Luís y Daniel se conocían desde los tres años. Misma guardería, mismo cole, mismo instituto, mismo equipo de fútbol de barrio hasta los dieciocho. Ahora tenían veintinueve. Luís era el más alto, pecho peludo y denso, barba cerrada que le raspaba un poco cuando se reía, un reloj negro en la muñeca izquierda y esa sonrisa de quien siempre está a punto de soltar una tontería. Daniel era un poco más bajo, cuerpo compacto y firme, tatuajes negros que le subían por los brazos hasta el pecho, el pelo corto y un pendiente plateado. Vivían a dos calles de distancia y se veían casi todos los días.
El tonteo llevaba años. Empujones en el vestuario del gimnasio que duraban un segundo de más, el olor a sudor mezclado con desodorante barato. Comentarios sobre el culo del otro cuando se cambiaban, la tela del pantalón pegada a la piel húmeda. Alguna paja compartida viendo porno hetero cuando tenían dieciocho, riéndose como idiotas mientras el sonido de las manos sobre la piel llenaba la habitación. Nunca habían cruzado la línea. Hasta esa noche de sábado en el piso de Daniel.
Habían pedido pizza. El olor a queso derretido y orégano todavía flotaba en el aire del salón. Tres cervezas cada uno, el gusto amargo todavía en la lengua. Habían puesto una serie que ninguno estaba mirando. Estaban en el sofá grande, descalzos, en chándal. Luís tenía la pierna encima de la de Daniel “porque sí”. El calor del muslo ajeno se filtraba a través de la tela. Daniel le había puesto la mano en el muslo “para que no se cayera”. Los dedos se hundían un poco en la carne firme.
—Oye —dijo Luís de repente, riendo, la voz un poco ronca por la cerveza—. ¿Te acuerdas cuando en el cole te bajé el pantalón en el patio?
—Cabronazo. Me lo acuerdo perfectamente. El aire frío en los muslos y las risas de todos. Y también me acuerdo de que al día siguiente yo te lo bajé a ti en los vestuarios y te quedaste en calzoncillos delante de todo el equipo. El olor a humedad y a pies de ese vestuario… joder.
Los dos se rieron. Luís empujó a Daniel con el hombro. El contacto fue cálido, piel contra tela.
—¿Y si… ahora lo hacemos otra vez? Pero sin el equipo mirando.
Daniel levantó una ceja. La luz cálida del salón le iluminaba el perfil.
—¿Bajarnos los pantalones?
—Sí. A ver quién se pone colorado primero.
Se miraron. La risa todavía estaba ahí, pero debajo había otra cosa: un calor que subía desde el estómago. Daniel se levantó. El sofá crujió. Se bajó el chándal y los calzoncillos de un tirón. El aire del salón, un poco fresco por la ventana entreabierta, le rozó la piel desnuda. La polla le colgaba, gruesa, medio dormida, el prepucio cubriendo casi toda la cabeza. El vello púbico era espeso y oscuro. Luís se quedó mirándola dos segundos de más. El olor a piel limpia y a un leve rastro de jabón de ducha le llegó a la nariz. Después se rió.
—Vale, vale. Tú ganas.
Se levantó y se desnudó también. El sonido de la tela al caer fue suave. Su polla era un poco más larga, con el prepucio medio cubierto, la cabeza rosada asomando. El vello del pecho le bajaba en una línea hasta el pubis. Se quedaron de pie, desnudos, uno frente al otro, riéndose como críos. El calor de los cuerpos se notaba aunque todavía no se tocaran.
—Joder —dijo Daniel, la voz más baja—. Llevamos toda la vida viéndonos en pelotas y nunca me había fijado en lo que tienes ahí abajo. Se te ve la vena de aquí…
Luís se acercó. El olor de Daniel era más intenso ahora: piel caliente, un toque de colonia vieja y algo más animal. Estiró la mano y tocó la polla de Daniel. Solo un roce primero. La piel era suave, caliente, ligeramente húmeda en la punta. Daniel no se apartó. Al contrario, le devolvió el gesto. Sus dedos, más ásperos por los callos del gimnasio, envolvieron la polla de Luís. Se masturbaron despacio el uno al otro. El sonido era suave, piel contra piel, un leve roce húmedo. Cada vez que la polla del otro daba un saltito, los dos soltaban una risa baja.
—Esto es raro —dijo Luís, pero no soltó. El calor le subía por la muñeca.
—Raro y bueno —contestó Daniel. Su voz vibró un poco.
Se sentaron otra vez en el sofá. El terciopelo gastado les rozaba los muslos desnudos. Luís se inclinó. El olor de la polla de Daniel le llenó la nariz: salado, limpio, con un fondo dulzón de precum que ya asomaba. Lamió la cabeza. El sabor era a piel limpia y un poco a jabón, con ese deje metálico del precum. Daniel soltó un “joder” largo, la garganta abierta. Puso una mano en la nuca de Luís. Los dedos se hundieron en el pelo corto.
—Desde cuándo querías hacer esto, cabrón?
—Desde los dieciséis, más o menos —dijo Luís con la boca llena. La lengua le rozaba la frenillo. El sabor se volvía más intenso—. Tú?
—Desde antes. Pero eras mi mejor amigo. No quería joderlo.
Luís se separó. Un hilo de saliva unió sus labios a la polla de Daniel, brillante bajo la luz. El aire fresco le rozó la cara húmeda.
—Y ahora?
—Ahora me la estás chupando y no quiero que pares.
Luís volvió a la carga. Se la metió entera. La cabeza empujó contra la garganta. El olor del vello púbico le llenó la nariz: denso, masculino. La saliva le corría por la barbilla. Daniel gemía abiertamente. Las caderas empujaban hacia arriba. El sofá crujía con cada movimiento. El sonido era húmedo, profundo, mezclado con la respiración agitada de los dos.
Cuando Daniel estaba a punto de correrse —Luís lo notó por cómo se tensaban los muslos y por el sabor más intenso del precum—, Luís se detuvo. La polla de Daniel quedó brillante, roja, palpitando.
—Tu turno, merluzo.
Daniel se arrodilló entre las piernas de Luís. El suelo frío le rozó las rodillas. Agarró la polla de Luís con las dos manos. Estaba caliente, dura como piedra, la vena lateándole contra los dedos. La lamió de arriba abajo. El sabor era distinto: un poco más dulce, con el mismo fondo salado. Se la metió en la boca. No había técnica perfecta, solo hambre y años de ganas acumuladas. Luís le agarraba el pelo. Los dedos se le clavaban en el cuero cabelludo. Cada vez que Daniel se atragantaba un poco, soltaba una risa ahogada alrededor de la polla y volvía a intentarlo. El sonido de la garganta, el chapoteo de la saliva, los gemidos de Luís llenaban el salón.
Se tumbaron en el sofá, uno encima del otro. El peso de Daniel sobre Luís era cálido, sólido. Las pollas se frotaban. La piel resbalaba por el precum y la saliva. Se besaron por primera vez. Fue torpe: dientes chocando, risas contra la boca del otro. Después se volvió profundo. El sabor de la cerveza mezclado con el de las pollas. Las lenguas se enredaban. Las manos bajaban a los culos. Los dedos de Luís se metieron entre las nalgas de Daniel. La piel era más suave allí, caliente, un poco húmeda. El olor se volvía más intenso, más íntimo.
—¿Te lo meto? —preguntó Luís contra la boca de Daniel. La voz le salía ronca.
—Sí. Pero despacio. Nunca lo he hecho.
—Yo tampoco.
Luís escupió en sus dedos. La saliva era espesa. Se los llevó al culo de Daniel. Un dedo primero. La resistencia inicial, el calor interno, el modo en que Daniel se tensó y después se abrió. El sonido fue un gemido bajo, casi un gruñido. Dos dedos. Luís los movía despacio, buscando. Cuando encontró ese punto, Daniel arqueó la espalda y soltó un “joder” que se le quebró en la garganta. El olor a sexo ya llenaba el aire: piel caliente, precum, saliva.
Cuando estuvo listo, Luís se colocó detrás de él. Daniel se puso de rodillas en el sofá, el culo en alto. La luz le marcaba las curvas. Luís se escupió en la mano, se untó la polla. La cabeza empujó contra el agujero. Entró el primer centímetro. El calor fue brutal, apretado, casi doloroso de lo bueno que era. Los dos se quedaron quietos, respirando. El sudor empezaba a brillar en las espaldas.
—Joder —susurró Daniel. La voz le temblaba—. Qué raro… y qué bueno. Se siente… grande.
Luís empujó más. La polla desaparecía centímetro a centímetro. Cuando estuvo del todo dentro, el pubis le rozó las nalgas de Daniel. Se quedó quieto otra vez. El pulso de los dos latía en el mismo sitio. Después empezó a moverse. Embestidas cortas al principio. El sonido era húmedo, profundo, carne contra carne. El sofá crujía. Daniel se masturbaba al mismo tiempo. La mano se deslizaba rápido, el precum le brillaba en los dedos.
—Más fuerte, cabrón… así… joder, Luís…
Luís le folló con ganas. Cada embestida hacía que el culo de Daniel se moviera. El olor a sexo se volvía más espeso. El sudor les corría por las sienes, por el pecho, por la espalda. Cuando Luís sintió que se iba a correr —el calor subiendo desde los huevos, la polla palpitando—, se retiró, dio la vuelta a Daniel y se la metió otra vez cara a cara. Se miraron a los ojos. Las pupilas dilatadas. El aliento de Daniel le rozaba la boca.
—Te quiero, tío —dijo Luís de repente, sin dejar de moverse. La voz le salía rota—. Desde siempre. Pero no quiero pareja. No quiero novio. Solo… esto. Tú y yo. Para toda la vida. ¿Te parece bien?
Daniel se rió. El sonido fue medio gemido, medio risa. Tenía los ojos brillantes.
—Exactamente lo mismo pienso yo. Te quiero. Eres mi hermano de otra madre. Y ahora también el tío al que le dejo el culo. No quiero pareja. Solo queremos follarnos cuando nos apetezca y seguir siendo nosotros. ¿Trato?
—Trato.
Se besaron otra vez. El sabor de la saliva y del precum. Luís aceleró. Las embestidas se volvieron más profundas, más rápidas. El sofá se movía. Daniel se corrió primero. Los chorros salieron calientes, espesos, salpicándole el pecho y la barba a Luís. El olor a semen llenó el aire de golpe: salado, amargo, intenso. Luís le siguió segundos después. Se enterró hasta el fondo y se corrió dentro. El calor se derramó. Se quedaron abrazados, sudorosos, temblando. El semen de Luís empezó a gotear por el muslo de Daniel, caliente y viscoso.
—Qué asco —dijo Daniel, riendo, la voz todavía ahogada—. Me estás dejando hecho un desastre.
—Y te encanta. Se te nota en la cara.
Se limpiaron a medias con una camiseta que había por el suelo. El tejido absorbió el semen y el sudor. Después Daniel se puso a horcajadas sobre Luís. La polla de Luís todavía estaba medio dura, brillante de semen y saliva. Daniel se la guió hasta el agujero y se la metió él. Bajó despacio. El calor volvió a envolverlo. Subía y bajaba. El sonido era más suave ahora, más íntimo. Se miraban a la cara. Daniel soltaba tonterías entre gemidos:
—Mira que si nos ven las madres… “ay, los niños de la guardería follando en el sofá”… joder, Luís, más profundo…
Luís se reía y le agarraba el culo. Los dedos se le clavaban en la carne firme. Empujaba hacia arriba. El olor a sexo ya era tan denso que se podía casi morder.
Se follaron así un buen rato. El sudor les resbalaba por el pecho, por el abdomen. Cuando Daniel se corrió otra vez, lo hizo sobre el pecho de Luís. Los chorros cayeron calientes, espesos. Luís se los recogió con los dedos. El semen brillaba. Se los metió en la boca a Daniel. Daniel los chupó sin quejarse. El sabor era amargo, salado, familiar ya.
Después se tumbaron uno al lado del otro. Desnudos. Las piernas enredadas. El sofá estaba manchado. El aire olía a sexo, a sudor, a cerveza vieja. Luís le acariciaba el pecho peludo a Daniel. Los dedos se enredaban en el vello húmedo. Daniel le tocaba la polla blanda a Luís, sin prisa. La piel todavía sensible.
—Oye —dijo Daniel. La voz le salía baja, sincera—. De verdad. Para toda la vida. Aunque nos casemos con quien sea, aunque vivamos donde sea. Esto no se toca. Tú y yo.
—Para toda la vida —repitió Luís. Le dio un beso en el hombro, saboreando la piel salada—. Y la próxima vez te como el culo hasta que no puedas ni sentarte. Quiero olerte ahí. Quiero el sabor.
—Trato hecho, cabronazo.
Se quedaron así hasta que se les enfrió el semen en la piel. El contraste entre el calor de los cuerpos y el aire fresco de la ventana era casi agradable. Después se ducharon juntos. El agua caliente les golpeó la piel. Se jabonaron el uno al otro. Las manos resbalaban. El olor a jabón se mezcló con el de sexo que todavía tenían encima. Se les puso dura otra vez. Se frotaron las pollas con la espuma. El contacto era resbaladizo, caliente. Se corrieron por tercera vez bajo el agua. Los chorros se diluyeron en la ducha. El sonido del agua tapó los gemidos.
Cuando salieron, se secaron con la misma toalla. El tejido áspero les rozó la piel sensible. Se pusieron solo los calzoncillos. El algodón les pegaba un poco todavía. Se tumbaron otra vez en el sofá. Encendieron la serie que nadie iba a mirar. Luís le puso la cabeza en el hombro a Daniel. El olor de su piel, limpia ahora pero todavía con ese fondo íntimo, le llenó la nariz. Daniel le pasó un brazo por encima. La piel contra la piel era cálida, familiar.
Habían cruzado la línea. Y no pensaban volver atrás.
Amigos desde la guardería. Amantes cuando les daba la gana. Y unidos para siempre, sin necesidad de llamarlo de otra forma.
Exactamente como los dos querían.
Cinco años después
Habían pasado cinco años desde aquella noche en el sofá de Daniel. Cinco años de risas, de folladas, de silencios cómodos y de una vida que los dos juraban que no era una relación. Vivían juntos desde hacía tres. El piso era de Luís, pero Daniel había traído su sofá, sus sartenes y su forma de dejar las toallas tiradas. Tenían una habitación cada uno, aunque casi nunca dormían separados. Follaban cuando les apetecía, que era casi todos los días. Veían a otros tíos de vez en cuando: una noche de apps, un trío improvisado, alguien que se quedaba a dormir y se iba por la mañana. Nunca nada serio. Nunca alguien que durmiera más de dos noches seguidas. Ellos dos eran el centro. El resto era solo sexo.
Esa tarde de sábado el piso olía a café recién hecho y a la colonia barata que Daniel usaba desde los veinte. Luís estaba en la cocina, descalzo, solo en calzoncillos negros, preparando huevos revueltos. El sol entraba por la ventana y le marcaba el vello del pecho y la línea que bajaba hasta el elástico. Daniel salió de la ducha con la toalla a medio atar, el pelo mojado y los tatuajes brillando. Se acercó por detrás, le rodeó la cintura con los brazos húmedos y le mordió el hombro.
—Hueles a huevo y a sueño —dijo contra su piel.
Luís se rió y empujó el culo hacia atrás, notando la polla de Daniel medio dura a través de la toalla.
—Y tú hueles a jabón de tres en uno. Ven aquí.
Se giró. El beso fue lento, de lengua y de sonrisa. Daniel se bajó un poco, le bajó los calzoncillos y se arrodilló en el suelo de la cocina. La polla de Luís ya estaba despertando. Daniel la lamió de la base a la punta, saboreando el sabor a piel caliente y a un poco de precum que ya asomaba. Luís apoyó las manos en la encimera y miró hacia abajo.
—Desayuno primero o me la chupas hasta que me corra?
—Las dos cosas —contestó Daniel con la boca llena.
Se la metió entera. El sonido húmedo llenó la cocina. Luís le agarró el pelo mojado y le guió el ritmo, empujando despacio hasta que la nariz de Daniel rozó su vello. El olor a jabón y a excitación se mezclaba con el de los huevos que se estaban quemando un poco. A Luís le daba igual. Se corrió en la boca de Daniel con un gemido bajo, viendo cómo este se lo tragaba todo y después se limpiaba los labios con el dorso de la mano.
—Buenos días —dijo Daniel, poniéndose de pie y dándole un beso con sabor a semen.
—Buenos días, cabrón.
Se comieron los huevos quemados de pie en la cocina, desnudos de cintura para abajo, riéndose de lo domesticados que estaban. Después se ducharon otra vez, esta vez juntos. El agua caliente les golpeaba la espalda. Luís le jabonó el culo a Daniel con las dos manos, los dedos resbalando entre las nalgas, empujando un poco hasta que Daniel soltó un gemido y se apoyó contra la pared de azulejos.
—Mételos —pidió.
Luís le metió dos dedos, después tres, buscó la próstata y la masajeó mientras la otra mano le masturbaba la polla. Daniel se corrió contra la pared, los chorros blancos diluyéndose en el agua. Después se giró, se arrodilló y se la chupó a Luís hasta que este se corrió otra vez, esta vez en su cara. El semen le resbaló por la mejilla y Daniel se lo recogió con la lengua, riéndose.
—Somos unos cerdos —dijo Luís, ayudándole a levantarse.
—Los mejores cerdos.
Esa noche tenían cena con sus dos mejores amigos: Marcos y Pablo. Llevaban años siendo el cuarteto inseparable. Marcos y Pablo eran pareja desde hacía casi una década, de esos que se terminaban las frases y se miraban con complicidad asquerosa. Habían quedado en el piso de Luís y Daniel. Pizza, cerveza y la misma serie de siempre de fondo.
Llegaron a las nueve. Abrazos, risas, el olor a colonia y a la lluvia que había empezado a caer fuera. Se sentaron en el sofá grande —el mismo de hacía cinco años, aunque ahora tenía más manchas de las que nadie quería admitir—. La conversación fluyó fácil: trabajo, una anécdota de un tío que Daniel se había ligado la semana anterior, la queja de Luís sobre el vecino que ponía reggaetón a las tres de la mañana.
A media cena, cuando ya iban por la tercera cerveza, Marcos se recostó y los miró con esa sonrisa de quien está a punto de soltar una verdad incómoda.
—Oye, en serio. ¿Cuándo vais a dejar de hacer el ridículo?
Daniel levantó una ceja, la boca llena de pizza.
—¿El ridículo de qué?
—De fingir que no sois pareja —dijo Pablo, más suave, pero igual de directo—. Lleváis cinco años follando como conejos, vivís juntos, os sabéis de memoria cómo le gusta al otro que le coman el culo, y todavía decís “no somos nada, solo amigos que se follan”. Por favor.
Luís se rió, pero la risa le salió un poco falsa.
—No somos pareja. No queremos serlo. Nosotros… es diferente.
Marcos negó con la cabeza.
—Os queréis. Os cuidáis. Os ponéis celosos cuando el otro se liga a alguien, aunque lo disimuléis como el carajo. Daniel, ¿te acuerdas cuando Luís se lió con ese camarero del bar de abajo y estuviste una semana de mala leche?
—Estaba resfriado —protestó Daniel, pero se le había puesto la cara colorada.
—Y tú, Luís —siguió Pablo—. Cuando Daniel se quedó a dormir en casa de ese tío del gym, estuviste todo el día mirando el móvil como si te hubiera dejado plantado en el altar.
El silencio que siguió fue denso. La serie seguía de fondo, pero nadie la escuchaba. Luís miró a Daniel. Daniel miró a Luís. Por un segundo pareció que iban a soltar una broma, como siempre. Pero no salió.
—Joder —susurró Luís. La voz se le había quebrado un poco—. ¿De verdad se nota tanto?
Marcos se encogió de hombros, suave.
—Se nota porque os queremos. Y porque es obvio. Dejad de tener miedo.
Daniel se pasó una mano por la cara. Tenía los ojos brillantes.
—No es miedo. Es… no queríamos joder lo que teníamos. Si le ponemos nombre, si decimos “somos pareja”, entonces puede romperse. Y yo no… yo no quiero perder esto.
Luís sintió que se le llenaban los ojos. Se rió para disimular, pero una lágrima se le escapó igual.
—Yo tampoco. Eres mi puto mejor amigo. Y el tío al que más he querido en la vida. Y el único culo que me sé de memoria. Y… joder, Dani.
Se miraron. Las lágrimas ya no se disimulaban. Daniel se acercó y le apoyó la frente contra la de Luís. El olor familiar de su piel, el calor de su respiración.
—Te quiero —dijo Daniel, la voz rota—. Te quiero de verdad. No como amigo que se folla. Como… como lo que sea que somos. Y me da miedo. Pero más miedo me da seguir fingiendo.
—Yo también —contestó Luís. Le temblaba la boca—. Te quiero. Desde la guardería. Desde el sofá. Desde siempre. Y si hay que ponerle nombre, que se lo pongan. Yo solo sé que no quiero a nadie más así.
Marcos y Pablo se miraron con una sonrisa cómplice y se levantaron en silencio.
—Os dejamos el piso —dijo Marcos—. Mañana hablamos. Ahora… sed felices, idiotas.
Se fueron. La puerta se cerró. El silencio quedó solo con ellos dos.
Luís y Daniel se quedaron abrazados en el sofá, llorando y riéndose al mismo tiempo. Las lágrimas les resbalaban por las caras, se mezclaban con los besos salados. Las manos buscaban piel con urgencia, como si necesitaran confirmar que el otro seguía ahí.
—Ven —dijo Luís, ya con la voz más firme—. A la habitación. Ahora.
Se levantaron. Se fueron a la habitación de Luís —la que en la práctica era de los dos— dejándose un rastro de ropa por el pasillo. Se tumbaron en la cama grande. El colchón se hundió bajo su peso. Se besaron despacio, saboreando las lágrimas, el sabor a cerveza y a pizza, el temblor de las sonrisas.
Luís se colocó entre las piernas de Daniel y le bajó los pantalones. La polla de Daniel ya estaba dura, gruesa, la cabeza brillante. Luís la lamió con devoción, de los huevos a la punta, saboreando el precum que ya salía. El olor era el de siempre: piel limpia, excitación, un fondo íntimo que solo conocía él. Se la metió entera. Daniel arqueó la espalda y soltó un gemido largo, los dedos enredados en el pelo de Luís.
—Joder… así… te quiero, Luís… te quiero tanto…
Luís se la chupó hasta que Daniel estuvo al borde. Entonces se separó, le dio la vuelta y le comió el culo. La lengua plana, profunda, el sabor amargo y familiar. Daniel empujaba hacia atrás, gemía contra la almohada, soltaba risas entrecortadas entre los gemidos.
—Métela… por favor… necesito sentirte…
Luís se escupió en la mano, se untó la polla y empujó. Entró de un embiste lento, centímetro a centímetro, hasta que el pubis le rozó las nalgas. El calor fue el de siempre: apretado, perfecto, suyo. Se quedaron quietos un segundo, respirando juntos.
—Te quiero —repitió Luís contra su espalda—. Pareja o no. Da igual. Eres mío. Y yo soy tuyo.
—Para siempre —contestó Daniel, la voz rota de placer y de emoción.
Luís empezó a moverse. Embestidas profundas, lentas al principio, después más rápidas. El sonido de piel contra piel llenó la habitación. Daniel se masturbaba al mismo tiempo, la mano resbaladiza de precum. Se corrió primero, chorros espesos que mancharon las sábanas. Luís le siguió segundos después, enterrándose hasta el fondo y llenándolo. El semen caliente se derramó dentro. Se quedaron unidos, temblando, las lágrimas todavía secándose en las caras.
Después se giraron. Daniel se puso a horcajadas sobre Luís y se la metió otra vez. Subía y bajaba despacio, mirándolo a los ojos, las manos apoyadas en su pecho peludo. Cada vez que bajaba del todo, soltaba un gemido y una sonrisa.
—Mira que somos gilipollas… cinco años fingiendo…
—Los mejores gilipollas —contestó Luís, empujando hacia arriba.
Se follaron así hasta que Daniel se corrió otra vez, esta vez sobre el pecho de Luís. Luís se recogió el semen con los dedos y se los ofreció a Daniel, que los chupó con ganas, sin dejar de mirarlo. Después se cambiaron. Luís se puso a cuatro patas y Daniel le comió el culo durante lo que parecieron horas: lengua, dedos, saliva, el olor intenso, los gemidos de Luís ahogados en la almohada. Cuando por fin se la metió, lo hizo despacio, casi con ternura, y se la folló con embestidas largas y profundas mientras le hablaba al oído:
—Te quiero. Te quiero. Eres mi puto hogar. Y ahora lo vamos a decir en voz alta.
Luís se corrió sin tocarse, solo con la polla de Daniel dentro y las palabras en el oído. Daniel se corrió dentro de él segundos después, gruñendo su nombre.
Se quedaron abrazados, sudorosos, el semen resbalándoles por los muslos, las sábanas hechas un desastre. Luís le acariciaba el pelo a Daniel. Daniel le besaba el pecho, el cuello, la boca.
—¿Somos pareja entonces? —preguntó Daniel, medio en broma, medio en serio.
—Somos lo que nos dé la gana —contestó Luís—. Pero sí. Somos. Tú y yo. Para toda la puta vida.
Se rieron. Se besaron otra vez. El sabor era a semen, a lágrimas y a alivio.
A la mañana siguiente se despertaron enredados. El sol entraba por la ventana. Daniel tenía una mano en el culo de Luís. Luís tenía la cara escondida en el cuello de Daniel. Se follaron despacio, casi dormidos, sin prisa, solo por el placer de sentir al otro. Después se ducharon, se hicieron el desayuno y se sentaron en el sofá con el café.
El móvil de Luís vibró. Era un mensaje de Marcos:
¿Ya os habéis declarado, idiotas?
Luís le enseñó la pantalla a Daniel. Los dos se rieron.
—Dile que sí —dijo Daniel—. Y que la próxima cena la hacemos nosotros. Y que esta vez no hace falta que se vayan tan pronto. Aunque probablemente acabemos follando en el sofá delante de ellos.
—Eres un cerdo.
—Tu cerdo.
Se besaron otra vez. El café se enfrió. La mañana se alargó. Y por primera vez en cinco años, ninguno de los dos sintió la necesidad de fingir que aquello era menos de lo que era.
Eran Luís y Daniel. Desde la guardería. Desde el sofá. Desde siempre.
Y ahora, por fin, lo decían en voz alta.
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