si estuvieran en una iglesia. Y cuando me dijisteis las reglas… se me puso la piel de gallina. Nunca nadie me había pedido que no tocara. Siempre es al revés. “Tócame, fóllame, chúpame”. Vosotros me pedís que me quede a este lado de la línea. Y eso me está volviendo loco de una forma que no esperaba.

Se quedó callado un momento y añadió, más bajo:
—Me gusta vuestro olor desde aquí. El de la arena, el del sudor, el del sexo que todavía no ha salido. Me gusta imaginarme que uno de vosotros me pasa un calcetín usado y me lo dejo en la cara mientras me corro. Pero no vais a hacerlo. Y está bien. Prefiero la imaginación ahora mismo.

Leo aceleró un poco el ritmo de su mano. El glande se le veía hinchado, brillante.

—Puedes imaginar lo que quieras. Nosotros lo hacemos todo el tiempo. A veces nos pasamos horas describiéndonos fantasías que nunca vamos a cumplir. Es más seguro. Y más intenso.

Adrián miró a Marcos directamente.

—¿Qué es lo más sucio que estás imaginando ahora mismo mientras nos miras?

Marcos no dudó:
—Que los tres nos corremos al mismo tiempo y que el semen cae en la arena y se mezcla. Que después nos quedamos sentados, mirando los charcos, hablando de cómo se sintió, sin limpiarnos. Que el viento se lleva el olor y que alguien, muy lejos, lo nota sin saber de dónde viene. Que mañana vuelvo a esta misma playa solo y me toco recordando vuestras caras cuando os corríais. Y que nunca os busco. Que esto se queda en una sola tarde.

Leo soltó un sonido bajo, casi un gemido.

—Eso último… me gusta. Que no nos busques. Que se quede aquí.
Adrián asintió, la mano moviéndose más rápido ahora.

—Yo estoy cerca. Llevo rato aguantando. Quiero que me miréis los dos cuando me corra. Quiero que veáis exactamente cómo se me sale.

—Yo también estoy cerca —dijo Marcos—. La voz de Adrián cuando dice “duele un poco” me ha puesto al borde.

Leo miró a uno y a otro.

—Entonces vamos a hacerlo despacio. Nadie se corre todavía. Contadme una cosa cada uno. Algo que nunca le habéis dicho a nadie. Algo verdadero.

Hubo un silencio largo. Solo las manos y el mar.

Adrián habló primero:
—Nunca le he dicho a nadie que a veces me asusta lo mucho que necesito esto. Que hay noches en las que me masturbo pensando solo en la regla, no en el cuerpo de Leo. En la línea que no cruzamos. Y que si un día Leo me pidiera que lo tocara, no sé si podría. Porque tengo miedo de descubrir que el deseo se me acaba en el mismo segundo en que la piel toca la piel.

Leo respiró hondo. Su mano se había detenido en la base, apretando fuerte para no correrme.

—Yo nunca le he dicho a nadie que a veces deseo que alguien nos vea y no entienda nada. Que se quede confuso. Que se vaya pensando que somos raros o fríos. Porque esa confusión de los demás me hace sentir que lo nuestro es más nuestro. Y también… que a veces me imagino tocando a Adrián. No follándolo. Solo apoyando la frente en su hombro mientras se corre. Y esa imagen me asusta más que cualquier otra, porque es tierna. Y lo tierno es más peligroso que lo sexual.

Marcos los miró a los dos. La voz le salió ronca:
—Yo nunca le he dicho a nadie que después de follar siempre me siento un poco solo. Aunque la otra persona se quede a dormir. Aunque diga que ha sido increíble. Hay un segundo, justo después de correrme, en el que siento que he perdido algo. Esta tarde, desde que me senté aquí, ese segundo no ha aparecido. Estoy tocando mi propia polla, mirándoos, escuchándoos, y no siento que vaya a perder nada cuando me corra. Siento que voy a ganar un recuerdo que nadie más tiene. Y eso… eso es nuevo para mí.

Los tres se quedaron en silencio. Las manos volvieron a moverse, más rápidas, más urgentes.

Leo fue el primero en avisar:
—Me voy a correr. Miradme.

Adrián y Marcos fijaron la vista en él. Leo se masturbó con fuerza, la espalda arqueada, los pies clavados en la arena. El semen salió en chorros espesos, salpicando su propio vientre, el vello, la arena entre sus piernas. Gritó bajo, un sonido que se perdió en el viento. La polla le palpitaba en la mano mientras seguía sacando las últimas gotas.

Adrián lo siguió casi de inmediato. Se corrió mirando a Leo y a Marcos a la vez, la boca abierta, un gemido largo y roto. El semen le cayó sobre el muslo y se mezcló con la arena. La mano no se detuvo hasta que ya no quedó nada.

Marcos fue el último. Los miró a los dos, vio los charcos de semen en la arena, olió el aire cargado, y se dejó ir. Se corrió con un sonido grave, casi un gruñido, el semen cayendo pesado sobre su vientre y la toalla. La mano siguió moviéndose despacio, ordeñando hasta el final.

El silencio que siguió fue distinto. Más denso. Más compartido.

Los tres se quedaron sentados, respirando, mirando el semen que se filtraba en la arena.

Marcos habló primero, la voz cansada pero clara:
—Gracias por dejarme quedarme. Por las reglas. Por las palabras.

Leo asintió.

—Gracias a ti por aceptarlas.

Adrián se pasó una mano por la cara, quitándose sudor y arena.

—¿Te vas a ir ahora?

Marcos miró el horizonte. El sol ya se había escondido. Solo quedaba un resplandor violeta.

—Sí. Preferiría irme antes de que se haga del todo de noche. Y preferiría no intercambiar números. Que esto se quede exactamente como es.

Leo sonrió, pequeña, sincera.

—Eso también forma parte de las reglas. Aunque no lo habíamos dicho.

Marcos se levantó. Se limpió el semen con la toalla lo mejor que pudo, se la enrolló otra vez bajo el brazo y los miró una última vez.

—Que sigáis teniendo esto —dijo—. Es raro. Y es valioso.

Se dio la vuelta y se alejó por la orilla, desnudo, hasta que su figura se perdió entre las dunas.

Leo y Adrián se quedaron solos otra vez.

Durante un rato no hablaron. Solo miraron el mar y las manchas oscuras en la arena.

Al final Adrián dijo, casi en un susurro:
—Ha sido distinto.

—Sí —respondió Leo—. Pero la regla sigue intacta.

—¿Crees que volverá algún día?

—No lo sé. Y preferiría no saberlo.

Se quedaron un poco más, hasta que el frío empezó a subir desde el agua. Entonces se levantaron, se sacudieron la arena, se vistieron en silencio y recogieron las toallas.

Mientras caminaban de vuelta hacia el aparcamiento, Leo habló:
—¿Sigues teniendo miedo de que un día nos toquemos?

Adrián tardó unos segundos en responder.

—Más que antes. Porque ahora sé que la regla puede resistir incluso a un tercero. Y eso la hace más fuerte. Y más frágil a la vez.

Leo asintió.

—Entonces seguimos igual.

—Seguimos igual.

Caminaron el resto del camino sin tocarse. Sin rozarse ni siquiera los hombros. Solo dos cuerpos que se habían corrido juntos sin haberse tocado nunca, y que ya llevaban dentro el recuerdo de un tercero que había aceptado mirar desde el mismo lado de la línea.

La noche cerró del todo cuando llegaron al coche. Y la regla, como siempre, se quedó intacta.




15.8.26

rELAtO. DEsCUbRiEnDo eL SaboR de Sus PIes



La casa de Mark estaba en las afueras, una de esas construcciones modestas de ladrillo y techo bajo donde el tiempo parecía moverse más despacio. Era un sábado de finales de verano, el sol entraba a través de las cortinas entreabiertas y bañaba el salón en una luz dorada y perezosa. El sofá grande de color beige, con sus cojines decorados y la manta marrón arrojada sobre el respaldo, olía a lavanda y a algo más íntimo: el sudor limpio de dos cuerpos que llevaban horas sin hacer nada más que existir juntos.

Jake había llegado a media mañana. Traía una mochila con ropa de cambio y una sonrisa que Mark conocía demasiado bien. Habían sido compañeros de equipo en el instituto, luego compañeros de piso durante un año en la universidad, y ahora, a los veintidós, seguían siendo ese tipo de amigos que se entendían sin necesidad de muchas palabras. Mark era el más alto, de cabello castaño oscuro cortado al rape, cuerpo marcado por horas en el gimnasio y una forma de mirar que siempre parecía estar evaluando. Jake era más compacto, rubio casi rapado, piel clara salpicada de pecas en los hombros y una energía nerviosa que se calmaba solo cuando estaba cerca de Mark.

Habían pasado la mañana jugando videojuegos, hablando de tonterías, bebiendo cerveza de la nevera. El calor apretaba. Mark se había quitado la camiseta primero, dejándola caer al suelo. Jake lo imitó poco después. Los pantalones cortos de Mark, negros y holgados, contrastaban con los de Jake, azules con franjas blancas, de esos que se usaban para correr. Ambos descalzos. Los pies de Jake eran estrechos, dedos largos; los de Mark, más anchos, con un pequeño lunar en el tobillo derecho.

Fue Jake quien empezó el juego, como siempre. Estaba tumbado de lado en el sofá, las piernas semi-dobladas, cuando levantó un pie y lo apoyó contra el pecho de Mark, empujándolo suavemente.

—Tienes los pies fríos —dijo Mark, pero no se apartó. Su mano subió y sujetó el tobillo de Jake, el pulgar trazando círculos lentos sobre la piel.

Jake sonrió. —No están fríos. Están calientes. Tú eres el que siempre tiene las manos heladas.

Mark se inclinó y, sin romper el contacto visual, acercó la boca al arco del pie de Jake. No lo besó todavía. Solo respiró contra la piel, dejando que el aliento caliente hiciera que Jake se estremeciera. Luego, con deliberada lentitud, pasó la lengua por la planta, de talón a dedos. Jake soltó un sonido bajo, entre risa y gemido.

—Joder, Mark…

—Cállate —respondió Mark, pero su voz era suave. Siguió lamiendo, saboreando el leve sabor a sal y a jabón. El dedo gordo de Jake entró en su boca. Mark lo chupó con calma, los labios cerrados alrededor, la lengua girando. Su otra mano se deslizó por la pantorrilla de Jake, subiendo hasta el muslo, donde el pantalón corto se había subido y dejaba ver piel pálida y vello fino.

Jake no se quedó quieto. Giró el cuerpo, se acomodó de espaldas casi, y levantó su otra pierna. Su pie libre encontró el pecho de Mark, los dedos extendidos, y luego bajó hasta la boca del otro. Mark lo recibió sin dudar. Ahora tenía ambos pies de Jake: uno en la boca, el otro sujeto con firmeza mientras lo besaba y lo mordisqueaba suavemente. La posición era incómoda, pero ninguno se quejó. Jake tenía las piernas abiertas, una flexionada sobre el sofá, la otra alzada. Mark estaba medio sentado, medio inclinado sobre él, el torso desnudo brillando ligeramente de sudor.

El aire del salón se espesó. El zumbido lejano de un ventilador era lo único que competía con los sonidos húmedos de la boca de Mark y los suspiros cada vez más profundos de Jake. Mark soltó un pie solo para deslizar la mano por debajo del pantalón corto azul de Jake. Lo encontró ya medio duro, caliente, y lo envolvió con los dedos. Jake arqueó la espalda y empujó el pie más profundamente en la boca de Mark, casi como si quisiera callarlo o, al contrario, forzarlo a seguir.

—Así… —murmuró Jake—. Sigue chupándome los pies mientras me tocas.

Mark obedeció. La lengua trabajaba con dedicación: entre los dedos, por el arco, succionando el talón. Al mismo tiempo, su mano se movía con ritmo lento y firme bajo la tela fina. Jake correspondió. Su propia mano bajó hasta los pantalones negros de Mark, los abrió con torpeza y sacó la polla ya dura. La acarició con la misma lentitud con la que Mark le chupaba los pies, el pulgar pasando una y otra vez por la cabeza húmeda.

Se miraron. No había vergüenza. Solo una especie de hambre compartida que llevaba años acumulándose en miradas demasiado largas y en abrazos que se prolongaban un segundo de más. Mark soltó el pie de Jake solo el tiempo necesario para inclinarse y besar su boca. El sabor de la piel del pie todavía estaba en su lengua cuando se encontraron. Jake gimió dentro del beso y apretó más fuerte la polla de Mark.

Cuando se separaron, Mark volvió a los pies. Esta vez los levantó ambos, los juntó y los chupó a la vez, los dedos de Jake rozándose dentro de su boca. Jake se retorcía, la mano aún dentro de los pantalones de Mark, el pantalón azul de él completamente desacomodado, la polla ya fuera, roja y brillante. Mark bajó una mano y la envolvió también, acariciando a los dos al mismo tiempo, los dedos resbaladizos por el pre-semen.

—Quiero más —dijo Jake con voz ronca—. Quiero que me folles mientras me chupas los pies.

Mark no necesitaba que se lo pidieran dos veces. Se levantó lo suficiente para quitarse los pantalones por completo. Jake hizo lo mismo, empujando los azules hacia abajo hasta que quedaron enredados en un tobillo. Quedaron desnudos sobre el sofá, piel contra piel, el calor del verano pegándolos. Mark se colocó entre las piernas de Jake, levantó ambas hasta casi doblarlo por la mitad, y volvió a llevarse los pies a la boca. Al mismo tiempo, con una mano, se alineó y empujó lentamente dentro de Jake.

Jake soltó un grito ahogado. Se agarró al brazo de Mark, las uñas clavándose. Mark entró con paciencia, centímetro a centímetro, sintiendo cómo el cuerpo de Jake se abría y lo recibía. Cada vez que se hundía un poco más, chupaba con más fuerza los dedos de los pies, como si el placer de abajo se tradujera directamente en la boca. Jake tenía la cabeza echada hacia atrás, la boca abierta, los ojos entrecerrados. Su mano libre buscó su propia polla y empezó a masturbarse al ritmo de las embestidas.

El sofá crujía. La manta marrón se había deslizado al suelo. El cuerpo de Mark brillaba de sudor; el de Jake también. Cada embestida hacía que los pies de Jake se movieran dentro de la boca de Mark, rozando los dientes, la lengua, el paladar. Mark gemía alrededor de ellos, el sonido vibrando contra la piel sensible. Jake estaba perdido: el dual estímulo de ser follado profundamente y de sentir la boca caliente y húmeda de su amigo alrededor de sus pies lo estaba llevando al borde demasiado rápido.

—Más fuerte —pidió—. Chúpamelos más fuerte… joder, Mark, así…

Mark aceleró. Las caderas golpeaban contra el culo de Jake con un sonido húmedo y rítmico. Su lengua no paraba: lamiendo, succionando, mordiendo suavemente el arco cuando necesitaba respirar. Jake se corrió primero, el semen saliendo a chorros sobre su propio abdomen y el pecho de Mark. Las contracciones internas apretaron la polla de Mark con fuerza, y eso fue suficiente. Mark se hundió hasta el fondo, soltó un gemido largo y se corrió dentro de Jake, las caderas temblando, la boca todavía llena de los pies del otro.

Se quedaron así un rato, jadeando. Mark soltó al fin los pies de Jake y los bajó con cuidado, pero no se retiró del todo. Se dejó caer sobre el cuerpo del otro, la cara enterrada en el cuello de Jake, oliendo el sudor y el sexo. Jake le pasó una mano por la espalda, los dedos trazando líneas perezosas.

—Otra vez —susurró Jake después de un minuto—. Cuando puedas. Quiero que me chupes los pies mientras me la chupas. Y después quiero follarte yo.

Mark levantó la cabeza. Tenía los labios hinchados, la mirada oscura. Sonrió.

—Como quieras.

No se levantaron del sofá en mucho rato. La luz de la tarde se fue tornando anaranjada. Mark se deslizó hacia abajo, entre las piernas de Jake, y esta vez tomó la polla todavía sensible en la boca mientras volvía a sujetar un pie y a lamerlo con devoción. Jake se arqueó, las manos en el cabello corto de Mark, empujándolo más abajo. El segundo round fue más lento, más exploratorio. Mark descubrió que a Jake le temblaban las piernas cuando le chupaba el dedo índice del pie al mismo tiempo que le rozaba con los dientes la cabeza de la polla. Jake descubrió que Mark gemía como un animal cuando le metía los dedos de los pies en la boca mientras lo masturbaba.

Cuando Jake se recuperó lo suficiente, hizo que Mark se tumbará de espaldas. Se colocó a horcajadas sobre su pecho, de espaldas a la cara de Mark, y bajó la boca hasta la polla de su amigo mientras levantaba un pie y lo ofrecía. Mark lo recibió con avidez. Ahora era Jake quien chupaba y Mark quien lamía pies, y el contraste era embriagador. Jake movía las caderas, frotando su propia polla contra el pecho de Mark, dejando rastros húmedos. Mark, con las manos libres, le separó los glúteos y lo preparó de nuevo con los dedos, mientras su boca trabajaba sin descanso en la planta del pie que Jake le ofrecía.

Cuando Jake se sentó sobre la polla de Mark por segunda vez, fue de cara a él. Se inclinó hacia adelante, casi doblándose, y metió ambos pies en la boca de Mark al mismo tiempo que empezaba a cabalgarlo. La posición era imposible, absurda, perfecta. Mark apenas podía respirar, pero no le importaba. Tenía la boca llena de Jake, el cuerpo lleno de Jake, y el olor a sexo y a pies limpios y a sudor de verano lo rodeaba por completo. Jake se movía con ritmo profundo, levantándose casi hasta salir y luego bajando con fuerza. Cada vez que lo hacía, los pies se hundían un poco más en la garganta de Mark.

Se corrieron casi juntos esta vez. Jake primero, salpicando el pecho y el cuello de Mark. Mark segundos después, agarrando las caderas de Jake con fuerza suficiente para dejar marcas, empujando hacia arriba mientras se vaciaba otra vez dentro de él.

Después, el silencio. Solo respiraciones agitadas y el leve crujido del sofá cuando se acomodaron uno contra el otro. Jake tenía la cabeza apoyada en el hombro de Mark. Mark tenía un brazo rodeándole la cintura y la otra mano todavía sosteniendo, casi por reflejo, un pie de Jake contra su pecho.

—¿Cuánto tiempo llevábamos queriendo hacer esto? —preguntó Jake en voz baja.

Mark pensó un momento. —Desde el tercer año de instituto. Cuando te quedaste a dormir después del partido y te dormiste en mi cama con los pies fuera de la manta. Me pasé media hora mirándolos y odiándome por no atreverme a tocarlos.

Jake rio suavemente. —Yo me di cuenta de que me gustabas cuando te vi en las duchas después de entrenar y no pude dejar de mirarte las manos. Pensé que si alguna vez me dejabas, querría que me tocases los pies primero. No sé por qué. Solo… se sentía correcto.

Mark giró la cabeza y besó la sien de Jake. Luego, sin decir nada, bajó la boca otra vez hasta el pie que todavía tenía cerca y le dio un beso lento, casi reverente, en el arco.

—Todavía no he terminado con ellos —murmuró contra la piel.

Jake cerró los ojos y sonrió. —Bien. Porque yo tampoco he terminado contigo.

La tarde se fue convirtiendo en noche. Encendieron una lámpara baja. Pidieron comida a domicilio y la comieron desnudos en el sofá, entre besos y caricias. Cada vez que Jake levantaba un pie, Mark lo atrapaba. Cada vez que Mark se inclinaba demasiado cerca, Jake lo empujaba hacia abajo. Follaron una tercera vez, esta vez más despacio, Mark entrando en Jake por detrás mientras le sujetaba los tobillos y le chupaba los talones. Jake se masturbaba con una mano y con la otra le agarraba el pelo a Mark, guiándolo.

Cuando por fin se quedaron dormidos, era casi medianoche. Estaban enredados en el sofá, la manta marrón a medio cubrirlos. El pie de Jake descansaba contra la mejilla de Mark. La mano de Mark rodeaba el tobillo de Jake como si temiera que se escapara.

A la mañana siguiente, la luz entró otra vez por las cortinas. Jake se despertó primero y se quedó un rato mirando a Mark dormir. Luego, con una sonrisa perezosa, levantó el pie libre y lo rozó suavemente por los labios del otro.

Mark abrió los ojos. Sin decir una palabra, abrió la boca y lo recibió.
La casa volvió a llenarse del sonido húmedo de una lengua y de los suspiros bajos de alguien que, por fin, había dejado de fingir que solo eran amigos.

Y así, durante el resto del día, y del siguiente, y de muchos más, el sofá, los pies, las bocas y los cuerpos de Mark y Jake siguieron descubriendo todas las formas en que dos personas pueden volverse adictas la una a la otra sin necesidad de salir de esa habitación iluminada por el sol de verano.

rELAtO. EnConTRaNDo El AmoR ENTRe lAS ROCas



El sol de mediodía caía a plomo sobre la cala escondida. Arena fina, agua turquesa y, más allá, un laberinto de rocas grises y negras que formaban pequeños refugios naturales. Isaacs y su mujer, Laura, habían llegado temprano. Berto y su mujer, Carmen, llegaron media hora después. Las dos parejas se conocían de vista del chiringuito del pueblo, nada más. Ese día coincidieron en la misma playa casi desierta.

Isaacs tenía treinta y un años, cuerpo atlético de quien nadaba casi todos los días, pecho liso, abdomen marcado, un pequeño tatuaje en el hombro derecho. Berto, treinta y tres, un poco más alto, hombros anchos, pecho también liso, un pendiente plateado en la oreja izquierda y el pelo castaño revuelto por el viento. Ambos llevaban bañador. Las mujeres, bikinis y gafas de sol, ya instaladas en las toallas con revistas y crema solar.

—¿Snorkel? —preguntó Isaacs en voz alta, más a su mujer que a nadie.

Laura levantó la mano sin mirar.

—Ve, pero no te alejes mucho.

Berto miró a Carmen. Ella también asintió, distraída.

—Vamos juntos —dijo Berto, ya quitándose el bañador para ponerse solo el tubo y las gafas.

Isaacs hizo lo mismo. Se miraron de reojo y se rieron. Luego se metieron al agua.

Nadaron hacia las rocas. El agua estaba tibia. Los peces pequeños huían a su paso. Isaacs se sumergió y vio las piernas de Berto a su lado, el culo firme, la polla balanceándose con las corrientes. Cuando salieron a respirar entre dos peñas grandes, los dos se quitaron las gafas y el tubo.

—Joder, qué sitio más bonito—dijo Berto, apoyándose en una roca. El agua le llegaba a la cintura. Su polla flotaba libre, media dura ya por el roce del agua y la cercanía.

Isaacs se acercó un poco más. El corazón le latía fuerte. Llevaba años fantaseando con esto, con tocar a otro tío, con que le tocasen. Nunca lo había hecho. Berto, por su parte, se había corrido más de una vez imaginando exactamente esta situación: una cala, rocas, otro tío, y las mujeres lejos.

—Oye… —empezó Isaacs, la voz un poco ronca—. ¿Tú… alguna vez has…?

Berto sonrió de lado. Se pasó la mano por el pelo mojado.

—¿Probado con un tío? No. Pero… joder, siempre he querido. Tú también, ¿verdad?

Isaacs asintió. Se miraron. El silencio duró tres segundos. Luego Berto extendió la mano bajo el agua y tocó la polla de Isaacs. Este se tensó, pero no se apartó. La mano de Berto era más grande, más áspera que la de Laura. Envolvió el tronco y lo apretó con suavidad. Isaacs se puso duro en segundos.

—Hostia —susurró Isaacs—. Está… está bien.

Berto se acercó más. Sus pechos se rozaron. Isaacs le devolvió el gesto: le agarró la polla a Berto, que ya estaba completamente erecta, gruesa, con la cabeza rosa brillante de precum. Se masturbaron el uno al otro bajo el agua, lentos, mirándose a los ojos, riéndose bajito cada vez que se les escapaba un gemido.

—Vamos más adentro —dijo Berto—. Que no nos vean.

Se metieron entre las rocas. Había un hueco natural, una especie de plataforma plana a media altura, protegida por peñas más altas. El agua les llegaba a las rodillas. El ruido de las olas tapaba casi todo. Desde la playa no se veía nada.

Isaacs se sentó en la roca, las piernas abiertas. Berto se arrodilló en el agua entre ellas. Miró la polla de Isaacs de cerca: larga, un poco curva hacia la izquierda, venas marcadas, los huevos tirantes.

—Primera vez para los dos, ¿eh? —dijo Berto, sonriendo—. Pues que sea buena.

Se inclinó y lamió la cabeza. Isaacs soltó un “joder” largo. Berto abrió la boca y se la metió entera, despacio, hasta que la nariz le rozó el vello púbico. No sabía exactamente qué hacía, pero lo hacía con ganas. Subía y bajaba, la lengua girando, la mano en la base. Isaacs se echó hacia atrás, las manos apoyadas en la roca, los músculos del abdomen tensos.

—Más despacio… no, más rápido… joder, así.

Berto se separó un momento, un hilo de saliva uniendo sus labios a la polla.

—¿Te gusta?

—Me encanta. Ahora tú.

Isaacs se arrodilló también. La polla de Berto era más gruesa, más pesada. La tomó con las dos manos y la chupó. El sabor era a sal y a piel limpia. Berto puso una mano en la nuca de Isaacs y le guió el ritmo, sin forzar. Isaacs se atragantó un poco la primera vez que intentó llegar a la base, tosió, se rió, y volvió a intentarlo. Berto gemía abiertamente.

—Joder, Isaacs… qué bien lo haces para ser la primera.

Se turnaron un rato. Chupaban, se paraban, se besaban en la boca por primera vez. El beso fue torpe al principio, luego más profundo, lenguas mezclándose, sabores de cada uno en la boca del otro. Las manos bajaban a los culos, los apretaban, los dedos se deslizaban por la hendidura.

Berto se recostó en la roca, exactamente como en la foto que nadie iba a ver nunca. Las piernas abiertas, el cuerpo bronceado, la polla dura apuntando al cielo. Isaacs se puso de pie entre ellas, se agarró la propia polla y se la frotó contra la de Berto. Las dos cabezas se rozaban, el precum se mezclaba. Se masturbaban juntos, manos entrelazadas alrededor de ambos troncos.

—Quiero follarte —dijo Isaacs de golpe, la voz baja—. Si quieres.

Berto asintió sin dudar.

—Sí. Pero despacio. Nunca… bueno, ya sabes.

Isaacs escupió en sus dedos y se los llevó al culo de Berto. Un dedo primero, solo la punta. Berto se tensó, luego se relajó. Isaacs metió más, buscó, encontró ese punto que hizo que Berto abriera la boca en un gemido silencioso. Dos dedos. Tres. Mientras tanto, Berto se masturbaba con fuerza.

—Ya… métela.

Isaacs se colocó. La cabeza de su polla empujó contra el agujero. Entró el primer centímetro. Berto agarró las muñecas de Isaacs.

—Más despacio… joder… así.

Isaacs empujó milímetro a milímetro. El calor era brutal. Cuando estuvo del todo dentro, se quedó quieto, respirando. Berto tenía los ojos cerrados, la boca abierta, la polla todavía dura contra su vientre.

—Muévete —pidió.

Isaacs empezó a follarlo. Embestidas cortas al principio, luego más largas. El agua chapoteaba alrededor de sus rodillas. El sonido de piel contra piel se mezclaba con el de las olas. Berto gemía cada vez que Isaacs daba de lleno contra su próstata. Isaacs se inclinó y le chupó un pezón, luego el otro. Berto le agarró el culo y le empujó más adentro.

—Más fuerte… sí… joder, Isaacs…

Isaacs aceleró. El sudor le corría por la espalda. Sentía que se iba a correr pronto. Se retiró casi del todo y volvió a entrar de un golpe. Berto gritó bajito. Isaacs se corrió dentro, profundo, chorros calientes que llenaron el culo de Berto. Se quedó temblando, todavía dentro, mientras Berto se masturbaba con furia.

—Sácala y córrete en mi cara —dijo Isaacs, retirándose.

Berto se levantó a medias, se puso de rodillas sobre la roca y se corrió sobre la cara y la lengua de Isaacs. El primer chorro le pegó en la mejilla, el segundo en la boca abierta, el tercero en la frente. Isaacs se lo tragó todo lo que pudo, se pasó el resto por los labios y se lo ofreció a Berto para que lo lamiara. Se besaron otra vez, semen y saliva mezclados.

Se rieron. Se abrazaron un momento, empapados, sudorosos, con el culo de Berto todavía goteando el semen de Isaacs.

—Joder —dijo Berto—. Qué bueno.

—Lo sé. Otra vez.

Se intercambiaron. Ahora Berto se arrodilló detrás de Isaacs, que se puso a cuatro patas sobre la roca. Berto le comió el culo primero, lengua plana, profunda, hasta que Isaacs temblaba. Luego le metió los dedos, buscó, encontró. Cuando Isaacs dijo “ya”, Berto se colocó y empujó. Entró más fácil. Isaacs empujó hacia atrás, pidiendo más. Berto le folló con embestidas largas y profundas, una mano en la cadera, la otra masturbándole la polla. Isaacs se corrió otra vez, chorros que cayeron sobre la roca caliente. Berto se corrió dentro de él segundos después, gruñendo contra su espalda.

Se quedaron un rato allí, tumbados uno al lado del otro, las piernas enredadas, las pollas blandas y brillantes, el semen secándose en la piel. Se tocaron sin prisa, se rieron de lo absurdo y lo bueno que había sido.

—Las mujeres nos van a echar de menos —dijo Isaacs al fin.

—Sí. Vamos.

Se limpiaron como pudieron con agua de mar. Se pusieron otra vez las gafas y el tubo. Nadaron de vuelta. Cuando llegaron a la orilla, las dos mujeres estaban exactamente donde las habían dejado, hablando entre ellas.

—¿Qué tal el snorkel? —preguntó Laura.

—Genial —dijo Isaacs, con una sonrisa que no era del todo normal—. Hay un montón de peces.

Berto se dejó caer en la toalla junto a Carmen. Le dio un beso en la mejilla. Ella ni se inmutó.

Pasaron media hora más. Isaacs se levantó, fingió que se le había caído algo cerca de donde estaba Berto. Se agachó, buscó entre la arena y las rocas pequeñas, y cuando nadie miraba le deslizó un papel doblado en la mano a Berto. En el papel, escrito con prisa:
Isaacs – 612 348 901. Cuando quieras repetir. O lo que sea.

Berto cerró la mano alrededor del papel y sonrió sin que Carmen lo viera. Isaacs volvió a su toalla como si nada.

Esa noche, cada uno en su casa, se corrieron otra vez pensando en las rocas, en el sabor del otro, en lo fácil que había sido y en lo mucho que querían volver a hacerlo. El papel con el número estaba ya guardado en la cartera de Berto. Y las dos mujeres, ajenas del todo, dormían plácidamente a su lado.

Había sido la primera vez. Y ninguno de los dos iba a dejar que fuera la última.




Berto esperó tres días. Tres días largos en los que cada vez que se metía en la ducha se le ponía dura solo de recordar el sabor de Isaacs, el calor de su culo, el ruido de las olas mientras se lo follaba entre las rocas. Carmen estaba en el salón viendo series. Él se encerraba en el baño, se agarraba la polla y se corría en silencio, mordiendo la toalla para no gemir, pensando en la cara de Isaacs llena de su semen.

El cuarto día, a las once de la noche, cuando Carmen ya dormía, sacó el papel arrugado del bolsillo de la cartera. Marcó el número con el corazón a mil.

Isaacs contestó a la segunda llamada.

—¿Sí?

—Soy Berto. El de las rocas.

Hubo un silencio de dos segundos y luego una risa baja, casi aliviada.

—Joder, tío. Pensé que no ibas a llamar.

—He estado a punto de tirar el papel tres veces. Pero… ¿puedes hablar?

—Sí. Laura está dormida. Estoy en el balcón.

Berto se sentó en el borde de la cama, la polla ya medio dura solo de oír la voz.

—Necesito verte. Pero antes… quiero hablar. De verdad. Sin pollas de por medio. Bueno, con pollas, pero primero hablar.

Isaacs se rió otra vez.

—Quedamos mañana. Hay un parque al lado del polideportivo, a las siete de la tarde. Hay bancos lejos de la gente. ¿Te va?

—Perfecto.

Colgaron. Berto se masturbó ahí mismo, de pie junto a la cama, recordando la voz de Isaacs, y se corrió en tres minutos en un calcetín sucio.

Al día siguiente, a las siete en punto, Isaacs ya estaba sentado en un banco bajo un árbol grande. Llevaba vaqueros y una camiseta negra. Berto llegó con las manos en los bolsillos, nervioso como un crío. Se sentaron uno al lado del otro, dejando un espacio prudente.

Durante los primeros minutos solo miraron a la gente pasar: madres con carritos, señores paseando perros, un grupo de adolescentes gritando.

—Bueno —dijo Berto al fin—. Empiezo yo, que si no me da un ataque.

Isaacs asintió, serio pero con esa media sonrisa de siempre.

—Desde que tengo dieciséis me corro viendo porno gay. Al principio era solo curiosidad. Luego se convirtió en lo único que me ponía de verdad. Hetero porno… me aburre. Dos tíos follando, o uno chupándole la polla al otro, o tres tíos en un trío… eso sí. Me corro siempre con eso. Y después me siento como una mierda. Como si estuviera traicionando a Carmen. Como si fuera un fraude.

Isaacs exhaló y se pasó una mano por la cara.

—Joder. Yo igual. Exactamente igual. Desde los quince. Empecé con revistas que robaba a un primo y acabé en internet. Hay días que me paso una hora buscando el vídeo perfecto: dos tíos peludos follando en una playa, o uno más mayor comiéndole el culo a un chaval. Me corro y luego miro el techo y pienso “¿qué coño me pasa?”. Con Laura es… correcto. La quiero. Pero cuando la follo, a veces cierro los ojos e imagino que es un tío. Y eso me destroza.

Berto soltó una risa amarga.

—Somos dos idiotas casados que se pajean con el mismo tipo de vídeos. ¿Tú también te has corrido pensando en el otro después de las rocas?

—Tres veces al día, mínimo. Ayer me corrí en la ducha imaginando que te la metía otra vez y que te corrías en mi boca. Casi me oye Laura.

Los dos se rieron bajito. El alivio era físico. Como si se les hubiera quitado un peso de veinte kilos del pecho.

—No soy feliz —dijo Berto, más serio—. Quiero a Carmen. No quiero hacerle daño. Pero cada día que pasa me siento más falso. Como si estuviera viviendo la vida de otra persona. Tú…

—Igual. Laura es buena. Es mi mejor amiga, casi. Pero cuando me abraza por la noche, a veces me dan ganas de llorar porque sé que no es lo que necesito. Y lo de las rocas… joder, Berto. Fue la primera vez que me sentí… completo. Como si por fin estuviera follando de verdad.

Se miraron. El aire entre ellos había cambiado. Ya no era solo calentura. Era reconocimiento.

—¿Y ahora qué? —preguntó Isaacs.

Berto se encogió de hombros, pero sonrió.

—Ahora te invito a una cerveza en mi coche. Está aparcado a dos calles. Y si después de hablar más todavía nos apetece, pues… ya veremos.

El coche de Berto era un SUV oscuro, aparcado en una zona de sombra al final de un callejón sin salida. Entraron. Berto cerró las puertas. El aire acondicionado estaba apagado y dentro olía a cuero y a él.

Se miraron un segundo y se lanzaron. El primer beso fue hambre pura. Lenguas, dientes, manos en el pelo. Isaacs se subió a horcajadas sobre Berto en el asiento del copiloto. Se frotaban las entrepiernas a través de la ropa, duros como piedras.

—Espera —jadeó Berto—. Sigue hablando. Quiero oírte mientras te la chupo.

Isaacs se rió contra su boca.

—Eres un cabrón.

Berto le bajó la cremallera, sacó la polla de Isaacs y se la metió en la boca sin más preámbulos. Isaacs se echó hacia atrás, la cabeza contra el techo del coche, y habló entre gemidos:

—Me corro viendo tíos que se follan sin condón… me gusta ver cómo les sale el semen del culo… joder, Berto, más profundo… también me gusta cuando uno le come el culo al otro mientras le masturba… hostia, sí, así…

Berto se la chupaba con ganas, babas cayéndole por la barbilla, una mano en los huevos de Isaacs. Cuando Isaacs estaba a punto de correrse, se separó.

—Tu turno. Cuéntame.

Isaacs se arrodilló como pudo entre los asientos y le sacó la polla a Berto. Era más gruesa que la suya, exactamente como la recordaba. La lamió de arriba abajo mientras hablaba:
—Yo me pajeo con tríos. Dos tíos follando a un tercero… o uno que se la mete al otro mientras este le chupa a un tercero… me gusta el sonido… el chapoteo… joder, Berto, me encanta cómo te sabe… y a veces imagino que soy yo el del medio…

Berto le agarró la cabeza y le guió el ritmo.

—Trágatela toda… eso es… qué bueno eres…

Isaacs se atragantó un poco, tosió, se rió y volvió a meterla. Berto se corrió sin avisar, llenándole la boca. Isaacs se lo tragó casi todo, se limpió los labios con el dorso de la mano y se subió otra vez a besarlo, pasándole el sabor.

—Ahora te follo —dijo Isaacs—. Aquí mismo.

Berto se rió.

—En el coche? Eres un animal.

—Tú también.

Se recolocaron como pudieron. Berto se bajó los vaqueros hasta los tobillos y se arrodilló en el asiento trasero, el culo en alto. Isaacs le escupió en el agujero, le metió dos dedos, luego tres, y cuando Berto dijo “ya”, se la metió de un embiste. Los dos gemeron a la vez.

Isaacs le folló con fuerza, las manos agarrándole las caderas, el sonido de piel contra piel llenando el coche. Berto se masturbaba al mismo tiempo, la frente apoyada en el asiento.

—Más fuerte… joder, Isaacs… así… cuéntame más mierda mientras me follas…

Isaacs hablaba entre embestidas:
—Anoche me corrí viendo un vídeo de dos tíos en una sauna… uno le comía el culo al otro… y me imaginé que eras tú… que me tenías así… abierto… hostia, Berto, qué estrecho estás…

Berto se corrió primero, chorros que mancharon el asiento. Isaacs le siguió segundos después, enterrándose hasta el fondo y llenándolo. Se quedaron quietos, respirando agitados, el semen de Isaacs empezando a gotear por el muslo de Berto.

Se limpiaron con unas toallitas que Berto tenía en la guantera (las usaba para el sudor del gimnasio, ahora tenían otro uso). Se vistieron a medias y se quedaron sentados en el asiento trasero, hombro con hombro, todavía con el olor a sexo en el aire.

—No puedo seguir así —dijo Berto, de repente serio—. Con Carmen. No es justo. Ni para ella ni para mí.

—Yo tampoco. Con Laura. La quiero, pero no de esa forma. Y esto… esto es real.

Se miraron. Isaacs tomó la mano de Berto.

—¿Y si… lo intentamos? De verdad. Dejamos a las dos. Con cuidado, sin hacer daño de más. Y nos quedamos juntos. Tú y yo. A ver qué pasa.

Berto se rió, pero tenía los ojos húmedos.

—Eres un romántico de mierda. Y sí. Quiero. Quiero follarte todos los días. Quiero despertarme contigo. Quiero que me cuentes qué porno has visto mientras te la chupo. Quiero todo.

Se besaron otra vez, más despacio. Luego Isaacs se bajó otra vez entre las piernas de Berto y se la chupó hasta que se puso dura de nuevo. Berto le devolvió el favor. Se follaron otra vez, esta vez cara a cara, Berto sentado sobre Isaacs, subiendo y bajando lentamente, mirándose a los ojos, riéndose cada vez que alguno gemía demasiado alto.

Cuando se corrieron por tercera vez (Isaacs dentro de Berto otra vez, Berto sobre el pecho de Isaacs), se quedaron abrazados en el estrecho espacio del coche, sudorosos, felices y un poco asustados.

—Mañana empiezo a hablar con Carmen —dijo Berto contra el cuello de Isaacs—. Tú con Laura.

—Hecho.

Salieron del coche cuando ya era de noche. Se dieron un último beso largo bajo la farola.

—Te quiero, tío —dijo Isaacs, medio en broma, medio no.

Berto le dio una palmada en el culo.

—Yo también, cabrón. Y la próxima vez te follo yo a ti hasta que no puedas caminar.

Se separaron riendo. Cada uno se fue a su casa con el sabor del otro todavía en la boca y la certeza de que, por primera vez en años, estaban dejando de mentirse.

Esa noche, Berto se masturbó pensando en Isaacs y, por primera vez, no se sintió culpable después. Isaacs hizo lo mismo. Y los dos se durmieron con una sonrisa idiota en la cara.

Habían hablado. Se habían follado. Y habían decidido quedarse.

Para siempre empezaba mañana.

FlAcIDaS