Luís y Daniel llevaban saliendo juntos poco más de tres meses, pero parecía que se conocían de toda la vida. Se habían conocido en una playa nudista cercana a la ciudad, donde ambos buscaban un poco de libertad y sol sin ropa. Aquel primer encuentro había sido casual: una sonrisa compartida al untarse protector solar, una conversación sobre lo liberador que era estar desnudo bajo el cielo abierto, y una atracción inmediata que los llevó a besarse por primera vez esa misma tarde.
Ahora, en pleno verano, habían escapado a uno de sus lugares favoritos: un claro escondido entre las colinas, rodeado de hierba alta y árboles que filtraban la luz dorada de la tarde. Extendieron una manta grande, se quitaron las camisetas y los pantalones cortos, y se quedaron solo con sus slips blancos ajustados. Era una especie de ritual entre ellos: empezar con algo de ropa interior y dejar que el deseo hiciera el resto.
Luís, de 22 años, pelo rubio algo largo y desordenado por el viento, se tumbó de lado mirando a Daniel. Tenía un tatuaje pequeño en el costado y otro en el antebrazo. Su cuerpo era atlético pero natural, sin exageraciones de gimnasio. Daniel, de 23, pelo castaño oscuro, barba corta bien cuidada y una mirada más profunda, se recostó de espaldas, apoyado sobre los codos. Su piel era ligeramente más morena y tenía un vello suave en el pecho que a Luís le encantaba acariciar.
El sol les calentaba la piel. El aire olía a hierba fresca y a tierra cálida.
Luís se inclinó lentamente hacia Daniel. Sus rostros quedaron muy cerca. Podían sentir el aliento del otro. Luís apoyó una mano en el pecho de Daniel, notando cómo el corazón le latía un poco más rápido, y deslizó la otra mano hacia su cintura, rozando la goma de los slips blancos.
—Cada vez que venimos aquí me pones igual —murmuró Luís con una sonrisa pequeña.
Daniel sonrió también, levantando una mano para acariciar la mejilla de Luís y luego su pelo rubio.
—Ven aquí —susurró.
Se besaron despacio. Primero solo labios, suaves y cálidos. Luego las lenguas se encontraron, explorando con calma, saboreándose. El beso se hizo más profundo pero sin prisa. Luís se apoyó más sobre Daniel, sus torsos desnudos pegándose. La mano de Daniel bajó por la espalda de Luís hasta llegar a sus nalgas, apretándolas suavemente por encima de la tela.
Se separaron un momento para mirarse. Los ojos de Luís brillaban con deseo y cariño. Daniel lo atrajo de nuevo y continuaron besándose mientras sus cuerpos se rozaban. Las pollas, todavía dentro de los slips, empezaban a endurecerse y presionarse una contra la otra.
Luís bajó la cabeza y besó el cuello de Daniel, luego el pecho. Se detuvo en un pezón, lamiéndolo con la lengua y succionándolo suavemente. Daniel suspiró y arqueó la espalda, pasando los dedos por el pelo rubio de su pareja. La mano de Luís siguió bajando, acariciando el abdomen marcado, y se coló bajo la goma de los slips. Envolvió la polla de Daniel con la mano, ya completamente dura, y la masturbó con movimientos lentos y firmes.
—Quítamelos —pidió Daniel en voz baja.
Luís obedeció. Bajó los slips blancos de Daniel hasta los tobillos y los dejó a un lado. Hizo lo mismo con los suyos. Ahora los dos estaban completamente desnudos bajo el sol. Las pollas erectas se rozaban libremente.
Luís se colocó entre las piernas de Daniel y comenzó a besarle el interior de los muslos. Subía despacio, disfrutando del olor natural de su piel calentada por el sol. Cuando llegó a la polla, la lamió desde la base hasta la punta, saboreando el precum que ya asomaba. Daniel gimió bajito y le puso una mano en la cabeza, sin presionar, solo acompañando el movimiento.
Luís se la metió en la boca con calma. Chupaba con suavidad, moviendo la cabeza arriba y abajo, usando la lengua para estimular el glande. Mientras tanto, una de sus manos acariciaba los huevos de Daniel y la otra subía por su pecho, pellizcando suavemente un pezón.
Daniel respiraba más agitado. Tiró suavemente del pelo de Luís para que subiera y lo besara. Se besaron con más intensidad ahora, casi con hambre. Daniel giró los cuerpos y quedó encima. Bajó besando el torso de Luís, deteniéndose en sus pezones y en la línea de vello que bajaba hacia su polla.
Cuando llegó, se tomó su tiempo. Lamió toda la longitud, besó la punta y luego se la tragó casi entera. Luís gruñó de placer y levantó las caderas instintivamente. Daniel lo chupó con dedicación, alternando velocidad y profundidad, mientras sus manos le acariciaban los muslos y las nalgas.
Al cabo de un rato, Daniel se incorporó y se colocó a horcajadas sobre Luís. Sus pollas se rozaban directamente. Empezaron a frotarse mutuamente, besándose sin parar. Las manos exploraban libremente: nalgas, espalda, pelo, cuello.
—¿Quieres que te coma? —preguntó Luís en un susurro contra los labios de Daniel.
Daniel asintió con los ojos entrecerrados.
Se cambió de posición. Daniel se puso a cuatro patas sobre la manta, ofreciendo el culo. Luís se colocó detrás y separó las nalgas con las manos. Primero besó suavemente el agujero, luego pasó la lengua plana en una larga lamida. Daniel soltó un gemido más audible. Luís continuó: lamidas circulares, penetrando con la punta de la lengua, succionando suavemente. Al mismo tiempo, masturbaba la polla de Daniel con la mano.
Daniel temblaba de placer. Su polla goteaba sobre la manta.
Cuando ya no aguantó más, Daniel se giró y empujó suavemente a Luís para que se tumbara. Se colocó encima en posición 69. Mientras Luís continuaba comiéndole el culo, Daniel le chupaba la polla con ganas. Los dos gemían contra la piel del otro, el sonido amortiguado y húmedo.
El placer fue creciendo poco a poco. Luís fue el primero en correrse. Avisó con un gemido ahogado y Daniel tragó casi todo, dejando que un poco le cayera por la barbilla. Eso fue suficiente para que Daniel se corriera también, disparando sobre el pecho y el abdomen de Luís.
Se separaron jadeando. Daniel se tumbó al lado y los dos se abrazaron, besándose con ternura, compartiendo los restos de semen en sus bocas. Se quedaron un buen rato así, acariciándose perezosamente, dejando que el sol les secara el sudor y el semen.
Más tarde se vistieron solo con los slips blancos otra vez y se tumbaron mirando el cielo, hablando de todo y de nada: planes para el siguiente fin de semana, recuerdos de cómo se conocieron, lo bien que se sentían juntos.
Cuando el sol empezó a bajar, recogieron la manta y caminaron de vuelta al coche cogidos de la mano, con el cuerpo relajado y la sonrisa fácil.
Para Luís y Daniel, estos momentos en la naturaleza eran lo mejor de su relación: sexo honesto, cariñoso y sin complicaciones, rodeados de paz y aire libre.
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