24.8.26

reLAto. PajAS y AlgO mAS ? ParTE 1




Carles y Joan

El sol de agosto en Cambrils pegaba fuerte sobre las rocas de aquella cala escondida, la misma a la que llevaban yendo desde los quince. Cinco veranos. Cinco años de la misma rutina: familia en el apartamento cerca del paseo, paellas, y ellos dos desapareciendo cada tarde con la excusa de “ir a explorar” o “echar una siesta en la playa”. Nadie sospechaba. O al menos, nadie preguntaba.

Carles tenía el pelo castaño claro, casi cobrizo con el sol, y una sonrisa fácil que siempre parecía a punto de reírse de algo. Joan era más moreno, pelo oscuro tirando a negro, un tatuaje pequeño de un pez en el antebrazo izquierdo que se había hecho el año pasado “porque sí”. Ambos heteros, ambos con novias que se habían quedado en Barcelona o en Valencia, ambos perfectamente seguros de que lo que hacían aquí no cambiaba nada de eso.

Llegaron a la zona de siempre: una toalla a rayas azules y rosas extendida sobre la piedra plana, otra blanca más arriba por si hacía falta. El agua del Mediterráneo brillaba a unos metros. No había nadie. Nunca había nadie a esa hora.

Joan se tiró de espaldas primero, suspirando al notar el calor de la piedra a través de la tela.

—Joder, qué rico. Llevo todo el día con la polla dura de solo pensar en esto.

Carles se rio mientras se quitaba la camiseta y los bañadores de un tirón. Quedó desnudo, la polla ya semi-erecta colgando pesada entre las piernas, el vello castaño un poco más claro por el sol de todo el verano.

—Eres un vicioso, Joan. Ayer te corriste dos veces y aún así llegas aquí con la polla llena otra vez.

—Y tú no? —Joan se incorporó un poco, se bajó los bañadores y los lanzó a un lado. Su polla era un poco más gruesa, un tono más oscuro, ya completamente dura, la cabeza brillante. Se la agarró con la mano derecha y le dio un par de caricias lentas—. Mira esto. Desde que he visto a Marta en bikini esta mañana no se me baja. Y ella ni siquiera está aquí.

Carles se tumbó a su lado, cuerpo a cuerpo, el brazo de Joan rozándole el pecho. El calor de la piel del otro era familiar, casi reconfortante.

—Marta te pone, pero luego vienes aquí a que te la frene yo. Eres un caso.

—Y tú no me digas que no se te pone dura cuando ves a Laura en el apartamento en shortitos. Hipócrita.

Se miraron y se echaron a reír. Carles extendió la mano y envolvió la polla de Joan sin prisa. El contraste de su mano más clara sobre la piel morena de su amigo siempre le gustaba. Empezó a subir y bajar despacio, apretando un poco en la base y aflojando en la cabeza, exactamente como a Joan le gustaba.

—Ahhh… sí, así —murmuró Joan, echando la cabeza hacia atrás—. Joder, Carles, tienes las manos de puta madre. Mejor que las de cualquier tía.

—Calla, que si te oye alguien… —Carles se rio y aceleró un poco el ritmo—. Aunque a estas alturas ya me da igual. Llevamos cinco años haciéndonos pajas mutuamente y todavía nos hacemos los heteros perfectos delante de todo el mundo.

Joan giró la cabeza hacia él, sonriendo con los ojos entrecerrados de placer.

—Porque lo somos, cabrón. A mí me gustan las tías. Me encanta follarme a Marta, que me chupe la polla, que se monte encima… pero esto… esto es otra cosa. Es como… no sé. Es fácil. No hay drama. No hay “¿qué somos?”. Solo dos tíos que se conocen de toda la vida y se dan placer porque les apetece.

Carles asintió, su propia polla ya completamente dura, apuntando hacia arriba, la cabeza un poco más rosada, una gota de precum brillando en la punta. Joan no tardó en cogerla. Su mano era más grande, más áspera por los callos de jugar a fútbol, y el roce se sintió inmediato y bueno.

—Exacto —dijo Carles, la voz un poco más grave—. Con Laura es genial, pero a veces te apetece algo sin complicaciones. Y aquí… joder, aquí puedo correrme tres veces si quiero y nadie me mira raro.

Los dos se masturbaban mutuamente con ritmo lento al principio, disfrutando del calor del sol en la piel, del olor a sal y a crema solar, del sonido de las olas. Las manos subían y bajaban, a veces se detenían en la cabeza para frotar el frenillo con el pulgar, a veces bajaban hasta los huevos para apretarlos con suavidad.

—¿Te acuerdas del primer día? —preguntó Joan de repente, sin dejar de mover la mano—. Teníamos quince años. Nos escapamos porque tus padres se habían puesto pesados con lo de “no os alejéis mucho”. Y aquí estábamos, en bañador, mirando el mar, y de repente me dijiste “tengo la polla dura de mierda” y yo te dije “yo también”.

Carles se rio, el pecho vibrándole bajo la mano de Joan.

—Y nos miramos como idiotas durante diez segundos hasta que tú dijiste “¿y si nos la tocamos?”. Qué romántico.

—Fue lo más natural del mundo. Nos bajamos los bañadores, nos miramos las pollas como si fueran juguetes nuevos, y empezamos. Me corrí en menos de un minuto. Tú también. Y después nos reímos como locos porque nos sentíamos raros y al mismo tiempo… bien.

—Y al día siguiente volvimos. Y al otro. Y así cinco putos veranos.

Joan aceleró un poco el ritmo sobre la polla de Carles. El precum ya era abundante, resbalaba por el tronco y facilitaba el movimiento. Carles respondió igual, apretando más, girando la muñeca al llegar a la cabeza de Joan.

—Joder… sí… más fuerte —gimió Joan—. Me gusta cuando me aprietas justo debajo de la cabeza. Así… ahhh, puta madre.

—Te conozco de memoria —dijo Carles, sonriendo—. Sé exactamente cómo te gusta. Igual que tú sabes que a mí me vuelve loco cuando me rozas los huevos mientras me la tiras.

Joan bajó la otra mano y le acarició los testículos, pesados y calientes por el sol. Carles arqueó la espalda un poco, un gemido bajo escapándosele.

Hablaron de todo mientras se tocaban. De las novias. De cómo Marta le había chupado la polla el fin de semana pasado en el coche y se había tragado todo. De cómo Laura le había pedido a Carles que le corriera en las tetas la última vez. De lo raro que era que, después de follar con ellas, a veces todavía se les quedara ganas de esto.

—A veces pienso que somos unos raros —dijo Joan, la voz entrecortada—. Heteros que se hacen pajas juntos desde los quince y todavía lo disfrutamos más que muchas tías.

—No somos raros. Somos listos —respondió Carles—. ¿Cuántos tíos se mueren de ganas y no se atreven? Nosotros sí. Y no cambia nada. Yo sigo queriendo follarme a Laura hasta que no pueda más. Tú sigues obsesionado con el culo de Marta. Pero esto… esto es nuestro.

El ritmo se aceleró. Las manos se movían más rápido, más húmedas. El sonido obsceno de piel contra piel llenaba el pequeño hueco entre las rocas. Carles se inclinó un poco y escupió en su propia mano para lubricar mejor la polla de Joan. Joan hizo lo mismo.

—Mírate —dijo Joan, mirando la polla de su amigo—. Estás goteando. Vas a correrte pronto.

—Tú también. Se te ponen los huevos duros cuando estás a punto. Los noto.

Joan se rio entre gemidos.

—Cabrón. Sí… joder, sí… no pares.

Carles cambió de posición un poco, se colocó de lado para tener mejor ángulo, y empezó a masturbar a Joan con las dos manos: una en el tronco, la otra jugando con los huevos y el perineo. Joan correspondió, su mano grande envolviendo casi por completo la polla de Carles, el pulgar frotando sin parar la ranura de la cabeza.

—Cuéntame —jadeó Carles—. ¿Qué te gustaría hacerle a Marta ahora mismo?

—Meterle la polla hasta el fondo mientras le aprieto las tetas. Que me mire con esa cara de puta que pone cuando está a punto de correrse. Y después correrme dentro, que se le salga por los lados…

—Joder…

—¿Y tú? ¿Qué le harías a Laura?

—La pondría a cuatro patas en la terraza del apartamento por la noche, cuando todos duermen. Le abriría el culo con los dedos mientras le chupo el coño, y después la follaría despacio hasta que me pidiera más fuerte. Y al final le correría en la boca, porque le encanta tragársela.

Los dos gemían ya abiertamente. El sol les brillaba en la piel sudada. Las pollas estaban rojas, hinchadas, brillantes de precum y saliva.

Joan fue el primero en tensarse.

—Carles… joder… me corro… no pares… no pares…

Carles apretó más fuerte, aceleró, y sintió cómo la polla de Joan latía en su mano. Los chorros salieron potentes, blancos, salpicando el pecho de Joan, el estómago, incluso llegando hasta la toalla. Joan se retorció, gemidos bajos y profundos, la mano todavía moviéndose torpemente sobre la polla de Carles.

—Sigue… sigue tocándome… —rogó Carles—. Voy… voy…

Joan, todavía temblando del orgasmo, se concentró en la polla de su amigo. Subió y bajó rápido, apretando justo como sabía que le gustaba. Carles arqueó la espalda, abrió la boca y se corrió con un gemido largo. El semen le salió a chorros, manchando el abdomen de Joan, mezclándose con el semen que todavía brillaba allí. Algunos gotearon hasta la toalla de rayas.

Se quedaron quietos unos segundos, respirando fuerte, las manos todavía envueltas alrededor de las pollas que latían suavemente.

—Puta madre… —susurró Joan, mirando el desastre en su pecho—. Siempre se siente igual de bien. Cinco años y todavía me dejas seco.
Carles se rio, exhausto, y se pasó la mano por la cara.

—Y a mí. Cada verano pienso “este será el último, ya somos demasiado mayores para esto”, y luego llegamos aquí y en dos minutos tengo la polla en tu mano otra vez.

Se limpiaron un poco con la toalla blanca, pero no se vistieron. Se quedaron desnudos, tumbados de lado, mirándose.

—¿Crees que algún día lo dejaremos? —preguntó Joan, más serio.

Carles se encogió de hombros.

—No lo sé. Cuando tengamos treinta y estemos casados y con críos… igual sí. O igual seguiremos escapándonos a alguna cala cada verano “a hacer deporte”. Quién sabe.

—A mí me gustaría seguir. No es que quiera follarte ni nada de eso. Solo… esto. Las pajas. Hablar de todo. Que me toques la polla como nadie más sabe hacerlo.

—Yo también —admitió Carles—. Es raro, pero es verdad. Con las tías es diferente. Más intenso a veces, más cariñoso… pero esto es puro placer sin complicaciones. Y además, eres mi mejor amigo. Confío en ti más que en nadie.

Joan sonrió y le dio un suave golpe en el pecho con el puño cerrado.

—Maricón.

—Tú más.

Se rieron. El sol seguía alto. El mar seguía azul. Y las pollas, todavía sensibles, empezaban a recuperar un poco de interés solo de estar tan cerca el uno del otro.

Pasaron la siguiente hora hablando de todo. De la universidad, de los planes de trabajar en Barcelona el año que viene, de si Marta y Laura se llevarían bien si algún día las presentaban (decidieron que mejor no). De lo absurdo que era que dos tíos heteros se masturbaran mutuamente desde adolescentes y todavía lo disfrutaran tanto.

Al rato, Joan se incorporó un poco y miró la polla de Carles, que ya se estaba poniendo dura otra vez.

—¿Otra?

Carles miró la suya propia, ya semi-erecta, y luego la de Joan, que también respondía.

—Claro. Todavía tenemos tiempo antes de que nos echen de menos.

Esta vez fueron más lentos. Se tumbaron frente a frente, las frentes casi tocándose, las manos moviéndose con calma, disfrutando cada roce. Se miraban a los ojos de vez en cuando y sonreían como cómplices.

—¿Sabes qué es lo más raro? —dijo Carles en voz baja—. Que nunca me he sentido mal por esto. Ni un segundo. Ni cuando tenía quince y pensaba “¿esto me hace gay?”. Ni ahora. Simplemente… es bueno.

—Porque no te hace gay. Te hace listo. Y un poco vicioso. Como yo.

Las manos se movían más rápido otra vez. El segundo orgasmo llegó más despacio, más profundo. Joan se corrió primero otra vez, gimiendo el nombre de Carles entre dientes, el semen saliendo en chorros más cortos pero igual de intensos. Carles le siguió segundos después, la frente apoyada en el hombro de su amigo, el cuerpo temblando.

Después se quedaron abrazados un momento, desnudos, sudados, oliendo a sexo y a mar. No era un abrazo romántico. Era el abrazo de dos tíos que se conocían demasiado bien, que se habían visto en su momento más vulnerable una y otra vez, y que seguían eligiendo volver.

—mañana volvemos —dijo Joan contra el pelo de Carles.

—y el año que viene y el siguiente. Hasta que se nos caiga la polla de viejos.

Se rieron otra vez. Se levantaron, se metieron en el agua para lavarse, nadaron un rato, y volvieron a la toalla. Se vistieron con calma. La familia les esperaba para la cena. Nadie preguntaría nada. Nadie sabría que, una vez más, Carles y Joan habían pasado la tarde dándose placer el uno al otro bajo el sol de Cambrils, hablando de todo, riendo de todo, y sintiéndose exactamente como debían sentirse: dos amigos heteros que, desde los quince, habían encontrado una forma secreta y perfecta de disfrutar del verano.

Y mañana, sin duda, volverían.

TesTiCUlOS











 

PiES











 

vIdEOs

Este resumen no está disponible. Haz clic en este enlace para ver la entrada.

MoSTRANdo

Este resumen no está disponible. Haz clic en este enlace para ver la entrada.