6.6.26

ReLaTo. La escena del río. ParTE 2




La tarde se había vuelto dorada y pesada cuando llegaron a la poza del río. El camino de tierra serpenteaba entre robles y helechos, el aire olía a resina caliente y a agua fresca. Leo llevaba la toalla bajo el brazo y una mochila pequeña con agua y crema solar. Adrián caminaba a su lado, sin camiseta desde que salieron del bar, el sudor brillándole en el pecho y en la línea que bajaba desde el esternón hasta la cintura de los vaqueros. Cada pocos pasos se rozaban los brazos, un contacto casual que ya no era casual.

Llegaron al claro. La poza era profunda, de un verde oscuro casi negro en el centro, rodeada de piedras lisas calentadas por el sol. El agua caía en cascadita desde una pequeña presa natural de rocas, creando un murmullo constante que aislaba el lugar del mundo. Nadie subía tan arriba del pueblo a esa hora; era su sitio.

Se detuvieron en la orilla. Leo dejó caer la toalla sobre una roca plana y se giró hacia Adrián. Lo encontró mirándolo fijamente, los ojos oscuros encendidos, la respiración un poco más rápida.

—¿Seguro que quieres esto? —preguntó Leo en voz baja, aunque ya sabía la respuesta.

Adrián dio un paso adelante, invadiendo su espacio. Levantó una mano y la posó plana sobre el pecho de Leo, justo sobre el corazón que latía fuerte.

—Llevo semanas queriendo esto —murmuró—. Queriendo tocarte sin que haya barra de por medio. Sin clientes. Sin excusas.

Leo tragó saliva. El calor de la palma de Adrián se filtraba a través de la camiseta fina. Se quitó la prenda de un tirón, dejándola caer al suelo. Adrián hizo lo mismo con los vaqueros: botón, cremallera, todo despacio, dejando que Leo viera cada movimiento. Cuando los pantalones cayeron, quedó solo en bóxers negros ajustados que marcaban su excitación evidente: el bulto grueso, la tela tensa, una pequeña mancha húmeda ya visible en la punta.

Leo se acercó. Sus dedos rozaron la cintura elástica, bajaron despacio hasta acariciar la erección por encima de la tela. Adrián soltó un suspiro largo, cerró los ojos un segundo.

—Joder… —susurró.

Leo sonrió contra su boca antes de besarlo. Fue un beso profundo desde el principio: labios abiertos, lenguas que se buscaban con hambre. Adrián le agarró la nuca con una mano, la otra bajó por la espalda de Leo hasta meterse dentro de sus vaqueros, apretando un glúteo con fuerza. Leo jadeó dentro del beso, empujando sus caderas contra las de Adrián para frotarse.

Se separaron solo para quitarse lo que quedaba. Adrián bajó los bóxers de un tirón; su sexo saltó libre, grueso, venoso, la punta brillante de presemen. Leo se quitó los suyos más despacio, dejando que Adrián lo viera todo: su miembro curvado hacia arriba, duro como piedra, el vello castaño recortado, los testículos pesados.

Entraron al agua juntos, de la mano. Estaba fría al principio, un contraste brutal con el calor de sus cuerpos. Se sumergieron hasta el pecho, el agua lamiéndoles los pezones endurecidos. Adrián rodeó la cintura de Leo con los brazos, pegándolo contra sí. Sus erecciones se rozaron bajo el agua, piel contra piel, resbaladiza.

Se besaron otra vez, más lento ahora. Las manos exploraban: Leo recorrió la espalda de Adrián, sintiendo cada músculo tenso, la curva de las nalgas firmes. Adrián bajó una mano entre ellos, envolvió el sexo de Leo con los dedos y empezó a masturbarlo despacio, con movimientos largos y firmes. Leo hizo lo mismo, rodeando el miembro de Adrián, sintiendo cómo palpitaba en su palma, cómo la piel se deslizaba suave sobre la dureza interior.

—Quiero saborearte —dijo Adrián contra su oreja, mordisqueándole el lóbulo.

Salieron del agua sin soltarse. La piel se les erizó al contacto con el aire cálido. Se tumbaron sobre la toalla, aún mojados, el sol secándolos poco a poco. Adrián se colocó encima de Leo, besándole el cuello, bajando por la clavícula, lamiendo el hueco entre los pectorales. Llegó a un pezón y lo tomó entre los labios, succionando fuerte mientras su mano seguía moviéndose abajo, acariciando, apretando.

Leo arqueó la espalda, enredó los dedos en el pelo negro y húmedo de Adrián.

—Baja… por favor…

Adrián obedeció. Besó el abdomen, lamió la línea del vello que bajaba hasta el pubis. Cuando llegó a la base del sexo de Leo, lo olió primero, profundo, como si quisiera memorizar el olor. Luego sacó la lengua y recorrió toda la longitud desde los testículos hasta la punta, saboreando el presemen salado. Leo soltó un gemido ronco.

Adrián se lo metió en la boca despacio. Primero solo la punta, girando la lengua alrededor del glande sensible. Luego más profundo, hasta que los labios tocaron la base y la nariz rozó el vello. Subió y bajó con ritmo constante, succionando, dejando que la saliva resbalara por los testículos. Leo se agarraba a la toalla, las caderas moviéndose involuntariamente, follando la boca de Adrián con movimientos cortos.

—No… espera… voy a correrme si sigues así —jadeó Leo.

Adrián se apartó con un pop húmedo, sonrió con los labios hinchados y brillantes.

—Aún no. Quiero más.

Se tumbó boca arriba, tirando de Leo para que se colocara encima. Ahora era Leo quien besaba el cuerpo de Adrián: el cuello, los pezones oscuros y duros, el abdomen marcado. Bajó hasta el sexo erecto, lo tomó con la mano y lo lamió desde la raíz hasta la punta, saboreando cada vena, cada gota que brotaba. Adrián gemía por lo bajo, las manos en el pelo de Leo, guiándolo sin forzar.

—Chúpamela… joder, así…

Leo se la metió entera, profundo, tragando alrededor para apretar. Adrián se tensó, las caderas subiendo. Leo lo masturbaba al mismo tiempo con la mano, apretando la base mientras succionaba la punta.

Adrián lo detuvo antes del límite.

—Quiero follarte. Aquí. Ahora.

Leo asintió, excitado hasta temblar. Se colocó a cuatro patas sobre la manta, las rodillas hundiéndose en la tela. Adrián se arrodilló detrás, besándole la espalda, mordiendo suave los glúteos. Separó las nalgas con las manos, admirando la entrada rosada, contrayéndose de anticipación.

Primero usó la lengua: lamió despacio alrededor, círculos húmedos, luego empujó la punta dentro. Leo soltó un gemido largo, empujando hacia atrás. Adrián lo abrió con la lengua, profundo, hasta que Leo temblaba y suplicaba.

—Adrián… por favor… métemela…

Adrián se incorporó. Usó saliva y la crema solar de la mochila como lubricante. Untó su propio sexo, luego introdujo dos dedos en Leo, preparándolo despacio, curvándolos para rozar la próstata. Leo jadeaba, la cabeza baja, el cuerpo temblando.

Cuando Adrián colocó la punta en la entrada, Leo soltó el aire despacio. Adrián empujó: lento, sintiendo cómo lo envolvía el calor apretado. Cuando estuvo completamente dentro, los dos se quedaron quietos, respirando agitados. Adrián se inclinó sobre la espalda de Leo, besándole la nuca.

—¿Estás bien?

—Más que bien… muévete.

Adrián empezó a moverse. Primero suave, profundo, sintiendo cada roce. Luego más rápido, más fuerte. El sonido de la piel chocando contra piel se mezclaba con el rumor del río. Leo empujaba hacia atrás, encontrando cada embestida, gimiendo sin control. Adrián le agarró las caderas con fuerza, clavando los dedos, marcando la piel.

—Te sientes tan jodidamente bien… tan apretado… —jadeaba Adrián—. Me vuelves loco…

Leo se tocaba a sí mismo mientras lo follaban, la mano moviéndose rápido sobre su erección. Adrián cambió el ángulo, golpeando justo en el punto que hacía que Leo viera estrellas.

—Voy a correrme… —advirtió Leo, la voz rota.

—Córrete conmigo… quiero sentirte…

Leo se tensó, el orgasmo lo atravesó como una corriente eléctrica. Se corrió con fuerza, salpicando la toalla y su propia mano, el cuerpo convulsionando alrededor de Adrián. Eso fue suficiente: Adrián empujó una última vez, profundo, y se vació dentro de él con un gemido gutural, apretándolo con los brazos, temblando entero.

Se derrumbaron juntos sobre la toalla, sudorosos, jadeantes, aún unidos. Adrián besó la nuca de Leo, la espalda, los hombros. Permanecieron así un rato largo, mientras el sol bajaba y el aire se volvía más fresco. Cuando finalmente se separaron, Adrián se tumbó de lado, atrayendo a Leo contra su pecho.

—No sé qué va a pasar mañana —murmuró Adrián—, pero esto… esto no quiero que acabe.

Leo levantó la vista, los ojos verdes brillando.

—No va a acabar. No mientras los dos queramos lo mismo.

Se besaron otra vez, lento, tierno, con el sabor de sus cuerpos aún en la boca. El río seguía murmurando a su lado, el bosque los envolvía, y por primera vez en mucho tiempo, el mundo parecía exactamente donde debía estar.

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