22.3.26

ReLaTo. En lA cUmBre.




Jaime llegó a los Pirineos con una mochila pesada y el corazón aún más cargado. A los 35 años, había dejado atrás Madrid, el estrés del código infinito y una ruptura que lo dejó cuestionándose todo. La escalada había sido su refugio desde joven, pero nunca había escalado en serio con alguien que realmente importara. Esta vez, un curso de escalada en roca en el valle de Ordesa lo había traído aquí, buscando altura literal para ganar perspectiva.

Raúl era guía local, con base en Torla, un pueblo de piedra y niebla al pie del Monte Perdido. Tenía 30 años, cuerpo fibroso forjado en vías de múltiples largos, ojos color avellana que parecían leer las grietas mejor que cualquier guía, y una risa que resonaba como eco en las paredes. Llevaba el pelo corto y una barba de tres días que le daba un aire salvaje, pero tierno.

Se conocieron en la primera jornada del curso. Jaime intentaba una vía de 6a+ en el sector de las Sorores, sudando más por nervios que por esfuerzo. Raúl, como instructor, lo aseguraba desde abajo.

— Respira, Jaime. El pie derecho en esa repisa pequeña. Confía en la fricción.

Jaime resbaló, cayó un metro, el arnés lo retuvo. Colgando, miró hacia abajo y vio a Raúl sonriendo sin burla.

— Todos caemos la primera vez. Sube de nuevo. Yo te tengo.

Algo en esa frase —"yo te tengo"— se quedó grabado. Terminaron la sesión exhaustos, compartiendo agua y barritas en la base de la pared. Raúl habló del valle como si fuera un viejo amigo: las mejores vías, los atardeceres desde el refugio de Goriz, las noches de tormenta que hacen que la montaña parezca viva.

— ¿Por qué escalas? —preguntó Jaime, quitándose el casco.

Raúl miró las cumbres nevadas.— Porque arriba no hay mentiras. Solo tú, la roca y lo que estás dispuesto a dar. ¿Y tú?

Jaime dudó.— Porque abajo todo es ruido. Arriba... silencio. Y a veces, alguien que te entiende sin palabras.

Raúl lo miró un segundo más de lo necesario.

Los días siguientes fueron intensos. Escalaron juntos vías más largas: un 7a en el Puro, donde Raúl lideró y Jaime lo siguió, sintiendo la confianza absoluta en cada clavo que colocaba. En las reuniones, sentados en repisas estrechas con vistas al cañón, hablaban.

— Tuve un novio que no entendía esto —confesó Raúl una tarde, mientras comían queso y jamón en una repisa a 400 metros—. Decía que era peligroso, que me arriesgaba demasiado. Al final, me dejó porque "no podía vivir con el miedo constante".

Jaime asintió.— Mi ex decía que era demasiado cerrado. Que no me abría. Pero aquí... me abro sin darme cuenta. Contigo.

Raúl sonrió suave.— La escalada te obliga a ser vulnerable. Confías tu vida al otro. Es lo más íntimo que hay.

Por las noches, en el camping cerca del río Ara, compartían fogata. Bebían vino tinto, miraban estrellas. Una noche, después de una vía épica de 300 metros, se quedaron solos. El fuego crepitaba.

— ¿Alguna vez has sentido que alguien te ve de verdad? —preguntó Jaime, voz baja.

Raúl se acercó, sus rodillas rozándose.— Contigo, sí. Desde el primer día. Tus ojos cuando escalas... hay fuego ahí.

Se miraron. El beso llegó natural, como un movimiento perfecto: labios fríos por la altitud, pero calientes por dentro. Manos en nuca, barba raspando mejilla, un gemido ahogado cuando sus lenguas se encontraron. Se separaron jadeando.

— No quiero que sea solo esto —dijo Raúl.

— No lo es.

El clímax llegó en una ascensión de dos días al Monte Perdido por la vía normal con variantes difíciles. Acamparon en el refugio, salieron al amanecer. La escalada fue exigente: placas resbaladizas, fisuras estrechas, exposición total. Raúl lideraba, Jaime lo seguía, asegurándose mutuamente.

En la cima, a 3355 metros, el viento cortaba, pero el sol calentaba la piel. Solo ellos dos, el mundo abajo como un mapa. Se abrazaron fuerte, cascos chocando.

— Lo hemos hecho —susurró Jaime.

Raúl lo besó allí arriba, profundo, urgente. Manos bajo chaquetas, sintiendo calor corporal contra el frío.

Bajaron al atardecer a un collado aislado, un pequeño plateau con vistas infinitas. Montaron la tienda mínima, encendieron estufa. Dentro, con sacos de dormir unidos, la tensión acumulada explotó.

Se desnudaron despacio, admirando cuerpos marcados por la roca: moretones en antebrazos, raspones en rodillas, músculos tensos. Raúl besó cada marca en el pecho de Jaime, bajando por el abdomen. Jaime gimió cuando Raúl tomó su polla en la boca, succionando lenta, lengua girando en la cabeza, bajando hasta la base. Jaime enredó dedos en su pelo, caderas moviéndose suave.

— Raúl... joder, así...

Intercambiaron. Jaime, ansioso, chupó a Raúl con devoción: lamió los testículos, succionó la polla larga y venosa, aprendiendo su sabor salado, masculino. Raúl gruñó, manos guiando sin forzar.

Se colocaron en 69 dentro del saco estrecho, bocas devorando, gemidos amortiguados por carne caliente. El olor a sudor, roca y sexo se mezclaba con el aire puro de la montaña.

Raúl sacó lubricante del kit de emergencia —siempre preparado—. Preparó a Jaime con dedos gentiles, masajeando próstata hasta que Jaime se retorcía de placer.

Jaime se colocó a cuatro patas. Raúl entró despacio, centímetro a centímetro, hasta llenarlo por completo. Ambos jadearon: plenitud, conexión absoluta. Raúl comenzó a moverse, embestidas profundas, lentas al principio, acelerando. Golpeaba justo donde Jaime necesitaba, haciendo que viera estrellas —literal y figurado—.

— Más... fóllame más rápido...

Raúl obedeció, una mano masturbando la polla de Jaime al ritmo. Cambiaron: Jaime encima, cabalgando, controlando profundidad, polla rebotando. Raúl lo agarraba por las caderas, thrusteando hacia arriba.

Jaime se corrió primero, semen caliente salpicando el abdomen de Raúl, ano contrayéndose. Raúl lo siguió, corriéndose dentro con un gruñido ronco, cuerpo temblando.

Se derrumbaron, entrelazados, besos suaves en sudor. Afuera, el viento silbaba, pero dentro solo paz.

— Esto es más que una cima —dijo Raúl contra su cuello.

— Es nuestro refugio —respondió Jaime.

Al amanecer, bajaron juntos, manos entrelazadas en las partes fáciles, miradas cómplices. La montaña los había unido en grietas y alturas. Y ahora, cada vía sería compartida.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

dUchAnDoSE