25.10.26

RelATo. 1984

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REpoSANDo

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reLAto. El SotANO




El sótano de la casa de Leo olía a madera vieja, metal caliente y un leve rastro de colonia barata. Las paredes rosa desvaído y los espejos grandes multiplicaban cada cuerpo. Habían quedado, como casi todas las semanas, para entrenar. Mancuernas, barras, esterillas, toallas… el mismo ritual de siempre. Solo que esta noche algo había cambiado.

Desde hacía más de un año se reunían allí. Leo, el dueño de la casa, abría la puerta del sótano, ponía música baja y los cuatro bajaban las escaleras con la ropa de deporte ya puesta. Hacían press de banca, sentadillas, remo, abdominales, se reían, se empujaban, se secaban el sudor con la misma toalla a veces. Después subían, se duchaban por turnos o juntos si había prisa, y se iban. Nunca habían entrenado desnudos. Nunca se habían quedado mirando demasiado tiempo.

Hasta esta noche.

Todo empezó de forma casi accidental. Habían terminado la última serie de peso muerto. Leo se quitó la camiseta empapada y la tiró a un lado. Nico, el de espalda ancha y culo redondo, hizo lo mismo. Marco se rió y se sacó también la suya. Dani, el más delgado, se quedó mirándolos un segundo y terminó imitando el gesto. Entonces Leo, todavía con la respiración agitada, se bajó los pantalones cortos y los calzoncillos de un solo movimiento y los dejó caer al suelo.

Se quedó de pie, completamente desnudo, la polla gruesa y pesada entre las piernas, el tatuaje del bíceps brillando de sudor. Miró a los otros tres con esa sonrisa fácil que siempre usaba cuando estaba a gusto.

—¿Y si esta vez lo hacemos así? —dijo, como quien propone cambiar el orden de los ejercicios—. Primera vez. Nadie más va a bajar. Si os da vergüenza, nos vestimos y punto.

Hubo un silencio de tres segundos.

Luego Nico se bajó los pantalones y se quedó igual de desnudo, de espaldas primero, mostrando el culo redondo mientras se inclinaba a recoger la ropa, y después de frente, con la polla ya semi-erecta. Marco se quitó lo que le quedaba sin decir nada, solo con una sonrisa tranquila. Dani fue el último, pero no dudó. En menos de un minuto los cuatro estaban completamente desnudos en el sótano donde tantas veces habían entrenado con ropa.

Leo se pasó una mano por el pecho, todavía sudado.

—Joder… se siente raro. Y bien.

Nico se acercó un paso y le dio un suave empujón con el hombro.

—Raro y bien. Llevo un año mirándote el paquete por el rabillo del ojo y ahora lo tengo delante. No sé qué hacer primero.

Marco soltó una risa baja y se pasó la mano por el pecho velludo, rozando un pezón que ya se había endurecido.

—Yo tampoco. Especialmente cuando Nico se inclinaba a recoger las pesas. Ese culo… y ahora está aquí, sin nada encima.

Dani se acercó por el otro lado y dejó que su hombro rozara el de Marco.

—Y yo no me he perdido ni una. Los tres tenéis unos cuerpos que dan ganas de tocar. Y esta es la primera vez que puedo hacerlo sin fingir que estoy mirando el espejo.

Los cuatro se rieron, un sonido suave que rebotó en los espejos. No había tensión rara, solo deseo acumulado de meses y la confianza de haber compartido ese espacio tantas veces. Ahora, por fin, sin ropa.

Leo se acercó a Marco, le puso una mano en la cintura y lo atrajo hacia sí. Sus cuerpos se tocaron de pecho a muslo, piel caliente y sudada contra piel caliente. La polla de Leo, ya casi completamente dura, rozó la de Marco, que respondió hinchándose más.

—¿Puedo besarte? —preguntó Leo, cerca de la boca de Marco, sin presionar—. Primera vez que te lo pido aquí abajo.

Marco asintió. El beso fue lento al principio, labios suaves, lenguas explorándose con curiosidad. Nico y Dani los observaban desde los lados, cada uno tocándose con movimientos lentos, disfrutando del espectáculo sin sentirse fuera. Era la primera vez que veían a los otros así, completamente desnudos y tocándose, y ninguno quería precipitarse.

Cuando Leo y Marco se separaron, ambos respiraban un poco más rápido. Leo giró la cabeza hacia Nico y Dani y les tendió las manos.

—Venid aquí, los dos. Que sea la primera vez de los cuatro.

Nico y Dani se acercaron. En segundos formaron un círculo torpe y cálido, frotándose suavemente, disfrutando del simple contacto de piel con piel. Las manos viajaban por pechos, espalda, culos, pollas. Nadie tenía prisa. Era la primera vez que se tocaban de esa forma y querían memorizarlo todo.

Nico fue el primero en arrodillarse. Lo hizo con naturalidad y se situó frente a las tres pollas que ya apuntaban hacia arriba. Miró primero a Leo, luego a Marco y a Dani, y sonrió.

—¿Os importa si empiezo yo? Primera vez que os chupo aquí abajo… quiero hacerlo bien.

—Para nada —dijo Leo, pasando una mano por el pelo de Nico—. Todo tuyo.

Nico abrió la boca y tomó la cabeza de la polla de Leo entre los labios. La succionó con cuidado, saboreando el sabor limpio de sudor y piel. Leo soltó un gemido bajo. Después de un rato, Nico soltó la polla de Leo con un sonido húmedo y se giró hacia Marco, tomándolo más profundo. Luego pasó a Dani, que echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos.

Los otros dos se arrodillaron también. Pronto había tres bocas trabajando, turnándose, compartiendo, lamiendo testículos, besándose entre sí alrededor de las pollas. El sótano se llenó del sonido húmedo de chupadas y de respiraciones agitadas. Era la primera vez que los cuatro se daban placer de esa forma y se notaba en cada gemido, en cada mirada que se cruzaba.

Cuando Dani estuvo a punto de correrme, les avisó en voz baja:

—Voy a… si seguís así…

Nico se separó y le dio un beso suave en el muslo interior.

—Todavía no. Quiero que te corras más tarde, cuando estés dentro de alguien… o cuando alguien esté dentro de ti. Como prefieras. Primera vez, hay que aprovecharla.

Se levantaron los cuatro. Leo se quedó de pie y abrió un poco las piernas. Marco se situó detrás de él y le pasó los brazos por la cintura, frotando su polla dura contra el culo de Leo. Nico se arrodilló delante y empezó a lamer los testículos de Leo mientras Dani le besaba el cuello desde un lado.

—¿Quieres que te prepare? —susurró Marco al oído de Leo—. Primera vez que te toco así… dime si algo no te gusta.

Leo asintió. Marco escupió en sus dedos y, con cuidado, le rodeó el agujero con la yema, haciendo círculos lentos, empujando solo un poco cuando Leo empujó hacia atrás pidiendo más. Un dedo entró, luego dos. Leo gemía contra el hombro de Dani.

Cuando Marco consideró que Leo estaba listo, se separó un momento para buscar el pequeño tubo de lubricante que Leo siempre tenía en un cajón del sótano “por si acaso”. Nunca lo habían usado para esto. Hasta ahora. Volvió, se echó un poco en la mano y se lo pasó por la polla, luego más entre las nalgas de Leo.

—Dime si algo no te gusta —repitió Marco, alineándose—. Quiero que lo disfrutes.

Leo se inclinó hacia delante, apoyando las manos en los muslos de Dani, y abrió las piernas. Marco empujó despacio. La cabeza de su polla abrió el agujero de Leo, entró un centímetro, se detuvo, esperó. Leo respiró hondo y empujó hacia atrás. Marco entró más, centímetro a centímetro, hasta que estuvo completamente dentro. Se quedaron quietos un momento, sintiendo el calor, el pulso, la presión. Era la primera vez que Leo sentía a Marco así, y la primera vez que Marco entraba en alguien en ese sótano.

Nico se arrodilló delante de Leo y le tomó la polla en la boca, chupando al ritmo que Marco empezaba a marcar con embestidas lentas y profundas. Dani se situó al lado y se besaba con Leo, acariciándole el pecho.

Después de un rato cambiaron. Ahora era Nico quien estaba inclinado sobre el banco de pesas, y Leo quien se colocaba detrás de él. Marco se arrodilló delante de Nico y le chupaba la polla mientras Leo lo preparaba con los dedos, con el mismo cuidado. Cuando Nico estuvo listo, Leo entró en él con embestidas suaves al principio, luego más firmes cuando Nico empezó a empujar hacia atrás pidiendo más.

Dani se levantó, se situó al lado de Leo y lo besó mientras follaba a Nico. Las manos de los cuatro se movían por todas partes: acariciando pechos, apretando culos, tirando suavemente de cabellos, tocándose las pollas cuando podían alcanzarlas. Cada posición era nueva. Cada gemido era la primera vez que lo oían en ese espacio.

En un momento dado se tumbaron los cuatro en las esterillas del suelo, formando un montón de cuerpos sudados y excitados. Leo estaba de espaldas, Marco montado a horcajadas sobre su cara, follándole la boca con movimientos lentos, mientras Nico montaba la polla de Leo y Dani se colocaba a horcajadas sobre el pecho de Leo para que este pudiera chuparlo también.

Cambios de posición constantes, siempre preguntando, siempre cuidando. Nadie mandaba, nadie obedecía; simplemente se turnaban el placer. A veces tres chupaban a uno, a veces uno follaba a otro mientras los otros dos los miraban y se tocaban, a veces los cuatro se frotaban las pollas juntas en un nudo húmedo de manos y pre-semen. Era la primera vez que entrenaban desnudos… y la primera vez que se corrían juntos en ese sótano.

El tiempo se dilató. El reloj de la pared marcaba casi las once cuando Leo, que estaba dentro de Nico en ese momento, con Marco chupándole los testículos desde abajo y Dani besándole la boca, sintió que se acercaba el orgasmo.

—Nico… me voy a correr…

Nico apretó el culo alrededor de la polla de Leo y asintió, sin dejar de gemir.

—Dentro. Quiero sentirte. Primera vez que te corro dentro…

Leo empujó unas cuantas veces más y se corrió con un gemido profundo, llenando a Nico. El calor del semen empujó a Nico también; se corrió sobre el pecho de Leo, chorros blancos que se esparcieron por la piel sudada. Marco, que había estado masturbándose mientras los miraba, se corrió segundos después, salpicando el vientre de Nico y el de Leo. Dani fue el último, corríendose en la boca de Leo mientras este lo chupaba hasta el final.
Se quedaron así un rato, respirando juntos, acariciándose con manos perezosas. Luego se levantaron con lentitud, se limpiaron con toallas y se miraron, sonriendo.

—Eso… —dijo Dani, todavía un poco sin aliento— ha sido lo mejor que me ha pasado en este sótano. Y pensar que llevamos un año viniendo aquí con ropa…

Leo se rió y le dio un beso en la sien.

—Podemos repetirlo cuando queráis. Solo avisar con tiempo para que nadie se cuelgue la toalla. Aunque… ahora que lo hemos hecho desnudos una vez, no sé si voy a querer volver a ponerme la ropa para entrenar.

Nico se estiró, completamente relajado, y miró a los tres.

—La próxima vez traigo más lubricante. Y quizás cerramos la puerta con llave desde el principio. Primera vez… pero no la última.

Marco asintió, todavía sonriendo.

—Y la próxima vez que diga “vamos a entrenar un rato”, ya sabéis a qué me refiero. Ropa opcional. Muy opcional.

Los cuatro se rieron otra vez. Se vistieron sin prisas, se dieron un último abrazo colectivo —desnudos todavía bajo las camisetas y los pantalones cortos— y subieron las escaleras juntos, el aire de la casa más fresca golpeándoles la piel todavía caliente.

En la puerta de la calle se detuvieron un segundo. Leo miró a los otros tres.

—Oye… gracias. De verdad. Por atreveros. Por ser la primera vez juntos.

Nico le apretó el hombro.

—Gracias a ti por atreverte a bajar los calzoncillos primero.

Marco y Dani asintieron, sonriendo.

—Y gracias a los tres por no dejar a nadie fuera. Ahora ya sabemos cómo se siente entrenar… y terminar… completamente desnudos.

Se separaron en la acera, cada uno hacia su casa, pero todos sabían que aquello no había sido solo una noche. Había sido el principio de algo más: amistad, deseo, confianza y cuerpos que se conocían ya de una forma nueva y mucho más íntima.


Habían pasado exactamente siete días.

El sótano de Leo olía otra vez a madera, metal y un poco de colonia. Las mancuernas estaban en su sitio, las esterillas enrolladas en una esquina, el espejo grande reflejaba la escalera. Era el mismo día, la misma hora, el mismo ritual de siempre… solo que esta vez ninguno de los cuatro se molestó en fingir.

Leo abrió la puerta del sótano y bajó primero. Se quitó la camiseta mientras todavía bajaba el último escalón y la tiró a un lado. Cuando llegó al suelo ya iba desabrochándose los pantalones cortos. Nico entró justo detrás, se rio por lo bajo y se sacó la camiseta de un tirón. Marco y Dani bajaron juntos, mirándose de reojo, y en menos de un minuto los cuatro estaban otra vez completamente desnudos en el mismo espacio donde la semana anterior se habían corrido por primera vez.

Nadie dijo “vamos a entrenar un rato”. Nadie preguntó si debían empezar por press de banca o por sentadillas. Simplemente se miraron, se sonrieron y dejaron que la ropa se quedara en el suelo.

Leo se pasó una mano por el pecho, todavía fresco del aire de arriba
.
—Supongo que esta vez no vamos a fingir que venimos a levantar hierro.

Nico se acercó y le dio un suave empujón con el hombro, su polla ya semi-erecta rozando el muslo de Leo.

—Ni de coña. Llevo siete días pensando en cómo se sintió tu polla dentro de mí. No tengo ninguna intención de hacer ni una puta repetición antes de volver a sentirla.

Marco se rio y se pasó la mano por el pecho velludo, los dedos rozando un pezón que ya se había endurecido.

—Yo igual. He estado masturbándome todas las noches recordando cómo sabía la boca de Dani y cómo se sentía el culo de Leo apretándome. Así que… ¿empezamos donde lo dejamos?

Dani se acercó por el otro lado, se puso de puntillas y le dio un beso rápido en la comisura de los labios a Marco.

—Empezamos donde lo dejamos… y esta vez no paramos hasta que los cuatro estemos hechos un desastre.

Los cuatro se rieron, un sonido suave y cargado de ganas. No había tensión rara, solo el deseo acumulado de una semana y la certeza de que esta vez nadie iba a contenerse.

Leo atrajo a Marco por la cintura y lo besó sin pedir permiso. El beso fue más profundo que la vez anterior, lenguas que se buscaban con hambre. Nico se situó detrás de Leo y le pasó los brazos por debajo de las axilas, las manos abiertas sobre el pecho de Leo, los dedos apretando los pezones mientras frotaba su polla dura contra el culo de Leo. Dani se arrodilló delante de los tres y empezó a lamer y chupar las tres pollas por turnos, pasando de una a otra con la lengua, salivando, dejando hilos de saliva que brillaban bajo la luz.

El sótano se llenó rápido del sonido húmedo de chupadas y de gemidos bajos. Dani tomaba la polla de Leo hasta casi la base, luego la soltaba con un sonido obsceno y pasaba a la de Marco, más gruesa, más venosa. Después a la de Nico, que ya goteaba pre-semen. Cada vez que cambiaba, los otros dos se inclinaban para besarse o para chupar el cuello del que estaba de pie.

Después de varios minutos, Dani se levantó. Los labios le brillaban y la voz le salió un poco ronca.

—Quiero que me folleis. Los tres. Por turnos o juntos, como queráis. 

Leo lo miró con los ojos oscuros de deseo.

—¿Estás seguro?

—Más que seguro. Llevo una semana tocándome el culo pensando en esto.

Nico se agachó, recogió el tubo de lubricante que Leo había dejado a propósito sobre el banco de pesas y se lo pasó a Marco.

—Entonces preparémoslo bien. Primera ronda de la noche.

Marco abrió el tubo, se echó una generosa cantidad en los dedos y se situó detrás de Dani. Lo hizo inclinarse sobre el banco de pesas, el pecho contra el cuero gastado, el culo en alto. Con dos dedos empezó a abrirlo con paciencia, haciendo círculos, empujando despacio, buscando el punto exacto que hacía que Dani temblara y empujara hacia atrás. Leo se arrodilló delante y le metió la polla en la boca para distraerlo del leve escozor inicial. Nico se situó al lado y le acariciaba la espalda, los muslos, los testículos.

Cuando Dani estuvo lo bastante abierto y relajado, Marco se alineó y empujó. La cabeza de su polla abrió el agujero, entró un centímetro, se detuvo, esperó. Dani respiró hondo y empujó hacia atrás. Marco entró más, centímetro a centímetro, hasta que estuvo completamente dentro. Se quedaron quietos un momento, sintiendo el calor, el pulso, la presión.

—Joder… —susurró Dani, la voz temblando—. Se siente… tan grande.

Marco empezó a moverse con embestidas lentas y profundas. Cada vez que entraba hasta el fondo, Dani gemía alrededor de la polla de Leo. Nico se situó al lado de Marco y le besaba el cuello mientras le acariciaba el culo, a veces metiendo un dedo junto a la polla de Marco para hacerlo aún más estrecho.

Después de un rato cambiaron. Ahora era Leo quien follaba a Dani, con embestidas más fuertes, más profundas. Marco se arrodilló delante y le chupaba la polla a Dani al mismo tiempo. Nico se situó detrás de Leo y le preparó el culo con dos dedos lubricados, empujando despacio hasta que Leo gimió y abrió las piernas un poco más. Cuando estuvo listo, Nico entró en Leo mientras Leo follaba a Dani. El ritmo se volvió una cadena de empujones: Nico empujaba a Leo, Leo empujaba a Dani, y Dani chupaba a Marco que se había levantado para ofrecerle la polla.

Los cuatro se movían como un solo organismo sudado y jadeante. El banco de pesas crujía. El espejo reflejaba ocho cuerpos en lugar de cuatro. El aire olía a sexo, a lubricante y a sudor limpio.

Cuando Dani estuvo cerca de correrme, les avisó con la voz rota:

—Me voy a… joder, me voy a correr…

Leo no se detuvo. Empujó más fuerte, más profundo, y Dani se corrió con un grito ahogado, chorros blancos salpicando el banco y el pecho de Marco. El orgasmo lo hizo apretar el culo alrededor de la polla de Leo, y eso empujó a Leo también. Se corrió dentro de Dani con un gemido profundo, llenándolo. Nico, que seguía follando a Leo, sintió cómo el culo de Leo se contraía alrededor de él y se corrió segundos después, llenando a Leo. Marco se masturbó rápido y se corrió en la boca abierta de Dani, que lo recibió con la lengua fuera.

Se quedaron un momento así, temblando, respirando, todavía unidos. Luego se separaron con lentitud, el semen resbalando por los muslos, y se miraron, sonriendo como idiotas felices.

—Ronda uno… completada —dijo Nico, todavía sin aliento—. ¿Alguien quiere agua o vamos directo a la dos?

Leo se rio y se limpió el pecho con una toalla.

—Agua. Y después quiero que me folleis el culo los tres. Por turnos. 

Marco levantó una ceja, divertido.

—Ambicioso.

—Llevo una semana pensando en esto. No voy a desperdiciar la noche.

Se pasaron una botella de agua entre ellos, se limpiaron un poco y volvieron a tocarse. Esta vez Nico se tumbió de espaldas en las esterillas. Leo se montó a horcajadas sobre su cara y bajó el culo hasta que la lengua de Nico empezó a lamerle el agujero todavía sensible y lleno de semen. Marco se situó detrás de Leo y lo preparó otra vez con los dedos, aunque ya estaba abierto. Dani se arrodilló al lado y le chupaba la polla a Leo mientras lo preparaban.

Cuando Leo estuvo listo, Marco entró en él con una embestida lenta y profunda. Leo gimió contra el aire y empujó hacia atrás. Nico seguía lamiendo alrededor de la polla de Marco, saboreando el lubricante y el semen anterior. Dani se levantó, se situó delante de Leo y le metió la polla en la boca. El ritmo se volvió otra vez una cadena de placer: Marco follaba a Leo, Leo chupaba a Dani, Nico lamiaba y chupaba lo que podía alcanzar.

Después de un rato cambiaron. Ahora era Dani quien follaba a Leo, con embestidas más rápidas, más urgentes. Marco se situó delante y le ofrecía la polla a Leo. Nico se colocó detrás de Dani y lo preparó con dos dedos, empujando hasta que Dani gimió y abrió las piernas. Cuando estuvo listo, Nico entró en Dani mientras Dani follaba a Leo. Otra cadena. Otro ritmo. Más gemidos. Más sudor.

Leo se corrió por segunda vez sin que nadie le tocara la polla, solo con la estimulación de ser follado y de chupar. El orgasmo lo hizo apretar el culo alrededor de Dani, y Dani se corrió dentro de él. Nico, que seguía follando a Dani, se corrió poco después, llenándolo. Marco se masturbó y se corrió en la cara de Leo, que recibió los chorros con la boca abierta y la lengua fuera.

Se derrumbaron los cuatro en las esterillas, un montón de cuerpos sudados, semies, respirando como si hubieran corrido una maratón. Durante varios minutos solo se oyeron respiraciones y algún que otro suspiro de placer residual.

Luego Leo se rio, todavía tumbado.

—Ronda dos… también completada. ¿Alguien tiene fuerzas para una tercera o paramos aquí?

Nico se incorporó sobre un codo y lo miró con una sonrisa pícara.

—Yo tengo fuerzas. Y además… traje algo.

Se levantó, fue hasta su mochila y sacó un pequeño estuche negro. Dentro había un plug de silicona de tamaño medio, un anillo para la base de la polla y un tubo de lubricante extra. Los dejó sobre la esterilla.

—Pensé que podíamos… experimentar un poco más.

Marco silbó bajo.

—Mira quién vino preparado.

Dani se rio y se estiró, todavía con el semen resbalándole por el muslo.

—La próxima semana yo traigo los míos. Tengo un dildo que os va a volver locos.

Leo se incorporó también, los ojos brillantes.

—Entonces… ¿queda oficial? Cada semana aquí. Siempre desnudos. Y cada uno se encarga de traer lubricante y algún juguete nuevo.

Los tres asintieron al mismo tiempo.

Nico se acercó, se arrodilló entre las piernas de Leo y le puso el anillo en la base de la polla, apretándolo con cuidado. Luego lubrificó el plug y se lo introdujo despacio en el culo de Leo, que ya estaba abierto y sensible. Leo gimió y dejó caer la cabeza hacia atrás.

—Joder… se siente… lleno.

—Eso es solo el principio —dijo Nico—. Ahora vamos a follarte otra vez mientras lo llevas puesto.

Y así lo hicieron.

Durante la siguiente hora los cuatro se turnaron otra vez. Leo fue follado por Marco mientras llevaba el plug, el anillo haciendo que su polla se pusiera todavía más dura y oscura. Después fue Dani quien lo folló, y después otra vez Nico. Entre medias se chuparon, se lamieron, se besaron, se masturbaron unos a otros. En un momento dado Marco se puso el plug y dejó que los otros tres se turnaran para follarlo. Luego Dani. Luego Nico. Cada uno terminó al menos una vez más, algunos dos. El suelo de las esterillas quedó brillante de semen, lubricante y sudor.

Cuando por fin se detuvieron, el reloj de la pared marcaba casi la una de la madrugada. Los cuatro estaban agotados, satisfechos y sonriendo como idiotas. Se limpiaron con toallas, se pasaron otra botella de agua y se tumbaron un rato más, acariciándose con manos perezosas.

Leo fue el primero en hablar, la voz ronca de tanto gemir.

—Esto… no puede ser solo esta noche. Ni la de la semana pasada. Quiero que sigamos. Todas las semanas. Aquí. Desnudos. Sin pretender que venimos a entrenar.

Nico se apoyó en un codo y lo miró.

—De acuerdo. Todas las semanas. Siempre desnudos. Y cada uno trae lubricante y al menos un juguete nuevo. Así nunca se vuelve aburrido.

Marco asintió, todavía con el pecho subiendo y bajando.

—Yo me apunto. Y si algún día uno de nosotros no puede, los otros tres igual se reúnen. Pero la idea es que estemos los cuatro.

Dani se rio suavemente y se estiró como un gato.

—Perfecto. Entonces queda oficial. Cada semana. Siempre desnudos. Lubricante y juguetes a cargo de cada uno por turnos. Y si alguien se olvida… se queda sin correrme esa noche.

Los cuatro se rieron. Se levantaron con lentitud, se dieron un último abrazo colectivo —desnudos, sudados, pegajosos— y empezaron a recoger la ropa sin ninguna prisa.

Antes de subir las escaleras, Leo se detuvo y miró a los otros tres.

—Oye… gracias. Otra vez. Por venir. Por no fingir. Por querer seguir.

Nico le apretó el hombro.

—Gracias a ti por abrir el sótano. Y por bajar los calzoncillos el primero la semana pasada.

Marco y Dani asintieron, sonriendo.

—Y gracias a los tres por hacer que esta sea la mejor puta rutina de entrenamiento del mundo.

Subieron juntos. En la puerta de la calle se despidieron con besos lentos, manos que se quedaban un segundo de más en la cintura o en el culo, y la promesa clara y firme de volver a verse exactamente dentro de siete días.

Y cuando se separaron en la acera, cada uno hacia su casa, todos sabían que aquello ya no era solo sexo. Era una cita semanal. Una rutina. Un acuerdo. Y la mejor decisión que habían tomado en mucho tiempo.



MueSTRALa











 

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