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30.11.25
reLAto. PrImErAs vEceS
Eric y Óscar se conocían desde los quince, cuando coincidieron en el mismo instituto y terminaron sentándose juntos por pura casualidad. Desde el primer día había algo: una mirada que duraba demasiado, un roce de rodillas bajo la mesa que ninguno apartaba, una risa que se escapaba cuando el otro hablaba. Con los años esa electricidad no desapareció; se hizo más densa, más peligrosa. A los veinte y veintiún años ya no eran adolescentes torpes. Eric había crecido alto y delgado, con hombros anchos de nadador y una boca que parecía siempre a punto de sonreír con picardía. Óscar era más compacto, piel morena, brazos fuertes de tanto subir paredes de escalada, y unos ojos negros que se clavaban como si supieran exactamente lo que querían.
Vivían en pisos separados, pero esa noche de viernes de octubre habían quedado para ver una película en el apartamento de Eric porque los padres de Óscar estaban de viaje. Ninguno dijo en voz alta que era una excusa; los dos lo sabían.
Llegaron con cervezas y pizza, como siempre. Se sentaron en el sofá, demasiado cerca para ser casual. La película era una cualquiera; ninguno prestaba atención. Eric tenía la pierna estirada y el pie descalzo rozaba el tobillo de Óscar. Cada pocos minutos, uno de los dos se movía y el roce se repetía. El aire del salón estaba cargado, como antes de una tormenta.
—¿Te acuerdas cuando nos bañábamos en el río aquel verano? —preguntó Óscar de pronto, con la voz un poco ronca.
Eric soltó una risa baja.
—Claro. Tú te quitaste la camiseta y yo pensé que me muero me va a dar algo.
Óscar giró la cabeza. Estaban a menos de un palmo.
—¿En serio pensaste eso?—Cada puto día desde entonces —dijo Eric, y ya no había broma en su tono.
El silencio que siguió fue tan denso que casi se podía tocar. Óscar levantó la mano y la puso en la nuca de Eric, despacio, como si temiera que fuera a romperse. Eric cerró los ojos un segundo; cuando los abrió, la decisión estaba tomada. Se inclinó y lo besó.
El primer beso fue tentativo, labios contra labios, apenas un roce. El segundo ya fue hambre. Óscar abrió la boca y Eric entró con la lengua, profundo, como si llevara años esperando permiso. Se saborearon cerveza y deseo, y las manos de Óscar bajaron por la espalda de Eric hasta meterse bajo la camiseta. La piel estaba caliente, ligeramente húmeda. Eric gimió dentro de la boca de Óscar y eso fue todo: la contención se rompió.
Se levantaron del sofá sin dejar de besarse, tropezando con la mesa baja, riendo entre dientes cuando casi se caen. Eric tiró de la camiseta de Óscar y se la sacó por la cabeza; Óscar hizo lo mismo. Se miraron un segundo, jadeando, cuerpos jóvenes y duros uno frente al otro. Eric tenía el pecho liso, pezones oscuros y pequeños; Óscar una línea de vello negro que bajaba desde el ombligo y se perdía bajo la cintura del pantalón. Se abrazaron otra vez, piel con piel, bocas abiertas, caderas buscando contacto.
—Cama —susurró Eric contra el cuello de Óscar, mordiendo suave.
Caminaron por el pasillo besándose, quitándose los pantalones a trompicones. Cuando llegaron al dormitorio solo llevaban los bóxers. La luz de la lámpara de mesilla estaba encendida, tenue y ámbar. Eric empujó a Óscar sobre la cama y se subió encima, rodillas a ambos lados de sus caderas. Se miraron; ninguno hablaba. Eric bajó la cabeza y lamió el cuello de Óscar, luego el hueco de la clavícula, luego bajó más, lengua plana sobre un pezón. Óscar arqueó la espalda y soltó un gemido largo.
—Joder, Eric…
Eric sonrió contra su piel y siguió bajando, besando cada centímetro, deteniéndose en el ombligo, mordisqueando la línea de vello. Llegó al elástico del bóxer y levantó la vista. Óscar tenía los ojos oscuros, la boca entreabierta, el pecho subiendo y bajando rápido. Eric metió los dedos bajo el elástico y tiró hacia abajo despacio. La polla de Óscar saltó libre, dura, venosa, la punta ya húmeda. Eric tragó saliva.
—Hostia, Óscar…
No esperó respuesta. Bajó la boca y lamió la gota del prepucio, salado y caliente. Óscar soltó un jadeo que fue casi un grito. Eric lo tomó entero, hasta el fondo, garganta relajada, años de fantasías haciéndose realidad. Óscar agarró el pelo de Eric con las dos manos, caderas moviéndose solas, follándole la boca con cuidado al principio, luego más rápido cuando Eric empezó a succionar con ganas.
—Para, para… me voy a correr ya —gimió Óscar, tirando del pelo.
Eric se apartó con un sonido húmedo, labios hinchados y brillantes. Se quitó su propio bóxer y se quedó desnudo encima de Óscar. Sus pollas se rozaron y los dos jadearon. Eric se inclinó y los besó otra vez, lento, compartiendo el sabor de Óscar en su lengua.
—Quiero que me folles —dijo Eric contra su boca—. Llevo pensando en esto desde que teníamos dieciséis años.
Óscar giró, poniéndolo debajo en un movimiento rápido. Ahora era él quien estaba encima, besando el cuello de Eric, mordiendo el lóbulo de la oreja.
—¿Tienes cosas? —preguntó, voz temblorosa de deseo.
—En el cajón.
Óscar abrió el cajón de la mesilla con mano insegura. Sacó lubricante y un condón. Miró a Eric, que tenía las mejillas rojas y los labios mordidos.
—¿Seguro? —preguntó Óscar.
—Nunca he estado más seguro de nada.
Óscar se puso el condón con dedos torpes, echándose lubricante en la mano. Se colocó entre las piernas de Eric, que las abrió sin pudor. Primero un dedo, despacio, viendo cómo Eric se mordía el labio y cerraba los ojos. Luego dos, abriéndolo, buscándole la próstata hasta que Eric soltó un gemido roto y empujó hacia abajo pidiendo más.
—Óscar, por favor…
Óscar retiró los dedos y apoyó la punta en la entrada. Empujó despacio, centímetro a centímetro, mirando la cara de Eric por si dolía. Eric solo jadeaba, manos agarrando las sábanas, hasta que Óscar estuvo completamente dentro. Se quedaron quietos un momento, respirando el mismo aire.
—Muévete —susurró Eric.
Óscar empezó lento, saliendo casi del todo y volviendo a entrar, profundo. Eric se retorcía debajo, polla goteando sobre su propio estómago. Óscar aceleró, caderas chocando, sudor perlando frentes. Eric se tocaba al ritmo, rápido, desesperado.
—Más fuerte —pidió.
Óscar obedeció, follándolo con ganas, cama crujiendo, cabezera golpeando la pared. Eric gritó cuando Óscar encontró el ángulo perfecto, próstata una y otra vez.
—Me corro, joder, me… —Eric se corrió entre los dos, chorros calientes sobre su pecho y el de Óscar. El apretón hizo que Óscar se hundiera hasta el fondo y se corriera también, gemido ahogado contra el cuello de Eric.
Se quedaron abrazados, temblando, respiraciones calmándose poco a poco. Óscar salió con cuidado y se quitó el condón, anudándolo y tirándolo al suelo. Se tumbaron de lado, frente a frente, piernas entrelazadas.
—Hostia —dijo Eric, riendo bajito.
Óscar le acarició la mejilla.
—¿Estás bien?
—Estoy… perfecto.
Se besaron otra vez, suave esta vez, como si tuvieran todo el tiempo del mundo. Pero el deseo no se había apagado; solo se había vuelto más lento, más profundo.
Eric bajó la mano y encontró la polla de Óscar medio dura otra vez. La acarició despacio, viendo cómo se endurecía en su mano.
—Quiero probarte yo ahora —dijo.
Óscar se tumbó boca arriba y Eric se colocó entre sus piernas. Lo lamió desde la base hasta la punta, saboreando restos de látex y de sí mismo. Lo tomó entero otra vez, más seguro ahora, garganta abierta. Óscar gemía, manos suaves en su pelo, dejándolo marcar el ritmo. Eric se apartó un segundo para lamerle los huevos, succionando uno y luego el otro, luego volvió a la polla, tragándola hasta la raíz. Óscar se corrió con un grito, llenándole la boca. Eric tragó todo, lamiéndose los labios después.
Se tumbaron otra vez, sudorosos y pegajosos, pero ninguno quería ducharse aún. Se besaron perezosos, manos recorriendo cuerpos conocidos de otra forma ahora.
Después de un rato, Eric habló contra su hombro.
—¿Esto… cambia algo?
Óscar lo miró a los ojos.
—Cambia todo. Y no quiero que vuelva a ser como antes.
Eric sonrió, aliviado.
—Yo tampoco.
Óscar le besó la frente, luego la nariz, luego la boca.
—Entonces somos novios, ¿no?
Eric soltó una carcajada.
—Somos lo que queramos ser. Pero sí, novios me gusta.
Se quedaron así un rato más, hablando en susurros, riendo de tonterías, besándose cada pocos minutos como si no pudieran parar. En algún momento se levantaron para ducharse juntos. Bajo el agua caliente, se enjabonaron mutuamente, manos resbalando por piel conocida de nueva forma. Eric se arrodilló en la ducha y volvió a chupar a Óscar hasta que se corrió contra las baldosas. Óscar lo levantó y lo besó, saboreándose en su lengua de Eric.
Volvieron a la cama desnudos y húmedos, sin molestarse en secarse del todo. Se metieron bajo las sábanas y se abrazaron fuerte.
A la mañana siguiente, la luz entraba por las rendijas de la persiana. Eric se despertó primero, con la cabeza de Óscar en su pecho y una pierna entre las suyas. Lo miró dormir un rato, trazando con un dedo la línea de su ceja, la curva de su labio. Óscar abrió los ojos y sonrió sin moverse.
—Buenos días, novio —susurró.
Eric se rio bajito.
—Buenos días.
Se besaron perezosos, mañaneros, pollas endureciéndose otra vez entre ellos. Esta vez fue lento, cara a cara, Óscar dentro de Eric sin prisa, moviéndose como si quisieran memorizar cada segundo. Se corrieron casi a la vez, abrazados fuerte, respiraciones entrecortadas.
Después, tumbados enredados, Eric habló primero.
—Quiero estar contigo. De verdad. No solo esto… todo.
Óscar le acarició el pelo.
—Yo también. Siempre lo he querido. Solo tenía miedo de que tú no.
Eric lo miró, serio.
—Nunca más miedo, ¿vale?
—Nunca más.
Se besaron otra vez, sellando algo que llevaba años esperando suceder.
Y así, entre sábanas revueltas y promesas susurradas, empezó todo.
29.11.25
reLaTo. LA CASA DEL PLACER SIN LÍMITES
Llegadas y primer contacto
Dani fue el primero. Aparcó el coche, abrió el maletero, se quitó las zapatillas, los calcetines, los pantalones, los calzoncillos… y dejó todo dentro. Cerró el maletero de un portazo y caminó completamente desnudo hasta la puerta principal. Su polla morena de 19 cm ya colgaba pesada, balanceándose entre sus muslos depilados. El aire fresco del bosque le rozó el agujero y se le puso la piel de gallina. Respiró hondo: olía a pino, a barbacoa lejana y a su propio sudor de excitación.
Entró. El suelo de madera crujió bajo sus pies descalzos. En el hall había un espejo de cuerpo entero. Se miró: pectorales marcados, abdominales perfectos, huevos grandes y bajos, polla que ya goteaba una gota transparente de precum. Se pasó la mano por el culo, separó las nalgas y se tocó el agujero rosado, todavía cerrado. “Este fin de semana te van a destrozar, precioso”, se dijo.
A los cinco minutos llegó Marco, el pelirrojo. Abrió la puerta con su propia llave y, nada más verme, sonrió de oreja a oreja.
—Joder, Dani… ya estás empalmado perdido.
Se desnudó en dos segundos. Su polla era más clara, 18 cm, cabeza gorda y rosada, totalmente depilada. Los huevos pequeños y altos. Se acercó, me dio un abrazo y noté su polla tiesa rozando la mía.
—¿Permiso para besarte y meterte lengua hasta que nos falte el aire?
—Permiso concedido, pelirrojo.
Nos comimos la boca como animales. Su lengua sabía a menta y a deseo. Nos mordimos los labios, nos chupamos el cuello, nos lamimos las orejas. Sus manos bajaron a mi culo y me metió un dedo seco hasta el fondo. Gemí dentro de su boca.
Entonces llegó Luis. El oso abrió la puerta de golpe y su presencia llenó la habitación. 1,90 m, 110 kg de músculo y grasa bien puesta, barba espesa, pecho peludo, barriga dura. Cuando se quitó los bóxers, su polla cayó como un tronco: 22 cm flácido, gorda como una lata de Red Bull, venas como cables. Los huevos eran dos huevos de gallina, peludos y colgando casi hasta la mitad del muslo.
—Buenas noches, putos —dijo con esa voz grave que retumba en el pecho.
Se acercó, nos separó a Marco y a mí con una mano en cada hombro y nos miró.
—Permiso para oleros los culos antes de que lleguen los demás. Quiero saber a qué saben mis juguetes este fin de semana.
Marco y yo nos miramos y asentimos.
—Tú primero, Dani.
Me puse a cuatro patas en el suelo del hall. Luis se arrodilló detrás de mí, me abrió las nalgas con sus manazas y hundió la cara entera. Su nariz se metió entre mis cachetes, su lengua lamió desde los huevos hasta el final de la espalda. Gruñó como un oso de verdad.
—Huele a gimnasio y a macho limpio… me lo voy a follar toda la noche.
Luego fue a por Marco. El pelirrojo se puso en la misma posición y Luis repitió la operación, pero esta vez metió la lengua dentro hasta el fondo y la movió en círculos. Marco soltó un gemido agudo.
Uno a uno fueron llegando los demás y la escena se repitió: cada nuevo desnudo era recibido con abrazos, besos, lamidas y dedos exploratorios, siempre pidiendo permiso.
Cuando llegué yo (Álex), ya había seis pollas duras en el salón. Me desnudé en la puerta y noté cómo todas las miradas se clavaban en mi polla de 20 cm recta y en mi culo depilado, redondo y entrenado. Víctor, el ex-militar, se levantó del sofá, su polla de 21 cm apuntando al techo como un misil.
—Álex… permiso para comerte la polla hasta que me des tu primera corrida del fin de semana.
—Permiso concedido, capitán.
Me tumbó en el suelo, me abrió las piernas como si fuera a hacerme una revisión médica y se tragó mi polla hasta que sus labios tocaron mis huevos. Empecé a bombear hacia arriba, follándole la garganta. Los demás miraban, algunos ya se masturbaban lentamente.
En menos de tres minutos me corrí. Víctor tragó cada chorro y luego abrió la boca para enseñarme el semen blanco acumulado en su lengua antes de tragárselo todo.
Viernes 22:30 h – Primera orgía en el salón
Estábamos los ocho desnudos, sudorosos, con las pollas chorreando. Luis propuso el primer juego de la noche: “Círculo de mamadas con permiso”.
Nos pusimos en círculo, de rodillas. Cada uno tenía la polla del de la derecha en la boca. Regla: no te corres hasta que el de tu izquierda se haya corrido en tu boca
.Empezamos. Yo tenía la polla curva de Adrián en la boca (42 años, sabor a hombre maduro, cabeza gorda y sabrosa). A mi derecha, Pablo (26, twink) me chupaba con ansia, sus labios delgados apretando mi tronco. El círculo era perfecto: olor a polla, sonido de arcadas suaves, huevos chocando contra barbillas.
El primero en correrse fue Pablo. El chico no aguantó más de cuatro minutos. Me llenó la boca de leche caliente, dulce, abundante. Tragué lo que pude, el resto me chorreó por la barbilla. Eso desencadenó la reacción en cadena: uno tras otro fuimos corriéndonos en la boca del siguiente. Cuando llegó el turno de Luis, su corrida fue tan brutal que Javi (el tatuado) se atragantó y le salió semen por la nariz. Todos reímos entre jadeos.
Después nos tumbamos en el suelo, exhaustos pero con las pollas todavía medio duras. El suelo estaba pegajoso de saliva y semen.
Sábado 07:00 h – Amanecer y primera follada del día
Me desperté con la luz del sol entrando por la ventana y con la polla de Víctor rozándome el culo. Habíamos dormido juntos. Sin decir nada, me giré, le miré a los ojos y le dije:
—Permiso para sentarme en tu polla en crudo y cabalgarte hasta que me llenes.
—Permiso concedido, zorra.
Escupí en mi mano, lubriqué su polla y mi agujero y me senté despacio. 21 cm entrando centímetro a centímetro. Cuando llegué hasta el fondo, empecé a mover las caderas en círculos. Víctor gruñía, me agarró las tetas y me pellizcó los pezones.
—Más rápido, Álex… quiero verte rebotar.
Aceleré. Mis huevos chocaban contra su abdomen peludo. El sonido era obsceno: plap plap plap plap. Me incliné hacia delante y le besé mientras seguía follándome yo solo en su polla. En menos de cinco minutos sentí cómo se hinchaba dentro de mí y me llenaba de leche caliente. Gemí como una puta, mi propia polla explotó sin tocarla y le pinté el pecho de blanco.
Nos quedamos así un rato, con su polla todavía dentro, el semen saliendo poco a poco por los lados.
Sábado 10:00 h – Desayuno en la terraza (y Dani convertido en buffet)
Salimos todos desnudos a la terraza. El sol pegaba fuerte. En la mesa: fruta, zumo, café, tortitas… y Dani tumbado boca abajo, con las piernas abiertas y el culo en pompa.
—Buenos días, cerdos. Mi culo es el plato principal. ¿Quién quiere desayunar?
Luis fue el primero. Se arrodilló detrás de Dani, le abrió las nalgas y hundió la lengua hasta el fondo. Dani gimió y empujó hacia atrás.
—Joder, Luis… cómeme más profundo… mete la lengua entera.
Yo me puse delante y le metí la polla en la boca. Dani chupaba como si no hubiera comido en días. Marco se unió y empezó a lamerle los huevos colgantes mientras Luis le comía el culo.
Javi pidió permiso para meterle tres dedos mientras Luis lamía. Dani asintió con mi polla en la garganta. Javi escupió en la mano y metió índice, corazón y anular de golpe. Dani gritó de placer.
Entonces Luis se levantó, su polla monstruosa ya dura otra vez.
—Dani, permiso para follarte sin condón y correrme dentro.
—Permiso concedido… pero quiero que me folles como si quisieras romperme.
Luis no se hizo de rogar. Apoyó la cabeza gorda en el agujero y empujó. Dani abrió la boca en un grito mudo. Los 22 cm entraron hasta la mitad en la primera embestida. Luis agarró las caderas del chico y empezó a bombear como un martillo neumático. Plap plap plap plap. Cada embestida hacía que el cuerpo de Dani se moviera hacia delante y mi polla se hundiera más en su garganta.
—Joder… me estás destrozando el culo… no pares… rómpeme…
Luis aceleró aún más. Sus huevos peludos chocaban contra los de Dani con un sonido húmedo. En menos de tres minutos rugió y se corrió dentro. Sacó la polla de golpe y un chorro de semen blanco salió disparado del agujero dilatado de Dani.
Adrián se lanzó directo a lamerlo todo. Metió la lengua dentro y chupó como si fuera néctar. Dani temblaba, con la cara roja y lágrimas de placer.
Sábado 13:00 h – Sauna (el infierno de sudor y semen)
La sauna estaba a 85 °C. Entramos los ocho sudando antes de sentarnos. El olor era brutal: sudor masculino, polla, culo, semen seco de la noche anterior.
Empezamos con caricias. Luego las peticiones.Víctor me miró.
—Álex, permiso para follarte de pie contra la pared hasta que te corras sin tocarte.
—Permiso concedido.
Me empotró contra la madera ardiente. Me levantó una pierna y me clavó su polla de una sola estocada. El calor hacía que todo fuera más intenso. Empecé a gemir fuerte.
A mi lado, Marco estaba sentado en la polla de Adrián, rebotando como un loco. Sus huevos pelirrojos chocaban contra los muslos del maduro. Pablo estaba siendo devorado por tres bocas: Javi le chupaba la polla, Dani los huevos y Luis le comía el culo metiendo la lengua hasta el fondo.
El vapor lo llenaba todo. El sudor chorreaba por nuestros cuerpos mezclándose con el precum y el semen.
Pablo fue el primero en correrse otra vez. Su leche salió a chorros sobre la cara de Javi. Eso desencadenó una orgía total. Cambiamos parejas cada pocos minutos, siempre pidiendo permiso.
En un momento dado, Luis me pidió algo que nunca olvidaré:
—Álex, permiso para meterte mi polla entera en el culo y quedarme quieto dentro mientras los demás nos follan a los dos.
Acepté. Me puse a cuatro patas. Luis me penetró despacio hasta que sus huevos tocaron los míos. Luego Víctor se puso detrás de Luis y le metió su polla a él. Los tres conectados. Cada embestida de Víctor empujaba la polla de Luis más dentro de mí. Era como un pistón humano.
Nos corrimos los tres casi a la vez. Sentí la leche de Luis inundándome el culo y la de Víctor inundando a Luis. Cuando nos separamos, el semen caía en hilos gruesos al suelo de la sauna.
Salimos tambaleándonos, rojos como tomates, directos a la piscina.
Sábado 16:00 h – El tren humano y doble penetración
Después de comer (y de una mamada rápida debajo de la mesa a Pablo), decidimos el juego del tren.
Orden sorteado:Luis → Álex → Víctor → Adrián → Javi → Dani → Marco → Pablo (el último, el que recibe todo)
Nos pusimos de rodillas en fila india en el salón. Luis escupió en su polla y me penetró. Yo a Víctor. Víctor a Adrián… hasta Pablo.
Empezamos lento. El movimiento era hipnótico: cada embestida de Luis se transmitía por toda la cadena hasta Pablo, que gemía como una perra en celo.
Luego aceleramos. El sonido era brutal: piel contra piel, huevos chocando, gemidos, insultos cariñosos.
—Joder, me vais a partir el culo en dos…
Pablo se corrió sin tocarse. Su leche cayó al suelo en chorros largos. Eso hizo que todos nos corriéramos casi en cadena. Luis me llenó el culo, yo a Víctor, y así hasta el final.
Después de descansar diez minutos, llegó el momento que todos esperábamos: la doble penetración.
Primero Dani. Víctor y yo le pedimos permiso.
—Dani, ¿permiso para meterte las dos pollas a la vez en el culo?
—Quiero sentiros a los dos… por favor.
Lo preparamos bien: lubricante a litros, dedos, un plug grande. Dani estaba boca arriba, piernas abiertas en V. Primero entró Víctor. Luego yo, al lado. El agujero se estiró al máximo. Dani lloraba de placer, sus ojos en blanco.
—Moveos… folladme… quiero sentiros rozaros dentro de mí…
Empezamos a bombear en ritmos alternos. Una polla entraba mientras la otra salía. Dani gritaba, su polla soltaba chorros de precum sin parar.
Nos corrimos casi al mismo tiempo. Sentí la leche de Víctor mezclarse con la mía dentro del culo de Dani. Cuando sacamos las pollas, el agujero quedó abierto como un túnel, semen chorreando sin parar.
Luego fue el turno de Pablo. El más joven, el más estrecho. Adrián y Luis pidieron permiso.
—Pablo, ¿seguro que quieres las dos pollas más grandes de la casa?
—Quiero que me destrocéis… por favor.
Lo preparamos durante casi media hora. Cuando entraron las dos cabezas, Pablo gritó tan fuerte que pensé que diría “para”. Pero no. Solo jadeaba y empujaba hacia atrás.
—Más… quiero más…
Adrián y Luis empezaron a moverse. El culo de Pablo se abrió de una forma que parecía imposible. Veía las dos pollas entrando y saliendo, rozándose entre sí dentro del chico.
Pablo se corrió sin tocarse tres veces seguidas. La tercera corrida fue seca, solo espasmos y gritos. Adrián y Luis se corrieron casi al mismo tiempo, inundándole las entrañas de semen caliente. Cuando sacaron las pollas, el agujero de Pablo tardó casi un minuto en cerrarse. El semen salía a chorros, como si tuviera un grifo dentro.
Sábado 23:00 h – Fiesta de leche
A las once de la noche estábamos destrozados pero insaciables. Decidimos la “fiesta de leche”: todos nos correríamos en la cara o cuerpo de quien quisiéramos, pidiendo permiso antes de cada corrida.
Pablo se ofreció como lienzo vivo. Se tumbó boca arriba en el centro del salón. Los siete nos pusimos alrededor, masturbándonos furiosamente.Uno a uno fuimos corriéndonos encima de él:
- Marco le apuntó a la cara y le llenó la boca abierta.
- Javi le pintó las tetas.
- Dani le cubrió el abdomen.
- Adrián le apuntó directo al agujero dilatado.
- Víctor le llenó el pelo.
- Luis le dio en los huevos (una corrida tan abundante que parecía un vaso de leche).
- Yo le apunté a la polla y los huevos.
Pablo estaba completamente cubierto. Se masturbó lento, mezclando todo el semen con su mano, y se corrió encima de sí mismo por enésima vez.
Domingo 10:00 h – Despedida lenta y amorosa
El domingo fue más suave, pero igual de sexual. Cada uno eligió a una persona para hacerle el amor durante quince minutos: besos profundos, polla dentro pero moviéndose lento, caricias, miradas.
Yo elegí a Víctor otra vez. Nos metimos en la cama. Me penetró despacio, besándome todo el tiempo. Sus embestidas eran largas y profundas. Sentía cada centímetro. Nos corrimos mirándonos a los ojos, sin prisa.
A las 16:00 h nos vestimos por primera vez en 69 horas. Las pollas rojas, los culos doloridos, las gargantas roncas, los cuerpos cubiertos de moratones de chupetones y marcas de dedos.
Nos abrazamos en la puerta.
—Hasta el año que viene —dijo Luis, con la voz rota.
Todos sonreímos. Sabíamos que volveríamos. Y que el próximo sería todavía más bestia.
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PuBIS
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VIERNES Tras no sé cuantos días nos vestimos. Los dos nos miramos y nos sentimos raros. No me gusta estar vestido.- me dice Miguel poniend...





















































