13.4.26

reLAto. De DoS a TreS.

 



Rafa se quedó mirando a Ian como si el mundo se hubiera detenido en seco. Estaban en la cama, desnudos después de hacer el amor, con las sábanas revueltas y el olor a sexo y a ellos dos impregnando el aire. Ian había esperado hasta ese momento de calma absoluta, cuando sus respiraciones se sincronizaban y los latidos se calmaban, para soltar la bomba.

—Rafa… estoy enamorado de Luis también —dijo Ian en voz baja, sin apartar la mirada—. No es solo atracción. Es amor. Como el que siento por ti.

Rafa sintió que el corazón le daba un vuelco. No era celos lo que le subió por la garganta, sino una mezcla extraña de miedo, ternura y una curiosidad que le quemaba el pecho. Se incorporó un poco, apoyándose en un codo, y miró a Ian fijamente. Los ojos de Ian estaban húmedos, vulnerables, como si esperara que Rafa lo echara de la cama.

—¿Desde cuándo? —preguntó Rafa, con la voz ronca.

—Hace meses. Al principio pensé que era solo admiración, que me gustaba verlo contigo, que era parte de lo nuestro. Pero no. Es más. Mucho más. Lo quiero besar, lo quiero tocar, lo quiero dentro de mí… y al mismo tiempo no quiero perderte a ti. Por eso te lo digo ahora. Porque no puedo seguir guardándomelo.

Rafa tragó saliva. Se acercó despacio, como si Ian fuera un animalito asustado, y le acarició la mejilla con el dorso de los dedos.

—No me estás perdiendo —susurró—. Solo… necesito entenderlo. Necesito hablar contigo. Y luego… creo que tengo que hablar con él.

Ian cerró los ojos un segundo, aliviado, y se inclinó para besarle la palma de la mano.

—Te quiero tanto, Rafa. Pase lo que pase, te quiero.

Rafa se inclinó y lo besó despacio, con una dulzura que contrastaba con la intensidad de lo que acababan de hacer minutos antes. El beso se volvió más profundo, más necesitado. Sus lenguas se encontraron con ternura, como si estuvieran pidiendo perdón y dando permiso al mismo tiempo. Rafa bajó la mano por el pecho de Ian, por su abdomen plano, hasta llegar a su sexo, que empezaba a endurecerse otra vez.

—Vamos a hablar de esto —murmuró contra sus labios—, pero primero… déjame demostrarte que no te voy a soltar.

Ian gimió bajito cuando Rafa lo envolvió con la mano, masturbándolo con movimientos lentos, casi reverentes. Se besaron mientras Rafa lo llevaba al borde una y otra vez, sin prisa, solo sintiendo. Ian se arqueó, jadeando su nombre, y cuando se corrió fue con un sollozo ahogado, abrazado a Rafa como si fuera su ancla.

Después se quedaron así, pegados, sudorosos y temblorosos.

—Mañana hablaré con Luis —dijo Rafa al fin, besándole la frente—. Pero esta noche es nuestra.

Ian asintió, enterrando la cara en su cuello.

—Te quiero.

—Y yo a ti. Más de lo que las palabras pueden decir.

Al día siguiente, Rafa quedó con Luis en el parque donde solían sentarse a hablar durante horas. Era un día frío de enero, pero el sol se filtraba entre las ramas desnudas y hacía que todo pareciera más suave. Luis llegó con dos cafés para llevar y una sonrisa enorme que se le borró en cuanto vio la expresión seria de Rafa.

—¿Qué pasa, tío? —preguntó, sentándose a su lado en el banco—. Tienes cara de que te han dado una mala noticia.

Rafa respiró hondo.

—Ian me contó algo anoche.

Luis palideció un poco.

—¿Qué te contó?

—Que está enamorado de ti. Que te quiere de la misma forma que me quiere a mí.

El silencio que siguió fue espeso. Luis miró al suelo, las manos apretando el vaso de café hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

—No lo sabía —dijo al fin, con voz temblorosa—. O sea… sí lo sabía. Lo sentía. Pero no creía que fuera mutuo. Pensé que era cosa mía.

Rafa lo miró de reojo.—¿Cosa tuya?

Luis levantó la vista, y sus ojos estaban brillantes.

—Rafa… llevo años enamorado de ti. Y de Ian. De los dos. Al principio pensé que era solo amistad, que os quería como familia. Pero no. Quiero besarte. Quiero follar contigo. Quiero despertarme entre los dos. Y me odio por sentirlo, porque no quiero joder lo que tenéis.

Rafa sintió que algo dentro de él se rompía y se recompuso al mismo tiempo. Se acercó más, hasta que sus hombros se tocaron.

—No estás jodiéndolo —dijo en voz baja—. Ian también te quiere. Y yo… joder, Luis. Yo también te quiero. Siempre te he querido. Pero no sabía cómo nombrarlo.

Luis soltó una risa nerviosa, casi un sollozo.

—¿En serio?

Rafa asintió. Y entonces, sin pensarlo más, se inclinó y lo besó.

Fue un beso tímido al principio, casi de prueba. Los labios de Luis eran suaves, cálidos, temblorosos. Pero cuando Rafa profundizó el beso, Luis respondió con un hambre contenida durante demasiado tiempo. Sus manos subieron al cuello de Rafa, enredándose en su pelo, y el beso se volvió desesperado, húmedo, lleno de años de deseo reprimido.

Se separaron jadeando.

—Vamos a mi casa —dijo Rafa, con la voz ronca—. Ian está trabajando hasta tarde. Pero quiero… quiero sentirte.

Luis asintió, sin palabras.En el piso de Rafa, la ropa cayó rápido. No hubo preliminares elegantes; había demasiada necesidad. Luis empujó a Rafa contra la pared del pasillo, besándolo con fiereza mientras le bajaba los pantalones. Rafa gimió cuando sintió la mano de Luis rodeándole la polla, masturbándolo con movimientos rápidos y seguros.

—Te he imaginado tantas veces —susurró Luis contra su boca—. Tantas veces me he corrido pensando en ti.

Rafa lo empujó hacia el dormitorio, desnudándolo por el camino. Cuando llegaron a la cama, Luis se arrodilló y se metió la polla de Rafa en la boca sin dudar. Chupaba con devoción, con lágrimas en los ojos, como si estuviera adorando algo sagrado. Rafa le acarició el pelo, gimiendo bajito.

—Luis… joder… te quiero.

Luis levantó la vista, con la boca llena, y asintió. Luego se levantó, lo empujó sobre la cama y se subió encima. Se besaron mientras Luis se preparaba con lubricante, gimiendo cuando introdujo dos dedos en sí mismo.

—Quiero que me folles —dijo, con voz rota—. Quiero sentirte dentro.

Rafa lo tumbó boca arriba, le levantó las piernas y entró despacio, muy despacio. Los dos jadearon al mismo tiempo. Era estrecho, caliente, perfecto. Rafa se movió con ternura al principio, besándole el cuello, los labios, la frente.

—Te quiero —repetía una y otra vez—. Te quiero tanto.

Luis lloraba mientras se movía contra él, buscando más profundidad.

—Más fuerte… por favor… quiero sentir que soy tuyo.

Rafa obedeció. Las embestidas se volvieron más duras, más rápidas. La cama crujía, sus gemidos llenaban la habitación. Luis se corrió primero, gritando el nombre de Rafa, salpicándose el abdomen. Rafa lo siguió segundos después, llenándolo con un gemido largo y tembloroso.

Se quedaron abrazados, sudados, temblando.

—No puedo creer que esté pasando —susurró Luis, besándole el pecho.

Rafa le besó la coronilla.

—Va a pasar más. Porque Ian también te quiere.

Cuando Ian llegó a casa esa noche, encontró a Rafa y a Luis en el sofá, cogidos de la mano. Los dos se levantaron al verlo.

Ian se quedó en la puerta, con el corazón en la garganta.

—¿Habéis hablado? —preguntó.

Rafa asintió.—Y hemos hecho más que hablar.

Ian sonrió, una sonrisa enorme y vulnerable.

—¿Y…?

Luis se acercó primero. Le puso una mano en la mejilla.

—Te quiero, Ian. Y Rafa también. Queremos intentarlo. Los tres.

Ian soltó el bolso y los abrazó a los dos al mismo tiempo. Los tres se fundieron en un abrazo torpe y perfecto, riendo entre lágrimas.

Se sentaron en el sofá, los tres pegados. Rafa en el centro, con un brazo alrededor de cada uno.

—Tenemos que hablar de esto en serio —dijo Rafa—. Porque no quiero que nadie salga herido.

Ian asintió.

—Primero: comunicación. Si algo duele, se dice. Sin guardárselo.

Luis apretó la mano de Rafa.

—Celos. Van a aparecer. Pero los hablamos. No los dejamos crecer.

—Y sexo —añadió Ian, sonrojándose un poco—. Quiero que sea libre. Que podamos estar los tres juntos, o de dos en dos, o cada uno solo si lo necesita. Pero siempre con respeto.

Rafa los miró a los dos.

—Quiero besaros a los dos cada mañana. Quiero dormir en medio, o que uno duerma en el centro. Quiero que esto sea nuestro hogar. Los tres.

Luis se inclinó y besó a Rafa, lento y dulce. Luego se giró y besó a Ian, con la misma ternura.

—Os quiero tanto —dijo, con la voz quebrada—. Nunca pensé que podría tener esto.

Ian se acercó y los besó a los dos, primero a uno, luego al otro.

—Vamos a aprender juntos —susurró—. Paso a paso.

Esa noche durmieron los tres en la cama grande. Rafa en el centro, Ian a su derecha, Luis a su izquierda. Se besaron hasta que los labios les dolieron, se tocaron con caricias suaves, sin prisa por llegar al orgasmo. Solo querían sentir.

Ian bajó por el cuerpo de Rafa, besándole el pecho, el abdomen, hasta llegar a su polla. La lamió despacio mientras Luis besaba a Rafa en la boca, susurrándole cuánto lo quería. Luego cambiaron: Luis chupó a Ian mientras Rafa besaba y lamía el cuello de Ian.

Cuando por fin se unieron los tres, fue lento y cuidadoso. Rafa penetró a Ian mientras Luis lo besaba y le masturbaba. Luego cambiaron: Ian dentro de Luis, Rafa detrás de Ian, besándole la nuca. Los gemidos se mezclaban con “te quiero” y “no pares” y “sois perfectos”.

Se corrieron casi al mismo tiempo, abrazados, temblando, llorando de pura emoción.

Después se quedaron enredados, respirando juntos.

—Esto es real —susurró Rafa.Ian besó su hombro.

—Es nuestro.Luis entrelazó los dedos con los de los dos.

—Y va a ser bonito. Muy bonito.

Y así empezó. Con miedo, con amor, con mucha conversación y muchos besos. Con reglas que iban cambiando según lo que necesitaban. Con noches de risas y mañanas de caricias. Con días en los que uno se sentía inseguro y los otros dos lo abrazaban hasta que volvía a creer.

Porque el amor no se divide cuando se comparte. Se multiplica.

Y ellos, los tres, lo estaban aprendiendo de la forma más hermosa posible: juntos.

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