Leo tenía veinte años y vivía en el pueblo Santa Agua, un puñado de casas de madera y piedra rodeado por completo de agua. El lago era enorme, casi un mar interior, y el pueblo se alzaba sobre una península estrecha que parecía flotar. Los días eran tranquilos, los vecinos se conocían desde siempre y el único ruido constante era el chapoteo suave de las olas contra los pilotes de madera.
Leo era el chico más guapo del lugar. Alto, piel dorada por el sol, cabello negro ondulado que le caía sobre la frente y un cuerpo que había moldeado trabajando en la pequeña barca de pesca de su padre. Sus pectorales eran firmes y redondos, los abdominales marcados como si los hubiera esculpido el viento, y entre sus piernas colgaba una polla gruesa, pesada, de casi veinte centímetros en reposo, con un capullo rosado que asomaba tímido bajo el prepucio. Tenía el culo más perfecto del pueblo: dos nalgas duras, redondas, con un hoyuelo en cada una que se marcaba cuando caminaba descalzo por la orilla.
A Leo le gustaba bañarse desnudo. Lo hacía siempre al atardecer, en una cala escondida detrás de las rocas, donde nadie del pueblo llegaba nunca. Ese día de agosto el calor era insoportable. Se quitó la camiseta blanca sudada, los shorts cortos y los calzoncillos negros. Su polla saltó libre, ya semierecta por el simple roce del aire caliente. Caminó hasta el agua, sintiendo cómo las piedrecitas le masajeaban las plantas de los pies. El lago estaba tibio, casi caliente. Se sumergió hasta la cintura y luego se dejó flotar de espaldas, con los brazos abiertos y la polla flotando sobre la superficie, medio dura, balanceándose con cada ola pequeña.
A varios kilómetros de allí, Pedro acababa de llegar al pueblo. Tenía treinta y ocho años, divorciado desde hacía seis meses y necesitaba silencio. Había alquilado una casita al final del muelle por dos semanas. Era alto, fuerte, con barba de tres días salpicada de canas, pecho ancho cubierto de vello negro y una polla que, cuando se ponía dura, medía veintidós centímetros de puro grosor, venosa y con un glande morado enorme. Venía buscando paz, pero también algo más. En la ciudad había descubierto que le ponían los chicos jóvenes, los cuerpos sin experiencia, los culos vírgenes que se abrían por primera vez.
Caminó por el sendero que bordeaba el lago. El mapa del móvil le indicaba una cala “privada” que nadie visitaba. Quería nadar desnudo, sentir el agua en las bolas, masturbarse tranquilo mirando el atardecer. Lo que no esperaba era encontrarse con aquello.
Leo estaba de pie en la orilla poco profunda, de espaldas a él. El agua le llegaba justo debajo del culo. Se estaba enjabonando el cuerpo con una pastilla de jabón casero. Sus manos resbalaban por los pectorales, bajaban por los abdominales y llegaban a su polla. La agarró con la mano derecha y empezó a enjabonarla lentamente, subiendo y bajando el prepucio, dejando que la espuma blanca se deslizara por el tronco grueso. Pedro se quedó paralizado detrás de una roca grande. Su polla dentro del pantalón corto se hinchó al instante.
—Joder… —susurró Pedro para sí mismo.
Leo no lo había oído. Siguió lavándose. Se dio la vuelta hacia la orilla y Pedro pudo verlo todo de frente: la polla dura ahora, apuntando al cielo, el glande brillando con espuma, las bolas pesadas colgando, el agua corriendo por sus muslos musculosos. Leo se agachó un poco para lavarse entre las nalgas. Separó las piernas y metió dos dedos enjabonados en su agujero virgen, limpiándolo con movimientos circulares. Gemía bajito, disfrutando del roce.
Pedro ya no pudo más. Salió de detrás de la roca.
—Perdona… no quería molestar.
Leo se giró como un rayo. Sus ojos verdes se abrieron de par en par. Estaba completamente desnudo, empalmado, con espuma en la polla y el culo aún abierto por sus propios dedos. Pedro llevaba solo un pantalón corto de baño negro que apenas contenía su erección monstruosa.
—Hostia… ¿quién coño eres? —preguntó Leo, intentando taparse con las manos. Pero era imposible; su polla era demasiado grande.
—Pedro. Estoy de vacaciones. Buscaba un sitio tranquilo. No sabía que… joder, tío, eres precioso.
Leo se quedó mirándolo. Pedro era mayor, fuerte, con esa barba que le daba un aire de hombre de verdad. Y esa bultazo en el pantalón… Leo sintió un calor extraño en el estómago. Nunca había estado con un hombre, pero se había pajeado muchas veces pensando en ello.
—No… no pasa nada —dijo Leo, bajando un poco las manos—. Es que aquí nadie viene nunca.
Pedro dio un paso adelante. El agua le mojó los pies.
—¿Te molesta que me quede? Puedo irme si quieres.
Leo tragó saliva. Miró la polla de Pedro, que ya asomaba por encima de la cinturilla del pantalón.
—Quédate —susurró.
Pedro sonrió. Se quitó el pantalón en un segundo. Su polla saltó libre: veintidós centímetros de carne dura, venas gruesas, glande morado brillante de precum. Las bolas eran grandes y peludas. Leo se quedó sin aliento.
—Madre mía… —murmuró.
Pedro entró al agua hasta quedar frente a él. El agua les llegaba a la cintura. Sus pollas se tocaron bajo el agua, rozándose como dos serpientes calientes.
—Eres Leo, ¿verdad? Te he visto en el pueblo esta mañana.
—Sí… —Leo apenas podía hablar.
Pedro puso una mano grande en el pecho de Leo y lo acarició. Sus dedos pellizcaron un pezón.
—¿Quieres que te toque?
Leo asintió, temblando.
Pedro lo besó. Fue un beso brutal, con lengua, saliva, dientes. Mientras se besaban, su mano derecha bajó y agarró la polla de Leo. Empezó a pajearla despacio, apretando fuerte, haciendo que el prepucio subiera y bajara sobre el glande hinchado. Leo gemía dentro de su boca. Su propia mano buscó la polla de Pedro y apenas pudo rodearla con los dedos.
—Dios… es enorme —jadeó Leo.
—Te va a encantar —contestó Pedro.
Salieron del agua y se tumbaron sobre una manta que Pedro había traído. El sol ya se estaba poniendo, tiñendo todo de naranja. Pedro se puso encima de Leo y empezó a besarle el cuello, el pecho, los pezones. Chupó cada uno hasta ponerlos duros como piedras. Bajó por los abdominales, lamiendo cada surco, hasta llegar a la polla. La olió, inhalando el olor a jabón y a chico joven. Luego abrió la boca y se la metió entera hasta la garganta.
Leo gritó de placer. Nunca nadie le había hecho una mamada. Pedro la chupaba con hambre: subía y bajaba la cabeza, tragando hasta que la nariz tocaba los huevos de Leo, escupiendo saliva espesa que corría por las bolas. Al mismo tiempo metía un dedo en el culo de Leo, buscando el punto sensible.
—Ahhh… Pedro… joder… me voy a correr —gimió Leo.
—No todavía —ordenó Pedro.
Se incorporó, se puso de rodillas y acercó su polla enorme a la boca de Leo.
—Chúpamela.
Leo abrió la boca todo lo que pudo. El glande morado le llenó la boca al instante. Sabía a precum salado y a hombre. Intentó tragarla, pero solo pudo meterse la mitad. Pedro le agarró la cabeza y empezó a follarle la boca con suavidad al principio, luego más fuerte. La saliva de Leo corría por la barbilla, goteando sobre su propio pecho.
Después de varios minutos, Pedro sacó la polla brillante de saliva.
—Quiero follarte.
Leo se puso nervioso, pero excitado.
—No… nunca lo he hecho.
—Tranquilo, bebé. Te voy a preparar bien.
Pedro lo puso a cuatro patas sobre la manta. Le separó las nalgas duras y escupió directamente en el agujero rosa y virgen. Empezó a lamerlo: lengua plana, círculos, penetrando con la punta. Leo gemía. Pedro metió primero un dedo, luego dos, abriendo el culo poco a poco. Los movía en tijera, buscando la próstata. Cuando la tocó, Leo dio un grito y su polla soltó un chorro de precum.
—Estás listo —dijo Pedro.
Se colocó detrás. Apoyó el glande enorme contra el agujero apretado y empujó. El capullo entró con un “plop” húmedo. Leo gritó de dolor y placer. Pedro paró, dejando que se acostumbrara. Luego empujó más. La polla gruesa desapareció dentro del culo virgen de Leo. Cuando las bolas peludas de Pedro tocaron las de Leo, este ya estaba llorando de gusto.
—Dios… me tienes lleno… —jadeó.
Pedro empezó a follarlo. Primero lento, sacando casi todo y metiendo hasta el fondo. Después más rápido. El sonido de las nalgas chocando contra sus caderas era obsceno: clap, clap, clap. Leo tenía la cara contra la manta, el culo en pompa, la polla colgando y goteando. Pedro le agarró las caderas y lo taladró sin piedad.
—Te gusta que te follen, ¿verdad?
—Sí… sí… —gimió Leo.
Pedro lo puso boca arriba, le levantó las piernas hasta los hombros y lo penetró otra vez. Ahora podía mirarlo a la cara mientras lo follaba. Le escupía en la boca abierta, le mordía los pezones, le pajeaba la polla al mismo ritmo de las embestidas.
Leo se corrió primero. Su polla explotó sin que nadie la tocara apenas. Chorros blancos y espesos saltaron hasta su propia cara, llenándole la boca, el pecho, los abdominales. Pedro siguió follándolo mientras Leo se corría, prolongando el orgasmo.
—Ahora me toca a mí —gruñó Pedro.
Sacó la polla, se puso de rodillas sobre el pecho de Leo y se pajeó furiosamente. El primer chorro fue tan fuerte que llegó hasta la frente de Leo. Luego más y más: ocho, nueve disparos gruesos de semen blanco que cubrieron toda la cara del chico de veinte años. Leo abrió la boca y tragó lo que pudo. El resto le corría por las mejillas, el cuello, los ojos.
Pedro se dejó caer encima de él, besándolo con lengua, mezclando su semen con saliva.
Se quedaron allí tumbados mientras el sol se ponía. Pero no había terminado.
Después de diez minutos recuperándose, Pedro volvió a estar duro. Esta vez lo folló contra una roca, de pie, con las piernas de Leo rodeándole la cintura. Luego lo llevó al agua y lo folló flotando, con las olas ayudando al movimiento. Leo se corrió dos veces más: una mientras Pedro le comía el culo bajo el agua, otra cuando Pedro le metió tres dedos y le chupó la polla al mismo tiempo.
Cuando ya era noche cerrada, volvieron a la manta. Pedro se tumbó de espaldas y Leo se sentó encima de él, cabalgándolo como un vaquero. Subía y bajaba, haciendo que la polla enorme le llegara hasta el fondo del estómago. Sus nalgas rebotaban, el sudor corría por sus cuerpos. Leo se corrió por cuarta vez, pintando el pecho peludo de Pedro. Pedro lo llenó por dentro: chorros calientes de semen que se escapaban alrededor de la polla y corrían por sus huevos.
Se bañaron juntos en el lago, besándose suavemente ahora. Pedro le limpió el culo con los dedos, sacando su propio semen. Leo se arrodilló en el agua y le hizo una última mamada lenta, tragándose hasta la última gota de la segunda corrida de Pedro.
Cuando volvieron a la casita de Pedro, ya eran más de las once. Se metieron en la cama y follaron otra vez: esta vez suave, misionero, mirándose a los ojos. Leo le susurró al oído:—Quiero que me folles todos los días de tus vacaciones.
Pedro sonrió, mordiéndole el lóbulo.
—Te voy a dejar el culo tan abierto que no podrás sentarte en una semana, chico.
Y así pasó la primera noche. Pero esa es solo la primera parte de lo que ocurrió durante las dos semanas siguientes.
Al día siguiente Pedro llevó a Leo a su casa. Lo ató a la cama con las manos por encima de la cabeza y lo folló durante dos horas seguidas, cambiando de posición cada quince minutos: perrito, cowboy inverso, de lado, contra la pared. Le metió un plug anal grueso mientras le chupaba la polla y lo hizo correrse cinco veces seguidas hasta que Leo lloraba de placer.
Al tercer día lo llevó en la barca al centro del lago y lo folló allí, al aire libre, mientras pescaban. Leo se corrió encima de la cubierta de madera, dejando un charco blanco que Pedro lamió después.
Al quinto día Pedro le enseñó a Leo a usar un dildo enorme de 25 cm. Lo preparó con aceite y se lo metió entero mientras le follaba la boca. Leo se corrió tan fuerte que se desmayó unos segundos.
La última noche, Pedro organizó una sesión de tres horas: doble penetración con un dildo y su propia polla al mismo tiempo, fisting ligero (solo hasta los nudillos), y una corrida final en la que Pedro le llenó el culo y luego Leo se sentó en su cara para que chupara todo su semen mezclado con el suyo propio.
Leo terminó las vacaciones con el culo permanentemente dilatado, la polla siempre semierecta al recordar a Pedro, y una promesa: cada vez que Pedro volviera al pueblo, Leo estaría esperando desnudo en la misma cala, listo para ser usado otra vez.
Fin.

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