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21.6.26
ReLaTo. Noche romántica. FINaL.
Era una noche de finales de octubre en el pueblo, cuando el aire ya traía el primer frío de la montaña pero aún conservaba el calor del día en las piedras. El Roble Viejo había cerrado temprano; solo unos pocos habituales se habían marchado con sonrisas cómplices, sabiendo que los tres dueños —porque ya lo eran los tres— tenían planes. Leonardo apagó las luces ámbar de la barra una a una, dejando solo la tenue iluminación de las velas que habían colocado esa tarde en la habitación de arriba. Adrián subió primero, llevando una botella de vino tinto de la reserva que guardaban para ocasiones especiales. Miguel los siguió, el corazón latiéndole un poco más rápido de lo habitual, no por nervios, sino por la certeza dulce de lo que vendría.
La habitación era su santuario: la cama grande con sábanas blancas recién cambiadas, el balcón entreabierto dejando entrar el rumor lejano del río y el aroma a pino húmedo, una docena de velas repartidas en mesitas y repisas que proyectaban sombras suaves y doradas en las paredes. No había prisa. Ninguno de los tres la quería. Esa noche no era para urgencias ni para juegos intensos; era para recordarse mutuamente que lo suyo era amor en todas sus formas, profundo, tierno, sin jerarquías.
Adrián dejó la botella sobre la mesilla y se giró hacia ellos. Vestía solo una camiseta gris fina y pantalones de chándal sueltos; Leo llevaba una camisa de lino abierta sobre el pecho, los vaqueros desabrochados en la cintura; Miguel, una sudadera sin mangas que dejaba ver los brazos tonificados y unos shorts que marcaban sus muslos. Se miraron en silencio un segundo, sonriendo con esa complicidad que solo nace de años compartidos.
—Venid aquí —susurró Leo, extendiendo las manos.
Se acercaron los dos al mismo tiempo. Leo tomó primero la cara de Adrián entre las palmas, besándolo despacio en los labios: un roce suave, labios que se separaban apenas para dejar entrar la lengua en un saludo lento, profundo. Adrián suspiró contra su boca, las manos subiendo por la espalda de Leo bajo la camisa abierta, acariciando la piel cálida, los músculos que conocía de memoria. Miguel se colocó detrás de Leo, rodeándole la cintura con los brazos, besándole la nuca con besos pequeñitos, húmedos, mientras sus dedos se colaban bajo la camisa para rozar los costados.
Leo se giró ligeramente, sin romper el beso con Adrián, y buscó la boca de Miguel. El beso fue diferente: más suave, casi reverente. Miguel tenía labios más carnosos, más jóvenes; Leo los devoraba con ternura, mordisqueando el inferior con cuidado, lamiendo el superior. Adrián aprovechó para besar el cuello de Leo, bajando por la clavícula, dejando un rastro de besos abiertos que hacían que Leo se arqueara ligeramente.
Se movieron sin prisa. Se sentaron en el borde de la cama los tres, Leo en el centro. Adrián se arrodilló entre sus piernas, besándole el pecho por encima de la camisa abierta: besos en el esternón, en el hueco entre los pectorales, lamiendo despacio uno de los pezones hasta endurecerlo. Leo soltó un suspiro largo, la mano enredada en el pelo negro de Adrián. Miguel, a su lado, besaba el hombro de Leo, bajando por el brazo, besando cada centímetro de piel, deteniéndose en el interior del codo donde la piel era más sensible. Leo temblaba ligeramente, no de frío, sino de la acumulación de sensaciones suaves.
—Os quiero tanto… —murmuró Leo, la voz ronca pero llena de cariño.
Adrián levantó la vista, los ojos oscuros brillando a la luz de las velas.
—Y nosotros a ti.
Se quitaron la ropa despacio, con caricias. Adrián sacó la camiseta de Leo por la cabeza, besándole el abdomen mientras lo hacía. Miguel ayudó a Adrián a quitarse la suya, besándole la espalda, la columna, cada vértebra con labios suaves. Cuando quedaron desnudos, se tumbaron en la cama grande, los tres entrelazados. Leo en el centro, Adrián a su derecha, Miguel a su izquierda. Sus cuerpos se pegaron: piel contra piel, calor compartido.
Empezaron los besos por todo el cuerpo. Adrián comenzó por el cuello de Leo: besos abiertos, lengua trazando la vena que latía fuerte, bajando hasta el hueco de la clavícula, lamiendo despacio. Leo giró la cabeza y besó a Miguel en los labios, profundo, mientras su mano bajaba por el pecho del chico, acariciando los pectorales firmes, rodeando un pezón con el pulgar hasta hacerlo gemir bajito. Miguel respondió besando el hombro de Leo, luego bajando por el brazo, besando el bíceps, el antebrazo, la muñeca, besando cada dedo uno a uno como si fueran tesoros.
Adrián siguió bajando: besos en el esternón, en cada costilla visible cuando Leo respiraba hondo, en el abdomen marcado por años de trabajo. Besaba con devoción, dejando que la lengua rozara la línea del vello que bajaba hacia el ombligo. Leo arqueó la espalda ligeramente, un gemido suave escapando. Miguel, mientras tanto, besaba el pecho de Leo: lamía un pezón con movimientos circulares lentos, succionaba suave, luego pasaba al otro. Sus manos acariciaban los costados de Leo, subiendo y bajando, masajeando con ternura.
Leo no se quedaba quieto. Besaba el cuello de Adrián, mordisqueaba el lóbulo de la oreja, bajaba por el trapecio, besaba el hombro redondo. Su mano izquierda bajaba por el abdomen de Adrián, acariciando los abdominales definidos, rozando el vello oscuro que bajaba hasta la entrepierna. Con la derecha hacía lo mismo con Miguel: acariciaba su vientre plano, bajaba hasta los muslos fuertes, subía de nuevo sin tocar aún el sexo, solo rozando, provocando.
Se giraron ligeramente. Ahora Adrián besaba el interior de los muslos de Leo, besos suaves, húmedos, subiendo despacio hacia la ingle. Miguel besaba el pecho de Adrián, bajando por el abdomen, lamiendo alrededor del ombligo. Leo, incorporado un poco, besaba la espalda de Miguel: besos a lo largo de la columna, deteniéndose en cada vértebra, bajando hasta los riñones, besando las dos hoyuelos que tenía allí. Sus manos no paraban: una en la nuca de Adrián, guiándolo suavemente; la otra en la cadera de Miguel, apretando con cariño.
Cuando Adrián llegó a la entrepierna de Leo, no se precipitó. Besó la base del miembro ya duro, lamió despacio los testículos, uno por uno, tomándolos en la boca con suavidad. Leo jadeó, la cabeza echada atrás. Miguel subió entonces y besó los labios de Leo, profundo, mientras su mano bajaba para acariciar el pecho de Adrián, pellizcando suave un pezón. Adrián levantó la vista, sonrió contra la piel de Leo y siguió: besos a lo largo de la erección, lengua plana subiendo desde la base hasta la punta, rodeando el glande con besos suaves, sin succionar aún, solo adorando.
Miguel bajó también. Besó el muslo de Leo, luego el de Adrián, besando la ingle, lamiendo la piel sensible donde el muslo se une al cuerpo. Los tres se movían en sincronía lenta, sin prisa. Leo tomó la cara de Adrián y lo besó, saboreando su propia piel en los labios de su pareja. Luego besó a Miguel, lamiendo su labio inferior, susurrando contra su boca:
—Eres tan hermoso… los dos lo sois.
Se tumbaron de lado, formando un triángulo perfecto. Leo besaba a Adrián mientras Miguel besaba la espalda de Leo, la nuca, los hombros. Las manos recorrían cuerpos: Adrián acariciaba el sexo de Leo con movimientos lentos, sin apretar, solo deslizando la piel con ternura. Miguel hacía lo mismo con Adrián, masturbándolo despacio, besándole la nuca al mismo tiempo. Leo tenía una mano en la nuca de Adrián, la otra bajando por la espalda de Miguel hasta sus glúteos, acariciándolos con círculos suaves, abriéndolos ligeramente para rozar la entrada con la yema de un dedo, sin penetrar, solo sintiendo.
Los gemidos eran bajos, casi susurros. Nadie hablaba alto; solo respiraciones entrecortadas, nombres murmurados como oraciones: “Leo…”, “Adri…”, “Miguel…”. Se besaban sin parar: labios, cuellos, pechos, abdomen, muslos. Cada beso era una declaración. Cada caricia, un “te quiero” sin palabras.
En un momento, se colocaron de forma que Leo estuviera en el centro. Adrián se tumbó detrás de él, besándole la nuca, la espalda, mientras su mano bajaba entre las piernas de Leo para acariciarlo despacio. Miguel se colocó frente a Leo, besándolo en la boca, en el pecho, bajando hasta tomar su sexo en la boca con lentitud infinita: solo la punta primero, lengua rodeando, luego más profundo, succionando suave, sin prisa. Leo gemía contra la boca de Adrián, que lo besaba en el cuello, mordisqueando suave.
Adrián susurró al oído de Leo:
—Déjate querer… déjanos cuidarte esta noche.
Leo asintió, los ojos cerrados, entregado. Miguel subió de nuevo y besó a Leo mientras Adrián seguía acariciándolo por detrás, rozando su entrada con dedos húmedos de saliva, entrando despacio, solo uno primero, curvándolo para rozar ese punto que hacía que Leo se arqueara y jadeara. Miguel besaba cada gemido, tragándoselos, lamiendo las lágrimas de placer que se acumulaban en las comisuras de los ojos de Leo.
Luego cambiaron. Miguel se colocó detrás de Leo, besándole la espalda, acariciando sus costados. Adrián se tumbó frente a él y tomó su sexo en la boca, chupando con ternura, subiendo y bajando lento. Leo besaba a Miguel por encima del hombro, la mano enredada en su pelo. Adrián levantó la vista, los ojos llenos de amor, y subió para besar a Leo, compartiendo el sabor.
Se unieron más. Los tres cuerpos entrelazados, piernas enredadas, brazos alrededor. Penetraron con cuidado, despacio. Primero Adrián entró en Leo desde atrás, besándole la nuca todo el tiempo, susurrando “te amo” contra su piel. Miguel besaba a Leo en la boca, acariciando su pecho, su abdomen, masturbándolo al ritmo lento de las embestidas de Adrián. Cuando Leo estuvo cerca, Adrián se detuvo, salió despacio y dejó que Miguel tomara su lugar: entró con la misma ternura, besando la espalda de Leo, abrazándolo fuerte. Adrián besaba a los dos, alternando bocas, manos en todas partes.
No hubo prisas en los orgasmos. Se acercaron al borde varias veces y retrocedieron, besándose más, acariciándose más. Cuando por fin se dejaron ir, fue juntos. Leo se corrió primero, entre la mano de Adrián y la boca de Miguel que lo besaba. Adrián lo siguió, vaciándose dentro de Leo con un gemido largo, apretándolo contra su pecho. Miguel se corrió último, sobre la espalda de Leo, mientras besaba a Adrián por encima del hombro.
Se quedaron abrazados, sudorosos, temblando ligeramente. Las velas seguían ardiendo, proyectando sombras suaves. Respiraciones calmándose poco a poco.
Adrián fue el primero en hablar, la voz baja y ronca:
—Nunca pensé que se pudiera querer tanto a dos personas a la vez… y que fuera tan perfecto.
Miguel besó la nuca de Leo, luego la mejilla de Adrián.
—Somos tres. Siempre tres. No hay “extra”. Somos nosotros.
Leo giró la cabeza para besar primero a Adrián, profundo, lento. Luego a Miguel, igual de profundo. Tomó sus manos, entrelazó los dedos de los tres.
—Prometedme algo —susurró—. Que pase lo que pase en el mundo, en el bar, en la vida… siempre volveremos a noches como esta. Donde no hay prisas. Solo nosotros. Solo amor.
Adrián besó los nudillos de Leo.
—Siempre.
Miguel apretó las manos de los dos.
—Siempre.
Se tumbaron de nuevo, Leo en el centro, Adrián abrazándolo por detrás, Miguel frente a él, cara contra cara. Las piernas enredadas, los brazos alrededor, los corazones latiendo al unísono. Las velas se consumían lentamente, el fuego reflejándose en sus ojos.
Fuera, el río seguía murmurando, el viento movía los pinos. Dentro, solo respiraciones tranquilas, besos suaves en frentes, narices, labios. Se durmieron así, entrelazados, con la certeza absoluta de que su amor no necesitaba explicaciones ni límites. Era grande, era tierno, era eterno.Y en esa quietud, con los cuerpos cálidos y los corazones llenos, supieron que habían encontrado algo rarísimo: un amor que no dividía, sino que multiplicaba. Tres almas que, juntas, eran completas.
FIN
RelAtO. Un Poco de historia de Maspalomas. PartE 8.
Maspalomas, en el extremo sur de Gran Canaria, es mucho más que un destino de sol, playa y dunas infinitas. Su historia es una capa sobre otra: desde un territorio salvaje y estratégico en la era prehistórica y de la conquista, pasando por un rincón olvidado de pastos y ganado, hasta convertirse en uno de los epicentros turísticos más ambiciosos de Europa en la segunda mitad del siglo XX. Y, en paralelo, un lugar que se transformó en el corazón del turismo gay de todo el continente, con el Yumbo Centre y las dunas como símbolos de libertad sexual y comunidad.
Orígenes prehistóricos y guanches.
Antes de que llegaran los europeos, el sur de Gran Canaria —incluida la zona que hoy llamamos Maspalomas— era habitado por los antiguos canarios, los guanches. No era un desierto de arena como ahora lo imaginamos; los documentos históricos sugieren que era un territorio de pastos ricos, con ganado salvaje, marismas y una charca (laguna) que atraía aves y vida. El nombre "Maspalomas" (o "Maspaloma" en mapas antiguos de los siglos XV-XVII) podría tener raíces en la lengua guanche, posiblemente derivado de términos amazigh relacionados con "lo que empapa y estropea el forraje" o algo similar, aunque hay debate entre historiadores.
La zona era un enclave marginal, una "isla dentro de la isla", lejana de los centros de poder del norte. Pero ya entonces tenía importancia estratégica: era paso para navegantes, lugar de arribo y parada para normandos como Jean de Bethencourt y Gadifer de la Salle en el siglo XV, y más tarde para Cristóbal Colón en su cuarto viaje (1502), quien se reponía allí de provisiones y agua. Corsarios como Francis Drake o Pieter van der Does también la conocieron. No era solo arena: era un vasto territorio ganadero que abarcaba desde el actual Castillo del Romeral hasta Arguineguín.
La conquista castellana y el Condado de la Vega Grande. Tras la conquista de Gran Canaria por los castellanos en 1483, el sur evolucionó más lentamente que el norte. La población era dispersa, con cabeceras en las zonas altas y escaso desarrollo costero. Maspalomas se convirtió en cuna del influyente Condado de la Vega Grande, una de las familias más poderosas de la isla. En 1732, una boda en la ermita de Guadalupe (aún en pie en Juan Grande) entre los Amoreto y los Castillo sentó las bases para lo que vendría siglos después: los descendientes de esa familia, los condes de la Vega Grande, serían clave en el boom turístico.
El nombre "Maspalomas" también podría derivar de Rodrigo Mas de Palomar (o Francisco Palomar), un colonizador catalán o genovés ligado a Alonso Fernández de Lugo, traficante de esclavos guanches que compró y asentó en la zona. Esta teoría, aunque controvertida, vincula el topónimo a la colonización y la esclavitud, un origen oscuro para un lugar hoy sinónimo de vacaciones.
El Faro de Maspalomas, símbolo icónico, se construyó entre 1861 y 1889 (primera luz en 1890), diseñado por el ingeniero Juan León y Castillo. Durante 28 años fue la única construcción notable en kilómetros: una torre de 55 metros para guiar barcos entre Europa y América. Declarado Bien de Interés Cultural en 2005, fue testigo silencioso de la transformación posterior.
El boom turístico: de dunas vírgenes a Maspalomas Costa Canaria (1960s en adelante) Hasta los años 50-60, Maspalomas era agrícola: cereales, tomates que invadían partes de las dunas y el barranco de Fataga. Playa del Inglés (originalmente "Llanos del Inglés" o "Playa de los Ingleses") era zona de cultivo y pesca, con nombre que algunos atribuyen a un bohemio inglés (o francés confundido) que vivió allí a principios del XX, o a desembarcos ingleses en el siglo XVI.
El punto de inflexión llegó en 1961: el Conde de la Vega Grande convocó un concurso internacional de ideas para desarrollar 1.060-2.000 hectáreas y 19 km de costa bajo el nombre "Maspalomas Costa Canaria". Ganó el estudio francés SETAP (Guy Lagneau, Michel Weill), que planeaba hoteles de lujo pero derivó en urbanización masiva: apartamentos, macroproyectos, especulación del suelo. Las obras empezaron el 15 de octubre de 1962 en San Agustín (primera estaca clavada, conmemorada hoy con una escultura).
En los 60-70 surgieron los primeros hoteles (Folías, Costa Canaria), apartamentos (Nueva Suecia, Las Arenas), centros comerciales (La Kasbah) y la Rotonda de San Agustín. El turismo de sol y playa explotó: densidad récord planeada de hasta 60 habitantes/hectárea, miles de camas. Las dunas sufrieron: construcción invadió el hábitat, pero en 1994 se declaró reserva natural de 4 km² para proteger fauna y flora (incluida la charca con aves, anguilas y guppies).
Playa del Inglés creció como núcleo denso y popular, con Yumbo Centre abriendo en octubre de 1982 (promovido por Estanislao Mañaricúa y Alejandro del Castillo). Diseñado como centro comercial abierto con patios y terrazas, pronto se convirtió en el epicentro gay de Europa.
El Yumbo Centrum (o Yumbo Centre) abrió en 1982 con la idea "si lo construyes, vendrán". Cuatro plantas, 200 locales, brutalista al aire libre: bares, discotecas, tiendas de ropa interior, shows drag, cruising bars. Se autodenomina "el único centro comercial LGTBI del mundo". En los 80-90, durante la crisis del sida, fue refugio y comunidad. Hoy es el corazón del turismo gay: Buddies, Adonis, Tom’s Bar, Bärenhöhle, The Factory (cruising masivo), Construction (fetichista con glory holes).
Las dunas de Maspalomas, parte del desierto del Sáhara (arena transportada por viento desde el Sáhara Occidental), se convirtieron en cruising grounds legendario al atardecer. Hombres de todo el mundo se encuentran entre las dunas altas: eye contact sutil, encuentros espontáneos, libertad sexual en un espacio natural protegido (aunque partes están restringidas por multas). La playa gay (cerca del faro, kiosko 7) es punto de encuentro diurno.
Gran Canaria se posicionó como "el paraíso gay de Europa" gracias al clima templado todo el año, la tolerancia canaria (preexistente a la legalización en España) y la concentración en el sur: Maspalomas, Playa del Inglés, Yumbo. Pride anual, saunas como Corpus, hoteles gay-only.
Maspalomas cumplió 60 años como destino en 2022. Es marca "Maspalomas Costa Canaria": desde Bahía Feliz hasta Pasito Blanco. Modernización constante: renovación de oferta, diversificación más allá del sol y playa. Las dunas siguen protegidas, el faro vigila, la charca atrae aves. Y el Yumbo late cada noche con música, drags y cuerpos que celebran libertad.
De territorio guanche olvidado a cuna de condes, de dunas vírgenes a megaproyecto turístico, de rincón marginal a meca gay mundial: Maspalomas es historia viva. Un lugar donde la arena se mueve, pero el deseo y el sol nunca paran.
20.6.26
RelAtO. ViAjE a Maspalomas. ParTE 7.
Dos años después, el verano de 2027 llegó como un suspiro caliente. Leonardo tenía veintiocho años, el pelo más corto y la barba perfectamente recortada; Adrián, veintiséis, conservaba esa mirada oscura y traviesa que lo había conquistado todo; Miguel, recién cumplidos los veinte, se había convertido en un joven alto, atlético y con un cuerpo que ya no era de adolescente: hombros anchos, abdomen marcado y una confianza que solo da el deseo cumplido. Cerraron el bar quince días completos —algo impensable antes— y compraron billetes a Gran Canaria. Maspalomas. El paraíso gay de Europa. Playa, dunas, sol y libertad absoluta. “Vamos a follar el mundo entero”, bromeó Adrián la noche antes de salir, mientras los tres se corrían juntos sobre la barra por última vez antes de cerrar.
Llegaron a Las Palmas un lunes de mediados de agosto, recogieron un coche de alquiler y condujeron hasta Playa del Inglés. El apartamento que alquilaron estaba a dos minutos del Yumbo Centre: terraza con vistas al mar, cama king size enorme y un sofá cama que nunca usarían. Nada más dejar las maletas, se desnudaron los tres y se follaron rápido contra la ventana, mirando el océano. Leo penetró a Miguel mientras Adrián se metía en la boca del chico. Se corrieron casi al mismo tiempo, riendo, sudando, sabiendo que aquello era solo el aperitivo.
La primera semana fue pura playa y dunas. Cada mañana bajaban a Playa de Maspalomas. La arena dorada, el mar turquesa, el faro al fondo. Se tumbaban en toallas cerca de la zona gay, donde los cuerpos masculinos brillaban bajo el sol. Leo untaba crema solar en la espalda de Adrián con movimientos lentos, bajando hasta los glúteos, metiendo un dedo disimuladamente entre ellos. Miguel se ponía bocabajo para esconder la erección que le provocaba verlos. Por las tardes caminaban hacia las Dunas de Maspalomas, esa reserva natural de arena blanca que se ondulaba como un desierto en miniatura. Oficialmente estaba protegida, pero todo el mundo sabía que al atardecer se convertía en un paraíso de cruising.
El segundo día, al caer el sol, entraron más adentro. El viento cálido movía la arena. Encontraron un hueco entre dos dunas altas. Había ya varios hombres: un alemán rubio de cuarenta años, dos británicos musculosos, un italiano moreno. Miguel fue el primero en arrodillarse. Se metió el pene del alemán en la boca mientras Leo y Adrián se besaban encima de él. Pronto fueron seis cuerpos. Leo se tumbó sobre una toalla y Miguel lo cabalgó despacio, gimiendo mientras el italiano le chupaba los pezones. Adrián follaba al alemán por detrás, fuerte, con las manos clavadas en sus caderas. El sonido de la carne chocando se mezclaba con el viento. Miguel se corrió primero, salpicando el abdomen de Leo. Luego Leo llenó a Miguel por dentro. Adrián se la sacó y se corrió sobre la espalda del alemán. Los británicos se unieron: uno se metió en la boca de Miguel mientras el otro penetraba a Adrián. Una cadena de gemidos, saliva, semen. Se corrieron todos, uno tras otro, bajo el cielo naranja.
Cuando volvieron al apartamento, aún olían a sexo y a arena.
Las noches eran del Yumbo Centre. Ese laberinto de bares gay que se encendía a partir de las once. Empezaban en Buddies o Adonis: cervezas frías, besos públicos, manos que se perdían bajo las mesas. Luego pasaban a Tom’s Bar o Bärenhöhle, donde los osos y los leather los miraban con hambre. Pero el verdadero fuego empezaba en los cruising bars.
El miércoles entraron por primera vez en The Factory. El mayor men-only cruising bar del Yumbo: 300 metros cuadrados repartidos en dos plantas. Oscuridad roja, música electrónica baja, olor a poppers y a sexo. Nada más cruzar la puerta, un grupo de españoles y holandeses los rodeó. Leo se dejó llevar al piso de arriba. Lo pusieron contra una pared acolchada. Dos hombres le bajaron los pantalones. Uno le comió el culo con lengua profunda mientras el otro le chupaba la polla. Adrián estaba a su lado, penetrado por un negro enorme de Londres que lo follaba con embestidas lentas y profundas. Miguel, en el centro de la sala, tenía tres pollas alrededor de la cara: chupaba una, masturbaba otra, gemía mientras un francés le metía dos dedos. La noche se volvió orgía total. Leo folló a un turista americano joven y luego se dejó follar por un portugués con polla gruesa y venosa. Adrián se corrió dentro de un chico local mientras Miguel lo besaba. Miguel recibió semen de cuatro hombres distintos: en la boca, en la cara, en el pecho. Cuando salieron a las seis de la mañana, los tres temblaban de placer, con el cuerpo marcado de mordiscos y chupetones.
Al día siguiente descansaron en la playa. Pero por la noche volvieron, esta vez a Construction (el antiguo Strong Construction). Ambiente más fetichista: cadenas, arneses, glory holes. Miguel descubrió su lado sumiso. Lo ataron a una cruz de San Andrés y lo usaron durante casi una hora. Leo y Adrián miraban mientras hombres de todo el mundo —un ruso, dos italianos, un argentino— lo follaban por turnos, despacio, profundo. Miguel gemía “más… más fuerte…” con la voz rota. Leo se corrió en su boca al final. Adrián lo desató y lo folló él mismo contra la pared, mientras un círculo de diez hombres los rodeaba masturbándose. El semen salpicaba el suelo.
La segunda semana empezó con la excursión a Tenerife. Tomaron el ferry rápido desde Agaete a las 8 de la mañana. Una hora y veinte minutos de travesía azul. Llegaron a Santa Cruz y alquilaron un coche para subir al Teide. El Parque Nacional del Teide los dejó sin aliento: paisajes lunares, rocas volcánicas rojas y negras, el volcán imponente contra el cielo. Hicieron la ruta hasta el mirador de Pico Viejo. El aire era fresco, puro. Se besaron los tres en la cima, abrazados, con el viento azotándolos. Bajaron a un restaurante de La Laguna para comer y luego volvieron al ferry de las 19:00. Pero el día no acabó ahí. En el ferry de vuelta, en el baño de la cubierta inferior, Miguel se arrodilló y les chupó a los dos alternativamente mientras un marinero canario los miraba por la rendija de la puerta. Terminaron corriéndose en su boca justo antes de atracar.
Los días siguientes fueron una mezcla perfecta de turismo y sexo. Hicieron un camel ride por las dunas al amanecer: los tres subidos en camellos, riendo, con el sol saliendo. Por la tarde, sandboarding improvisado en las dunas pequeñas. Y siempre, al atardecer, más cruising en las dunas. Una noche conocieron a un grupo de cuatro brasileños. Los llevaron a un hueco escondido y montaron una orgía bajo las estrellas. Miguel fue doblemente penetrado: Leo y uno de los brasileños al mismo tiempo, despacio, abriéndolo hasta que gritó de placer. Adrián follaba a otro mientras recibía una mamada del tercero. Semen por todas partes, gemidos en portugués y español mezclados.
En Sauna Corpus —la nueva sauna abierta en octubre del 2025— pasaron una tarde entera. Jacuzzi caliente, sauna seca, zona de cruising enorme. Se metieron los tres en el jacuzzi y pronto tuvieron compañía: un matrimonio alemán maduro y un chico sueco joven. En la sala oscura follaron sin parar. Leo penetró al sueco mientras Adrián follaba a Miguel. El alemán se unió, metiéndose en la boca de Adrián. Cambios constantes, cuerpos sudorosos, vapor, gemidos ahogados. Miguel se corrió tres veces esa tarde.
La última noche fue en The Hole, el bar fetichista más grande. Dos plantas de pura perversión. Los tres llegaron vestidos solo con arneses y shorts de cuero. La noche acabó en una sala privada que alquilaron con otros ocho hombres: franceses, ingleses, un japonés, dos españoles. Una orgía de cuatro horas. Miguel fue el centro: lo follaron entre todos, lo llenaron de semen, lo hicieron correrse hasta que no pudo más. Leo y Adrián lo besaban entre embestida y embestida, recordándole que ellos dos eran el centro, pero que esto… esto era el regalo que se hacían de vez en cuando.
Volvieron al pueblo el último día de agosto. El bar reabrió al día siguiente. Pero algo había cambiado. Los tres estaban más unidos que nunca. Miguel ya no era “el extra”. Era parte de ellos. Seguían siendo pareja principal Leo y Adrián, pero ahora el trío era oficial en privado. Cada vez que cerraban el bar, recordaban Maspalomas: las dunas, el Yumbo, The Factory, el Teide al fondo, los cuerpos de medio mundo mezclados con los suyos.Y cuando algún cliente preguntaba por las vacaciones, los tres sonreían igual.
—Inolvidables —decía Leo.
—Calientes —añadía Adrián.
—Las mejores dos semanas de mi vida —remataba Miguel, con los ojos brillantes.
El Roble Viejo seguía siendo el mismo. Pero ellos ya no lo eran. Llevaban en la piel el sol de Maspalomas, el sabor del Teide y el recuerdo de todas las pollas, todos los culos, todos los orgasmos compartidos con desconocidos que ahora formaban parte de su historia.
Y cada noche, cuando subían las escaleras, se desnudaban y se follaban despacio recordando cada detalle, sabían que volverían. Porque Maspalomas no había sido solo vacaciones. Había sido la prueba de que su amor podía abrirse al mundo… y seguir intacto.
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