Eric y Óscar se conocían desde los quince, cuando coincidieron en el mismo instituto y terminaron sentándose juntos por pura casualidad. Desde el primer día había algo: una mirada que duraba demasiado, un roce de rodillas bajo la mesa que ninguno apartaba, una risa que se escapaba cuando el otro hablaba. Con los años esa electricidad no desapareció; se hizo más densa, más peligrosa. A los veinte y veintiún años ya no eran adolescentes torpes. Eric había crecido alto y delgado, con hombros anchos de nadador y una boca que parecía siempre a punto de sonreír con picardía. Óscar era más compacto, piel morena, brazos fuertes de tanto subir paredes de escalada, y unos ojos negros que se clavaban como si supieran exactamente lo que querían.
Vivían en pisos separados, pero esa noche de viernes de octubre habían quedado para ver una película en el apartamento de Eric porque los padres de Óscar estaban de viaje. Ninguno dijo en voz alta que era una excusa; los dos lo sabían.
Llegaron con cervezas y pizza, como siempre. Se sentaron en el sofá, demasiado cerca para ser casual. La película era una cualquiera; ninguno prestaba atención. Eric tenía la pierna estirada y el pie descalzo rozaba el tobillo de Óscar. Cada pocos minutos, uno de los dos se movía y el roce se repetía. El aire del salón estaba cargado, como antes de una tormenta.
—¿Te acuerdas cuando nos bañábamos en el río aquel verano? —preguntó Óscar de pronto, con la voz un poco ronca.
Eric soltó una risa baja.
—Claro. Tú te quitaste la camiseta y yo pensé que me muero me va a dar algo.
Óscar giró la cabeza. Estaban a menos de un palmo.
—¿En serio pensaste eso?—Cada puto día desde entonces —dijo Eric, y ya no había broma en su tono.
El silencio que siguió fue tan denso que casi se podía tocar. Óscar levantó la mano y la puso en la nuca de Eric, despacio, como si temiera que fuera a romperse. Eric cerró los ojos un segundo; cuando los abrió, la decisión estaba tomada. Se inclinó y lo besó.
El primer beso fue tentativo, labios contra labios, apenas un roce. El segundo ya fue hambre. Óscar abrió la boca y Eric entró con la lengua, profundo, como si llevara años esperando permiso. Se saborearon cerveza y deseo, y las manos de Óscar bajaron por la espalda de Eric hasta meterse bajo la camiseta. La piel estaba caliente, ligeramente húmeda. Eric gimió dentro de la boca de Óscar y eso fue todo: la contención se rompió.
Se levantaron del sofá sin dejar de besarse, tropezando con la mesa baja, riendo entre dientes cuando casi se caen. Eric tiró de la camiseta de Óscar y se la sacó por la cabeza; Óscar hizo lo mismo. Se miraron un segundo, jadeando, cuerpos jóvenes y duros uno frente al otro. Eric tenía el pecho liso, pezones oscuros y pequeños; Óscar una línea de vello negro que bajaba desde el ombligo y se perdía bajo la cintura del pantalón. Se abrazaron otra vez, piel con piel, bocas abiertas, caderas buscando contacto.
—Cama —susurró Eric contra el cuello de Óscar, mordiendo suave.
Caminaron por el pasillo besándose, quitándose los pantalones a trompicones. Cuando llegaron al dormitorio solo llevaban los bóxers. La luz de la lámpara de mesilla estaba encendida, tenue y ámbar. Eric empujó a Óscar sobre la cama y se subió encima, rodillas a ambos lados de sus caderas. Se miraron; ninguno hablaba. Eric bajó la cabeza y lamió el cuello de Óscar, luego el hueco de la clavícula, luego bajó más, lengua plana sobre un pezón. Óscar arqueó la espalda y soltó un gemido largo.
—Joder, Eric…
Eric sonrió contra su piel y siguió bajando, besando cada centímetro, deteniéndose en el ombligo, mordisqueando la línea de vello. Llegó al elástico del bóxer y levantó la vista. Óscar tenía los ojos oscuros, la boca entreabierta, el pecho subiendo y bajando rápido. Eric metió los dedos bajo el elástico y tiró hacia abajo despacio. La polla de Óscar saltó libre, dura, venosa, la punta ya húmeda. Eric tragó saliva.
—Hostia, Óscar…
No esperó respuesta. Bajó la boca y lamió la gota del prepucio, salado y caliente. Óscar soltó un jadeo que fue casi un grito. Eric lo tomó entero, hasta el fondo, garganta relajada, años de fantasías haciéndose realidad. Óscar agarró el pelo de Eric con las dos manos, caderas moviéndose solas, follándole la boca con cuidado al principio, luego más rápido cuando Eric empezó a succionar con ganas.
—Para, para… me voy a correr ya —gimió Óscar, tirando del pelo.
Eric se apartó con un sonido húmedo, labios hinchados y brillantes. Se quitó su propio bóxer y se quedó desnudo encima de Óscar. Sus pollas se rozaron y los dos jadearon. Eric se inclinó y los besó otra vez, lento, compartiendo el sabor de Óscar en su lengua.
—Quiero que me folles —dijo Eric contra su boca—. Llevo pensando en esto desde que teníamos dieciséis años.
Óscar giró, poniéndolo debajo en un movimiento rápido. Ahora era él quien estaba encima, besando el cuello de Eric, mordiendo el lóbulo de la oreja.
—¿Tienes cosas? —preguntó, voz temblorosa de deseo.
—En el cajón.
Óscar abrió el cajón de la mesilla con mano insegura. Sacó lubricante y un condón. Miró a Eric, que tenía las mejillas rojas y los labios mordidos.
—¿Seguro? —preguntó Óscar.
—Nunca he estado más seguro de nada.
Óscar se puso el condón con dedos torpes, echándose lubricante en la mano. Se colocó entre las piernas de Eric, que las abrió sin pudor. Primero un dedo, despacio, viendo cómo Eric se mordía el labio y cerraba los ojos. Luego dos, abriéndolo, buscándole la próstata hasta que Eric soltó un gemido roto y empujó hacia abajo pidiendo más.
—Óscar, por favor…
Óscar retiró los dedos y apoyó la punta en la entrada. Empujó despacio, centímetro a centímetro, mirando la cara de Eric por si dolía. Eric solo jadeaba, manos agarrando las sábanas, hasta que Óscar estuvo completamente dentro. Se quedaron quietos un momento, respirando el mismo aire.
—Muévete —susurró Eric.
Óscar empezó lento, saliendo casi del todo y volviendo a entrar, profundo. Eric se retorcía debajo, polla goteando sobre su propio estómago. Óscar aceleró, caderas chocando, sudor perlando frentes. Eric se tocaba al ritmo, rápido, desesperado.
—Más fuerte —pidió.
Óscar obedeció, follándolo con ganas, cama crujiendo, cabezera golpeando la pared. Eric gritó cuando Óscar encontró el ángulo perfecto, próstata una y otra vez.
—Me corro, joder, me… —Eric se corrió entre los dos, chorros calientes sobre su pecho y el de Óscar. El apretón hizo que Óscar se hundiera hasta el fondo y se corriera también, gemido ahogado contra el cuello de Eric.
Se quedaron abrazados, temblando, respiraciones calmándose poco a poco. Óscar salió con cuidado y se quitó el condón, anudándolo y tirándolo al suelo. Se tumbaron de lado, frente a frente, piernas entrelazadas.
—Hostia —dijo Eric, riendo bajito.
Óscar le acarició la mejilla.
—¿Estás bien?
—Estoy… perfecto.
Se besaron otra vez, suave esta vez, como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Pero el deseo no se había apagado; solo se había vuelto más lento, más profundo.
Eric bajó la mano y encontró la polla de Óscar medio dura otra vez. La acarició despacio, viendo cómo se endurecía en su mano.
—Quiero probarte yo ahora —dijo.
Óscar se tumbó boca arriba y Eric se colocó entre sus piernas. Lo lamió desde la base hasta la punta, saboreando restos de látex y de sí mismo. Lo tomó entero otra vez, más seguro ahora, garganta abierta. Óscar gemía, manos suaves en su pelo, dejándolo marcar el ritmo. Eric se apartó un segundo para lamerle los huevos, succionando uno y luego el otro, luego volvió a la polla, tragándola hasta la raíz. Óscar se corrió con un grito, llenándole la boca. Eric tragó todo, lamiéndose los labios después.
Se tumbaron otra vez, sudorosos y pegajosos, pero ninguno quería ducharse aún. Se besaron perezosos, manos recorriendo cuerpos conocidos de otra forma ahora.
Después de un rato, Eric habló contra su hombro.
—¿Esto… cambia algo?
Óscar lo miró a los ojos.
—Cambia todo. Y no quiero que vuelva a ser como antes.
Eric sonrió, aliviado.
—Yo tampoco.
Óscar le besó la frente, luego la nariz, luego la boca.
—Entonces somos novios, ¿no?
Eric soltó una carcajada.
—Somos lo que queramos ser. Pero sí, novios me gusta.
Se quedaron así un rato más, hablando en susurros, riendo de tonterías, besándose cada pocos minutos como si no pudieran parar. En algún momento se levantaron para ducharse juntos. Bajo el agua caliente, se enjabonaron mutuamente, manos resbalando por piel conocida de nueva forma. Eric se arrodilló en la ducha y volvió a chupar a Óscar hasta que se corrió contra las baldosas. Óscar lo levantó y lo besó, saboreándose en su lengua de Eric.
Volvieron a la cama desnudos y húmedos, sin molestarse en secarse del todo. Se metieron bajo las sábanas y se abrazaron fuerte.
A la mañana siguiente, la luz entraba por las rendijas de la persiana. Eric se despertó primero, con la cabeza de Óscar en su pecho y una pierna entre las suyas. Lo miró dormir un rato, trazando con un dedo la línea de su ceja, la curva de su labio. Óscar abrió los ojos y sonrió sin moverse.
—Buenos días, novio —susurró.
Eric se rio bajito.
—Buenos días.
Se besaron perezosos, mañaneros, pollas endureciéndose otra vez entre ellos. Esta vez fue lento, cara a cara, Óscar dentro de Eric sin prisa, moviéndose como si quisieran memorizar cada segundo. Se corrieron casi a la vez, abrazados fuerte, respiraciones entrecortadas.
Después, tumbados enredados, Eric habló primero.
—Quiero estar contigo. De verdad. No solo esto… todo.
Óscar le acarició el pelo.
—Yo también. Siempre lo he querido. Solo tenía miedo de que tú no.
Eric lo miró, serio.
—Nunca más miedo, ¿vale?
—Nunca más.
Se besaron otra vez, sellando algo que llevaba años esperando suceder.
Y así, entre sábanas revueltas y promesas susurradas, empezó todo.


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