20.9.26

RelAtO. hErmAnoS




Joaquín y Pablo

El sol de finales de agosto pegaba de lleno sobre las rocas de la cala, esa que solo conocían los que llevaban años viniendo. Joaquín se dejó caer sentado sobre la piedra caliente, las piernas abiertas, el agua salada todavía resbalándole por el pecho y el vientre. Su gemelo, Pablo, se agachó a su lado, en cuclillas, con esa sonrisa de medio lado que Joaquín conocía desde que compartían cuna.

—Oye, cabrón —dijo Joaquín, dándole un golpe suave en el muslo con el dorso de la mano—. ¿Vas a seguir mirando como si estuvieras en el escaparate o me vas a pasar el protector?

Pablo soltó una risita y se lo pasó. Los dos estaban completamente desnudos, como siempre. Desde que tenían memoria. Su madre los había llevado a playas nudistas desde que gateaban, y la costumbre se había quedado pegada a la piel. Ahora, con veintitrés años, nadie levantaba una ceja al verlos. Dos rubios altos, delgados, casi idénticos, con el mismo corte de pelo revuelto y la misma forma de moverse. Solo se distinguían por el lunar que Pablo tenía en la clavícula izquierda y por el tatuaje pequeño que Joaquín se había hecho en el antebrazo el año pasado.

Lo que nadie sabía —ni su madre, ni los amigos, ni los tipos que se acercaban a veces a charlar— era que desde hacía dos años y tres meses (Joaquín lo contaba con precisión) eran amantes.

Pablo se sentó más cerca, rozándole la rodilla con la suya. El aire olía a salitre y a crema solar. Más arriba, en las rocas, había gente: un grupo de alemanes, un par de chicas francesas, un señor mayor que leía. Nadie prestaba atención real.

—Hoy estás especialmente guapo, hermano —susurró Pablo, inclinándose un poco.

Joaquín levantó una ceja.

—¿Solo hoy? Qué decepción. Mientras me follabas anoche, no?

Pablo se rio por lo bajo, ese sonido que Joaquín amaba porque era exactamente igual al suyo, solo un poco más grave.

—Ayer estabas sudado y me gritabas “más fuerte, gemelo” como si el vecino no pudiera oírnos a través de la pared del piso. Hoy estás… limpio. Fresquito. Como si te hubieras duchado solo para mí.

Joaquín le tiró un poco de agua de la orilla a la cara. Pablo se la limpió con la mano y después, sin mirar alrededor, le pasó el dorso de los dedos por el muslo interior, subiendo despacio hasta rozarle los testículos.

—Cuidado —murmuró Joaquín, aunque la sonrisa no le cabía en la cara—. Si se te pone duro aquí, nos van a echar de la cala.

—A mí no se me pone dura. A ti sí —contestó Pablo, y para demostrarlo le dio un apretón suave al miembro de su hermano, que ya empezaba a engordar bajo el sol.

Joaquín soltó un resoplido y se acomodó mejor sobre la piedra, abriendo un poco más las piernas.

—Eres un cabrón. Siempre has sido el cabrón de los dos.

—Y tú el listo. El que se inventó lo de “si nos masturbamos juntos no es raro, es de gemelos”. Recuerdo esa conversación. Teníamos diecinueve. Estábamos en el baño de casa de mamá. Tú con la polla en la mano y yo mirándote como un idiota.

Joaquín cerró los ojos un segundo, recordando. Sí. Había empezado así. Una broma. Una curiosidad. Después un beso torpe. Después las manos. Después todo. Y dos años después seguían igual de enganchados, igual de secretos, igual de ridículamente enamorados el uno del otro.

Pablo se levantó un poco y se colocó detrás de él, de rodillas sobre la roca, de forma que desde lejos parecía que solo le estaba poniendo crema en la espalda. Las manos de Pablo bajaron por la columna de Joaquín, masajearon los hombros, y después se deslizaron por los costados hasta llegar a la cintura. Los dedos se metieron un poco más abajo, rozando el inicio de los glúteos.

—Te tienes que correr aquí —susurró Pablo contra su oreja—. Quiero que te corras con la gente a veinte metros. Quiero sentir cómo te tiembla la polla mientras finges que no pasa nada.

Joaquín sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el viento.

—Eres un enfermo, Pablo.

—Tu enfermo. Y tu hermano. Y el que te folla mejor que nadie en este planeta, aunque solo hayas follado conmigo, así que no tienes comparación, pero igual.

Joaquín se rio, un poco ahogado. La mano de Pablo ya le rodeaba la polla por completo, subiendo y bajando con lentitud, con esa precisión de quien conoce cada vena, cada sensibilidad. El pulgar le pasaba por el glande, recogiendo el líquido pre-seminal que ya empezaba a salir.

—Más despacio… —pidió Joaquín, aunque el tono no sonaba a queja.

—No. Hoy quiero que te corras rápido. Después te llevo detrás de esas rocas de ahí y te abro las piernas como te gusta. Te voy a comer el culo hasta que digas mi nombre y el tuyo mezclados, como siempre haces cuando te pones tonto.

Joaquín apoyó la cabeza hacia atrás, contra el pecho de su hermano. Desde esa posición, cualquiera que mirara pensaría que solo se estaban abrazando. Pablo seguía moviendo la mano, ahora más firme, retorciendo un poco la muñeca al llegar arriba, exactamente como a Joaquín le volvía loco.

—Te quiero, idiota —murmuró Joaquín.

—Yo también te quiero, listillo. Y te quiero follado. Y te quiero lleno de mi leche. Y te quiero lamiéndome los huevos después, porque eres un asqueroso y te gusta.

La risa de Joaquín se convirtió en un gemido ahogado cuando Pablo aceleró el ritmo. La polla le latía en la mano de su gemelo, caliente, dura, resbaladiza. Pablo le mordisqueó el lóbulo de la oreja.

—Córrete. Vamos. Quiero ver cómo se te pone la cara. Esa cara de “me estoy corriendo con mi hermano en una playa pública y me da igual”.

Joaquín apretó los dientes. Las piernas le temblaron. Un segundo después se corría, a chorros, salpicando la roca y la mano de Pablo. Pablo no paró de moverla hasta que el último espasmo pasó, y después se llevó los dedos a la boca y los chupó, mirando a Joaquín a los ojos.

—Sigue sabiendo igual de bien —dijo, como si comentara el sabor de un helado.

Joaquín se rio, todavía temblando, y le dio un empujón suave.

—Eres imposible. Vamos detrás de las rocas antes de que se me baje del todo y me arrepienta.

Se levantaron. Joaquín todavía tenía la polla medio dura, brillando con su propio semen y con saliva de Pablo. Caminaron unos metros, fingiendo naturalidad, hasta un hueco entre las rocas más grandes donde el sonido del mar tapaba casi todo y la vista desde la playa quedaba oculta.

En cuanto estuvieron a salvo, Pablo empujó a Joaquín contra la piedra caliente y se arrodilló. Se metió la polla de su hermano en la boca de un solo movimiento, chupando profundamente, con esa hambre que nunca había perdido. Joaquín se agarró al pelo de Pablo y soltó un gemido más alto de lo prudente.

—Joder, Pablo… así… sí…

Pablo se la chupaba como si fuera suya —y en cierto modo lo era—. La lengua le daba vueltas al glande, los labios se cerraban justo debajo, y de vez en cuando se la sacaba para lamerle los huevos, uno y luego el otro, mientras miraba hacia arriba con esos ojos idénticos a los de Joaquín.

Cuando la polla volvió a estar completamente dura, Pablo se levantó, se dio la vuelta y se apoyó contra la roca con las piernas abiertas.

—Ahora tú. Quiero que me abras. Quiero que me folles aquí mismo, con la gente a cincuenta metros. Y quiero que me digas cosas de hermano mientras lo haces, porque me pone de una forma enferma.
Joaquín se rio, se arrodilló detrás de él y le separó los glúteos con las manos. La lengua le recorrió la raja de arriba abajo, lenta, profunda, hasta que Pablo empezó a empujar hacia atrás, pidiendo más. Joaquín le metió la lengua, le chupó el agujero, le dio palmadas suaves en el culo.

—Mi hermanito —murmuró contra la piel—. Mi gemelo que se deja abrir en una playa porque le gusta que su hermano le folle el culo. ¿Quién te iba a decir, eh? Cuando éramos pequeños compartíamos bañera y ahora compartimos semen.

Pablo soltó una carcajada que se convirtió en gemido cuando Joaquín le metió un dedo, y después dos, abriéndolo con paciencia. Estaban acostumbrados. Se conocían de memoria. El culo de Pablo se abrió fácil, caliente, ansioso.

Joaquín se puso de pie, escupió en su propia polla (aunque no hacía falta, estaba suficientemente mojada) y empujó. Entró de un tirón lento, sintiendo cómo las paredes internas de su hermano le abrazaban. Los dos soltaron el mismo suspiro, casi al unísono.

—Joder… —dijo Pablo, con la frente apoyada en la roca—. Siempre es igual de bueno. Como si mi cuerpo estuviera hecho solo para tu polla.

—Porque lo está —contestó Joaquín, empezando a moverse—. Desde que te la metí la primera vez. Te acordás? En el piso de los padres, cuando se fueron de viaje. Tú temblando y yo diciéndote “relájate, hermanito, que no te voy a romper”.

Pablo se rio entre gemidos.

—Y me rompiste un poco igual. Y me encantó.

Joaquín aceleró. Las embestidas se volvieron más profundas, más fuertes. El sonido de piel contra piel se mezclaba con el de las olas. Pablo empujaba hacia atrás al ritmo, pidiendo más, pidiendo más duro. Joaquín le rodeó la cintura con un brazo y le agarró la polla con la otra mano, masturbándolo al mismo tiempo que le follaba.

—Te quiero, Pablo —dijo, la voz rota—. Te quiero de una forma que no se puede explicar. Eres mi hermano y eres mi puto y eres lo mejor que me ha pasado en la vida.

—Yo también… joder, Joaquín, más fuerte… así… sí, ahí…

Se corrieron casi juntos. Pablo primero, salpicando la roca, y Joaquín un segundo después, enterrándose hasta el fondo y llenándole el culo de semen caliente. Se quedaron así un rato, jadeando, pegados, con Joaquín todavía dentro.

Cuando por fin se separaron, Pablo se dio la vuelta y le besó. Un beso largo, sucio, con lengua, con sonrisas a medias.

—Somos unos enfermos —dijo Pablo contra su boca.

—Los mejores enfermos —contestó Joaquín.

Se limpiaron como pudieron con el agua del mar y volvieron a las rocas del principio. Se sentaron otra vez, uno al lado del otro, como dos hermanos cualquiera disfrutando del sol. Nadie había notado nada. O al menos eso creían.

Pablo le pasó un brazo por los hombros, en un gesto perfectamente fraternal.

—La próxima vez te toca a ti de rodillas —susurró—. Quiero correrme en tu cara y después que me digas “gracias, hermano” con la lengua llena de leche.

Joaquín soltó una carcajada suave.

—Trato hecho. Pero solo si después me dejas follarte otra vez en la ducha del apartamento. Con el agua caliente y tú gritando mi nombre como si no fueras mi gemelo.

Pablo le dio un beso rápido en la sien, casi inocente.

—Siempre. Hasta que se nos caiga la polla de viejos.

El sol seguía bajando. La gente arriba en las rocas seguía con lo suyo. Y ellos dos, Joaquín y Pablo, gemelos, amantes, hermanos, se quedaron sentados desnudos sobre la piedra caliente, con el secreto más dulce y más sucio del mundo guardado entre las piernas y en el pecho.

Más tarde, cuando el sol se puso del todo y la cala se quedó casi vacía, volvieron a tocarse. Esta vez más despacio. Con más tiempo. Con más risas. Joaquín se tumbó de espaldas y Pablo se montó a horcajadas, guiándole la polla hasta su agujero todavía resbaladizo del semen anterior. Bajó despacio, gimiendo, y empezó a cabalgarlo con movimientos largos y profundos.

—Mírame —pidió Pablo—. Quiero verte la cara mientras te uso.

Joaquín le miró. Vio sus propios ojos. Su propia boca. Su propio placer reflejado. Y se dejó querer, se dejó follar, se dejó amar por el único hombre del mundo que podía ser, al mismo tiempo, su hermano y su todo.

Cuando se corrieron otra vez, esta vez más suave, más profundo, se abrazaron debajo de las estrellas que empezaban a salir. Pablo le acarició el pelo.

—¿Crees que algún día se enterará alguien?

Joaquín negó con la cabeza, sonriendo contra su cuello.

—Que se enteren. O no. Me da igual. Mientras te tenga a ti, hermano mío, el resto del mundo puede irse a la mierda.

Pablo se rio y le dio un pellizco en el culo.

—Poético. Y asqueroso. Perfecto.

Se quedaron así un rato más, desnudos bajo la luna, dos cuerpos iguales enredados, dos vidas que nunca habían sabido separarse del todo. Y cuando por fin se levantaron para volver al apartamento, lo hicieron de la mano, como niños, como amantes, como gemelos que se habían encontrado de la forma más prohibida y más perfecta posible.

Esa noche, en la cama estrecha del apartamento alquilado, se follaron otra vez. Despacio. Con las luces apagadas. Con susurros de “hermanito” y “te quiero” y “más profundo” mezclados hasta que ya no se sabía dónde empezaba uno y terminaba el otro. Hasta que el semen, el sudor y las risas se convirtieron en la única verdad que necesitaban.

Y al día siguiente volvieron a la cala. Como siempre. Como desde bebés. Solo que ahora, cuando se miraban, los dos sabían exactamente qué se escondía detrás de esas sonrisas idénticas.

Todo. Absolutamente todo.



UnoS meSES máS tARDE

La nieve caía fina sobre Madrid cuando Joaquín y Pablo aparcaron el coche frente a la casa de su madre. Era Nochebuena. El aire olía a chimenea y a canela. Los dos bajaron con las maletas, abrigados hasta las cejas, pero debajo de los abrigos llevaban la misma camiseta negra y los mismos vaqueros ajustados. Como siempre. Casi imposibles de distinguir si no fuera por el lunar de Pablo y el tatuaje de Joaquín.

Llevaban meses pensándolo. Desde el verano en la cala. Desde aquella tarde en que se follaron detrás de las rocas y después se dijeron, medio en broma medio en serio, “algún día habrá que contarlo”. Ahora el “algún día” había llegado.

La madre los recibió en la puerta con los brazos abiertos y dos besos en cada mejilla.

—¡Mis niños! Qué guapos estáis. Entrad, que hace un frío de mil demonios.

Dentro estaba casi toda la familia: tíos, primos, la abuela en el sillón con su manta de siempre, un par de amigos de la infancia que se habían quedado a dormir. La casa olía a pollo asado y a turrón. Había villancicos de fondo a volumen bajo.

Joaquín y Pablo se miraron un segundo. Pablo le apretó la mano a escondidas, un segundo nada más, y Joaquín sintió el mismo escalofrío de siempre.

La cena fue larga. Risas, anécdotas de cuando eran pequeños, fotos viejas que la madre sacó del cajón. En una de ellas aparecían los dos a los tres años, desnudos en una playa de Almería, construyendo un castillo de arena. Todo el mundo se rio.

—Siempre juntos —dijo la tía Carmen—. Desde que nacisteis. Parecéis pegados con cola.

Pablo se atragantó un poco con el vino. Joaquín le dio una patadita bajo la mesa.

Cuando terminó el postre y la mayoría estaba medio borracha de cava, Joaquín se levantó. El corazón le latía tan fuerte que estaba seguro de que se le oía.

—Mamá… tíos… abuela… hay algo que queremos deciros.

El silencio cayó de golpe. Hasta la abuela dejó de mascar el turrón.

Pablo se puso de pie a su lado. Sus manos se buscaron a la vista de todos y se entrelazaron. Los dedos de Joaquín temblaban un poco. Los de Pablo no.

—Somos novios —dijo Pablo, con la voz más clara de lo que esperaba—. Llevamos dos años y medio juntos. No es una broma. No es una fase. Nos queremos. Y estamos hartos de esconderlo.

El silencio se hizo aún más denso. La madre abrió la boca y la cerró. El tío Pepe se quedó con el tenedor a medio camino. Uno de los primos soltó un “joder” bajito.

Joaquín apretó la mano de su hermano.

—Sabemos que es raro. Somos gemelos. Somos hermanos. Pero también somos… esto. Y no vamos a dejar de serlo. Si alguien tiene un problema, lo entendemos. Pero necesitábamos que lo supierais.

La abuela fue la primera en hablar. Su voz salió ronca, de años de tabaco y de vida.

—¿Os queréis de verdad?

Los dos asintieron al mismo tiempo.

—Entonces —dijo ella, encogiéndose de hombros— que os den por culo a los que digan mierdas. Yo he visto cosas peores en esta familia. Y peores en la tele. Si estáis contentos, yo estoy contenta. Y ahora pasadme el turrón de yema, que se me está quedando frío.

La risa que soltó Pablo fue nerviosa y genuina a la vez. La madre se levantó, les dio un abrazo tembloroso a los dos y les susurró al oído:

—Os voy a matar por no habérmelo dicho antes… pero os quiero. A los dos. Igual que siempre.

No todo el mundo lo aceptó con la misma facilidad. El tío Pepe murmuró algo sobre “lo natural” y se fue a fumar al jardín. Un primo se quedó callado el resto de la noche. Pero la mayoría, después del primer shock, empezó a hacer preguntas torpes y a soltar chistes malos. Era suficiente.

A las dos de la madrugada, cuando la casa por fin se quedó en silencio y solo quedaban ellos dos en el sofá del salón, Pablo se giró hacia Joaquín y le besó. Largo. Profundo. Con lengua. A la vista de cualquiera que bajara las escaleras.

—Libres —susurró contra su boca—. Joder, Joaquín. Libres.

Joaquín le agarró la cara con las dos manos y le devolvió el beso con ganas, mordiéndole el labio inferior.

—Ven. Arriba. Antes de que se me ponga tan dura que no pueda subir las escaleras.

La habitación de invitados olía a lavanda y a madera vieja. Cerraron la puerta con llave. En cuanto el pestillo sonó, Pablo empujó a Joaquín contra la pared y se arrodilló. Le bajó los vaqueros y los calzoncillos de un tirón. La polla de Joaquín saltó fuera, ya completamente dura, rosada, con una gota brillante en la punta.

—Mira cómo te has puesto solo de decirlo en voz alta —murmuró Pablo, y se la metió entera en la boca.

Joaquín soltó un gemido ahogado y se agarró al pelo de su hermano. Pablo chupaba con hambre, con esa mezcla de cariño y putería que solo él sabía hacer. La lengua le daba vueltas al glande, los labios se cerraban justo debajo de la cabeza, y de vez en cuando se la sacaba para lamerle los huevos, uno y luego el otro, mientras miraba hacia arriba con los ojos brillantes.

—Te quiero tanto, hermano —dijo Joaquín, la voz rota—. Te quiero follado. Te quiero libre. Te quiero mío.

Pablo se levantó, se quitó la ropa a toda prisa y empujó a Joaquín hacia la cama. Se tumbaron uno encima del otro, piel contra piel, pollas rozándose. Se besaron como si llevaran años sin hacerlo en público y ahora pudieran compensarlo todo de golpe. Manos por todas partes. Dedos que se metían entre las nalgas. Risas bajitas cuando se daban con los codos o se enredaban las piernas.

Joaquín se puso de rodillas entre las piernas de Pablo, le separó los muslos y le lamió el culo con lentitud, con dedicación. La lengua le entró profunda, húmeda, caliente. Pablo se arqueó y agarró las sábanas.

—Joder… sí… así… ábreme, hermanito…

Joaquín le metió dos dedos, los movió, los curvó hasta encontrar ese punto que hacía que a Pablo se le pusieran los ojos en blanco. Después escupió en su propia polla, se colocó y empujó. Entró de un solo movimiento lento y profundo. Los dos soltaron el mismo gemido.

—Libres —repitió Pablo, mientras Joaquín empezaba a follarlo con embestidas largas y firmes—. Puedo gritar. Puedo decir tu nombre. Puedo decir “fóllame más fuerte, hermano” y que me oiga medio Madrid si quiere.

Joaquín aceleró. El sonido de piel contra piel llenó la habitación. La cama crujía. Pablo empujaba hacia atrás, pidiendo más, pidiendo más duro. Joaquín le agarró las caderas y se lo folló como llevaba meses queriendo hacerlo sin miedo: profundo, posesivo, con esa mezcla de amor y lujuria que solo existía entre ellos.

—Te quiero dentro —jadeó Pablo—. Quiero que me llenes. Quiero salir mañana a la calle con tu semen resbalándome por el culo y que todo el mundo sepa que soy tuyo.

Joaquín se corrió con un gemido largo, enterrándose hasta el fondo. Pablo se corrió un segundo después, solo con la polla de su hermano dentro y la mano de Joaquín rodeándole el miembro. El semen les salpicó el vientre a los dos.

Se quedaron abrazados, sudados, riendo bajito.

—Feliz Navidad, hermano —dijo Pablo, dándole un beso en la frente.

—Feliz Navidad, amor —contestó Joaquín.

A la mañana siguiente, Nochebuena se había convertido en Navidad. Bajaron juntos a desayunar. La madre les puso café y magdalenas como si nada hubiera pasado, aunque de vez en cuando los miraba con una mezcla de ternura y “todavía no me lo creo del todo”. El tío Pepe no había aparecido. La abuela les guiñó un ojo.

Después del desayuno, Joaquín y Pablo se pusieron los abrigos y salieron a dar un paseo. La nieve seguía cayendo. El parque cercano estaba casi vacío. Por primera vez en dos años y medio, caminaron cogidos de la mano a la vista de todo el mundo. Pablo se detuvo bajo un farol y le besó. Un beso lento, profundo, con nieve cayéndoles en el pelo. Un señor mayor que pasaba con un perro los miró un segundo y siguió su camino. Una chica joven sonrió.

—Se siente raro —susurró Joaquín contra la boca de su hermano—. Raro y… joder, qué bien.

—Espera a que te folle contra ese árbol —contestó Pablo, y los dos se echaron a reír.

No lo hicieron contra el árbol. Pero sí que se metieron en el coche, aparcado en una calle tranquila, y se corrieron las cremalleras. Pablo se inclinó sobre el asiento del copiloto y le chupó la polla a Joaquín hasta que se corrió en su boca. Después se intercambiaron. Joaquín se arrodilló lo mejor que pudo en el espacio reducido y se tragó todo lo que Pablo le dio, mirándolo a los ojos mientras lo hacía.

—Te amo —dijo después, con la voz ronca y la boca todavía llena del sabor de su hermano—. Te amo de una forma que da miedo.

—Yo también. Y ahora que ya lo saben todos, te voy a follar en todos los sitios que se nos ocurran. En el cine. En el baño de los restaurantes. En la terraza de mamá cuando se vaya de viaje. En la puta playa nudista el próximo verano, pero esta vez sin escondernos detrás de las rocas.

Joaquín se rio y le dio un manotazo suave en la cabeza.

—Eres un cerdo.

—Tu cerdo. Y tu hermano. Y tu novio. Todo junto.

Esa misma noche, después de la comida de Navidad (esta vez más relajada, con algún comentario torpe pero ninguna hostilidad abierta), se encerraron otra vez en la habitación. Esta vez Pablo fue quien tomó el control. Tumbó a Joaquín boca abajo, le separó las nalgas y le comió el culo hasta que Joaquín estaba temblando y pidiendo que lo follara ya. Cuando por fin entró, lo hizo despacio, milímetro a milímetro, susurrándole al oído:

—Mírame. Quiero que sepas que te estoy follando. Que soy tu hermano y que te estoy follando. Y que mañana vamos a salir a la calle cogidos de la mano otra vez. Y que te voy a besar en medio de la plaza. Y que después te voy a traer aquí y te voy a volver a abrir.

Joaquín gemía contra la almohada, empujando hacia atrás, pidiendo más. Pablo se lo dio. Embestidas profundas, rítmicas, que hacían crujir la cama vieja. La mano de Pablo rodeaba la polla de Joaquín, masturbándolo al mismo tiempo. Se corrieron juntos otra vez, con gemidos que ya no intentaban disimular.

Después se quedaron enredados, piel contra piel, el semen secándose entre ellos.

—¿Crees que la familia lo va a digerir del todo? —preguntó Joaquín al cabo de un rato.

Pablo le acarició el pelo.

—Con el tiempo. La abuela ya lo ha digerido. Y nosotros… nosotros ya éramos libres desde el momento en que nos lo dijimos el uno al otro. Lo de contarlo era solo el último paso.

Joaquín se giró y le besó el pecho, justo encima del corazón.

—Feliz Navidad, Pablo.

—Feliz Navidad, Joaquín.

Fuera seguía nevando. Dentro de la habitación, dos cuerpos idénticos se abrazaban como si el mundo por fin hubiera hecho un poco de sitio para ellos. Y por primera vez en mucho tiempo, no había ninguna puerta que cerrar con llave por miedo. Solo por ganas de estar solos un rato más.

Al día siguiente volvieron a salir. Cogidos de la mano. Besándose en la calle. Riendo. Y por la noche, cuando volvieron a casa, se follaron otra vez. Despacio. Con cariño. Con esa mezcla de hermano y amante que ya no tenían que esconder.

Libres. Por fin.

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