24.1.26

Relato: Encuentro en el Aseo . FinAl


Seis meses después

La brisa otoñal soplaba suave en el jardín de la finca, un lugar elegante en las afueras de la ciudad donde las luces colgantes destellaban como estrellas y el aroma de las flores blancas llenaba el aire. Marco y Juan habían elegido este rincón idílico para su boda, un evento íntimo pero cargado de significado. Los últimos seis meses habían sido un torbellino para ellos: desde aquella semana en la playa nudista de Zahara, su relación había florecido con una intensidad que parecía imparable.

 Marco, con su carisma magnético y su cuerpo de nadador, había cautivado a Juan de una manera que este no podía ignorar. Y Juan, con su energía vibrante y su risa fácil, había encontrado en Marco un nuevo hogar. Pero incluso en los momentos más felices, había un eco persistente en el corazón de Juan, un anhelo por lo que había dejado atrás.

Jorge y Roberto, vestidos con trajes oscuros que abrazaban sus cuerpos esculpidos, estaban entre los invitados, sentados en una de las filas traseras. Habían aceptado la invitación con una mezcla de apoyo y melancolía, sabiendo que asistir sería tanto un gesto de amor como un recordatorio de su pérdida. Jorge, con su cabello ligeramente más largo y un bronceado que aún hablaba de los días en la playa, mantenía la mirada fija en el altar, donde Juan y Marco intercambiaban sonrisas. Roberto, siempre más reservado, tenía una mano apoyada en el muslo de Jorge, un ancla silenciosa en medio de la tormenta de emociones.

La ceremonia avanzaba, los votos estaban a punto de pronunciarse. Marco, con una camisa blanca que resaltaba su piel olivácea, tomó la mano de Juan, sus ojos verdes brillando con una promesa. Juan, con un traje azul claro que acentuaba su figura esbelta, sonrió, pero había una sombra en su mirada, un titubeo que no pasó desapercibido para Jorge ni Roberto.

Entonces, justo cuando el oficiante pidió si alguien tenía algo que decir, Juan levantó una mano, su voz temblorosa pero clara.

 —Espero un momento. —

El silencio cayó sobre los invitados como una manta pesada. Marco lo miró, confundido, mientras Juan giraba hacia la audiencia, sus ojos buscando a Jorge y Roberto. —No puedo hacer esto sin decirlo... Los amo. Los echo de menos. No he dejado de pensar en ustedes, en lo que teníamos, en lo que éramos. No sé si estoy haciendo lo correcto, pero necesito que lo sepan.

El murmullo de los invitados llenó el aire, pero para Jorge y Roberto, el mundo se redujo a esas palabras. Sus corazones latían con fuerza, una mezcla de esperanza y dolor. Marco, todavía sosteniendo la mano de Juan, frunció el ceño, pero no había ira en su expresión, solo una comprensión silenciosa. 

—Juan... —empezó a decir, pero Juan lo interrumpió con un apretón de mano.

—No estoy diciendo que no te amo, Marco. Pero ellos... son parte de mí. Siempre lo serán. —Las lágrimas brillaban en sus ojos, y el silencio se alargó hasta que Jorge se puso de pie, seguido por Roberto.

—Ven con nosotros —dijo Jorge, su voz firme a pesar de la emoción que lo atravesaba. —Hablemos. Los tres.

Marco asintió lentamente, soltando la mano de Juan. —Ve. Necesitas esto —dijo, su voz baja pero cargada de una generosidad que sorprendió a todos. Los invitados observaban, algunos confundidos, otros conmovidos, mientras Juan, Jorge y Roberto abandonaban el jardín, dejando atrás una boda que nunca se completaría.

La casa de Roberto era el refugio más cercano, un loft amplio con ventanales que daban a la ciudad, ahora bañada por la luz dorada del atardecer. El trayecto había sido silencioso, los tres sentados en el coche, las manos de Juan entrelazadas con las de Jorge y Roberto en un gesto que hablaba de anhelo y reconciliación. Al entrar, el aire estaba cargado de una tensión que no era nueva, pero que ahora llevaba el peso de meses de separación, de palabras no dichas, de deseo reprimido.

Roberto fue el primero en romper el silencio. —No puedo creer que hayas hecho eso —dijo, su voz grave mientras se quitaba la chaqueta del traje, dejando al descubierto una camisa que marcaba cada músculo de su torso. Sus ojos, oscuros y profundos, estaban fijos en Juan, una mezcla de reproche y alivio.

—No podía seguir sin decirlo —respondió Juan, su voz temblando mientras se deshacía de su propia chaqueta. Estaba descalzo, el traje azul claro ligeramente arrugado, pero su belleza seguía siendo magnética, su piel morena brillando bajo la luz tenue del loft. —Los extrañé cada día. Marco es increíble, pero... ustedes son mi hogar.

Jorge, que había permanecido en silencio, dio un paso hacia Juan, sus manos encontrando su rostro. —Nosotros también te extrañamos —susurró, antes de besarlo. Fue un beso lento, profundo, lleno de todo lo que no habían dicho en meses. Las lenguas se enredaron, explorando con una urgencia contenida, mientras Roberto observaba, su respiración volviéndose más pesada.

El beso se rompió solo para que Roberto se uniera, tirando de Juan hacia él con una fuerza que era casi posesiva. Sus labios se encontraron en un choque feroz, dientes rozando, lenguas peleando por el control. Jorge, atrapado en el torbellino, deslizó sus manos bajo la camisa de Roberto, sintiendo el calor de su piel, los músculos tensos bajo sus dedos. La ropa comenzó a caer, un frenesí de manos que desabrochaban botones, bajaban cremalleras, liberaban cuerpos que se conocían de memoria pero que ahora se sentían nuevos, como si la separación hubiera avivado el hambre.

Juan, desnudo ahora, era una visión: su cuerpo esbelto brillando con un leve sudor, su erección evidente, palpitante. Jorge y Roberto, igualmente desnudos, se detuvieron un momento para mirarlo, sus propios cuerpos respondiendo al instante. Roberto tomó la iniciativa, empujando a Juan contra el sofá de cuero negro, sus manos grandes explorando cada centímetro de su piel. —No sabes cuánto te he imaginado así —gruñó, sus labios trazando un camino por el pecho de Juan, mordiendo suavemente los pezones endurecidos, arrancándole un gemido que resonó en el loft.

Jorge se arrodilló frente a Juan, sus manos acariciando sus muslos mientras sus labios encontraban su entrepierna. La sensación de Juan en su boca, caliente y duro, era familiar pero electrificante, como redescubrir un placer olvidado. Juan jadeó, sus manos enredándose en el cabello de Jorge, guiándolo con una mezcla de desesperación y ternura. Roberto, mientras tanto, se colocó detrás de Jorge, sus manos explorando su espalda, sus dedos abriendo camino con una paciencia que contrastaba con la urgencia en su respiración.

—Quiero sentirte —susurró Roberto contra el oído de Jorge, mientras alcanzaba un condón y lubricante de un cajón cercano. Preparó a Jorge con una destreza que hablaba de años de intimidad, sus dedos moviéndose con precisión, haciendo que Jorge se arqueara contra él, gimiendo contra Juan. Cuando Roberto entró en él, lento pero implacable, Jorge soltó un grito ahogado, el placer abrumador mientras seguía atendiendo a Juan, sus movimientos sincronizados con los de Roberto.

Juan, atrapado en el centro, estaba perdido en la sensación. Sus ojos, oscuros y brillantes, se encontraron con los de Jorge, y había tanto amor en ellos que era casi insoportable. —Los amo —jadeó, justo antes de que su cuerpo se tensara, el clímax acercándose. Jorge intensificó sus movimientos, llevándolo al borde, mientras Roberto, detrás, marcaba un ritmo que los unía a los tres en una danza primal.

El primer orgasmo fue de Juan, su cuerpo temblando mientras se derramaba con un gemido que llenó la habitación. Jorge lo siguió, el placer de Roberto dentro de él empujándolo más allá del límite, sus gritos mezclándose con los de Juan. Roberto, siempre el último en rendirse, se dejó ir con un gruñido profundo, sus manos aferrándose a las caderas de Jorge mientras colapsaba contra él.Pero no terminó ahí. Exhaustos pero insaciables, se trasladaron al dormitorio de Roberto, una habitación amplia con una cama king-size cubierta de sábanas grises. La noche se convirtió en una maratón de deseo, cada uno tomando y siendo tomado, explorando cada rincón del cuerpo del otro. Juan, con una energía renovada, tomó a Jorge, sus movimientos suaves pero profundos, mientras Roberto los observaba, acariciando a ambos, su presencia un ancla en el caos del placer. Luego, Jorge devolvió el favor a Juan, sus embestidas marcadas por una urgencia que hablaba de meses de anhelo, mientras Roberto se unía, sus manos y labios alternando entre los dos.

Horas después, cuando el amanecer comenzaba a filtrarse por los ventanales, estaban tumbados en la cama, sus cuerpos enredados, el sudor brillando en su piel. Juan, con la cabeza apoyada en el pecho de Roberto, trazaba círculos perezosos en su piel, mientras Jorge, a su lado, entrelazaba sus dedos con los de Juan. El silencio era cómodo, pero cargado de una verdad que necesitaba ser dicha.

—No sé cómo hacemos esto —dijo Juan, su voz suave pero firme—. Pero no quiero volver a estar sin ustedes. Marco... él fue importante, pero ustedes son mi vida.Jorge apretó su mano, sus ojos brillando con lágrimas contenidas.

 —Nosotros tampoco queremos estar sin ti. Podemos encontrar una manera. Los tres.

Roberto, siempre el más pragmático, asintió. —No va a ser fácil, pero nada que valga la pena lo es. Somos más fuertes que esto.

Se besaron, un beso compartido que era tanto una promesa como una reconciliación. La ciudad despertaba fuera, pero dentro de ese loft, los tres habían encontrado su hogar de nuevo, un amor que había sobrevivido a la separación y que ahora, más que nunca, estaba dispuesto a enfrentar cualquier desafío.

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