28.6.26

reLAto. sin AViSaR

Joan estaba tumbado en la cama de su pequeño apartamento, completamente desnudo y en una postura que habría hecho sonrojar hasta al más experimentado de los modelos de OnlyFans. Sus piernas musculosas estaban abiertas y flexionadas, con las rodillas apuntando al techo, y su culo redondo, firme y ligeramente peludo brillaba bajo la luz tenue de la lámpara de noche. Tenía una mano sujetando su polla gruesa y semidura, los dedos rodeando el tronco venoso mientras el glande rosado asomaba, húmedo ya de precum. La otra mano descansaba cerca de sus huevos pesados, que colgaban relajados contra el colchón. Su pecho ancho subía y bajaba con la respiración, los abdominales marcados brillando de sudor, y su cara de barba corta mostraba una expresión de puro placer concentrado, con los labios entreabiertos.

No esperaba a nadie. Era viernes por la noche, había terminado su entrenamiento brutal en el gym y solo quería masturbarse tranquilamente antes de dormir. Pero la vida, como siempre, tenía otros planes.

La puerta del dormitorio se abrió de golpe sin un solo golpe.

—Joder, Joan, ¿dónde coño tienes el cargador del...?

Gabriel se quedó congelado en el umbral, con los ojos como platos. Llevaba una camiseta ajustada que marcaba sus pectorales y unos shorts deportivos que no ocultaban el bulto que empezaba a crecer entre sus piernas. Era el mejor amigo de Joan desde la universidad, el que siempre entraba sin llamar porque “somos familia, tío”. Pero esta vez se había topado con la madre de todas las escenas.

Joan abrió los ojos de golpe y soltó una carcajada ronca, sin molestarse en cubrirse. Al contrario, separó un poco más las piernas, dejando que su culo quedara aún más expuesto.

—Hostia, Gabi... ¿no sabes llamar o qué? —dijo con una sonrisa pícara, sin soltar su polla. De hecho, le dio un lento tirón delante de su amigo, haciendo que el precum brillara en la punta—. Mira cómo me has pillado, cabrón. Justo cuando estaba a punto de correrme pensando en ese culo que tienes.

Gabriel tragó saliva. Su cara pasó del shock al interés en menos de un segundo. Cerró la puerta detrás de él con el pie y se apoyó contra ella, cruzando los brazos.

—Joder, Joan... estás hecho un puto animal. ¿Eso es lo que haces cuando estás solo? ¿Abrirte como una zorra en celo?

Joan se rio más fuerte, girando un poco las caderas para que su amigo viera mejor cómo su agujero se contraía ligeramente.

—Ven aquí y compruébalo tú mismo, maricón. Llevas meses mirándome el paquete en el gym. Crees que no me he dado cuenta de cómo se te pone dura cuando me agacho a recoger las pesas.

Gabriel se mordió el labio. La habitación ya olía a sudor masculino y a deseo. Se quitó la camiseta de un tirón, revelando su torso definido y depilado, y se bajó los shorts junto con los calzoncillos. Su polla saltó libre: larga, recta y ya completamente empalmada, con un glande grueso y brillante.

—Eres un hijo de puta —murmuró acercándose a la cama—. Pero me la pones tan dura que me da igual.

Se arrodilló entre las piernas abiertas de Joan y, sin previo aviso, le escupió directamente en el agujero. Joan soltó un gemido gutural.

—Así me gusta, cabrón. Moja bien.

Gabriel no se hizo de rogar. Bajó la cara y le dio un lametazo largo y guarro desde los huevos hasta la polla, saboreando el sudor y el precum. Luego hundió la lengua directamente en el agujero de Joan, comiéndoselo con hambre, haciendo ruidos obscenos mientras Joan se retorcía y le agarraba la cabeza.

—Joder, Gabi... qué bien comes culo, hostia. Méteme la lengua más adentro, como si quisieras follarme con ella.

Gabriel obedeció, empujando la lengua lo más profundo que podía mientras su mano masturbaba la polla de Joan con movimientos rápidos y firmes. El sonido húmedo llenaba la habitación. Joan jadeaba como un animal, arqueando la espalda.

De repente, Gabriel se incorporó, con la barbilla brillante de saliva.

—Quiero follarte, Joan. Ahora.

Joan sonrió con malicia y se giró sobre la cama, poniéndose a cuatro patas con el culo en pompa, bien abierto.

—Pues métemela ya, guapo. Pero sin condón. Quiero sentir cómo me llenas.

Gabriel escupió en su propia polla y la colocó en la entrada. Empujó despacio al principio, sintiendo cómo el agujero caliente y apretado de Joan lo tragaba. Cuando estuvo completamente dentro, los dos soltaron un gemido largo.

—Joder... estás tan apretado... —gruñó Gabriel empezando a follarlo con ritmo.

Joan empujaba hacia atrás, chocando su culo contra las caderas de su amigo.

—Más fuerte, cabrón. Fóllame como si me odiaras. Quiero que me revientes el culo.

Gabriel le agarró de las caderas y empezó a embestir con fuerza. El sonido de piel contra piel era brutal. Cada golpe hacía que las nalgas de Joan rebotaran. Le dio una cachetada fuerte en el culo, dejando una marca roja.

—¿Te gusta así? ¿Te gusta que te zurre?

—Sí... joder, sí... dame más... —Joan tenía la cara hundida en la almohada, babeando de placer.

Gabriel cambió de posición. Lo puso boca arriba otra vez, le levantó las piernas y se las puso sobre sus hombros. Ahora podía mirarle a la cara mientras lo follaba salvajemente. La polla de Joan se movía arriba y abajo con cada embestida, soltando hilos de precum que le caían por los abdominales.

—Quiero que te corras sin tocarte —le dijo Gabriel con voz ronca—. Quiero verte eyacular solo con mi polla dentro.

Joan se rio entre gemidos.

—Eres un hijo de puta ambicioso...

Pero empezó a apretar el culo alrededor de la polla de Gabriel, contrayendo los músculos. Gabriel aceleró, follándolo como un salvaje, sudando, gruñendo, mordiéndole el cuello y los pezones. El ritmo era brutal.

De repente, Joan soltó un grito ahogado. Su polla empezó a palpitar y soltó chorros gruesos y blancos de semen que le salpicaron el pecho, la cara e incluso la barbilla. Gabriel siguió follándolo durante el orgasmo, prolongándolo hasta que Joan temblaba.

—Ahora me toca a mí —gruñó Gabriel.

Sacó la polla, se subió a horcajadas sobre el pecho de Joan y empezó a masturbarse furiosamente sobre su cara.

—Abre la boca.

Joan obedeció, sacando la lengua. Gabriel se corrió con un rugido, llenándole la boca y la cara de semen espeso y caliente. Joan tragó lo que pudo, riéndose mientras el resto le chorreaba por las mejillas.
Se quedaron unos segundos en silencio, jadeando, cubiertos de sudor y semen.
Luego Joan soltó una carcajada.

—Joder, Gabi... la próxima vez llama antes de entrar. O no. Mejor no llames nunca.

Gabriel se dejó caer a su lado, riendo también.

—Eres un puto vicioso. Pero me encanta.

Se besaron con lengua, saboreando el sudor y el semen del otro. Después de limpiarse un poco con una toalla, empezaron la segunda ronda. Esta vez Joan se puso encima, cabalgando la polla de Gabriel como si estuviera en un rodeo, moviendo las caderas en círculos y rebotando con fuerza. Gabriel le agarraba el culo, separándole las nalgas para verlo todo.

—Quiero que me folles tú ahora —dijo Gabriel después de un rato.

Joan no se hizo esperar. Lo puso boca abajo, le levantó el culo y le escupió en el agujero antes de metérsela de un golpe. Gabriel soltó un gemido ahogado contra la almohada.

—Hostia... qué grande la tienes...

Joan le folló sin piedad, dándole cachetadas y tirándole del pelo. Le susurraba guarradas al oído:

—¿Te gusta que te abra el culito, eh? Llevabas años queriendo esto, maricón.

Follaron en todas las posiciones posibles: de lado, de pie contra la pared (aunque casi se caen), incluso en la ducha después. En la ducha Joan se arrodilló y le comió el culo a Gabriel mientras este se masturbaba, luego se lo folló contra los azulejos, con el agua cayendo sobre ellos.

Cuando terminaron la tercera ronda, ya casi amanecía. Estaban exhaustos, pegajosos, felices y muertos de risa.

—Creo que acabamos de romper nuestra amistad para siempre —dijo Joan mientras encendía un cigarro.

Gabriel se rio y le robó el cigarro.

—Nah. Acabamos de mejorarla. Ahora somos follamigos oficiales.

Se abrazaron en la cama, todavía desnudos y oliendo a sexo. Joan le dio un beso en la frente.

—Quédate a dormir, cabrón.

—Claro. Y mañana repetimos.

La historia no terminó ahí. Durante las siguientes semanas, cada vez que Gabriel “pasaba por allí sin avisar”, terminaban follando como animales. A veces Joan le esperaba ya abierto y lubricado. Otras veces era Gabriel quien se ponía en cuatro patas nada más cerrar la puerta. Se grabaron algún vídeo guarro (solo para ellos), probaron juguetes, e incluso una noche invitaron a un tercero que conocieron en el gym.

Pero aquella primera vez, cuando Gabriel entró sin llamar y encontró a Joan abierto y cachondo sobre la cama, fue el comienzo de algo deliciosamente sucio y divertido. Dos amigos que descubrieron que follar juntos era mucho mejor que cualquier otra cosa.

Y vivieron (y follaron) felices para siempre. O al menos hasta que se les acabara el lubricante.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

PlaYa nUdIStA