16.8.26

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REllAtO. sIN tocARse



El sofá azul ocupaba casi todo el espacio frente a las estanterías. Libros apilados sin orden, discos de David Bowie, una figura negra de un dios antiguo, latas vacías de cerveza y el olor a madera y a ropa usada. La luz era baja, cálida, de una lámpara de pie que dejaba sombras largas sobre los cuerpos.

Leo y Adrián llevaban tres años con la misma regla no escrita.

Se desnudaban de cintura para abajo en cuanto entraban en aquella habitación. Camisetas puestas, calcetines a veces puestos, a veces no. Pollas al aire. Piernas abiertas. Y nunca, bajo ninguna circunstancia, se tocaban el uno al otro.

Esa noche no fue distinta.

Habían vuelto de un bar cercano. La conversación había empezado en la calle, borrosa por la cerveza, y se había vuelto más clara al cerrar la puerta. Leo se quitó los vaqueros de un tirón y los dejó caer sobre la chaqueta vaquera que ya estaba en el respaldo. Se quedó en camiseta blanca y gorra negra Nike. Adrián hizo lo mismo: pantalones al suelo, camiseta blanca con la etiqueta naranja de “APT 1205” todavía pegada, barba espesa, piernas abiertas sobre el sofá. Ambos velludos, ambos semiduros solo por el hecho de estar así, expuestos el uno frente al otro.

Leo se sentó primero. Levantó una pierna, apoyó el tobillo sobre el muslo contrario y se quedó mirando su propia polla, que pesaba contra el vientre. Luego agarró el calcetín negro que se había quitado al entrar y se lo llevó a la nariz.

Adrián lo observó en silencio un momento.

—Otra vez el calcetín —dijo con voz baja, casi cariñosa—. ¿Es el de hoy o el de ayer?

—El de ayer —respondió Leo sin apartar la tela de la cara—. Lo dejé en la mochila a propósito. Huele más fuerte.

Inspiró hondo. El olor era denso: sal, tela gastada, el leve rastro de su propio pie después de un día entero. Se le endureció del todo. La polla se levantó, gruesa, velluda, la cabeza ya brillante. Con la mano libre empezó a acariciarse despacio, solo el glande al principio, el pulgar pasando una y otra vez por el frenillo.

Adrián no apartó la mirada. Se acomodó mejor, una pierna flexionada sobre el sofá, la otra extendida. Su propia polla ya estaba dura, más larga que la de Leo, curva ligeramente hacia la izquierda, los testículos pesados y cubiertos de vello oscuro. Se tocó el muslo primero, luego subió y se envolvió la verga con los dedos, sin prisa.

—Me gusta verte así —dijo Adrián—. Con la gorra puesta, oliendo tu propio calcetín y tocándote. Pareces… privado. Como si yo no estuviera, aunque sepas que te estoy mirando.

Leo soltó una risa corta contra la tela.

—Porque no estás. No del todo. Estás ahí, pero no me tocas. Esa es la gracia.

Guardaron silencio unos segundos. Solo se oía el roce húmedo de las manos sobre la piel y la respiración de Leo contra el calcetín.

Adrián habló primero, la voz más grave:
—A veces pienso en lo fácil que sería romper la regla. Estirar la mano y agarrarte la polla. O ponerte de rodillas y metértela en la boca. O simplemente apoyar la frente en tu hombro mientras te corres. Pero cada vez que lo imagino… se me baja un poco. Como si el deseo se diluyera en cuanto hay contacto.

Leo asintió, todavía con el calcetín en la nariz. Ahora lo tenía medio dentro de la boca, chupando la punta, la lengua rozando la tela húmeda de saliva y del olor viejo.

—Yo también. El día que casi lo hicimos, en el viaje a Barcelona, me corrí más rápido solo de pensar que ibas a tocarme. Y después me sentí… vacío. Como si hubiera perdido algo. Prefiero esto. Prefería quedarme con las ganas de tocarte y follarme la mano mirándote.

Adrián aceleró un poco el ritmo de su mano. El sonido se volvió más húmedo, más obsceno. Pre-semen le brillaba entre los dedos.

—Cuéntame qué sientes ahora —pidió—. Exactamente. Sin suavizarlo.

Leo cerró los ojos un momento. Inspiró otra vez el calcetín y habló con la voz pastosa:
—Siento el olor entrando por la nariz y bajándome directo a la polla. Es mi olor, pero convertido en algo sucio. Me gusta que sea mío y que tú lo sepas. Me gusta que me veas chupar el calcetín como si fuera una polla. Me gusta que mi mano esté llena de mi propia verga y que la tuya esté llena de la tuya, y que no se crucen. Estoy duro hasta que duele un poco. Los huevos me pesan. Cada vez que aprieto la cabeza siento que se me va a escapar el semen, pero lo freno. Quiero alargarlo. Quiero que me veas al borde durante rato.

Adrián tragó saliva. Su mano no se detuvo.

—Yo estoy pensando en tu boca alrededor de ese calcetín. En cómo se te hunden las mejillas. En el vello de tu ingle, más oscuro que el de las piernas. En cómo se te levanta la camiseta un poco y se te ve la línea del vientre. Estoy imaginando que ese calcetín es mi pie. Que me estás chupando los dedos mientras yo me toco. Y que nunca voy a acercar el pie de verdad, porque si lo hiciera se rompería todo.

Leo abrió los ojos y lo miró. La gorra le hacía sombra en la frente, pero la mirada era directa, sincera.

—¿Te da miedo que se rompa?

—Sí —admitió Adrián sin dudar—. Me da miedo que si un día nos tocamos, esto deje de ser sagrado. Que se convierta en sexo normal. Y el sexo normal… ya lo he tenido. Con otras personas. Esto no. Esto es solo nuestro. Dos tíos que se desnudan, se miran, se hablan y se corren sin cruzar la línea. Es absurdo y es lo más íntimo que he sentido nunca.

Leo se pasó el calcetín por los labios, lento, y luego lo volvió a oler.

—A mí también me da miedo. A veces me despierto de madrugada con la polla dura y pienso en llamarte y decirte que vengas, que esta vez sí, que te folle o que me folles. Y después me toco solo, oliendo otro calcetín, y se me pasa. Porque sé que si lo hiciéramos perderíamos esto. La costumbre. La espera. El hecho de que cada gota de semen que se me sale es solo mía, y cada una de las tuyas es solo tuya, pero las estamos compartiendo con la mirada.

Adrián bajó la mirada a la polla de Leo. La observó con detenimiento, casi clínico y al mismo tiempo hambriento.

—Estás goteando. Se te está formando un hilo. Me gusta. Me gusta ver cómo se te pone más roja la cabeza cuando aprietas. Cuéntame qué harías si yo no estuviera aquí. Si estuvieras solo.

Leo sonrió contra el calcetín.

—Me pondría de rodillas en el suelo, frente al espejo del pasillo. Me metería los dos calcetines en la boca a la vez y me follaría la mano mirándome. Me insultaría en voz alta. Me diría puta, cerdo, que solo sirvo para oler mierda de pies y correrme solo. Y cuando estuviera a punto, me pararía. Me quedaría jadeando, con la polla palpitando, hasta que se me bajara un poco. Y luego otra vez. Hasta que no pudiera más y me corriera en el suelo, de rodillas, con los calcetines todavía en la boca.

Adrián soltó un gemido bajo. Su mano se movía más rápido ahora, el sonido obsceno llenando el espacio entre ellos.

—Joder, Leo…

—Ahora tú —pidió Leo—. Dime qué estás sintiendo. Sin filtro.

Adrián respiró hondo. La voz le salió más rota:
—Siento el peso de mi polla en la mano. Está caliente. El vello se me pega un poco por el sudor. Cada vez que subo hasta la cabeza siento un cosquilleo que me sube por la columna. Estoy mirando tu boca y el calcetín y se me hace agua la boca. Quiero oler ese mismo calcetín. Quiero que me lo pases sin que nuestras manos se toquen. Que lo dejes en el cojín y yo lo coja. Quiero olerte a ti a través de la tela mientras me toco. Y quiero decirte cosas que nunca le he dicho a nadie.

Leo asintió y, con cuidado, dejó el calcetín negro sobre el cojín que había entre ellos. No lo lanzó. Lo colocó. Adrián lo cogió sin que los dedos se rozaran.

Se lo llevó a la nariz. Inspiró.

—Huele a ti —murmuró—. A tu pie, a tu día, a tu verga aunque no haya estado cerca. Me gusta. Me gusta que sea tuyo y que ahora esté en mi cara mientras me toco.

Siguió oliéndolo, a veces rozándolo con los labios, a veces metiendo un poco de tela en la boca. Su mano no paraba. Pre-semen le resbalaba por los dedos hasta el vello de la ingle.

Leo lo miraba sin pestañear, masturbándose al mismo ritmo, más lento, más deliberado.

—Dime las cosas que nunca le has dicho a nadie —pidió.

Adrián tragó. La voz le tembló un poco:
—Que a veces me corro pensando solo en tu olor. No en tu polla, no en tu culo, no en tu boca. Solo en el olor de tu cuerpo después de un día largo. Que me gusta más verte tocarte que cualquier porno. Que cuando estamos así, desnudos de cintura para abajo, hablando, siento que eres la persona más cercana que he tenido nunca… precisamente porque no te toco. Que tengo miedo de enamorarme de verdad de esto y que un día tú quieras romper la regla y yo no pueda seguirte. Que me gusta ser tu testigo. Que me gusta que me uses con la mirada mientras te corres.

Leo se quedó callado unos segundos. Su mano se había detenido en la base de la polla, apretando para no correrme todavía.

—Yo también tengo miedo —dijo al fin—. Miedo de que esto sea lo más intenso que voy a sentir nunca y de que el día que nos toquemos se acabe. Miedo de que te canses de solo mirar. Miedo de que un día llegue alguien que sí te toque y que yo me quede aquí, solo, oliendo calcetines y recordando cómo se te ponía la polla cuando me mirabas.

Adrián sacó el calcetín de la boca y lo volvió a oler.

—No me voy a cansar. No mientras tú sigas queriéndolo así. Y si algún día llega alguien… que llegue. Pero esto… esto se queda entre nosotros. Aunque ya no lo hagamos. Aunque solo sea un recuerdo. Preferiría perder el sexo normal que perder esto.

Leo asintió. Reanudó el movimiento de la mano, más rápido ahora. El glande se le veía hinchado, brillante, a punto.

—Me voy a correr —avisó con voz tensa—. Quiero que me mires. Quiero que veas cómo se me sale. No digas nada. Solo míra.

Adrián no dijo nada. Se quedó con el calcetín pegado a la nariz, la mano moviéndose al mismo ritmo frenético, los ojos fijos en la polla de Leo.

Leo se corrió primero. El semen salió en chorros espesos, salpicando su propia camiseta, el vello del vientre, los dedos. Algunos hilos cayeron sobre el sofá azul. Gritó bajo, la boca abierta, la gorra torcida. La polla le palpitaba en la mano mientras seguía ordeñándola, sacando las últimas gotas.

Adrián lo siguió segundos después. Se corrió con un gemido largo, el calcetín todavía en la cara, el semen cayéndole sobre el muslo y el cojín. La mano no se detuvo hasta que ya no salió nada más. Se quedó jadeando, la cabeza echada hacia atrás, el cuello tenso.

El silencio que siguió fue denso, íntimo. Solo respiraciones y el olor a sexo fresco mezclado con el olor del calcetín.

Leo habló primero, la voz ronca:
—No te acerques.

—No me acerco —respondió Adrián.

Se quedaron así varios minutos. Cada uno mirando el semen del otro, las pollas que se iban ablandando, las camisetas manchadas, las piernas abiertas.

Al final Adrián dejó el calcetín otra vez en el cojín, en el mismo sitio.

—¿Lo guardamos para la próxima? —preguntó.

Leo sonrió, cansado, sincero.

—Sí. Para la próxima. Y la siguiente. Y todas las que hagan falta.

Ninguno se movió para vestirse. Se quedaron desnudos de cintura para abajo, hablando en voz baja sobre el miedo, sobre el deseo, sobre por qué el no tocarse se había convertido en la forma más profunda de tocarse que conocían. Cada cierto tiempo una mano volvía a la propia polla, suave, solo para sentirla, solo para recordar que seguía ahí, dura o blanda, pero siempre vista por el otro.

La noche avanzó. Las estanterías vigilaban en silencio. El sofá azul absorbió el calor de dos cuerpos que se deseaban con una intensidad que no necesitaba contacto para ser real.

Y cuando por fin se levantaron, mucho más tarde, se vistieron sin mirarse las caras demasiado de cerca. Se despidieron en la puerta con un gesto de cabeza.

—Hasta la próxima —dijo Leo.

—Hasta la próxima —respondió Adrián.

Ambos sabían que la próxima sería igual: camisetas puestas, pantalones en el suelo, calcetines en la cara, manos en las propias vergas, palabras honestas y ninguna caricia compartida.
Y ambos sabían que, de algún modo extraño y perfecto, eso era exactamente lo que querían.



UN TIEMPO MAS TARDE

El sol se estaba muriendo detrás de las dunas. La luz era de ese color naranja sucio que solo existe al final del día, cuando el calor todavía pega en la piel pero ya no quema. La playa nudista estaba casi vacía. Solo quedaban las huellas de quienes se habían ido y el sonido lejano de las olas que llegaban perezosas.

Leo y Adrián llevaban más de una hora allí.

Habían llegado cuando todavía había gente. Se habían desnudado sin prisas, como siempre: primero la ropa de arriba, después la de abajo, todo doblado sobre la toalla grande de color azul oscuro. Ninguno llevaba calcetines. Los pies descalzos se hundían en la arena todavía caliente. Se sentaron con las piernas abiertas, las pollas al aire, y empezaron a hablar en voz baja mientras el resto de bañistas se iba marchando uno a uno.

Cuando el último grupo recogió sus cosas y desapareció detrás de las dunas, el silencio se volvió casi completo.

—Creo que estamos solos —dijo Leo.

Adrián miró a izquierda y derecha. Solo arena, mar y el cielo que se iba poniendo violeta.

—Sí. Por fin.

Se quedaron un rato sin hablar. Leo tenía la polla semidura solo por el hecho de estar desnudo y saber que Adrián lo miraba. Adrián estaba igual: la verga pesada sobre el muslo, el vello de la ingle todavía con granos de arena. Ninguno se tocaba todavía. Esa era otra de las reglas no escritas cuando estaban al aire libre: esperar. Dejar que el deseo se acumulara.

Leo habló primero, la voz baja:
—A veces pienso que esto es más intenso aquí que en el sofá. Allí hay paredes. Aquí cualquiera podría aparecer. Y aun así seguimos sin tocarnos.

Adrián asintió. Se pasó una mano por la barba, quitándose un poco de arena.

—Porque el riesgo lo hace más nuestro. Si alguien nos viera y no entendiera las reglas, se asustaría o se excitaría de la forma incorrecta. Pero nosotros sabemos exactamente qué estamos haciendo.

Leo se recostó sobre los codos. La polla se le levantó un poco más con el movimiento.

—Empieza tú hoy —pidió—. Cuéntame qué sientes ahora mismo, con el viento en la piel y la certeza de que nadie nos mira… o eso creemos.

Adrián respiró hondo. El aire olía a sal y a algas.

—Siento la arena pegada en los huevos. Me gusta. Me gusta que sea incómoda. Siento cómo se me endurece la polla solo de saber que tú estás igual de expuesto. Estoy pensando en tu olor. Aunque aquí no hay calcetines, sigo oliéndote. El sudor de tu ingle, el de tus pies después de caminar por la arena caliente. Me estoy imaginando que me pasas un calcetín invisible y que me lo pongo en la cara mientras me toco. Y me estoy conteniendo para no agarrarme la verga todavía, porque quiero que el deseo me duela un poco más.

Leo sonrió, lento.

—Me gusta cuando te duele. A mí también me está doliendo. Tengo la polla tan dura que se me levanta sola cada vez que el viento me roza. Estoy mirando la tuya y se me hace la boca agua, pero no voy a acercarme. Nunca. Prefiero quedarme con las ganas y correrme solo, sabiendo que tú haces exactamente lo mismo.

Se quedaron en silencio otro rato. El sol bajaba. Las sombras de las dunas se alargaban. Entonces Leo vio el movimiento.

Al principio pensó que era un perro o una figura lejana. Pero la figura se acercaba caminando por la orilla, desnuda, con una toalla enrollada bajo el brazo. Un hombre. Más alto que ellos dos, cuerpo trabajado pero no exagerado, barba corta, pelo oscuro mojado por el mar. Debía de haber estado nadando más lejos y ahora regresaba.

Leo y Adrián se miraron.

—Mierda —susurró Adrián.

—Quédate quieto —respondió Leo—. A ver qué hace.

El hombre se detuvo a unos quince metros. Los miró. Vio las toallas, los cuerpos desnudos, las pollas ya claramente duras. No apartó la vista. Tampoco se cubrió. Se quedó de pie, la toalla todavía bajo el brazo, y después de unos segundos levantó una mano en un saludo breve, casi tímido.

Leo respondió con un gesto de cabeza.

El hombre se acercó más. Se detuvo a unos cinco metros.

—Perdonad —dijo con voz grave, tranquila—. Creía que la playa estaba vacía. Puedo irme si queréis estar solos.

Adrián miró a Leo. Leo miró al desconocido. La polla del hombre estaba en reposo, pero no del todo: se notaba el peso, el interés contenido.

Leo habló:
—No hace falta que te vayas. Pero tenemos reglas.

El hombre inclinó la cabeza, curioso.

—¿Qué tipo de reglas?

—Nosotros no nos tocamos —explicó Leo con claridad—. Nunca. Nos desnudamos, nos miramos, hablamos, nos tocamos a nosotros mismos si queremos… pero no cruzamos la línea. No hay contacto físico entre nosotros. Si te quedas, tienes que aceptar lo mismo. Puedes mirar. Puedes tocarte. Puedes hablar. Pero no nos tocas y nosotros no te tocamos.

El hombre se quedó en silencio unos segundos. Después sonrió, una sonrisa pequeña, sincera.

—De acuerdo. Me parece… interesante. Me quedo.

Se extendió la toalla a una distancia prudente, unos tres metros, formando un triángulo imperfecto con las de ellos. Se sentó. Tenía la polla más gruesa que la de Adrián, un poco más corta que la de Leo, y el vello del pubis era denso y oscuro. Se quedó con las piernas semiabiertas, sin tocarse todavía.

—Me llamo Marcos —dijo.

—Leo.

—Adrián.

Hubo un silencio cargado. El viento traía el sonido de las olas.

Marcos habló primero:
—Llevo años viniendo a esta playa. Nunca me había encontrado con alguien que tuviera reglas tan claras. ¿Por qué lo hacéis así?

Adrián respondió, la voz tranquila pero profunda:
—Porque el deseo se vuelve más limpio. Cuando te tocas a ti mismo mientras alguien te mira y te habla, no hay confusión. No hay “¿qué significa esto?”. Solo hay el cuerpo, la mirada y las palabras. Nosotros dos llevamos años así. Empezó casi sin querer y se convirtió en lo más íntimo que tenemos.

Leo añadió:
—Y porque nos da miedo que si un día nos tocamos, se rompa. Preferimos quedarnos siempre al borde. El borde es más ancho de lo que la gente cree.

Marcos asintió despacio. Su polla había empezado a endurecerse solo de escucharlos.

—Entiendo el miedo. Yo… he tenido sexo con mucha gente. Buenos, malos, intensos. Pero nunca me he quedado solo mirando y tocándome mientras otro hacía lo mismo. Siempre había manos cruzadas, bocas, penetración. Esto es… nuevo.

Se quedó callado un momento y después preguntó:
—¿Puedo empezar a tocarme?

Leo sonrió.

—Claro. Nosotros también.

Los tres se tocaron al mismo tiempo, casi como si se hubieran puesto de acuerdo. Leo se envolvió la polla con la mano derecha, lento, de base a cabeza. Adrián hizo lo mismo, el pulgar pasando por el glande ya húmedo. Marcos los imitó, la mano grande rodeando su verga gruesa, el ritmo pausado.

El sonido de tres manos masturbándose se mezcló con el de las olas.
Marcos habló mientras se tocaba:
—Contadme más. ¿Qué sentís ahora mismo, conmigo aquí?

Leo inspiró el aire salado.

—Siento que el riesgo aumentó. Antes éramos dos. Ahora somos tres y la regla sigue en pie. Eso me pone más duro. Estoy mirando tu polla y la de Adrián y se me hace imposible decidir cuál me gusta más ver. Me gusta que las tres estén al aire, que las tres se estén tocando sin tocarse entre ellas. Estoy pensando en el olor que tendrían vuestros pies si hubiéramos caminado más. En cómo olería tu sudor si te acercaras lo suficiente… pero no te vas a acercar.

Adrián tomó la palabra, la voz un poco más rota:
—Yo siento envidia y alivio a la vez. Envidia porque me gustaría oleros a los dos. Alivio porque sé que no va a pasar. Me estoy tocando más despacio de lo que quiero porque quiero escucharos. Me gusta tu voz, Marcos. Me gusta cómo miras sin pedir permiso para tocar. Estoy goteando. Se me está resbalando el pre-semen por los dedos y se me pega la arena. Duele un poco. Me gusta que duela.
Marcos cerró los ojos un segundo y los abrió de nuevo.

—Yo siento que estoy en un territorio que no conocía. Mi polla está tan dura que me duele el bajo vientre. Estoy mirando cómo se os mueve la mano a cada uno y se me hace la boca agua. Quiero deciros cosas sinceras. ¿Puedo?

—Por eso estamos aquí —dijo Leo.

Marcos tragó saliva. La mano no se detuvo.

—Llevo meses sin follar. No porque no pueda, sino porque me aburrí. Todo se parecía. Entrar, salir, correrse, vestirse. Esta tarde estaba nadando y pensé en volver a casa y tocarme solo otra vez. Entonces os vi. Dos tíos desnudos, duros, hablando en voz baja como si estuvieran en una iglesia. Y cuando me dijisteis las reglas… se me puso la piel de gallina. Nunca nadie me había pedido que no tocara. Siempre es al revés. “Tócame, fóllame, chúpame”. Vosotros me pedís que me quede a este lado de la línea. Y eso me está volviendo loco de una forma que no esperaba.

Se quedó callado un momento y añadió, más bajo:
—Me gusta vuestro olor desde aquí. El de la arena, el del sudor, el del sexo que todavía no ha salido. Me gusta imaginarme que uno de vosotros me pasa un calcetín usado y me lo dejo en la cara mientras me corro. Pero no vais a hacerlo. Y está bien. Prefiero la imaginación ahora mismo.

Leo aceleró un poco el ritmo de su mano. El glande se le veía hinchado, brillante.

—Puedes imaginar lo que quieras. Nosotros lo hacemos todo el tiempo. A veces nos pasamos horas describiéndonos fantasías que nunca vamos a cumplir. Es más seguro. Y más intenso.

Adrián miró a Marcos directamente.

—¿Qué es lo más sucio que estás imaginando ahora mismo mientras nos miras?

Marcos no dudó:
—Que los tres nos corremos al mismo tiempo y que el semen cae en la arena y se mezcla. Que después nos quedamos sentados, mirando los charcos, hablando de cómo se sintió, sin limpiarnos. Que el viento se lleva el olor y que alguien, muy lejos, lo nota sin saber de dónde viene. Que mañana vuelvo a esta misma playa solo y me toco recordando vuestras caras cuando os corríais. Y que nunca os busco. Que esto se queda en una sola tarde.

Leo soltó un sonido bajo, casi un gemido.

—Eso último… me gusta. Que no nos busques. Que se quede aquí.
Adrián asintió, la mano moviéndose más rápido ahora.

—Yo estoy cerca. Llevo rato aguantando. Quiero que me miréis los dos cuando me corra. Quiero que veáis exactamente cómo se me sale.

—Yo también estoy cerca —dijo Marcos—. La voz de Adrián cuando dice “duele un poco” me ha puesto al borde.

Leo miró a uno y a otro.

—Entonces vamos a hacerlo despacio. Nadie se corre todavía. Contadme una cosa cada uno. Algo que nunca le habéis dicho a nadie. Algo verdadero.

Hubo un silencio largo. Solo las manos y el mar.

Adrián habló primero:
—Nunca le he dicho a nadie que a veces me asusta lo mucho que necesito esto. Que hay noches en las que me masturbo pensando solo en la regla, no en el cuerpo de Leo. En la línea que no cruzamos. Y que si un día Leo me pidiera que lo tocara, no sé si podría. Porque tengo miedo de descubrir que el deseo se me acaba en el mismo segundo en que la piel toca la piel.

Leo respiró hondo. Su mano se había detenido en la base, apretando fuerte para no correrme.

—Yo nunca le he dicho a nadie que a veces deseo que alguien nos vea y no entienda nada. Que se quede confuso. Que se vaya pensando que somos raros o fríos. Porque esa confusión de los demás me hace sentir que lo nuestro es más nuestro. Y también… que a veces me imagino tocando a Adrián. No follándolo. Solo apoyando la frente en su hombro mientras se corre. Y esa imagen me asusta más que cualquier otra, porque es tierna. Y lo tierno es más peligroso que lo sexual.

Marcos los miró a los dos. La voz le salió ronca:
—Yo nunca le he dicho a nadie que después de follar siempre me siento un poco solo. Aunque la otra persona se quede a dormir. Aunque diga que ha sido increíble. Hay un segundo, justo después de correrme, en el que siento que he perdido algo. Esta tarde, desde que me senté aquí, ese segundo no ha aparecido. Estoy tocando mi propia polla, mirándoos, escuchándoos, y no siento que vaya a perder nada cuando me corra. Siento que voy a ganar un recuerdo que nadie más tiene. Y eso… eso es nuevo para mí.

Los tres se quedaron en silencio. Las manos volvieron a moverse, más rápidas, más urgentes.

Leo fue el primero en avisar:
—Me voy a correr. Miradme.

Adrián y Marcos fijaron la vista en él. Leo se masturbó con fuerza, la espalda arqueada, los pies clavados en la arena. El semen salió en chorros espesos, salpicando su propio vientre, el vello, la arena entre sus piernas. Gritó bajo, un sonido que se perdió en el viento. La polla le palpitaba en la mano mientras seguía sacando las últimas gotas.

Adrián lo siguió casi de inmediato. Se corrió mirando a Leo y a Marcos a la vez, la boca abierta, un gemido largo y roto. El semen le cayó sobre el muslo y se mezcló con la arena. La mano no se detuvo hasta que ya no quedó nada.

Marcos fue el último. Los miró a los dos, vio los charcos de semen en la arena, olió el aire cargado, y se dejó ir. Se corrió con un sonido grave, casi un gruñido, el semen cayendo pesado sobre su vientre y la toalla. La mano siguió moviéndose despacio, ordeñando hasta el final.

El silencio que siguió fue distinto. Más denso. Más compartido.

Los tres se quedaron sentados, respirando, mirando el semen que se filtraba en la arena.

Marcos habló primero, la voz cansada pero clara:
—Gracias por dejarme quedarme. Por las reglas. Por las palabras.

Leo asintió.

—Gracias a ti por aceptarlas.

Adrián se pasó una mano por la cara, quitándose sudor y arena.

—¿Te vas a ir ahora?

Marcos miró el horizonte. El sol ya se había escondido. Solo quedaba un resplandor violeta.

—Sí. Preferiría irme antes de que se haga del todo de noche. Y preferiría no intercambiar números. Que esto se quede exactamente como es.

Leo sonrió, pequeña, sincera.

—Eso también forma parte de las reglas. Aunque no lo habíamos dicho.

Marcos se levantó. Se limpió el semen con la toalla lo mejor que pudo, se la enrolló otra vez bajo el brazo y los miró una última vez.

—Que sigáis teniendo esto —dijo—. Es raro. Y es valioso.

Se dio la vuelta y se alejó por la orilla, desnudo, hasta que su figura se perdió entre las dunas.

Leo y Adrián se quedaron solos otra vez.

Durante un rato no hablaron. Solo miraron el mar y las manchas oscuras en la arena.

Al final Adrián dijo, casi en un susurro:
—Ha sido distinto.

—Sí —respondió Leo—. Pero la regla sigue intacta.

—¿Crees que volverá algún día?

—No lo sé. Y preferiría no saberlo.

Se quedaron un poco más, hasta que el frío empezó a subir desde el agua. Entonces se levantaron, se sacudieron la arena, se vistieron en silencio y recogieron las toallas.

Mientras caminaban de vuelta hacia el aparcamiento, Leo habló:
—¿Sigues teniendo miedo de que un día nos toquemos?

Adrián tardó unos segundos en responder.

—Más que antes. Porque ahora sé que la regla puede resistir incluso a un tercero. Y eso la hace más fuerte. Y más frágil a la vez.

Leo asintió.

—Entonces seguimos igual.

—Seguimos igual.

Caminaron el resto del camino sin tocarse. Sin rozarse ni siquiera los hombros. Solo dos cuerpos que se habían corrido juntos sin haberse tocado nunca, y que ya llevaban dentro el recuerdo de un tercero que había aceptado mirar desde el mismo lado de la línea.

La noche cerró del todo cuando llegaron al coche. Y la regla, como siempre, se quedó intacta.




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