Flashbacks
Mientras yacían en la sábana empapada de sal, orina, semen y arena en La Piscina, con el cielo colombiano ya negro y salpicado de estrellas, Oscar y Alberto no hablaban mucho. Solo respiraban, uno contra el pecho del otro, dedos entrelazados. Pero en el silencio, los recuerdos llegaban como olas: no en orden cronológico, sino en flashes intensos, sensoriales, algunos dulces, otros crudos, todos reales. Diez años no se resumían en una línea; se vivían en pedazos que dolían y excitaban a partes iguales.
Año 1 (2016) – El primer viaje juntos después de salir del armario
Habían ganado un Challenger en Portugal. El premio: un vuelo barato a Lisboa y tres días sin tenis. En la habitación del hotel barato cerca del aeropuerto, con paredes finas y olor a tabaco viejo, se besaron por primera vez sin miedo a que alguien entrara. Oscar se arrodilló y olió los calcetines de Alberto —recién quitados después del partido final— mientras Alberto le agarraba el pelo y gemía. “Joder, Óscar, eres un pervertido precioso”. Se rieron tanto que casi se caen de la cama. Esa noche follaron por primera vez sin condón —pruebas negativas, confianza ciega—. Alberto se corrió dentro y se quedó abrazado a Oscar toda la noche, susurrando “no me dejes nunca”. Al día siguiente, en la playa de Cascais, se besaron en público por primera vez. Un viejo les miró mal; ellos se rieron y se besaron más fuerte. Fue el primer “somos oficiales” sin palabras.
Año 2 (2017) – La primera crisis grande
Un torneo en Marruecos. Alberto perdió en primera ronda; Oscar llegó a semis. En el vestuario, un compañero soltó un comentario homófobo casual: “Menos mal que no hay maricones en el top 100, distraen”. Alberto se quedó helado; Oscar oyó y salió del vestuario temblando de rabia. Esa noche en la habitación del hotel, Alberto lloró por primera vez delante de Oscar. “Tengo miedo de que me jodan la carrera por ser quien soy”. Oscar lo abrazó, le besó las lágrimas, y luego le comió el culo despacio, con ternura, hasta que Alberto se relajó y se corrió sin tocarse. Al día siguiente, Oscar le dijo: “Si te joden a ti, me joden a mí. Nos vamos juntos si hace falta”. Nunca se fueron; pero esa noche selló algo: el tenis era importante, pero no más que ellos.
Año 3 (2018) – Mudanza y rutina sucia
Compraron el apartamento en Madrid. La primera noche, sin muebles todavía, follaron en el suelo del salón sobre cartones. Oscar olió los pies de Alberto después de un entrenamiento largo —sudor, polvo de pista, cuero—. Se masturbó frotándose contra la planta mientras Alberto le meaba en la boca por primera vez en casa. “Esto es nuestro hogar ahora”, dijo Alberto entre risas, el chorro caliente resbalando por la barbilla de Oscar. Se corrieron riendo, pegajosos, felices. Esa fue la primera vez que se dieron cuenta de que el fetiche no era solo sexo; era intimidad. Lavaron el suelo juntos al amanecer, desnudos, con una mopa y besos.
Año 4 (2019) – El primer threesome (y el único que salió mal)
Un chico de Tinder en Barcelona. Pensaron que sería divertido. El tipo era guapo, pero no entendía los límites: quiso follar a Oscar sin preguntar, ignoró el “no” de Alberto cuando intentó besarlo. Terminó en gritos, el chico se fue cabreado, y ellos se quedaron abrazados en la cama, riendo nerviosos. “Somos demasiado celosos para compartir”, dijo Oscar. Alberto asintió: “Solo nosotros dos. Siempre”. Esa noche se follaron mutuamente con furia posesiva, Alberto corriéndose dentro de Oscar mientras le susurraba “mío, solo mío”. Volvieron a intentarlo, la orgía.
Año 5 (2020) – La pandemia y el encierro eterno
Confinamiento total. Dos meses sin salir del apartamento. Jugaban tenis en el patio interior (prohibido, pero lo hacían de noche). Sudaban como locos, volvían a casa oliendo a esfuerzo. Oscar desarrolló una obsesión nueva: oler a Alberto después de cada “entrenamiento” casero. Le lamía los sobacos, los pies, el culo, todo. Se masturbaban viendo porno juntos, pero siempre terminaban follando entre ellos. Una noche, Alberto ató a Oscar a la cama con cinturones y lo meó entero mientras Oscar suplicaba más. Se corrieron tantas veces que perdieron la cuenta. La pandemia fue dura para el mundo; para ellos, fue un segundo honeymoon sucio y constante. Salieron del encierro más unidos, más cachondos, más enamorados.
Año 6 (2021) – Salida pública (accidental)
Una entrevista post-partido en un Challenger español. El periodista preguntó por “su relación”. Alberto, sin pensarlo, dijo: “Oscar es mi pareja desde hace seis años. Jugamos dobles en la vida también”. El clip se viralizó en redes. Comentarios homófobos, pero también apoyo masivo de fans jóvenes. Esa noche, en el hotel, Oscar lloró de alivio mientras Alberto lo follaba despacio, besándole las lágrimas. “Ya no nos escondemos”, susurró Alberto empujando profundo. Oscar se corrió gritando su nombre. Al día siguiente, publicaron una foto juntos en Instagram: manos entrelazadas en la pista. Nunca miraron atrás.
Año 7 (2022) – Lesión y miedo real
Oscar se rompió el ligamento cruzado en un entrenamiento. Seis meses fuera. Depresión. Alberto dejó torneos para cuidarlo: fisioterapia, masajes, comidas. Noches en que Oscar lloraba de frustración; Alberto lo abrazaba, le comía el culo con ternura hasta que se relajaba, luego lo follaba lento para recordarle que su cuerpo seguía siendo deseado. “Tu culo sigue siendo el mejor del mundo”, bromeaba Alberto mientras entraba despacio. Oscar se rió entre lágrimas y se corrió dentro de la boca de Alberto. La lesión pasó; su amor se hizo más fuerte. Oscar volvió a la pista con más hambre. Ganaron su primer título grande en dobles ese año.
Año 8 (2023) – El viaje a Cap d’Agde
Playa nudista en Francia. Una semana entera desnudos. Follaron en la arena, en el mar, en la habitación con la ventana abierta. Oscar olió pies de extraños (con permiso), pero siempre volvía a los de Alberto. Una noche, en una fiesta swinger gay, se miraron y supieron: no necesitaban más. Se fueron a la habitación y se mearon mutuamente en la ducha, riendo como críos, follando contra la pared hasta el amanecer. “Somos suficientes”, dijo Oscar. Alberto asintió, corriéndose dentro otra vez.
Año 9 (2024) – La propuesta no-propuesta
No hubo anillo. En una cena casera, Alberto dijo: “¿Quieres casarte conmigo algún día? No por papeles, por nosotros”. Oscar se rió: “Ya estamos casados desde el vestuario, idiota”. Pero al día siguiente compraron pulseras idénticas con grabado: “10 años y contando”. Esa noche, sexo lento, sensual: rimming mutuo durante horas, meadas suaves en la boca, corridas compartidas. Promesa sellada sin palabras legales.
Año 10 (2026) – Aquí y ahora
De vuelta al presente. En la playa de Tayrona, Oscar levantó la cabeza del pecho de Alberto.
—¿Te acuerdas de todo eso?
Alberto sonrió en la oscuridad.
—Cada puto segundo. El sudor, las lágrimas, las meadas, las risas, los polvos brutales y los tiernos. Todo.
Oscar besó el cuello de Alberto, saboreando sal residual.
—Diez años de flashbacks. Y aún quiero más.
Alberto lo abrazó fuerte.
—Los tendremos. Todos los que vengan.
Se quedaron así, cuerpos entrelazados, recuerdos flotando como estrellas sobre el mar. Diez años no eran solo tiempo; eran un collage de olores, sabores, fluidos, risas y promesas. Y en esa playa remota, bajo la luna colombiana, supieron que los próximos diez serían igual de intensos, igual de suyos.
FIN

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