23.8.26

ReLATo. De FEsTivAL




El festival estaba a tope. Filas interminables en todos los baños, gente empujando, risas y gritos por todas partes. Jorge llevaba casi una hora aguantándose. Cuando por fin encontró el bloque de urinarios, casi todos estaban ocupados. Solo quedaba uno libre… y al lado de él estaba el hombre de la gorra beige, con el torso desnudo, los pantalones bajados hasta mitad de muslo y los tatuajes negros subiendo por el brazo. Roberto —aunque Jorge no sabía su nombre— también se estaba meando de ganas.

Jorge se colocó a su lado sin pensarlo demasiado. Bajó los pantalones junto al calzonzillo dejando los gluteos al aire, sacó el miembro y empezó a orinar. El chorro fuerte y largo se mezcló con el del otro. El sonido era constante, casi relajante en medio del caos del festival. El hombre de la gorra no se giró de inmediato. Solo inclinó un poco la cabeza, como si hubiera notado la presencia.

—Perdona —dijo Jorge en voz baja, casi para sí mismo.

El otro soltó una risa suave, sin burla.

—Tranquilo, esta bien… yo ya no aguantaba más.

Siguieron orinando juntos. El de la gorra terminó primero, pero no se movió. Se quedó allí, el miembro todavía fuera, sosteniéndolo con una mano, mirando de reojo cómo Jorge terminaba el suyo. Cuando el último hilo cayó, Jorge sacudió con naturalidad. El hombre de la gorra lo observó sin disimulo, una sonrisa pequeña y tranquila en los labios.

—Bonito —murmuró, la voz ronca y baja.

Jorge sintió un calor subir por el pecho. No respondió con palabras. Solo se quedó quieto, el miembro todavía expuesto. El otro dio un paso lateral y se colocó casi pegado a él. La cadera le rozó la suya. El olor a sol, a piel limpia y a un toque de sudor fresco se mezcló entre los dos.

El hombre de la gorra levantó la mano libre y la posó en la cadera de Jorge, apenas un contacto. Jorge no se apartó. Giró el cuerpo hacia él. Ahora estaban frente a frente, tan cerca que podían sentir el aliento del otro. El de la gorra bajó la mirada hacia el miembro de Jorge, que empezaba a endurecerse, y luego volvió a subir los ojos.

—¿Puedo…? —preguntó con suavidad.

Jorge asintió.

La mano se cerró alrededor de él con firmeza y cariño. Acarició despacio, desde la base hasta la punta, esparciendo la humedad residual. Jorge soltó un suspiro y apoyó la frente en el hombro del otro. El tatuaje de la hoja de ginkgo le rozaba la mejilla. El hombre de la gorra continuó el movimiento lento, casi reverente, mientras su propio miembro se endurecía contra el muslo de Jorge.

Se besaron. Fue un beso profundo, sin prisa, con labios que se abrían y se cerraban con cuidado. Las lenguas se encontraron, explorando, saboreando. Jorge pasó los brazos alrededor de la espalda ancha, sintiendo los músculos firmes bajo la piel caliente. El otro soltó el miembro de Jorge solo para tomar ambos juntos, acariciándolos uno contra el otro. La fricción era deliciosa: piel caliente, venas palpables, la humedad que empezaba a brotar de las puntas.

—Así… más despacio —susurró el de la gorra contra su boca.

Jorge obedeció, reduciendo el ritmo de sus propias caderas. El calor entre ellos crecía. El sonido lejano del festival y el zumbido de las luces eran el único fondo.

El hombre de la gorra se inclinó y besó el cuello de Jorge, bajó por la clavícula y llegó al pezón. Lo tomó entre los labios con suavidad, lo chupó despacio, lo rodeó con la lengua. Jorge arqueó la espalda y soltó un suspiro más profundo. El otro pasó al otro pezón, lamiendo, succionando con cuidado, mientras su mano seguía acariciando el miembro de Jorge con movimientos firmes y lentos.

Luego subió un poco más. Enterró la nariz en la axila de Jorge, inhaló el olor a sol y a sudor limpio, y pasó la lengua por la piel sensible. Jorge tembló. El hombre de la gorra chupó con delicadeza, saboreando, mientras su mano libre bajaba por el torso de Jorge hasta llegar otra vez al miembro.

Jorge correspondió. Se inclinó y tomó el pezón del otro entre los labios, lo chupó con la misma suavidad, sintiendo cómo se endurecía bajo su lengua. Luego bajó un poco más y se arrodilló. Tomó el miembro del hombre de la gorra con ambas manos, lo acarició y lo llevó a su boca. El sabor era limpio, salado, cálido. Abrió los labios y lo recibió con cuidado, dejando que la lengua rodeara la cabeza, que los labios se cerraran con suavidad. Subió y bajó despacio, saboreando cada centímetro.

El hombre de la gorra apoyó una mano en su nuca, no para empujar, sino para mantener el contacto. Su otra mano se posó en el hombro de Jorge, apretando con cariño.

—Estás haciéndolo tan bien… —murmuró, la voz rota de placer.

Jorge sonrió alrededor del miembro y aceleró un poco, usando una mano para acariciar los testículos. Luego se levantó solo un momento, se giró ligeramente y ofreció su propia axila. El hombre de la gorra se inclinó de inmediato, inhaló y pasó la lengua por la piel, chupando con suavidad mientras su mano seguía acariciando el miembro de Jorge. El contraste entre la lengua cálida en la axila y la mano firme abajo era intenso.

Después Jorge volvió a arrodillarse y retomó el miembro del otro con la boca. Esta vez más profundo, más rítmico. El hombre de la gorra temblaba ligeramente. Cuando sintió que estaba cerca, avisó con un susurro:
—Voy a…

Jorge no se apartó. Continuó, más suave ahora, hasta que el otro se derramó en su boca con un gemido bajo y largo. Jorge lo recibió todo, tragó con cuidado y siguió lamiendo despacio hasta que los espasmos terminaron.

Se levantó. El hombre de la gorra lo miró con ojos brillantes y se inclinó para besarlo, saboreando su propio sabor en los labios de Jorge. Luego se arrodilló él. Tomó el miembro de Jorge con ambas manos y lo llevó a su boca. La lengua cálida, los labios firmes, el ritmo lento y profundo. Jorge apoyó una mano en la gorra del otro, sin quitársela, solo acariciando el cabello corto bajo la visera.

El hombre de la gorra chupó con dedicación, alternando con caricias en los testículos y, de vez en cuando, subiendo a lamer un pezón de Jorge o a besar el vientre. Cuando Jorge sintió que estaba al borde, avisó con un susurro. El otro no se apartó. Lo recibió todo, tragó y siguió lamiendo con suavidad hasta que Jorge dejó de temblar.

Se quedaron de pie, abrazados un momento, pecho contra pecho, respirando juntos. Se besaron una vez más, más suave ahora, casi agradecido.

Se limpiaron en silencio. El hombre de la gorra se subió los pantalones, ajustó la visera. Jorge hizo lo mismo. Antes de separarse, se miraron a los ojos.

—Gracias —dijo el de la gorra, con una sonrisa pequeña y sincera.

—Gracias a ti —respondió Jorge.

Salieron por separado. Uno a la izquierda, el otro a la derecha. No se dijeron los nombres. No se pidieron verse de nuevo. El ruido del festival los envolvió otra vez, y cada uno siguió su camino, llevando consigo la memoria de un encuentro breve, intenso y lleno de pasión. 

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