Iván y Ángel
El calor de agosto se colaba por las rendijas de la ventana abierta. El ventilador del techo giraba con un zumbido perezoso, moviendo el aire cargado de salitre y de la colonia barata que Ángel usaba desde los dieciocho. Llevábamos años durmiendo juntos en esa misma habitación del chalet de la abuela, cada verano, cuando las dos familias se juntaban. Camas separadas al principio. Después, cuando crecimos, un solo colchón grande porque “así sobraba espacio para los primos pequeños”. Nadie cuestionaba nada. Éramos primos. Éramos familia. Y Ángel siempre había dormido desnudo.
Esa noche yo no podía dormir.
Tenía diecinueve. Él veintitrés. La diferencia de edad se notaba en la forma de su cuerpo: más ancho de hombros, más vello en el pecho, en el vientre, en la raya que bajaba desde el ombligo hasta el pubis espeso. Yo seguía más delgado, más suave, todavía con ese aire de quien no ha terminado de llenarse del todo. Llevaba un slip blanco de algodón, el mismo de siempre. La goma se me había bajado un poco con el calor y la polla se me asomaba por el borde, semi-dura solo de mirarlo.
Ángel dormía boca arriba, una mano bajo la cabeza, la otra abandonada sobre la almohada. La sábana fina le cubría solo hasta media muslo. El resto estaba al aire: el pecho velludo subiendo y bajando con la respiración profunda, los pezones oscuros, el vientre plano y peludo, la polla gruesa descansando sobre el muslo izquierdo, medio hinchada por el calor o por algún sueño que yo no podía ver. Los huevos pesados, cubiertos del mismo vello oscuro. Las piernas abiertas con esa naturalidad de quien nunca ha tenido que esconderse.
Yo lo había mirado así cientos de noches. Pero esa noche la mirada se me quedó pegada. El corazón me latía tan fuerte que temía despertarlo solo con el ruido.
Me senté despacio en el borde del colchón. La tela del slip crujió un poco. Ángel no se movió. Seguí mirando. El pecho. El camino de vello. La forma exacta en que la polla le caía hacia un lado, la cabeza un poco más oscura, el frenillo visible. Tragué saliva.
Alargué la mano.
El primer contacto fue con la yema del dedo índice sobre su hombro. Piel caliente, un poco húmeda de sudor. Deslicé el dedo hacia dentro, siguiendo la curva del deltoides, bajando por el bíceps. El vello le hacía cosquillas contra mi piel. Ángel respiró más hondo, pero no abrió los ojos. Continué. Por el antebrazo, por la muñeca, hasta el dorso de la mano que tenía bajo la cabeza. Después subí otra vez, esta vez por el pecho.
El vello era más espeso ahí. Mi dedo se abrió paso entre los rizos oscuros, dibujando círculos lentos alrededor del pezón derecho. Lo sentí endurecerse bajo la yema. Ángel frunció un poco el ceño en sueños. Seguía sin prisa. Crucé el esternón, fui al otro pezón, lo rozé con la misma lentitud. Bajé por el centro del pecho, siguiendo la línea natural del vello hasta el ombligo. Di vueltas alrededor del agujero, sintiendo cómo se le contraía un poco el vientre.
La polla de Ángel había empezado a engordar. Ya no estaba blanda. Se levantaba despacio, llenándose de sangre, hasta quedar semi-erecta sobre el vientre. Yo seguía con el dedo, bajando más. Por el camino de vello grueso que llevaba directo al pubis. El olor era más intenso ahí: sudor limpio, piel caliente, ese aroma masculino que me había perseguido durante años sin atreverme a nombrarlo.
Cuando mi dedo rozó la base de su polla, Ángel abrió los ojos.
No se asustó. No se apartó. Solo me miró. Los ojos oscuros, todavía nublados de sueño, se enfocaron en mi cara y después en mi mano, que seguía quieta a milímetros de su miembro.
—Iván… —dijo, la voz ronca, baja.
Yo no retiré el dedo. No podía. El corazón me martilleaba en los oídos.
—No puedo dormir —susurré—. Te estoy mirando. Te miro todas las noches. Y esta noche… no aguanté más.
Ángel no dijo nada durante varios segundos. Solo respiraba. Su polla siguió endureciéndose bajo mi mirada, hasta quedar completamente dura, gruesa, con una gota brillante asomando en la punta. Entonces, muy despacio, asintió.
—Sigue —murmuró.
Mi dedo reanudó el camino. Esta vez con permiso. Rodeé la base de su polla, sintiendo el calor, el latido. Subí por el tronco, siguiendo una vena gruesa hasta el glande. Lo rocé con la yema, recogiendo la gota de líquido pre-seminal, y me la llevé a la boca sin pensar. El sabor me hizo cerrar los ojos un segundo.
Ángel soltó un suspiro tembloroso.
—Joder, primo…
Seguí explorando. Bajé a los huevos, los pesé uno y después el otro con los dedos, sintiendo el peso, la textura del vello. Los acaricié con delicadeza, como si pudieran romperse. Ángel abrió un poco más las piernas. Mi dedo se deslizó más abajo, rozando el perineo, el espacio sensible entre los huevos y el agujero. Lo noté contraerse.
—Más abajo —pidió él, casi sin voz.
Obedecí. El dedo llegó al agujero. Estaba caliente, cerrado, un poco húmedo de sudor. Lo rodeé en círculos lentísimos, sin empujar todavía. Solo explorando. Ángel arqueó la espalda y soltó un gemido bajo que me llegó directo a la polla. La mía ya estaba completamente fuera del slip, dura, rozando la tela del colchón.
Subí otra vez. Por la polla, por el vientre, por el pecho. Esta vez ambos pezones, pellizcándolos suavemente entre el índice y el pulgar. Ángel cerraba los ojos y los abría, mirándome como si no pudiera creer que fuera real. Cuando mi dedo llegó a su cuello, lo seguí hasta la mandíbula, hasta los labios.
Los tenía entreabiertos. Respiraba por la boca. Mi dedo índice rozó el labio inferior, húmedo. Ángel abrió un poco más. Y entonces, despacio, muy despacio, metió la punta de mi dedo en su boca.
El mundo se detuvo.
Su lengua era caliente, suave. Chupó el dedo con lentitud, como si estuviera saboreando algo prohibido. Los ojos no me dejaban. Yo temblaba. Metí el dedo un poco más. Él lo aceptó. La lengua le daba vueltas, los labios se cerraban alrededor de la segunda falange. El sonido húmedo de la chupada llenó el silencio de la habitación.
—Ángel… —susurré, la voz rota.
Él soltó el dedo solo el tiempo necesario para hablar.
—Sigue tocándome. Quiero sentir tus manos en todas partes. Llevo años esperando que te atrevieras.
Me arrodillé en el colchón, a su lado. El slip me quedó a media muslo, la polla fuera del todo, dura, goteando. Con las dos manos empecé a recorrerlo. Una en el pecho, la otra en la polla. Masturbándolo despacio, de la base a la punta, retorciendo un poco la muñeca al llegar arriba, exactamente como me gustaba a mí cuando me tocaba pensando en él.
Ángel levantó las caderas, buscando más presión. Yo me incliné y le lamí el pezón derecho, después el izquierdo. El vello me hacía cosquillas en la nariz. Bajé lamiendo el centro del pecho, el vientre, hasta llegar a la base de su polla. La olí. La besé. Y después la tomé en la boca.
El sabor era intenso, masculino, un poco salado. La cabeza se me llenó de él. Chupé despacio, sin prisa, aprendiendo la forma, el peso, la forma en que se le contraía el vientre cada vez que bajaba hasta casi la base. Ángel me agarró el pelo con una mano, no para guiarme, solo para tener contacto.
—Así… joder, Iván… justo así… tu boca…
Me quedé un rato largo solo con eso: chupándole la polla, acariciándole los huevos, el perineo, el agujero con los dedos. Cuando noté que estaba cerca, me detuve. Me subí a horcajadas sobre sus muslos, todavía con el slip a medio bajar, y froté mi polla contra la suya. Las dos juntas, resbaladizas de saliva y pre-semen. Él levantó las manos y me bajó el slip del todo. Lo tiró al suelo.
—Quiero verte entero —dijo—. Quiero tocarte.
Sus manos grandes me recorrieron el pecho, el vientre, la polla. Me masturbó con la misma lentitud con la que yo lo había explorado a él. Después me atrajo hacia abajo y me besó. El primer beso de verdad. Lenguas torpes al principio, después profundas, hambrientas. Sabía a mí, a él, a la noche.
Nos besamos largo rato, frotándonos, tocándonos sin prisa. Cuando por fin me separé, bajé otra vez entre sus piernas. Esta vez le levante los muslos, le abrí más, y le lamí el agujero. La lengua plana, lenta, dándole vueltas, empujando un poco. Ángel soltó un gemido que tuvo que ahogar contra la almohada.
—Iván… coño… nadie… nadie me había…
—Shhh —le susurré contra la piel—. Solo nosotros. Solo esta noche. Y todas las que quieras después.
Le metí un dedo, después dos, abriéndolo con paciencia, buscando ese punto que lo hacía temblar. Cuando estuvo lo bastante relajado, me coloqué entre sus piernas, la polla enjabonada con saliva y con el lubricante que él mismo sacó del cajón de la mesita (no pregunté desde cuándo lo tenía ahí). Empujé despacio. La cabeza entró. Él apretó los dientes y me miró a los ojos.
—Más… despacio… pero no pares.
Entré centímetro a centímetro. El calor, la presión, la forma en que su cuerpo me aceptaba… todo era demasiado. Cuando estuve dentro del todo, me quedé quieto, dejándole tiempo. Él respiraba agitado, las manos en mi espalda, los dedos clavándoseme un poco.
—Muévete —pidió por fin—. Fóllame, primo. Quiero sentirte.
Empecé a moverme. Lento. Profundo. Casi saliéndome del todo antes de volver a entrar hasta el fondo. Cada embestida arrancaba un gemido bajo de él. Yo le acariciaba el pecho, le pellizcaba los pezones, le besaba la boca, el cuello, los hombros. No había prisa. Solo exploración. Solo el descubrimiento de lo que éramos el uno para el otro cuando nadie miraba.
Cambié de posición. Lo puse de lado, una pierna de él sobre mi cadera, y seguí follándolo desde atrás mientras le masturbaba la polla. Después él se montó encima, cabalgándome con movimientos largos y fluidos, las manos apoyadas en mi pecho, el vello de su torso rozándome. Me miraba a los ojos todo el tiempo.
—Te quiero, Iván —dijo de pronto, la voz rota—. Te quiero desde hace años. Y no sabía cómo decírtelo.
—Yo también —contesté, levantándome para besarlo—. Desde que empecé a mirarte dormir. Desde la primera vez que se me puso dura viéndote.
Nos corrimos juntos esa primera vez. Él primero, salpicándome el pecho y el cuello, el culo apretándome en oleadas. Yo segundos después, enterrándome hasta el fondo y llenándolo. Nos quedamos así, unidos, sudados, respirando el mismo aire.
Pero no terminó ahí.
Pasamos el resto de la noche explorándonos. Me chupó la polla con la misma devoción con la que yo lo había hecho. Le comí el culo otra vez hasta que temblaba. Me folló él a mí, despacio, preguntándome cada poco si estaba bien, si quería más, si le dolía. Le dije que no. Que quería todo. Que quería despertarme todas las mañanas de verano con su cuerpo pegado al mío.
Cuando el cielo empezó a clarear por la ventana, estábamos otra vez abrazados, su semen secándose en mi muslo, el mío todavía dentro de él. Me acariciaba el pelo con dedos perezosos.
—¿Qué vamos a hacer mañana? —preguntó, la voz ronca de tanto gemir.
—Lo mismo —contesté—. Y pasado. Y el resto del verano. Y después inventaremos excusas para vernos.
Ángel sonrió contra mi frente.
—Primo de mierda… me tienes loco.
—Tú me tienes a mí.
Nos quedamos callados, escuchando el ventilador y los primeros pájaros. Fuera las familias seguirían dormidas un rato más. Dentro de esa habitación, dos primos habían dejado de fingir que solo compartían cama por comodidad. Habían descubierto, con dedos y bocas y cuerpos enteros, que el deseo podía ser lento, profundo, y completamente suyo.
Y cuando el sol entró de lleno por la ventana, Ángel me besó otra vez. Sin prisa. Como quien sabe que tiene todo el verano por delante para seguir explorando.
No hay comentarios:
Publicar un comentario