3.1.26

VIdeOS

 






Relato: Encuentro en el Aseo 2ªparte




El apartamento de Jorge era un refugio modesto pero acogedor en el corazón de la ciudad. Las luces tenues de una lámpara de pie arrojaban sombras suaves sobre las paredes, y el aroma de una vela de sándalo flotaba en el aire. Habían pasado dos días desde el encuentro en el aseo del centro comercial, y la tarjeta que Roberto le había dado seguía quemando en el bolsillo de Jorge. Un mensaje breve, un intercambio de números, y ahora Roberto estaba aquí, de pie en el umbral de la puerta, con una botella de vino en la mano y una sonrisa que prometía problemas.

—Bonita guarida —dijo Roberto, entrando con esa confianza natural que lo hacía parecer dueño del espacio. Llevaba una camisa negra ajustada, los primeros botones desabrochados, y unos vaqueros que marcaban cada línea de su cuerpo. Jorge, descalzo y con una camiseta gris que se ceñía a sus hombros, cerró la puerta tras él, sintiendo ya el pulso acelerado.

—Gracias. No es mucho, pero es mío —respondió Jorge, tomando la botella de vino y rozando deliberadamente los dedos de Roberto. Ese simple contacto fue como una chispa, un recordatorio de lo que habían compartido en el aseo. Sus miradas se encontraron, y el aire se cargó de una tensión familiar, densa y eléctrica.

No se molestaron con el vino al principio. Jorge apenas había dejado la botella en la mesa de la cocina cuando Roberto dio un paso hacia él, acortando la distancia. —He estado pensando en ti —murmuró Roberto, su voz baja, casi un gruñido. Sus manos encontraron las caderas de Jorge, tirando de él hasta que sus cuerpos quedaron pegados.

—¿Sí? ¿En qué pensabas exactamente? —preguntó Jorge, su tono juguetón pero cargado de deseo. Sus manos subieron por el pecho de Roberto, sintiendo los músculos firmes bajo la tela, el calor que emanaba de su piel.

Roberto no respondió con palabras. En cambio, inclinó la cabeza y capturó los labios de Jorge en un beso lento, profundo, que sabía a hambre contenida. Sus lenguas se encontraron, explorando con una urgencia que crecía con cada segundo. Jorge deslizó las manos bajo la camisa de Roberto, recorriendo la piel cálida de su espalda, mientras Roberto respondía apretándolo más contra sí, dejando que Jorge sintiera la dureza creciente en sus vaqueros.

Se movieron hacia el sofá sin romper el beso, tropezando ligeramente con una mesa auxiliar en su prisa. Jorge empujó a Roberto hacia abajo, sentándose a horcajadas sobre él. La fricción de sus cuerpos, aún vestidos, era una tortura deliciosa. Roberto gruñó, sus manos subiendo por los muslos de Jorge, apretando con fuerza. —Joder, eres una maldita tentación —susurró, mordiendo suavemente el labio inferior de Jorge antes de tirar de su camiseta para quitársela.

La piel de Jorge quedó expuesta, y Roberto no perdió tiempo. Sus labios encontraron el cuello de Jorge, trazando un camino de besos húmedos y mordiscos suaves que arrancaron un gemido bajo de su garganta. Jorge respondió desabrochando la camisa de Roberto, botón por botón, con una lentitud deliberada que hacía que Roberto se retorciera bajo él. Cuando la camisa cayó al suelo, Jorge recorrió con los dedos el pecho de Roberto, deteniéndose en los músculos definidos, en los pezones endurecidos que rogaban por atención.

—¿Quieres jugar lento? —preguntó Roberto, con una sonrisa traviesa. Sin esperar respuesta, deslizó una mano entre ellos, desabrochando los vaqueros de Jorge con una facilidad que hablaba de experiencia. Jorge contuvo el aliento cuando los dedos de Roberto lo encontraron, acariciándolo por encima de la ropa interior, un toque ligero pero preciso que lo hizo arquearse.

—No tan lento —jadeó Jorge, y sus propias manos se movieron hacia los vaqueros de Roberto, liberándolo con un movimiento rápido. La visión de Roberto, duro y listo, fue suficiente para hacer que su boca se secara. Se inclinó, besando el pecho de Roberto, bajando por su abdomen hasta que sus labios rozaron la piel sensible justo por encima de la cintura de los vaqueros. Roberto soltó un gemido profundo, sus manos enredándose en el cabello de Jorge.

—Ven aquí —ordenó Roberto, tirando de Jorge para volver a besarlo, esta vez con una intensidad que rayaba en lo desesperado. Se deshicieron del resto de la ropa con movimientos torpes, las prendas cayendo al suelo en un montón desordenado. Desnudos ahora, sus cuerpos se encontraron piel con piel, el calor de uno alimentando al otro. Jorge podía sentir cada centímetro de Roberto, la dureza de su deseo presionando contra él, y el suyo propio respondiendo con igual urgencia.

Se trasladaron al dormitorio, apenas conscientes del trayecto, demasiado perdidos en el roce de sus cuerpos. La cama de Jorge, con sábanas oscuras y un poco desordenadas, los recibió. Roberto empujó a Jorge sobre el colchón, colocándose encima de él, sus ojos brillando con una mezcla de lujuria y algo más profundo, algo que Jorge no se detuvo a analizar. —Voy a hacer que pierdas la cabeza —prometió Roberto, y Jorge solo pudo soltar una risa entrecortada antes de que los labios de Roberto comenzaran a explorar su cuerpo.

Roberto era meticuloso, casi reverente. Sus manos y su boca recorrieron cada centímetro de Jorge: el hueco de su clavícula, la curva de sus costillas, la línea de vello que bajaba desde su ombligo. Cuando llegó a su entrepierna, Jorge ya estaba temblando, sus manos aferrándose a las sábanas. La lengua de Roberto trazó un camino lento, torturante, antes de tomarlo por completo, arrancándole un gemido que resonó en la habitación. Jorge se arqueó, sus caderas moviéndose por instinto, buscando más.

—No tan rápido —susurró Roberto, levantando la mirada con una sonrisa diabólica. Se incorporó, alcanzando un condón y lubricante que Jorge había dejado en la mesilla, como si hubiera anticipado este momento. Preparó a Jorge con una paciencia que contrastaba con la urgencia de sus propios movimientos, sus dedos abriendo camino con una mezcla de firmeza y cuidado que hizo que Jorge jadeara su nombre.

Cuando Roberto finalmente se deslizó dentro de él, lento pero implacable, el mundo de Jorge se redujo a esa sensación: el estiramiento, el calor, la plenitud. Se movieron juntos, primero con calma, encontrando un ritmo, luego con una intensidad que hacía crujir la cama. Los gemidos de Jorge se mezclaban con los gruñidos de Roberto, sus cuerpos sudorosos chocando en una danza cruda, primaria. Jorge clavó las uñas en la espalda de Roberto, dejando marcas que solo avivaron el fuego entre ellos.

El clímax llegó en oleadas, primero para Jorge, que se deshizo con un grito ahogado, su cuerpo temblando bajo el peso de Roberto. Este lo siguió poco después, su rostro enterrado en el cuello de Jorge, un gemido ronco escapando de sus labios mientras se dejaba ir. Permanecieron allí, enredados, respirando con dificultad, mientras el mundo volvía lentamente a su lugar.

Horas después, aún en la cama, con las sábanas revueltas y el aire cargado de su aroma, hablaron en susurros. Roberto trazaba círculos perezosos en el pecho de Jorge, y Jorge jugaba con los mechones de cabello oscuro de Roberto. No era solo sexo; había algo más, una conexión que ninguno de los dos estaba listo para nombrar, pero que ambos sentían.

—¿Otra ronda? —preguntó Roberto, con una sonrisa perezosa.

Jorge rió, girándose para mirarlo. —Dame diez minutos.

Y así, la noche se estiró, llena de caricias, gemidos y promesas tácitas, hasta que el amanecer los encontró exhaustos, pero satisfechos, en los brazos del otro.





Una buEnA pAjA











 

PuBIS

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