Vive y Deja vivir
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12.9.26
RElaTo. uN MUNdo sIN ropA
Pedro y Carlos
En el mundo donde nadie había inventado la ropa (ni la idea de que hiciera falta), el sol, el viento y la mirada ajena eran tan naturales como respirar. La gente nacía, crecía, trabajaba, discutía y se enamoraba completamente desnuda. Los pechos, las pollas, los culos y los vellos púbicos formaban parte del paisaje igual que las nubes o los faros. Nadie se cubría. Nadie se sonrojaba. Solo se buscaba sombra cuando el sol apretaba demasiado y se buscaba calor humano cuando la noche bajaba.
Pedro y Carlos vivían en una casita de madera a cincuenta metros de la orilla, en una costa donde las olas rompían con generosidad casi todos los días. Tenían veintidós y veintitrés años. Pedro era más alto, de hombros anchos, pelo oscuro siempre revuelto por el salitre, polla gruesa que colgaba pesada entre las piernas cuando no estaba ocupada. Carlos era un poco más bajo, de rizos negros, culo firme y redondo, y una polla más delgada pero nerviosa que se levantaba con facilidad ante cualquier brisa o cualquier mirada.
Cada mañana, sin excepción, salían a cabalgar las olas.
Aquel martes el mar estaba especialmente juguetón. El sol ya calentaba cuando bajaron por la arena con las tablas bajo el brazo. Pedro llevaba la suya blanca con el logo negro medio borrado por el uso. Carlos la suya oscura, llena de abolladuras y de cera blanca en la cola. El viento les rozaba el pecho, les movía el vello de las ingles y les hacía bailar un poco las pollas. Era una sensación tan cotidiana que apenas la notaban… hasta que sí la notaban.
—Hoy el mar está cachondo —dijo Pedro mientras se enceraba la tabla de rodillas en la arena.
Carlos se agachó a su lado. La posición hizo que su culo quedara apuntando al horizonte y que su saco se balanceara entre los muslos.
—El mar siempre está cachondo. Tú eres el que se pone duro solo de ver una ola decente.
Pedro le dio un manotazo juguetón en una nalga. El sonido seco y el leve temblor de la carne hicieron que a Carlos se le moviera un poco la polla.
—Cuidado, que si me tocas así me voy a tener que masturbar antes de entrar al agua.
—Pues hazlo. Yo miro.
Carlos se rió y se puso de pie. Se estiró, brazos arriba, y su polla dio un saltito. Pedro se levantó también. Estaban tan cerca que las cabezas de sus miembros casi se rozaban. Se miraron un segundo y, como tantas otras mañanas, se besaron. Fue un beso salado, profundo, con lengua, mientras el viento les revolvía el pelo. Las manos de Pedro bajaron hasta el culo de Carlos y lo apretaron con ganas. Las de Carlos se cerraron alrededor de la polla de Pedro y la acariciaron despacio, subiendo y bajando la piel.
—Si seguimos así no vamos a surfear nunca —murmuró Carlos contra la boca del otro.
—Surfear esta sobrevalorado. Follar en la orilla no.
Aun así, se separaron. Se metieron al agua. Las olas estaban perfectas: clean, potentes, con suficiente fuerza para hacerles gritar. Pedro cogió la primera, se puso de pie y deslizó a lo largo de la pared de agua. Carlos lo siguió en la siguiente. Durante casi una hora solo existieron el equilibrio, el spray en la cara y el sol en la espalda desnuda. Cada vez que salían de una ola, las pollas les colgaban mojadas y brillantes, y el agua les entraba por todas partes, incluso por los agujeros que no debían.
Cuando el set se calmó un poco, se sentaron a horcajadas sobre las tablas, flotando lado a lado. El sol les secaba el pecho. Pedro miró a Carlos y vio que tenía la polla semi-erecta, balanceándose con el movimiento del agua.
—Como te gusta el roce de la tabla, ¿eh?
Carlos se encogió de hombros. El movimiento hizo que su polla rebotara.
—La cera está caliente. Y tú estás mirándome.
Pedro se acercó. Las tablas chocaron. Estiró la mano y cerró los dedos alrededor de la polla de Carlos. La acarició con movimientos lentos, sintiendo cómo se endurecía del todo en su puño. Carlos soltó un gemido bajo y se agarró a la tabla de Pedro para no caerse.
—Aquí… la gente…
Pero no había casi nadie. Solo un par de surfistas lejanos y una señora mayor que nadaba a cincuenta metros, tan desnuda como ellos y completamente indiferente.
Pedro se inclinó y le besó el cuello. Al mismo tiempo aceleró la mano. Carlos empezó a mover las caderas, empujando la polla contra el puño de Pedro. El agua salpicaba. La respiración se les aceleró. Carlos se corrió de pronto, con un jadeo ahogado, y el semen salió blanco y espeso, flotando un segundo en la superficie antes de diluirse. Pedro se rio, le dio un último apretón y se limpió la mano en el agua.
—Uno a cero. Ahora me toca a mí.
Se metieron de nuevo. Surfeando otra vez. Pero ahora todo tenía un matiz distinto. Cada vez que una ola los levantaba, el roce de la tabla contra el miembro semi-duro era casi obsceno. Carlos se cayó a propósito cerca de Pedro y, bajo el agua, le agarró la polla y le dio tres o cuatro sacudidas rápidas antes de salir a la superficie riéndose.
Al mediodía salieron. Se dejaron las tablas en la arena y caminaron hasta las rocas que formaban una pequeña cala protegida. Allí el agua estaba más quieta y el sol caía a plomo. Se tiraron de espaldas sobre una toalla vieja (sí, las toallas existían). Pedro se puso de lado y miró a Carlos.
—Tengo ganas de metértela hasta el fondo.
Carlos abrió las piernas sin pudor. El sol le daba de lleno en los huevos y en el agujero.
—Pues hazlo. Pero que sea lento. Quiero sentir cómo me abres.
Pedro se arrodilló entre sus piernas. Primero le lamió los huevos, después la polla, después bajó hasta el culo. La lengua caliente y salada se clavó en el agujero de Carlos, que se arqueó y soltó un gemido alto. Pedro lo abrió con los dedos, lo escupió, lo preparó con paciencia mientras se tocaba a sí mismo. Cuando consideró que estaba listo, se colocó encima, alineó la polla gruesa y empujó.
Entró despacio. Carlos apretó los dientes y después soltó el aire con un sonido largo y obsceno. Pedro se hundió hasta que los huevos le golpearon el culo. Se quedaron quietos un momento, sudando, mirándose.
—Muévete —pidió Carlos.
Pedro empezó a follarlo. Lento al principio, después más fuerte. El sonido de piel contra piel se mezclaba con el de las olas. Carlos se masturbaba al ritmo, la mano resbaladiza de precum y de agua de mar. Pedro le agarró las piernas y las levantó, cambiando el ángulo. Cada embestida le daba justo en el punto que hacía que a Carlos se le pusieran los ojos en blanco.
Se corrieron casi al mismo tiempo. Pedro dentro, con tirones profundos, llenándolo. Carlos sobre su propio pecho, chorros blancos que le salpicaron hasta la barbilla. Se quedaron unidos un rato, respirando, riéndose de lo absurdo y de lo perfecto que era todo.
Esa tarde el mar se puso más grande. Las olas llegaban a dos metros. Surfeando se volvió peligroso y excitante a partes iguales. En una de las caídas, Pedro perdió la tabla y salió a la superficie justo cuando Carlos pasaba. Se agarraron, flotando, y bajo el agua se besaron con lengua mientras las olas les pasaban por encima. Las manos de Carlos bajaron y le metieron dos dedos en el culo a Pedro sin avisar. Pedro soltó un grito ahogado de placer y se corrió en el agua sin que nadie lo tocara la polla, solo por la sensación de los dedos y del peligro.
Cuando volvieron a la orilla estaban agotados, cubiertos de sal y de arena en sitios imposibles. Caminaron de vuelta a la casita con las tablas. En la ducha exterior (una simple tubería con agua fría) se enjabonaron mutuamente. Pedro le enjabonó a Carlos el culo con dedos demasiado curiosos. Carlos le enjabonó a Pedro la polla hasta que se puso dura otra vez. Se follaron de pie bajo el chorro, Carlos de espaldas, las manos apoyadas en la pared de madera, Pedro entrando y saliendo con fuerza mientras el agua les corría por la espalda. El semen se diluyó y desapareció por el desagüe.
Por la noche, en la cama grande que daba al mar, se lo tomaron con más calma. Se chuparon las pollas al mismo tiempo, en 69, hasta que ambos se corrieron en la boca del otro y se tragaron todo. Después se abrazaron y se durmieron escuchando las olas.
Al día siguiente el ritual se repitió, pero con variaciones. Un grupo de turistas se instaló cerca. Pedro y Carlos surfeaban como siempre, pero cada vez que salían del agua se tocaban más descaradamente. En un momento dado, Carlos se arrodilló en la arena frente a Pedro y le chupó la polla a plena luz del día mientras los turistas miraban con curiosidad educada. Nadie se escandalizó. Alguien incluso dijo “qué bonito” desde lejos. Pedro se corrió en la boca de Carlos y este se limpió los labios con el dorso de la mano como si acabara de beberse un zumo.
Más tarde, cuando el sol bajaba, encontraron una cueva pequeña en las rocas. Allí el eco era perfecto. Pedro le dijo a Carlos que gritara todo lo que quisiera. Lo folló de rodillas, agarrándole el pelo, embistiéndolo con fuerza, y Carlos gritaba el nombre de Pedro cada vez que le daban en la próstata. El eco multiplicaba los gemidos. Cuando se corrieron, el sonido pareció salir de la propia roca.
Esa noche inventaron un juego: cada ola que cogieran al día siguiente les daba derecho a una cosa. Si Pedro cogía una ola grande, Carlos tenía que dejarse follar en la posición que Pedro eligiera. Si Carlos cogía una, Pedro tenía que chupársela hasta el final. El juego se volvió ridículamente competitivo. Acabaron con más orgasmos que olas.
Una tarde el viento cambió y el mar se puso plano. Sin olas que cabalgar, se dedicaron a explorar otras formas de “surfear”. Pedro se tumbó de espaldas en la arena mojada y Carlos se sentó a caballo sobre su cara. Pedro le comió el culo durante casi media hora, hasta que Carlos se corrió sin tocarse, solo con la lengua y los dedos. Después intercambiaron. Carlos le metió la lengua tan profundo a Pedro que este acabó pidiendo por favor que lo follara ya. Carlos lo hizo, despacio, mirándolo a los ojos, hasta que ambos se vinieron temblando.
Hubo días de tormenta. El mar rugía. Ellos se quedaban en la casita, follando en cada rincón: contra la mesa de la cocina, en el suelo del salón, en la hamaca del porche mientras la lluvia caía a dos metros. Una noche la tormenta fue tan fuerte que la luz se fue. A oscuras, solo con el sonido del viento y del mar, se tocaron y se follaron a ciegas, reconociéndose solo por el tacto y por el olor a sal y a semen.
Un domingo llegó un amigo común, Mateo, también surfista. Se unió a la sesión de olas. Después, en la orilla, la conversación se volvió inevitablemente sexual. Mateo confesó que llevaba semanas mirándolos. Pedro y Carlos se miraron, se encogieron de hombros y le invitaron a quedarse. Esa tarde fueron tres. Mateo se puso de rodillas y les chupó las pollas a los dos al mismo tiempo. Después Pedro lo folló mientras Carlos se lo follaba a él por detrás, formando una cadena obscena y risueña. Acabaron los tres cubiertos de semen, riéndose, compartiendo una botella de agua y hablando de las mejores olas del mes.
La vida continuó así. Días de olas perfectas seguidos de sexo en la arena. Días planos seguidos de sexo en la casa. Mañanas de 69 en la ducha exterior. Tardes de pedos compartidos y risas porque, en un mundo sin ropa, hasta los pedos eran más honestos. Noches en las que se dormían todavía unidos, la polla de uno dentro del culo del otro, simplemente porque era cómodo y cálido.
Una mañana especialmente clara, después de una sesión brutal de olas, se quedaron de pie en la orilla con las tablas. El sol les daba de frente. Estaban sudados, salados, con las pollas relajadas y los cuerpos brillantes. Pedro miró a Carlos y sonrió.
—¿Sabes qué es lo mejor de este mundo?
Carlos levantó una ceja.
—¿Qué?
—Vivir contigo y disfrutar así las vacaciones.
Pedro se rio. Carlos también. Después se besaron, largamente, mientras el mar seguía rompiendo a sus pies y el viento les movía el pelo y todo lo demás.
Y así, día tras día, Pedro y Carlos seguían cabalgando las olas… y todo lo que venía después.
Cuando terminó las vacaciones, la vida volvió a su ritmo habitual. En el mundo sin ropa nadie distinguía entre “tiempo libre” y “tiempo de trabajo” por la cantidad de tela que se llevaba encima, porque no había tela. Solo cambiaba el lugar, la hora y la cantidad de arena que se te pegaba en el culo.
Pedro y Carlos seguían viviendo en la casita de madera frente al mar. La casa olía siempre a salitre, a madera caliente y a sexo seco. Por las mañanas se despertaban enredados, a veces con la polla de uno todavía medio dentro del otro porque se habían dormido así la noche anterior. Era práctico: calentito y sin necesidad de buscarse. Se levantaban, se estiraban, se rascaban los huevos con total naturalidad y bajaban a la cocina desnudos, como siempre.
El desayuno era un ritual. Pedro ponía el café mientras Carlos cortaba fruta. Las nalgas de Carlos se movían al ritmo del cuchillo. Pedro se acercaba a veces por detrás, le rozaba la polla contra el surco del culo y le dejaba un beso en el hombro. No siempre acababa en algo más. A veces solo era un saludo matutino. Otras veces sí. Un martes, por ejemplo, Carlos se inclinó demasiado sobre la encimera y Pedro decidió que el café podía esperar. Lo abrió con dos dedos, le escupió y se lo folló despacio contra la mesa mientras el agua del café empezaba a hervir. Carlos se corrió sobre las naranjas cortadas. Después se rieron, limpiaron lo que pudieron y desayunaron igual, con el semen diluido en el zumo. En un mundo sin ropa, la higiene tenía prioridades distintas.
Pedro trabajaba en el pequeño astillero del pueblo. Reparaba tablas de surf, botes y algún que otro kayak. El taller era un hangar abierto al viento, lleno de virutas de madera, resina y el olor a cera caliente. Todos los trabajadores estaban desnudos, claro. El jefe, un tipo de cincuenta años llamado Ramón, tenía una panza respetable y una polla que se le balanceaba como un péndulo cuando caminaba. Nadie se fijaba. O sí se fijaban, pero sin drama. Era como mirar el color de los ojos de alguien.
Carlos trabajaba en la pescadería del puerto. Llegaba al amanecer, ayudaba a descargar las cajas, limpiaba pescado y atendía a los clientes. El delantal existía (para no mancharse de escamas), pero solo cubría desde el pecho hasta mitad de muslo. Por debajo, todo al aire. Cuando hacía calor, el delantal se pegaba a la piel y dejaba ver el contorno de la polla. A nadie le importaba. Las clientas mayores le pellizcaban el culo de vez en cuando y le decían “qué buen mozo”. Carlos se reía y les ponía un kilo de merluza extra.
Las mañanas de trabajo eran largas. Pedro en el astillero sudaba bajo el sol, la polla relajada entre las piernas, a veces levantándose un poco cuando se agachaba de cierta forma o cuando pasaba algún compañero atractivo. Había un aprendiz nuevo, un chico de diecinueve llamado Leo, de culo alto y vello rubio en el pecho. Un jueves, mientras barnizaban una tabla juntos, Leo se quedó mirando la polla de Pedro más de la cuenta.
—¿Pasa algo? —preguntó Pedro sin dejar de barnizar.
—Nada. Solo… se te ha puesto un poco dura.
Pedro miró hacia abajo. Efectivamente, tenía una semi. Se encogió de hombros.
—Pasa. El barniz huele fuerte y tú estás cerca. Si te molesta, dime.
Leo se rio, se acercó más y le rozó la cadera con la suya. No pasó de ahí aquel día. Pero la semana siguiente, en el almacén de tablas viejas, sí. Pedro le empujó contra un montón de foam, le abrió las piernas y se lo folló de pie, con la mano tapándole la boca para que el jefe no oyera. Leo se corrió en silencio, temblando, y después se limpió con un trapo de resina. Volvieron al trabajo como si nada. En el mundo sin ropa, el sexo en el trabajo era como tomarse un café: a veces pasaba, a veces no, y nadie montaba un escándalo.
Carlos, en la pescadería, tenía sus propios momentos. Un viernes por la tarde, cuando ya casi cerraban, llegó un camionero de paso, un tipo grande, peludo, de polla gruesa y curva. Mientras Carlos le envolvía dos kilos de sardinas, el camionero le miró el culo con descaro.
—Bonito pueblo —dijo—. Bonitos habitantes también.
Carlos sonrió, le dio el paquete y, como el local ya estaba vacío, se dejó llevar a la trastienda. Allí, entre cajas de hielo, el camionero se arrodilló y le chupó la polla con ganas, barbas y todo. Carlos se corrió en su boca en menos de tres minutos. El camionero se limpió los labios, pagó las sardinas y se fue silbando. Carlos volvió al mostrador oliendo a semen y a pescado. Su compañera de trabajo, una mujer de cuarenta años llamada Rosa, le miró y levantó una ceja.
—¿Otra vez el de las sardinas?
—Otra vez.
Rosa se rio y le dio un manotazo en el culo.
—Un día de estos te van a cobrar a ti.
La vida social era igual de directa. Los viernes por la noche se juntaban en el bar del puerto. El bar no tenía sillas con respaldo alto porque nadie necesitaba esconder nada. La gente se sentaba, las pollas y las vulvas a la vista, y hablaba de fútbol, de olas, de la subida del precio del gasóleo. Pedro y Carlos tenían su grupo: Mateo (el que se había unido aquella tarde en la playa), una chica llamada Inés que surfeaba mejor que ellos, y un matrimonio mayor, Toni y Elena, que llevaban treinta años juntos y todavía se tocaban debajo de la mesa sin disimulo.
Una noche, después de tres cervezas, la conversación derivó, como siempre, hacia el sexo. Toni contó que Elena y él habían follado en la cubierta del barco aquella misma mañana, con el viento de levante. Elena asintió, orgullosa, y añadió que se había corrido dos veces. Mateo confesó que se había masturbado en la ducha del gimnasio mirando el culo de un tío nuevo. Inés dijo que se había dejado follar por dos chicos a la vez el fin de semana anterior y que todavía le dolía un poco al sentarse. Nadie se sorprendió. Pedro y Carlos contaron la anécdota del camionero de las sardinas y la del aprendiz del astillero. Hubo risas, brindis y, más tarde, cuando el bar cerró, el grupo acabó en la playa. Allí, bajo la luna, se formó una especie de círculo perezoso de caricias, mamadas y folladas sin prisa. Pedro se corrió en la boca de Inés mientras Carlos se lo follaba a Mateo por detrás. Elena y Toni se limitaron a mirar y a tocarse mutuamente. Al amanecer todos se fueron a casa con arena en sitios imposibles y sonrisas tontas.
La familia era otro asunto. Los padres de Pedro vivían a veinte kilómetros, en un pueblo un poco más hacia el interior. Cada dos semanas iban a comer. La madre de Pedro, una mujer fuerte de cincuenta y pico, abría la puerta completamente desnuda, con el delantal de cocina puesto solo “por las manchas”. El padre, calvo y con una polla que ya no se levantaba tanto como antes, los recibía con abrazos y preguntas sobre el trabajo. Había una hermana pequeña, de diecisiete, que todavía vivía en casa. Nadie se cubría. En la sobremesa se hablaba de la cosecha, de los precios del pescado y, de vez en cuando, de quién se había liado con quién en el pueblo. La hermana contó una vez, sin ningún pudor, que se había enrollado con una compañera de clase en el vestuario después de educación física. La madre asintió y le dijo que usara protección si llegaban a más. Pedro y Carlos intercambiaron una mirada y siguieron comiendo.
Los padres de Carlos eran más reservados, pero igual de desnudos. Vivían en un piso del centro. Cuando Pedro y Carlos iban a visitarlos, el padre de Carlos les ofrecía cerveza y les preguntaba por las olas. La madre les preparaba empanada y, de vez en cuando, les daba consejos matrimoniales aunque no estuvieran casados.
—Lo importante es que os comuniquéis —decía mientras se acomodaba en el sofá, las piernas abiertas sin malicia—. Y que no os olvidéis de follar aunque estéis cansados. El sexo es como el aceite del coche: si no lo renováis, se jode el motor.
Carlos se ponía colorado (el único que todavía se sonrojaba un poco) y Pedro se reía.
El trabajo no era lo único que estructuraba los días. Había gestiones, compras, visitas al médico. Ir al supermercado era una experiencia peculiar. La gente llenaba el carro desnuda, las pollas y los pechos a la vista entre los pasillos de detergente y galletas. A veces alguien se excitaba por el roce de otro cuerpo en el pasillo estrecho y había que esperar un momento detrás de la sección de congelados hasta que se le bajara. El médico, cuando tocaba revisión, te examinaba con la misma naturalidad con la que miraba una radiografía. “Respire hondo… ahora tosa… bien, la próstata está perfecta, joven”. Ningún bata, ningún biombo. Solo manos profesionales y conversación sobre el tiempo.
Las discusiones de pareja también existían. Un miércoles, después de un día malo en el astillero, Pedro llegó a casa de mal humor. Carlos había dejado la cena a medias y estaba en el sofá masturbándose distraídamente mientras miraba una retransmisión de surf. Pedro se cruzó de brazos (lo que hacía que su polla apuntara un poco hacia arriba).
—¿No podías esperar a que llegara?
Carlos ni siquiera dejó de tocarse.
—Llevaba todo el día con ganas y tú llegas tarde. ¿Quieres unirte o vas a ponerte pesado?
Acabaron discutiendo. Voces altas, gestos, la polla de Carlos todavía dura mientras le decía a Pedro que a veces era un control excesivo. Pedro le contestó que a veces Carlos pensaba solo con la entrepierna. Al final, como casi siempre, la discusión terminó en el suelo del salón. Se follaron con rabia, Pedro entrando fuerte, Carlos arañándole la espalda, los dos corriéndose con un gemido que era mitad placer y mitad “ya está, se me pasó el cabreo”. Después se quedaron abrazados en el suelo, riéndose de lo idiotas que habían sido.
Había días tranquilos. Domingos en los que no pasaba nada extraordinario. Se levantaban tarde, desayunaban, bajaban a la playa a leer o a simplemente tumbarse. Pedro leía novelas de misterio. Carlos escuchaba música con unos auriculares viejos. De vez en cuando una mano buscaba la del otro, o una pierna se cruzaba sobre la muslo ajeno. Si la excitación aparecía, se resolvía allí mismo, con una mamada perezosa o una follada lenta bajo el sol. Si no aparecía, tampoco pasaba nada. Se quedaban juntos, desnudos, escuchando el mar.
Los amigos aparecían sin avisar. Mateo se presentaba a veces con una botella de vino y ganas de contar historias. Inés llegaba después de una sesión de olas, todavía con sal en el pelo y la polla (sí, Inés tenía una polla; en este mundo las etiquetas eran flexibles) medio erecta por el roce de la tabla. Se quedaban a cenar. A veces la cena terminaba en el sofá con tres o cuatro cuerpos enredados. Otras veces solo hablaban hasta tarde y cada uno se iba a su casa con la excitación a medias, a resolvérsela en solitario.
La familia política también entraba en la ecuación. Un fin de semana los padres de Pedro los invitaron a una comida familiar grande. Había tíos, primos, abuelos. Todos desnudos, todos hablando a la vez. El abuelo de Pedro, de ochenta años, se sentó junto a Carlos y le contó, con todo detalle, cómo era el sexo en su juventud, cuando todavía existían “unas cosas raras llamadas pantalones” en otros países lejanos. Carlos escuchaba fascinado mientras el abuelo gesticulaba y su vieja polla se movía con los gestos. Después del postre, alguien propuso un partido de voleibol en la playa. Allí estaban, primos y tíos, saltando, sudando, las pollas y las tetas rebotando, y nadie encontraba nada extraño. Pedro y Carlos acabaron en el equipo contrario y, en un momento de descanso, se escaparon detrás de unas rocas a hacerse una mamada rápida. Volvieron al partido con la boca sabiendo a semen y nadie preguntó nada.
El trabajo seguía. En el astillero, Leo el aprendiz se volvió un lío recurrente. A veces solo se tocaban en el almacén. Otras veces Pedro lo llevaba a casa y Carlos se unía. Una noche los tres acabaron en la ducha exterior, Leo de rodillas chupándoles las pollas una detrás de otra mientras el agua fría les corría por la espalda. Carlos se corrió primero, Pedro después, y Leo se masturbó hasta acabar en la arena. Se secaron con la misma toalla y cenaron pizza como si acabaran de jugar al fútbol.
Carlos, en la pescadería, tenía sus propias historias. Rosa, la compañera, un día le confesó que llevaba semanas excitándose cada vez que lo veía limpiar el pescado con las manos grandes y expertas. Esa misma tarde, cuando cerraron, se follaron en el cuarto de frío. El contraste entre el aire gélido y los cuerpos calientes fue absurdo y delicioso. Carlos se corrió dentro de ella mientras Rosa gritaba contra su hombro. Después se vistieron… es decir, se pusieron de nuevo los delantales, y se fueron a casa cada uno por su lado.
Las estaciones cambiaban. El verano daba paso a un otoño de olas más grandes y vientos más fríos. Por las mañanas el aire picaba un poco en la piel desnuda, pero nadie buscaba abrigo. El cuerpo se acostumbraba. Pedro y Carlos seguían saliendo a surfear cuando podían, aunque ahora las sesiones eran más cortas y el sexo posterior más urgente, para entrar en calor. Se follaban en la casita con las ventanas abiertas, el viento entrando y secándoles el sudor.
Hubo momentos de ternura que no siempre acababan en sexo. Tardes en las que se quedaban en el porche mirando el horizonte, las manos entrelazadas, las pollas relajadas contra el muslo. Noches en las que uno tenía una pesadilla y el otro lo abrazaba por detrás, la polla encajada entre las nalgas solo por cercanía, sin intención de follar. Mañanas en las que el café se enfriaba porque se habían puesto a hablar de planes futuros: quizás comprar una tabla nueva, quizás pintar la casa, quizás ir a visitar a unos amigos que vivían en otra costa.
Y, por supuesto, el sexo seguía siendo una parte constante, explícita y sin vergüenza. Un jueves cualquiera, después del trabajo, Pedro llegó a casa con el culo todavía marcado por el borde de un banco del taller. Carlos lo vio, se rio y le dijo que se agachara. Lo preparó con la lengua durante un buen rato, después lo folló contra la nevera mientras la cena se quemaba en el horno. Al día siguiente, Carlos se quejó de que le dolía el culo de la posición de la noche anterior y Pedro, en compensación, se pasó casi una hora chupándosela en el sofá hasta que Carlos se corrió tres veces.
La vida, en resumen, era eso: trabajo, amigos, familia, discusiones, risas, olas cuando se podía, y cuerpos siempre a la vista, siempre disponibles, siempre honestos. En un mundo sin ropa, no había lugar para esconderse. Y Pedro y Carlos, después de las vacaciones de olas y folladas intensas, habían descubierto que la verdadera aventura estaba en lo cotidiano: en el olor a resina del taller, en el sabor a sal del pescado, en la mano de un amigo en la rodilla durante una cerveza, en la voz de una madre diciendo “cuidaos”, y en la certeza de que, al llegar a casa, el otro estaría allí, desnudo, real, y probablemente con ganas.
Una noche, ya entrada la temporada de otoño, se quedaron en la cama escuchando la lluvia. Pedro tenía la cabeza apoyada en el pecho de Carlos. La polla de Carlos descansaba tranquila contra la cadera de Pedro.
—¿Te arrepientes de algo? —preguntó Pedro de pronto.
Carlos pensó un momento.
—De no haber empezado a vivir así antes. Y de haber quemado las naranjas aquel día del café.
Pedro se rio y lo besó. Después, sin prisa, bajó la cabeza y tomó la polla de Carlos en la boca. La noche era larga, la lluvia seguía, y el mundo sin ropa seguía girando exactamente igual: con todo a la vista, con todo permitido, y con dos tipos que se querían lo suficiente como para follar, discutir, trabajar y quedarse callados juntos sin necesidad de esconder ni una sola parte de sí mismos.
Y así continuaba la vida.
11.9.26
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