15.8.26

rELAtO. DEsCUbRiEnDo eL SaboR de Sus PIes



La casa de Mark estaba en las afueras, una de esas construcciones modestas de ladrillo y techo bajo donde el tiempo parecía moverse más despacio. Era un sábado de finales de verano, el sol entraba a través de las cortinas entreabiertas y bañaba el salón en una luz dorada y perezosa. El sofá grande de color beige, con sus cojines decorados y la manta marrón arrojada sobre el respaldo, olía a lavanda y a algo más íntimo: el sudor limpio de dos cuerpos que llevaban horas sin hacer nada más que existir juntos.

Jake había llegado a media mañana. Traía una mochila con ropa de cambio y una sonrisa que Mark conocía demasiado bien. Habían sido compañeros de equipo en el instituto, luego compañeros de piso durante un año en la universidad, y ahora, a los veintidós, seguían siendo ese tipo de amigos que se entendían sin necesidad de muchas palabras. Mark era el más alto, de cabello castaño oscuro cortado al rape, cuerpo marcado por horas en el gimnasio y una forma de mirar que siempre parecía estar evaluando. Jake era más compacto, rubio casi rapado, piel clara salpicada de pecas en los hombros y una energía nerviosa que se calmaba solo cuando estaba cerca de Mark.

Habían pasado la mañana jugando videojuegos, hablando de tonterías, bebiendo cerveza de la nevera. El calor apretaba. Mark se había quitado la camiseta primero, dejándola caer al suelo. Jake lo imitó poco después. Los pantalones cortos de Mark, negros y holgados, contrastaban con los de Jake, azules con franjas blancas, de esos que se usaban para correr. Ambos descalzos. Los pies de Jake eran estrechos, dedos largos; los de Mark, más anchos, con un pequeño lunar en el tobillo derecho.

Fue Jake quien empezó el juego, como siempre. Estaba tumbado de lado en el sofá, las piernas semi-dobladas, cuando levantó un pie y lo apoyó contra el pecho de Mark, empujándolo suavemente.

—Tienes los pies fríos —dijo Mark, pero no se apartó. Su mano subió y sujetó el tobillo de Jake, el pulgar trazando círculos lentos sobre la piel.

Jake sonrió. —No están fríos. Están calientes. Tú eres el que siempre tiene las manos heladas.

Mark se inclinó y, sin romper el contacto visual, acercó la boca al arco del pie de Jake. No lo besó todavía. Solo respiró contra la piel, dejando que el aliento caliente hiciera que Jake se estremeciera. Luego, con deliberada lentitud, pasó la lengua por la planta, de talón a dedos. Jake soltó un sonido bajo, entre risa y gemido.

—Joder, Mark…

—Cállate —respondió Mark, pero su voz era suave. Siguió lamiendo, saboreando el leve sabor a sal y a jabón. El dedo gordo de Jake entró en su boca. Mark lo chupó con calma, los labios cerrados alrededor, la lengua girando. Su otra mano se deslizó por la pantorrilla de Jake, subiendo hasta el muslo, donde el pantalón corto se había subido y dejaba ver piel pálida y vello fino.

Jake no se quedó quieto. Giró el cuerpo, se acomodó de espaldas casi, y levantó su otra pierna. Su pie libre encontró el pecho de Mark, los dedos extendidos, y luego bajó hasta la boca del otro. Mark lo recibió sin dudar. Ahora tenía ambos pies de Jake: uno en la boca, el otro sujeto con firmeza mientras lo besaba y lo mordisqueaba suavemente. La posición era incómoda, pero ninguno se quejó. Jake tenía las piernas abiertas, una flexionada sobre el sofá, la otra alzada. Mark estaba medio sentado, medio inclinado sobre él, el torso desnudo brillando ligeramente de sudor.

El aire del salón se espesó. El zumbido lejano de un ventilador era lo único que competía con los sonidos húmedos de la boca de Mark y los suspiros cada vez más profundos de Jake. Mark soltó un pie solo para deslizar la mano por debajo del pantalón corto azul de Jake. Lo encontró ya medio duro, caliente, y lo envolvió con los dedos. Jake arqueó la espalda y empujó el pie más profundamente en la boca de Mark, casi como si quisiera callarlo o, al contrario, forzarlo a seguir.

—Así… —murmuró Jake—. Sigue chupándome los pies mientras me tocas.

Mark obedeció. La lengua trabajaba con dedicación: entre los dedos, por el arco, succionando el talón. Al mismo tiempo, su mano se movía con ritmo lento y firme bajo la tela fina. Jake correspondió. Su propia mano bajó hasta los pantalones negros de Mark, los abrió con torpeza y sacó la polla ya dura. La acarició con la misma lentitud con la que Mark le chupaba los pies, el pulgar pasando una y otra vez por la cabeza húmeda.

Se miraron. No había vergüenza. Solo una especie de hambre compartida que llevaba años acumulándose en miradas demasiado largas y en abrazos que se prolongaban un segundo de más. Mark soltó el pie de Jake solo el tiempo necesario para inclinarse y besar su boca. El sabor de la piel del pie todavía estaba en su lengua cuando se encontraron. Jake gimió dentro del beso y apretó más fuerte la polla de Mark.

Cuando se separaron, Mark volvió a los pies. Esta vez los levantó ambos, los juntó y los chupó a la vez, los dedos de Jake rozándose dentro de su boca. Jake se retorcía, la mano aún dentro de los pantalones de Mark, el pantalón azul de él completamente desacomodado, la polla ya fuera, roja y brillante. Mark bajó una mano y la envolvió también, acariciando a los dos al mismo tiempo, los dedos resbaladizos por el pre-semen.

—Quiero más —dijo Jake con voz ronca—. Quiero que me folles mientras me chupas los pies.

Mark no necesitaba que se lo pidieran dos veces. Se levantó lo suficiente para quitarse los pantalones por completo. Jake hizo lo mismo, empujando los azules hacia abajo hasta que quedaron enredados en un tobillo. Quedaron desnudos sobre el sofá, piel contra piel, el calor del verano pegándolos. Mark se colocó entre las piernas de Jake, levantó ambas hasta casi doblarlo por la mitad, y volvió a llevarse los pies a la boca. Al mismo tiempo, con una mano, se alineó y empujó lentamente dentro de Jake.

Jake soltó un grito ahogado. Se agarró al brazo de Mark, las uñas clavándose. Mark entró con paciencia, centímetro a centímetro, sintiendo cómo el cuerpo de Jake se abría y lo recibía. Cada vez que se hundía un poco más, chupaba con más fuerza los dedos de los pies, como si el placer de abajo se tradujera directamente en la boca. Jake tenía la cabeza echada hacia atrás, la boca abierta, los ojos entrecerrados. Su mano libre buscó su propia polla y empezó a masturbarse al ritmo de las embestidas.

El sofá crujía. La manta marrón se había deslizado al suelo. El cuerpo de Mark brillaba de sudor; el de Jake también. Cada embestida hacía que los pies de Jake se movieran dentro de la boca de Mark, rozando los dientes, la lengua, el paladar. Mark gemía alrededor de ellos, el sonido vibrando contra la piel sensible. Jake estaba perdido: el dual estímulo de ser follado profundamente y de sentir la boca caliente y húmeda de su amigo alrededor de sus pies lo estaba llevando al borde demasiado rápido.

—Más fuerte —pidió—. Chúpamelos más fuerte… joder, Mark, así…

Mark aceleró. Las caderas golpeaban contra el culo de Jake con un sonido húmedo y rítmico. Su lengua no paraba: lamiendo, succionando, mordiendo suavemente el arco cuando necesitaba respirar. Jake se corrió primero, el semen saliendo a chorros sobre su propio abdomen y el pecho de Mark. Las contracciones internas apretaron la polla de Mark con fuerza, y eso fue suficiente. Mark se hundió hasta el fondo, soltó un gemido largo y se corrió dentro de Jake, las caderas temblando, la boca todavía llena de los pies del otro.

Se quedaron así un rato, jadeando. Mark soltó al fin los pies de Jake y los bajó con cuidado, pero no se retiró del todo. Se dejó caer sobre el cuerpo del otro, la cara enterrada en el cuello de Jake, oliendo el sudor y el sexo. Jake le pasó una mano por la espalda, los dedos trazando líneas perezosas.

—Otra vez —susurró Jake después de un minuto—. Cuando puedas. Quiero que me chupes los pies mientras me la chupas. Y después quiero follarte yo.

Mark levantó la cabeza. Tenía los labios hinchados, la mirada oscura. Sonrió.

—Como quieras.

No se levantaron del sofá en mucho rato. La luz de la tarde se fue tornando anaranjada. Mark se deslizó hacia abajo, entre las piernas de Jake, y esta vez tomó la polla todavía sensible en la boca mientras volvía a sujetar un pie y a lamerlo con devoción. Jake se arqueó, las manos en el cabello corto de Mark, empujándolo más abajo. El segundo round fue más lento, más exploratorio. Mark descubrió que a Jake le temblaban las piernas cuando le chupaba el dedo índice del pie al mismo tiempo que le rozaba con los dientes la cabeza de la polla. Jake descubrió que Mark gemía como un animal cuando le metía los dedos de los pies en la boca mientras lo masturbaba.

Cuando Jake se recuperó lo suficiente, hizo que Mark se tumbará de espaldas. Se colocó a horcajadas sobre su pecho, de espaldas a la cara de Mark, y bajó la boca hasta la polla de su amigo mientras levantaba un pie y lo ofrecía. Mark lo recibió con avidez. Ahora era Jake quien chupaba y Mark quien lamía pies, y el contraste era embriagador. Jake movía las caderas, frotando su propia polla contra el pecho de Mark, dejando rastros húmedos. Mark, con las manos libres, le separó los glúteos y lo preparó de nuevo con los dedos, mientras su boca trabajaba sin descanso en la planta del pie que Jake le ofrecía.

Cuando Jake se sentó sobre la polla de Mark por segunda vez, fue de cara a él. Se inclinó hacia adelante, casi doblándose, y metió ambos pies en la boca de Mark al mismo tiempo que empezaba a cabalgarlo. La posición era imposible, absurda, perfecta. Mark apenas podía respirar, pero no le importaba. Tenía la boca llena de Jake, el cuerpo lleno de Jake, y el olor a sexo y a pies limpios y a sudor de verano lo rodeaba por completo. Jake se movía con ritmo profundo, levantándose casi hasta salir y luego bajando con fuerza. Cada vez que lo hacía, los pies se hundían un poco más en la garganta de Mark.

Se corrieron casi juntos esta vez. Jake primero, salpicando el pecho y el cuello de Mark. Mark segundos después, agarrando las caderas de Jake con fuerza suficiente para dejar marcas, empujando hacia arriba mientras se vaciaba otra vez dentro de él.

Después, el silencio. Solo respiraciones agitadas y el leve crujido del sofá cuando se acomodaron uno contra el otro. Jake tenía la cabeza apoyada en el hombro de Mark. Mark tenía un brazo rodeándole la cintura y la otra mano todavía sosteniendo, casi por reflejo, un pie de Jake contra su pecho.

—¿Cuánto tiempo llevábamos queriendo hacer esto? —preguntó Jake en voz baja.

Mark pensó un momento. —Desde el tercer año de instituto. Cuando te quedaste a dormir después del partido y te dormiste en mi cama con los pies fuera de la manta. Me pasé media hora mirándolos y odiándome por no atreverme a tocarlos.

Jake rio suavemente. —Yo me di cuenta de que me gustabas cuando te vi en las duchas después de entrenar y no pude dejar de mirarte las manos. Pensé que si alguna vez me dejabas, querría que me tocases los pies primero. No sé por qué. Solo… se sentía correcto.

Mark giró la cabeza y besó la sien de Jake. Luego, sin decir nada, bajó la boca otra vez hasta el pie que todavía tenía cerca y le dio un beso lento, casi reverente, en el arco.

—Todavía no he terminado con ellos —murmuró contra la piel.

Jake cerró los ojos y sonrió. —Bien. Porque yo tampoco he terminado contigo.

La tarde se fue convirtiendo en noche. Encendieron una lámpara baja. Pidieron comida a domicilio y la comieron desnudos en el sofá, entre besos y caricias. Cada vez que Jake levantaba un pie, Mark lo atrapaba. Cada vez que Mark se inclinaba demasiado cerca, Jake lo empujaba hacia abajo. Follaron una tercera vez, esta vez más despacio, Mark entrando en Jake por detrás mientras le sujetaba los tobillos y le chupaba los talones. Jake se masturbaba con una mano y con la otra le agarraba el pelo a Mark, guiándolo.

Cuando por fin se quedaron dormidos, era casi medianoche. Estaban enredados en el sofá, la manta marrón a medio cubrirlos. El pie de Jake descansaba contra la mejilla de Mark. La mano de Mark rodeaba el tobillo de Jake como si temiera que se escapara.

A la mañana siguiente, la luz entró otra vez por las cortinas. Jake se despertó primero y se quedó un rato mirando a Mark dormir. Luego, con una sonrisa perezosa, levantó el pie libre y lo rozó suavemente por los labios del otro.

Mark abrió los ojos. Sin decir una palabra, abrió la boca y lo recibió.
La casa volvió a llenarse del sonido húmedo de una lengua y de los suspiros bajos de alguien que, por fin, había dejado de fingir que solo eran amigos.

Y así, durante el resto del día, y del siguiente, y de muchos más, el sofá, los pies, las bocas y los cuerpos de Mark y Jake siguieron descubriendo todas las formas en que dos personas pueden volverse adictas la una a la otra sin necesidad de salir de esa habitación iluminada por el sol de verano.

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