Cinco años después
Habían pasado cinco años desde aquel verano que lo cambió todo. Santi tenía ahora 24 años, era un joven arquitecto técnico recién graduado, con el cuerpo más definido gracias al gimnasio y una madurez que le sentaba bien. Llevaba casi dos años con Marcos, su novio de 26, un chico simpático, deportista y cariñoso que lo trataba bien.
Luis, ya con 47 años, seguía viviendo en Gran Canaria con Pedro. Su relación había sido estable, llena de viajes, proyectos juntos y una vida sexual activa, pero con el tiempo se había vuelto más cómoda que apasionada. Pedro seguía siendo atractivo a sus 50 años, pero la chispa del principio se había calmado.
Cuando Santi llamó para decir que él y Marcos iban a pasar una semana de vacaciones en la isla y que les gustaría quedarse en su casa, Luis sintió un nudo en el estómago. Aceptó inmediatamente.
El reencuentro en el aeropuerto fue emotivo. Luis abrazó a Santi con fuerza, más tiempo del necesario. Sus cuerpos se reconocieron al instante. Pedro y Marcos se cayeron bien desde el primer momento.
La casa de Luis y Pedro era preciosa: amplia, con jardín, piscina y vistas al mar. Los primeros días fueron de puro cariño familiar y turismo. Por las mañanas visitaban playas, dunas de Maspalomas, paseos por Las Palmas. Santi y Luis se comportaban con normalidad: abrazos, risas, anécdotas. Marcos y Pedro cocinaban juntos y hablaban de deportes.
Pero donde hubo fuego, siempre quedan brasas.
La primera chispa saltó la tercera noche. Después de una cena con vino, Marcos y Pedro se fueron a dormir temprano. Santi y Luis se quedaron recogiendo la cocina. Un roce de manos, una mirada demasiado larga.
—Te ves increíble —murmuró Luis cuando Santi pasó a su lado.
—Tú también, tío… joder, sigues igual.
Se besaron. Fue repentino, hambriento. Luis empujó a Santi contra la encimera y metió la mano dentro de sus shorts, agarrando su polla ya dura. Santi gimió bajito.
—No podemos… —susurró, pero no lo detuvo.
Luis se arrodilló allí mismo, en la cocina, y le bajó los shorts. La polla de Santi, más gruesa y venosa que antes, saltó libre. Luis la chupó con devoción, tragándosela hasta el fondo, recordando exactamente cómo le gustaba a su sobrino. Santi le sujetaba la cabeza, follando su boca con movimientos cortos y desesperados. Se corrió en menos de tres minutos, llenando la garganta de Luis con leche espesa.
Luis se levantó, lo besó compartiendo su propio semen y se fue a la habitación con Pedro como si nada.
Al día siguiente, durante una siesta después de la playa, aprovecharon que Marcos y Pedro estaban en la piscina. Se metieron en la habitación de invitados. Esta vez fue más intenso.
Luis folló a Santi en la cama que compartía con Marcos. Lo puso boca abajo, le separó las nalgas y le comió el culo con ansia, metiendo la lengua lo más profundo posible. Santi mordía la almohada para no gritar.
—Te he echado tanto de menos… —gruñó Luis mientras alineaba su polla gruesa y entraba de un solo empujón.
Follaron duro. Luis lo taladraba con embestidas fuertes, agarrándole las caderas, dándole alguna nalgada que dejaba marca. Santi empujaba hacia atrás, pidiendo más.
—Más fuerte, tío… Fóllame como antes.
Luis lo puso a cuatro patas y lo penetró salvajemente, su pelvis chocando contra el culo firme de Santi. Cuando estaba a punto, lo giró, le levantó las piernas y lo folló en misionero, mirándolo a los ojos. Se corrieron casi juntos: Luis inundando el interior de Santi, y este corriéndose sobre su propio abdomen.
Limpiaron rápido y salieron como si nada. Marcos y Pedro no sospecharon.
Los días siguientes fueron un engaño constante y adictivo. Por las mañanas, mientras las parejas dormían, Santi se colaba en la habitación de Luis y Pedro (cuando Pedro estaba en la ducha o corriendo) y le hacía mamadas rápidas y profundas a su tío. Una tarde, en la piscina vacía, Luis se lo folló contra el bordillo, tapándole la boca mientras el agua chapoteaba. Otra noche, cuando Marcos y Pedro salieron a cenar solos, Santi y Luis se encerraron en el baño grande y follaron en la ducha durante casi una hora: Luis levantó a Santi contra la pared y lo penetró profundamente, corriéndose dos veces dentro de él.
El sexo era mejor que nunca. Más maduro, más desesperado. Santi ya no era el chico tímido; ahora pedía exactamente lo que quería.
—Quiero que me folles el culo hasta que no pueda caminar —le decía mientras Luis lo embestía.
Una tarde especialmente arriesgada, mientras Pedro y Marcos hacían la compra, Luis y Santi lo hicieron en el salón principal. Santi cabalgó la polla de su tío sentado en el sofá, moviendo las caderas en círculos perfectos, su polla dura golpeando el abdomen velludo de Luis. Se besaban con lengua, mordiéndose los labios, sudando. Santi se corrió primero, salpicando el pecho de Luis. Este lo sujetó fuerte y lo llenó de semen caliente, manteniéndolo sentado encima hasta que se ablandó.
Pero la culpa también crecía. Santi veía a Marcos, cariñoso y confiado, y se sentía mal. Luis miraba a Pedro y sentía que estaba traicionando años de relación.
La sexta noche todo explotó.
Después de una cena en la terraza con mucho vino, las dos parejas se retiraron. Santi y Luis no aguantaron más. Se encontraron en la habitación de invitados. Esta vez no fue solo sexo: fue pasión mezclada con sentimientos.
Se desnudaron lentamente, besándose por todo el cuerpo. Luis le comió el culo a Santi durante largos minutos, abriéndolo con dos y luego tres dedos. Luego lo penetró despacio, mirándolo a los ojos.
—Te sigo queriendo como el primer día —confesó Luis mientras entraba y salía con embestidas profundas y controladas.
—Y yo a ti, tío. Nunca he dejado de hacerlo.
Follaron durante casi una hora en diferentes posiciones: misionero, de lado, Santi encima cabalgándolo salvajemente. Luis se corrió dentro dos veces. Santi se corrió en la boca de su tío y luego otra vez mientras Luis lo follaba.
Después, tumbados y abrazados, sudorosos y con el semen de ambos entre sus cuerpos, hablaron de verdad.
—No puedo seguir así —dijo Santi—. Engañando a Marcos, viéndote con Pedro… Me está matando. Pero tampoco puedo estar lejos de ti.
Luis lo abrazó más fuerte.
—Yo tampoco. Estos días me han recordado lo que realmente quiero. Pedro es un buen hombre, pero contigo… contigo es fuego, es hogar, es todo. Quiero ser valiente. Quiero estar contigo, Santi. Solo nosotros dos.
Santi lloró de emoción y miedo.
—¿Y ellos?
—Les diremos la verdad. Mañana. Duele, pero es lo justo.
A la mañana siguiente, después de desayunar, Luis y Santi reunieron a Pedro y Marcos. Fue una conversación dura, llena de lágrimas. Pedro se sintió traicionado pero, en el fondo, no estaba sorprendido del todo. Marcos estaba destrozado. Hubo gritos, silencio, abrazos de despedida.
Pedro decidió quedarse en la casa. Les pidió a Luis y Santi unos días para procesarlo. Marcos volvió a Madrid en el primer vuelo disponible.
Luis y Santi se quedaron solos en un hotel cercano esa misma noche.
La primera noche como pareja oficial fue intensa y liberadora. No había prisa, no había que esconderse. Se desnudaron con calma. Santi se arrodilló y le hizo una mamada lenta y adoradora a Luis, saboreando cada centímetro. Luis lo levantó, lo tumbó en la cama y le devolvió el favor, chupándole la polla y comiéndole el culo hasta que Santi suplicaba.
Luego Luis lo penetró. Fue un polvo largo, romántico y salvaje al mismo tiempo. Lo folló en misionero, mirándolo a los ojos, diciéndole cuánto lo amaba. Cambiaron a perrito, donde Luis lo embestía con fuerza, agarrándole el pelo. Terminaron con Santi cabalgando, moviéndose como un experto, hasta que ambos se corrieron casi al unísono, gimiendo fuerte.
Los días siguientes en la isla fueron su verdadera luna de miel. Follaron en la playa al atardecer, en el coche alquilado, en todas las habitaciones del hotel. Santi quería probarlo todo: se dejó follar duro contra la pared, pidió doble penetración con un consolador mientras Luis lo follaba de verdad, se corrió incontables veces.
Una noche, en la terraza del hotel con vistas al mar, Santi se apoyó en la barandilla y Luis lo penetró por detrás, lento y profundo, mientras le masturbaba la polla. Se corrieron juntos mirando las estrellas.
—Eres mío ahora —susurró Luis corriéndose dentro.
—Y tú eres mío, tío… para siempre.
Cinco años después del primer verano, el círculo se cerraba. Luis y Santi eligieron ser valientes. Dejaron atrás las relaciones cómodas y abrazaron la pasión que nunca había muerto. Fue doloroso para los demás, sí, pero para ellos fue el comienzo de una historia auténtica, llena de amor, sexo intenso y complicidad total.
Ahora vivían juntos en Gran Canaria, construyendo una vida nueva. Y cada noche, cuando sus cuerpos se encontraban, recordaban que donde hubo fuego… siempre puede volver a arder con más fuerza.
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