10.5.26

RelAtO. PiEs Y ANo, Parte 5





La playa se llamaba La Piscina, en el Parque Tayrona, Colombia. Era una de esas calas escondidas que solo conocen los que caminan tres horas bajo el sol con mochila al hombro y botas de agua. Arena blanca fina como harina, agua turquesa que se volvía esmeralda cuando el sol pegaba fuerte, y rocas negras que formaban piscinas naturales donde el mar entraba y salía como respirando. Al atardecer del 12 de marzo de 2036 —exactamente diez años después de aquel primer polvo brutal en el vestuario del club de tenis en Madrid— Oscar y Alberto llegaron solos a esa playa. Habían pagado a un guía local para que los dejara allí y volviera a recogerlos al amanecer siguiente. Nadie más en kilómetros. Solo ellos, el rumor de las olas rompiendo contra las rocas, el graznido lejano de un loro y el olor a sal, manglar y sudor seco.

Llevaban diez años juntos. Diez años de torneos ganados y perdidos, de mudanzas, de discusiones tontas por quién dejaba los calcetines sucios en el sofá, de reconciliaciones folladas contra la pared de la cocina, de viajes a playas nudistas en Croacia, Cap d’Agde, Maspalomas, y ahora aquí, en Colombia, donde habían decidido celebrar el décimo aniversario sin nadie alrededor que los juzgara. Habían cumplido 33 años los dos. Oscar seguía con el pelo negro revuelto y esa sonrisa torcida que hacía que Alberto se le pusiera dura solo con verla; Alberto había ganado algo de músculo en los hombros y una barba corta que le picaba cuando besaba, pero sus ojos seguían siendo los mismos: oscuros, intensos, capaces de desnudar a Oscar con una sola mirada.

Se quitaron la ropa despacio, como si fuera un ritual. Primero las camisetas empapadas de sudor después de la caminata. Luego los shorts. Los calzoncillos fueron los últimos. Oscar los tiró sobre una roca con un gesto teatral.

—Diez años y sigues oliendo igual de rico después de sudar —dijo Alberto, acercándose y hundiendo la nariz en el cuello de Oscar.

—Y tú sigues poniéndote duro solo con oler mi sobaco —respondió Oscar riéndose, agarrándole la polla ya medio tiesa y dándole un meneo lento.

Se metieron al agua desnudos. El mar estaba tibio, casi caliente por el sol de todo el día. Nadaron hasta la piscina natural más grande, donde el agua llegaba a la cintura. Allí se abrazaron de pie, pecho contra pecho, pollas rozándose bajo el agua. El sabor a sal les cubría los labios, la lengua, la piel. Se besaron con hambre, como si no se hubieran visto en meses en lugar de haberse follado esa misma mañana en la hamaca del hotel.

—Diez años, joder —murmuró Alberto contra la boca de Oscar—. Diez años aguantándote.

—Y tú aguantándome a mí oliéndote los pies como un perro en celo —replicó Oscar, mordiéndole el labio inferior hasta que Alberto soltó un gemido.

Salieron del agua y se tumbaron sobre una sábana que habían traído. La arena se pegaba a sus cuerpos mojados, formando una costra blanca en glúteos, espaldas, muslos. Oscar se giró boca abajo y abrió las piernas un poco.

—Ven. Quiero que me huelas primero. Como siempre.

Alberto se arrodilló entre sus piernas, separó los glúteos con las dos manos y hundió la cara. El olor era una mezcla perfecta: sal del mar, sudor de la caminata, el aroma natural almizclado del ano después de un día entero sin ducha. Aspiró profundo, como si fuera oxígeno puro.

—Dios… sigues oliendo igual de rico que el primer día —dijo con voz ronca—. Mejor, incluso. Más maduro. Más… nuestro.

Lamió despacio. La lengua recorrió el perineo, subió al ano, lo rodeó en círculos amplios antes de empujar dentro. Oscar gimió contra la sábana, agarrando arena con los puños. Alberto lamió con dedicación, follándolo con la lengua, saboreando sal, piel caliente y ese leve regusto amargo que tanto le volvía loco. Cuando el ano de Oscar empezó a abrirse y relajarse, Alberto metió dos dedos, curvándolos para rozar la próstata.

—Joder… ahí… —jadeó Oscar—. No pares.

Alberto no paró. Siguió lamiendo alrededor de los dedos, metiendo la lengua lo más profundo posible mientras frotaba ese punto dentro. Oscar se masturbaba despacio, la polla goteando sobre la sábana, dejando manchas oscuras en la tela.

Después de varios minutos Oscar se giró, se sentó a horcajadas sobre la cara de Alberto y empezó a frotarse contra su boca. Alberto agarró los glúteos con fuerza, separándolos más, lengua empujando, chupando, gimiendo contra la carne caliente. Oscar se masturbaba rápido ahora, la respiración entrecortada.

—Voy a correrme… —avisó.

—Córrete en mi boca —pidió Alberto, voz amortiguada.

Oscar empujó la polla dentro de la boca abierta de Alberto y se corrió con un grito ahogado. Chorros calientes y espesos llenaron la garganta; Alberto tragó todo, lamiendo hasta la última gota, el sabor salado mezclado con el mar que todavía les cubría la piel.

Se quedaron así un rato, Oscar encima, respirando agitado, Alberto acariciándole las caderas con ternura. Luego cambiaron. Alberto se tumbó boca arriba, piernas abiertas. Oscar se arrodilló entre ellas y empezó a olerle los pies. Los había lavado esa mañana, pero después de tres horas de caminata bajo el sol colombiano, estaban otra vez sudorosos, con ese olor intenso a cuero caliente y sal.

—Joder, cómo me pone esto todavía —dijo Oscar, riéndose de sí mismo mientras lamía la planta del pie derecho de Alberto desde el talón hasta los dedos.

Alberto se masturbaba mirándolo, la polla dura otra vez.

—Eres un puto fetichista irrecuperable.

—Y tú un puto exhibicionista que se moja cuando le mean encima —replicó Oscar, chupando cada dedo.

Cuando terminó con los pies, subió lamiendo las piernas, los huevos, la base de la polla. Tomó la polla entera en la boca, chupando profundo, garganta relajada después de tantos años de práctica. Alberto gemía, agarrándole el pelo.

—Para… para o te corro en la boca y quiero guardármelo para después.

Oscar se apartó riendo, saliva colgando de los labios.

—Vale. Entonces me meas primero.

Se tumbaron de lado, uno frente al otro, pollas pegadas. Alberto apuntó su polla hacia el pecho de Oscar.

—¿Listo?

—Desde hace diez años.

Alberto relajó la vejiga. El chorro salió caliente, fuerte, amarillo claro por toda el agua que habían bebido durante el día. Golpeó el pecho de Oscar, resbaló por los abdominales, bajó hasta la polla y los huevos. Oscar abrió la boca y dejó que parte le cayera dentro; tragó un poco, tosió, se rió.

—Sabe a sal y a ti. Perfecto.

Luego fue su turno. Se puso de rodillas sobre Alberto, polla apuntando a la cara.

—Abre.

Alberto abrió la boca. Oscar meó despacio al principio, un chorro fino que cayó en la lengua. Alberto tragó, ojos cerrados de placer. Luego Oscar aumentó el caudal, meando sobre la cara, el cuello, el pecho. El líquido caliente corría por los costados, empapando la sábana y la arena debajo.

—Joder, qué caliente… —gimió Alberto, masturbándose mientras recibía la meada.

Cuando terminaron de mearse mutuamente, se abrazaron riendo como idiotas, cuerpos pegajosos de orina, arena, semen y sal. Se besaron con sabor a pis y mar, lenguas enredadas, riéndose entre besos.

—Somos un desastre —dijo Oscar.

—El mejor desastre —respondió Alberto.

Se tumbaron boca arriba, mirando el cielo que empezaba a llenarse de estrellas. El sol se había escondido detrás de las montañas, dejando un resplandor violeta en el horizonte. Las olas seguían rompiendo contra las rocas, un ritmo constante.

Alberto tomó la mano de Oscar y entrelazó los dedos.

—Diez años —repitió, voz más seria ahora—. Diez años de olerte los calcetines, de comerte el culo hasta que te tiemblan las piernas, de corrernos dentro el uno del otro, de pelearnos por tonterías y reconciliarnos follando como locos. Diez años de amor, Oscar. De amor de verdad.

Oscar giró la cabeza para mirarlo. Tenía los ojos brillantes, no solo por la emoción, sino porque una gota de orina de Alberto todavía le resbalaba por la sien.

—Y yo que pensé que lo nuestro iba a durar lo que duraba un torneo de dobles —bromeó, pero la voz se le quebró un poco.

Alberto se incorporó sobre un codo.

—Quiero prometerte algo. Aquí, desnudos, sucios, oliendo a pis y a mar. Quiero prometerte que voy a seguir queriéndote igual o más dentro de otros diez años. Que voy a seguir lamiéndote el culo aunque tengamos canas y arrugas. Que voy a seguir oliendo tus pies aunque huelan a viejo y a victory. Que voy a seguir meándote encima si eso te pone, y que voy a dejar que me mees encima porque verte excitado es mi droga favorita. Quiero prometerte amor eterno, pero no de postal. Amor real. Amor sucio, sudoroso, pegajoso, con risas y con broncas. Amor que aguanta.

Oscar tragó saliva. Se le había hecho un nudo en la garganta.

—Y yo te prometo lo mismo —dijo al fin—. Te prometo que voy a seguir siendo el fetichista loco que se corre solo con olerte después de entrenar. Que voy a seguir abriéndome para ti aunque me duela la espalda. Que voy a seguir tragándome tu semen, tu pis, tu sudor, lo que sea, porque todo lo que sale de ti me sabe a casa. Te prometo que voy a quererte cuando estemos gordos, cuando perdamos el pelo, cuando el tenis sea solo un recuerdo. Te prometo amor eterno, pero del que se mancha, del que huele fuerte, del que se ríe de sí mismo.

Se besaron otra vez, lento esta vez. Sin prisa. Lenguas suaves, respiraciones mezcladas. Luego Alberto se colocó encima de Oscar, pecho contra pecho, pollas rozándose de nuevo. Se lubricaron con saliva y con el precum que todavía goteaban.

—Fóllame —susurró Oscar, abriendo las piernas.

Alberto escupió en su mano, se lubricó la polla y la colocó en la entrada. Entró despacio, sintiendo cómo el ano de Oscar lo abrazaba después de tantos años. Cuando estuvo dentro del todo, se quedó quieto, solo respirando, mirándose a los ojos.

—Te quiero —dijo Alberto.

—Y yo a ti —respondió Oscar.

Empezó a moverse. Primero lento, profundo, sintiendo cada roce. Luego más rápido, más fuerte. Oscar levantó las piernas, apoyándolas en los hombros de Alberto. El ángulo cambió; Alberto golpeaba justo en la próstata con cada embestida. Oscar gemía alto, sin miedo a que nadie los oyera. El sonido de piel contra piel se mezclaba con el rumor del mar.

—Más fuerte… joder… fóllame como si fuera la primera vez —suplicó Oscar.

Alberto obedeció. Embestidas brutales, profundas, haciendo que la arena se levantara a su alrededor. Oscar se masturbaba al ritmo, la mano volando sobre su polla.

—Voy a correrme dentro —avisó Alberto.

—Córrete… lléname…

Alberto empujó una última vez, profundo, y se corrió con un grito ronco. Chorros calientes llenaron el interior de Oscar. Sintió cómo su propio semen se mezclaba con el de antes, goteando hacia fuera cuando Alberto empezó a salir despacio.Oscar no había terminado. Se incorporó, se puso a cuatro patas y le ofreció el culo todavía abierto y goteante.

—Ahora tú. Fóllame con tu semen dentro.

Alberto, aún sensible, se arrodilló detrás y empujó de nuevo. Entró fácil, el ano lubricado por su propio semen. Empezó a follar despacio, sintiendo el calor resbaladizo. Oscar se masturbaba furiosamente.

—Córrete otra vez… quiero sentirte —pidió Alberto.

Oscar se corrió segundos después, semen salpicando la sábana y la arena. Su ano se contrajo en espasmos alrededor de la polla de Alberto, exprimiéndolo. Alberto soltó un gemido largo y se corrió de nuevo, aunque esta vez fue más débil, solo unas gotas calientes que se mezclaron con todo lo demás.

Se derrumbaron uno encima del otro, riendo, jadeando, pegajosos de todo: semen, orina, arena, sal, sudor.

—Somos un puto cuadro de Dalí —dijo Oscar entre risas.

—El cuadro más bonito del mundo —respondió Alberto, besándole la nuca.

Se quedaron así hasta que la noche se hizo completa. Las estrellas brillaban como nunca. El mar seguía su vaivén eterno.

Se levantaron al fin, se lavaron en la piscina natural con agua fría que les cortó la respiración. Se abrazaron bajo la luna, desnudos, limpios por fuera pero todavía oliendo a ellos mismos por dentro.

—Diez años más —dijo Alberto.

—Diez años más —repitió Oscar.

—Y luego otros diez. Y otros diez. Hasta que nos muramos de viejos y follados.

Se rieron. Se besaron. Y caminaron de la mano hacia la sábana, donde se tumbaron a dormir abrazados, con el mar como testigo y la promesa de amor eterno resonando más fuerte que cualquier ola.

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