21.6.26

RelAtO. Un Poco de historia de Maspalomas. PartE 8.




Maspalomas, en el extremo sur de Gran Canaria, es mucho más que un destino de sol, playa y dunas infinitas. Su historia es una capa sobre otra: desde un territorio salvaje y estratégico en la era prehistórica y de la conquista, pasando por un rincón olvidado de pastos y ganado, hasta convertirse en uno de los epicentros turísticos más ambiciosos de Europa en la segunda mitad del siglo XX. Y, en paralelo, un lugar que se transformó en el corazón del turismo gay de todo el continente, con el Yumbo Centre y las dunas como símbolos de libertad sexual y comunidad.

Orígenes prehistóricos y guanches.

Antes de que llegaran los europeos, el sur de Gran Canaria —incluida la zona que hoy llamamos Maspalomas— era habitado por los antiguos canarios, los guanches. No era un desierto de arena como ahora lo imaginamos; los documentos históricos sugieren que era un territorio de pastos ricos, con ganado salvaje, marismas y una charca (laguna) que atraía aves y vida. El nombre "Maspalomas" (o "Maspaloma" en mapas antiguos de los siglos XV-XVII) podría tener raíces en la lengua guanche, posiblemente derivado de términos amazigh relacionados con "lo que empapa y estropea el forraje" o algo similar, aunque hay debate entre historiadores.

La zona era un enclave marginal, una "isla dentro de la isla", lejana de los centros de poder del norte. Pero ya entonces tenía importancia estratégica: era paso para navegantes, lugar de arribo y parada para normandos como Jean de Bethencourt y Gadifer de la Salle en el siglo XV, y más tarde para Cristóbal Colón en su cuarto viaje (1502), quien se reponía allí de provisiones y agua. Corsarios como Francis Drake o Pieter van der Does también la conocieron. No era solo arena: era un vasto territorio ganadero que abarcaba desde el actual Castillo del Romeral hasta Arguineguín.

La conquista castellana y el Condado de la Vega Grande. Tras la conquista de Gran Canaria por los castellanos en 1483, el sur evolucionó más lentamente que el norte. La población era dispersa, con cabeceras en las zonas altas y escaso desarrollo costero. Maspalomas se convirtió en cuna del influyente Condado de la Vega Grande, una de las familias más poderosas de la isla. En 1732, una boda en la ermita de Guadalupe (aún en pie en Juan Grande) entre los Amoreto y los Castillo sentó las bases para lo que vendría siglos después: los descendientes de esa familia, los condes de la Vega Grande, serían clave en el boom turístico.

El nombre "Maspalomas" también podría derivar de Rodrigo Mas de Palomar (o Francisco Palomar), un colonizador catalán o genovés ligado a Alonso Fernández de Lugo, traficante de esclavos guanches que compró y asentó en la zona. Esta teoría, aunque controvertida, vincula el topónimo a la colonización y la esclavitud, un origen oscuro para un lugar hoy sinónimo de vacaciones.

El Faro de Maspalomas, símbolo icónico, se construyó entre 1861 y 1889 (primera luz en 1890), diseñado por el ingeniero Juan León y Castillo. Durante 28 años fue la única construcción notable en kilómetros: una torre de 55 metros para guiar barcos entre Europa y América. Declarado Bien de Interés Cultural en 2005, fue testigo silencioso de la transformación posterior.

El boom turístico: de dunas vírgenes a Maspalomas Costa Canaria (1960s en adelante) Hasta los años 50-60, Maspalomas era agrícola: cereales, tomates que invadían partes de las dunas y el barranco de Fataga. Playa del Inglés (originalmente "Llanos del Inglés" o "Playa de los Ingleses") era zona de cultivo y pesca, con nombre que algunos atribuyen a un bohemio inglés (o francés confundido) que vivió allí a principios del XX, o a desembarcos ingleses en el siglo XVI.

El punto de inflexión llegó en 1961: el Conde de la Vega Grande convocó un concurso internacional de ideas para desarrollar 1.060-2.000 hectáreas y 19 km de costa bajo el nombre "Maspalomas Costa Canaria". Ganó el estudio francés SETAP (Guy Lagneau, Michel Weill), que planeaba hoteles de lujo pero derivó en urbanización masiva: apartamentos, macroproyectos, especulación del suelo. Las obras empezaron el 15 de octubre de 1962 en San Agustín (primera estaca clavada, conmemorada hoy con una escultura).

En los 60-70 surgieron los primeros hoteles (Folías, Costa Canaria), apartamentos (Nueva Suecia, Las Arenas), centros comerciales (La Kasbah) y la Rotonda de San Agustín. El turismo de sol y playa explotó: densidad récord planeada de hasta 60 habitantes/hectárea, miles de camas. Las dunas sufrieron: construcción invadió el hábitat, pero en 1994 se declaró reserva natural de 4 km² para proteger fauna y flora (incluida la charca con aves, anguilas y guppies).

Playa del Inglés creció como núcleo denso y popular, con Yumbo Centre abriendo en octubre de 1982 (promovido por Estanislao Mañaricúa y Alejandro del Castillo). Diseñado como centro comercial abierto con patios y terrazas, pronto se convirtió en el epicentro gay de Europa.

El Yumbo Centrum (o Yumbo Centre) abrió en 1982 con la idea "si lo construyes, vendrán". Cuatro plantas, 200 locales, brutalista al aire libre: bares, discotecas, tiendas de ropa interior, shows drag, cruising bars. Se autodenomina "el único centro comercial LGTBI del mundo". En los 80-90, durante la crisis del sida, fue refugio y comunidad. Hoy es el corazón del turismo gay: Buddies, Adonis, Tom’s Bar, Bärenhöhle, The Factory (cruising masivo), Construction (fetichista con glory holes).

Las dunas de Maspalomas, parte del desierto del Sáhara (arena transportada por viento desde el Sáhara Occidental), se convirtieron en cruising grounds legendario al atardecer. Hombres de todo el mundo se encuentran entre las dunas altas: eye contact sutil, encuentros espontáneos, libertad sexual en un espacio natural protegido (aunque partes están restringidas por multas). La playa gay (cerca del faro, kiosko 7) es punto de encuentro diurno.

Gran Canaria se posicionó como "el paraíso gay de Europa" gracias al clima templado todo el año, la tolerancia canaria (preexistente a la legalización en España) y la concentración en el sur: Maspalomas, Playa del Inglés, Yumbo. Pride anual, saunas como Corpus, hoteles gay-only.

Maspalomas cumplió 60 años como destino en 2022. Es marca "Maspalomas Costa Canaria": desde Bahía Feliz hasta Pasito Blanco. Modernización constante: renovación de oferta, diversificación más allá del sol y playa. Las dunas siguen protegidas, el faro vigila, la charca atrae aves. Y el Yumbo late cada noche con música, drags y cuerpos que celebran libertad.

De territorio guanche olvidado a cuna de condes, de dunas vírgenes a megaproyecto turístico, de rincón marginal a meca gay mundial: Maspalomas es historia viva. Un lugar donde la arena se mueve, pero el deseo y el sol nunca paran.

VarIedAd De rAbOS

 











20.6.26

RelAtO. ViAjE a Maspalomas. ParTE 7.




Dos años después, el verano de 2027 llegó como un suspiro caliente. Leonardo tenía veintiocho años, el pelo más corto y la barba perfectamente recortada; Adrián, veintiséis, conservaba esa mirada oscura y traviesa que lo había conquistado todo; Miguel, recién cumplidos los veinte, se había convertido en un joven alto, atlético y con un cuerpo que ya no era de adolescente: hombros anchos, abdomen marcado y una confianza que solo da el deseo cumplido. Cerraron el bar quince días completos —algo impensable antes— y compraron billetes a Gran Canaria. Maspalomas. El paraíso gay de Europa. Playa, dunas, sol y libertad absoluta. “Vamos a follar el mundo entero”, bromeó Adrián la noche antes de salir, mientras los tres se corrían juntos sobre la barra por última vez antes de cerrar.

Llegaron a Las Palmas un lunes de mediados de agosto, recogieron un coche de alquiler y condujeron hasta Playa del Inglés. El apartamento que alquilaron estaba a dos minutos del Yumbo Centre: terraza con vistas al mar, cama king size enorme y un sofá cama que nunca usarían. Nada más dejar las maletas, se desnudaron los tres y se follaron rápido contra la ventana, mirando el océano. Leo penetró a Miguel mientras Adrián se metía en la boca del chico. Se corrieron casi al mismo tiempo, riendo, sudando, sabiendo que aquello era solo el aperitivo.

La primera semana fue pura playa y dunas. Cada mañana bajaban a Playa de Maspalomas. La arena dorada, el mar turquesa, el faro al fondo. Se tumbaban en toallas cerca de la zona gay, donde los cuerpos masculinos brillaban bajo el sol. Leo untaba crema solar en la espalda de Adrián con movimientos lentos, bajando hasta los glúteos, metiendo un dedo disimuladamente entre ellos. Miguel se ponía bocabajo para esconder la erección que le provocaba verlos. Por las tardes caminaban hacia las Dunas de Maspalomas, esa reserva natural de arena blanca que se ondulaba como un desierto en miniatura. Oficialmente estaba protegida, pero todo el mundo sabía que al atardecer se convertía en un paraíso de cruising.

El segundo día, al caer el sol, entraron más adentro. El viento cálido movía la arena. Encontraron un hueco entre dos dunas altas. Había ya varios hombres: un alemán rubio de cuarenta años, dos británicos musculosos, un italiano moreno. Miguel fue el primero en arrodillarse. Se metió el pene del alemán en la boca mientras Leo y Adrián se besaban encima de él. Pronto fueron seis cuerpos. Leo se tumbó sobre una toalla y Miguel lo cabalgó despacio, gimiendo mientras el italiano le chupaba los pezones. Adrián follaba al alemán por detrás, fuerte, con las manos clavadas en sus caderas. El sonido de la carne chocando se mezclaba con el viento. Miguel se corrió primero, salpicando el abdomen de Leo. Luego Leo llenó a Miguel por dentro. Adrián se la sacó y se corrió sobre la espalda del alemán. Los británicos se unieron: uno se metió en la boca de Miguel mientras el otro penetraba a Adrián. Una cadena de gemidos, saliva, semen. Se corrieron todos, uno tras otro, bajo el cielo naranja. 

Cuando volvieron al apartamento, aún olían a sexo y a arena.

Las noches eran del Yumbo Centre. Ese laberinto de bares gay que se encendía a partir de las once. Empezaban en Buddies o Adonis: cervezas frías, besos públicos, manos que se perdían bajo las mesas. Luego pasaban a Tom’s Bar o Bärenhöhle, donde los osos y los leather los miraban con hambre. Pero el verdadero fuego empezaba en los cruising bars.

El miércoles entraron por primera vez en The Factory. El mayor men-only cruising bar del Yumbo: 300 metros cuadrados repartidos en dos plantas. Oscuridad roja, música electrónica baja, olor a poppers y a sexo. Nada más cruzar la puerta, un grupo de españoles y holandeses los rodeó. Leo se dejó llevar al piso de arriba. Lo pusieron contra una pared acolchada. Dos hombres le bajaron los pantalones. Uno le comió el culo con lengua profunda mientras el otro le chupaba la polla. Adrián estaba a su lado, penetrado por un negro enorme de Londres que lo follaba con embestidas lentas y profundas. Miguel, en el centro de la sala, tenía tres pollas alrededor de la cara: chupaba una, masturbaba otra, gemía mientras un francés le metía dos dedos. La noche se volvió orgía total. Leo folló a un turista americano joven y luego se dejó follar por un portugués con polla gruesa y venosa. Adrián se corrió dentro de un chico local mientras Miguel lo besaba. Miguel recibió semen de cuatro hombres distintos: en la boca, en la cara, en el pecho. Cuando salieron a las seis de la mañana, los tres temblaban de placer, con el cuerpo marcado de mordiscos y chupetones.

Al día siguiente descansaron en la playa. Pero por la noche volvieron, esta vez a Construction (el antiguo Strong Construction). Ambiente más fetichista: cadenas, arneses, glory holes. Miguel descubrió su lado sumiso. Lo ataron a una cruz de San Andrés y lo usaron durante casi una hora. Leo y Adrián miraban mientras hombres de todo el mundo —un ruso, dos italianos, un argentino— lo follaban por turnos, despacio, profundo. Miguel gemía “más… más fuerte…” con la voz rota. Leo se corrió en su boca al final. Adrián lo desató y lo folló él mismo contra la pared, mientras un círculo de diez hombres los rodeaba masturbándose. El semen salpicaba el suelo.

La segunda semana empezó con la excursión a Tenerife. Tomaron el ferry rápido desde Agaete a las 8 de la mañana. Una hora y veinte minutos de travesía azul. Llegaron a Santa Cruz y alquilaron un coche para subir al Teide. El Parque Nacional del Teide los dejó sin aliento: paisajes lunares, rocas volcánicas rojas y negras, el volcán imponente contra el cielo. Hicieron la ruta hasta el mirador de Pico Viejo. El aire era fresco, puro. Se besaron los tres en la cima, abrazados, con el viento azotándolos. Bajaron a un restaurante de La Laguna para comer y luego volvieron al ferry de las 19:00. Pero el día no acabó ahí. En el ferry de vuelta, en el baño de la cubierta inferior, Miguel se arrodilló y les chupó a los dos alternativamente mientras un marinero canario los miraba por la rendija de la puerta. Terminaron corriéndose en su boca justo antes de atracar.

Los días siguientes fueron una mezcla perfecta de turismo y sexo. Hicieron un camel ride por las dunas al amanecer: los tres subidos en camellos, riendo, con el sol saliendo. Por la tarde, sandboarding improvisado en las dunas pequeñas. Y siempre, al atardecer, más cruising en las dunas. Una noche conocieron a un grupo de cuatro brasileños. Los llevaron a un hueco escondido y montaron una orgía bajo las estrellas. Miguel fue doblemente penetrado: Leo y uno de los brasileños al mismo tiempo, despacio, abriéndolo hasta que gritó de placer. Adrián follaba a otro mientras recibía una mamada del tercero. Semen por todas partes, gemidos en portugués y español mezclados.

En Sauna Corpus —la nueva sauna abierta en octubre del 2025— pasaron una tarde entera. Jacuzzi caliente, sauna seca, zona de cruising enorme. Se metieron los tres en el jacuzzi y pronto tuvieron compañía: un matrimonio alemán maduro y un chico sueco joven. En la sala oscura follaron sin parar. Leo penetró al sueco mientras Adrián follaba a Miguel. El alemán se unió, metiéndose en la boca de Adrián. Cambios constantes, cuerpos sudorosos, vapor, gemidos ahogados. Miguel se corrió tres veces esa tarde.

La última noche fue en The Hole, el bar fetichista más grande. Dos plantas de pura perversión. Los tres llegaron vestidos solo con arneses y shorts de cuero. La noche acabó en una sala privada que alquilaron con otros ocho hombres: franceses, ingleses, un japonés, dos españoles. Una orgía de cuatro horas. Miguel fue el centro: lo follaron entre todos, lo llenaron de semen, lo hicieron correrse hasta que no pudo más. Leo y Adrián lo besaban entre embestida y embestida, recordándole que ellos dos eran el centro, pero que esto… esto era el regalo que se hacían de vez en cuando.

Volvieron al pueblo el último día de agosto. El bar reabrió al día siguiente. Pero algo había cambiado. Los tres estaban más unidos que nunca. Miguel ya no era “el extra”. Era parte de ellos. Seguían siendo pareja principal Leo y Adrián, pero ahora el trío era oficial en privado. Cada vez que cerraban el bar, recordaban Maspalomas: las dunas, el Yumbo, The Factory, el Teide al fondo, los cuerpos de medio mundo mezclados con los suyos.Y cuando algún cliente preguntaba por las vacaciones, los tres sonreían igual.

—Inolvidables —decía Leo.

—Calientes —añadía Adrián.

—Las mejores dos semanas de mi vida —remataba Miguel, con los ojos brillantes.

El Roble Viejo seguía siendo el mismo. Pero ellos ya no lo eran. Llevaban en la piel el sol de Maspalomas, el sabor del Teide y el recuerdo de todas las pollas, todos los culos, todos los orgasmos compartidos con desconocidos que ahora formaban parte de su historia.

Y cada noche, cuando subían las escaleras, se desnudaban y se follaban despacio recordando cada detalle, sabían que volverían. Porque Maspalomas no había sido solo vacaciones. Había sido la prueba de que su amor podía abrirse al mundo… y seguir intacto.

En BlAnCo y NEgRO

 











sObAcOs











 

ReLaTo. La historia de Adrián. PaRtE 6.




Adrián nació el 12 de julio de 2002 en una ciudad mediana del interior de España —digamos Zaragoza, aunque podría ser cualquier capital de provincia con más de 600.000 habitantes: ruido constante, tráfico, edificios grises que se comían el cielo y un horizonte de grúas que nunca paraban—. Hijo mediano de tres hermanos, creció en un piso de tres habitaciones en un barrio obrero de bloques de los años 70, con balcón a un patio interior donde siempre olía a fritanga y a ropa tendida. Su padre era mecánico en un taller, su madre limpiaba oficinas por las mañanas y cuidaba niños por las tardes. Vida normal, sin lujos, pero sin dramas grandes.

Desde pequeño Adrián fue el "callado" de la familia. No era tímido exactamente; era observador. Le gustaba quedarse en su habitación escuchando música con auriculares, dibujando en cuadernos viejos o mirando por la ventana cómo la gente corría de un lado a otro. A los doce años ya sabía que le gustaban los chicos. Lo confirmó una tarde en el instituto, en el vestuario después de educación física: viendo a un compañero quitarse la camiseta, el sudor brillando en su espalda, sintió un calor que no era de vergüenza. Se masturbó esa noche pensando en eso, y luego muchas más. Pero no se lo contó a nadie. En su barrio, ser gay era cosa de chistes malos en el recreo o de insultos que volaban cuando alguien parecía "afeminado". Adrián aprendió a esconderlo bien: sonrisa fácil, bromas con las chicas, salir con grupos mixtos.

A los dieciséis empezó a explorar. La ciudad tenía su escena gay pequeña pero viva: un par de bares en el centro histórico, uno con terraza donde los chicos más jóvenes se reunían los viernes por la tarde. Adrián se colaba con carnés falsos o simplemente mintiendo la edad. La primera vez que entró, con diecisiete recién cumplidos, sintió que respiraba por primera vez. Luces tenues, música house baja, cuerpos masculinos moviéndose sin miedo. Besó a su primer chico allí: un tipo de veintidós años, alto, con barba incipiente y ojos claros. Se fueron a un parque cercano, se besaron contra un árbol, se tocaron por encima de la ropa. Adrián se corrió en los pantalones solo con eso, temblando de excitación y miedo a que alguien los viera.

La universidad llegó a los dieciocho. Se matriculó en Hostelería y Turismo en la misma ciudad —no quería irse lejos, por sus padres, por el dinero—. Vivió en un piso compartido con otros tres chicos: dos heteros y uno que resultó ser bi. El piso era un caos de botellas vacías, ropa sucia y noches de fiesta. Adrián empezó a salir más. Apps: Grindr, Scruff, Tinder. Perfiles con fotos sin cara al principio, luego con todo. Sexo casual en casa de otros, en saunas pequeñas del centro, en moteles baratos de las afueras. Aprendió rápido: cómo prepararse, cómo usar condón sin que pareciera torpe, cómo pedir lo que quería sin vergüenza.

A los veinte ya tenía una rutina. Trabajaba de camarero en una cafetería grande del centro por las mañanas y en un bar de copas los fines de semana. Ganaba lo justo para pagar el alquiler, salir y ahorrar un poco. Las noches eran intensas: llegaba a casa a las seis de la mañana oliendo a alcohol y a sexo, se duchaba y se iba a clase. Tuvo parejas cortas: un novio de seis meses que era celoso y controlador, otro de tres que se fue a Madrid por trabajo. Sexo en grupo alguna vez —una orgía en un piso de Chueca cuando fue a visitar a un amigo—, tríos en saunas, besos en la calle sin miedo porque en la ciudad grande nadie te conocía de verdad.

Pero el ruido empezó a pesarle. El tráfico que no paraba nunca. Los vecinos gritando a las tres de la mañana. El alquiler que subía cada año mientras el sueldo se quedaba igual. La sensación de que todo era efímero: citas que duraban una noche, amigos que desaparecían cuando cambiaban de piso, sexo que era placer pero no conexión. A los veintidós rompió con su último novio después de una pelea fea —el chico lo acusó de "no comprometerse", de "solo querer follar"—. 

Adrián se dio cuenta de que tenía razón. Estaba cansado de la velocidad, del postureo en redes, de despertarse con resaca emocional constante.

Empezó a soñar con algo distinto. Veía fotos de pueblos en Instagram: montañas, ríos, silencio. Recordaba veranos de niño en casa de los abuelos en un pueblo de Teruel, donde el tiempo parecía más lento. Quería respirar. Quería un sitio donde el móvil no vibrara cada cinco minutos con notificaciones de apps. Donde pudiera trabajar en algo que le gustara sin sentir que corría para no llegar a ningún sitio.

A los veintitrés, en la primavera de 2025, vio el anuncio de Leo en un grupo de empleo. "Se busca camarero/a para bar en pequeño pueblo de montaña. Alojamiento incluido". Leyó el texto tres veces. El nombre: Leo. La foto de perfil: un hombre de ojos verdes, sonrisa tranquila, fondo de robles. Adrián sintió un pinchazo en el estómago que no era solo curiosidad. Escribió el mensaje esa misma tarde.

Dejó la ciudad. Vendió lo poco que tenía, metió todo en una maleta y una mochila, se despidió de sus padres con un abrazo largo —"Voy a probar suerte en un sitio más tranquilo, mamá"—, y tomó el autobús. Durante el viaje miró por la ventana cómo los edificios daban paso a campos, luego a montañas. El ruido se fue apagando. Cuando llegó al pueblo, bajó del bus con el corazón latiéndole fuerte. Vio a Leo esperándolo en la puerta del bar, con esa camiseta gris que se le pegaba al pecho, y supo que había hecho lo correcto.

Su pasado en la ciudad no fue trágico. Fue intenso, liberador en muchos sentidos —allí aprendió a aceptarse, a disfrutar su cuerpo, a pedir lo que quería en la cama sin miedo—, pero también agotador. Ruido, superficialidad, soledad disfrazada de libertad. El pueblo le dio lo contrario: raíces, rutina compartida, amor que crecía despacio.

Ahora, con veinticuatro años, Adrián mira atrás y no se arrepiente de nada. Las noches locas en bares de copas, los besos robados en saunas, las mañanas de resaca en pisos compartidos... todo eso lo trajo hasta aquí. Hasta la barra del Roble Viejo, hasta la cama que comparte con Leo, hasta esos momentos extra con Miguel cuando el deseo los une a los tres.

Porque la ciudad le enseñó a follar. El pueblo le enseñó a querer. Y Adrián, por fin, respira entero.

RelAtO. hErmAnoS

Joaquín y Pablo El sol de finales de agosto pegaba de lleno sobre las rocas de la cala, esa que solo conocían los que llevaban a...