27.9.26

rElAtO. cAmINAnDo dESnuDoS.



El bosque de secuoyas envolvía todo en un manto verde y húmedo. El aire olía a tierra mojada, resina fresca de los pinos y el leve almizcle de sus cuerpos sudorosos. Aitor, con los músculos tensos y brillantes por el esfuerzo, cargaba a Fernando sobre su espalda ancha. La piel caliente y suave de Fernando se pegaba a la suya, resbaladiza por el sudor. Sentía perfectamente el roce insistente de la polla gruesa y dura de Fernando contra su columna vertebral, dejando un rastro caliente y pegajoso de precum que se enfriaba con el aire del bosque.

Las manos fuertes de Fernando se aferraban a sus hombros, las uñas clavándose ligeramente en la carne. Su aliento caliente le rozaba la nuca, entrecortado.

—Joder, Aitor… tu piel huele a hombre, a bosque, a deseo —susurró Fernando, mordiéndole el trapecio con hambre. El sabor salado del sudor de Aitor le inundó la lengua.

Aitor gruñó bajo, su voz grave reverberando en su pecho. Su propia verga, gruesa, venosa y de más de 20 cm, palpitaba dolorosamente erecta contra su vientre, rozando de vez en cuando las nalgas firmes de Fernando cuando este se movía. El agua fría del arroyo mordía sus tobillos y pantorrillas, contrastando brutalmente con el calor infernal que emanaba de sus cuerpos. Cada paso hacía que las pelotas pesadas de Aitor se balancearan y rozaran el interior de sus muslos mojados.

Al llegar a la orilla musgosa, Aitor soltó a Fernando contra un tronco cubierto de musgo suave y húmedo. El olor a tierra removida y hojas descompuestas se mezclaba con el aroma almizclado de sus sexos excitados.

Todo había comenzado meses atrás. El primer contacto real fue en aquel claro. Cuando Fernando se arrodilló entre las hojas secas que crujían bajo sus rodillas, el olor a tierra y pino se intensificó. Tomó la polla de Aitor con ambas manos, sintiendo su calor pulsante, las venas gruesas latiendo bajo la piel sedosa. El glande hinchado brillaba con una gota de precum transparente.

Fernando sacó la lengua y lamió lentamente desde las pelotas pesadas y peludas —que olían a sudor masculino puro— hasta la punta. El sabor salado y ligeramente amargo le llenó la boca. Luego la engulló entera, la garganta contrayéndose alrededor del grosor. Aitor soltó un gemido gutural, sujetándole el pelo castaño con fuerza. El sonido húmedo y obsceno de la garganta siendo follada llenaba el claro: gluck, gluck, gluck.

Cuando Aitor se corrió, el semen salió en chorros potentes, espeso, caliente y con un sabor fuerte que Fernando tragó con avidez, aunque parte le chorreó por la comisura de los labios y cayó en gruesos hilos sobre su pecho.

Esa misma noche, dentro de la tienda, el aire estaba cargado de olor a sexo y sudor. Aitor untó su polla con saliva y presionó contra el agujero virgen y apretado de Fernando. Sintió el anillo muscular resistir, luego ceder lentamente. El calor interno de Fernando era abrasador, como terciopelo ardiente envolviéndole la verga. Cada centímetro que entraba producía un sonido húmedo y succionante.

—Más… rómpeme el culo —suplicó Fernando, su voz quebrada.

Aitor embistió con fuerza. El choque de pelvis contra nalgas producía un plap plap plap constante. El olor a sexo llenaba la tienda: sudor, precum y el leve aroma metálico del deseo. Fernando se corrió sin tocarse, su polla soltando chorros calientes que salpicaron su propio abdomen y el pecho de Aitor. El olor de su semen era dulce y almizclado. Aitor rugió al correrse dentro, inundando las entrañas de Fernando con leche espesa y caliente que luego goteó lentamente por sus nalgas cuando salió.

En el arroyo, el musgo era frío y húmedo bajo las rodillas de Fernando. Aitor se arrodilló detrás, separó las nalgas firmes y redondas y escupió directamente sobre el agujero rosado y palpitante. El escupitajo caliente resbaló. Luego hundió la cara entera.

Su lengua, ancha y caliente, lamió el perímetro, saboreando el gusto ligeramente terroso y salado de Fernando. Penetró con la punta, follando el interior con movimientos rápidos mientras su nariz se enterraba entre las nalgas, respirando el olor íntimo y excitante de su hombre. Fernando gemía sin control, empujando hacia atrás, las hojas crujiendo bajo sus manos.

Aitor se incorporó, alineó su polla gruesa y empujó de golpe. El estiramiento fue brutal. Fernando sintió cada vena, cada centímetro abriéndolo. El ardor inicial dio paso a un placer profundo que le hacía vibrar la próstata con cada embestida.

Aitor le agarró las caderas con fuerza, los dedos clavándose en la carne, y lo folló salvajemente. El sonido del agua del arroyo de fondo se mezclaba con los plap plap plap húmedos, los gemidos roncos de Aitor y los gritos agudos de placer de Fernando.

—Tu culo aprieta tan rico… me vas a sacar toda la leche —gruñó Aitor.

Cuando se corrió, Fernando sintió los chorros calientes golpeando profundo dentro de él, llenándolo hasta rebosar. El semen salió en cuanto Aitor se retiró, chorreando por sus muslos en hilos espesos y blancos, mezclándose con el agua del arroyo.

El aceite de masaje olía a coco y vainilla. Aitor lo derramó generosamente sobre el cuerpo de Fernando, extendiéndolo con las palmas abiertas: pecho, abdomen marcado, piernas, nalgas. Sus manos resbalaban, apretando músculos, pellizcando el piercing del pezón hasta que Fernando arqueaba la espalda y gemía.

Aitor le metió dos dedos aceitados en el culo, moviéndolos en tijera, rozando la próstata. El sonido era húmedo y obsceno. Luego tres dedos. Fernando se retorcía, su polla goteando precum continuamente sobre las sábanas.

Cuando Aitor lo penetró, el deslizamiento fue perfecto gracias al aceite. Entró hasta el fondo de un golpe. El calor, la presión y la fricción eran abrumadores. Follaban con furia: Fernando cabalgando, rebotando con fuerza, sus nalgas golpeando los muslos de Aitor con sonidos húmedos, su polla golpeando contra el abdomen de Aitor dejando hilos pegajosos.
Aitor lo puso a cuatro patas y lo montó como un animal. El olor a sexo era denso, casi palpable. Sudor, aceite, semen. Le dio azotes fuertes, dejando las nalgas rojas. Fernando se corrió con un grito ahogado, su agujero contrayéndose violentamente alrededor de la polla de Aitor, ordeñándola.

Aitor se corrió con un rugido, llenándolo hasta que el semen rebosaba con cada embestida. No pararon ahí. Tras un breve descanso en el que se besaron con lengua profunda, saboreando el aliento del otro, Aitor volvió a follarlo, más lento esta vez, disfrutando cada contracción, cada gemido, cada gota de sudor que caía de su frente sobre la espalda de Fernando.

Bajo las estrellas, en la pradera alta, el aire era más frío y limpio, pero sus cuerpos ardían. Aitor levantó las piernas de Fernando y entró despacio, mirándolo a los ojos. Sentía cada latido interno, el calor aterciopelado envolviéndolo. Sus movimientos eran profundos y circulares, rozando la próstata constantemente.

El placer era casi insoportable. Olores a hierba aplastada, sudor fresco y semen. Sonidos de respiración agitada y carne húmeda chocando. Sabores de besos salados. Tacto de piel contra piel, manos entrelazadas.

Se corrieron juntos, con intensidad brutal, cuerpos temblando, semen mezclándose entre sus abdómenes.

Su amor era visceral: olor a bosque y sexo, sonidos de placer animal, sabores íntimos, tacto desesperado y vistas de cuerpos perfectos entrelazados.


La Cascada

El rugido constante de la cascada llenaba el aire, un sonido ensordecedor y primitivo que amortiguaba cualquier gemido. Habían caminado casi desnudos durante la última hora, sus cuerpos cubiertos solo por una fina capa de sudor y polvo del sendero. Al llegar al remanso oculto bajo la caída de agua, el ambiente era mágico y salvaje: el agua cristalina golpeaba las rocas con fuerza, creando una nube de niebla fina que refrescaba el aire cargado de olor a musgo húmedo, piedra mojada y vegetación exuberante.

Fernando fue el primero en quitarse las botas y el resto de la ropa. Su cuerpo musculoso brillaba bajo la luz filtrada que atravesaba las copas de los árboles. El piercing en su pezón izquierdo captaba destellos plateados. Aitor lo observó con hambre mientras se desnudaba también, su polla ya semierecta balanceándose pesada entre sus piernas fuertes.

Sin decir nada, Fernando entró en el agua fría hasta la cintura y extendió la mano. Aitor lo siguió. El contraste térmico fue inmediato y brutal: el agua helada mordía la piel caliente, erizando cada vello, pero sus cuerpos ardían por dentro. Se abrazaron bajo el chorro principal de la cascada. El agua caía con fuerza sobre sus hombros y cabezas, golpeando como miles de dedos fríos.

Aitor sujetó la cara de Fernando con ambas manos y lo besó con violencia. Sus lenguas se enredaron, saboreando el agua pura mezclada con el sabor salado de sus bocas. Fernando bajó una mano y agarró la polla de Aitor, que ya estaba completamente dura, gruesa y palpitante. La masturbó lentamente bajo el agua, sintiendo cómo el frío hacía que las venas se marcaran aún más.

—Quiero saborearte aquí —dijo Fernando, casi gritando para que se le oyera sobre el rugido de la cascada.

Se hundió hasta quedar de rodillas en el fondo rocoso del remanso. El agua le llegaba al pecho. Tomó la polla de Aitor con ambas manos y la lamió desde la base hasta la punta. El sabor era intenso: sudor, precum y el leve toque mineral del agua. Abrió la boca y la engulló profundamente. El frío del agua contrastaba con el calor abrasador de su garganta. Aitor le sujetó la melena mojada con fuerza y comenzó a follarle la boca con embestidas profundas. El sonido húmedo de la garganta siendo penetrada se mezclaba con el rugido del agua.
Fernando se atragantaba, saliva y agua chorreando por su barbilla, pero no se detenía. Sus ojos llorosos miraban hacia arriba con devoción absoluta. Cuando Aitor sintió que estaba a punto, salió de su boca y lo levantó bruscamente.

—Ahora te voy a follar —gruñó contra su oído.

Empujó a Fernando contra una roca plana y lisa que sobresalía del agua, inclinándolo hacia adelante. El agua caía con fuerza sobre la espalda de Fernando, resbalando por su columna y entre sus nalgas. Aitor separó aquellas nalgas firmes con las manos, admirando el agujero rosado que se contraía por el frío y la excitación.

Escupió directamente sobre él, el escupitajo caliente contrastando con el agua fría. Luego se arrodilló y hundió la cara. Su lengua ancha y caliente lamió con avidez, penetrando el interior, saboreando el gusto íntimo de Fernando mezclado con el agua pura. Fernando gritaba de placer, sus gemidos ahogados por la cascada. Aitor le metió dos dedos mientras le comía el culo, abriéndolo, preparándolo.

Cuando se levantó, su polla estaba tan dura que dolía. Alineó el glande grueso contra el agujero y empujó. El frío del agua hacía que todo se sintiera más intenso. Fernando arqueó la espalda y soltó un grito largo cuando Aitor entró hasta el fondo de un solo empujón. El calor interno de su culo era una delicia abrasadora comparado con el agua helada que les golpeaba.

Aitor comenzó a follarlo con fuerza. Cada embestida producía un sonido húmedo y obsceno que apenas se oía bajo el rugido del agua, pero que ellos sentían perfectamente: plap, plap, plap. Sus caderas chocaban contra las nalgas de Fernando, salpicando agua en todas direcciones. Una mano de Aitor se enredó en el pelo mojado de Fernando, tirando de su cabeza hacia atrás, mientras la otra le sujetaba la cadera con fuerza.

—Siente cómo te abro entero, mi puta —gruñó Aitor al oído, mordiéndole el lóbulo.

Fernando solo podía gemir y suplicar:

—Más fuerte… lléname… quiero tu leche dentro…

El agua caía sin piedad sobre ellos, haciendo que sus cuerpos resbalaran. Aitor cambió de ángulo, buscando la próstata. Cuando la golpeó, Fernando se sacudió violentamente, su polla soltando hilos de precum que el agua se llevaba inmediatamente. Aitor lo masturbaba al mismo tiempo con la mano libre, apretando el tronco grueso, frotando el glande sensible.

El placer era abrumador. El frío del agua, el calor de sus cuerpos unidos, el rugido ensordecedor, el olor a sexo y naturaleza, el sabor del agua y la piel mojada. Fernando fue el primero en correrse. Su agujero se contrajo con fuerza alrededor de la polla de Aitor mientras chorros gruesos de semen salían disparados de su polla, cayendo al agua y siendo arrastrados por la corriente.

Aitor no paró. Siguió follándolo con más intensidad, prolongando el orgasmo de Fernando hasta que este temblaba. Finalmente, con un rugido animal que se perdió entre el sonido de la cascada, Aitor se enterró hasta el fondo y se corrió. Chorros potentes y calientes inundaron las entrañas de Fernando, tanto que incluso con el agua fría alrededor, sintió perfectamente cómo su interior se llenaba.

Cuando Aitor salió lentamente, un hilo espeso de semen blanco salió del agujero abierto de Fernando, siendo inmediatamente diluido por el agua. Se giraron y se besaron con desesperación bajo la cascada, sus pollas aún medio duras rozándose.

No habían terminado.

Aitor sentó a Fernando sobre la roca plana, le levantó las piernas y volvió a penetrarlo cara a cara. Esta vez más lento, profundo, mirándose a los ojos. El agua caía sobre sus cabezas y hombros mientras follaban. Fernando rodeaba la cintura de Aitor con las piernas, clavándole los talones en el culo para que entrara más profundo.

Se corrieron una segunda vez, más lento pero igual de intenso. Besos, mordiscos, gemidos ahogados. Semen mezclándose con el agua, cuerpos temblando de placer y frío.

Al salir del agua, exhaustos y temblando, se tumbaron sobre una roca caliente por el sol que asomaba entre los árboles. Sus cuerpos mojados brillaban. Aitor abrazó a Fernando por detrás, su polla aún semierecta descansando entre las nalgas de su amante.

—Te amo, joder —susurró Aitor contra su cuello mojado.

—Y yo a ti… mi todo —respondió Fernando, apretando el culo contra él.

La cascada seguía rugiendo, testigo silencioso de su pasión salvaje.

La Primera Mamada

El sol del atardecer teñía el claro de tonos dorados y anaranjados. El aire estaba cargado del aroma denso del bosque: resina caliente de los pinos, tierra seca, hojas en descomposición y el primer indicio de sudor masculino. Habían estado hablando durante horas, la tensión sexual creciendo con cada mirada, cada roce “accidental” de manos o hombros.

Fernando fue el que dio el paso. Se acercó a Aitor con esa sonrisa mezcla de timidez y hambre, y sin mediar palabra, se arrodilló lentamente sobre el suelo cubierto de hojas secas que crujían bajo sus rodillas. El olor a tierra se intensificó.

Aitor se quedó de pie, respirando agitado, mientras Fernando le bajaba los pantalones de senderismo junto con los bóxers de un tirón. La polla de Aitor saltó libre como un resorte, pesada, gruesa y ya medio dura. Medía más de 20 centímetros en plena erección, con un tronco venoso y un glande grueso y rosado que brillaba ligeramente por el precum. Las pelotas colgaban pesadas y peludas, cargadas.

—Hostia puta… —susurró Fernando, impresionado. Su aliento caliente rozó la piel sensible.

Primero olió. Acercó la nariz a la base y aspiró profundamente: un aroma fuerte, almizclado, a hombre sudado después de horas de caminata. Ese olor le hizo palpitar la propia polla dentro de los pantalones. Luego sacó la lengua y lamió lentamente desde las pelotas hacia arriba.

El sabor era intenso: salado, ligeramente amargo, con ese toque terroso del sudor acumulado. Fernando lamió las pelotas una por una, metiéndoselas en la boca con cuidado, succionando suavemente mientras su lengua las masajeaba. Aitor soltó un gemido grave y profundo, sujetando con una mano el pelo castaño de Fernando.

—Joder… qué boca tienes…

Fernando subió por el tronco, lamiendo cada vena marcada, saboreando la piel caliente y sedosa. Cuando llegó al glande, lo rodeó con la lengua en círculos lentos, recogiendo el precum transparente que seguía saliendo. El sabor era más dulce, más limpio. Abrió la boca y lo metió.

Al principio solo el glande. Sus labios se estiraron alrededor del grosor mientras su lengua seguía trabajando por debajo. Luego bajó más, centímetro a centímetro, sintiendo cómo la polla le llenaba la boca, presionando contra su lengua y el paladar. Cuando llegó a la mitad, ya sentía la garganta resistiendo.

Aitor no pudo contenerse. Empujó suavemente las caderas hacia adelante. Fernando respiró por la nariz y relajó la garganta, dejando que la verga entrara más profundo. El sonido fue húmedo y obsceno: un gluck ahogado cuando el glande le rozó las amígdalas.

—Así… trágatela entera —gruñó Aitor, su voz ronca de placer.

Fernando lo intentó. Lágrimas se le acumularon en los ojos por el esfuerzo, saliva comenzó a chorrear por las comisuras de su boca y a caer en hilos gruesos hacia el suelo. El ruido de la garganta siendo follada era cada vez más fuerte y mojado. Aitor le sujetaba la cabeza con ambas manos ahora, follándole la boca con movimientos controlados pero firmes.

Fernando sentía la polla palpitar dentro de su boca, el calor irradiando, las venas latiendo contra su lengua. Su propia polla estaba durísima y dolorosamente apretada dentro de los pantalones, goteando precum sin parar. El olor a sexo llenaba el claro: sudor, saliva y el aroma almizclado de la excitación.

Aitor aumentó el ritmo. Embestidas más profundas, más rápidas. La nariz de Fernando chocaba contra el pubis peludo de Aitor con cada empujón. Saliva y precum chorreaban abundantemente por su barbilla y cuello, mojando su camiseta. El sonido era constante: gluck-gluck-gluck-gluck, mezclado con los gemidos graves de Aitor.

—Me voy a correr… —avisó Aitor con voz entrecortada.

Fernando no se apartó. Al contrario, succionó con más fuerza, mirándolo a los ojos con lágrimas corriendo por sus mejillas. El primer chorro fue potente, espeso y caliente. Golpeó directo contra el fondo de su garganta. Fernando tragó con avidez, pero había demasiado. El segundo, tercero y cuarto chorro llenaron su boca hasta rebosar. El sabor era fuerte, salado, ligeramente amargo y muy cremoso. Parte del semen se le escapó por las comisuras, cayendo en gruesos hilos blancos sobre su barbilla y pecho.

Aitor siguió empujando suavemente mientras se vaciaba, prolongando el placer. Cuando por fin salió, la polla aún palpitante quedó brillando de saliva y restos de semen. Fernando respiraba agitado, con la boca abierta, hilos de semen conectando sus labios con la punta de la verga de Aitor.

Sin pensarlo, Fernando sacó la lengua y limpió los restos del glande con devoción, saboreando hasta la última gota.

Aitor lo levantó del suelo y lo besó con fuerza, probando su propio semen en la lengua de Fernando. Sus manos bajaron hasta apretarle el culo por encima de los pantalones.

—Esto solo es el principio… —prometió con voz ronca.

Fernando sonrió, los labios hinchados y brillantes.

—Quiero que me folles ahora mismo.


La Primera Penetración

La luz del atardecer se había vuelto más tenue, tiñendo el claro de un naranja profundo que se mezclaba con las sombras de los árboles. El aire seguía cargado del olor a resina, tierra y ahora, intensamente, a sexo: sudor masculino, saliva y semen.

Después de la mamada, Fernando se levantó con las piernas temblorosas, los labios hinchados y brillantes, restos de semen de Aitor aún en su barbilla. Aitor lo besó con hambre voraz, probando su propio sabor en la boca de su amante. Sus manos fuertes bajaron hasta el culo de Fernando, apretando las nalgas firmes por encima de la ropa.

—Quiero follarte ahora —gruñó Aitor contra sus labios—. Quiero sentir cómo te abro por dentro.

Fernando solo asintió, respirando agitado. Se quitaron la ropa restante con urgencia. La polla de Aitor seguía dura, brillante de saliva y restos de semen. La de Fernando estaba dolorosamente erecta, goteando precum en hilos largos.

Aitor extendió su chaqueta y una manta fina sobre las hojas secas. Fernando se tumbó boca arriba, abriendo las piernas con timidez y excitación. El olor de su excitación llenaba el aire. Aitor se arrodilló entre sus muslos, admirando el cuerpo desnudo frente a él: el piercing en el pezón, los abdominales marcados, la polla palpitante y el agujero rosado, virgen y apretado.

Escupió generosamente sobre sus dedos y sobre el agujero de Fernando. El primer dedo entró lento. Fernando soltó un gemido ahogado al sentir la intrusión caliente. El interior era estrecho, ardiente, como terciopelo vivo. Aitor movió el dedo con cuidado, explorando, buscando la próstata. Cuando la rozó, Fernando arqueó la espalda y soltó un gemido más alto.

—Ahí… joder…

Añadió un segundo dedo. El sonido era húmedo y succionante. Fernando se retorcía, respirando rápido. El olor a sexo se volvía más denso. Aitor escupió más saliva y metió un tercer dedo, abriéndolo con movimientos de tijera. Fernando gemía sin control, su polla soltando más precum sobre su abdomen.

—Estoy listo… métemela —suplicó.

Aitor se untó la polla con saliva y precum, alineando el glande grueso contra el agujero reluciente. Empujó suavemente. El glande presionó contra el anillo muscular, que resistía.

—Relájate… respira —susurró Aitor.

Fernando respiró hondo. Aitor empujó con más fuerza. De repente, el glande entró con un pop audible. Fernando soltó un grito mezcla de dolor y placer. El estiramiento era brutal. Sentía cada centímetro de grosor abriéndolo, quemando por dentro. Aitor se quedó quieto, solo la cabeza dentro, dejando que se acostumbrara.

—Hostia… qué apretado estás… —gruñó Aitor, el sudor cayéndole por la frente.

Poco a poco, centímetro a centímetro, Aitor fue entrando. Fernando sentía la polla gruesa abriéndole las paredes internas, rozando cada terminación nerviosa. El ardor inicial se transformaba en un placer profundo y abrumador cuando Aitor rozaba su próstata. Cuando por fin las caderas de Aitor chocaron contra sus nalgas, Fernando tenía lágrimas en los ojos y la boca abierta en un gemido silencioso.

—Te tengo entero… —susurró Aitor, inclinándose para besarlo.

Empezó a moverse. Al principio lento, sacando casi todo y volviendo a entrar. El sonido era increíblemente obsceno: húmedo, succionante, carne contra carne. Cada embestida hacía que las pelotas pesadas de Aitor golpearan suavemente las nalgas de Fernando.

—Más… más fuerte —pidió Fernando.

Aitor aumentó el ritmo. Embestidas más profundas y rápidas. El plap plap plap resonaba en el claro. Fernando sentía la polla de Aitor llegando hasta el fondo, golpeando su próstata con cada thrust. Su propia polla, sin tocarse, soltaba chorros de precum. El olor a sexo era abrumador: sudor, saliva, precum y el leve aroma metálico del placer.

Aitor le levantó las piernas y las puso sobre sus hombros, doblándolo casi en dos. Esta posición le permitía entrar más profundo. Follaba con fuerza animal ahora, sus caderas chocando violentamente. El sudor de ambos cuerpos se mezclaba. Aitor mordía el cuello de Fernando, dejando marcas rojas.

Fernando estaba en otro mundo. El placer era tan intenso que rayaba en el dolor. Sentía cada vena de la polla de Aitor rozándole por dentro, el calor, la fricción, la presión constante sobre su próstata.

—Voy a correrme… —avisó Fernando con voz quebrada.

No se había tocado ni una sola vez. Su polla dio varias sacudidas y empezó a eyacular con fuerza. Chorros gruesos y blancos salpicaron su propio pecho, abdomen y hasta su barbilla. Su agujero se contrajo violentamente alrededor de la polla de Aitor, ordeñándola.

Eso fue suficiente para Aitor. Con un rugido gutural, se enterró hasta el fondo y se corrió. Fernando sintió los chorros calientes y potentes inundando sus entrañas: uno, dos, tres, cuatro… leche espesa llenándolo por completo. El calor era increíble.

Aitor siguió moviéndose suavemente mientras se vaciaba, prolongando el placer. Cuando salió, un torrente de semen blanco y espeso brotó del agujero abierto y enrojecido de Fernando, manchando la manta y las hojas debajo.

Se tumbaron jadeando, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos. Aitor abrazó a Fernando y lo besó con ternura.

—Ha sido… increíble —susurró Fernando, aún temblando.

—Esto es solo el comienzo —respondió Aitor, acariciándole el pelo—. Quiero follarte todas las noches de mi vida.



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