Era mediados de julio y la playa de El Playazo de Vera estaba en su máximo esplendor. El sol caía a plomo sobre la arena fina, el mar estaba en calma y la zona nudista gay-friendly bullía de cuerpos desnudos, toallas extendidas y miradas discretas.
Adrián tenía 18 años recién cumplidos. Era de Madrid, moreno, pelo negro revuelto, piel ligeramente tostada y un cuerpo delgado pero definido por el fútbol sala. Su polla, en reposo, colgaba unos 14 cm con un glande rosado que asomaba bajo el prepucio. Tenía el culo pequeño, redondo y casi lampiño, con un agujero rosa claro que contrastaba con el tono de su piel. Llegó solo, con una toalla y una mochila, buscando un rincón tranquilo, pero no demasiado apartado.
Se quitó el bañador nada más llegar y se tumbó boca abajo, dejando que el sol le calentara la espalda y las nalgas. A los pocos minutos notó una mirada fija. A unos diez metros, otro chico de su misma edad lo observaba sin disimulo.
Pedro también tenía 18 años. Era de Murcia, pelo castaño claro, ojos verdes intensos y piel más clara que se enrojecía fácilmente con el sol. Su cuerpo era algo más atlético, con hombros anchos y un culo firme y redondo cubierto de un ligero vello rubio. Su polla era más gruesa que la de Adrián, unos 15 cm en reposo, con un tronco venoso y un glande grande y morado que ya empezaba a asomar por la excitación.
Pedro se levantó, cogió su toalla y se acercó sin prisa.
—Hola… ¿te importa si me pongo aquí? El sol pega fuerte y prefiero estar cerca de alguien que no parezca un abuelo.
Adrián sonrió, girándose ligeramente y dejando que su polla semierecta quedara visible.
—Claro, siéntate. Soy Adrián, de Madrid.
—Pedro, de Murcia. ¿Primera vez solo en Vera?
—Sí. Quería probar la playa nudista de verdad.
Hablaron un rato de tonterías: estudios, música, el calor. Pero las miradas bajaban constantemente a las pollas. La de Adrián ya estaba completamente dura, apuntando hacia arriba contra su vientre. La de Pedro también se había hinchado, gruesa y pesada.
Pedro se acercó más.
—¿Quieres que vayamos a un sitio más… privado?
Adrián tragó saliva, el corazón latiéndole fuerte.
—¿Dónde?
—Hay una zona de cruising detrás de las dunas, cerca de los cañaverales. Nadie molesta si vas con alguien.
Adrián asintió sin pensarlo dos veces. Recogieron las toallas y caminaron desnudos por la playa, pollas duras balanceándose, recibiendo miradas de otros hombres. Atravesaron las dunas y entraron en una zona de cañaverales altos y arbustos densos. El suelo era de arena blanda y había varias “habitaciones” naturales formadas por la vegetación.
Encontraron un rincón algo apartado. Pedro extendió su toalla y se tumbó boca arriba, polla gruesa apuntando al cielo.
—Ven aquí.
Adrián se arrodilló entre sus piernas. Primero olió: el aroma a piel caliente, sudor ligero y mar. Bajó la cara y besó la base de la polla de Pedro. Luego sacó la lengua y lamió despacio desde los huevos pesados hasta el glande hinchado. El sabor era salado, un poco a sudor y a chico joven.
—Joder… qué buena polla tienes —murmuró Adrián antes de abrir la boca y meterse el glande.
Chupó con hambre, bajando todo lo que podía. La polla de Pedro era gruesa y le llenaba la boca. Babas chorreaban por el tronco y caían sobre los huevos. Pedro gemía bajo, agarrándole el pelo.
—Así… chúpamela bien, guarro. Hasta el fondo.
Adrián se esforzó, arcadas suaves, lágrimas en los ojos, pero no paraba. Sacaba la polla para admirarla, golpearla contra su cara y volver a tragarla. Luego bajó a los huevos: los lamió, los metió en la boca uno a uno, succionando con fuerza mientras su propia polla goteaba precum sobre la toalla.
Pedro lo levantó y lo puso boca abajo.
—Ahora te toca a ti.
Separó las nalgas pequeñas y firmes de Adrián y escupió directamente sobre el ano rosa. Luego hundió la cara sin piedad. Su lengua plana recorrió desde el perineo hasta el coxis, saboreando el agujero limpio, pero con sabor a chico. Endureció la punta y presionó, entrando en el ano apretado de Adrián.
—Hostia… qué rico está tu culo —gruñó Pedro, lamiendo con hambre.
Metía y sacaba la lengua, follándolo oralmente mientras sus dedos abrían las nalgas. Adrián gemía contra la toalla, empujando el culo hacia atrás.
—Come más… méteme la lengua hasta el fondo… soy un puto cerdo.
Pedro escupió otra vez y metió dos dedos juntos, curvándolos para buscar la próstata. Cuando la encontró, Adrián dio un grito ahogado y su polla soltó un chorro de precum.
—Te gusta que te abran, ¿eh? —rio Pedro.
Se levantó, se colocó detrás y frotó su polla gruesa contra el ano mojado de Adrián.
—¿Quieres que te folle?
—Sí… métemela toda. Sin condón. Quiero sentirte.
Pedro escupió en su polla y empujó. El glande grande abrió el ano rosa de Adrián centímetro a centímetro. Adrián gimió largo y ronco, sintiéndose estirado.
—Joder… qué gorda… me estás rompiendo el culo…
Cuando estuvo completamente dentro, Pedro empezó a follar con embestidas profundas y fuertes. El sonido de piel contra piel resonaba en los cañaverales. Agarraba las caderas de Adrián y lo embestía sin piedad, sus huevos pesados golpeando contra el perineo.
Adrián gemía como una puta:
—Más fuerte… rómpeme… soy tu puto.
Pedro le dio la vuelta, lo puso en misionero y le levantó las piernas. Follaron cara a cara, besándose con lengua mientras la polla gruesa entraba y salía del ano cada vez más abierto. Adrián se pajeaba rápido.
—Me corro… me corro con tu polla dentro…
Chorros de semen joven salpicaron su propio pecho y abdomen. Pedro no paró. Siguió follándolo unos minutos más hasta que sacó la polla y se corrió sobre la cara de Adrián: varios chorros espesos y calientes que le cubrieron la mejilla, la boca y los ojos.
Adrián, con la cara llena de semen, sonrió y sacó la lengua para lamer lo que podía.
—Qué rico… dame más.
Se limpiaron un poco con la toalla y se tumbaron uno al lado del otro, respirando agitados.
—No ha terminado —dijo Pedro—. Quiero que me comas el culo ahora.
Se puso a cuatro patas. Adrián se arrodilló detrás y separó las nalgas firmes de Pedro. El ano era más oscuro, rodeado de vello rubio fino, y ya estaba ligeramente abierto por la excitación.
Adrián hundió la cara con ganas. Lengua plana lamiendo todo el agujero, luego punta dura follándolo profundo. Saboreaba el interior caliente y suave de Pedro, metiendo la lengua lo más adentro posible mientras le pajeaba la polla gruesa desde abajo.
—Come mi culo, guarro… méteme la lengua hasta la garganta —gruñía Pedro, empujando hacia atrás.
Adrián estaba desatado. Lamía, chupaba, escupía y volvía a meter la lengua. Metió dos dedos junto a la lengua, follándolo con ambos. Pedro gemía alto y se corrió por segunda vez, chorros de semen cayendo sobre la toalla.
Se tumbaron otra vez. El sol empezaba a bajar.
—¿Quieres que volvamos a la playa o seguimos aquí? —preguntó Adrián, aún con restos de semen en la cara.
—Sigamos aquí —contestó Pedro—. Quiero follarte otra vez… y quiero que me folles tú.
Se besaron con lengua, sabiendo a culo y a semen.
Pedro se tumbó boca arriba y levantó las piernas. Adrián escupió en su polla y empujó. Entró más fácil de lo que esperaba. El ano de Pedro estaba caliente y resbaladizo. Adrián empezó a follar con ritmo, viendo cómo su polla entraba y salía del agujero.
—Joder… tienes el culo muy bueno —jadeó.
Pedro se pajeaba mientras lo miraba.
—Fóllame más fuerte… quiero sentir tus huevos contra los míos.
Adrián obedeció, embistiendo con fuerza. El sonido húmedo de la follada llenaba el cañaveral. Se corrió dentro de Pedro, llenándole el culo de semen joven y caliente.
Pedro no había terminado. Se levantó, puso a Adrián a cuatro patas y volvió a penetrarlo. Esta vez folló más salvaje, agarrándole el pelo y dándole cachetes en el culo.
—Eres mi putita de playa, ¿verdad?
—Sí… soy tu puta… fóllame como quieras.
Pedro sacó la polla, la frotó contra el ano abierto y volvió a meterla varias veces, disfrutando de ver cómo entraba y salía. Finalmente se corrió por tercera vez, llenando el culo de Adrián con otro chorro abundante.
Se quedaron tumbados, sudados, sucios y felices. El sol ya se ponía.
—¿Quieres que volvamos mañana? —preguntó Adrián.
—Claro —sonrió Pedro—. Pero esta vez traemos más lubricante… y quiero que me folles el culo mientras yo te como el tuyo. 69 anal toda la tarde.
Adrián rio y le dio un beso con sabor a todo.
—Trato hecho.
Volvieron a la playa caminando desnudos, con restos de semen seco en la piel y el culo sensible. Dos chicos de 18 años que se habían conocido hacía apenas unas horas y ya habían follado como cerdos en los cañaverales.
Y sabían que aquello solo era el principio de unas vacaciones muy guarras.

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