El sol se ponía sobre el lago, tiñendo el agua de tonos dorados y naranjas. Alex acababa de quitarse la última prenda y se sumergió desnudo en las aguas cálidas. Tenía veinticuatro años, cuerpo atlético de corredor, piel clara y pelo castaño oscuro que se le pegaba a la frente cuando estaba mojado. Buscaba soledad después de un año complicado en la ciudad.
A unos metros, flotando boca arriba con los ojos cerrados, estaba Mateo. Veintiséis años, complexión más ancha y musculosa, piel ligeramente bronceada, pelo negro ondulado y una barba corta bien cuidada. También estaba completamente desnudo. El agua lamía su pecho, sus abdominales y la suave línea de vello que bajaba hacia su entrepierna.
Alex lo vio y se detuvo, pero Mateo abrió los ojos y sonrió con calma.
—No te preocupes —dijo con voz suave—. Este rincón del lago es casi siempre privado. Yo vengo todos los veranos. ¿Te molesta si comparto el agua?
Alex negó con la cabeza, relajándose.
—Para nada. Necesitaba esto.
Así empezó todo. Nadaron un rato en silencio, respetando el espacio del otro. Cuando el sol casi desapareció, se sentaron en unas rocas planas junto a la orilla, aún desnudos, y hablaron. Mateo era diseñador gráfico y había huido de la ciudad para desconectar. Alex era profesor de literatura. La conversación fluyó fácil, natural. Ninguno ocultó su desnudez; era parte de la libertad del lugar.
Esa primera noche solo se despidieron con una sonrisa y una mirada que duró un segundo más de lo normal.
Al día siguiente, Alex volvió al mismo lugar. Mateo ya estaba allí. Esta vez hablaron más, sentados en el agua hasta la cintura. Sus rodillas se rozaron accidentalmente. Ninguno se apartó.
—¿Te molesta si te miro? —preguntó Mateo con honestidad—. Eres muy guapo.
Alex se sonrojó pero sonrió.
—Solo si yo también puedo mirarte.
Se observaron abiertamente. Mateo admiró los hombros definidos de Alex, su pecho liso y la forma en que su polla descansaba semierecta por el roce del agua. Alex se fijó en los pectorales fuertes de Mateo, sus brazos musculosos y el grosor de su miembro, que empezaba a endurecerse bajo su mirada.
Se acercaron despacio. El primer contacto fue un beso tímido, casi experimental. Labios suaves, sabor a agua dulce del lago. El beso se volvió más profundo, lenguas explorando con respeto. Sus manos se posaron en la cintura del otro, sin prisa.
Esa tarde se masturbaron mirándose. Sentados frente a frente en las rocas, cada uno tocando su propia polla mientras observaba al otro. Alex era más largo y delgado; Mateo más grueso, con una cabeza ancha. Se corrieron casi al mismo tiempo, sus gemidos mezclándose con el sonido del agua. Se limpiaron mutuamente con las manos y el lago, riendo con complicidad.
Cada mañana se encontraban en el lago. Desnudos desde el primer momento. Nadaban juntos, flotaban como en la foto que Alex tomó mentalmente: tumbados boca arriba, ojos cerrados, dejándose llevar por el agua, sus manos rozándose bajo la superficie.
En tierra, la exploración se volvió más intensa.
El día 5, Mateo se arrodilló frente a Alex junto a un árbol. Le besó el vientre, bajó lentamente y tomó la polla de Alex en su boca. La chupó con devoción: lengua plana recorriendo toda la longitud, succionando la cabeza, bajando hasta los huevos. Alex gemía, sujetando suavemente el pelo mojado de Mateo.
—Quiero que te corras en mi boca —susurró Mateo.
Alex lo hizo, temblando, y Mateo tragó con una sonrisa. Luego invirtieron: Alex lamió cada centímetro del miembro grueso de Mateo, explorando el sabor salado de su piel, metiéndose los huevos en la boca uno a uno. Cuando Mateo se corrió, Alex mantuvo la polla dentro, tragando todo.
Los días siguientes probaron más. Se besaban durante horas, cuerpos pegados, pollas frotándose. Descubrieron el placer de lamerse el cuello, los pezones, las axilas todavía con un leve aroma natural. Mateo adoraba besar la parte interna de los muslos de Alex; Alex no se cansaba de pasar la lengua por la línea de vello que bajaba del ombligo de Mateo.
El día 7, en un claro oculto entre los árboles, hicieron el amor por primera vez. Mateo preparó a Alex con los dedos y mucha saliva, entrando despacio, con paciencia. Alex jadeaba de placer mientras Mateo lo penetraba con movimientos suaves y profundos, besándole la espalda y susurrando lo hermoso que se sentía. Cambiaron de posición: Alex encima, cabalgando lentamente, controlando el ritmo mientras se besaban. Se corrieron juntos, abrazados, sudor y semen mezclándose con el calor del mediodía.
La confianza era total. Ya no había vergüenza.
Una tarde, bajo una cascada pequeña que caía en el lago, se lavaron mutuamente. Sus manos enjabonadas recorrieron cada curva: Alex lavó el pecho y la espalda ancha de Mateo, bajando hasta sus nalgas firmes. Mateo limpió los hombros y el culo de Alex, metiendo un dedo enjabonado mientras lo besaba bajo el agua.
En la orilla, Mateo tumbó a Alex sobre una toalla y le levantó las piernas. Le comió el culo con hambre: lengua plana, círculos, penetrando con la punta. Alex gemía sin control, su polla goteando sobre su propio vientre. Mateo lo penetró allí mismo, fuerte pero siempre atento a las reacciones de Alex, cambiando el ángulo hasta encontrar ese punto que hacía que Alex arqueara la espalda y gritara de placer.
Otra noche, bajo las estrellas, probaron el 69 al borde del agua. Alex arriba, tragando la polla gruesa de Mateo mientras este le devoraba la suya y le lamía los huevos. Sus cuerpos se movían en sincronía, gemidos ahogados, hasta correrse en la boca del otro.
Flotando en el lago, como en aquella imagen dorada, se tocaban bajo el agua. Manos envolviendo pollas, masturbándose lentamente mientras flotaban, besándose cuando sus caras se acercaban. El agua fría contrastaba con el calor de sus cuerpos.
Sabían que los quince días terminarían. La conexión era profunda, pero ambos tenían vidas esperándolos.
El penúltimo día hicieron el amor durante horas. Empezaron en el agua, Alex rodeando la cintura de Mateo con las piernas mientras este lo penetraba de pie, el lago sosteniéndolos. Salieron a la orilla y continuaron: Mateo tumbado, Alex cabalgándolo con movimientos profundos y circulares. Se miraban a los ojos, sin prisa, disfrutando cada sensación.
—Gracias por estos días —susurró Alex.
—Gracias a ti por confiar —respondió Mateo, acariciándole la mejilla.
La última noche prepararon una pequeña fogata. Desnudos junto al fuego, se exploraron por última vez. Se lamieron, se chuparon, se penetraron en todas las posiciones que habían descubierto. Mateo folló a Alex con ternura, sujetándolo fuerte pero sin brusquedad. Alex se corrió sobre el pecho de Mateo, quien luego lo limpió con la lengua. Terminaron abrazados, pollas suaves rozándose, besándose hasta que el fuego se apagó.
Al amanecer del día 15 se despidieron con un abrazo largo y un beso profundo. Ninguno prometió nada imposible, pero ambos sabían que ese lago siempre sería su lugar.
Alex guardó para siempre la imagen mental de dos cuerpos flotando juntos bajo la luz dorada del atardecer: relajados, desnudos, conectados. Quince días que cambiaron su forma de entender el placer, el respeto y la libertad.
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