El vestuario olía a victoria. El equipo de natación de la Universidad Coastal State había destrozado el récord regional esa tarde y el ambiente estaba cargado de adrenalina, risas y sudor. Pero en las duchas comunitarias solo quedaban Marcos y Leo, los dos últimos en quitarse los ajustados bañadores.
Marcos, 21 años, moreno, con el cuerpo marcado por años de entrenamiento, estaba de espaldas bajo el chorro caliente. El agua caía en cascada por su pelo negro corto, bajaba por su nuca ancha, recorría cada músculo de su espalda definida y se perdía entre las dos nalgas redondas, firmes y ligeramente peludas que brillaban bajo la luz fluorescente. Tenía las manos en la cabeza, enjabonándose el pelo, y sus bíceps se marcaban con cada movimiento. Su polla, gruesa incluso en reposo, colgaba pesada entre sus piernas.
A su lado, Leo, 20 años, más delgado pero igual de atlético, lo observaba de reojo. El agua resbalaba por su pecho marcado, bajaba por sus abdominales y hacía brillar su polla, que ya empezaba a endurecerse solo de mirar a su compañero. El vapor subía y el ruido del agua creaba una burbuja íntima en medio del vestuario vacío.
—Joder, Marcos… ¿tú siempre te duchas como si estuvieras grabando una porno o es que hoy quieres volverme loco? —soltó Leo con una risa traviesa, acercándose un paso.
Marcos giró la cabeza, el agua cayéndole por la cara, y sonrió con esa mezcla de arrogancia y cariño que Leo adoraba.
—¿Qué pasa, principiante? ¿Te pone nervioso ver tanto músculo mojado? —contestó mientras se pasaba las manos lentamente por el pecho, frotando jabón sobre sus pezones oscuros que se pusieron duros al instante.
Leo se rio y se acercó más. Sus cuerpos casi se tocaban. El agua de ambos se mezclaba.
—Nervioso no… cachondo perdido. Llevo toda la temporada viéndote ese culo de campeonato y preguntándome qué se sentiría agarrarlo fuerte mientras te follo.
Marcos soltó una carcajada ronca y se giró completamente. Ahora estaban frente a frente. Sus pollas se rozaron por primera vez y ambos sintieron un chispazo.
—Pues agarra, valiente. No muerde… aunque después de verte así de duro, igual yo sí te muerdo —respondió Marcos guiñándole un ojo.
Leo no esperó. Sus manos mojadas y enjabonadas se posaron directamente en las nalgas de Marcos, apretando esa carne caliente y firme. Los dedos se hundieron, separando ligeramente las nalgas y rozando el agujero arrugado con las yemas. Marcos gimió bajito y empujó el culo hacia atrás, invitándolo.
—Mmm… qué culo más perfecto tienes, cabrón —susurró Leo mientras masajeaba con ganas, sintiendo cómo la piel resbalaba por el jabón y el agua.
Sus pollas ya estaban completamente duras, gruesas y palpitantes. Leo rodeó ambas con una mano y empezó a masturbarlas juntas, lento al principio, disfrutando la fricción de las venas y la piel suave mojada. El precum de ambos se mezclaba con el jabón, haciendo todo más resbaladizo y obsceno.
Marcos lo agarró por la nuca y lo besó con fuerza. Sus lenguas se enredaron, calientes y hambrientas. El beso sabía a victoria, a cloro y a deseo acumulado durante meses.
—Llevo semanas imaginando tu boca tragándose mi polla entera… —confesó Marcos entre jadeos.
Leo sonrió contra sus labios.
—Pues de rodillas, campeón.
Se arrodilló sin dudar. El suelo de baldosas pequeñas estaba mojado y resbaladizo, pero no le importó. Miró hacia arriba con esa cara de diablillo y sacó la lengua. Primero lamió la cabeza gruesa y morada de Marcos, saboreando el precum salado mezclado con agua. Luego bajó por el tronco, lamiendo las venas marcadas, y metió la nariz entre sus huevos pesados, inhalando su olor masculino.
—Hueles a puro sexo… —murmuró antes de abrir la boca y tragársela hasta el fondo.
Marcos gruñó de placer y le agarró el pelo mojado con las dos manos. Leo chupaba con hambre: entraba y salía, haciendo ruidos húmedos y gargantas que resonaban en las duchas. A veces sacaba la polla, la golpeaba contra su lengua y volvía a tragarla entera, mientras su propia verga goteaba precum al suelo.
—Joder, Leo… qué boca tienes… me vas a hacer correr si sigues así —jadeó Marcos.
Después de varios minutos intensos, Marcos lo levantó, lo besó con fuerza probando su propio sabor, y lo empujó suavemente contra los azulejos.
—Ahora me toca a mí probarte.
Se arrodilló y devoró la polla de Leo con ganas. La chupaba profundo, usando la mano para masturbar la base mientras su lengua jugaba con el frenillo. Leo gemía alto, agarrándole la cabeza y follando su boca con movimientos suaves.
—Dios… Marcos… tu boca es increíble…
Leo lo levantó y lo giró contra la pared.
—¿Quieres que te folle ese culazo, verdad?
Marcos asintió, mordiéndose el labio.
—Dale… pero con mucho jabón y despacio al principio. Soy virgen de culo.
Leo soltó una carcajada cariñosa.
—Tranquilo, te voy a abrir despacito y te va a encantar.
Echó un montón de gel de ducha entre las nalgas de Marcos y empezó a masajear su agujero con dos dedos enjabonados. Lo penetró lentamente, sintiendo cómo ese anillo apretado se relajaba alrededor de sus dedos. Marcos gemía y empujaba hacia atrás, pidiendo más.
Cuando Leo alineó su polla gruesa contra ese agujero rosado, ambos contuvieron la respiración. Empujó la cabeza y entró poco a poco. Centímetro a centímetro, sintiendo el calor apretado envolviéndolo.
—Joder… estás tan apretado… y tan caliente por dentro… —gruñó Leo, mordiéndole el hombro.
Una vez dentro del todo, empezó a follarlo con ritmo creciente. Sus caderas chocaban contra las nalgas de Marcos con sonidos húmedos y fuertes. El agua seguía cayendo, lavando el sudor y el jabón. Marcos se masturbaba con una mano mientras gemía sin vergüenza:
—Más fuerte, Leo… fóllame más duro… ¡qué rico se siente tu polla abriéndome!
Leo aceleró, agarrándole las caderas con fuerza. Sus huevos golpeaban contra el culo firme. Cambiaron de posición: Leo se sentó en el banco bajo la ducha y Marcos se sentó encima, cabalgándolo. Subía y bajaba, controlando el ritmo, mientras sus pollas se frotaban entre sus abdominales mojados.
—Así… móntame, campeón —gemía Leo, chupándole los pezones.
Marcos lo besaba y cabalgaba más rápido, sintiendo cómo la polla de Leo le rozaba la próstata una y otra vez. El placer era intenso, eléctrico.
Leo lo levantó, lo puso de pie contra la pared otra vez y lo folló desde atrás con embestidas profundas y rápidas. Sus manos recorrían todo el cuerpo de Marcos: pellizcando pezones, agarrando la polla, apretando las nalgas.
—Voy a correrme… —avisó Leo con la voz ronca.
—Lléname… quiero sentirte dentro —pidió Marcos.
Leo empujó hasta el fondo y se corrió con fuerza, soltando chorros calientes de semen dentro del culo de Marcos. Este, sintiendo el calor, se masturbó rápido y se corrió también, pintando los azulejos con varios chorros espesos y blancos.
Se quedaron abrazados bajo el agua, riendo y besándose suavemente mientras sus pollas seguían medio duras y sensibles.
—Esto ha sido… la mejor ducha de mi vida —dijo Marcos todavía jadeando.
—Cada puto día después del entrenamiento —prometió Leo, besándole el cuello.
Se lavaron mutuamente con cariño: manos enjabonadas recorriendo pechos, culos, pollas y huevos. Se besaban, se reían y se tocaban sin prisa.
Una semana después, después de una gran fiesta del equipo, volvieron al vestuario borrachos, cachondos y sin poder esperar. Esta vez Leo trajo lubricante de verdad y condones.
En cuanto entraron a las duchas, se desnudaron con prisa. Leo empujó a Marcos contra la pared y se arrodilló, comiéndole el culo con ganas. Su lengua entraba y salía, lamiendo el agujero mientras le masturbaba la polla por detrás. Marcos gemía alto, empujando el culo contra su cara.
—Qué rico comes culo, joder…
Luego Leo lo penetró con el lubricante, follándolo primero lento y profundo, luego rápido y salvaje. Lo puso en cuatro patas en el suelo mojado, agarrándole el pelo mojado mientras lo embestía. El sonido de piel contra piel era fuerte y obsceno.
—Dame más… rómpeme ese culo —pedía Marcos entre gemidos y risas.
Leo lo giró, le levantó las piernas y lo folló mirándolo a los ojos. Sus pollas se frotaban, sus bocas se besaban. Cuando Leo se corrió dentro (con condón esta vez), Marcos se corrió en su propio pecho.
Después se ducharon otra vez, pero ahora más tranquilos, tocándose con ternura.
La rutina se volvió adictiva. Cada entrenamiento terminaba con una sesión caliente en las duchas. A veces solo mamadas rápidas y profundas. Otras veces folladas largas con varios cambios de posición: de pie, en el banco, contra la pared, incluso Leo cabalgando a Marcos mientras el agua caía sobre ellos.
Descubrieron que les encantaba el 69 bajo la ducha, chupándose mutuamente mientras el agua lavaba el sudor y el semen. A Marcos le volvía loco que Leo le hablara sucio: “Quiero que me llenes el culo de leche caliente”, “Tu polla está hecha para abrirme”. Leo se derretía cuando Marcos le comía el culo con dedicación, metiendo dos dedos y lamiendo al mismo tiempo.
Una noche especialmente memorable, usaron un pequeño plug anal que Leo había comprado. Marcos se lo puso a Leo mientras lo follaba, y el placer extra hizo que Leo se corriera dos veces seguidas, temblando y riendo de lo intenso que era.
Entre polvo y polvo hablaban, se reían de lo loco que era todo y se confesaban que nunca habían sentido algo tan fuerte por nadie.
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