El sol de mediodía caía a plomo sobre la cala escondida. Arena fina, agua turquesa y, más allá, un laberinto de rocas grises y negras que formaban pequeños refugios naturales. Isaacs y su mujer, Laura, habían llegado temprano. Berto y su mujer, Carmen, llegaron media hora después. Las dos parejas se conocían de vista del chiringuito del pueblo, nada más. Ese día coincidieron en la misma playa casi desierta.
Isaacs tenía treinta y un años, cuerpo atlético de quien nadaba casi todos los días, pecho liso, abdomen marcado, un pequeño tatuaje en el hombro derecho. Berto, treinta y tres, un poco más alto, hombros anchos, pecho también liso, un pendiente plateado en la oreja izquierda y el pelo castaño revuelto por el viento. Ambos llevaban bañador. Las mujeres, bikinis y gafas de sol, ya instaladas en las toallas con revistas y crema solar.
—¿Snorkel? —preguntó Isaacs en voz alta, más a su mujer que a nadie.
Laura levantó la mano sin mirar.
—Ve, pero no te alejes mucho.
Berto miró a Carmen. Ella también asintió, distraída.
—Vamos juntos —dijo Berto, ya quitándose el bañador para ponerse solo el tubo y las gafas.
Isaacs hizo lo mismo. Se miraron de reojo y se rieron. Luego se metieron al agua.
Nadaron hacia las rocas. El agua estaba tibia. Los peces pequeños huían a su paso. Isaacs se sumergió y vio las piernas de Berto a su lado, el culo firme, la polla balanceándose con las corrientes. Cuando salieron a respirar entre dos peñas grandes, los dos se quitaron las gafas y el tubo.
—Joder, qué sitio más bonito—dijo Berto, apoyándose en una roca. El agua le llegaba a la cintura. Su polla flotaba libre, media dura ya por el roce del agua y la cercanía.
Isaacs se acercó un poco más. El corazón le latía fuerte. Llevaba años fantaseando con esto, con tocar a otro tío, con que le tocasen. Nunca lo había hecho. Berto, por su parte, se había corrido más de una vez imaginando exactamente esta situación: una cala, rocas, otro tío, y las mujeres lejos.
—Oye… —empezó Isaacs, la voz un poco ronca—. ¿Tú… alguna vez has…?
Berto sonrió de lado. Se pasó la mano por el pelo mojado.
—¿Probado con un tío? No. Pero… joder, siempre he querido. Tú también, ¿verdad?
Isaacs asintió. Se miraron. El silencio duró tres segundos. Luego Berto extendió la mano bajo el agua y tocó la polla de Isaacs. Este se tensó, pero no se apartó. La mano de Berto era más grande, más áspera que la de Laura. Envolvió el tronco y lo apretó con suavidad. Isaacs se puso duro en segundos.
—Hostia —susurró Isaacs—. Está… está bien.
Berto se acercó más. Sus pechos se rozaron. Isaacs le devolvió el gesto: le agarró la polla a Berto, que ya estaba completamente erecta, gruesa, con la cabeza rosa brillante de precum. Se masturbaron el uno al otro bajo el agua, lentos, mirándose a los ojos, riéndose bajito cada vez que se les escapaba un gemido.
—Vamos más adentro —dijo Berto—. Que no nos vean.
Se metieron entre las rocas. Había un hueco natural, una especie de plataforma plana a media altura, protegida por peñas más altas. El agua les llegaba a las rodillas. El ruido de las olas tapaba casi todo. Desde la playa no se veía nada.
Isaacs se sentó en la roca, las piernas abiertas. Berto se arrodilló en el agua entre ellas. Miró la polla de Isaacs de cerca: larga, un poco curva hacia la izquierda, venas marcadas, los huevos tirantes.
—Primera vez para los dos, ¿eh? —dijo Berto, sonriendo—. Pues que sea buena.
Se inclinó y lamió la cabeza. Isaacs soltó un “joder” largo. Berto abrió la boca y se la metió entera, despacio, hasta que la nariz le rozó el vello púbico. No sabía exactamente qué hacía, pero lo hacía con ganas. Subía y bajaba, la lengua girando, la mano en la base. Isaacs se echó hacia atrás, las manos apoyadas en la roca, los músculos del abdomen tensos.
—Más despacio… no, más rápido… joder, así.
Berto se separó un momento, un hilo de saliva uniendo sus labios a la polla.
—¿Te gusta?
—Me encanta. Ahora tú.
Isaacs se arrodilló también. La polla de Berto era más gruesa, más pesada. La tomó con las dos manos y la chupó. El sabor era a sal y a piel limpia. Berto puso una mano en la nuca de Isaacs y le guió el ritmo, sin forzar. Isaacs se atragantó un poco la primera vez que intentó llegar a la base, tosió, se rió, y volvió a intentarlo. Berto gemía abiertamente.
—Joder, Isaacs… qué bien lo haces para ser la primera.
Se turnaron un rato. Chupaban, se paraban, se besaban en la boca por primera vez. El beso fue torpe al principio, luego más profundo, lenguas mezclándose, sabores de cada uno en la boca del otro. Las manos bajaban a los culos, los apretaban, los dedos se deslizaban por la hendidura.
Berto se recostó en la roca, exactamente como en la foto que nadie iba a ver nunca. Las piernas abiertas, el cuerpo bronceado, la polla dura apuntando al cielo. Isaacs se puso de pie entre ellas, se agarró la propia polla y se la frotó contra la de Berto. Las dos cabezas se rozaban, el precum se mezclaba. Se masturbaban juntos, manos entrelazadas alrededor de ambos troncos.
—Quiero follarte —dijo Isaacs de golpe, la voz baja—. Si quieres.
Berto asintió sin dudar.
—Sí. Pero despacio. Nunca… bueno, ya sabes.
Isaacs escupió en sus dedos y se los llevó al culo de Berto. Un dedo primero, solo la punta. Berto se tensó, luego se relajó. Isaacs metió más, buscó, encontró ese punto que hizo que Berto abriera la boca en un gemido silencioso. Dos dedos. Tres. Mientras tanto, Berto se masturbaba con fuerza.
—Ya… métela.
Isaacs se colocó. La cabeza de su polla empujó contra el agujero. Entró el primer centímetro. Berto agarró las muñecas de Isaacs.
—Más despacio… joder… así.
Isaacs empujó milímetro a milímetro. El calor era brutal. Cuando estuvo del todo dentro, se quedó quieto, respirando. Berto tenía los ojos cerrados, la boca abierta, la polla todavía dura contra su vientre.
—Muévete —pidió.
Isaacs empezó a follarlo. Embestidas cortas al principio, luego más largas. El agua chapoteaba alrededor de sus rodillas. El sonido de piel contra piel se mezclaba con el de las olas. Berto gemía cada vez que Isaacs daba de lleno contra su próstata. Isaacs se inclinó y le chupó un pezón, luego el otro. Berto le agarró el culo y le empujó más adentro.
—Más fuerte… sí… joder, Isaacs…
Isaacs aceleró. El sudor le corría por la espalda. Sentía que se iba a correr pronto. Se retiró casi del todo y volvió a entrar de un golpe. Berto gritó bajito. Isaacs se corrió dentro, profundo, chorros calientes que llenaron el culo de Berto. Se quedó temblando, todavía dentro, mientras Berto se masturbaba con furia.
—Sácala y córrete en mi cara —dijo Isaacs, retirándose.
Berto se levantó a medias, se puso de rodillas sobre la roca y se corrió sobre la cara y la lengua de Isaacs. El primer chorro le pegó en la mejilla, el segundo en la boca abierta, el tercero en la frente. Isaacs se lo tragó todo lo que pudo, se pasó el resto por los labios y se lo ofreció a Berto para que lo lamiara. Se besaron otra vez, semen y saliva mezclados.
Se rieron. Se abrazaron un momento, empapados, sudorosos, con el culo de Berto todavía goteando el semen de Isaacs.
—Joder —dijo Berto—. Qué bueno.
—Lo sé. Otra vez.
Se intercambiaron. Ahora Berto se arrodilló detrás de Isaacs, que se puso a cuatro patas sobre la roca. Berto le comió el culo primero, lengua plana, profunda, hasta que Isaacs temblaba. Luego le metió los dedos, buscó, encontró. Cuando Isaacs dijo “ya”, Berto se colocó y empujó. Entró más fácil. Isaacs empujó hacia atrás, pidiendo más. Berto le folló con embestidas largas y profundas, una mano en la cadera, la otra masturbándole la polla. Isaacs se corrió otra vez, chorros que cayeron sobre la roca caliente. Berto se corrió dentro de él segundos después, gruñendo contra su espalda.
Se quedaron un rato allí, tumbados uno al lado del otro, las piernas enredadas, las pollas blandas y brillantes, el semen secándose en la piel. Se tocaron sin prisa, se rieron de lo absurdo y lo bueno que había sido.
—Las mujeres nos van a echar de menos —dijo Isaacs al fin.
—Sí. Vamos.
Se limpiaron como pudieron con agua de mar. Se pusieron otra vez las gafas y el tubo. Nadaron de vuelta. Cuando llegaron a la orilla, las dos mujeres estaban exactamente donde las habían dejado, hablando entre ellas.
—¿Qué tal el snorkel? —preguntó Laura.
—Genial —dijo Isaacs, con una sonrisa que no era del todo normal—. Hay un montón de peces.
Berto se dejó caer en la toalla junto a Carmen. Le dio un beso en la mejilla. Ella ni se inmutó.
Pasaron media hora más. Isaacs se levantó, fingió que se le había caído algo cerca de donde estaba Berto. Se agachó, buscó entre la arena y las rocas pequeñas, y cuando nadie miraba le deslizó un papel doblado en la mano a Berto. En el papel, escrito con prisa:
Isaacs – 612 348 901. Cuando quieras repetir. O lo que sea.
Berto cerró la mano alrededor del papel y sonrió sin que Carmen lo viera. Isaacs volvió a su toalla como si nada.
Esa noche, cada uno en su casa, se corrieron otra vez pensando en las rocas, en el sabor del otro, en lo fácil que había sido y en lo mucho que querían volver a hacerlo. El papel con el número estaba ya guardado en la cartera de Berto. Y las dos mujeres, ajenas del todo, dormían plácidamente a su lado.
Había sido la primera vez. Y ninguno de los dos iba a dejar que fuera la última.
Berto esperó tres días. Tres días largos en los que cada vez que se metía en la ducha se le ponía dura solo de recordar el sabor de Isaacs, el calor de su culo, el ruido de las olas mientras se lo follaba entre las rocas. Carmen estaba en el salón viendo series. Él se encerraba en el baño, se agarraba la polla y se corría en silencio, mordiendo la toalla para no gemir, pensando en la cara de Isaacs llena de su semen.
El cuarto día, a las once de la noche, cuando Carmen ya dormía, sacó el papel arrugado del bolsillo de la cartera. Marcó el número con el corazón a mil.
Isaacs contestó a la segunda llamada.
—¿Sí?
—Soy Berto. El de las rocas.
Hubo un silencio de dos segundos y luego una risa baja, casi aliviada.
—Joder, tío. Pensé que no ibas a llamar.
—He estado a punto de tirar el papel tres veces. Pero… ¿puedes hablar?
—Sí. Laura está dormida. Estoy en el balcón.
Berto se sentó en el borde de la cama, la polla ya medio dura solo de oír la voz.
—Necesito verte. Pero antes… quiero hablar. De verdad. Sin pollas de por medio. Bueno, con pollas, pero primero hablar.
Isaacs se rió otra vez.
—Quedamos mañana. Hay un parque al lado del polideportivo, a las siete de la tarde. Hay bancos lejos de la gente. ¿Te va?
—Perfecto.
Colgaron. Berto se masturbó ahí mismo, de pie junto a la cama, recordando la voz de Isaacs, y se corrió en tres minutos en un calcetín sucio.
Al día siguiente, a las siete en punto, Isaacs ya estaba sentado en un banco bajo un árbol grande. Llevaba vaqueros y una camiseta negra. Berto llegó con las manos en los bolsillos, nervioso como un crío. Se sentaron uno al lado del otro, dejando un espacio prudente.
Durante los primeros minutos solo miraron a la gente pasar: madres con carritos, señores paseando perros, un grupo de adolescentes gritando.
—Bueno —dijo Berto al fin—. Empiezo yo, que si no me da un ataque.
Isaacs asintió, serio pero con esa media sonrisa de siempre.
—Desde que tengo dieciséis me corro viendo porno gay. Al principio era solo curiosidad. Luego se convirtió en lo único que me ponía de verdad. Hetero porno… me aburre. Dos tíos follando, o uno chupándole la polla al otro, o tres tíos en un trío… eso sí. Me corro siempre con eso. Y después me siento como una mierda. Como si estuviera traicionando a Carmen. Como si fuera un fraude.
Isaacs exhaló y se pasó una mano por la cara.
—Joder. Yo igual. Exactamente igual. Desde los quince. Empecé con revistas que robaba a un primo y acabé en internet. Hay días que me paso una hora buscando el vídeo perfecto: dos tíos peludos follando en una playa, o uno más mayor comiéndole el culo a un chaval. Me corro y luego miro el techo y pienso “¿qué coño me pasa?”. Con Laura es… correcto. La quiero. Pero cuando la follo, a veces cierro los ojos e imagino que es un tío. Y eso me destroza.
Berto soltó una risa amarga.
—Somos dos idiotas casados que se pajean con el mismo tipo de vídeos. ¿Tú también te has corrido pensando en el otro después de las rocas?
—Tres veces al día, mínimo. Ayer me corrí en la ducha imaginando que te la metía otra vez y que te corrías en mi boca. Casi me oye Laura.
Los dos se rieron bajito. El alivio era físico. Como si se les hubiera quitado un peso de veinte kilos del pecho.
—No soy feliz —dijo Berto, más serio—. Quiero a Carmen. No quiero hacerle daño. Pero cada día que pasa me siento más falso. Como si estuviera viviendo la vida de otra persona. Tú…
—Igual. Laura es buena. Es mi mejor amiga, casi. Pero cuando me abraza por la noche, a veces me dan ganas de llorar porque sé que no es lo que necesito. Y lo de las rocas… joder, Berto. Fue la primera vez que me sentí… completo. Como si por fin estuviera follando de verdad.
Se miraron. El aire entre ellos había cambiado. Ya no era solo calentura. Era reconocimiento.
—¿Y ahora qué? —preguntó Isaacs.
Berto se encogió de hombros, pero sonrió.
—Ahora te invito a una cerveza en mi coche. Está aparcado a dos calles. Y si después de hablar más todavía nos apetece, pues… ya veremos.
El coche de Berto era un SUV oscuro, aparcado en una zona de sombra al final de un callejón sin salida. Entraron. Berto cerró las puertas. El aire acondicionado estaba apagado y dentro olía a cuero y a él.
Se miraron un segundo y se lanzaron. El primer beso fue hambre pura. Lenguas, dientes, manos en el pelo. Isaacs se subió a horcajadas sobre Berto en el asiento del copiloto. Se frotaban las entrepiernas a través de la ropa, duros como piedras.
—Espera —jadeó Berto—. Sigue hablando. Quiero oírte mientras te la chupo.
Isaacs se rió contra su boca.
—Eres un cabrón.
Berto le bajó la cremallera, sacó la polla de Isaacs y se la metió en la boca sin más preámbulos. Isaacs se echó hacia atrás, la cabeza contra el techo del coche, y habló entre gemidos:
—Me corro viendo tíos que se follan sin condón… me gusta ver cómo les sale el semen del culo… joder, Berto, más profundo… también me gusta cuando uno le come el culo al otro mientras le masturba… hostia, sí, así…
Berto se la chupaba con ganas, babas cayéndole por la barbilla, una mano en los huevos de Isaacs. Cuando Isaacs estaba a punto de correrse, se separó.
—Tu turno. Cuéntame.
Isaacs se arrodilló como pudo entre los asientos y le sacó la polla a Berto. Era más gruesa que la suya, exactamente como la recordaba. La lamió de arriba abajo mientras hablaba:
—Yo me pajeo con tríos. Dos tíos follando a un tercero… o uno que se la mete al otro mientras este le chupa a un tercero… me gusta el sonido… el chapoteo… joder, Berto, me encanta cómo te sabe… y a veces imagino que soy yo el del medio…
Berto le agarró la cabeza y le guió el ritmo.
—Trágatela toda… eso es… qué bueno eres…
Isaacs se atragantó un poco, tosió, se rió y volvió a meterla. Berto se corrió sin avisar, llenándole la boca. Isaacs se lo tragó casi todo, se limpió los labios con el dorso de la mano y se subió otra vez a besarlo, pasándole el sabor.
—Ahora te follo —dijo Isaacs—. Aquí mismo.
Berto se rió.
—En el coche? Eres un animal.
—Tú también.
Se recolocaron como pudieron. Berto se bajó los vaqueros hasta los tobillos y se arrodilló en el asiento trasero, el culo en alto. Isaacs le escupió en el agujero, le metió dos dedos, luego tres, y cuando Berto dijo “ya”, se la metió de un embiste. Los dos gemeron a la vez.
Isaacs le folló con fuerza, las manos agarrándole las caderas, el sonido de piel contra piel llenando el coche. Berto se masturbaba al mismo tiempo, la frente apoyada en el asiento.
—Más fuerte… joder, Isaacs… así… cuéntame más mierda mientras me follas…
Isaacs hablaba entre embestidas:
—Anoche me corrí viendo un vídeo de dos tíos en una sauna… uno le comía el culo al otro… y me imaginé que eras tú… que me tenías así… abierto… hostia, Berto, qué estrecho estás…
Berto se corrió primero, chorros que mancharon el asiento. Isaacs le siguió segundos después, enterrándose hasta el fondo y llenándolo. Se quedaron quietos, respirando agitados, el semen de Isaacs empezando a gotear por el muslo de Berto.
Se limpiaron con unas toallitas que Berto tenía en la guantera (las usaba para el sudor del gimnasio, ahora tenían otro uso). Se vistieron a medias y se quedaron sentados en el asiento trasero, hombro con hombro, todavía con el olor a sexo en el aire.
—No puedo seguir así —dijo Berto, de repente serio—. Con Carmen. No es justo. Ni para ella ni para mí.
—Yo tampoco. Con Laura. La quiero, pero no de esa forma. Y esto… esto es real.
Se miraron. Isaacs tomó la mano de Berto.
—¿Y si… lo intentamos? De verdad. Dejamos a las dos. Con cuidado, sin hacer daño de más. Y nos quedamos juntos. Tú y yo. A ver qué pasa.
Berto se rió, pero tenía los ojos húmedos.
—Eres un romántico de mierda. Y sí. Quiero. Quiero follarte todos los días. Quiero despertarme contigo. Quiero que me cuentes qué porno has visto mientras te la chupo. Quiero todo.
Se besaron otra vez, más despacio. Luego Isaacs se bajó otra vez entre las piernas de Berto y se la chupó hasta que se puso dura de nuevo. Berto le devolvió el favor. Se follaron otra vez, esta vez cara a cara, Berto sentado sobre Isaacs, subiendo y bajando lentamente, mirándose a los ojos, riéndose cada vez que alguno gemía demasiado alto.
Cuando se corrieron por tercera vez (Isaacs dentro de Berto otra vez, Berto sobre el pecho de Isaacs), se quedaron abrazados en el estrecho espacio del coche, sudorosos, felices y un poco asustados.
—Mañana empiezo a hablar con Carmen —dijo Berto contra el cuello de Isaacs—. Tú con Laura.
—Hecho.
Salieron del coche cuando ya era de noche. Se dieron un último beso largo bajo la farola.
—Te quiero, tío —dijo Isaacs, medio en broma, medio no.
Berto le dio una palmada en el culo.
—Yo también, cabrón. Y la próxima vez te follo yo a ti hasta que no puedas caminar.
Se separaron riendo. Cada uno se fue a su casa con el sabor del otro todavía en la boca y la certeza de que, por primera vez en años, estaban dejando de mentirse.
Esa noche, Berto se masturbó pensando en Isaacs y, por primera vez, no se sintió culpable después. Isaacs hizo lo mismo. Y los dos se durmieron con una sonrisa idiota en la cara.
Habían hablado. Se habían follado. Y habían decidido quedarse.
Para siempre empezaba mañana.









