El piso siempre había olido igual: a café quemado, a ropa dejada en el sofá y a ese ambientador de vainilla que nadie cambiaba. Cuatro tíos de veintitantos compartiendo alquiler, risas, deudas de la compra y la costumbre absurda de andar desnudos de cintura para abajo desde que el primer verano se les hizo eterno. Se creían heteros. Se lo decían en voz alta cuando salían de fiesta, cuando alguien preguntaba, cuando se miraban demasiado tiempo en el espejo del baño después de ducharse.
Hasta que un sábado cualquiera la mentira se les quedó pequeña.
Era tarde. La luz entraba naranja por los ventanales. Marc estaba tumbado en el sofá con la gorra torcida y la polla al aire, como casi siempre. Álex tenía una pierna subida al respaldo, el tatuaje del brazo brillando de sudor ligero. Dani miraba la televisión sin verla, las manos inquietas sobre los muslos desnudos. Leo, el más callado, bebía de una lata y dejaba que la mirada se le escapara hacia los pies de Marc, hacia el sobaco de Álex cuando levantaba el brazo, hacia la forma en que Dani se mordía el labio sin darse cuenta.
Nadie hablaba. Solo se oía el zumbido del frigorífico y la respiración de los cuatro.
Marc fue el primero en romper el silencio. La voz le salió más baja de lo que pretendía.
—Oye… ¿nunca os ha pasado que os miráis y se os pone dura sin querer? Como… de verdad. No de broma.
El aire se densificó. Álex soltó una risa nerviosa y se pasó la mano por la nuca.
—A mí me pasa cuando veo a Dani salir de la ducha. Se le ve el culo y… joder. Perdonad. Llevo meses intentando no mirar y cada vez lo hago más.
Dani se puso rojo hasta las orejas. Bajó la vista a su propia polla, que ya empezaba a engordar traicionera.
—A mí también —susurró—. Con todos. Sobre todo contigo, Álex. Cuando te sientas así, con la pierna arriba… se te ve todo. Y se me olvida que se supone que somos tíos heteros compartiendo piso. Se me olvida todo.
Leo dejó la lata en la mesa con cuidado, como si cualquier ruido pudiera romper algo frágil.
—Yo me toco pensando en vosotros. En los cuatro. Por separado y juntos. Después me siento un cerdo. Pero no puedo parar. Llevo tanto tiempo callándolo que ya me duele la garganta.
Marc se pasó una mano por la cara. La gorra se le torció del todo.
—Entonces no soy el único. Pensaba que era solo yo el que se quedaba mirándote el sobaco cuando levantas el brazo, Álex. O los pies de Leo cuando se pone esos calcetines blancos… no sé. Me ponen de una forma que no sabía nombrar. Hasta ahora.
Álex tragó saliva. Su polla ya estaba completamente dura, apuntando hacia el techo. No hizo nada por esconderla.
—¿Y si dejamos de fingir un rato? —dijo, la voz temblando—. Solo un rato. Nadie tiene que enterarse. Somos amigos. Nos queremos. ¿Qué más da si nos tocamos? ¿Qué más da si… nos gustamos?
Dani fue el primero en moverse. Se acercó un poco más a Álex en el sofá y, con dedos que temblaban, le puso la mano en el muslo interior. La piel estaba caliente, viva. Álex soltó un suspiro tembloroso y le correspondió, apoyando la frente en el hombro de Dani.
—Estás suave —murmuró Dani—. Siempre lo has estado. Desde el primer día que te vi en calzoncillos en el pasillo. Nunca supe qué hacer con eso.
Marc se arrodilló delante de Leo y le cogió un pie con las dos manos. Se lo acercó a la cara, oliéndolo un segundo, y después pasó la lengua por la planta, lenta, casi reverente.
—Joder, Leo… —susurró—. Llevaba tanto tiempo queriendo hacer esto… y tenía tanto miedo de que me odiarais.
Leo se echó hacia atrás sobre las manos, la polla ya dura contra el abdomen, y soltó un gemido ahogado cuando Marc le chupó el dedo gordo del pie.
—Marc… se siente raro. Y bien. Muy bien. No pares.
Álex y Dani se estaban besando ya. Un beso torpe al principio, de labios cerrados y respiraciones entrecortadas, hasta que Álex abrió la boca y Dani metió la lengua. Se agarraban a las camisetas el uno del otro como si tuvieran miedo de que el otro desapareciera.
—Te quiero, tío —dijo Álex contra la boca de Dani—. Te quiero de una forma que no sabía nombrar. Hasta ahora. Pensaba que era solo amistad. Pero no. Es más. Es esto.
—Yo también —contestó Dani, y le bajó la mano hasta la polla, rodeándola con dedos inseguros—. Dios, qué dura la tienes… y qué bien se siente tocarte. Perdón. No sé cómo hacer esto.
—No pidas perdón —le susurró Álex—. Solo… sigue.
Marc se subió al sofá, colocándose entre Álex y Dani. Les separó un segundo solo para besar a Álex en la boca, profundo, y después a Dani. Los tres se enredaron en un beso torpe de tres bocas, lenguas buscando, risas nerviosas mezcladas con gemidos.
—Esto es una locura —dijo Marc entre besos—. Pero es la locura más honesta que he sentido en años.
Leo se levantó del suelo y se acercó. Se arrodilló delante del sofá y empezó a besar los muslos de Marc, subiendo despacio hasta lamerle los huevos. Marc soltó un “joder” largo y le puso la mano en la cabeza con una ternura que contrastaba con lo sucio del acto.
—Así, rubio… chúpamela. Quiero verte con mi polla en la boca. Quiero saber cómo se siente que un amigo me quiera de esta forma.
Leo obedeció. Se la metió entera de un movimiento, ahogándose un poco, y Marc le acarició el pelo.
—Eres precioso así —murmuró—. Mi amigo… chupándome la polla. Nunca pensé que diría esto en voz alta. Y ahora no quiero callarlo nunca más.
Álex se bajó del sofá y se colocó detrás de Leo, abriéndole las nalgas con las manos. Le lamió el agujero con lentitud, con dedos que temblaban de emoción y de miedo.
—Nunca había… —confesó Álex entre lengüetazos—. Nunca había tocado a un tío así. Pero contigo… con vosotros… se siente bien. Se siente correcto. Como si hubiera estado esperando esto sin saberlo.
Dani se había arrodillado también y ahora chupaba la polla de Álex mientras Álex le comía el culo a Leo. El salón se había convertido en un nudo de cuerpos sudados, camisetas todavía puestas, pollas brillantes de saliva, pies que iban de boca en boca.
Marc se levantó un momento, fue al dormitorio y volvió arrastrando dos colchones. Los tiró al suelo del salón, uno al lado del otro, y después trajo sábanas y almohadas.
—Aquí. Todos juntos. Quiero veros. Quiero tocaros a todos. Quiero que nadie se esconda.
Se tumbaron. Primero fue un enredo de manos y bocas: Marc lamiendo el sobaco de Álex mientras Dani le chupaba los pies a Marc. Leo besando el pecho de Dani a través de la camiseta y después bajando a chuparle la polla. Cada uno decía cosas bajito, casi avergonzado, pero cada vez más sincero:
—Me gusta cómo hueles… de verdad.
—Tus pies son perfectos, joder… no sabía que me gustaban los pies hasta ahora.
—Nunca había besado a un tío y ahora no quiero parar. Quiero besarte mañana también. Y pasado.
—Te quiero, tío. No solo por esto. Por todo. Por las mañanas de café y por esto también.
Cuando Marc se colocó entre las piernas de Dani y le empujó la polla despacio dentro del culo, Dani soltó un gemido que fue casi un sollozo.
—Despacio… por favor… es la primera vez… tengo miedo y ganas a la vez.
—Lo sé, cariño —susurró Marc, besándole la frente mientras entraba milímetro a milímetro—. Estoy aquí. Te tengo. Respira. No vas a perdernos. Al contrario. Nos estás encontrando.
Álex se colocó al lado y le ofreció la polla a Dani para que la chupara mientras lo follaban. Leo se puso detrás de Marc y le lamió el culo, preparándolo, hasta que Marc le pidió que se la metiera también.
Se follaron en todas las combinaciones posibles. Marc dentro de Dani, Álex dentro de Marc, Leo dentro de Álex. Después cambiaron: Dani montando a Álex, Leo chupándole los huevos a Marc mientras Marc le follaba la boca a Dani. Hubo momentos en que los cuatro estaban tan enredados que no se sabía de quién era cada mano, cada lengua, cada gemido.
Entre embestida y embestida hablaban. Frases rotas, honestas, tímidas:
—Nunca me había sentido tan cerca de nadie —dijo Álex, con la voz rota, mientras se corría dentro de Leo—. Sois mi casa. Sois todo. Pensaba que estar solo era normal. Ahora sé que no.
—Yo tenía miedo de que me odiarais si os lo decía —confesó Dani, llorando un poco de placer y de alivio mientras Marc le follaba despacio—. Miedo de perderos. Miedo de que esto no fuera real.
—No nos vas a perder —le contestó Marc, besándole los párpados—. Ahora somos más. Somos esto. Somos nosotros sin mentiras.
Leo, con la cara llena de semen de los tres, sonrió cansado y sincero:
—Que alguien me pellizque. Porque si esto es un sueño, no quiero despertar. Y si es real… entonces quiero que sea todos los sábados. Y los domingos. Y los martes por la noche cuando no hay nada que hacer.
Se corrieron una y otra vez. En bocas, en culos, en pechos, en pies. Se lamieron el semen unos a otros sin asco, con una devoción casi religiosa. Se besaron con sabor a todos. Se dijeron “te quiero” tantas veces que la palabra perdió el miedo y se quedó solo en verdad.
Cuando por fin se agotaron, quedaron tendidos en los colchones, un montón de piernas y brazos y camisetas sudadas. La luz del atardecer entraba naranja por la ventana. Había cervezas vacías en la mesa, un mando de consola olvidado, calzoncillos tirados por el suelo como siempre… pero nada era igual.
Marc, todavía con la respiración agitada, buscó la mano de Álex y la apretó.
—¿Qué hacemos ahora? ¿Fingimos que esto no pasó?
Álex le besó los nudillos, la mirada brillante.
—No. Seguimos. Desnudos de cintura para abajo. Y de vez en cuando de cintura para arriba también. Y nos contamos las cosas. Todas. Aunque nos dé vergüenza. Aunque nos tiemble la voz.
Dani se acurrucó contra el pecho de Leo.
—Yo ya no quiero fingir que no os miro. Ni que no se me pone dura. Ni que no os quiero de esta forma. Prefiero el miedo de ser honestos que la comodidad de mentirnos.
Leo sonrió contra el pelo de Dani.
—Entonces no fingimos. Nunca más. Somos amigos. Somos esto. Somos lo que seamos, juntos.
Se quedaron en silencio un rato largo, acariciándose sin prisa, oliéndose, dándose besos lentos en la frente, en los labios, en los hombros. Fuera el mundo seguía igual. Dentro del piso, cuatro amigos que se habían creído heteros habían descubierto que el deseo no pedía permiso y que el cariño podía ser más grande cuando dejaba de esconderse.
Y cuando la noche cayó del todo, volvieron a tocarse. Más despacio. Más profundos. Con las mismas palabras tímidas y cariñosas:
—¿Así te gusta?
—Sí… no pares…
—Te quiero, tío. De verdad.
—Yo también. Mucho. Más de lo que sabía.
Hasta que el sueño los venció, enredados, desnudos, felices y un poco asustados de lo grande que se había vuelto de repente su pequeño piso compartido.
Porque descubrir la orientación no fue un grito ni una bandera. Fue un susurro en un sofá de segunda mano, una mano temblorosa en un muslo, un “te quiero” dicho con la voz rota y la polla dura. Y a partir de ese sábado, ya nada volvió a ser “como otro cualquiera”. Solo fue más verdad. Más ellos. Más todo.
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