10.1.26

ViDeOS

 






ArtE grAFIcO

 





















Relato: Encuentro en el Aseo . 4°parte




 El apartamento de Juan era un reflejo de su personalidad: vibrante, desordenado en los detalles justos, con un toque de caos controlado. Las paredes estaban decoradas con pósters de bandas indie y fotografías en blanco y negro, y una lámpara de lava en una esquina arrojaba un resplandor rojizo que se mezclaba con la luz tenue de las velas que Juan había encendido. El aire olía a incienso y a algo más terrenal, una promesa de lo que estaba por venir. Habían pasado dos semanas desde el encuentro en los aseos del centro comercial, y los mensajes entre Jorge, Roberto y Juan habían escalado rápidamente de coqueteos a planes concretos. Ahora, los tres estaban aquí, en el territorio de Juan, listos para cruzar un nuevo umbral.

Juan los recibió descalzo, con una camiseta blanca que dejaba entrever los contornos de su torso esbelto y unos pantalones de chándal grises que colgaban bajos en sus caderas. Su sonrisa era una mezcla de picardía y nervios, como si supiera que esta noche sería diferente. Jorge, con una camisa azul ajustada y vaqueros oscuros, sintió un cosquilleo en la nuca al ver a Juan. Roberto, siempre imponente con una camiseta negra que marcaba cada músculo de su pecho y unos vaqueros que parecían hechos a medida, dio un paso al frente, dejando una botella de tequila en la mesa de centro.

—Bonito lugar —dijo Roberto, su voz grave reverberando en el espacio. Sus ojos recorrieron a Juan de arriba abajo antes de posarse en Jorge, con esa intensidad que siempre hacía que el aire se volviera más pesado.

—Gracias. Me gusta pensar que es... inspirador —respondió Juan, con un guiño que hizo reír a Jorge. La tensión entre ellos era palpable, pero no incómoda; era como si los tres supieran exactamente hacia dónde iba esto, pero quisieran saborear cada segundo del camino.

Juan sirvió tres vasos de tequila, el líquido dorado brillando bajo la luz suave. —Por las noches inesperadas —brindó, levantando su vaso. Los tres chocaron los vasos, sus dedos rozándose en el proceso, un contacto que, aunque breve, envió una corriente eléctrica por la piel de Jorge. Bebieron, el calor del tequila quemando sus gargantas, pero no tanto como la mirada que compartieron después.

No pasó mucho tiempo antes de que las palabras dieran paso al instinto. Juan fue el primero en moverse, acercándose a Jorge con una lentitud deliberada. Sus manos encontraron las caderas de Jorge, tirando de él hasta que sus cuerpos estuvieron a centímetros. —He estado pensando en esto desde el centro comercial —susurró Juan, su aliento cálido contra los labios de Jorge. Antes de que este pudiera responder, Juan lo besó, un beso lento, profundo, que sabía a tequila y deseo.

Roberto no se quedó atrás. Se acercó por detrás de Jorge, sus manos grandes deslizándose bajo la camisa de este, explorando la piel cálida de su espalda. —No te monopolices todo el juego, Juan —murmuró Roberto, su voz ronca mientras besaba el cuello de Jorge, mordiendo suavemente la piel sensible justo bajo su oreja. Jorge gimió, atrapado entre los dos, su cuerpo respondiendo con una urgencia que lo hacía temblar.

Las manos de Juan desabrocharon la camisa de Jorge, botón por botón, mientras Roberto lo desnudaba desde atrás, sus dedos fuertes desabrochando los vaqueros con una facilidad que hablaba de experiencia. La ropa de Jorge cayó al suelo, dejándolo expuesto, vulnerable pero deseoso. Juan se arrodilló frente a él, sus labios trazando un camino por su abdomen, deteniéndose justo en el borde de su ropa interior. La respiración de Jorge se entrecortó cuando Juan, con una sonrisa traviesa, liberó su erección, acariciándolo con una lentitud que era casi insoportable.

Roberto, mientras tanto, se despojó de su propia camiseta, dejando al descubierto un torso que parecía esculpido. Se acercó a Juan, tirando de él para un beso feroz, sus lenguas enredándose mientras Jorge observaba, su propia excitación creciendo ante la visión. —Ven aquí —dijo Roberto, su voz un gruñido mientras guiaba a Juan hacia el sofá, empujándolo suavemente para que se sentara. Jorge no necesitó más invitación; se arrodilló entre las piernas de Juan, sus manos temblando ligeramente mientras desabrochaba los pantalones de chándal, revelando la evidencia de su deseo.

Juan jadeó cuando los labios de Jorge lo encontraron, su cabeza echándose hacia atrás contra el respaldo del sofá. Roberto, de pie junto a ellos, se deshizo de sus propios vaqueros, su cuerpo desnudo brillando bajo la luz de las velas. Se inclinó sobre Juan, besándolo con una intensidad que hacía que los gemidos de este resonaran en la habitación. Jorge, perdido en su tarea, sentía cada reacción de Juan, cada temblor, cada suspiro, como una recompensa.

Pero no era suficiente. Roberto, con un movimiento decidido, levantó a Jorge del suelo, guiándolo hacia la amplia cama en el dormitorio de Juan. Las sábanas, de un rojo profundo, parecían invitarlos a perderse en ellas. Juan los siguió, su mirada brillando con una mezcla de lujuria y algo más suave, algo que ninguno de los tres estaba listo para nombrar todavía. Se despojaron del resto de la ropa, un frenesí de manos y cuerpos que se entrelazaban, piel contra piel, sudor mezclándose con el aroma del incienso.

Roberto fue el primero en tomar la iniciativa. Con un condón y lubricante que Juan había dejado en la mesilla, preparó a Jorge con una paciencia que contrastaba con la urgencia en sus ojos. Sus dedos eran expertos, moviéndose con una precisión que hacía que Jorge se arqueara contra las sábanas, sus gemidos llenando la habitación. Juan, mientras tanto, se colocó detrás de Roberto, sus manos explorando el cuerpo de este, sus labios dejando un rastro de besos por su espalda.

Cuando Roberto se deslizó dentro de Jorge, lento pero implacable, el mundo de este se redujo a esa sensación: el calor, la plenitud, el ritmo que los unía. Juan, no dispuesto a quedarse fuera, preparó a Roberto con la misma dedicación, sus dedos abriendo camino mientras Roberto gruñía, atrapado entre los dos. La sensación de Juan entrando en él fue suficiente para hacer que Roberto soltara un gemido profundo, sus movimientos volviéndose más erráticos, más desesperados.

Se movieron como una sola entidad, sus cuerpos sincronizados en una danza cruda, primaria. Jorge, debajo, se aferraba a las sábanas, sus caderas encontrando el ritmo de Roberto, mientras Juan marcaba el suyo propio desde atrás. Los sonidos llenaban la habitación: el roce de la piel, los jadeos, los gemidos que se mezclaban en una sinfonía de placer. Jorge sentía cada embestida de Roberto como una ola, llevándolo más cerca del borde, mientras las manos de Juan en las caderas de Roberto lo mantenían anclado.

El clímax llegó primero para Jorge, un estallido que lo hizo gritar el nombre de Roberto, su cuerpo temblando bajo el peso de este. Roberto lo siguió, su propio orgasmo arrancándole un gruñido que resonó en el pecho de Jorge. Juan, atrapado en la intensidad del momento, se dejó ir poco después, su cuerpo colapsando contra Roberto, los tres enredados en un amasijo de extremidades y respiraciones entrecortadas.

Permanecieron allí, jadeando, sudando, mientras el mundo volvía lentamente a su lugar. Pero algo había cambiado. No era solo el sexo, aunque había sido intenso, casi trascendental. Había una suavidad en la forma en que se tocaban ahora, en la manera en que Juan trazaba círculos perezosos en la espalda de Roberto, en cómo Jorge buscaba la mano de Juan para entrelazar sus dedos, en cómo Roberto besaba la frente de Jorge con una ternura que no había estado allí antes.

Horas después, cuando la noche se había vuelto más profunda, los tres estaban tumbados en la cama de Juan, las sábanas revueltas a su alrededor. Habían vuelto a hacer el amor, esta vez más lento, explorando cada rincón del cuerpo del otro con una reverencia que hablaba de algo más que deseo. Juan había tomado a Jorge, sus movimientos suaves pero profundos, mientras Roberto los observaba, acariciando a ambos, uniéndose cuando el momento lo pedía. Luego, Jorge había devuelto el favor a Juan, sus cuerpos moviéndose en un ritmo que era casi una conversación, una confesión silenciosa.

Ahora, con el amanecer asomando por la ventana, hablaban en susurros. Juan, con la cabeza apoyada en el pecho de Roberto, dijo: —No sé qué es esto, pero... no quiero que termine.

Jorge, acostado al otro lado, con una pierna enredada con la de Juan, asintió. —Yo tampoco. Es... diferente. Más.

Roberto, siempre el más reservado, los miró a ambos, sus ojos castaños suavizados por algo que no podía nombrar. —Nunca he sentido esto con nadie —admitió, su voz baja pero firme—. Con los dos... es como si encajáramos.

Las palabras flotaron entre ellos, pesadas pero liberadoras. No era solo lujuria, aunque eso seguía ardiendo. Era algo más profundo, una conexión que los había atrapado sin que lo vieran venir. Se besaron, los tres, un beso suave, compartido, que sellaba algo que no necesitaban definir todavía.

—¿Y ahora qué? —preguntó Juan, con una sonrisa que era mitad broma, mitad esperanza.

—Ahora seguimos —respondió Jorge, apretando la mano de Juan—. Los tres.

Roberto rió, un sonido cálido que llenó la habitación. —Me apunto. Pero la próxima vez, mi casa. Y traigan más tequila.

Se rieron, sus cuerpos todavía entrelazados, y en ese momento, bajo la luz del amanecer, supieron que lo que habían encontrado no era solo una noche, sino el comienzo de algo mucho más grande. Un amor inesperado, compartido, que los unía en un lazo que ninguno quería romper.





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