3.5.26

RelAtO. PiEs Y ANo, Parte 2




Los años que no se tocaron

Oscar se despertó a las cuatro de la mañana, como le pasaba casi todas las noches desde hacía un año. El hotel era de esos baratos de carretera, con paredes finas y aire acondicionado que sonaba como un avión viejo. Alberto dormía de lado, dándole la espalda, la sábana bajada hasta las caderas. La luz azulada de un neón lejano entraba por la persiana rota y dibujaba una línea irregular sobre la curva de su culo. Oscar no se movió. Se quedó mirando esa línea como si fuera la primera vez que veía la piel de otro hombre.Tres años y medio. Mil doscientos días aproximadamente. Los había contado una vez, borracho, en la habitación de un Airbnb en Valencia después de perder en semifinales. Mil doscientos días de miradas que se desviaban un segundo tarde, de risas que tapaban el silencio incómodo, de duchas compartidas donde el vapor ocultaba la erección que ninguno mencionaba jamás.

Al principio pensó que era solo admiración. Alberto tenía el cuerpo que él nunca tendría: hombros anchos de nadador, culo redondo y firme, piernas largas que parecían talladas para el movimiento. Cuando jugaban dobles, Oscar se quedaba hipnotizado viendo cómo se flexionaban esos gemelos cada vez que Alberto se lanzaba a por una bola imposible. Luego empezó a fijarse en detalles más pequeños: la forma en que se mordía el labio inferior cuando estaba concentrado, el mechón de pelo castaño que siempre le caía sobre los ojos después de un saque, el olor que dejaba en la habitación cuando se quitaba la camiseta empapada y la tiraba al suelo.

Y el deseo llegó como una enfermedad lenta.

La primera vez que se masturbó pensando en él fue después de un entrenamiento en invierno. Habían quedado solos en el club porque el monitor se había ido antes. Alberto se duchó primero. Oscar se quedó fuera, sentado en el banco, escuchando el agua. Cuando Alberto salió con la toalla en la cintura, el vaho todavía pegado a su pecho, le dijo “tu turno” con esa voz grave que tenía cuando estaba cansado. Oscar entró en la ducha todavía caliente, cerró los ojos y se masturbó con furia bajo el chorro, imaginando que era la mano de Alberto la que le agarraba la polla, que era su boca la que le lamía el cuello. Se corrió en menos de un minuto, apoyando la frente contra los azulejos fríos, mordiéndose el puño para no gemir su nombre.

A partir de ahí todo se volvió una tortura exquisita.

Cada vez que Alberto se cambiaba a su lado, Oscar tenía que girarse para que no viera cómo se le ponía dura solo con oler su desodorante mezclado con sudor. Cada vez que compartían habitación, Oscar se quedaba despierto hasta que la respiración de Alberto se volvía profunda y lenta, y entonces se tocaba despacio bajo las sábanas, mirando la silueta del cuerpo dormido a un metro de distancia. Se corría pensando en cómo sería meter la lengua entre esos glúteos, en cómo sabría su semen caliente en la boca, en cómo se sentiría tenerlo dentro, moviéndose despacio, susurrándole al oído que lo quería desde siempre.

Pero nunca cruzaban la línea. Porque tenían miedo. Miedo al rechazo, miedo a romper el equipo, miedo a que el otro dijera “qué coño estás diciendo” y todo se acabara. Así que se conformaban con roces “accidentales”: una mano que se quedaba un segundo de más en la cintura al celebrar un punto, un abrazo demasiado largo después de ganar un partido importante, una mirada fija en los labios cuando el otro hablaba.

Alberto también lo llevaba mal. Peor, quizás.

Él se despertaba con erecciones matutinas dolorosas, la polla dura contra el colchón, y lo primero que hacía era girarse para comprobar si Oscar seguía dormido. Muchas veces lo estaba. Otras no. Y en esas ocasiones fingía seguir durmiendo mientras Alberto se levantaba con cuidado, entraba al baño y se masturbaba en silencio, apoyado en el lavabo, mirando su propio reflejo y pensando en la boca de Oscar, en cómo sería sentir esa lengua recorriéndole el cuerpo desde los pies hasta la nuca.

Alberto se odiaba por desearlo tanto. Se decía que era solo lujuria, que pasaría, que era normal fantasear con el compañero de dobles cuando pasas tantas horas juntos. Pero no pasaba. Al contrario. Cada mes que pasaba el deseo se volvía más específico, más doloroso. Soñaba con Oscar de rodillas, con la cara enterrada entre sus piernas, chupándole los huevos mientras lo miraba desde abajo con esos ojos negros enormes. Se despertaba empapado en sudor y semen, con el nombre de Oscar atascado en la garganta.

Y luego estaba la culpa.

La culpa de mirar a Oscar cuando se agachaba a recoger una pelota y se le marcaba todo bajo el short. La culpa de excitarse cuando Oscar se quejaba de agujetas y le pedía que le masajeara el muslo “solo un poco, porfa”. La culpa de masturbarse en la ducha del vestuario mientras Oscar esperaba fuera, sabiendo que en cualquier momento podía entrar y verlo todo. La culpa de no atreverse a decir “te quiero” cuando Oscar le pasaba el brazo por los hombros después de un partido y se quedaba ahí, pegado, respirando contra su cuello.

Los dos vivieron esos años como si estuvieran bajo agua. Todo era lento, amortiguado, ahogado. Se tocaban con los ojos, se follaban con la imaginación, se besaban en sueños. Y en la vida real solo se daban palmadas en la espalda, bromas subidas de tono que nunca llegaban a nada, y silencios que pesaban toneladas.

Hasta aquella tarde en el vestuario.

Cuando Oscar olió su calcetín y Alberto no pudo apartar la mirada.

Cuando se besaron por primera vez y todo el dique se rompió.

Después de la primera vez, cuando ya habían follado hasta quedarse sin voz, cuando Alberto se había corrido dentro de Oscar y Oscar había llorado de alivio contra su pecho, se quedaron hablando hasta el amanecer.

—¿Sabes cuántas veces me he corrido pensando en ti? —preguntó Alberto en voz baja, acariciándole el pelo mojado.

Oscar levantó la cara, todavía enrojecida.—¿Muchas?

—Todas. Cada puta vez que me masturbaba solo. Siempre eras tú. Siempre.

Oscar cerró los ojos.

—Yo también. Me imaginaba que me follabas en la pista, después de que todos se fueran. Que me ponías contra la red y me la metías despacio mientras me tapabas la boca con la mano para que no gritara.

Alberto soltó una risa suave, casi triste.

—¿Y ahora?

—Ahora quiero todo eso —susurró Oscar—. Pero también quiero lo demás. Quiero despertarme contigo. Quiero que me mires cuando estoy dormido. Quiero que me digas que me quieres aunque estemos perdiendo 0-6. Quiero que no tengamos que escondernos nunca más.

Alberto lo besó en la frente.

—Ya no nos escondemos.

Los años reprimidos no desaparecieron. Seguían ahí, en cada caricia lenta, en cada mirada larga, en cada vez que uno de los dos se detenía un segundo antes de tocar al otro, como si todavía no se creyeran que era real.

Pero ahora esos años ya no dolían.

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